Miércoles, 16 de Abril de 2014
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Destierro y exilio en América Latina: Un campo de estudio transnacional e histórico en expansión

El destierro, en sus variantes de exilio forzado y expatriación, es una práctica de control político y cultural que todos los Estados latinoamericanos adoptaron a lo largo de 200 años de vida independiente. Recientes avances en el análisis de esta práctica política han revelado el carácter generalizado y recurrente de este mecanismo de exclusión institucionalizada y su impacto como un factor transnacional, persistente aunque variable, en la historia de América Latina. Este artículo analiza la lógica interna del exilio político, destacando los distintos enfoques y avances en el estudio transnacional e histórico de este campo analítico en expansión.

Palabras clave: exilio, destierro, exclusión política, dinámica transnacional

 

Todos los países de América Latina -a pesar de exhibir trayectorias institucionales diferentes – incorporaron al destierro, en sus variantes de exilio forzado y expatriación, como una práctica política importante. Refiriéndose a la época rosista en el Río de la Plata, el historiador argentino Félix Luna evaluó que el destino de quienes se oponían al “Restaurador de las Leyes” en el siglo XIX había girado en torno a las siguientes alternativas: encierro, destierro o entierro (Luna 1995: 202). A miles de kilómetros de la Argentina, en Centroamérica, una de las víctimas de la persecución política del gobierno de Tiburcio Carías Andino se refería de manera casi idéntica a la suerte de los disidentes hondureños en las décadas de 1930 y 1940:

El hondureño que no estaba de acuerdo con la dictadura podía escoger entre el encierro, el destierro o el entierro; esas eran las alternativas. No se podía resistir, protestar o incluso criticar. La estupidez mental era tal que la gente no podía distinguir entre el bien y el mal. Los derechos humanos no eran respetados; las viviendas eran profanadas a cualquier hora, las personas eran puestas en prisión sin motivo, quien no se ponía del lado del gobierno no podía encontrar un trabajo, sus hijos eran objeto de acoso y humillación en las escuelas públicas. En suma, los que no prestaran a la corrupción despótica eran tratados de una manera inhumana.[2]

Tal coincidencia de perspectivas en distintos períodos y tan distantes comarcas no es casual, e invita al análisis sistemático, desafiando al mismo tiempo al historicismo naïve y a las grandes teorías des-contextualizadas. Sin embargo, a pesar de su centralidad como un mecanismo institucionalizado de exclusión política, o justamente a raíz de su amplio uso, por largo tiempo se consideró al exilio como un fenómeno que no requería una seria indagación sobre su desarrollo, causas y consecuencias. A menudo, el exilio fue visto en el continente como un fenómeno casi “natural”, una dimensión que quienes participaran en la política en nuestros países deberían anticipar y a menudo sufrir, sin mayor significación sistémica más allá de la periódica promulgación de leyes de amnistía, a las que sumaron en épocas más recientes políticas de reparación.[3]

En décadas recientes, varios procesos convergieron para producir una profunda transformación en la aproximación analítica de este fenómeno. Por un lado, en las últimas dos décadas se produjo un cambio sustancial en el tratamiento del fenómeno a partir del interés por la historia reciente, en particular en torno al estudio de las olas de destierro, exilio y expatriación que recrudecieron en la segunda mitad del siglo XX y al análisis de los desterrados en términos de redes internacionales y transnacionales.[4] En forma paralela, historiadores y otros analistas de las ciencias sociales empezaron a mostrar un profundo interés por los fenómenos transnacionales en general y, en particular, por los grandes movimientos migratorios y especialmente las redes políticas, sociales y culturales que la migración y otros procesos transnacionales han generado en América Latina, más allá de las fronteras nacionales.[5]

Consecuentemente, se produjo una confluencia de nuevas aproximaciones al fenómeno del destierro y exilio. En lugar de seguir percibiendo su dinámica en el marco de testimonios personales y aproximaciones biográficas, su carácter masivo en las últimas fases de la Guerra Fría llevó a los investigadores a analizar su profundidad histórica, su funcionalidad represiva y su diversidad contextual tanto en relación con los países de origen como en relación con los países de residencia y la esfera transnacional.

Estos cambios analíticos permitieron percibir el carácter generalizado y recurrente del fenómeno como un mecanismo de exclusión institucionalizada y analizar su impacto como un factor transnacional en la historia de América Latina. Históricamente, las raíces del fenómeno se remontan atrás en el tiempo. En la época colonial, el destierro (degredo en el área luso-parlante), el traslado, la deportación y la expulsión a los confines del imperio o bien la expulsión hacia lugares donde se podría controlar al desterrado, fueron ampliamente utilizados de maneras diversas: contra la disfuncionalidad social, como un instrumento de poder contra delincuentes sociales, marginados y rebeldes y así como un mecanismo de reclutamiento forzado de mano de obra para la defensa de las fronteras imperiales en expansión. Fue a principios del siglo XIX, tras la independencia, que el fenómeno del exilio empezó a desarrollar el perfil político particular que conocemos y asumió el papel que, aunque con transformaciones, persistió a lo largo del siglo XX. Tras la independencia, en los nuevos Estados el destierro se convirtió en un mecanismo ampliamente usado y abusado en el ámbito de la política y la vida pública, un complemento al encarcelamiento y las ejecuciones. En el imaginario colectivo y en las esferas públicas de los países de América Latina, el exilio se convirtió en un modo central de “hacer política”.[6]

 

Acepciones y perspectivas de análisis

Las raíces históricas del destierro han creado un complejo universo semántico. En el ámbito ibérico, desde los tiempos de la Roma Imperial, el destierro adquirió el significado del alejamiento de un individuo por un determinado período de tiempo -corto, largo o permanente- a una cierta distancia de su lugar de residencia. Las variantes implicadas incluían la “deportación”, es decir, la expulsión que tenía lugar a través de un puerto a un lugar al otro lado del mar, o la “relegación”, es decir, un traslado terrestre a un lugar determinado. Aunque tales figuras jurídicas, presentes en códigos penales y reglamentos, se reconocen claramente desde tiempos remotos, en forma creciente y en particular con la modernidad, el destierro abarcó también una decisión voluntaria, la expatriación.[7]

A menudo, el fuerte sentido de la coacción proyecta una sensación de alienación hacia el contexto sociopolítico que forzó el alejamiento, que genera la tendencia a usar el término también en forma metafórica. Así por ejemplo, no es inusual encontrar expresiones como la de la rebelión de 1809 encabezada por Pedro Domingo Murillo en La Paz, que en su proclama intentó justificar la rebelión como el medio de corregir injusticias, declarando en su manifiesto que “hasta ahora hemos tolerado una especie de destierro en el seno de nuestra propia patria”.[8] No es por acaso que al destierro cum exilio, los estudios culturales suman a menudo la figura del exilio interno o insilio.


Sophia McClennen cita el escritor cubano exiliado Guillermo Cabrera Infante, quien señaló que hasta 1956 la palabra exilio no fue incluida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.[9] Cuando se la incluyó finalmente, se refirió a la condición de exilio y no a la de un individuo exiliado. Aunque las raíces de este sesgo semántico irían muy lejos en el tiempo, a los usos lingüísticos del español desde la Edad Media, tal vez la explicación de Cabrera Infante de que la dictadura del general Franco ignoró la condición de los excluidos de España por razones políticas, tiene un núcleo de la verdad.[10] Gobernantes autoritarios suelen hacer caso omiso de los exiliados como interlocutores políticos legítimos.

La línea de investigación sugerida en el párrafo anterior, a saber, la conducción de investigaciones en torno a la contextualización social y política de los términos empleados se ha venido conformando en una veta promisoria para quienes estén dispuestos a discriminar y comprender los matices en el universo semiótico de exilio. Aun reconociendo la importancia de la veta investigativa del análisis semiótico, debemos tener presente que su valor central se revela sólo cuando el estudio semántico se liga a estudios contextuales e históricos que permiten apreciar el significado de las transformaciones semióticas que los acompañaron y permitieron su legitimización.[11]

De manera similar, en la interfaz entre las definiciones lingüísticas y los procesos sociales y políticos se sitúa Amy K. Kaminsky, quien señala la estrecha relación del exilio con el espacio y con el movimiento en el espacio, una experiencia mediada por el idioma, mientras que destaca la coerción que el destierro desencadena. “El exilio como lo estoy usando en este caso es, como el nomadismo, errante… [...] el cruce de fronteras, un proceso de movimiento y cambio, no únicamente un desplazamiento más allá de una frontera (aunque también es eso).” Kaminsky considera al exilio voluntario (la ‘expatriación’) como un oxímoron.[12] En The Oxford Book of Exile, John Simpson indica que “la experiencia definitoria del exilio es ser arrancado del hogar, de la familia, de todo lo agradable y familiar, y por la fuerza ser arrojado a un mundo frío y hostil, ya sea que el agente de la expulsión fuere un ángel de Dios o la NKVD de Stalin. La palabra en sí conlleva connotaciones de dolor y de alienación, de la entrega de la persona a la abrumadora fuerza de años de infructuosa espera. Fue Víctor Hugo quien afirmó que el exilio es “un largo sueño de [retorno a] la casa”.[13]

Hamid Naficy también afirma que “el exilio está inexorablemente vinculado a la patria y de la posibilidad de retorno”, aunque hoy es posible incluso el exilio en el hogar, conformado por un sentido de alienación y la añoranza de otros lugares e ideales.[14] Una vez más, vemos aquí la amplia tentación de generalizar la condición humana a partir de la situación exiliar, que se observa entre quienes se acercan al estudio del exilio desde la perspectiva de los estudios culturales. Es en este marco que se debe destacar la singularidad del exilio como un fenómeno socio-político e histórico.

El fenómeno del exilio existe dentro de un espectro más amplio de fenómenos de individuos y grupos en desplazamiento. Los seres humanos se desplazan a través del espacio, del tiempo y la cultura. La dinámica de tal traslado ubica a los exiliados cerca de una serie de otros tipos humanos, como son los migrantes, los refugiados, los beneficiarios de asilo, los cosmopolitas errantes, los nómadas, los vagos, las redes que forman las diásporas. A menudo es difícil separar el exilio de estos otros fenómenos. Sin embargo, el exilio propiamente dicho tiene una connotación, génesis y consecuencias socio-políticas, que discutiremos a continuación.

Incluso si todos estos conceptos están vinculados a la movilidad, varios analistas se han abocado a la tarea de identificar las distintas connotaciones y una serie de características solo parcialmente compartidas por los distintos fenómenos del desplazamiento humano.

Una perspectiva de análisis sumamente difundida sugiere elaborar la especificidad del exilio y los exiliados, al distinguirlos de fenómenos cercanos, categorizándolos en forma clasificatoria. Por ejemplo, el intelectual uruguayo Ángel Rama hizo la distinción entre el exilio, un período dominado por la precariedad y la intención de retorno, y la migración, que alude a un horizonte de asimilación más definitiva a la sociedad de acogida y su cultura.[15] Los exiliados difieren de los migrantes en que, al sufrir un destierro, los individuos se ven forzados a abandonar su país, mientras que los migrantes deciden salir a fin de resolver una situación económica difícil. Además, los exiliados tienen prohibido volver, mientras que prácticamente en todo momento los migrantes tienen la posibilidad de regresar. Muchos migrantes no tienen los medios para volver, pero no les es formalmente denegado el derecho a hacerlo. La posibilidad del retorno predetermina los términos en que los individuos se perciben a sí mismos y perciben la patria, separando los proyectos personales de cada uno y encaminándolos a distintos ejes.[16]

En la misma línea y siguiendo un enfoque cultural, Sharon Ouditt construye la misma distinción entre las personas desplazadas: “Las condiciones del exiliado y el inmigrante se diferencian por el hecho de que el exiliado atraviesa una no deseada ruptura con su cultura de origen, mientras que el inmigrante la ha dejado voluntariamente, con el deseo de ser aceptado como miembro de una nueva sociedad”.[17]

Edward Said distinguía en sus trabajos entre exiliados, refugiados, expatriados y emigrantes. Según Said, el rótulo de refugiado

... sugiere grandes olas de personas inocentes desconcertadas que requieren urgente asistencia internacional. Los expatriados son personas que viven voluntariamente en países extranjeros, por lo general debido a razones personales o sociales. Los migrantes [...] disfrutan de un estatus ambiguo. Técnicamente, un migrante es todo aquél que emigra a un nuevo país, teniendo en principio posibilidad de elección. Aunque no fue desterrado, y siempre puede volver, todavía puede vivir con un sentimiento de exilio. Los exiliados [propiamente dichos]... son personas que se vieron obligadas a abandonar sus hogares, su tierra, sus raíces y se ven separados de su pasado.[18]

De manera similar, la escritora argentina Luisa Valenzuela distingue entre el exilio y el extrañamiento. Según Valenzuela, ella hubiera podido elegir seguir viviendo tranquilamente en la Argentina bajo el régimen militar, pero se habría transformado entonces en una persona a la que le han robado su país, es decir, en una expatriada.[19]

Luis Miguel Díaz y Guadalupe Rodríguez de Ita distinguen entre los beneficiarios de asilo y los refugiados políticos. Los primeros son perseguidos políticos que pidieron protección en una sede diplomática [o al entrar al país de asilo] y, como tales, no están sujetos a la extradición, mientras que los segundos son personas expulsadas o deportadas o que huyeron de su país de origen o de residencia, como las víctimas de la guerra, las catástrofes naturales, la agitación política o la persecución por diversas razones, incluyendo factores étnicos o religiosos.[20]

Del mismo modo, ha habido intentos de diferenciar el exilio de conceptos ligados en su compartida movilidad espacial, como por ejemplo el concepto de diáspora. Para John Durham Peters, ambos conceptos incluyen un fuerte componente de desplazamiento variable que puede implicar medidas de coerción y elección. Sin embargo, la diáspora alude a redes de compatriotas en el extranjero, aunque en principio detrás de ellas existe una imaginada relación con un centro de pertenencia simbólica. El exilio, a su vez, sugiere una conexión con el hogar, un fuerte componente de pathos, que no aparece tan a menudo en la diáspora. El autor también afirma que el exilio es siempre solitario, mientras que la diáspora implica una dimensión colectiva, por definición.[21] A mi parecer, esta distinción binaria entre un supuesto exilio solitario y la sociabilidad de las redes de la diáspora es demasiado esquemática en su contraste. El exilio puede ser construido a través de las redes y la construcción de la comunidad de desterrados, y puede ser construido en pos del fortalecimiento de la lucha por el regreso. En forma paralela, la diáspora puede incluir fuertes elementos y niveles de alienación, tanto hacia el país de origen y de acogida, así como fuertes sentimientos de soledad.

Una caracterización más equilibrada de la diáspora ha sido elaborada por Thomas Tweed en su libro sobre la religiosidad de los cubanos en Miami. Según Tweed, el evento codificado en la definición de la identidad colectiva y la memoria es la dispersión de un centro primigenio. Desde esta perspectiva, la diáspora se puede definir como:

Un grupo de cultura compartida que vive fuera del territorio que considera su lugar nativo, y cuyos vínculos de continuidad con la tierra de origen son cruciales para su identidad colectiva... Los migrantes construyen simbólicamente un pasado común y un futuro, y los símbolos que comparten hacen de puente entre la patria y la nueva tierra.[22]

Algunos estudiosos del tema categorizan a las diásporas en términos étnico-nacionales, haciendo un llamado a diferenciar entre éstas y las redes transnacionales ligadas a los exiliados.[23] De hecho, la formación y el desarrollo de las diásporas aparecen a menudo ligados a la experiencia de los exiliados. En muchos casos, el exilio supone el desplazamiento forzado, pero ello puede convertirse en borroso en los casos de quienes optan por salir de un país debido a restricciones de carácter institucional. En general, los exiliados también mantienen “contactos regulares u ocasionales con lo que consideran su patria y con las personas y los grupos de los mismos antecedentes que residen en los países de acogida”. Para los exiliados, el mantenimiento de una identidad común es una condición sine qua non de su existencia, ya que vacilan entre su pasado y un posible regreso a casa y su presente en el extranjero. Los exiliados tienden por tanto a establecer redes transnacionales con otros exiliados y ciudadanos, con diversos grados de solidaridad social y política.[24]

A pesar de estas similitudes, debemos ser conscientes de que los procesos migratorios han creado múltiples escenarios transnacionales y han complicado la posibilidad de definir al exilio político y las diásporas en términos étnico-nacionales. Esto es especialmente cierto en las Américas, en el marco de la migración en masa, tanto aquella que coincide con la consolidación de los Estados como las olas migratorias más recientes. En consecuencia, en muchos casos - como los creados por la dinámica política institucional de la exclusión en América Latina- el exilio pasa a estar centrado en un hiato en las relaciones entre ciudadanía y nacionalidad.

En forma paralela, el exilio puede ser precursor de la creación de nuevas diásporas, como en el caso de Paraguay y Cuba, donde incluso la migración por motivos económicos está impregnada de color, estrategia e imágenes de exilio. En la medida en que regímenes autoritarios crean situaciones de exclusión institucionalizada, es probable que un gran número de migrantes utilice reflexivamente las estrategias de supervivencia de los exiliados y las imágenes del exilio para defender sus intereses. Bajo tales condiciones, se genera a menudo una participación social y política pro-activa afín a la de los exiliados, orientándose principalmente hacia el país de origen, mientras que las actividades en las esferas públicas del país de acogida y la esfera transnacional servirían para promover cambios en el país de origen.

Por otra parte, hay muchas gradaciones de exilio. En su libro sobre gobiernos en el exilio, Alicja Iwanska identifica tres grandes círculos dentro de una diáspora nacional, de acuerdo con el papel activo o potencial en las acciones de grupos de los exiliados. En el primero se hallan los miembros activos de las organizaciones del exilio. En el segundo círculo están los “miembros de retaguardia”, que participan menos o no participan activamente como resultado de la falta de tiempo, energía o de acceso a un entorno ideológico. Por último, el círculo externo está compuesto por otras personas que comparten antecedentes culturales, cierta solidaridad derivada de un patrimonio cultural común “y, al menos, algún latente patriotismo que los miembros activos asumen podría ser despertado y movilizado”.[25] Estas redes pueden incluir, por supuesto, no sólo a personas desplazadas por la fuerza, sino también a los inmigrantes y sus descendientes, así como a residentes y estudiantes extranjeros. Desde nuestra perspectiva, tal diferenciación interna en las comunidades de expatriados, migrantes y exiliados es fundamental para evaluar la distinta fisonomía y dinámica de las varias comunidades de exiliados y su relativa capacidad de afectar a los Estados y espacios transnacionales en que se activa.

Para el desterrado, salir de la patria o lugar de residencia no suele ser resultado de una elección personal. Incluso en los casos en que el exilio ha sido producto de una decisión personal, tal decisión suele estar estrechamente relacionada con una amenaza de coacción o un marco institucional que dejó poca elección al fugitivo. En cambio, el trabajador migrante se percibe a sí mismo –con justicia o injustamente– como el único responsable de su salida. Habiéndose desplazado lejos de la patria, los exiliados se sienten obligados a permanecer allí tanto tiempo como las condiciones que los llevaron al escape persistan. Los migrantes sienten que pueden regresar a voluntad, mientras que los exiliados esperan que cambien las condiciones de exclusión o el gobierno o régimen que los impulsó al destierro. Esto significa que, analíticamente, la residencia en el extranjero es diferente como experiencia en cada una de estas situaciones.[26]

Martin A. Miller distingue entre refugiados, expatriados, exiliados y émigrés. Los refugiados están dispuestos a reasentarse; los expatriados se han desplazado en el extranjero por propia decisión; los exiliados se han visto obligados a desplazarse, y en su mayoría no se asientan permanentemente, pero al mismo no pueden volver mientras tanto a su patria; por último, los émigrés son exiliados que participan en la política.[27] Relacionado con esto, el sociólogo Lewis A. Coser distingue entre los refugiados que tienen residencia permanente en su nuevo país y aquellos que consideran su exilio como temporario y viven en el extranjero hasta el día en que puedan retornar.[28] Yossi Shain ha conceptualizado esta distinción en los siguientes términos: “Yo defino como expatriados exiliados políticos a quienes participan en la actividad política en contra de las políticas de los gobernantes en el país de origen, contra el propio régimen en el país de origen o en contra del sistema político en su conjunto, a fin de crear las circunstancias favorables para su regreso.” Shain también ofrece una caracterización psicológica, al afirmar que “lo que distingue al exiliado de los refugiados, es, ante todo, un estado de ánimo... el exiliado no busca una nueva vida y un nuevo hogar en una tierra extranjera. Él considera que su residencia en el extranjero es estrictamente temporal y no puede asimilarse a la nueva sociedad”.[29] El exilio es concebido por los que lo experimentan como una fase transitoria, una “vida entre paréntesis”, situada como fuera de la “vida real” que el desterrado mantuvo en su patria.[30]

En general, toda la línea anterior de análisis lleva adelante una discusión destinada a definir la especificidad del exilio y los exiliados en forma de categorías. Paradójicamente, en la realidad, las categorías se confunden en el seno de las comunidades desplazadas, pudiendo cada individuo atravesar distintas etapas en su derrotero forzado fuera de las fronteras de la patria. Además, tal realidad a menudo torna inútil la supuesta fácil identificación de exiliados, refugiados o migrantes como grupos separados; es más bien la observación de su interacción específica en el seno de las comunidades en la diáspora, y las relaciones entre su situación en sitios de translocación y redes transnacionales la que puede ayudar a definir su carácter particular en cada caso. Para sobreponerse a dicha dificultad se han sugerido aproximaciones –pocas, debo confesar– a partir de la filosofía política y la política comparativa que nos acercan aun más al centro de nuestro análisis.

 

La singularidad socio-política del exilio

Hasta hace poco, se podía observar la muy escasa elaboración teórica del tema del exilio en la filosofía política y el análisis comparativo, al menos en relación con el número de trabajos producidos a partir de la literatura y los estudios culturales.

Entre los pocos trabajos existentes se destaca la obra de Judith Shklar, donde poco antes de fallecer la filósofa política analizaba el exilio en términos de la ruptura de las obligaciones políticas de los gobiernos hacia sus ciudadanos, y los lazos paralelos de lealtad, fidelidad y acatamiento voluntario (loyalty, fidelity and allegiance), que los exiliados podrán mantener aun fuera del Estado de origen, base de la ciudadanía. En las obras publicadas póstumamente,[31] Shklar propuso un programa de investigación sobre las repercusiones públicas del exilio, indicando que su singularidad se deriva de una reflexión existencial y política, que al desterrar al ciudadano, anula las obligaciones de los expulsados o forzados por sus gobiernos a escapar al extranjero:

Los exiliados no pueden hacer lo que la mayoría de la gente -aceptar sus obligaciones y lealtades políticas como simples hábitos-. Desplazados y desarraigados, deben tomar decisiones acerca de qué tipo de vida dirigirán ahora. Como agentes políticos, deben por lo menos reflexionar sobre esas decisiones y [elaborar cómo] resolver sus diferentes e incompatibles derechos políticos y vínculos.[32]

Otra contribución es la de Yossi Shain, quien ha estudiado el exilio político en el marco del estado-nación, sugiriendo como argumento central que los exiliados cruzan la frontera de la lealtad en el extranjero, en su interacción con sus compatriotas en la diáspora y en el interior del país de origen, así como con la comunidad internacional.[33]

Estas aproximaciones teóricas constituyen un avance significativo más allá de las definiciones clasificatorias que he analizado anteriormente. En su conjunto, permiten entender la dinámica de la expulsión, el ostracismo y la trasladación en sus consecuencias no sólo para los individuos desterrados, sino también a nivel macro-sociológico y político.

Aun así, los estudios mencionados tienen sus limitaciones, que el estudio del destierro en América Latina lleva a reconocer y permite superar, al menos en dos planos sumamente importantes: el plano del impacto constitutivo del exilio y el plano de su importancia transnacional. En efecto, dichos estudios han analizado al exilio básicamente como una variable dependiente, prestando poca atención a la configuración de procesos de transformación política y cultural operados por el exilio, o bien la formación de “culturas de exilio,” que pueden llegar a redefinir las reglas de la política en planos tales como la esfera transnacional o el ámbito continental. Una excepción en el área de los estudios latinoamericanos son los trabajos de Brian Loveman sobre los regímenes de facto en la región, en el que muestra cómo el exilio político está relacionado con la legislación de emergencia, destinada a excluir a las oposiciones del juego político en todo el continente.[34]

Entender el exilio político como una variable independiente, con efectos constitutivos de orden transnacional sobre las sociedades, los sistemas políticos y el imaginario colectivo de determinadas sociedades –en nuestro caso, las latinoamericanas, pero de igual forma la irlandesa o la tibetana– es uno de los mayores desafíos que deben asumir la historia y las ciencias sociales contemporáneas en el campo de investigación centro de este trabajo.

El estudio del exilio político latinoamericano: enfoques prevalentes y avances teóricos

Como un rasgo generalizado en la política iberoamericana, el exilio no pudo ser ignorado ni por los participantes en la acción política ni por los estudiosos de la política. Sin embargo, al mismo tiempo, la mayoría de los políticos y académicos que abordaron el tema, lo hicieron a menudo en el marco de las historias nacionales de cada país. Por consiguiente, hasta hace poco había pocos estudios que abordaran el exilio ya sea en macro-regiones, en todo el continente o bien desde una perspectiva comparativa. Asimismo, había pocos planteamientos destinados a explicar su recurrente emergencia en la región desde una perspectiva de largo plazo. Volveré a ello más tarde.

Tal como detallaba al comienzo de este trabajo, la primera observación es que, a pesar de su ubicuidad en Iberoamérica, el exilio político ha sido hasta hace poco un tema poco investigado. Si bien fascinante, hasta hace poco se ha concebido como algo bastante marginal para el desarrollo de estas sociedades y se ha estudiado en el marco de conceptos y preocupaciones tradicionales tanto en la historia como en las ciencias sociales. Por lo tanto, no sorprende encontrar numerosas monografías biográficas que mencionan el destierro como una experiencia formativa de figuras políticas o intelectuales, desde los tristemente célebres casos de Bolívar o Perón a los innumerables casos de otras personas de mayor o menor renombre, cuyos testimonios son esenciales para (re)construir una historia colectiva de las comunidades de exiliados y expatriados.

Del mismo modo, no sorprende que exista una amplia literatura testimonial que surge durante la última ola de exilio político, documentando en primer lugar las experiencias de los brasileños que fueron obligados a abandonar su país a raíz de los 1964 de golpe de Estado y luego ampliado a otros países en el Cono Sur, marcado una tendencia que se repite continuamente durante los tres decenios posteriores. El número de estas biografías y testimonios ha florecido en la última generación, e incluye algunas obras de reflexión penetrante, plenas de sugerencias teóricas.[35] Esos trabajos biográficos y testimoniales de exiliados y expatriados contribuyen importantes bloques de construcción para la reconstrucción de las experiencias colectivas de exilio.[36] Tales obras reflejan la ubicuidad y el profundo impacto del fenómeno, resultado de la exclusión política y la persecución de las dictaduras militares de las décadas de 1960 a 1980. Sin embargo, muchos de estos testimonios no tienen por objeto ofrecer un análisis sistemático del papel del exilio en la política y sociedades latinoamericanas y no están orientados a explicar la recurrencia del exilio ni sus transformaciones en el tiempo, desde comienzos del siglo XIX a finales del siglo XX.

En forma paralela, en los últimos años se ha producido una proliferación de análisis literarios y de crítica, centrados en el significado universal de la experiencia del exilio en sus distintas formas, desde el destierro forzado a la expatriación. Esta literatura se basa en escritos de las postrimerías del siglo XX, reflejando la marcada incidencia de la represión política y las dictaduras militares de los años 1970 y 1980 en el exilio.[37]

A menudo, estas obras ofrecen una profunda retrospectiva teórica de la experiencia existencial de marginación y las tensiones que genera el exilio, especialmente para los escritores arraigados en la lengua de las comunidades que fueron silenciadas por la represión y se sometieron a procesos de transformación cultural en los que los exiliados sólo tuvieron un rol tangencial al estar radicados en el extranjero. La mayoría de quienes trabajan en esta línea están fuertemente impregnados por el postmodernismo y han sido menos propensos a contribuir al estudio sistemático del impacto y las repercusiones sociales del exilio en la política latinoamericana.

Otro importante corpus de trabajo es el desarrollado por psicólogos, psicólogos sociales, trabajadores sociales y psiquiatras sobre las dificultades que enfrentan muchos exiliados que fueron desplazados de su patria, junto con sus relaciones de familia e hijos. Estas obras han elaborado, a menudo en forma penetrante, los problemas de ajuste, desarticulación personal, el estrés mental, la desconfianza y el aislamiento, los casos de suicidio, así como los altos índices de desintegración familiar y divorcio. Un trabajo pionero ha sido el desarrollado por Ana Vásquez y Ana María Araujo, Exils latino-americains. La malediction d’Ulysse. En ese trabajo, que se basa en la experiencia profesional de las autoras con los exiliados de América del Sur en Francia, las autoras elaboran una teoría sobre las etapas adaptativas de los exiliados. Según su análisis, que también recuerda los trabajos de los Grinberg, los exiliados viven una fase inicial de dolor y remordimiento, seguida por una etapa de transculturación y una posible tercera fase de ruptura y un profundo cuestionamiento de las ilusiones, visiones y proyectos de vida originarios.[38]

En los últimos años, podemos identificar avances importantes en el estudio del exilio político de América Latina. Un importante desarrollo en los últimos años es la emergencia de la historia contemporánea o “del tiempo presente”, sustentada en testimonios orales y en la apertura de archivos sobre la represión, que permiten entender en profundidad el entorno transnacional del asilo, la represión y los contactos entre exiliados de distintos países. Estudios realizados desde esta perspectiva permiten nuevas aproximaciones y facilitan pasos importantes hacia la sistematización de la pluralidad de experiencias del exilio, al tiempo que proveen detallados informes sobre la mecánica de residencia fuera del país de origen, la vivencia exiliar, las relaciones dentro de las comunidades de exiliados y los movimientos de solidaridad con las víctimas de la represión.[39]

Una línea central de avance se deriva de obras colectivas que, combinando los trabajos realizados por profesionales que se quedaron en los países de origen y de profesionales que habían abandonado sus países de origen años atrás, avanzaron en pos de la construcción de un enfoque global de las comunidades de connacionales exiliados durante la última ola de dictaduras militares. En ese contexto, recientemente, se han publicado estudios, en buena medida bajo el formato de obras colectivas, que conjugan el esfuerzo que realizaron de manera aislada distintos académicos en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. Entre los trabajos comprehensivos de distintas diásporas de exiliados y emigrados publicadas en los últimos años destacan Denise Rollemberg, Entre raízes e radares (1999); “Exilios. Historia reciente de Argentina y Uruguay”, América Latina Hoy (2003); Pablo Yankelevich (coord.), Represión y destierro (2004); José del Pozo Artigas (coord.), Exiliados, emigrados y retornados chilenos en América y Europa, 1973-2004 (2006); Silvia Dutrénit-Bielous (coord.), El Uruguay del exilio (2006); Pablo Yankelevich y Silvina Jensen (coords.), Exilios. Destinos y experiencias bajo la dictadura militar (2007); Luis Roniger y James Green (coords.), dossier “Exile and the Politics of Exclusion in Latin America”, Latin American Perspectives (2007); Pilar González Bernaldo de Quirós (coord.), dossier en el Anuario de Estudios Americanos (2007); Silvia Dutrénit Bielous, Eugenia Allier Montaño y Enrique Coraza de los Santos, Tiempos de exilios (2008); Carlos Sanhueza y Javier Pinedo (coords.), La patria interrumpida (2010); y Luis Roniger, James N. Green y Pablo Yankelevich (coords.), Exile and the Politics of Exclusion in the Americas (en prensa, 2012).

Otra línea de trabajo que también florece desde la década del ’80 en forma intermitente aborda el exilio en términos más amplios que los de las historias nacionales o la biografía, analizando sitios de exilio o lieux d'exil, como es París un centro de atracción para los latinoamericanos, pero también en relación a otros polos de atracción de los exiliados en las Américas. Pioneros fueron los estudios realizados por Keith Yundt (1988) y François-Xavier Guerra (1989: 171–182), seguidos por libros colectivos compilados por Ingrid Fay y Karen Racine (2000) y por Pablo Yankelevich (2002).

Se han publicado asimismo excelentes trabajos monográficos sobre sitios de asilo y residencia, desde los pioneros trabajos de Erasmo Sáenz Carrete, El exilio latinoamericano en Francia, 1964-1979 (Sáenz Carrete, 1995; escrito originalmente hacia 1980) y Paul Estrade, La colonia cubana de París, 1895-1898 (1984); libros como el de Anne Marie Gaillard, Exils et retours. Itineraires chiliens (1997), hasta los más recientes trabajos de Hebe Pelossi, Argentinos en Francia. Franceses en Argentina (1999); Marina Franco, Exilio. Argentinos en Francia durante la dictadura (2008); y Silvina Jensen, La provincia flotante. El exilio argentino en Cataluña, 1976-2006 (2007). Es de destacar que, en su mayoría, se trata de trabajos que hasta hace poco se centraban en sitios de exilio europeos y principalmente los exiliados cubanos o del Cono Sur. Sólo recientemente comienzan a aparecer trabajos sobre sitios de exilio relativamente ignorados como Mozambique, y sobre diásporas menos trabajadas, como las de los peruanos, los centroamericanos o los paraguayos.[40] En este sentido, es importante destacar la importancia de la publicación de este número especial de Pacarina del Sur.

Los estudios de sitios de exilio son importantes ya que, entre otras cosas, permiten trazar la ambigüedad en las políticas de asilo y el significado de los exilios en el contexto de los movimientos masivos de población. Como ejemplo paradigmático tomemos el volumen colectivo compilado por Yankelevich, México, país refugio, que es altamente inclusivo y abarca las múltiples experiencias de los exiliados republicanos españoles, los argentinos, chilenos, alemanes, austríacos, rusos, franceses, norteamericanos, peruanos y los refugiados judíos.[41]

Una tarea a emprender sería mover el análisis del exilio iberoamericano hacia la “larga duración”, al ámbito transnacional y a los estudios comparativos. En tal línea, en The Politics of Exile in Latin America (2009), con Mario Sznajder tratamos de ilustrar las tendencias a largo plazo en las modalidades del exilio con el objetivo de explicar su uso recurrente como un mecanismo institucionalizado de exclusión en América Latina y de América Latina, sobre una base transnacional, así como sus profundas transformaciones a través de los siglos. En el caso de América Latina, hemos empezado a desentrañar colectivamente las formas en que se convirtió en una práctica política importante ya a principios de siglo XIX. En condiciones de montaje de la violencia y de Estados autoritarios como regla general y comenzando con el ejemplo de los padres fundadores de los Estados, el exilio se convirtió en una práctica política importante y un factor permanente en la cultura política de América Latina.

A principios de siglo XIX y durante mucho tiempo después, el exilio político tuvo una dinámica regional y transnacional, estando vinculado al nacimiento conflictivo de los distintos de Estados independientes, donde el exilio fue instrumental en la definición de las nuevas reglas del juego político. Por consiguiente, podemos analizar como el exilio –además de la confrontación política, que la literatura destaca– contribuyó a esclarecer las definiciones nacionales, los borrosos límites territoriales y culturales compartidos y la institucionalidad política. Más concretamente, hemos tratado de desentrañar este desarrollo a partir de varios ejes de análisis: la tensión entre la estructura jerárquica de estas sociedades y los modelos políticos que predicaban una participación política amplia, la tensión entre las ideas de unidad continental y la realidad de fragmentación y conflicto territorial de las fronteras y la evolución de las facciones en la política moderna, que produjeron guerras civiles, violencia política y polarización. En esta fase, fue característico del exilio poseer una estructura tríadica, donde los exiliados, los países de origen y los países de destino se impactaron mutuamente.[42]

Cuando la participación y movilización política se amplió y resultó masiva, el exilio evolucionó de su fisonomía selectiva y elitista para transformarse en un fenómeno que afectó la vida de muchos individuos, incluyendo personas de clase media y baja. Además, en esta etapa una nueva dinámica transnacional se desarrolló para las comunidades de exiliados y expatriados, debido a la aparición de redes mundiales de solidaridad, organizaciones no gubernamentales y asociaciones internacionales, a través de las cuales las vicisitudes de los exiliados cobraron resonancia amplia. Se configuró entonces una dinámica de cuatro factores en la cual, a la estructura tradicional de interacción entre los desterrados, los países de origen y los países de residencia, se suma la esfera pública internacional, que otorga a los exiliados un tipo diferente de proyección política en el ámbito internacional. Siguiendo estos puntos de vista analíticos, sugerimos que es importante llegar a la comprensión de los procesos tanto de cristalización como de transformación del exilio como práctica política y mecanismo de exclusión, con un impacto propio en las esferas públicas de los países iberoamericanos.

Esa línea de investigación se ha basado en desarrollos recientes en la ciencia política y la historia, la sociología, la antropología y las relaciones internacionales, con avances teóricos que han puesto de relieve la centralidad de las diásporas y los estudios transnacionales, y la reubicación de la transitoriedad, la hibridación cultural y las modernidades múltiples. A raíz de estos desarrollos analíticos, sugerimos que el estudio del exilio de América Latina puede convertirse en un tema de preocupación central, en estrecha relación con problemas teóricos básicos y controversias en estas disciplinas. En paralelo, se sugiere que el estudio sistemático del exilio también promete dar lugar a nuevas lecturas de desarrollo de América Latina, lejos de las tradicionales lecturas de las historias nacionales y hacia un plano más regional, transnacional o incluso de dimensiones continentales.

 

La lógica de un mecanismo de control político en América Latina: Lecturas transnacionales

En el plano teórico, el estudio del exilio destaca la existencia de una tensión entre el principio de pertenencia nacional y el principio de la ciudadanía. Una vez que una persona es empujada al exilio, él o ella pueden perder los derechos ligados a la ciudadanía, pero al mismo tiempo, se puede llegar a generar una adherencia más profunda a lo que el desterrado percibe como el “alma nacional.”

En la ciudadanía existe una latente pero clara dimensión de identidad colectiva subyacente, que es asumida sin reflexión en el quehacer cotidiano de quienes residen en un determinado territorio. Esa dimensión de identidad es necesariamente cuestionada y reconocida en el destierro. En consecuencia, ha sido en el extranjero que muchos de los desplazados han descubierto, re-descubierto o bien inventado el “alma colectiva” de su nación en términos primordiales o espirituales. Aunque algunos residentes y migrantes transnacionales han desarrollado orientaciones desterritorializadas o continentales, muchos otros han tratado de reconstruir sus lazos de solidaridad en términos de la identidad colectiva de origen, abriendo así un fascinante ámbito de la política una vez que se produce un retorno a la democracia y las esferas públicas se abren al debate.

Tal debate en torno a las identidades nacionales y transnacionales suele abrirse en forma explícita después de períodos de crisis que producen un gran número de exiliados. Con la esperanza de regresar algún día a su país de origen, a menudo los exiliados tratan de redefinir los términos de la identidad colectiva frente a quienes crearon las condiciones que los llevaron al destierro. Al abrirse la perspectiva del retorno, quienes se quedaron en el país de origen y quienes debieron trasladarse al extranjero buscan hacer primar sus propias definiciones de cómo fue afectada y de cómo debe recomponerse la identidad colectiva nacional. Al mismo tiempo, los desterrados pueden haber construido nuevos vínculos con los exiliados de “naciones hermanas”, en refuerzo de una dinámica de reconocimiento mutuo y la identificación de problemas e intereses transnacionales compartidos dentro del sistema interamericano.

En muchos casos, el exilio parece haber desempeñado un papel importante en América Latina en la definición o redefinición de los planos nacional y la identidad pan-latinoamericana. La historia iberoamericana presenta innumerables casos como los del colombiano José María Torres Caicedo, a quien se le atribuye la creación del término y la idea de América Latina durante su exilio en París; o bien el cubano José Martí y el portorriqueño Eugenio María de Hostos y Bonilla, que desenvolvieron banderas de lucha e identidad más amplias que las de su tierra natal.

Al mismo tiempo que los exiliados pretenden constituirse en los verdaderos representantes del pueblo, al residir en el extranjero interactúan en la sociedad de acogida, deben aprender nuevos módulos de comportamiento cotidiano y hacer frente a nuevos modelos de organización que los transforman voluntariamente o inconscientemente. Esto plantea un gran dilema para todo exiliado a nivel personal, psicológico, familiar y colectivo: ¿cómo relacionarse con la sociedad de acogida y la posibilidad de formar parte de ella, más allá del nivel instrumental de la vida cotidiana, e incluso desarrollar identidades híbridas y nuevos compromisos? Por otra parte, si se asientan en lo que perciben como una sociedad más desarrollada, que presta mayor atención al medio ambiente o bien se regula de modo diferente, se enfrentan a este dilema de un modo más acuciante. Cuanto más tiempo el exiliado pasa en el destierro más probable es que se produzca una nueva amalgama o fragmentación de identidades, una heterogeneidad de visiones y una heteroglosa vivencia, que algunos pueden celebrar y otros, lamentar.

La experiencia en el exilio obliga a las personas desplazadas a reconsiderar los ideales que trajeron consigo de la patria que dejaron atrás, y/o actuar tácticamente para poder transmitir su mensaje en términos de nuevos discursos que antes ignoraban o aun denunciaban desde el compromiso político. Un ejemplo paradigmático es la adopción del discurso de los derechos humanos a través del cual podrían los exiliados denunciar la represión que, en términos del discurso revolucionario, era el precio que todo combatiente debía poder enfrentar en su lucha por la revolución. Una vez en el destierro, los exiliados de la última ola represiva descubrieron el poder movilizador del discurso emergente de los derechos humanos y, aunque no lo adoptaron desde un principio en forma total sino de una forma táctica, con el pasar de los años y al tiempo que les permitía reformular solidaridades y alianzas transnacionales, los derechos humanos se proyectaron como un núcleo central en las estrategias de lucha y denuncia de los exiliados, como lo analiza por ejemplo Vania Markarian (2005) para el caso uruguayo o bien Roniger y Sznajder (1999) o Thomas Wright (2007), para los otros casos del Cono Sur. Se dio así un profundo proceso de redefinición de la diversidad cultural, social y política, crucial para entender su contribución a las futuras transformaciones de sus países de origen y, en algunos casos, de retorno.

Este enfoque lleva a sugerir que el exilio político es importante en varios sentidos. Es a la vez el resultado de los procesos políticos y un factor constitutivo de los sistemas políticos. En términos de causalidad, siendo un mecanismo de persecución política que no aniquila en forma total a la oposición, el exilio habla –en términos gramscianos– de un modelo autoritario de la política y la hegemonía, con independencia de la definición formal del sistema político. Estos patrones de la política se basan en la exclusión y son el resultado de un compromiso entre una situación donde el ganador del juego político se lleva todo el poder y los peligros de una lucha a muerte (de “suma cero”) en el juego ampliado de una posible o efectiva guerra civil.

Si bien como consecuencia de estas formas de competencia política, el uso recurrente del exilio se ha instalado en la cultura política de estos países, lo que refuerza la exclusión son las reglas del juego político en América Latina. En las etapas tempranas de desarrollo político, la práctica generalizada de exilio limitó la institucionalidad democrática, aunque proyectó una mayor presión política más allá del territorio que sería reclamado como nacional. En etapas subsiguientes, la democracia se vio afectada por la limitación de la representación y el ostracismo político, lo que obstaculizó el alcance de la libertad de debate y la posibilidad de impugnar el poder establecido por los canales abiertos de la participación democrática.

 

Agendas de investigación

En la introducción a un dossier especial sobre exilio y política en América Latina publicado en la revista Estudios interdisciplinarios de América Latina y el Caribe (2009), con Pablo Yankelevich indicábamos que en los últimos años se vienen generado proyectos de investigación y trabajos que cristalizan propuestas teóricas que permiten vislumbrar el desarrollo de los estudios sobre el exilio bajo nuevas perspectivas. A partir de avances teóricos que, entre otras cosas, han puesto de relieve la centralidad de los estudios transnacionales, el análisis del exilio pasa a ser parte de un universo más amplio que incluye a los migrantes y a las diásporas, a los sujetos en tránsito, la hibridación cultural y las modernidades múltiples. Impulsados por estas preocupaciones, los estudios sobre los exilios latinoamericanos se han convertido en un tema de avanzada, que ha conseguido establecer una relación estrecha con propuestas teóricas y controversias centrales en las ciencias sociales y las humanidades. En esta etapa se ha abierto un rico debate en torno a una variedad de tópicos teóricos y metodológicos, por ejemplo, se ha cuestionado la división tajante entre desplazamiento político y migración económica, repensando la pertinencia de estudiar a los exiliados, los refugiados y los asilados como parte de una migración política. En esta misma dirección, se examinan los vínculos entre las categorías de exiliados, asilados y refugiados, cuyo correlato apela a significantes discursivos y pragmáticos diferentes, y también se investigan esas categorías en sus manifestaciones cotidianas entre y dentro de las distintas comunidades de las diásporas latinoamericanas.[43]

En esta nueva y fascinante etapa de investigación, se abren asimismo nuevas perspectivas y se generan debates en torno a la selección de fuentes, las aproximaciones metodológicas, las hipótesis de trabajo, la hermenéutica de los testimonios orales, y las categorías de análisis. Los estudios sobre el exilio se prestan a aproximaciones disciplinarias diferentes que prometen visualizar, a manera de un caleidoscopio, las múltiples facetas de esa experiencia. En forma paralela, esos estudios prometen nuevas lecturas sobre la conformación y las crisis del orden político en Iberoamérica, en un marco que trasciende las historias nacionales para instalarse en miradores o en perspectivas regionales continentales y transcontinentales.

Entre los temas que presentimos ocuparán parte de nuestra agenda colectiva de investigación se encuentran: ser extranjero, la alienación, y la adaptación; la mujer en el exilio; el activismo político en el extranjero; las relaciones entre los exiliados, los refugiados y las diásporas; la pérdida y el cambio de identidad; los exiliados de distintos países y el redescubrimiento de problemas continentales y transnacionales; los exiliados y la pertenencia de clase; la experiencia exiliar, el retorno y la reforma del Estado; la dinámica de las comunidades de exiliados; la políticas de recepción y los procesos de integración; las redes de apoyo y solidaridad; las motivaciones personales y la segunda generación. Trabajar estos temas en un marco histórico comparativo implicará ligar el estudio de la política con el análisis de las identidades personales y colectivas, la inmigración y los fenómenos transnacionales, el multiculturalismo, las redes internacionales y las relaciones diplomáticas.

Permítanme una vez más destacar que nuestro entendimiento del exilio sigue siendo parcial. Es necesario prestar más atención a la dinámica interactiva de grupos de exiliados, comités de solidaridad, asociaciones de defensa de los derechos humanos, con toda su dinámica interna y las contradicciones políticas frente a los regímenes militares que expulsaron a sus oponentes.[44] También necesitamos más estudios que analicen el papel de los exiliados en las campañas internacionales contra la tortura, por ejemplo, y la forma en que influyen en las políticas gubernamentales en relación con el tratamiento de los disidentes encarcelados. ¿Qué efectos concretos han tenido las actividades de los exiliados en censurar a las dictaduras y afectar así los procesos políticos de sus países? Al mismo tiempo es importante entender cómo las campañas libradas por los exiliados han impactado los países de acogida. ¿Se puede medir el efecto del exilio sobre miles de no-latinoamericanos que recibieron a las personas desterradas o escapadas, les ofrecieron apoyo, y participaron junto a ellas en un amplio movimiento de solidaridad internacional? ¿De qué manera pudo la interacción entre los exiliados y sus anfitriones crear una dinámica política en los países de recepción y asilo?

Los estudios futuros deben también ser capaces de indicar si existen impactos palpables a largo plazo de la experiencia del exilio en las sociedades que estuvieron una vez bajo el poder militar. De especial interés es el análisis de las formas en que los antiguos exiliados, expatriados, fugitivos y viajeros construyeron la historia de sus experiencias en el extranjero en la esfera pública, como políticos o bien figuras públicas, y el peso simbólico del capital humano de haber estado en el exterior. En forma paralela, debemos entender si los exiliados superaron el estigma que a menudo enfrentaron a su regreso y cuál es el eco actual del exilio en las imágenes y representaciones, una vez que los recuerdos de los años de la represión política se desvanecen.

Debemos asimismo preguntarnos si la experiencia de desarraigo que muchos vivieron en territorios desconocidos, y en muchos casos la apertura a nuevas formas de relación personal y experiencia, han generado formas innovadoras de pensar en el cambio político y social más allá del renovado activismo en los partidos políticos y movimientos de izquierda.

Al estar expuestos a la evolución de las ideologías y los acontecimientos políticos en el país de asilo y en la esfera transnacional, ¿se afectó la forma en que estos activistas participaron en la reconstitución de las alianzas políticas y proyectos? ¿Cómo las nuevas ideas sobre raza, género, clase e identidad que los exiliados encontraron en el extranjero cambiaron sus perspectivas en torno a su visión de los países de nacimiento? Por último, debemos indagar sobre cuál ha sido el impacto a largo plazo de los repatriados. ¿Han desempeñado un papel moderado y pragmático en la centro-izquierda apuntando coaliciones electorales hacia la conciliación? ¿Los líderes políticos que han vivido en el extranjero han traído una más sofisticada comprensión de los procesos globales que les ha permitido entender mejor procesos internacionales en el plano económico, social o político y los desequilibrios de poder y de recursos de manera más eficaz?

La mayoría de estas preguntas abiertas de investigación apuntan a que midamos los múltiples impactos del exilio en las personas, los procesos políticos nacionales y las memorias fracturadas de los años de represión política. Mientras que los estudiosos están mirando hacia la macro-dinámica del exilio, los investigadores deben prestar igual atención a la recopilación y preservación de los archivos personales e institucionales y obtener las historias orales de quienes han sufrido el exilio. Un reto especial será conectar micro-historias y testimonios en el estudio sistemático de la macro-dinámica del exilio. Otro desafío es profundizar el estudio de casos hasta hace poco marginados del análisis, como el exilio en el área andina o el destierro de Colombia, Venezuela y América Central. Un desafío paralelo será poner un mayor énfasis en las tendencias políticas transnacionales en América Latina y más allá del continente.

 


Notas:

[1] Luis Roniger es catedrático de ciencia política y Profesor Reynolds de Estudios Latinoamericanos en Wake Forest University, EUA. Roniger es sociólogo político comparativo, autor de numerosos artículos científicos y libros, entre ellos los libros Patrons, Clients and Friends; Clientelism, Democracy and Civil Society; Globality and Multiple Modernities; El legado de las violaciones de los derechos humanos en el Cono Sur; y The Politics of Exile in Latin America. Entre sus trabajos más recientes se cuentan el libro Transnational Politics in Central America (University Press of Florida, 2011) y “Transitional Justice and Protracted Accountability in Re-Democratised Uruguay, 1985-2011”, en el Journal of Latin American Studies, vol. 43, N° 4 (2011). Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. .

[2] Bomilla 1989, cit. en Barahona, 2005: 101

[3] Loveman, 1993; Lira y Loveman, 2004

[4] véase vg. Franco 2008; Jensen 2007; Yankelevich y Jensen 2007; y trabajos detallados más adelante

[5] Roniger, 2011: 6-16; Carr, 2012 en prensa

[6] Roniger y Sznajder, 2008: 31-51; Sznajder y Roniger, 2009

[7] “Desterrarse” en Covarrubias Orozco, 1943

[8] Gisbert 1999: 309

[9] McClennen, 2004

[10] Cabrera Infante, 1990: 36-37

[11] en esta línea de análisis, véase el artículo de Jensen, 2009

[12] Kaminsky 1999: xvi y 9

[13] Simpson 1995: 1

[14] Naficy 1999: 3

[15] Nueva Sociedad, mencionado en Ulanovsky 2001

[16] Vásquez y de Brito, 1993: 51-66

[17] Ouditt, 2002: xiii-xiv

[18] Said, 1984: 49-56, citado por Shain, 1988: 9

[19] Kaminsky,, 1999: 9-10

[20] Díaz y Rodríguez de Ita, 1999: 63-85

[21] Peters, 1999: 19-21

[22] Tweed, 1997: 84

[23] por ejemplo, Sheffer 2003

[24] Hechter, 1987; Banton, 1994: 1-19

[25] Iwanska, 1981: 44

[26] Vásquez y Araujo, 1988

[27] Miller, 1986: 6-8

[28] Coser, 1984: 1

[29] Shain 1989, esp. p. 15

[30] Vásquez y Araujo, 1988

[31] Shklar, 1998a y 1998b

[32] Shklar, 1998: 57-8

[33] Shain, 1999; Simpson, 1995

[34] Loveman, 1993,1999

[35] Cavalcanti y Ramos, 1978; Jurema, 1978

[36] entre ellos: Olivera Costa et al., 1980; Gómez, 1999; Tavares, 1999; Ulanovsky, 2001; Guelar, Jarach y Ruiz, 2002; Trigo 2003; Bernetti y Giardinelli, 2003; Roca 2005

[37] Además de las obras ya mencionadas, véase también Vásquez y de Brito, 1993; Rowe y Whitfield, 1997: 232-255; Kaminsky, 1999; González, 2000: 539-540

[38] Véase por ejemplo Barudy et al., 1980; Grinberg y Grinberg,1984; Vásquez y Araujo, 1988

[39] además de los trabajos ya citados, véase también Tucci Carneiro e Dos Santos, 1999; Viz Quadrat, 2004; Calandra, 2006; Viz Quadrat, 2008; Green, 2009; Macdowell Santos et al., 2008

[40] para importantes contribuciones en esta dirección véase Prestes Massena, 2009: 67-92; Bergel, 2009: 41-66; Luque Brazán, 2009: 93-116; Melgar Bao, 2009; Topasso, 2009; Melgar Bao, 2012; y Carr, 2012 en prensa

[41] www.lehman.edu/ciberletras/v10/calvoisaza.htm, acceso 12 de marzo de 2009.

[42] Sznajder y Roniger, 2009

[43] Roniger y Yankelevich, 2009: 7-18

[44] Véase en esa dirección los trabajos de Calandra, 2006; Franco, 2007; Jensen, 2007; Yankelevich, 2007

 

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