Pacarina del Sur
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Somos una voz de hilo y aguja que no se calla: autoetnografía de un proyecto de preservación de la memoria a través del bordado, el caso del colectivo Bordeamos por la paz de Ciudad Juárez

Somos uma voz de linha e agulha que não cala a boca: autoetnografia de um projeto de preservação da memória através do bordado, o caso do coletivo Bordada pela Paz em Ciudad Juárez

Hazel Dávalos-Chargoy

Wake Forest University, EE. UU.

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Recibido: 15-05-2019
Aceptado: 10-07-2019

 

 

Introducción

En septiembre de 2012 llegué a Guadalajara para iniciar mis estudios de posgrado. En un momento donde aún no contaba con una casa donde vivir ni había logrado establecer todavía una red de amigos, perdía el tiempo viendo las publicaciones en Facebook donde encontré una serie de fotografías que me conmovieron profundamente. Cada fotografía retrataba un pañuelo blanco en el cual había sido bordado el nombre y los hechos que explicaban la desaparición de personas de Baja California. No había algún texto que indicara la procedencia de esos pañuelos, por lo que asumí que podrían ser bordados realizados por las familias de cada víctima. Desconocía la existencia de los colectivos de bordado.

Imagen 1. Detalle del pañuelo bordado del caso de Griselda Murúa, desaparecida en Ciudad Juárez. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz
Imagen 1. Detalle del pañuelo bordado del caso de Griselda Murúa, desaparecida en Ciudad Juárez. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz

La publicación de estas fotografías la había realizado un activista de Baja California a quien yo había tenido oportunidad de conocer tiempo atrás por mi participación en las mesas de Diálogo Sociedad Civil-Militares que se habían realizado por aquellos años en Ciudad Juárez, mi lugar de origen. Le escribí, también suponiendo, que la iniciativa podría ser de la organización de búsqueda de personas desaparecidas que en ese entonces él coordinaba. Le indiqué que yo sabía bordar, que si hubiera familias que no supieran hacerlo yo lo hacía por ellos y por sus víctimas. Le pedí que me proporcionara una lista de los nombres y de ser posible, algún gusto personal de la persona desaparecida, pues en ese momento pensé que sería una buena idea poner algún dibujo que personalizara aún más el bordado. Me imaginaba que si a algún joven asesinado le gustaba el fútbol o el basquetbol yo bordaría una pelota alusiva. Porque también, en ese momento, suponía que estar desaparecido o desaparecida, era sinónimo de muerte. Hoy sé que no es así. Nunca recibí respuesta.

Sin embargo, al poco tiempo encontré también en Facebook, una publicación con las fotografías de un altar de día de muertos que había sido realizado en un parque de Guadalajara. En estas se mostraban varios pañuelos bordados, colocados en unos nichos de cartón muy bonitos, adornados con flores de cempasúchil. Así fue como conocí la existencia del colectivo Bordamos por la paz de Guadalajara, quienes habían hecho aquellos pañuelos que había visto fotografiados sobre personas desaparecidas en Baja California. Entré directamente a la página de Facebook de este colectivo, vi que los días que se juntaban para bordar eran los domingos por la mañana en el parque de la Revolución, mejor conocido como “parque Rojo”. El lugar estaba a tan solo una estación en tren ligero del lugar donde yo vivía, el horario era perfecto para mí. No había pretexto. Recuerdo que llegué y busqué algo que me indicara que estaba yo en el lugar correcto. Encontré varios tendederos de pañuelos se sujetaban en los árboles. No me atreví a leerlos. Tuve la sensación de que no me correspondía hacerlo.

En el parque, se encontraba un grupo de mujeres bordando. Me recibió una de las bordadoras quien comenzó a explicarme lo que hacían. Le comenté que tenía poco tiempo viviendo en Guadalajara, le pregunté dónde comprar los materiales porque no contaba con nada en mi casa, ni siquiera una aguja. También le dije que estaba yo muy “oxidada”, pues tenía mucho tiempo que no había bordado. Me parece que percibió mi duda, pues se me quedó viendo y me dijo: ¿Quieres bordar? Lo pensé por unos segundos hasta que finalmente respondí: sí. Rápidamente, tomó un pañuelo de los que había en una caja, lo leyó y me dijo: se borda en color rojo porque es víctima de homicidio. Después colocó el pañuelo en un aro de madera, cortó un hilo rojo que colocó en una aguja y me entregó todo. Regresé a mi casa con ese pañuelo, otro más para bordar una vez que acabara el primero y una madeja de hilo rojo. Así comencé a bordar por la paz, proyecto que me impactó profundamente por su aparente simpleza, pero sobre todo por su fuerza. Proyecto que más de una vez me conmovió hasta las lágrimas y que otras veces me llenó de frustración, pero que me inspiró tanto que, al regresar a Ciudad Juárez, busqué a las mujeres con las que podía formar un colectivo más, sumándonos al trabajo que los colectivos de bordado por la paz realizaban en varias ciudades del país. 

El presente texto, tratará sobre la manera en que un grupo de mujeres se organizó como un colectivo de bordado con la finalidad de preservar la memoria de las víctimas de la violencia en el estado de Chihuahua, particularmente de Ciudad Juárez. El nombre de este colectivo es Bordeamos por la Paz, mismo que ha definido sus objetivos de trabajo principalmente en dos etapas, que son el proyecto de bordado y el proyecto Adopta un Desaparecidx. Desde la autoetnografía, como principal herramienta de escritura, se abordará la primera etapa del colectivo, que corresponde a la del trabajo de bordado permitiendo, además, situar varias reflexiones en torno al papel que desempeña la formación profesional de las involucradas en el colectivo para el desarrollo, gestión y organización del mismo.

Es necesario señalar un par de aspectos que a lo largo del texto intentaré explicar. El primero, es que, al establecerse el colectivo como un proyecto ciudadano con bases horizontales en su gestión, de preservación de la memoria y con fines de sensibilización al problema de la violencia, no se consideró tuviera pretensiones académicas, por lo que no se realizó un registro propiamente etnográfico de la observación y observación-participante de las diversas actividades. Sin embargo, las cuatro mujeres que actualmente formamos el núcleo del colectivo, es decir, quienes organizamos, hemos sido formadas como profesionistas desde las disciplinas de las humanidades, por lo que la reflexión de nuestro quehacer dentro del colectivo me lleva a considerar que la forma en que observamos nuestra relación con otros grupos en distintas actividades, la organización de nuestro acervo y la investigación y recopilación de información que realizamos para la comunicación y difusión, así como los proyectos que se están realizando o que se espera hacer, se efectúan la mayor parte de las veces, a través de herramientas adquiridas en nuestra formación como profesionistas de las humanidades.

Por lo tanto, considero que lo aquí escrito, es parte de un “ir y venir” de un proyecto ciudadano, de pretensiones únicamente solidarias, para posteriormente realizar un esfuerzo autoetnográfico de lo que ha sido su desarrollo en la primera etapa, para de nueva cuenta, regresar a las bases de trabajo en comunidad. De igual manera, es necesario señalar que asumo la responsabilidad total de la escritura del texto, pero reconociendo que todo el trabajo, acciones, actividades y propuestas realizadas en el colectivo, son producto del esfuerzo conjunto de un grupo de mujeres organizadas que ha dedicado tiempo para compartir, reflexionar y debatir constantemente varias de las ideas aquí propuestas.

 

La autoetnografía

Considerando que la autoetnografía es una estrategia de investigación que incorpora la etnografía y la biografía del investigador como datos primarios, permite centrar los resultados de sus observaciones en una escritura personalizada, por lo que:

A diferencia de otros formatos auto-referenciales como la auto-narrativa, la autobiografía, las memorias o los diarios, la auto-etnografía enfatiza el análisis cultural y la interpretación de los comportamientos de los investigadores, de sus pensamientos y experiencias, habitualmente a partir del trabajo de campo, en relación con los otros y con la sociedad que estudia (Guerrero Muñoz, 2014, pág. 237).

 

Al hacer uso de la autoetnografía como herramienta para la escritura, se está haciendo especial énfasis en la posibilidad que esta otorga para expresar la experiencia personal desde la autoría del investigador, permitiendo incluso la escritura en primera persona a fin de transmitir la interpretación y el posicionamiento de quien observa y analiza un contexto específico. En este caso, escribo sobre mi propia experiencia como parte de un colectivo que realiza un trabajo de denuncia de hechos violentos que se encuentra circunscrito a una sociedad en particular: Ciudad Juárez, Chihuahua, en México. Asimismo, escribo desde la relación que surge con aquellos que se han aproximado para narrar sus propias experiencias en un contexto de violencia, propiciando la reflexión sobre el quehacer del colectivo y de las relaciones que surgen a través de este. Por tanto, la autoetnografía permite situar al investigador en la posibilidad de hacer confluir:

La reflexión crítica, el autoconocimiento personal, la dualidad individuo-sociedad y la acción liberadora que rompe las cadenas de cualquier forma de dominación y exclusión social, incluso aquella que deviene de la propia cultura científica, de nuestros prejuicios y creencias o de nuestra particular forma de dar sentido a la realidad (Guerrero Muñoz, 2017, pág. 132).

 

Es evidente que los investigadores de las diferentes áreas sociales, principalmente aquellos centrados en la antropología social, nos interesamos por comprender lo que llamamos “campo”, que es lo que nos permite “investigar cómo las normas y las creencias de los grupos y comunidades pueden entenderse con el fin de sensibilizar, desde un punto de vista cultural, la práctica profesional que en muchos casos está guiada por teorías, conceptos y modelos preconcebidos” (Guerrero Muñoz, 2014, pág. 238). En este sentido, como ya se ha señalado, el colectivo se creó con la finalidad de realizar inicialmente el proyecto de bordado como una forma de recuperación de memoria y sin fines académicos.

Sin embargo, es posible afirmar que desde el momento en que comenzó a organizarse, existían ideas previamente conceptualizadas, algunas de las cuales fueron desechadas, otras modificadas y otras tantas reafirmadas una vez puesto en marcha el trabajo del colectivo. Es decir, que al estar en contacto directo con los diversos individuos y grupos que han vivido las diferentes formas de violencia, confrontamos algunas de las ideas que guiaban inicialmente nuestra intención, situación que nos ha permitido identificar, a través de la experiencia de aquellos que han vivido las formas más extremas de violencia, como el asesinato, feminicidio o desaparición de familiares, las múltiples transversalidades de cada caso en las particularidades de cada forma de violencia, identificando estas diferencias desde conceptos establecidos por las ciencias sociales. Lo anterior ha sido así, debido a que, si bien todas somos originarias de Ciudad Juárez y hemos vivido también de manera directa o indirecta diferentes formas de violencia, no hemos vivido el secuestro, homicidio, feminicidio o desaparición de algún miembro de nuestra familia.

Con la experiencia compartida, misma que permite un aprendizaje, retomo una parte de lo que ya ha dicho Street (2003, pág. 73) y otros autores, cuando indican la necesidad de eliminar la idea del investigador como el único productor de conocimiento, reconociendo además, la importancia estratégica y política en la investigación de estos otros productores para generar distintas formas de investigación para el conocimiento, en lugar de pretender que únicamente la realizamos para ellos. Esto supone, por lo tanto, un proceso continuo de aprendizaje. Atendiendo a la idea de que la autoetnografía como método permite el aprendizaje:

Cuando los individuos se descubren a sí mismos como protagonistas de su propia historia, ya que si bien son parte de un medio sociocultural compartido, la interacción con ese medio queda contenida en una espiral de procesos individuales. Por lo tanto, es un aprendizaje que transita en una dimensión dual: por un lado, una dimensión más centrada en procesos de aprendizaje a nivel personal y, por otro, en procesos de aprendizaje colectivos (Aravena Castillo & Quiroga Lobos, 2018, pág. 114).

 

Al respecto, cabe señalar que gran parte de ese aprendizaje es producto de lo que otros han transmitido a través del acercamiento a las labores del colectivo, generalmente, al narrar sus experiencias en un contexto de violencia, que se reconoce, tuvo que ser interiorizado a través de una reflexión propia del individuo, que a su vez será interpretada desde mi propio contexto. Dado el tipo de trabajo que se realiza en este colectivo, surge una carga de emocionalidad que no puede ser minimizada o evadida, pero que debe ser reconocida, particularmente cuando se escribe desde la autoetnografía. Por lo tanto, debe registrarse dicha emocionalidad, propia del investigador, a la par que las reflexiones interpretativas, “ya que ello permite aumentar las posibilidades de capitalizar aprendizajes profundos y duraderos. Por ello, la autoetnografía se presenta como un mundo de dualidades que sitúa a la persona entre las emociones y la racionalidad, entre lo individual y lo colectivo, entre lo privado y lo público” (Aravena Castillo & Quiroga Lobos, 2018, pág. 114) .

Por lo tanto, escribo desde la autoetnografía, considerando que permite el estudio de un grupo social que el investigador considera propio y que permite comprender el significado o el sentido que los propios actores otorgan a su experiencia (Blanco, 2012b, pág. 172) y que, además, permite posicionar dicha experiencia, tanto personal como colectiva, desde la emocionalidad que surge, también personal y colectiva.

 

Los colectivos de bordado por la paz en México

La violencia sistemática que se ha vivido en México, particularmente desde el gobierno de Felipe Calderón en su declaración de guerra hacia el narcotráfico y el crimen organizado, aunada a las fallidas estrategias de seguridad nacional, han provocado que la población se vea inmersa en una ola de violencia, donde los hechos delictivos, asesinatos, desapariciones de personas, violaciones y extorsiones, no han podido ser cuantificados en su dimensión real, particularmente porque las secuelas de estas políticas implementadas desde el gobierno de Calderón, aún no concluyen. Por el contrario, la violencia en el país se ha incrementado hasta el momento presente.

De igual manera, tampoco ha sido posible comprender en su dimensión real, otros aspectos como lo son los problemas físicos, psicológicos, económicos y sociales derivados de esta violencia, mismos que ocurren en la población en general, pero particularmente en aquellos que han sufrido la pérdida de algún familiar cercano o los que han sobrevivido a las múltiples formas de violencia. Es evidente, que son tema de estudio de las diferentes áreas del conocimiento que actualmente se encuentran investigando y desarrollando modelos de análisis o propuestas de interpretación a fin de dar respuesta a esta problemática. Aun en el entendimiento de que un problema tan complejo como el que se presenta en México no puede ser reducido a unas cuantas líneas, considero necesario brindar tan solo algunos datos que reflejen la magnitud del problema a fin de contextualizar al posible lector.

De acuerdo con el informe emitido por el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, ni siquiera se cuenta con una cifra exacta por parte del gobierno de las personas que han perdido la vida en los diferentes hechos violentos, pues los diferentes cálculos indican que han sido desde 60 mil hasta posiblemente más de 90 mil personas, considerando además, que si bien estos los hechos violentos se viven al día de hoy, es posible afirmar que el sexenio del presidente Calderón “recrudeció -aunque también ocultó- las diversas discriminaciones que ya sufrían mujeres, migrantes, indígenas, defensores de derechos humanos y trabajadores, entre otros grupos” (Centro PRODH, 2013), particularmente el grupo de hombres jóvenes. Esta situación se vio magnificada con la presencia del ejército mexicano en las calles que, en ese supuesto combate al crimen organizado y narcotráfico, no hizo más que vulnerar aún más a los civiles sin ninguna protección ni garantía de los derechos humanos.

Asimismo, es importante mencionar que de acuerdo con las cifras del Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED), al 31 de enero de 2015 existían 25,293 personas “no localizadas”, de las cuales, 13,843 habían desaparecido durante el sexenio de Calderón y otras 10,482 habían desaparecido entre el 2013 y el último día de enero de 2015. A esto, hay que considerar la falta de denuncias por temor a los obstáculos administrativos, legales o incluso, de seguridad, pues muchas familias temen mayores represalias si se realiza la denuncia ya que, en muchos casos, existe la participación de agentes del Estado en complicidad con el crimen organizado. Además, las diferentes organizaciones de derechos humanos han podido demostrar que desde las instituciones de gobierno se hace parecer mucho menor el número de personas desaparecidas (Centro PRODH, 2016).

Aunado lo anterior, hay que considerar también, a las personas migrantes desaparecidas y aquellas que han sido víctimas de diversos delitos en su tránsito por México, el incremento de feminicidios y delitos sexuales hacia niñas y mujeres, el aumento de las extorsiones y los desplazamientos forzados a causa de la ocupación del crimen organizado, el descubrimiento de cientos de fosas clandestinas, entre muchísimos otros casos. Tan solo la Secretaría de la Defensa Nacional informó que entre 2007 y 2012, fallecieron 158 elementos militares y 2,959 “presuntos agresores”, con lo cual, se puede establecer que, por cada elemento militar fallecido, murieron 18.7 civiles, evidenciando así, el uso desproporcionado de la fuerza letal que bien pudiera estar indicando la existencia de una política orientada a las ejecuciones (Centro PRODH, 2016).

Los datos anteriores han sido mencionados solo como ejemplos que permiten dimensionar la situación de violencia que se vive en el país, misma que permite situar a una población altamente vulneraba en múltiples formas. Ante esa situación, las iniciativas ciudadanas de recuperación de espacios, denuncia, documentación de la violencia o construcción de estrategias de educación para la paz, no se hicieron esperar. Uno de estos casos, es el de los colectivos de bordado por la paz que surgen en varias ciudades de México como parte de estas acciones ciudadanas que buscan denunciar y sensibilizar ante la problemática del fenómeno de la violencia, a la par que generar espacios de reconstrucción ciudadana.

El origen de estos colectivos de bordado por la paz se relaciona con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad encabezado por el poeta Javier Sicilia, quien tras el asesinato de su hijo Juan Francisco en Cuernavaca, Morelos, hizo un llamado en abril de 2011 para convocar a diversos sectores de la sociedad civil, entre estos, familiares de personas asesinadas y desaparecidas en México, organizaciones de derechos humanos, comunidades indígenas, movimientos sociales y personas preocupadas por la situación de violencia que se vivía, entre otros. La convocatoria fue sumamente amplia, se realizaron marchas masivas para manifestarse contra la fallida Estrategia Nacional de Seguridad que había puesto en práctica la administración del entonces presidente Felipe Calderón y por la exigencia de justicia y visibilización de las víctimas (Reyes Iborra, 2015, pág. 112).

De este movimiento y de la necesidad de continuar manifestando el rechazo hacia la violencia, surge otra acción que dio lugar a que posteriormente se formaran los colectivos de bordado. Esta acción fue realizada por un grupo de artistas y activistas que bajo el lema “Paremos las balas, pintemos las fuentes”, lanzaron una convocatoria para teñir de color rojo el agua de algunas fuentes públicas de la Ciudad de México en alusión a la sangre derramada en la guerra contra el narcotráfico declarada por el presidente Felipe Calderón. El principal objetivo de estas acciones fue “impactar la mirada y la conciencia de esos habitantes de la urbe que parecían ajenos a la tragedia de una guerra de exterminio” (Gargallo Celentani, 2014, pág. 62).

Posterior a esta acción, se tuvo conocimiento de que una organización europea había enviado sobres vacíos a Los Pinos con el nombre de una persona asesinada como remitente. Con estos nombres, se comenzaron a bordar las historias que narraban las circunstancias de sus asesinatos, considerando que podría ser una manifestación de mayor trascendencia debido a que el gobierno capitalino continuamente limpiaba el agua de las fuentes teñidas de rojo. Este grupo de personas, que había teñido las fuentes de rojo y que ahora comenzaba a bordar, ya se había organizado como el colectivo Fuentes Rojas.

Los antecedentes de la acción del bordado fueron tomados de la iniciativa de Mónica Iturribaría, quien había ganado una beca para realizar el proyecto 1/40,000 cuyo objetivo era bordar las noticias de periódicos recuperando a su vez la actividad tradicional del bordado de su región de origen en Oaxaca (Gargallo Celentani, 2014, págs. 63-64). A partir de estas primeras acciones es que comienzan a replicarse en otras ciudades de México y en algunos otros países los colectivos de bordado por la paz.

Se puede considerar que todos los colectivos de bordado por la paz tienen como objetivo principal la denuncia de los casos de violencia y la exigencia de justicia para las víctimas a través de una actividad que se considera pacífica, pero contundente. Aunque evidentemente cada colectivo surge al conocer el trabajo de otro colectivo que lo inspiró a seguir la iniciativa, son independientes uno de otro y se organizan bajo sus propios criterios y generan sus propias propuestas de actividades, obtención y gestión de recursos, aunque también existe una cierta relación entre la mayoría de los integrantes de estos colectivos para realizar acciones conjuntas, trazar redes de apoyo a otros grupos y entre sus miembros, pues aun cuando muchos no se conocen en persona, mantienen contacto a través de redes sociales como Facebook.

De manera general, casi todos los colectivos bordan en pañuelos blancos, fabricados o hechos por sus integrantes, los casos de violencia que se viven en el país, muchas veces enfocándose a lo que ocurre en el estado donde se localizan. Por lo que se puede considerar que en casi todos es la misma forma de expresión material, además, de que muchos colectivos utilizan los mismos colores en sus hilos para identificar el tema que se está bordando. Así, se bordan los casos de homicidio, feminicidio y desaparición. El colectivo de Ciudad Juárez tomó como punto de partida la misma forma de empleo de colores, aunque ha sumado varias categorías a su proyecto de bordado debido a la necesidad de expresar otras formas de violencia que se han registrado a través del contacto con los testimonios de otras personas, de lo que se ha observado, e incluso, de la experiencia de las propias integrantes.

 

El colectivo Bordeamos por la Paz de Ciudad Juárez

Tomando como ejemplo la iniciativa del colectivo Bordamos por la Paz Guadalajara, surge en febrero de 2014 el colectivo de bordado de Ciudad Juárez, denominado Bordeamos por la Paz, mismo que debe su nombre al juego de palabras entre el bordado y el border, en alusión a la frontera con Estados Unidos y a que la frontera define gran parte de la vida de los ciudadanos juarenses. Además, hasta donde se conoce, este es el único colectivo de bordado ubicado en la frontera norte del país. La idea de bordar para no olvidar los hechos ocurridos, buscando preservar en la memoria a las víctimas de la violencia, considerando particularmente que Ciudad Juárez y la región del Valle de Juárez han sido uno de los lugares en los que se vivió de manera especialmente violenta la guerra contra el narcotráfico, hizo que se formara este colectivo.

Al igual que la mayoría de los colectivos de bordado, utilizamos hilos rojos en alusión al color de la sangre derramada por la violencia para denunciar los casos de homicidio. Bordamos a las mujeres y hombres que han sido desaparecidos, para lo cual, utilizamos también los hilos verdes, color al que se le ha dado el significado de esperanza de que se encuentren vivos, sanos y que pronto regresen. En color rosa, nombramos a aquellas mujeres que por su condición de sexo y género han sufrido la violencia más extrema: el feminicidio. Varios colectivos utilizan el color negro para bordar los casos de periodistas asesinados, pero en el colectivo Bordeamos por la Paz utilizamos este color para la sección “Denuncia” que comprende todos aquellos actos que de manera injusta han ocasionado daño o incluso la muerte de una persona o grupo humano y que generalmente son producto de la violencia estructural que se vive de muy diversas maneras, muchas veces a través de las instituciones del Estado. En pañuelos de tela morada han sido bordados los crímenes de odio, entendiendo que estos son los que se cometen contra una persona o sociedad y que han sido motivados por prejuicios contra el origen étnico, religión, discapacidad u orientación social, por lo que son además, un ataque hacia la identidad de las personas. Hasta este momento, solo se han bordado crímenes de odio por homofobia y transfobia.

Se puede indicar que el principal posicionamiento del colectivo es la firme convicción del poder de la denuncia silenciosa a través de cada puntada bordada, evitando que se olviden todos aquellos que han sido víctimas de la violencia, pero, sobre todo, manifestándose a favor de una sociedad de coexistencia armónica, libre de prejuicios, plural e incluyente. De ahí el título de este ensayo: “Somos una voz de hilo y aguja que no se calla”, frase de uso común en los colectivos de bordado del país porque expresa nuestro trabajo, pero que se le debe a Ernesto Aroche, periodista de Puebla.

Imagen 2. Pañuelo bordado del caso de feminicidio de Andrea Guerrero Venzor. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.
Imagen 2. Pañuelo bordado del caso de feminicidio de Andrea Guerrero Venzor. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.

Aunque el número de miembros y su permanencia ha variado con el tiempo que lleva activo el colectivo, el núcleo de organización siempre ha estado centrado exclusivamente en mujeres. Es decir, que si bien ha habido personas, particularmente mujeres, que se suman a la iniciativa de bordado, solo unas cuantas se han centrado en la organización del proyecto. Así, el colectivo tiene como característica el consenso, es decir, que no se considera la mayoría de votos como una determinante para elegir si se lleva a cabo o no determinada actividad o proyecto. Las propuestas para realizar alguna actividad, sea por iniciativa propia o invitación externa, así como el sumarnos a las iniciativas de otros grupos que buscan unir esfuerzos conjuntos, se determina únicamente por el hecho de que todas aceptemos se realice lo que se propone. El hecho de que la organización del colectivo se centre únicamente en mujeres no fue una característica que se haya propuesto o que haya pretendido la exclusión de hombres. No obstante, el interés en la discusión, toma de decisiones, actividades para la visibilización de los pañuelos bordados, jornadas de bordado colectivo, pero en especial, de reflexión de lo que ha sido observado durante las actividades realizadas, ha sido únicamente a través del interés de las mujeres que forman parte.

Sin embargo, es necesario mencionar que este colectivo ha contado también con mucha participación de hombres, mismos que también han variado en número y en su permanencia como apoyo al colectivo. Ellos, han colaborado activamente en registro fotográfico y audiovisual, en diseño gráfico, en lo que ha sido el trabajo de montar y desmontar las instalaciones para exponer los pañuelos bordados, para lo que ha sido el cortado de telas y su respectiva costura en máquina para hacer las bastillas de los pañuelos, en la transcripción a los pañuelos de los casos que van a ser entregados para bordar, además de ser parte del contingente del colectivo en marchas y manifestaciones, por lo cual, también es necesario señalar que el colectivo siempre se ha definido como un espacio mixto y con perspectiva de género.

En este sentido, se puede afirmar que, si bien su apoyo ha sido sumamente valioso para dar continuidad al proyecto, nunca han manifestado estar interesados en realizar propuestas con respecto a las actividades del colectivo. Al respecto, cabe recordar la etnografía realizada por Pérez-Bustos y Chocontá Piraquive (2018) en la cual las autoras escriben sobre el lugar del género de quienes realizan los bordados y la feminización del oficio que permite cuestionar de forma particular lo observado en tres colectivos de bordado de Colombia, dos de los cuales se reúnen a bordar con intenciones políticas, situación que también asemeja a lo observado en el caso aquí presentado.

Con respecto al trabajo de los hombres dentro del colectivo, es importante señalar que de acuerdo con lo que se ha observado, existe una clara distinción por edades. Si bien ha habido hombres adultos que se han involucrado en el bordado, estos han sido muy pocos y por lo general, dejan incompleto el trabajo además de mostrar en algunos casos cierta resistencia a realizarlo. Esto, evidentemente que corresponde a estereotipos sexistas de las actividades que se consideran propias o no de los géneros como lo es el bordado, actividad asociada a lo femenino.

Con ser que gran parte de las actividades manuales se encuentran prácticamente en desuso, todavía más algunas como lo es el bordado, la asociación del bordado “con una feminidad doméstica, dócil y especialmente anticuada” hace que incluso sea “raro encontrar mujeres jóvenes que borden artesanalmente, y es aún más raro que los hombres se dediquen a este oficio” (Pérez-Bustos & Chocontá Piraquive, 2018, pág. 7), también se observa que los hombres jóvenes que por diversas causas se han acercado al colectivo y cuyas edades se encuentran entre los 14 a 25 años aproximadamente, no muestran resistencia a incorporarse a realizar estas actividades, aunque siempre han manifestado no saber cómo hacerlo, pero pidiendo les sea enseñado. En las diferentes jornadas de bordado que se han realizado, se observa esta característica, pero destacan particularmente dos de ellas por la confluencia de hombres adolescentes y jóvenes, la primera, fueron las Jornadas por Ayotzinapa realizadas en noviembre de 2014 y la jornada de bordado realizada en octubre de 2017 por iniciativa del Bachillerato Técnico Agustín Pro de Ciudad Juárez.


Imagen 3 y 4. Jornada de bordado realizada con estudiantes del Bachillerato Técnico Agustín Pro de Ciudad Juárez. Esta actividad, propuesta al colectivo por parte de una de las docentes de este bachillerato tuvo como objetivo sensibilizar a los y las adolescentes ante el problema de la desaparición de mujeres en Ciudad Juárez. Archivo Fotográfico de Bordeamos por la Paz.
Imagen 3 y 4. Jornada de bordado realizada con estudiantes del Bachillerato Técnico Agustín Pro de Ciudad Juárez. Esta actividad, propuesta al colectivo por parte de una de las docentes de este bachillerato tuvo como objetivo sensibilizar a los y las adolescentes ante el problema de la desaparición de mujeres en Ciudad Juárez. Archivo Fotográfico de Bordeamos por la Paz.

El colectivo ha clasificado los pañuelos bordados con el método de la disciplina de la archivística. De las cuatro mujeres que actualmente nos encontramos en el núcleo de organización, tres somos historiadoras, una de ellas, tuvo especial énfasis en su formación en trabajo de archivo, por lo cual, bajo su coordinación se ha realizado la clasificación y ordenamiento de los pañuelos que por sus mismas características se puede considerar un acervo documental. El Archivo Bordeamos por la Paz, cuenta con un fondo para los pañuelos y tres colecciones (hemerográfica, fotográfica y audiovisual, documentos varios). El Fondo Pañuelos contiene las secciones Feminicidio, Desaparición, Crímenes de odio, Denuncia y Homicidio. Estas secciones cuentan con sus respectivas series, mismas que han sido generadas de acuerdo con las características de la información expresada, como año, sexo, identidad sexo-génerica, por mencionar algunos ejemplos.

Además, cada elemento clasificado cuenta con su ficha de descripción, que para el Fondo Pañuelos indica el lugar donde fueron bordados los pañuelos, el proyecto al que pertenecen y las características de los materiales, como tela o hilos empleados, junto con su respectiva fotografía. Debido a que el tiempo que se toma para bordar y a que las actividades del colectivo se han centrado desde 2016 a la fecha en el proyecto Adopta Un Desaparecidx, algunas secciones y subseries aún cuentan con pocos pañuelos bordados, sin embargo, el esquema de organización permite también observar el tipo de casos que se han bordado, a fin de seguir trabajando en la denuncia de los diferentes tipos de violencia.

Se considera muy importante la información de cada ficha de descripción, pues en esta se da cuenta de la importancia que han tenido las redes para el colectivo Bordeamos, ya que muchos pañuelos han sido realizados por personas externas que se han solidarizado con el proyecto, como el colectivo Fuentes Rojas de Ciudad de México, quienes al conocer que comenzábamos nuestro proyecto y considerando que aún no contábamos con suficientes pañuelos para exponer, donaron algunos pañuelos. De igual manera, por iniciativa de una de las mujeres que perteneció al colectivo de Bordeamos por la Paz se logró que, en Sombrerete, Zacatecas, se bordara más de un centenar de pañuelos de casos de Ciudad Juárez. Este grupo de bordadores zacatecanos posteriormente formó su propio colectivo con el nombre Bordando La Paz, Sombrerete. Otro de los proyectos fue el coordinado por una docente de la Universidad de Tulane en Nuevo Orleans, quien realizó amplias jornadas de bordado con sus alumnos sobre casos de violencia en Ciudad Juárez. Todos estos pañuelos, fueron enviados a Ciudad Juárez y son parte de nuestro acervo.

Cabe señalar que una de las mayores dificultades que presenta esta forma de clasificación de los pañuelos, es la de disponer de ellos cuando se requieren realizar exposiciones públicas, pues evidentemente es necesario tomarlos para colocarlos en las bases de exhibición o colgarlos a lo largo de tendederos, para tener que reacomodarlos nuevamente en el orden establecido. Sin embargo, se espera que esto nos permita tener un mayor control de los pañuelos que han sido prestados a otras personas para exposiciones en la ciudad, el interior del país o el extranjero, dando una mayor formalidad al préstamo realizado.

Imagen 5. Jornada de exposición de los pañuelos bordados en el Bazar del Monu, espacio cultural de Ciudad Juárez. Archivo fotográfico Bordeamos por la Paz.
Imagen 5. Jornada de exposición de los pañuelos bordados en el Bazar del Monu, espacio cultural de Ciudad Juárez. Archivo fotográfico Bordeamos por la Paz.

Aunado a lo anterior, es importante mencionar que, aunque se conoce que no es la forma más ordenada o metódica de organizar un acervo, se considera que la clasificación de este archivo está sujeta aún a modificaciones, pues se encuentra en continuo crecimiento. Esto, debido a que por las mismas características del proyecto de bordado, entre las cuales está el hecho de que el fenómeno de la violencia es inherente a la sociedad y, sobre todo, al hecho de que los bordadores, especialmente las bordadoras, han seleccionado los casos a bordar por empatía, por aproximación a las familias que han vivido la violencia en alguno de sus miembros o por haber sido especialmente impactadas ante algún suceso específico, los casos que se bordan no están llevando un orden cronológico como se había pretendido en un principio. Además de que, si bien el proyecto de bordado está aún vigente, las principales actividades del colectivo están centradas actualmente en el proyecto Adopta Un Desaparecidx, por lo cual, las jornadas de bordado han sido cada vez menos o se realizan en lo privado.

El archivo también cuenta con tres colecciones, que son Hemerográfica, Fotográfica y audiovisual, y Documentos varios. De esta última colección cabe explicar que trata sobre ensayos académicos o tesis en las que ha sido mencionado el colectivo por sus actividades, por haberse estudiado, analizado, entrevistado a sus integrantes por el trabajo realizado dentro del colectivo o por haberse realizado algún tipo de etnografía, mientras que las dos primeras colecciones, son la recopilación de notas de periódicos y el registro fotográfico de las diversas actividades realizadas y aún se encuentran en proceso de clasificación.

Al momento de escritura del presente texto, se tiene considerado abrir el proyecto de bordado denominado Testimonio y que posteriormente sería clasificado como una sección dentro del Fondo Pañuelos, cuyo objetivo es el bordado del texto en primera persona de los testimonios narrados por sobrevivientes de diversas formas de violencia. De igual manera, se espera también crear la colección Testimonio que será realizada desde el enfoque de la historia oral con la técnica de entrevista y registro audiovisual.

Imagen 6. Cuadro de clasificación archivística para orden del acervo general del colectivo Bordeamos por la Paz
Imagen 6. Cuadro de clasificación archivística para orden del acervo general del colectivo Bordeamos por la Paz

La información de los casos de violencia que se bordan fue tomada en un inicio del trabajo realizado por Menos Días Aquí, proyecto colectivo cuyo objetivo fue contar cada día los asesinatos ocurridos en México a través de los periódicos digitales, esto, con el objetivo de preservar la memoria de las víctimas de la violencia. Este proyecto, ha sido una de las principales fuentes de información para los colectivos de bordado. En este sentido se puede afirmar que, en el proceso de preservación de la memoria desde bases ciudadanas, se suman los esfuerzos, pues mientras unos se dedican a elaborar las bases de datos, otros se dedican a bordar la memoria. El colectivo de Ciudad Juárez inicio su trabajo de bordado con información de este proyecto. Sin embargo, al muy poco tiempo comenzaron a ser bordados algunos casos que se encontraban muy presentes en la memoria de las bordadoras por el impacto que de manera personal les causó, por lo que se recurrió también a la búsqueda de información de estos sucesos en periódicos locales o nacionales en formato digital. Entre estos, destacan los casos de desaparición de mujeres y feminicidio, que al ser parte del referente social de violencia de Ciudad Juárez, se buscó la información de manera específica para realizar los bordados.

Imagen 7. Detalle del altar de día de muertos dedicado a las mujeres víctimas de feminicidio. Además de los alimentos y elementos tradicionales que se colocan en los altares, la ofrenda central estuvo compuesta por los costureros y las herramientas del bordado como un símbolo de brindar nuestro trabajo por la memoria de las mujeres. Ciudad Juárez, noviembre de 2016. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.
Imagen 7. Detalle del altar de día de muertos dedicado a las mujeres víctimas de feminicidio. Además de los alimentos y elementos tradicionales que se colocan en los altares, la ofrenda central estuvo compuesta por los costureros y las herramientas del bordado como un símbolo de brindar nuestro trabajo por la memoria de las mujeres. Ciudad Juárez, noviembre de 2016. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.

Con esto, comenzó una de las primeras discusiones colectivas, pues si bien se reconoce por parte de todas las que pertenecemos al colectivo la necesidad de preservar la memoria de cada persona que ha sido asesinada o desaparecida, también se considera injusto que algunos casos han sido mediatizados mientras que muchos otros han pasado prácticamente desapercibidos. Se puede afirmar, de acuerdo con lo observado, que en esto influye el color de la piel, la edad, la clase social y las actividades que realizaba la persona afectada, de tal manera, que algunos casos generan mayor empatía mientras que muchos otros pasan desapercibidos o incluso pueden ser criminalizados.

Imagen 8. Participación del colectivo Bordeamos por la Paz en el proyecto “Safari en Juárez” (julio-octubre de 2016), obra de teatro en movimiento en diferentes colonias del sector poniente de Ciudad Juárez. Al fondo se observa el mural realizado para recordar varios casos de mujeres desaparecidas. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.
Imagen 8. Participación del colectivo Bordeamos por la Paz en el proyecto “Safari en Juárez” (julio-octubre de 2016), obra de teatro en movimiento en diferentes colonias del sector poniente de Ciudad Juárez. Al fondo se observa el mural realizado para recordar varios casos de mujeres desaparecidas. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.

Aunado a esto, también es importante considerar que el hecho de que algunos casos sean ampliamente difundidos responde a las redes de cada familia, pues algunas cuentan con el apoyo que les permite difundir rápidamente la información, en especial cuando se trata de personas desaparecidas, mientras que otras familias no cuentan con las habilidades ni los recursos que les permitan dar a conocer su caso. Aun cuando se pretende bordar a fin de denunciar todos los casos de violencia que se han vivido en el estado de Chihuahua, particularmente en Ciudad Juárez, situaciones como las que han sido descritas, generan el cuestionamiento de cuáles deben ser entonces los casos que debemos priorizar para bordar: aquellos que nos han impactado en lo personal, los que han sido mediatizados o aquellos que observamos carecen de mayor difusión y, por lo tanto, requieren de más apoyo.

Otra de las principales razones por las que se dejó de lado la búsqueda sistematizada y ordenada de información relativa al estado de Chihuahua de la base de datos generada por el colectivo Menos Días Aquí, responde a las condiciones específicas de la región. Si bien, la violencia que se vive en México ya no es exclusiva de algunas cuantas regiones y que se puede afirmar va en incremento y expansión en el país, la situación que se vivió en Ciudad Juárez entre los años 2008 a 2012 debido a la fallida estrategia de seguridad de la administración de Felipe Calderón, hicieron que se llegara a considerar a Ciudad Juárez como la ciudad más violenta del mundo durante los años 2008 a 2010. Dentro de esta misma clasificación de las ciudades más violentas del mundo, la posición de Juárez osciló entre el número 37 y el 5 en los años subsecuentes (Vargas, 2019), por lo que se puede afirmar que una gran parte de las personas que habitan Ciudad Juárez y su región, han sido víctimas de la violencia de manera directa o sufrieron el impacto de esta a través del secuestro, extorsión, desaparición o asesinato de familiares y amigos cercanos.

Debido a esta situación, cabe mencionar que desde el primer día que el colectivo inició sus actividades en espacios públicos, las personas se acercaron para observar los pocos pañuelos que en ese entonces se exhibían y comenzaron a narrar su propio testimonio o la manera en que algún ser querido fue desaparecido o había perdido la vida, por lo que se inició también la transcripción de casos que eran transmitidos por quienes han vivido estas experiencias a fin de bordarlos. De esta manera, el colectivo comenzó a tomar como fuente de información lo narrado por aquellos que se acercan a observar los pañuelos y que han pedido sea bordado el caso de su familiar.

El bordado de pañuelos con los casos transmitidos de manera directa, nos hace considerar que llevan una carga de emotividad aún mayor, puesto que se borda el suceso ocurrido, es decir, la fecha, el nombre, la edad y la circunstancia en que una persona perdió la vida pero, además, se añade el mensaje personal que el familiar ha dado para que también sea bordado.

Imagen 9. Pañuelo bordado del caso del homicidio del adolescente Aldo Alejandro Moreno Ríos a petición de su tío. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.
Imagen 9. Pañuelo bordado del caso del homicidio del adolescente Aldo Alejandro Moreno Ríos a petición de su tío. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.

Quizás, el cuestionamiento de cómo proceder ante estas situaciones ha sido una de las discusiones que mayor reflexión han generado dentro del colectivo, aunque también puedo indicar que al menos al día de hoy, no tenemos una respuesta, pues cuando una persona se acerca a narrar los hechos bajo los cuales fue asesinado o desaparecido uno de sus familiares surgen en ellos emociones como tristeza, ira o incluso, culpa, que muchas veces derivan en llanto, dolor de estómago o expresiones de enojo, mismas que nosotras interpretamos desde lo que entendemos como un sentimiento de abandono, soledad o injusticia, aunado al dolor de la pérdida del ser querido, particularmente cuando los narradores expresan la ineficiencia de las autoridades, las nulas investigaciones realizadas, la impunidad cuando saben quién o quienes han sido los perpetradores y no han sido inculpados o manifiestan la percepción de a que a ninguna otra persona o a muy pocas, les importa el dolor que sienten.          

El escuchar estas narraciones nos hacen cuestionar si debemos esforzarnos por ser únicamente unas escuchas que transcriben, tratando de evitar nuestro propio llanto o contener el enojo que nos provoca lo que hemos escuchado cuando nos llega a afectar o si debemos permitirnos expresar nuestras emociones. Cada historia que nos ha sido narrada viene con los detalles explícitos que las familias conocen del feminicidio de una hija o una hermana, con la descripción de sucesos cotidianos que realizaban las personas al momento de ser desaparecidas o haber sido asesinadas. Posteriormente, pueden llegar a expresarse datos que, aunque no se siempre se particularizan en una persona específica, aunque a veces sí, nos permiten comprender la violencia institucional que también se vive cuando se busca justicia. Los casos de complicidad, corrupción, negligencia, ineficacia, omisión o desinterés por parte de las autoridades, son también parte de lo que expresan las personas cuando narran las situaciones de violencia que han vivido o que están viviendo al día de hoy, en la exigencia de justicia.

El cuestionamiento sobre cómo proceder ante estas situaciones se considera particularmente importante y necesario de reflexionar, puesto que van implícitas nuestras propias emociones. Nos obliga a plantear el cómo nos preparamos para escuchar y realizar nuestro trabajo como parte de un proyecto con fines solidarios y que nos permita generar la idea de comunidad, pero también, nos hace cuestionarnos desde el posible papel de investigadoras que pudiéramos desempeñar en el intento de dejar escrito lo que se ha observado a través de este proyecto colectivo a través de etnografías o de registro de testimonio como parte de un posible proyecto de historia oral, donde se espera que los criterios de análisis e interpretación de la información sean lo más objetivos posibles, pero donde claramente están mediando nuestras propias emociones sobre una realidad observada. Desde aquí, parte también la reflexión sobre cómo expresar un dolor que nos es ajeno, pero que muchas veces sentimos desde la empatía y que buscamos comprender desde la reflexión colectiva considerando que, ante todo, debemos dar el trato más digno a cada persona que nos expresa su experiencia y su sentir.

Esta situación nos confronta especialmente cuando tenemos una aproximación más cercana a ciertas personas, como las madres con hijas víctimas de feminicidio, algunas de las cuales hemos podido conocer por nuestra propia labor como colectivo y de las cuales hemos escuchado su testimonio. En estos casos, muchas veces conocemos los detalles de los asesinatos, ya sea por artículos de periódicos o por que las mismas madres nos los han narrado, ante lo cual, siempre nos detenemos a reflexionar qué datos debemos transcribir para bordar y cuales debemos omitir, pues muchas veces hablan de mutilamientos, abusos sexuales y degradaciones al cuerpo humano, incluso post mortem.

Aquí, surge también el cuestionamiento de cómo proceder, ya que por una parte se busca preservar la memoria de la persona, denunciando además la manera en que todo un sistema social atravesado por las violencias ha provocado su muerte, pero por otra, consideramos que se debe procurar mantener la dignidad de cualquier persona, sea la víctima o los sobrevivientes, por lo que muchas veces, considerando no abrir heridas sumamente profundas, hemos preferido omitirlos y bordar únicamente los nombres en memoria de las víctimas.

Cuando emerge la necesidad en alguna de las mujeres del colectivo de expresar los sentimientos de tristeza, ira o frustración ante los casos que nos han impactado por considerarlos especialmente injustos o dolorosos, o incluso, por no acabar de comprender las circunstancias que llevaron a que sucedieran dichos eventos, el papel de colectivo se vuelve fundamental, pues es el espacio donde podemos discutir nuestras ideas, reflexiones o cuestionamientos y sobre todo, es el espacio que nos permite expresar los sentimientos que nos provocan situaciones específicas, como el haber investigado los casos de desaparición a través de las múltiples entrevistas realizadas por los medios de comunicación a las madres que tienen a sus hijas desaparecidas, aunado al testimonio que ellas mismas nos han brindado, por mencionar un ejemplo.

En estas situaciones, surge la necesidad de externar el sentimiento que nos ha causado conocer los detalles de cada caso y la manera en que lo viven los familiares de una persona asesinada o víctima de feminicidio o al conocer la manera en que viven las personas, particularmente las madres, la búsqueda de uno de sus hijos o hijas. Así, el colectivo se vuelve el espacio que permite expresar estas emociones, pues de manera general, se puede afirmar que son experiencias que pocas veces quieren ser escuchadas por personas de nuestro entorno, mismas que generalmente buscan evadir el conocimiento del dolor de otras personas. Situación que, además, forma parte también de nuestras preocupaciones como colectivo: la indolencia, la insensibilidad y el abandono de una sociedad, que deja solos a quienes están exigiendo justicia. Ese dolor ajeno, termina vinculándose a nuestra propia experiencia como mujeres, como ciudadanas y como investigadoras, pues de estas discusiones en colectivo, es de donde surge una aproximación al entendimiento de lo que están viviendo las víctimas de la violencia y de donde también emergen las posibles propuestas de estrategias y actividades para la visibilización de los casos a través de la exposición de los bordados, diversos proyectos de denuncia e investigación.

Cuando se escuchan los testimonios, cuando intentamos comprender la experiencia que se nos ha narrado, comprendemos también significados que sobrepasan la información de cualquier noticia o artículo que proporcione las cifras de homicidios o desaparición de personas, particularmente de mujeres para el caso de Ciudad Juárez. Desde mi propia experiencia como miembro del colectivo, considero que el haber escuchado los testimonios de manera directa, me ha permitido comprender muchos aspectos que no siempre son considerados o expresados en la información que se brinda a través de reportajes, noticias e incluso, artículos o ensayos académicos.

Aspectos que si bien pueden parecer menores ante la consideración de la relevancia que tiene la desaparición o el asesinato de una persona y el dolor que esto puede provocar en su familia, se generan otros problemas que imposibilitan o dificultan aún más el restablecimiento de la vida familiar, como lo son las víctimas que sobreviven, pero que llevan secuelas físicas muchas veces de por vida por la afectación a los órganos o la amputación de algún miembro del cuerpo que ha recibido el impacto de las balas o a consecuencia de actos de tortura, las enfermedades crónico degenerativas que algunos padres y madres adquieren al poco tiempo de haber desaparecido alguno de sus hijos o hijas por el estrés, los problemas que conlleva el no contar con un acta de defunción cuando una persona está desaparecida y que impiden acceder a una pensión de viudez u orfandad o congelar pagos de créditos o hipotecas a nombre de la persona desaparecida, por mencionar solo algunos ejemplos.

Imagen 10. Pañuelo bordado para una víctima no nombrada de desaparición. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.
Imagen 10. Pañuelo bordado para una víctima no nombrada de desaparición. Archivo fotográfico de Bordeamos por la Paz.

 

Notas finales

El desarrollo del colectivo Bordeamos por la Paz de Ciudad Juárez, ha permitido ser un espacio de encuentro entre diferentes sectores, grupos e individuos. En este sentido, retomo el término empleado por Rizzo (2015) de “nodos sociales”, puesto que cada grupo de bordado conforma un nodo en el que convergen tanto ciudadanos solidarios como víctimas de la violencia, además de grupos que colaboran directamente con asociaciones de víctimas. Al respecto, cabe señalar que aunque las jornadas de bordado o de exhibición de los pañuelos bordados han sido cada vez más esporádicas, el colectivo continua en activo principalmente a través del proyecto Adopta Un Desaparecidx, además de estar vinculado a grupos, personas e instituciones que trabajan con víctimas de la violencia o colaborando para formar redes entre los individuos que así lo requieren, pues de manera muy común, establecemos contactos entre madres con hijas desaparecidas o víctimas de feminicidio con reporteros, fotógrafos, académicos, entre otros, o colaborando para brindar información de a qué instituciones pueden acudir personas que en situación de emergencia, requieren realizar las denuncias correspondientes cuando uno de sus familiares se encuentra desaparecido.

De igual manera, se busca sumar esfuerzos cuando se requiere apoyar iniciativas o actividades generadas por otros grupos o instituciones que también trabajan en cuestiones relacionadas con la violencia, particularmente con desaparición de personas y erradicación de la violencia hacia las mujeres. Así, el colectivo ha funcionado como un espacio de vinculación ciudadana.

En este mismo intento de vinculación ciudadana, se ha buscado que cualquier persona que lo desee pueda sumarse a las actividades del bordado, por lo que también es importante señalar que desde el principio se determinó no utilizar las categorías de “activismo” o “activista” para definir nuestro quehacer. Esto, en el entendimiento común de que quienes conformamos el colectivo buscamos ser agentes de cambio, pero esta condición puede ser parte de cualquier persona que lo desee y, por lo tanto, no debe ser excluyente.

De igual manera, se eliminó la categoría que algunos externos han dado al colectivo de ser un espacio artístico, pues si bien, nuestro trabajo ha sido expuesto en museos, nuestra intención siempre ha sido la de denunciar, pero en especial, la de sensibilizar sobre la condición humana de quienes han sufrido la violencia, dando sus nombres, evitando sean convertidos en una cifra más. Por lo tanto, consideramos que la característica de “artístico” no define nuestro proyecto, pues además de que consideramos puede ser elitista, se ha buscado que cualquier persona, sin importar si cuenta o no con las habilidades para realizar actividades manuales que se consideren estéticas, pueda trabajar en el bordado donando su tiempo para la construcción de un memorial ciudadano, formando parte de un proyecto que busca retomar la idea de comunidad en el sentido de cuidado, protección, acompañamiento, solidaridad y apoyo entre todas las partes y para toda la ciudadanía.

El colectivo Bordeamos por la Paz de Ciudad Juárez se formó en un inicio con el objetivo de bordar los casos de violencia como forma de preservación de la memoria. El acervo con el que contamos es lo suficientemente amplio como para afirmar que se está logrando el objetivo, sin embargo, considero que el verdadero resultado de este proyecto no han sido los pañuelos en sí mismos, sino la posibilidad que otorgó de vinculación con otros sectores, como instituciones, colectivos, grupos o individuos que también generan sus propias propuestas aunque en ocasiones con diferentes objetivos, pero que permiten establecer bases de trabajo comunes para unir esfuerzos, como lo son la visibilización de los casos de violencia feminicida, las desapariciones de personas, la demanda de justicia y el acompañamiento a quienes han vivido las formas más crueles de violencia en alguno de sus familiares.

El intercambio de ideas, la reflexión que surge en cada encuentro o reunión con todos estos sectores, son lo que permite unir esfuerzos, aprender de la experiencia de otros colectivos o instituciones y transmitir nuestra propia experiencia a ellos pero, sobre todo, de continuar generando propuestas que colaboren para la construcción de una sociedad que recupere el sentido de comunidad.

A través de estas diferentes formas de vinculación, ha sido posible establecer las redes que permiten extender el proyecto, logrando que muy diversos actores se sumen al proyecto de bordado que en realidad es un espacio que permite exponer temas que llevan a la reflexión y al diálogo, que sensibilizan ante la situación de violencia que se vive en el país. De igual manera, nos ha permitido llegar a los espacios que pueden incidir en acciones y políticas más justas, como lo fue una exposición que dimos a un grupo de personas que se encuentran en el poder judicial o la posibilidad que nos ha dado para hablar de las prácticas de autocuidado con adolescentes y jóvenes, sectores altamente vulnerables.

Especialmente, la vinculación con aquellas personas que nos han permitido conocer sus propias experiencias sobre la violencia y las estrategias que han desarrollado para visibilizar sus propios casos, así como para mantener la búsqueda de algún familiar que se encuentra desaparecido, la manera en que tratan de comunicar su sentir, que puede ser desde el dolor más profundo hasta la ira que los hace moverse y generar acciones extremas, la percepción de una sociedad que en su gran mayoría aún prevalece indolente ante esta situación, pero que ahora yo intento comprender desde “adentro” del problema, me han permitido aprender, interiorizar ese conocimiento y que en un intento de comprensión, que reconozco es principalmente para mí misma, ahora trato de exponer en las presentes líneas.

Claramente, esto no habría sido posible si un problema tan complejo como el de la violencia y la manera en que afecta a cada persona, se observa únicamente desde “afuera”. La proximidad con las personas, el escuchar la narración de cada testimonio, el propio acto de transcribir los casos para ser bordados, crear un dibujo o imagen que adorne el pañuelo, pensando en la persona para la que está siendo bordado, muchas veces, no para quién ha perdido ya la vida, sino para poder enseñárselo a quien le sobrevive y mostrarle así, que su dolor, a mí también me duele y me importa, pero donde además, se involucran muchas otras personas, que de manera indirecta, son también parte de estos resultados: aquel que transcribió, aquel al que involucré para que me ayudará a hacer un dibujo o un diseño con herramientas gráficas que yo no domino, como el Photoshop, aquellos que donaron materiales para que otros continuemos la labor del bordado, aquellos que se dedicaron a cortar telas y hacer las bastillas, el observar el resultado final de cada pañuelo, lavarlo y plancharlo para ser expuesto, cuidarlo porque no solo implica un trabajo que llevó mucho tiempo e involucró a muchas otras personas, sino que además, lleva mucha emocionalidad, tanto por su narrativa, como por la reflexión o el sentimiento que generó al haber sido bordado y en especial, por considerarse una manera tangible de algo tan abstracto como lo es la memoria. Este es, el proyecto de bordado del colectivo Bordeamos por la Paz de Ciudad Juárez.

 

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Cómo citar este artículo:

DÁVALOS-CHARGOY, Hazel, (2019) “Somos una voz de hilo y aguja que no se calla: autoetnografía de un proyecto de preservación de la memoria a través del bordado, el caso del colectivo Bordeamos por la paz de Ciudad Juárez”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309. Dossier 22: Movimientos, grupos, colectivos y organización de mujeres.

Consultado el Lunes, 28 de Septiembre de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1791&catid=67