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La antropología simbólica: signos políticos

Las ideas previas, los supuestos que permiten la concepción simbólica, el nacimiento y el dinamismo del símbolo, son los siguientes: A) Nada es indiferente. Todo expresa algo y todo es significativo. B) Ninguna forma de realidad es independiente: todo se relaciona de algún modo. C)  Lo cuantitativo se transforma en cualitativo en ciertos puntos esenciales que constituyen precisamente la significación de la cantidad. D) Todo es serial. E) Existen correlaciones de situación entre las diversas series y los elementos que integran. La serialidad, fenómeno fundamental abarca lo mismo el mundo físico (gama de colores, de sonidos, de texturas, de formas, de paisajes etc.) los hechos que dan lugar a la organización serial son: limitación, integración de lo discontinuo en la continuidad, ordenación, gradación sucesiva, numeración, dinamismo interno entre sus elementos, polaridad, equilibrio de tensión simétrico o asimétrico y noción de conjunto.

Diccionario de símbolos

Juan Eduardo Cirlot[1]

Pensar en la práctica del símbolo en el orden de tiempos producidos para perpetuar el sentido de las identidades. Conlleva a establecer el lugar desde donde se hace palpable la producción de este, como un producto-dispositivo que resuelve en diferentes momentos el espacio de pertenencia, establece las pautas que manifiestan el valor que  denota en el discurso los diferentes planos de la realidad social, cultural, histórica, además del sentido de comunidad. En esta perspectiva, el símbolo existe en la medida en que un grupo social o cultural, elabora signos en el nivel de los contenidos y de sus formas, para que el presente vivido contenga en el cotidiano la transformación de eventos repetitivos, que se extienden en el espacio y el tiempo comunitario. Es decir, en la medida en que un símbolo se encuentra en la memoria colectiva, este invariablemente se actualiza a través de las necesidades del presente. De esta forma, el símbolo actúa como un proceso que activa la vida social en los diferentes recursos de su organización.

Las diferentes sociedades del pasado y de nuestro tiempo actual, nos demuestran que de la larga a la corta duración, toda actividad cultural ha sido atravesada en sus prácticas, en su organización, en la construcción de los sistemas de creencias como procesos que abarcan la religión, la cosmovisión, la invención del cotidiano, la política, la ciencia, los eventos ordinarios y extraordinarios de la vida humana, quedan envueltos en su totalidad, en series simbólicas que allanan al ser social y cultural a través del reconocimiento de la cultura material y no material, de lo concreto a la abstracción de los eventos acaecidos y por suceder, series de acontecimientos ordenados que dan por sentado el sentido del pasado, del presente y de futuros plausibles, que nos han de encontrar a los largo de la existencia humana.

En buena medida, la actividad simbólica recurre a la construcción de campos semánticos, de discursos y sintaxis, que denotan en la práctica el hábito de la práctica. Sin embargo, si nos ubicamos en su contrario encontramos el vacío de la nada, el sinsentido de una ausencia, que enmarca fuera de la realidad el contenido de una imaginación  viciosa que acompaña el sentido del estar fuera.


La operación que no pertenece ya al sistema de la verdad no manifiesta, no produce, no desvela ninguna presencia; no constituye tampoco una conformidad de semejanza o de adecuación entre una presencia y una representación. No es, sin embargo, una unidad, sino el juego múltiple de una escena que, no ilustrando nada fuera de sí misma, habla o acto, no ilustra nada. Nada más que la multiplicidad facetada de la araña que no es nada, fuera de su luz  fragmentada. Nada más que la idea no es nada.

Jacques Derrida[2]


En el espacio de las estrategias[3] simbólicas el existir implica el hecho de estar presente a través de representación de la evidencias, como procesos que concatenan acontecimientos, abstracciones, explicaciones, interpretaciones y recursividades que permean al hecho real en la invención del cotidiano. Lo que significa, que para que exista un símbolo es necesario que una sociedad dada, en el contexto de su cartografía semántica esta presente y que su ausencia, sólo nos deja ver que dicha simbología no existe. Por ello, los símbolos persisten a través de sus valores de uso y de cambio. Intercambios y fluctuaciones que rodean el ámbito de las series pragmáticas que enuncian en los diferentes lenguajes el sentir de las culturas.

Existir implica necesariamente tener una vida simbólica inmersa en la invención del cotidiano[4], de la intimidad del secreto a la representación colectiva, sea pública e institucional para la construcción de identidades colectivas, que desarrollen el sentir institucional. Lo que equivale a sostener que todo símbolo tiene el sostén de su argumentación en el aparato del poder, tipos de poder que correlacionan la estratigrafía del orden social, étnico, cultural, político e histórico en su afán por cubrir la totalidad de eventos acaecidos en el hecho real. Todo debe estar suscrito en el nivel de la representación y su totalidad, inmoviliza el contenido de los acontecimientos en la eventualidad de su descripción. El movimiento cultural queda atrapado en su cotidiano y por ello, todo símbolo forma parte, de una materialidad que le denota posibilidades retóricas que le llevan por el campo de la experiencia y de repetición e invariablemente en la construcción de tradiciones que abarcan la totalidad de la vida en común de un pueblo.

La movilidad de las manifestaciones simbólicas se suceden a través de su pertenencia y fundamentalmente del quehacer institucional[5], que le da forma y le ayuda a dar a su existencia un sistema de argumentaciones coherentes que producen el lugar de la acción del discurso. Discursos que se desenvuelven en el vaivén del tiempo narrativo, sea como espectáculo, festividad, oralidad, actuación o en cualquier modalidad que pudiera hacer presente el acto de seguir fiel a la tradición. Su fidelidad se construye en la capacidad que se tiene para actualizar el discurso ante otros que se le oponen. Es decir, en la lucha por la hegemonía discursiva, las prácticas dan por sentado cual es la versión mas cercana a los intereses de la vida en común.

Su significación es producto de resonancias que ubican en la coyuntura del presente el nivel de la presencia tradicional, es ahora cuando en presente vivido adquiere la implicación práctica del símbolo como un producto de intercambio. O mejor dicho, de comunicación; enlaza en el mejor de los sentidos la posibilidad de dialogar en la similitud para encontrar en su camino el en-sí mismo.


Durante un recorrido en la sierra del Pinacate, el guía contaba su experiencia sobre lo que íbamos encontrando, el camino era difícil entre la ceniza volcánica, las piedras y el calor, caminar bajo los rayos del sol en el desierto nos llevaba a sentir sed y cansancio, después de algunas horas de recorrido, los volcanes y los cerros nos parecen todos iguales. Sin embargo, la humedad del mar del Cortez no daba ánimos para seguir adelante; fue entonces cuando nos vimos frente a un montículo de un metro de alto por unos cuatro metros de largo, tenía una forma cuadrada sin ser exacto. Las pequeñas piedras están todas acomodadas de manera que se nota la mano del hombre en la construcción, sin saber su temporalidad, nuestro acompañante me empieza a narrar su antigüedad en su perspectiva tradicional del conocimiento heredado por sus antepasados, que le ubicaba en una época prehispánica y le daba un carácter de una tumba colectiva y en la extensión de su comentario era un lugar sagrado.

La forma en que desarrollo su narración sobre aquella evidencia connotaba una gran emotividad, además de un respeto profundo por este lugar, en sus palabras se notaba la importancia de espacio, como una marca que vincula el pasado con el presente, significación que denota en el discurso la implicancia de tener una evidencia que va más allá de cualquier narración. Es en su cartografía simbólica el sitio que se resguarda, que se cuida y que cuando se tiene ante sí, el respeto a los ancestros se hace presente, a pesar de que en su historia étnica el lugar no se encuentra como evidencia histórica.

El recuerdo, concatena un lazo entre el presente vivido y el mito, entre el pasado imaginario y el presente accionando en el sistema de creencias un lugar de veneración. Memorias de tiempos pasados, personajes enterrados bajo la piedra que conmemoran el sentir de la identidad, para asegurar la vida en común de quienes deben saber y conocer este lugar.

El reconocimiento, se convierte en la parte vital del símbolo, saber ver el sitio, encontrarlo en medio de la sierra, su localización se convierte en el punto de intersección entre diferentes lugares al interior de los propia sierra del Pinacate y fuera de ella, lo sagrado establece nuevas connotaciones en el recorrido, punto de referencia para ubicar otros sitios de igual categorización y por tanto, su espacio se ve inmersa en una geografía sagrado que marca el lugar de culto.[6]


El símbolo va acompañado de su relación con la tierra, es un espacio geográfico en medio del desierto, punto de referencia que conlleva a diferentes direcciones, sea a las burbujas de lava, a las cuevas donde se oye el aullido del coyote y la bruma del mar, a las tinajas con petrograbados, y los cerros sagrados, infinidad de lugares que reconocen con un pasado propio, con los mitos fundacionales de su etnicidad. El entramado de creencias, confluyen en el conocimiento de la geografía de la sierra del Pinacate, es la intersección entre la práctica y lo sagrado, para cubrir el territorio en su camino por el desierto.

Materialismo y prácticas

Todo símbolo responde a la necesidad de localizar un espacio-tiempo que permita al sujeto social tener un lugar en las identidades colectivas, como parte de un sistema organizativo que pueda desarrollar principios de similitud entre los iguales. En este sentido, sólo es posible mantener el ejercicio del símbolo a partir de relación con el mundo real, con la especificidad que le permite existir en las prácticas sociales. Lo que significa, que el sistema de enunciados en cualquiera de sus manifestaciones posibles debe estar conectado con el saber colectivo y con las prácticas sociales y culturales, que le ayudan a persistir a lo largo del tiempo, se mantiene en el devenir de los acontecimientos para asegurar la presencia del pasado.

 

Todos los sistemas gnoseológicos, desde la ciencia moderna hasta los insertos en los mitos de creación más antiguos, se pueden considerar mapas de la realidad. Nunca son verdaderos o falsos, sin más. Las descripciones absolutas de la realidad son imposibles, innecesarias y demasiado costosas para los organismos que aprenden, incluidos los humanos. Pero las descripciones accesibles son indispensables. Por ejemplo, sistemas de conocimiento como los mapas son una combinación compleja de realismo, flexibilidad, utilidad e inspiración. Deben dar una descripción de la realidad que se ajuste hasta cierto punto al sentido común. Pero la descripción también debe ser útil. Debe contribuir a la solución de los problemas de cada comunidad ha de resolver.[7]

David Christian

 

El mapa del tiempo se convierte en el conductor de los eventos, memorias, recuerdos y manifestaciones culturales que transmiten por generaciones la genealogía de lo que debe permanecer, los recuerdos son las experiencias de lo sucedido en otros tiempos[8], su permanencia, sólo puede subsistir a través de las representaciones simbólicas y su función le ayuda a reconsiderar la actualidad del evento suscrito. El símbolo en acción desarrolla la vigencia de su proceder, para accionar en el cotidiano la institucionalización de cada saber, se relaciona con las estructuras del poder, para poder vencer-estar, produciendo una economía política de los signos que impongan en su historicidad el lugar de la narración.

La narración encuentra en el símbolo varios niveles de materialidad entre los que se encuentran la actuación, el performance, la oralidad, la escritura, la iconología y la estética del arte entre los más importantes, la acción material del evento se consagra al establecimiento de eventos que deben sostener el aparato ideológico del grupo social. La vida en común se convierte en el armazón político del simbolismo, y su producción se revierte en una conceptualización ampliada de la política, que atraviesa todas las formas de organización en el marco del ejercicio del poder. El movimiento producido marca en el espectro del hecho real las diferentes posibilidades de su interpretación, lo cual equivale a decir, como nos dice Richard Tarnas “la realidad no es un dato sólido que se contenga a sí mismo, sino un proceso fluido que se despliega, un “universo abierto”, continuamente afectado y moldeado por las acciones y las creencias del sujeto; más que hecho, es posibilidad”[9]. En esta perspectiva, el símbolo se convierte en un conglomerado de vertientes y variables, que deben soslayar el camino de su interpretación y/o explicación según sea la distancia cultural. Con ello, todo símbolo responde a las necesidades de cada sociedad en específico y lo local se convierte en el sistema de credibilidades de cada campo semántico.

Si nos movemos en el espacio del tiempo, el pasado queda atrapado en la distancia de sus propias argumentaciones simbólicas y significaciones que deben ser actualizadas desde el presente vivido, dentro del marco de sus alcances y límites. El universo manifiesto queda inmerso en la referencia discursiva de sus fuentes, a partir de un sistema enunciativo, que valide el corpus histórico-argumentativo de la evidencia como fuente.

Mientras, que en el desarrollo del presente vivido el campo semántico queda atrapado en el juego de las variables posibles, como una entidad cargada de vida cultural, su afluencia en el contexto de la sociedad local extrapola la importancia del evento. Es decir, el símbolo se convierte en el campo de perpetuación del evento, estableciendo equivalencias que puedan dar a la cultura el sentido de su presente, para activar en la enunciación  del acto narrativo el proceso de tener vida y organización en el contexto institucional. Al no poder quedar fuera su vigencia estimula al acontecimiento en la recreación permanente del suceso, en un ir y venir que actualiza el acto vivido.

Dicha recreación advierte en su camino el quehacer de la política a través de la versión sustentada, el matiz de lo visto, dicho, oído denota en el discurso la capacidad para envolver  en el verosímil del presente el estar vigente. Recurrencia que permite al discurso jugar con las emotividades, acciones, percepciones y capacidades para mantener en el presente dicho símbolo. Es decir, no existe símbolo que no este presente en la organización social y cultura, su economía le lleva a recorrer el camino de la política como una forma de conectar el mundo de los signos con el hecho real.

El ejercicio de la política tiene sus implicaciones en la función simbólica, en la medida en que convence de su verosimilitud, para adquirir sentido en las retóricas del saber valorar la importancia del evento, establece las pautas del comportamiento social en la esfera de las argumentaciones materiales y pragmáticas, que ayuden a recrear lo  sucedido en otro tiempo aplicándolo a las necesidades del presente. La invención es la constante que alimenta el entorno, a través de su actualización y es la razón de que esta invención, se convierta en un imaginario social que se institucionaliza. La dialógica manifiesta, es la conformación existente entre el hecho real, la invención-imaginario social-institucionalizada y el simbolismo, que le provee de verosimilitud ante el orden de la sociedad.

La aceptación social recae ante la evidencia de la trayectoria tradicional e histórica, lugar en el que la memoria colectiva mitifica el hecho narrado, en su afán de transformar el presente. Intercambio simbólico que se hace presente en la capacidad de aceptación y representación del auditorio, comprendido este último, como la posibilidad de revertir en la sociedad criterios de convencimiento, para establecer en esta regularidad los concesos que legitiman el orden establecido.

 

Al caminar en la playa, y al oír el rompimiento de las olas en la orilla, mi guía sentía una profunda emoción que me transmitía a través de su sonrisa, recordaba y guardaba silencio. Sin embargo, me dejaba entrever su sentimiento hacia el mar, un mar tranquilo y en el horizonte entre la brume apenas se distinguía la costa de Baja California.

Se paro y me señalo el horizonte, y me dijo, en el pasado atravesábamos el mar para ir por materiales que nos servían para hacer algunas cosas, para collares de conchas, se recogían algunas plantas que servían para hacer medicina y algo para comer, también se traían algunas piedras para pintar. Eran otros tiempos, yo no lo viví, pero mi abuelo me lo contaba de niño.

Entonces, me decía a mis adentros: cuando sea grande iré a estos lugares lejanos y ya lo he hecho en varias ocasiones, pero ya no hay magia, allá hay lo mismo que aquí, todo lo puedes comprar en las tiendas de San Felipe, o en Peñasco, es lo mismo, todos tienen lo mismo. El palo fierro ahora tiene nuevas figuras que les gusta a la gente que viene a pasearse por aquí, las conchas de almeja, de adulón, los caracoles, son los mismos y que se va hacer, ahora todo esta más cerca que nunca, y el camión, la lancha y hasta el avión acercan los lugares.

Las plantas ya no existen, ni aquí, ni haya. Quien sabe que paso con ellas, eso me dice mi abuela. Ahora lo que tenemos que hacer es ir a la farmacia y al doctor y ahí te arreglan, es más facil. Pero mis recuerdos quedan en cosas que ya no me han tocado vivir, las voces de mi abuelos me hacen recordar, pero ya no puedo ver y sentir todo aquello.

El mundo ha cambiado y lo de antes ya no sirve mucho, ahora hay que estar con las trocas, el internet, la comida enlatada y el agua de botella, todo tiene un lugar donde comprarlo, ya no hacemos nada de lo que los abuelos hacían, ya no es necesario. Lo que importa ahora, es cuantos dolares tienes en la bolsa y que puedes comprar con ellos, a donde puedes ir, nuestras costumbres están cambiando cada día y hay que tener cuidado, porque nos podemos perder en el camino, con tanto en que pensar, la tele y el cine, el radio. Todos recibimos mucha información de lugares muy distantes y algunos de los nuestros se han enrolado con las tropas del otro lado y ahora están lejísimos, peleando guerras que no son nuestras y lo peor muriendo por otra bandera.

Nada bueno nos trae estar lejos, hasta los que creíamos que eran nuestros hermanos que viven en Arizona, con los de Sells, ya no son tanto empiezan a contar otras historias diferentes a las nuestras, además ellos, ya no son católicos. Tienen otra religión, al rato van hacer sus propias fiestas, muy diferentes a lo que hacemos aquí.[10]

 

El sentido simbólico, debe encontrarse en el presente vivido con los procesos y problemáticas, que envuelven el cotidiano de las diferentes sociedades que habitan el planeta, la continuidad de la vida actual, se basa en problemáticas de la vida diaria que actualizan el pasado, para mejorar las condiciones simbólicas del presente vivido, se recorre el tiempo en la nostalgia de lo que ha desaparecido, y el intercambio entre pasado y presente so convierte en el momento que queda inscrito en la memoria, para intentar asegurar la identidad colectiva. Sin embargo, la transición va transformando el discurso tradicional, este se encuentra por decirlo de laguna manera, bombardeado por los embates de la sociedad capitalista.

Las formas ancestrales de comprender el universo quedan obsoletas, las prácticas se modifican a favor de la economía de mercado y el pasado debe actualizarse a esta nueva cosmovisión. Para subsistir la añoranza queda atrás, y las descripciones deben realizarse en la veracidad y ferocidad del cambio cultural, para actualizar los contenidos del símbolo, para buscar en el presente los residuos que queden del pasado, más allá de las nostalgias, el presente busca encontrar nuevos actualizaciones del simbolismo cruzado siempre, por un presente vivido que se aleja de la ensoñación del pasado lejano en busca de una realidad que les permita estar aquí.

Los símbolos en este contexto, deben estar en concordancia con el hecho real, con la realidad que se vive en las comunidades, donde quiera que se encuentren y tienen que dar soluciones a los sistemas de pervivencia, para posibilitar la transmisión de la tradición en el hecho del mundo contemporáneo. De lo contrario, la desintegración de las comunidades y la adquisición de nuevas identidades basadas en el consumo, serán más que efímeras en los procesos de la historia.

 

Bibliografía

Castoriadis, Cornelius; El mundo fragmentado; Terramar Ediciones-Caronte; La Plata, 2008  Argentina.

Cirlot, Juan Eduardo; Diccionario de símbolos; Ediciones Siruela; 8 edición abril de 2004 ; Barcelona.

Christian, David; Maps of time. An Introduction to Big History; The Regent of the 2004   University of California; California.

Derrida, Jacques; La diseminación; Editorial Fundamentos/Espiral/ ensayo; Madrid. 1997

Certeau, Michel de; La invención del cotidiano. 1 Artes de hacer; UIA-ITESO-1996   CFEMCA; México.

Pérez-Taylor, Rafael; Diario de campo, temporada de invierno de 2002, Sonora; inédito. 2002

-------------------------; Libreta de campo; temporada de diciembre de 2006; Sierra del 2006 Pinacate Sonora; (inédito).

-------------------------; Anthropologias. Avances en la complejidad humana; Ediciones 2006 sb; Buenos Aires.

Stokes Brown, Cynthia; Gran Historia. Del big bang a nuestros días; Alba Editorial; 2009 Barcelona.

Tarnas, Richard; La pasión de la mente occidental; Ediciones Atalanta; Girona. 2008

 


[1] Cirlot, Juan Eduardo; Diccionario de símbolos; Ediciones Siruela; 8 edición abril de 2004; Barcelona; 2004; p. 42.

[2] Derrida, Jacques; La diseminación; Editorial Fundamentos/Espiral/ ensayo; Madrid; 1997; p. 315.

[3] “Llamo estrategia al cálculo (o manipulación) de las relaciones de fuerzas que se hace posible desde que un sujeto de voluntad y de poder (una empresa, un ejército, una ciudad, una institución científica) resulta aislable. La estrategia postula un lugar susceptible de ser circunscrito como algo propio y de ser la base donde administrar las relaciones con una exterioridad de metas o de amenazas (los clientes o los competidores, los enemigos, el campo alrededor de la ciudad, los objetivos y los objetos de investigación, etcétera) Como en la administración gerencial, toda racionalización “estratégica” se ocupa primero de distinguir en un “medio ambiente” lo que es “propio”, es decir, el lugar del poder y de la voluntad propios. Acción cartesiana, si se quiere: circunscribir lo propio en un mundo hechizado por los poderes invisibles del Otro. Acción de la modernidad científica, política o militar”; de Certeau, Michel; La invención del cotidiano. 1 Artes de hacer; UIA-ITESO-CFEMCA; México; 1996;  p. 42.

[4] “Lo cotidiano se inventa con mil maneras de cazar furtivamente”; de Certeau, Michel; op.cit; p. XLII.

[5] “La institución, en el sentido fundador, es una creación originaria del campo social-histórico-del colectivo-anónimo-que sobre pasa, como eidos, toda producción posible de los individuos o de la subjetividad. El individuo –y los individuos- es institución, institución de una vez por todas e institución cada vez distinta en cada distinta sociedad. Es el cada vez específico de la imputación y de la atribución sociales establecidos según normas, sin las cuales no puede haber sociedad”; Castoriadis, Cornelius; El mundo fragmentado; Terramar Ediciones-Caronte; La Plata, Argentina; 208; p. 87.

[6] Pérez-Taylor, Rafael; Libreta de campo; temporada de diciembre de 2006; Sierra del Pinacate Sonora; (inédito); 2006.

[7] Christian, David; Maps of time. An Introduction to Big History; The Regent of the University of California; California; 2004; p. 30.

[8] “Medimos el tiempo por la secuencia que ha de transcurrir para que la tierra complete su giro alrededor del Sol. A esta secuencia la denominamos año. La Tierra gira sobre un eje mientras da vueltas alrededor del sol. Se trata de un eje inclinado en unos 23,5 grados, de modo que los polos electromagnéticos de la Tierra no son perpendiculares al Sol. El hecho de que el eje de la Tierra esté inclinado supone que, cuando la tierra se encuentra a un lado del Sol, uno de los hemisferios está más cerca de éste y recibe más luz, y, cuando la Tierra se encuentra del otro lado, es el hemisferio opuesto quien recibe. Esta inclinación del eje crea las estaciones, porque si la rotación se produjera en un eje vertical ambos hemisferios recibirían la misma cantidad de luz todo el año”; Stokes Brown, Cynthia; Gran Historia. Del big bang a nuestros días; Alba Editorial; Barcelona; 2009; pp. 37-38.

[9] Tarnas, Richard; La pasión de la mente occidental; Ediciones Atalanta; Girona; 2008; p. 498.

[10] Pérez-Taylor, Rafael; Diario de campo, temporada de invierno de 2002, Sonora; inédito; 2002.

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