Viernes, 18 de Abril de 2014
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Una guerra fratricida: el conflicto por el Chaco Boreal (1932-1935)

El objetivo de este artículo es poner en tensión el lugar que hoy ocupa en la memoria histórica de ambos países la guerra del Chaco, poniendo el foco en el carácter fratricida de la contienda, tal como apareció ante los ojos de muchos de los contemporáneos, y de los primeros cronistas e investigadores del conflicto bélico.

Palabras clave: Chaco, fratricidio, identidad, frontera

 

Introducción

La guerra del Chaco, en la que se enfrentaron Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935, fue sin duda el conflicto bélico más importante que tuvo lugar en Sudamérica durante el siglo XX. Sus consecuencias tuvieron enorme importancia en los procesos políticos y sociales posteriores de ambos países sudamericanos. En el transcurso de la contienda comenzaron a constituirse los actores sociales que protagonizarán las grandes transformaciones de la posguerra. La conformación de una nación moderna, aspiración de las mayorías nacionales en ambos países, seguirá caminos distintos, pero en ambos países los contenidos de la conflagración bélica serán  resignificados, pasando a integrar un nuevo imaginario nacional.

Este episodio olvidado del siglo XX sudamericano fue una contienda fratricida, un conflicto amargo y doloroso  para los dos pueblos hermanos involucrados, cada uno de los cuales había ya padecido ya demasiadas penurias a lo largo de su historia. Decenas de miles de muertos, heridos, mutilados, prisioneros de guerra en condiciones durísimas, fue el saldo de la guerra. Sin embargo, los procesos socio-políticos posteriores en ambas naciones implicaron, como ya dijimos, una resignificación de la memoria del conflicto bélico, que pasó a constituirse en episodio constituyente de la identidad nacional, desdibujándose, a medida que pasaba el tiempo, sus contornos más ríspidos. Se inició así un complejo proceso de transmutación por el cual, lo que fue para los contemporáneos un doloroso conflicto, se convirtió para las generaciones posteriores (pero también para sus propios protagonistas sobrevivientes) en piedra angular de la construcción de una nueva nacionalidad, vinculada ahora a la modernización de la nación y a la extensión de la ciudadanía a los sectores subalternos anteriormente excluidos y devenidos  en la pos-guerra protagonistas de la gesta soberana.

Desde el punto de vista historiográfico el terreno donde se evidencia con más nitidez este proceso está constituido por los testimonios recogidos a través de la historia oral. En el caso de Bolivia, los ex-combatientes, hoy beneméritos de la patria, ofrecen testimonios en los cuales los hechos heroicos, los sacrificios consumados en aras de la defensa de la patria, reemplazan las descripciones de las duras condiciones de vida en el frente, la desorganización, la improvisación y el maltrato de los oficiales a los soldados rasos. Incluso en un ejército como el boliviano, estructurado durante la guerra en términos de casta -oficiales blancos, suboficiales cholos, soldados indígenas- las diferencias étnicas aparecen también ocluidas en los testimonios de los ex-combatientes. La memoria, a través del mecanismo del recuerdo-olvido, ejerce un filtro que diluye los aspectos más dramáticos de la experiencia chaqueña, poniendo en primer plano aquello que mucho tiempo después justifica -en el discurso de sus portadores- la posición social en que éstos se encuentran en una sociedad muy distinta de aquella que un día los precipitó en el horror de la guerra.  Por cuestiones históricas específicas, este proceso es menos intenso en el caso de Paraguay, donde al momento del conflicto bélico existía un marco societario más homogéneo que el boliviano.

 

El contexto histórico

Bolivia y Paraguay fueron las naciones sudamericanas que resultaron más perjudicadas en los procesos de conformación territorial de los estados nacionales de fines del siglo XIX. Bolivia, en el transcurso de la guerra del Pacífico con Chile (1879-1880), perdió su litoral marítimo; mientras Paraguay casi desaparece tras su derrota en la guerra contra la triple alianza (1865-1870), siendo gran parte de su territorio repartido entre Brasil y Argentina y su población seriamente diezmada. El desenlace desfavorable de dichos conflictos proyectará ominosas sombras sobre el futuro de ambos países. Crónica inestabilidad política, crisis de legitimidad de las elites dominantes por su incapacidad para conducir la nación, pérdida del control de los recursos económicos más importantes a manos del capital extranjero, serán algunas de las consecuencias.


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A fines del siglo XIX se produjo en Bolivia el relevo de los “mineros de la plata” por los “barones del estaño” como grupo predominante dentro de la elite.  Los “barones del estaño” eran básicamente tres familias -Patiño, Aramayo y Hoschild- que controlaban la producción del metal y casi toda la minería boliviana. La “Patiño Mines & Co.”, constituida en 1924 en los Estados Unidos por el poderoso millonario Simón Patiño asociado con accionistas estadounidenses, controlaba a través de las minas de Uncía y Llallagua el 50 % de la producción boliviana de estaño. Se decía que por esos años los ingresos anuales de Patiño eran superiores a los del estado boliviano. La declinación de la plata coincidió con la revolución liberal de 1899, en la cual los conservadores fueron desplazados. Esta revolución implicó varios ejes: reforma política, intereses regionales (federalismo), cuestiones sociales (reclamos indígenas por las tierras), política más firme con Chile. Nada de esto fue cumplido por los liberales: reconocieron la ocupación chilena a cambio de la construcción de un ferrocarril, no hicieron ninguna reforma política y reprimieron a las masas indígenas. El predominio liberal acompañó los años de mayor expansión del ciclo del estaño. A diferencia del ciclo anterior de la plata, en el cual los grandes mineros eran también los gobernantes del país, surgió una elite política, que junto a los intelectuales, periodistas y demás funcionarios ligados al régimen comenzó a ser denominada despectivamente la “rosca”. En 1914 se fundó el Partido Republicano, que en 1920, a través de una revuelta, desplazó a los liberales del poder.

Los republicanos estaban divididos en dos alas, dirigidas por Bautista Saavedra y Daniel Salamanca. El primer mandato republicano le cupo a Saavedra, quien dictó algunas leyes sociales pero reprimió severamente a los sectores subalternos: masacre de Jesús de Machaca (1921) y de Uncía (1923, contra campesinos indígenas y mineros, respectivamente. Bajo el gobierno de Saavedra se profundizó la dependencia de Bolivia con los Estados Unidos, a través de los préstamos y el petróleo. En 1922, el gobierno boliviano suscribió en Nueva York el empréstito Nicolaus, por un monto de  U$S 33 Millones. Este empréstito estaba garantizado por todos los ingresos del Estado, cuya recaudación era inspeccionada  por una comisión fiscal permanente de tres miembros nombrados por los banqueros, que hacia 1930 controlaba la Aduana, la recaudación impositiva y el Banco Central. En cuanto al petróleo, a principios de los ’20 se otorgaron las primeras concesiones petroleras, que en 1922 fueron monopolizadas por la Standard Oil de New Jersey. Esta empresa totalizará unos 32.000 km2 de yacimientos petrolíferos concesionados hacia 1930, con 16 pozos en funcionamiento.

A Saavedra le sucedió  Hernando Siles, quien se hizo cargo de la presidencia en 1926. Durante el transcurso de su gestión comenzaron los incidentes fronterizos con Paraguay en el Chaco (1928). Sin embargo, Siles aceptó la mediación de los países limítrofes evitando en ese momento la escalada del conflicto. Su gobierno se verá en lo sucesivo atenazado por la crisis del ‘29,  que provocará la debacle económica-financiera de la economía boliviana. Como consecuencia del desplome del precio internacional del estaño, se contrajeron las exportaciones y las importaciones,  y  aumentó el déficit presupuestario. El gobierno debió tomar medidas drásticas que molestaron a la elite, como la moratoria transitoria de la deuda externa y el control de divisas, mientras que reducciones de sueldos, despidos y suspensiones causaron gran malestar popular. En julio de 1930 Siles fue derrocado por un golpe militar, y reemplazado por una Junta encabezada por Blanco Galindo quien acentuó la represión al movimiento obrero y la política de concentración económica. Los viejos políticos, Salamanca, Saavedra, Montes, suscribieron un “pacto de honor” y junto a los militares golpistas, proclamaron presidente a quien arrojaría la nación al abismo de la guerra fratricida: Daniel Salamanca.

La situación del Paraguay durante las primeras décadas del siglo XX no era más esperanzadora que la de Bolivia. El país apenas pudo sobrevivir como nación independiente tras la guerra de la triple alianza, perdiendo grandes extensiones de territorio. Sin embargo, logró conservar buena parte del Chaco Boreal gracias a una mediación internacional que le resultó favorable. El estado paraguayo comenzó lentamente a reconstituirse a partir de la Constitución dictada en 1870, sumamente liberal. Hacia 1880 se formaron los que se convertirían en los partidos tradicionales del país guaraní, colorados y liberales. Estos partidos no se diferenciaban ni desde el punto de vista ideológico ni por su composición social, sino en relación a su afinidad con los intereses de los países vencedores en la pasada guerra, Brasil y Argentina, respectivamente. Sus dirigencias estaban constituidas por terratenientes y elites urbanas, y sus bases por campesinos vinculados a las dirigencias a través de redes clientelísticas. La constitución consagró el derecho al voto de todo varón mayor de edad, lo cual contribuyó a la temprana conformación de un sistema bipartidista, desarrollándose al interior de cada partido persistentes y encarnizadas luchas facciosas. Los colorados gobernaron el país desde 1876 hasta 1904. Ese año, una “revolución” liberal terminó con el ciclo colorado, alternándose por varias décadas gobiernos liberales pertenecientes a distintas facciones del partido. Eduardo Schaerer y Manuel Gondra fueron los dirigentes que lideraron estas luchas, que desembocaron en una guerra civil abierta que duró catorce meses entre 1922 y 1923, a cuyo fin fue elegido presidente Eligio Ayala, quien dictó una ley electoral que garantizó la libre participación de las fuerzas políticas y la representación de las minorías.

Bajo el predominio de los liberales se afianzaron en el país los intereses argentinos ligados a los británicos, a través de grandes empresas que explotaban el tanino, la madera y la yerba mate, y que también monopolizaban los transportes fluviales, vitales para la comercialización de la producción paraguaya. Este proceso había comenzado en 1870, cuando la constitución autorizó la venta de las tierras fiscales a ínfimo precio. Así fue como se radicaron en Paraguay muchos capitalistas y terratenientes argentinos que obtuvieron grandes extensiones de tierras públicas, destacándose entre ellos Carlos Casado, que se convirtió en propietario de unas 1.800 leguas. En esta inmensidad fundó Puerto Casado, sobre el río Paraguay, futura sede del comando militar paraguayo durante la guerra del Chaco. Para la época del conflicto, se calculaba que de las veintidós millones de hectáreas en disputa, diez millones eran propiedad anglo-argentina. [2] La crisis del ’29 repercutió duramente en Paraguay. La disminución de las exportaciones y la baja del precio de las materias primas se sintieron fuertemente en el país, y las consecuencias fueron el encarecimiento de los precios en el mercado interno y la caída de los salarios. Esto agudizó un clima de inquietud y protesta, ya existente en el país desde el año anterior, con motivo de las elecciones que llevaron a la presidencia a José Guggiari (también liberal) y el incremento de la tensión y los enfrentamientos con Bolivia en el Chaco. El gobierno de Guggiari procedió a reprimir, suspendiendo las garantías constitucionales. En febrero de 1931 se produjo una revuelta armada en Encarnación, impulsada por grupos de orientación comunista y nacionalista, rápidamente frustrada, tras lo cual el gobierno ilegalizó sindicatos y encarceló dirigentes. En marzo se produjeron conflictos en el ejército, zanjados con la designación como jefe de José Félix Estigarribia, militar vinculado al gobierno y a la tradición liberal. Finalmente, el proceso decantó en octubre de 1931, cuando una masiva manifestación estudiantil en Asunción fue duramente reprimida por el gobierno, con un saldo de 11 muertos y decenas de heridos. La indignación general obligó al presidente a abandonar transitoriamente el gobierno, para reasumirlo meses después, concluir su mandato y transmitir el mando a su sucesor, Eusebio Ayala, el 15 de agosto de 1932, cuando ya se habían iniciado las operaciones militares en gran escala en el Chaco.

 

Un estado de la cuestión

La historia política, militar y diplomática de la guerra del Chaco está conformada por un corpus bibliográfico y documental que permite conocer y analizar los principales aspectos de la confrontación. Conviene aclarar que la producción escrita referida a la guerra del Chaco es enorme, de modo que cualquier estado de la cuestión que se pretenda hacer sobre la materia exige efectuar recortes en su organización.


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Concluida la contienda bélica, comenzaron a aparecer tanto en Bolivia como en Paraguay crónicas y memorias referidas al conflicto, escritas por  protagonistas directos o por contemporáneos. Aun cuando el objeto de las mismas es la reconstrucción de los hechos, sus autores combinan en diferentes maneras niveles de narración y de análisis de las campañas militares y del contexto social y político en el cual las mismas se desarrollaban. Muchas de estos textos, posteriormente reeditados, constituyen fuentes insustituibles para una primera aproximación a nuestro objeto de estudio. [3]

En paralelo con esta literatura, aparece otro tipo de libros, esta vez ficcionales, pero que se inspiran en los acontecimientos bélicos. La “novela del Chaco”, cuestionada por algunos autores, ha producido sin embargo verdaderas obras maestras que figuran en las cimas de la literatura latinoamericana del siglo XX, y que se diferencian de las crónicas y las memorias por desarrollar una mayor vena crítica que éstas últimas, destinadas muchas veces a justificar fracasos o resaltar méritos de sus autores. Novelas, cuentos, poesías, denuncian la barbarie, la crueldad, la incompetencia o el sinsentido de los frentes de batalla y del mundillo político y social de la época. [4]

En lo que respecta a la producción historiográfica propiamente dicha, debemos mencionar trabajos ya clásicos, que abordan la guerra desde perspectivas políticas, militares y/o diplomáticas. Se trata de obras que no remiten a hechos circunscriptos sino que sus autores, desde distintas ópticas, se proponen hacer una valuación de conjunto de la guerra o de la participación en ella de alguno de los beligerantes.[5] Debe reconocerse, que en algunos casos la línea separatoria con respecto a la producción anterior es muy débil, habida cuenta que los autores que mencionamos en este acápite suelen incorporar en sus obras gran cantidad de fuentes primarias. Cabe precisar, no obstante, que el foco está puesto en el análisis y la interpretación, más que en lo testimonial. Otro cuerpo bibliográfico importante, que se ha ido incrementando en los últimos años es el referido al campo de las relaciones diplomáticas. A la obra tradicional de Rivarola, se le ha sumado con posterioridad los excelentes trabajos  de Boersner y Porcelli.[6]

Como es lógico, con el paso de los años y las décadas  los libros de historia de Bolivia y de Paraguay incluyeron capítulos enteros destinados al análisis y estudio de la guerra del Chaco. Escritas desde la perspectiva de las historias nacionales tradicionales, se destacan en Paraguay las obras de Cardozo y Chaves, y en Bolivia las de Fellman Velarde, Guzmán y De Mesa-Gisbert-Mesa entre otras.[7] En Bolivia, la historia política tuvo, desde un primer momento, otro recorrido, más relacionado con la interpretación y el ensayo polémico. Céspedes, Díaz Machicao, son algunos de los autores que han cultivado este género, que posteriormente se ha enriquecido con la producción de historiadores académicos extranjeros, como Klein y Dunkerley.[8]

En lo que respecta a la participación de las clases subalternas en la contienda bélica, podemos encontrar algunos indicios en obras más amplias como las historias del movimiento obrero de Lora o la de los artesanos libertarios de Rivera Cusicanqui y Lehm, o en los aportes a la historia de la izquierda boliviana y paraguaya, de Lora, Lorini o Bonzi. Un aporte sustancial en esta temática lo constituye el libro de Arze Aguirre, la única obra de historia social que remite a las movilizaciones protagonizadas por los campesinos bolivianos en los años de la guerra. En el contexto de las contradicciones entre los propietarios mineros y los hacendados por retener mano de obra que el estado pretendía incorporar mediante la conscripción militar, estallan las movilizaciones campesinas para resistir la leva y los trabajos viales, y defender las tierras de  las comunidades sobre las que los hacendados pretendían avanzar aprovechando la debilidad de las mismas.[9]

En lo que constituye el objetivo de este artículo, debemos decir que las investigaciones más recientes tienden a cuestionar la centralidad que los contemporáneos e historiadores precedentes habían conferido a la disputa por el petróleo en la explicación de sus orígenes. Halperín Donghi enfatizó el impacto de la crisis de 1929, que habría revelado el carácter de “productor marginal” de Bolivia en el mercado mundial del estaño. Al reducir Patiño y otros grandes propietarios sus transferencias al estado boliviano para poder sobrevivir a la crisis, dejaron al régimen de la “rosca” sin sustento financiero. La elite, por lo tanto, pretendió recuperar su legitimidad ganando una guerra, obteniendo de paso nuevos ingresos provenientes del petróleo. Otro autor, Whitehead, considera que la guerra fue la culminación de un proceso de ocupación de tierra en el Chaco por parte de ambos contendientes, en el contexto de la crisis del ’29 que había golpeado duramente sus respectivas economías. El conflicto estalló en el momento en que ninguno de los dos países podía seguir avanzando sin derrotar al otro. Zavaleta Mercado, por su parte, pone el foco de análisis en la crisis de dominación del estado boliviano, ocupando la disputa por el petróleo un lugar subalterno. Este es, con algunas variaciones, el punto de vista de Mires, que enfatiza la crisis político-social que envolvía el gobierno de Salamanca, y de Salzman, aunque las preocupaciones de este último en su breve pero muy interesante ensayo están focalizadas en las consecuencias de la guerra más que en sus causas. [10]

 

Los orígenes de la guerra

Para los contemporáneos, la guerra del Chaco fue, como muchos otros episodios de la época, consecuencia directa de las pujas por el petróleo desatadas por los grandes monopolios, en este caso la Standard Oil, norteamericana, titular de los yacimientos bolivianos, y la Royal Dutch Shell, inglesa, con fuertes intereses en Paraguay y Argentina, que intentaba impedir la expansión de su rival en los territorios entonces sin delimitar del Chaco. Por supuesto, era totalmente cierto que el control de la riqueza petrolífera era el gran disparador de la rivalidad anglo-estadounidense en la región, que la cuenca petrolífera tenía entonces mayor importancia geopolítica que en la actualidad,  y que no existía tecnología para transportar el petróleo boliviano a través de los Andes hacia el Pacífico. Pero hoy podemos ver que la trama de los intereses que empujaron al enfrentamiento fratricida fue mucho más compleja.

Numerosos factores terminaron interrelacionados entre si en el desencadenamiento de los acontecimientos que condujeron a la guerra. La bancarrota financiera del estado boliviano ocasionada por la caída de los precios del estaño azuzaba la crisis política y social del país, haciendo urgente encontrar nuevos recursos. La explotación intensiva del petróleo podría proveerlos, pero requería la búsqueda urgente de una vía que permitiera su transporte a bajo costo. Esa vía no podía ser otra que un puerto sobre el río Paraguay, que abriera el paso hacia la cuenca del Plata, y  aquí es donde se producía el choque con los intereses británicos que controlaban las grandes vías fluviales.

Por su parte, el “superestado minero” (fundamentalmente Patiño) enfrentó la crisis participando en la organización de un cártel internacional con los otros productores/exportadores de estaño, el cual se propuso como objetivo reducir la oferta en el mercado mundial. Esta estrategia logró reacomodar los precios, que hacia 1933 volvieron a niveles similares a los anteriores al '29, pero a costa de la reducción de la producción.[11] Esto originó despidos y reducción salarial en la masa de trabajadores mineros, y disminución de los ingresos fiscales, por ende, agravamiento de la crisis social y drástica reducción de los recursos estatales para enfrentarla. A poco tiempo de iniciado su gobierno, Salamanca se encontraba frente a un escenario similar al que había precipitado la caída de Siles. Creyó entonces encontrar una salida en la expansión boliviana en el Chaco, detrás de la cual pensaba unificar la nación, aislar y reprimir a los díscolos y descontentos con su política.

En el trasfondo de todo esto jugaba la necesidad de los grupos dominantes bolivianos de resolver la histórica falta de legitimidad producto de la humillante derrota en la guerra del Pacífico. Fue el propio Daniel Salamanca quien redondeó la idea que circulaba en la elite gobernante del Altiplano:

“Bolivia tiene una historia de desastres internacionales que debemos contrarrestar con una guerra victoriosa, para que el carácter boliviano no se haga de día en día más y más pesimista. Así como los hombres que han pecado deben ser sometidos a la prueba del fuego para salvar sus almas en la vida eterna, los países como el nuestro que han cometido errores de política interna y externa, debemos y necesitamos someternos a la prueba del fuego, que no puede ser otra que el conflicto con el Paraguay. Por un lado, es el único país al que podemos atacar con seguridades de victoria, lo que fortalecería nuestro débil sentimiento patrio, y por otro, la guerra exterior haría desaparecer las fronteras partidistas, indispensable acontecimiento para terminar con la vergonzosa cadena de revoluciones caudillistas, que nuestro país muestra en su historia”. [12]

La “prueba del fuego” llegó finalmente en junio de 1932, cuando la ocupación de la Laguna Chuquisaca (Pitiantuta, para los paraguayos) por parte de tropas bolivianas precipitó un sangriento conflicto bélico que se prolongó durante tres largos años.

 

Desarrollo y desenlace de la contienda

En términos generales, se consideraba que Bolivia estaba mejor preparada que Paraguay para un enfrentamiento en el Chaco. Durante los primeros años de la década del 20 una serie de fortines bolivianos se instalaron en el territorio en disputa. Además Bolivia adquirió importantes cantidades de armamento en Europa, especialmente en Alemania, y contrató oficiales alemanes para entrenar sus tropas. En contrapartida, el ejército paraguayo era muy débil en los años previos a la guerra. Concluidos los enfrentamientos civiles de 1922-23, comenzó una organización más profesional de la fuerza. Hacia 1928 llegó a Asunción una Misión Militar Argentina  que colaboró activamente en la organización de los cuadros de oficiales,  y en el establecimiento de un plan de operaciones ante un eventual enfrentamiento en el Chaco. El plan preveía una guerra de movimiento mediante unidades pequeñas y motorizadas, desechando los lineamientos elaborados por asesores franceses, que habían aconsejado emplazar una línea defensiva a la altura del río Paraguay. Desde el punto de vista político, tanto el presidente Guggiari como su sucesor Ayala, convirtieron la reivindicación del Chaco en un punto central  de su  programa político, y lanzaron una campaña propagandística a nivel nacional e internacional, presentando la causa paraguaya como una guerra de defensa nacional contra un agresor mucho más fuerte, instigado por la Standard Oil y apoyado por los Estados Unidos.


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Los incidentes comenzaron a fines de la década del ’20. En 1927 se produjo el primer enfrentamiento en el Fortín Sorpresa, en el cual fue muerto el teniente paraguayo Adolfo Rojas Silva. Un año después, en 1928, el ejército boliviano resolvió establecer Fortín Vanguardia, cercano al río Paraguay. Los choques comenzaron en diciembre, cuando el mayor paraguayo Rafael Franco, ordenó por su cuenta un ataque por sorpresa destruyendo el fuerte. Bolivia reaccionó rápidamente ocupando dos fortines paraguayos. Ambos gobiernos ordenaron la movilización general, pero la rápida intervención de las naciones vecinas y una mediación internacional conjuraron provisoriamente el estallido de una conflagración generalizada.

En 1932 se repitieron los incidentes, pero esta vez a una escala mucho mayor. El 15 de junio los bolivianos tomaron el fortín Carlos A.   López, que controlaba el acceso a la estratégica laguna Chuquisaca/Pitiantuta. El alto mando paraguayo ordenó retomar el fortín,  lográndose  cumplir el objetivo un mes después. La respuesta de Bolivia no se hizo esperar: tomó Boquerón, que se encontraba no muy lejos de Asunción, y posteriormente ocupó otras dos fortines, Corrales y Toledo. Paraguay -donde Guggiari había entregado el mando presidencial a Eusebio Ayala, y el coronel Estigarribia quedó al frente del ejército- respondió con la movilización general a la ofensiva boliviana. El 29 de septiembre de 1932,  tras 20 días ininterrumpidos de  duros combates, se rindieron los últimos defensores de Boquerón. El ejército boliviano se retiró desmoralizado, mientras para los paraguayos la victoria representó una  inyección de optimismo.

En Boquerón quedaron delineadas las tendencias que marcarían la contienda en los tres siguientes años. Sería una guerra de movimiento, con grandes desplazamientos de hombres y materiales, que diferiría radicalmente de la guerra de posiciones fijas, tal como se había librado la primera guerra mundial. Una guerra donde las penurias de los combatientes se multiplicaban, al librarse en un territorio inhóspito, con escasa población, muy poco agua, sin recursos, carente de rutas, bajo un clima agobiador. También quedó claro desde el primer momento que los soldados paraguayos se adaptaban mucho mejor a las duras condiciones del “infierno verde” que los indígenas del altiplano boliviano, movilizados por millares a los campos de batalla. El gobierno boliviano confió el mando de sus tropas al general alemán Hans Kundt, basado en su trayectoria y experiencia en la primera guerra mundial. Kundt, que según denuncias de la época, antes de hacerse cargo de sus funciones pasó por Nueva York para cobrar honorarios adelantados por la Standard Oil, fue un completo fracaso: en medio de  los sucesivos avances y retrocesos de ambos ejércitos, perdió todas las batallas que libró.

En Enero de 1933 Kundt lanzó una ofensiva sobre Nanawa, que fracasó, y hacia fines de mes Paraguay obtenía otra victoria en Toledo. La situación logística de Bolivia se complicó al declarar Paraguay oficialmente la guerra el 10 de mayo de 1933, como consecuencia de lo cual Chile y Argentina cerraron sus fronteras con el país del Altiplano, clausurando sus vías de aprovisionamiento desde el Pacífico y a través de los ríos Pilcomayo y Bermejo. En Julio de 1933, un nuevo ataque boliviano contra varios fortines paraguayos, incluyendo la importante plaza de Nanawa, fracasó sufriendo graves bajas. Estigarribia sitió a los contingentes bolivianos en Pampa Grande y Pozo Favorito, y obtuvo, el 11 de diciembre de 1933, la gran victoria de Campo Vía, donde se rindió el grueso del ejército boliviano. En esas circunstancias tuvo lugar un cese provisorio del fuego hasta los primeros días de 1934, en que prosiguieron las hostilidades. En el ínterin Kundt fue relevado, siendo reemplazado por el general Enrique Peñaranda, quien en marzo de 1934 sufrió una derrota en Cañada Tarija,  pero ese mismo mes el ejército boliviano obtuvo su única victoria significativa en la guerra: Cañada Strongest. Sin embargo, el ejército paraguayo prosiguió su avance, y el 16 de noviembre de 1934, el coronel Carlos Fernández obtuvo la victoria de El Carmen. Por primera vez los paraguayos penetraron en territorios ocupados por los bolivianos que no estaban en disputa al principio de la guerra. En ese mismo mes de noviembre, Ballivián, sede del cuartel general de Peñaranda, tuvo que rendirse al encontrarse sin suministros. Ante la consumación de esta sucesión de derrotas, los jefes del ejército boliviano decidieron deponer al presidente Salamanca, cuyas discrepancias constantes con el estado mayor del ejército constituían uno de los factores de la incapacidad boliviana para revertir la situación. Es así como a fines de noviembre el vicepresidente Tejera Solórzano fue ungido por el alto mando como nuevo presidente de la nación.

El ejército boliviano intentó un contraataque, pero Estigarribia eludió un combate frontal, y ocupó los vitales pozos de agua de Yrendagué. Sin una gota de agua, miles de bolivianos sufrieron una muerte espantosa por sed, abrazados por el calor del desierto, mientras otros miles debieron rendirse al enemigo. Los paraguayos obtuvieron de esta manera vía libre para su avance, llegando hasta las márgenes del río Parapití (enero de 1935), ocupando territorios que desde el siglo XIX estaba bajo jurisdicción boliviana.  En abril de 1935 se apoderaron de la ciudad boliviana de Charagua, quedando a su alcance los ricos territorios petrolíferos que tenían a Camiri como centro neurálgico. Una última y desesperada contraofensiva boliviana logró detener  el avance paraguayo en los contrafuertes andinos, recuperando parte del territorio ocupado.

En julio de 1935, con ambos ejércitos virtualmente agotados y sin posibilidades de proseguir las operaciones,  se acordó un alto el fuego, reuniéndose en Buenos Aires una conferencia internacional con asistencia de Estados Unidos, Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. El 21 de julio de 1938 Paraguay y Bolivia firmaron en Buenos Aires el tratado definitivo de paz. Paraguay no logró retener todo el territorio que sus ejércitos habían ocupado, en particular no logró instalar la frontera en las márgenes del río Parapití, como era su aspiración de máxima, pero no cabe duda que se quedó con la mayor parte del territorio en disputa, reafirmando además su soberanía sobre Bahía Negra, sobre el río Paraguay. En cuanto a Bolivia, un puerto libre concedido sobre el Paraguay  y la entera posesión de la cuenca del río Parapití,  no alcanzaron a disimular la enorme pérdida territorial sufrida. Una nueva frustración se abatía pesadamente sobre la nación del altiplano.


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Conclusiones

Como hemos dicho anteriormente, en las investigaciones actuales la disputa por el petróleo entre la Standard Oil y la Royal Dutch Shell está fuertemente relativizada por los distintos autores al analizar los orígenes de la guerra del Chaco. Un elemento subyacente que contribuye a apuntalar este razonamiento es que, finalizada la contienda,  en los territorios en disputa no se hicieron nuevos hallazgos de yacimientos petrolíferos. A su vez, el desplazamiento de la tradicional hipótesis explicativa de la guerra implica poner el foco de análisis en los acontecimientos internos de ambos países que habrían precipitado el estallido bélico, relativizándose, por lo tanto, la responsabilidad histórica atribuidas tradicionalmente a las multinacionales petroleras y a sus países de origen, Estados Unidos  e Inglaterra, en la incitación a una guerra “con olor a petróleo”, como se decía en la época. Por último, al poner énfasis en la situación interna de ambos contendientes en las vísperas del  inicio de las hostilidades, el gobierno boliviano -y el presidente Salamanca especialmente- es quien aparece precipitando la hecatombe, mientras que las autoridades paraguayas solo habrían atinado a impulsar la “defensa nacional” ante la invasión extranjera,  como arguyeron sus voceros y diplomáticos.

Debemos advertir sin embargo sobre los límites de estos razonamientos. El petróleo chaqueño tenía en la década del ’30 una enorme  importancia estratégica para las grandes potencias, que va a disminuir notoriamente a partir de la segunda posguerra, al abrirse a la explotación las grandes reservas hidrocarburíferas de Medio Oriente. Por otro lado el transporte masivo de la riqueza chaqueña sólo podía hacerse a través de las vías fluviales de la cuenca del Plata, controladas por los británicos a través de sus intereses en Paraguay, y solo accesible a Bolivia mediante un triunfo militar en el Chaco.

Es cierto que estos acontecimientos fueron precipitados por los efectos de la crisis del ’29 en ambos países, pero aun cuando los intereses de las elites (especialmente la boliviana) no pueden soslayarse a la hora de establecer responsabilidades en la tragedia, esto no quita el carácter fratricida de la contienda que, como es habitual en estos casos, se intentó disimular con abstractas invocaciones a la “defensa de la patria”, formuladas desde los dos bandos. Este discurso tuvo eficaces efectos al principio del conflicto especialmente en Paraguay, donde sus dirigentes se esforzaron por mostrar un país pequeño e indefenso amenazado e invadido por un vecino poderoso y hostil. Sin embargo, después de Boquerón esos efectos fueron desvaneciéndose,  al quedar en evidencia el avance del ejército paraguayo, que trastocó el carácter supuestamente defensivo de la guerra para ese país, llegando a ocupar territorios que nunca antes habían estado en disputa entre los dos países. Territorios que por otra parte, no pertenecían ni al pueblo boliviano ni al pueblo paraguayo, sino que estaban repartidos en grandes estancias y yerbatales, la mayoría de las cuales eran propiedades anglo-argentinas y estadounidenses. El carácter fratricida e injusto de la guerra, así como la denuncia del mismo y los esfuerzos antibelicistas de la izquierda, los dirigentes sindicales y numerosos intelectuales de la época, quedaron sepultados bajo el peso de la transmutación operada a partir del surgimiento de un proceso de construcción de la nacionalidad en ambos países, que llevó a la caída de los regímenes que impulsaron la guerra y la conformación de nuevos procesos sociopolíticos en Bolivia y Paraguay.

 


Notas:

[1] Universidad de Buenos Aires - República Argentina.

[2] “Memorial de Significación”, citado en GALLO, Antonio. “Acerca del conflicto paraguayo-boliviano”, Revista Comunismo, Nro. 17, Octubre de 1932, Barcelona, España.

[3] Estigarribia, 1972: Florentín, 1964; Guzmán, 2001 (1936): Lara, 2005: Moscoso, 1995 (1934): Saavedra Peláez, 1990; Taborda, 1984.

[4] En Bolivia: Cerruto, 1937; Céspedes, 1983 (1936); Costa Du Reis, 1967 (1944); Díaz Machicao, 1936: Guzmán, 2001 (1936); Lara, 2005 (1937); Mundy, Hilda, 1989 (1934/1935); Pacheco, 1935. En Paraguay: Cancio y Giménez, 1987: Lustig, 1999; Roa Bastos, 1998 (1960).

[5] Entre las obras más completas y documentadas sobre la guerra, escritas desde la perspectiva de la historia militar, podemos mencionar: Díaz Arguedas, 1942; Fernández, 1956; Querejazu Calvo, 1981;  Rolón, 1987; Sienrra, 1980;  Zook, 1962.

[6] Rivarola, 1952; Boersner, 1986; Porcelli, 1991. En Argentina, la apertura del archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores a los investigadores augura la aparición de nuevos estudios sobre esta temática.

[7] Cardozo, 1996 y  1963; Chaves, 1998;  Fellmann Velarde, 1981; Guzmán, 1998; De Mesa, Gisbert, y Mesa Gisbert, 1998.

[8] Céspedes, 1973; Cuadros Sánchez, 2003; Pereira Fiorilo, 1999; Díaz Machicao, 1955;   Dunkerley, 2003; Klein, 1968 y 1982.

[9] Arze Aguirre,  1988; Bonzi, 2001; Lora, 1978 y 1970; Lorini, 2006 y  1994; Rivera Cusicanqui, 1988.

[10] Halperin Donghi, 1999;  Mires, 1988; Salzman, 2003;  Whitehead, Zavaleta Mercado, 1984.

[11] En 1929 se verificó el máximo de producción y exportación de estaño en Bolivia: 47.000 toneladas, tope que ya no fue superado en el siglo XX. Peñaloza Cordero, 1985.

[12] Citado en Cardozo, 1996: 112.

 

 

Bibliografia:

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Bonzi, Antonio (2001). Proceso histórico del Partido Comunista Paraguayo. Asunción: Arandurá, capítulos III y IV.

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Cómo citar este artículo:

HERNÁNDEZ, Juan Luis, (2012) “Una guerra fratricida: el conflicto por el Chaco Boreal (1932-1935)”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 10, enero-marzo, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 18 de Abril de 2014.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/home/abordajes-y-contiendas/370-una-guerra-fratricida-el-conflicto-por-el-chaco-boreal-1932-1935

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