Pacarina del Sur
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Territorio-lugar:
Espacio de resistencia y lucha de los movimientos sociales

En el presente artículo pretendo mostrar cómo existen dos concepciones de territorio desde dos lógicas opuestas y en conflicto. Por un lado, la concepción propia de la lógica moderna y capitalista del desarrollo; el segundo parte desde dos perspectivas: la epistémica y la económica. Por otro lado existe una concepción desde la perspectiva de las utopías, ligada a la construcción de territorio-lugar como escenario de resistencia y lucha en América Latina.

Palabras clave: territorio, lugar, estriamiento del espacio, movimientos sociales, movimientos ambientales

 

“Pero cuando llegamos al Quzco no sólo hallamos las ruinas recientes, sino vestigios de momentos mucho más viejos que las piedras de los Incas, porque allí todo comienzo es apenas el reflejo de una fundación anterior, y a lo mejor es cierta la leyenda que dice que la primera ciudad del tiempo se construyó sobre las ruinas de la última. Cuando lo recorras mejor comprobaras que ningún reino del mundo escogió un escenario de más vértigo, que en ninguna parte las ciudades están hechas como allí para prolongar los caprichos de las montañas, que de verdad aquellos hombres doblaban cumbres y trenzaban abismos. Eran fieles al ejemplo de sus primeros dioses, que hablaban con la voz de los truenos y tenían uñas de sal y dientes de hielo. A lo largo de la costa se suceden desiertos, un viento de mar grande parece secar toda cosa, y los flancos occidentales de la cordillera fueron tierras muertas hasta cuando los rezos de los Incas, que no estaban sólo en los labios sino también en las manos, hicieron bajar agua desde el cresterío de los montes y abrieron jardines en la costa reseca”.

El país de la canela - WILLIAM OSPINA

 

Introducción

Comenzaré aclarando tres conceptos: espacio, territorio y lugar, los cuales son fundamentales para comprender, en general, las diferentes argumentaciones en el texto y, de modo particular, el concepto de territorio-lugar, como escenario de resistencia y lucha de los movimientos sociales.

Existen muchos significados de espacio, que pasan por las diferentes disciplinas. Podemos decir que es todo los que nos rodea, lo que contiene todos los objetos que existen, el lugar que ocupa cada objeto, el sitio o lugar, etc. Así, pues, retomamos a Bernardo Fernandes cuando plantea que es “creado originalmente por la naturaleza y [luego] transformado continuamente por las relaciones sociales”.[2] Lo que nos lleva a concluir que el espacio no es sólo físico, material y objetivo, ya que la intervención de los seres humanos lo convierte en una producción social, cultural, política y económica, que se define según los intereses y subjetividades de quienes lo producen.

De igual manera el territorio se produce a partir de la acepción de que es “un espacio geográfico y/o social específico. […] Es el espacio apropiado por una determinada relación social que lo produce y lo mantiene a partir de una forma de poder”.[3] Sin embargo, no podemos perder de vista que si “todo territorio es un espacio, no siempre y no todo espacio es un territorio”,[4] lo cual significa que un espacio para convertirse en territorio requiere de la intervención del ser humano y de las transformación y las relaciones multidimensionales que en él genera.

En esta misma lógica aparece el término lugar, que es utilizado por Arturo Escobar, y que define lo más cotidiano, lo vivido, como “la experiencia de una localidad específica con algún grado de enraizamiento, linderos y conexión con la vida diaria, aunque su identidad sea construida y nunca fija”,[5] concepción que está ligada al de territorio desde la perspectiva de las comunidades locales y de organizaciones sociales territoriales. En otros términos, podríamos plantear que el lugar nos habla del territorio que es construido por tales comunidades, convirtiéndose en el eje de sus relaciones. A partir de lo cual aparece el concepto de territorio-lugar, para dar cuenta de tal construcción como resistencia y oposición a una lógica contraria de concebir el territorio.

De lo anteriormente dicho, evidenciamos que el territorio es una construcción social y, más que ello, cultural. La manera en que los seres humanos ocupamos el espacio, lo representamos, lo significamos y lo usamos, define lo que somos, pensamos y cómo nos relacionamos, y, además, evidencia lo que entendemos por territorio. Arturo Escobar (2010) muestra cómo dos formas de comprender el territorio se enfrentan, pese a las particularidades y matices que pueda guardar cada una, en general podemos decir que tales posiciones se caracterizan: 1. en la primera se construye una concepción del territorio como aquel que debe pensarse en pro de beneficios particulares, que se pueda integrar a la dinámica económica global, como el espacio a ser utilizado, explotado y dominado, lo cual evidencia una representación dicotómica y dual de las relaciones entre seres humanos y de estos con la naturaleza, propia de occidente. 2. existe una construcción, principalmente de comunidades locales, muy ligadas al lugar; pues su supervivencia depende de los recursos inmediatos del medio. Ellas representan el territorio-lugar como el espacio vivido, sentido y parte integrante de su cotidianidad. A pesar de la inevitable inclusión, en mayor o menor grado, de concepciones modernas, propenden por la recuperación de su memoria histórica y de sus tradiciones, en defensa de su territorio, identidad y cultura. Posición que, además, se vuelve más radical con la incursión en sus territorios de la globalización neoliberal, a través de empresas transnacionales en busca de explotar los recursos naturales.

Las dos posiciones enumeradas son opuestas, están en constante conflicto, se enfrentan en diferentes campos y se encuentran conformadas por sectores con intereses opuestos. En los dos apartados posteriores desarrollaré y mostraré con mayor detalle cuáles son los intereses que comporta cada una.

 

El espacio y el territorio en la episteme moderna occidental

La primera concepción de espacio y territorio enunciada en párrafos anteriores es propia de la espíteme moderna, eurocéntrica y colonial, necesaria para mantener el desarrollo capitalista. Si bien es cierto que la intervención y representación del espacio desde esta lógica, se realiza a partir de intereses económicos concretos, los cuales enunciaremos más adelante, no podemos desconocer que se requiere de la construcción de un conocimiento que avale tal realización; situación que no podemos mirar como algo subyacente nada más. En este sentido aparece la dicotomía expuesta anteriormente: por un lado, se constituye un ser civilizado en oposición a uno salvaje, en “estado de naturaleza”, el cual se “civiliza” o perece, proceso que define, la otra parte de la cuestión, el hombre civilizado se crea en oposición a la naturaleza misma, es por ello que para el hombre, occidental, blanco y capitalista, la naturaleza sólo existe para dominarla y usufructuarse de ella y, los seres humanos que perviven en estado “salvaje” siguen siendo considerados como naturaleza.

Es en este escenario dicotómico donde es válido el uso del concepto de espacio estriado. Para Santiago Castro-Gómez, éste “se caracteriza por la construcción artificial de trayectorias fijas y direcciones determinadas, que sirvan para controlar las migraciones, regular los flujos de la población y reglamentar todo lo que ocurre en el espacio. De hecho, sin el estriamiento del espacio no sería posible la existencia de Estado, pues su razón de ser es, precisamente, establecer la ley y el orden sobre un territorio sobre su soberanía”.[6] Situación que no habría sido posible sin la aparición de la Geografía como ciencia, porque permitió objetivar y universalizar el conocimiento producido sobre el espacio,[7] lo que a su vez posibilitó su uso y control. En este sentido la geografía sirvió, por ejemplo, al Imperio español para estriar en un primer momento el mar a través “de convertir el circuito del Atlántico en un “territorio” donde la circulación de mercancías, esclavos y personas entre el nuevo mundo y el viejo mundo se encontraba perfectamente regulada; [luego en un segundo momento] sometiendo el espacio físico de las colonias a una estricta reglamentación de todos sus flujos”.[8]

Ahora bien, la geografía, al regular el espacio físico, buscaba clasificar a las personas. En general, los Borbones españoles comenzaban a mirar a la ciencia no como una actividad de las elites, sino como una herramienta de gobierno. Específicamente “la geografía […] se había convertido en un valioso instrumento para los Estados europeos que competían por el control del todavía naciente mercado mundial. La acumulación de riqueza, poder y capital dependía en parte del conocimiento exacto que un Estado tuviera sobre las ciudades, selvas, montañas, ríos, flora, fauna y, por encima de todo, sobre la fuerza disponible en territorios bajo su control”.[9] Es por ello que, para la geografía, el censo y el mapa se constituyeron en herramientas fundamentales, las cuales posibilitaban que, junto a la enumeración y clasificación geográfica de los recursos potenciales a explotar, se realizaban la medición y clasificación de los habitantes. Además, tales mecanismos de medición llegaron a un nivel extremo de exclusión al postularse una relación entre sitio geográfico, capacidad intelectual y raza: “el lugar ocupado en el territorio geográfico se corresponde entonces con el lugar que se ocupa en el territorio étnico, histórico y epistémico”.[10] Es decir, según el clima se define el nivel de incivilización de los pobladores y su capacidad para salir de ella. A los habitantes de climas cálidos, se les asumía como salvajes y atrasados; idea que no sólo se pensó en la colonia sino que se ha mantenido hasta el momento, ejemplo de ello es el papel preponderante que en Colombia se le ha dado a la Región Andina como polo de desarrollo.

Este proceso colonial de concebir, apropiar y producir el espacio, aun deja huella en nuestro presente, que se caracteriza por lo que Margarita Seje denomina como colonialismos y que consiste en “un conjunto de dispositivos sociales y culturales que legitima, da sentido y hace posible la subordinación y la explotación de las personas y los grupos y de sus formas de vida social, económica y política para poner en marcha los designios de una cultura y de su modo de producción, en este caso la cultura moderna”.[11] En este orden de ideas la estriación del espacio, propio del desarrollo de la Geografía, consolida el colonialismo al sostener la concepción dicotómica del territorito que hoy define a la sociedad moderna capitalista y, por ende, normaliza la explotación del medio y de las personas sin ninguna barrera ética. En palabras de Castro-Gómez:

“El nacimiento de la nueva ciencia, la creación del Estado moderno y el desarrollo de nuevas tecnologías permitieron cambiar esta perspectiva: de estar acosado y sometido por una naturaleza hostil y arbitraria, el hombre comienza a pensarse a sí mismo como “dueño y señor” de la tierra. Aparece entonces una idea (¿una obsesión?) que ya no abandonaría más al hombre moderno: que la abundancia sustituya a la escasez en calidad de situación originaria y experiencia fundante de la existencia humana sobre la tierra. A partir del siglo XVIII el trabajo no se orienta más hacia la pura supervivencia, sino hacia la creación y acumulación de riquezas con el fin de realizar la gran utopía moderna: la superación definitiva de la escasez”.[12]

Es por ello que si miramos lo que significa el espacio y el territorio en la actualidad, no podemos dejar de articular el desarrollo epistémico de la ciencia con los interese económicos globales. En el momento actual el capitalismo tiene una característica que es la mundialización o globalización de la producción y del consumo, es desde esa lógica que los espacios y territorios cobran importancia. El lugar ha ido desapareciendo bajo la globalización económica, lo que produce un proceso de desarraigo que fragmenta aún más la sociedad e inhibe el potencial transformador de los seres humanos. Retomando a Escobar: “la ausencia de lugar se ha convertido en el factor esencial de la condición moderna, [éste] ha desaparecido en el “frenesí de la globalización” de los últimos años y este desdibujamiento del lugar tiene consecuencias profundas en nuestra comprensión de la cultura, el conocimiento, la naturaleza, y la economía”.[13]

Esta necesidad de acabar con el territorio-lugar es la posibilidad de que los designios de la globalización neoliberal se asuman como normales e inevitables, algunos ejemplos concretos de esta situaciones son: primero, la expoliación de los recursos naturales en nuestros países por parte de multinacionales son asumidas por los Estados como la mejor vía para el desarrollo, por lo que se incluye en los planes de gobierno y las políticas públicas; segundo, la degradación ambiental se pregona como responsabilidad de todos los seres humanos por igual y es susceptible de ser solucionados mediante la tecnología; tercero, el racismo, el patriarcado, la homofobia son cuestiones de forma que se solucionan con políticas públicas multiculturales.

Sin embargo, lo que en realidad sucede es que tal globalización erosiona la soberanía de los Estado periféricos, ya que por un lado se permite la explotación de los recursos naturales a empresas extranjeras, mientras el país asume los costos sociales y ambientales que esto trae, en pro de un “desarrollo” que jamás será alcanzado y de unos beneficios que jamás serán retribuidos a la población. Por otro lado, se abre la posibilidad de que regiones dentro de los países puedan negociar por aparte con el mercado mundial. Dentro de esta lógica se posibilita cierto grado de autonomía a la constitución de regiones estratégicas al mercado, en detrimento de otra, ahondando la exclusión. En el caso de Colombia, esta situación es innegable. En el Plan de Desarrollo del gobierno de Juan Manuel Santos uno de los puntos centrales son las llamadas “locomotoras del desarrollo” específicamente ligadas a la explotación minera. Para ello se ha venido abriendo el camino (Código Minero[14], reforma a la ley de regalías, megaproyectos viales, etc.), creciendo el número de concesiones dadas para la explotación minera por parte, principalmente, de empresas transnacionales. Situación que necesariamente conlleva conflictos con aquellas comunidades basadas en el territorio-lugar. Incluso, en el país, toda esta legislación frente a lo minero pasa por encima de los derechos de los pueblos indígenas y afrodescendientes, pues se viola su autonomía territorial y propiedad colectiva, derecho consignado en la Constitución Política de 1991[15] (véase imagen 1).

En consecuencia, en los países de la periferia se producen a su vez territorios periféricos. Se vuelve a presentar la dicotomía antes planteada, ahora en el ámbito del territorio nacional, por un lado existen regiones a las que son dedicados todos los recursos y las miradas de la Nación. Por otro, se encuentran regiones excluidas y marginadas, consideradas como zonas salvajes y de gran riqueza, pero que a la par son las regiones que casi siempre poseen recursos naturales de gran importancia económica (petróleo, oro, carbón, etc.) y que, precisamente por ello, es necesario dominar, incluir a la nación civilizada, al mercado. Durante este proceso, en Colombia, según Margarita Serje:

“La “Nación” se ha visto entonces enfrentada a la necesidad de poseer un territorio que de hecho no ha podido efectivamente abarcar; que desconoce pero que valora desde el punto de vista estético, científico y comercial. Que valora sobre todo como un potencial. En el marco del Proyecto Nacional, se ha naturalizado paralelamente con la idea de un Territorio Nacional, la idea de unos “territorios nacionales” en los que se recrea la idea de una “frontera” Salvaje donde no ha llegado aun “la mano invisible del mercado” y que debe por ello ser penetrada, ocupada, colonizada y sobretodo explotada”.[16]

Tal idea de frontera, como lo inhóspito, peligroso y a la vez lo rico, lo mágico, lo heroico, trae implícita la idea de conflicto, es un momento donde se expresan la ruptura entre la división territorial reconocida legal o formalmente y la satisfacción de las necesidades y representación de deseos colectivos. Esta doble confrontación abre espacios de fuga (heterotopías) para la construcción de otras formas de pensar el mundo, las cuales no están exentas de contradicciones, pero que se convierten en posibilidades de un futuro diferente (utopías). Reflexiones sobre este tema las plantearé a continuación

 

Territorio–lugar y movimientos sociales

No todo movimiento social se expresa y se construye en términos  del territorio-lugar, muchos se constituyen para la reivindicación de género, de diversidad sexual, educativa, etc. Por otro lado, podemos encontrar muchos ejemplos de movimientos que si lo hacen. Aquellos cuyas luchas están ligadas a la defensa y construcción de identidad en un territorio-lugar determinado, desde diversas dimensiones: económica, cultural, social y ambiental. Tal vez, los ejemplos más significativos de estos son las organizaciones étnicas (indígenas y afrodescendientes), en donde su relación con la tierra y la naturaleza tiene una base fundamentalmente ancestral, además de las organizaciones campesinas cuya reivindicación principal es la tierra.


Imagen 1: “El Proyecto minero la Colosa concedido por el gobierno a la
multinacional Anglogold Ashanti, se explotará por el método de
minería a cielo abierto en una zona de reserva natural”

Por consiguiente, podemos afirmar que el territorio se ha venido convirtiendo en un elemento de cohesión y de identidad muy fuerte en los movimientos sociales en nuestro continente. Así mismo, no podemos desconocer que, incluso, el territorio (como lugar) ha ido constituyéndose en parte integrante de las luchas de organizaciones que trabajan en los barrios marginales de las ciudades. A partir, por ejemplo, de experiencias de agricultura urbana y comercio justo, de la recuperación de la identidad cultural, de luchas ambientales, etc.

Tal situación está ligada al debilitamiento de formas organizativas como la sindical, que en algún momento logro articular las luchas de otros sectores, pero que, por la transformación estructural que el neoliberalismo impuso al mundo fabril (desconcentración de los obreros en las fábricas, reformas laborales que flexibilizaron su contratación, etc.), y por errores cometidos dentro del mismo movimiento obrero, dejo de ser el “sujeto privilegiado de conflicto”. Al mismo tiempo, resurgen expresiones organizativas rurales y urbanas con reivindicaciones y luchas más diversas que se enuncian en contra de las consecuencias del neoliberalismo y que en muchos casos cuentan con la experiencia de sujetos que militaron en el movimiento obrero. En palabras de Seoane y otros:

“Resultado del proceso de concentración del ingreso, la riqueza y los recursos naturales que signan a las políticas neoliberales, nuevos movimientos sociales de base territorial tanto en el mundo rural como en el espacio urbano han emergido en el escenario Latinoamericano, constituyéndose en algunos casos, por ejemplo, en relación a su identidad étnico-cultural (los movimientos indígenas) o en referencia a su carencia (los llamados movimientos “sin”, por ejemplo los sin tierra, sin techo, sin trabajo) o en relación a su hábitat de vida compartido (por ejemplo los movimiento de pobladores).

[…] Esta tendencia a la reapropiación comunitaria de los espacios de vida [del territorio-lugar] donde se asientan dichos movimientos refiere a la expansión de las experiencias de autogestión productiva, de la solución colectiva de necesidades sociales y de formas autónomas de gestión de los asuntos públicos”.[17]

En el mismo sentido se expresa Zibechi cuando argumenta que:

“Los nuevos sujetos sociales urbanos y rurales, se están construyendo en territorios propios, aunque con un desarrollo desigual. La territorialización de los actuales movimientos sociales y populares, es el rasgo principal de los nuevos sujetos, lo que les está permitiendo desafiar a los poderosos. En estos territorios controlados por los movimientos, en comunidades rurales y barrios urbanos, se configura una espacialidad modelada por la resistencia y la rebeldía de los oprimidos. [Esta] territorialización es, a su vez, la respuesta estratégica de los pobres a la crisis de la vieja territorialidad de la fábrica y la hacienda, y a la reformulación, por parte del capital, de los viejos modos de dominación”.[18]

Los movimientos de base territorial en Latinoamérica, si bien no son formas nuevas de organización, se vienen ampliando a varios sectores y cobrando una mayor importancia. Pues es desde el territorio-lugar donde se está enfrentando al capitalismo. Expresión de ello, en el caso colombiano, es la lucha cada vez mas aguerrida de las organizaciones rurales (campesinas, indígenas y afros) impidiendo la explotación minera por parte tanto de empresas nacionales como extranjeras, lucha que no es sólo es retórica[19], sino que se evidencia en el uso de medidas jurídicas, de denuncia (audiencias públicas, foros, comunicados) y, principalmente, de acciones de hecho (como sacar y dañar las retroexcavadoras e impedir la entrada de maquinaria a las zonas); pero también se expresa en las organizaciones urbanas con sus luchas y movilizaciones por el derecho a vivienda digna por medio incluso de toma de predios.

Para Colombia, en estos últimos años ha sido fundamental, para la lucha social y política, el tema territorial ya que, por una parte, la defensa del territorio-lugar es una confrontación directa al proceso de transnacionalización de nuestra economía que cada vez es más profundo. Por otra parte, porque la construcción de identidad está muy ligada al territorio, a la posibilidad de estrechar lazos y afectos en nuestros espacios cotidianos de vida, como forma de enfrentar la lógica global e individual del capitalismo, y, específicamente en Colombia, la fragmentación y destrucción del tejido social después de tantos años de violencia política[20] (5). Una expresión de ello es el Congreso de Tierra, Territorio y Soberanía que se realizó en el 2011, donde se construyeron propuestas (mandatos), desde diferentes sectores sociales y políticos sobre el tema territorial. (véase imagen 2).

Además de los movimientos señalados, podemos referirnos a otros movimientos de base territorial, no tanto por estar asentados en un lugar especifico, sino porque su eje de acción es el territorio-lugar desde la lucha ambiental, estos son los movimientos ambientales. Si bien es cierto que, como tal, surgen en Europa, en América Latina se han construido propuestas muy interesantes, que se han alejado de concepciones del ambientalismo producidas desde occidente. El elemento inicial de diferenciación más importante tiene que ver con el planteamiento de que los problemas ambientales no son meramente naturales y, que por ende, su solución no está únicamente en la conservación y protección de los recursos naturales, sino que traspasa otros ámbitos (económico, cultural, social y político). Junto a esto aparece una tendencia más radical, el ambientalismo político o ecología política, que pone en cuestión el modo de producción capitalista, al hacerlo responsable de la degradación ambiental. Por esta razón, esta ultima perspectiva contempla, para analizar la problemática ambiental, tres cuestiones interrelacionadas: “a) los problemas del individuó; b) los que se derivan de las relaciones sociales, y c) los que provienen del tipo de apropiación que la sociedad hace de la naturaleza”.[21]


Imagen 2: Afiche del Congreso de Tierra, Territorio y Soberanía. En éste se puede observar
como el territorio es integral (ciudad, campo), donde existen dos concepciones,
la capitalista representada en la pobreza y en la retroexcavadora, la
subalterna representada en el tejido y lo colectivo.

Frente a esto y debido a la riqueza organizativa y de lucha en nuestro continente, los movimientos ambientales no pudieron estar asilados de la dinámica de los movimientos sociales, posibilitando la incorporación de este tema en tales movimientos, construyendo una tendencia ambiental nutrida de las lógicas ancestrales de relación no dicotómica con la naturaleza y construyendo propuestas y soluciones integrales en los diferentes ámbitos. Lo cual significa que el ambientalismo latinoamericano “se enriquece, diversifica y complejiza con el aporte de otros grupos y organizaciones que ya contaban con un camino de lucha a favor de diferentes reivindicaciones sociales”.[22] Es preciso insistir más sobre esta cuestión. En primer lugar, en América Latina las corrientes ambientalistas pusieron el tema en discusión en los movimientos sociales ya existentes. Lo que permitió, por un lado, que se enriquecieran sus postulados dándole una mayor radicalidad de confrontación directa contra el capitalismo y su lógica depredadora de la vida, y, por otro, que se pusieran sus luchas en contexto y articuladas con otras reivindicaciones dándole una potencialidad fuerte de trasformación. Como segunda cuestión, dichos logros fueron un resultado lógico, ya que los movimientos sociales de base territorial; al luchar por la reforma agraria, la soberanía alimentaria, la autodeterminación, la diversidad cultural y la defensa del territorio, comenzaron a construir una territorialidad propia basada en el lugar, que pasa por la constitución de un tipo de relación diferente con la naturaleza. Finalmente, tal relación implica superar la concepción dicotómica de la modernidad capitalista, lo que se nutre tanto de las prácticas y planteamientos políticos de los movimientos étnicos, como de la recuperación de nuestra historia que implica comprender las concepciones de los pueblos ancestrales que poblaron nuestro continente antes de la invasión europea. Todo esto ha puesto de manifiesto la necesidad de articular a la lucha política la comprensión de que el ser humano también está incluido en la naturaleza, que hacemos parte de una continua y constante transformación, y, por ello, dicha naturaleza no se destruye, pues nos estaríamos destruyendo nosotros mismos.

En ese orden de ideas, el movimiento ambiental está constituido por ambientalistas; pero, sobre todo, por movimientos sociales de base territorial, pues sus reivindicaciones hacen parte de la defensa y consolidación del territorio como el lugar de la construcción de una relación no dual entre los seres humanos y de estos con los otros seres vivos. Lo que implica una lucha en contra de imposiciones externas y de las relaciones de dominación propias del sistema capitalista, y en defensa del derecho de las comunidades locales por el control de los recursos y por la facultad a definirse, organizarse y regirse. Por ello, el movimiento ambientalista que parta del territorio-lugar no puede existir independiente de estos otros movimientos, no puede haber una militancia ambiental sino hay una militancia social y política.

 

Para cerrar

El territorio es un espacio donde se expresan diferentes intereses. Si existe un interés hegemónico, siempre será confrontado por otros modos de hacer, de pensar y de vivir. Es por ello que el territorio no es unívoco, ni homogéneo, está constituido por heterotopías. Fundamentalmente, es un espacio de utopías, de posibilidades de construir otras cosas. Es en este escenario que es importante ubicarnos, es en este escenario donde aparece la potencialidad de los movimientos sociales, con todas las dificultades, contradicciones e incoherencias que puedan expresarse a su interior.

Por esta razón es que toda reflexión sobre los movimientos sociales debe partir del territorio-lugar, como el espacio donde se concretizan las luchas, se generan las identidades y se produce conocimientos propio. “Es el espacio fundamental y multidimensional para la creación y recreación de los valores sociales, económicos y culturales de las comunidades”.[23] Lo cual representa una escenario concreto de resistencia ante la globalización neoliberal, tanto por las acciones concretas que desde allí se hacen en oposición a sus consecuencias, como porque al mantener el lugar se confronta la lógica epistémica y cultural de lo objetivo, único y homogéneo. Al mismo tiempo, tal reflexión debe lograr vislumbrar las acciones y articulaciones a luchas globales.

En este orden de ideas tal reflexión debe ser multidimensional. Si el territorito es  producido desde múltiples dimensiones, no podemos dejar de analizar las luchas y resistencias desde su diversas visiones. Si bien el aspecto económico es fundamental para comprender a que se enfrentan tales movimientos; aspectos como lo cultural, lo epistémico, lo ambiental, no pueden ser subyacentes, pues explican tanto la forma en que se naturaliza el capitalismo, como la manera en que estas comunidades, a pesar de los embates, aun resisten.

 


Notas:

[1] Ingeniera forestal, especialista en Educación Comunitaria y aspirante a Magister en Ética y Filosofía Política en la Universidad del Cauca, Colombia. Actualmente hago parte del Instituto de Investigación Acción para Proceso Educativos y Sociales – Orlando Fals Borda (IAPES-OFB), donde trabajamos con varias organizaciones sociales en el Cauca en los ejes de formación e investigación. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Fernandes s/f: 2

[3] Ibíd.: 3

[4] Ibíd.: 4

[5] Escobar, 2000: 1

[6] 2005: 247-248

[7] Situación similar ocurrió con la botánica, la cual para Castro-Gómez se comienza a impulsar en la Nueva Granada, que, además, de convertirse en una fuente de riqueza para España y los criollos, fue una fuente de prestigio. Esta lógica científica donde “la gran variedad de seres vivos debía ser reducida a un lenguaje universal” (Castro-Gómez, 2005), profundizó la idea de la no existencia de conocimiento por parte de indígenas y negros.

[8] Castro-Gómez, 2005: 248

[9] Ibíd.: 239

[10] Ibíd.: 245

[11] Seje, 2005: 13

[12] Castro-Gómez, 2005: 205

[13] Ibíd., 2000:1.

[14] En el 2001 se formula el Código de minas y mas adelante con el Plan Nacional para el Desarrollo Minero (PNDM) visión 2019, que posibilito regular y coordinar la actividad minera en el país, que hasta ese entonces venía funcionando sin regularización. Pero, tal marco jurídico, se plantea como una de las estrategias que le abren la puerta a la entrada de las multinacionales, incluso en el documento del PNDM elaborado por la UPME (Unidad de Planeación Minero Energética) se dice que “los planes de desarrollo mineros son sólo instrumentos para orientar la gestión institucional hacia objetivos que faciliten dicha actividad”, ya que “la iniciativa privada es la única fuerza capaz de desarrollar la minería en el país” (Presentación del PNDM realizado por la UPME), en este mismo sentido se expresa el artículo 258 del Código de minas, donde el papel del estado se limita a “garantizar, en  forma pronta y eficaz, el derecho a solicitar del particular como proponente del contrato de concesión y el de facilitarle su efectiva ejecución...”.

[15] Según Idarraga “El artículo 5 referido a la propiedad de los recursos mineros, está en contravía de lo consagrado en la Constitución Política de 1991 para los casos de propiedades colectivas de comunidades indígenas y Afrodescendientes. De manera similar lo hace el artículo 13, al someter un derecho fundamental ligado a la cultura de los pueblos, a la aplicación preferente del llamado principio de “Utilidad Pública”. Así como el Capítulo XIV de Grupos étnicos, no fue consultado con los indígenas, violando la consulta previa”.

[16] Serje, 2005: 112-113

[17] Seoane y otros, 2006: 232-233

[18] Zibechi, 2005: 42-43

[19] Un ejemplo emblemático de la lucha contra la minería y por la soberanía colombiana es la que han dado innumerables asociaciones y organizaciones en el departamento del Tolima contra la mina “La Colosa”, que además ha logrado convocar a la opinión pública. Esta cuenta con unas reservas de oro superiores a los 12,3 millones de onzas, por lo que es considerado el mayor hallazgo minero en América Latina de los últimos diez años y por ende es el proyecto más grande de minería en Colombia, por ello fue concedida por el gobierno colombiano a la multinacional Anglogold Ashanti (con sede en Sudafrica pero con el 64% de sus acciones de una empresa norteamericana). Quien pretende explotarla por el método de minería a cielo abierto debido a que el oro esta superficialmente disperso por una área de cerca de 515 hectáreas, que actualmente comprende una cobertura de reserva natural y de cultivos.

[20] En Colombia se ha dado un fenómeno que es particular: el paramilitarismo; que logró desarticular los avances organizativos y de lucha de la izquierda en el país. Solo para enunciar la magnitud de esta situación cito: “los paramilitares son responsables del genocidio de la Unión Patriótica UP, partido político surgido como resultado de negociaciones entre la guerrilla y el gobierno. Entre 1982 y 2005 los paramilitares perpetraron más de 3.500 masacres, forzaron el desplazamiento de millones de campesinos y robaron más de seis millones de hectáreas de tierra, lo que viene a ser como una eficaz contrareforma agraria” (Coordinadora Popular colombiana en Paris).

[21] Figueredo, 2008: 331

[22] Ibíd.: 328

[23] Escobar, 2000:11.

 

Bibliografía:

Castro-Gómez, Santiago. 2005. La Hybris del Punto Cero. Ciencia, Raza e Ilustración en la Nueva Granada (1750-1816). Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.

Coordinadora Popular colombiana en París. Paramilitarismo en Colombia. En línea:  http://escolombiaparis.e-monsite.com/pages/terrorismo-de-estado/paramilitarismo-en-colombia.html

Escobar, Arturo. 2000. El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o postdesarrollo? En: La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander (comp.) CLACSO. Buenos Aires, Argentina. En línea: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/lander/escobar.rtf

Escobar, Arturo. 2010. Territorios de diferencia. Lugar movimientos vida redes. Envión Ediciones.

Fernandes, Bernardo Mançano. (sf) Movimientos socioterritoriales y movimientos socioespaciales. Contribución teórica para una lectura geográfica de los movimientos sociales. http://web.ua.es/en/giecryal/documentos/documentos839/docs/bmfunesp-5.pdf

Figueredo, Jesús. 2008. “La educación popular ambiental, una propuesta contrahegemónica”. En: ¿Qué es la educación popular? La Habana, Cuba: Caminos.

Ospina, William. 2010. El País de la Canela. Bogotá: Norma.

Seoane y otros. 2006. “Las nuevas configuraciones de los movimientos populares en América Latina”. En: Políticas y movimientos sociales en un mundo hegemónico. Lecciones desde África, Asia y América Latina. Buenos Aires: CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Serje, Margarita. 2005. El Revés de la Nación: Territorios Salvajes, Fronteras y Tierras de Nadie. Bogotá: Universidad de los Andes Facultad de ciencias sociales CESO. Departamento de Antropología.

Zibechi, Raúl. 2005. “Espacio, territorio y regiones: la creatividad social de los nuevos movimientos sociales en América Latina”. Contrahistorias la otra mirada de clío Nº 5, septiembre 2005–marzo 2006. pp: 39-60.

 

[div2 class="highlight1"]Cómo citar este artículo:

TORO MUÑOZ, Zulma Zorayda, (2012) “Territorio-lugar: Espacio de resistencia y lucha de los movimientos sociales”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 11, abril-junio, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 16 de Mayo de 2022.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=421&catid=14[/div2]

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