Pacarina del Sur
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Biografía y ‘perfil’ del movimiento obrero. Algunas reflexiones en torno a un Diccionario biográfico del movimiento obrero de América Latina[1]

Biography and 'profile' of the working class movement. Some reflections on the Biographical Dictionary from Latin America labor movement.

Biografia e ‘perfil’ do movimento operário. Algumas reflexões sobre um Dicionário biográfico do movimento operário na América Latina

Robert Paris[2]

Artículo recibido: 15-01-2013; aceptado: 20-02-2013

Resumen

RESUMEN: Las siguientes reflexiones provienen esencialmente y son incluso inseparables – de ahí su carácter por lo general provisorio– del trabajo siempre in fieri que constituye la preparación de un Diccionario biográfico del movimiento obrero de América Latina; trabajo al cual me he dedicado durante una quincena de años completamente solo y de manera casi “artesanal”, hasta haber conseguido interesar y asociar a un pequeño grupo de estudiantes y de jóvenes historiadores, en su mayoría latinoamericanos.[3] Alumnos de la École des Hautes Études en Sciences Sociales.[4] Asimismo, quisiera mencionar aquí, aunque rápidamente, los orígenes de este proyecto de Diccionario, ubicándolos en la historia de su génesis y de su producción teórica y práctica a la vez. Reflexiones que, me parece, pueden provocar una ruptura en el marco formal de la epistemología y admitir nuevos desafíos.

PALABRAS CLAVE: biografía, movimiento obrero, diccionario, Perú, epistemología.

El proyecto del Diccionario nació, pues, en 1964 cuando, apoyado por Ruggiero Romano, me comprometí en una investigación sobre la “Formación ideológica de José Carlos Mariátegui”, la que rápidamente me llevó, con la ayuda del clima político de entonces, a buscar una visión de conjunto de América Latina y, en primer lugar, de su movimiento obrero. Trabajando sobre Mariátegui, el Diccionario debía primero responder a exigencias de tipo prácticas: se trataba de conocer de cerca las dramatis personae, a los militantes obreros, Carlos Barba, Adalberto Fonken, Delfín Lévano, Julio Portocarrero, que cruzaron el itinerario de Mariátegui, así como verificar el sentido o el contenido efectivo de ciertas formulas –“agitador obrero”,[v] por ejemplo- encontradas durante mi investigación y no tanto con el fin de evitar equívocos y malentendidos, sino para aprehender las representaciones –sobre todo la del movimiento obrero- que atraviesan o implican la escritura política de los Siete Ensayos. Así, del conjunto de estas biografías, esperaba conseguir un “perfil” del movimiento obrero peruano, proyecto que plantea problemas de legitimidad que trataré más adelante, pero que explica a su vez el “perfil” del Diccionario.

De ninguna manera se trata de constituir una galería de “hombres ilustres” o un Gotha únicamente de dirigentes del movimiento obrero. Por el contrario. El proyecto hace suyas, al igual que para toda América Latina, algunas de las exigencias expresamente provocadoras planteadas por Jean Maïtron desde la aparición del primer volumen, publicado en 1964, en su Dictionnaire biographique du mouvement ouvrier français: “Salvo raras excepciones, los hombres conocidos que se mencionan en este Diccionario sólo son, en relación a la clase obrera, si se nos permite usar este neologismo, ‘compañeros de ruta’”. El movimiento obrero, la clase obrera, es sobre todo una “masa de hombres oscuros y de acción”;[vi] una expresión o un segmento de estas “clases subalternas”, de las cuales sabemos con Gramsci que su historia está aún por escribir[vii] y, ante todo, siempre rechazadas en toda historia oficial, incluida la de los partidos y aparatos. Es decir, no se trata de rendir culto a los grandes hombres, aunque hayan sido revolucionarios o, aún, “grandes revolucionarios” ni de seguir tratando en la historia –siempre jacobina– únicamente a los “grupos dirigentes”.[viii] El objeto del Diccionario no puede ser sino, citando a Jaurès, la “inmensa multitud de hombres que salen por fin de la oscuridad”. En ese sentido, y no quiero aquí “provocar” a nadie, es mejor ocuparse de nombres como los de Florencio Aliaga, asesinado en la primera huelga de trabajadores del Puerto del Callao en 1904 o de Pánfilo Carranza, presidente de una asociación obrera de Guadalajara (México) en 1878, que reconstruir detalladamente la biografía del secretario del PC argentino Vittorio Codovilla.   


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Una opción como ésta implica evidentemente que el Diccionario esté destinado a quedar inconcluso y de hecho, al menos, a mantenerse siempre abierto; a diferencia, por ejemplo, de un diccionario de parlamentarios o de académicos. Nuevas figuras de esta “inmensa multitud” se encontraran en el curso de las investigaciones e ingresaran con todo derecho al mismo. Sobre todo, insisto, muchas de las biografías quedaran incompletas, a veces reducidas sólo a un nombre o a un seudónimo. ¿Quién es Qita, por ejemplo, del que sólo sabemos que estuvo preso durante el gobierno de Benavides?[ix] ¿Quién se esconde detrás del seudónimo de Flaesch, “Fundador de la internacional en Buenos Aires”, quien sabemos enviaba informes al Consejo General de la A.I.T.?[x] Son estos, no obstante, los “personajes” que hacen la materia  del Diccionario

Por otra parte, será necesario, sin duda, volver a  la preocupación por los “hombres oscuros”, que pasa por la explotación sistemática de todas las fuentes, ya que cualquier nombre encontrado puede constituir el punto de partida de una “biografía” que, asimismo, pasa por el recurso a todo tipo de fuente: desde los archivos de policía hasta las noticias necrológicas, las listas de suscriptores de las revistas e, incluso, la fotografía o el cine…[xi]

Las biografías, en suma, no obedecen a ciertos criterios epistemológicos formales a los cuales debemos conformarnos. De esa forma, tenemos que, primeramente, cada una de las biografías lleva la firma o las iniciales de su autor: no por culto “burgués” a la propiedad literaria, sino para garantizar la seriedad del trabajo y el compromiso que ello supone. Luego, cada biografía se construye según un modelo único o intentando acercarse lo máximo posible; y se compone de los siguientes elementos: el apellido y nombres del personaje, seguido de los seudónimos si los hay; luego se dedican una o dos líneas a la fecha y lugar de nacimiento y de muerte (cuando éstas, por suerte, se conocen), a la profesión (tipógrafo, obrero metalúrgico, obrero agrícola, etc.), y a una definición breve de su actividad militante (sindicalista campesino, miembro del Partido Socialista, mutualista, cooperativista, etc.). El cuerpo del texto, de extensión variable, está dedicado a la biografía propiamente dicha y, se me perdone insistir, no se trata aquí de caer en la hagiografía ni exaltar una vida “ejemplar”, como tampoco caer en el puro lirismo. El texto debe terminar con la indicación de la fuente y las referencias bibliográficas.

La extensión total es también variable: aparte de las exigencias materiales de la edición, ésta varía sobre todo en función de la información disponible. Aún aquí es necesario evitar el riesgo de proporcionar la biografía en función de la “importancia” de los personajes. Es cierto que la información con que se cuenta para la “prehistoria” del movimiento obrero es más reducida que para la época contemporánea por el hecho de que algunos movimientos –socialistas, comunistas, apristas– tienen mayor tendencia que otros –anarquistas, sindicalistas, campesinos– a conservar y relatar la vida de sus “dirigentes” y de sus “héroes”. De ahí que, independientemente del punto de vista en el que nos ubiquemos, historiográfico o simplemente político, no nos es posible aceptar este estado de cosas.

Nos queda definir, lo que es aún más difícil en América Latina: quiénes deben entrar en este Diccionario biográfico del movimiento obrero. Anarquistas, socialistas, sindicalistas, anarco-sindicalistas y comunistas, todos miembros de organizaciones obreras “patentadas”, generalmente no plantean ningún problema. Ocurre lo mismo con los movimientos campesinos como el zapatismo o –siempre en México– la Liga Nacional Campesina, fundada por Ursulo Galván. Pero la “prehistoria” de este movimiento obrero, como ocurre con el citado diccionario francés, nos pone en contacto con mutualistas y cooperativistas, organizadores de sociedades de resistencia o asociaciones de artesanos –incluso de utopistas–, que corresponden apenas a lo que Engels definía en una carta de Turati del 26 de enero de 1894 como “proletariado típico”.[xii] Será necesario, sin embargo, adecuarnos para acoger en nuestro Diccionario al sombrerero chileno Ambrosio Larrecheda, miembro de la “Sociedad de la Igualdad” de 1850, o, en aún Chile, a Fermín Vivaceta, fundador en 1862 de la “Sociedad Unión de Artesanos”. Y habrá también que ocuparse de los “fourieristas” –Benoît Mure en el Brasil, Francisco Bañuelos en México, Eugene Tandonnet en los países del Río de la Plata–,[xiii] quiénes no sólo pertenecen legítimamente a la historia del socialismo, sino además representan una etapa bien precisa de la clase obrera; un momento del “movimiento real”, como habría podido decir Marx. Igualmente, retener algunos reformadores sociales: Francisco Bilbao, por ejemplo y, probablemente, también al autor del Dogma Socialista Esteban Echevarría, para acoger, por último, a los intelectuales y escritores vinculados a las organizaciones obreras como Neruda o Carrera Andrade, o aún, a los que simplemente expresaron ciertas preocupaciones por el movimiento obrero: se puede citar como ejemplo una pieza teatral como “Marcos Severi” (1905), que escenifica la historia de un tipógrafo italiano radicado en Argentina y víctima de la Ley de Residencia, lo que abriría a su autor, Roberto Payró, las puertas de este Diccionario… 

Los obstáculos se presentan verdaderamente cuando se trata de movimientos que contribuyen a definir cierto tipo de “especificidad” latinoamericana: los mesianismos brasileños, que tan ligados están al movimiento agrario; el “bandolerismo social” como el “cangaço” en Brasil o el “bandolerismo” de Pancho Villa; los movimientos indigenistas, antiimperialistas y las luchas de liberación nacional, y finalmente, los populismos. Pero volveremos sobre esto más adelante. Por ahora conviene precisar aquí otros problemas y explicitar mejor estas reflexiones preliminares.

Nos podemos interrogar en efecto sobre lo que justifica o legitima el proyecto que este tipo de Diccionario implica. Es decir, entresacar del conjunto de las biografías un “perfil” del movimiento obrero y, después –porque no– de la clase (o clases) obrera (s) de América Latina. Señalemos que la misma relación biografía-historia está lejos de ser lo transparente o lo inmediato que comúnmente se supone. Probablemente, su único vínculo es que ambas se circunscriben –como Walter Benjamin lo dice a propósito del “destino” y del “carácter– a exigir una hermenéutica: “…Tanto el carácter (la biografía) como el destino (la historia) no pueden ser conocidos de manera directa, sino solamente a través de los signos”.[xiv] Pero nos contentaremos con la idea general que vincula la biografía –por lo menos en dos sentidos a la historia: como producto y como revelador. La verdadera dificultad está en el momento de pasar de las biografías a la clase o inducir ésta de aquellas. En relación a la totalidad, a la clase, la serie de biografías terminadas (aunque sabemos que esto es imposible del lograr), representa precisamente lo que Sartre llama la “sérialité”: una masa solitaria, atomizada, para la cual la totalidad resulta siempre como algo irrealizable, impensable, quizá; o como equivalente del ideal –del yo. ¿Podemos pretender reconstituir la totalidad por acumulación? ¿Cómo pasar –viejo problema filosófico– de lo empírico al concepto? Pero, la cuestión se complica todavía más –y aquí volvemos a América Latina–, cuando lo empírico, tal cual, se le representa como anómico o atípico, o más aún, híper-especificado: empirismo del empirismo.  Me explico: no sólo estamos aquí confrontados a un proletariado “atípico”, que es también –Engels como testigo– el caso europeo, sino además a un proletariado atípico que tiene la audacia, si me atrevo a decirlo, de apartarse del idealtypus de su equivalente en Europa.

No sabríamos, empero, satisfacernos simplemente con una solución espontaneísta o afectiva, diría incluso romántica, como la que nos propone la noción sartriana de “fusion historique” o aquella frase famosa de Marx identificando a priori clase obrera y revolución:[xv] porque sería remitir a lo inefable de la revolución y encerrarse, por tanto, en una auténtica aporía y porque sería prohibirnos, en lo que nos concierne a aprehender el objeto mismo de nuestra investigación, lo cotidiano, donde se articulan condición y práctica obrera. Es por esto, inspirándome en la fórmula de Flora Tristán: “Constituir la clase obrera”,[xvi] proclamada como programa en 1843 y, por tanto, en vísperas de la revolución de 1848, la cual marcó y sancionó la ruptura entre “democracia” y clase obrera, que propongo más bien considerar la totalidad que resulta ser la clase, no como una forma o un a priori, sino como un producto histórico y , sobre todo, de las prácticas concretas que definen en contenido la materialidad misma de las biografías. Así, “constituir la clase obrera”: en cuanto a los problemas de la legitimidad –un criterio concreto, material–, creo que nos autoriza a la articulación de “biografía” y “clase”. En cuanto al contenido mismo de las biografías, nos debe permitir paliar –en particular frente a un empirismo híper-especificado– la ausencia de fichas descriptivas. Sin creer que con esto todos los obstáculos están definitivamente resueltos y las dificultades allanadas, tal criterio materialista nos permitirá desde ahora abordar –entre otras cuestiones concretas y solamente concretas– problemas (como el de la especificidad, por ejemplo), que tratados de otra forma nos condenarían si no a la metafísica por lo menos a la ideología. Lo que puede resultar aún peor.

Veamos, por ejemplo, la complejidad que oculta el solo hecho determinar el campo geográfico: América Latina. Pasemos por alto la carga ideológica y de voluntarismo que contiene el adjetivo “latino”[xvii] y aceptemos el augurio. Pero, entonces, ¿qué tratamiento podemos dar a las Antillas y a la Guyana francesa, sobre todo a Belice, Jamaica, Guyana? Particularmente, los territorios anglosajones son todo un problema. No tanto un problema de idioma: ningún historiador de Europa, que yo sepa, trataría de excluir Finlandia o Hungría con el pretexto de que allí se hablan lenguas provenientes de Asia Central, sino sobre todo algo que tiene que ver con la estructura del movimiento obrero (P.C., P.S., C.G.T., etc.), el que  –aunque procediendo de los “modelos” de la metrópoli–, es diverso. Así, los modelos de los países de lengua inglesa podrían remitirnos (lo adelanto como hipótesis) a modelos tipo Trade Unions o Labor Party, que son extraños y no tienen correspondientes en la realidad latinoamericana e, incluso – ¿es necesario precisarlo?–, son lo suficientemente específicos en el contexto internacional. Frente a estos obstáculos, que podrían pasar por aparentes, surge evidentemente la experiencia o el sentido de la vivido; la idea de una “comunidad  de destino”: “…Aunque los países de habla inglesa del Caribe tienen otro idioma, en todas las demás cosas somos muy parecidos; todos fuimos explotados por los monopolios; todos tuvimos que producir mucha caña y mucho azúcar (…); todos recibimos la misma herencia de subdesarrollo y pobreza; todos hemos tenido problemas similares de incultura, de analfabetismo, de desempleo …”.[xviii] Pero, fuera de la mención al “azúcar y a la caña”, aquí, nada es propiamente latinoamericano… Paralelamente a estos problemas “sectoriales”, hay una pregunta que creo se impone: ¿Podemos, más allá de una cuestión puramente optativa, hablar verdaderamente de una realidad unitaria constituida por lo que nosotros llamamos movimiento obrero latinoamericano?

Elegir la periodización no es tampoco muy simple. ¿A partir de que fecha debemos abrir el Diccionario o, dicho de otra manera, a partir de qué momento podemos hablar de “movimiento obrero” o de “clase obrera”? En cuanto a la fecha, la proclamación de la Independencia no es una referencia válida, ya que excluiría partes enteras de la historia del movimiento obrero latinoamericano: Cuba o Puerto Rico, por ejemplo, y no responde en nada a la cuestión concreta de la aparición del “movimiento obrero”. Aunque en esta materia –es verdad– disponemos de un criterio más decisivo: la abolición de la esclavitud. Criterio formal, jurídico, que marca el nacimiento legítimo, si no de hecho, del “trabajo-mercancía”, condición sine qua non para la formación de la clase obrera. Ello nos permite, al mismo tiempo, excluir de nuestro trabajo a los movimientos que, al margen de su amplitud y su resonancia social, no forman parte de la historia obrera (insurrecciones indígenas en los Andes o en el Yucatán, revueltas de los esclavos brasileños, etc.) y, sobre todo, nos ayuda a identificar en las acciones (huelgas, formaciones de mutuales o de clubs, etc.), inseparables del “trabajo libre”, la presencia si no de la “clase obrera” propiamente dicha por lo menos del “movimiento obrero”, justamente a caracterizar.


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No por esto, sin embargo, la abolición de la esclavitud podría convertirse en referencia decisiva. En efecto, se pueden mencionar aquí casos concretos. En Cuba, por ejemplo, donde ésta quedó sólo abolida en 1889, se sabe de una huelga en 1823 y que el primer periódico obrero, La Aurora, apareció en 1865 y la Asociación de Tabaqueros de la Habana, en 1866, etc. En Puerto Rico, igualmente, coexistirán durante algunos años tres tipos de trabajo: la esclavitud, el trabajo libre y el “libreto”. Aún más impresionante es el caso de Brasil, donde la esclavitud se aboliría recién en 1888, pero que conoció, sin embargo, la implantación de colonias “socialistas” desde la mitad del siglo XIX y, en particular, el que en Río durante el año de 1858, o sean treinta años antes de la abolición, se vivió una importante huelga de tipógrafos. Además, encontramos una primera Liga Operaria constituida allí en 1870 y, durante los años 1870-1880, tanto en Río como en Sao Paulo, los periódicos se titulan O Trabalho, O Proletario u O Socialista. Y eso que no menciono aquí las regiones donde la abolición de la esclavitud va paralela al mantenimiento o al reforzamiento del tributo, de la encomienda, o de la conscripción vial, incluso la import  ación de coolies

Que el nacimiento del capital y de la clase obrera no significan necesariamente la liberación del trabajo, ya nos lo había enseñado la historia europea: la aparición de la “segunda servidumbre” en Rusia y en Europa Oriental en el siglo XVIII –en la misma época en que Europa Occidental se preparaba a liberar sus últimos siervos–, coincidió en esas regiones con las primeras etapas del desarrollo de un nuevo modo de producción capitalista; el mismo trabajo servil contribuía directamente en la acumulación primitiva.[xix] Esto quiere decir que, a través de la diversidad de tipos de “trabajo”, América Latina nos confronta aquí –en una escala mayor y, sobre todo, en un período más largo– a un fenómeno muy conocido: la coexistencia en una misma formación social de modos de producción aparentemente antagónicos, que concurren al desarrollo del modo “más avanzado”, pero en la que tendrá “la última palabra”: el modo de producción capitalista.[xx]

Es esta coexistencia de modos de producción la que explica bastante bien la formación a menudo “atormentada” de la clase obrera y, en particular, la frecuente ausencia de proletariado “clásico”. Ello explica también el contenido o la forma de ciertas manifestaciones obreras; reivindicación del salario en especies en países –México de Porfirio Díaz, Puerto Rico en 1880, etc. –, donde subsiste la “tienda de raya” o el “pago en especies”; el “populismo” tardío de algunos grupos revolucionarios; incluso el apego a ciertos clichés (“feudalismo”, o “semi-feudalismo”, cuando sólo hay modo de producción pre-capitalista) y a ciertos objetivos (“lucha contra el feudalismo”)… Para decirlo brevemente, no necesitamos esperar que el capital haya pasado de la denominación formal a la dominación real para hablar de “movimiento obrero” y que todo criterio, sobre esta cuestión de los orígenes y de la prehistoria, debe ser atenuado con una buena dosis de empirismo.

Es también con este mismo empirismo que podemos elegir la fecha final. Convencidos, en efecto, que para el movimiento obrero de América Latina, la segunda guerra mundial no es tampoco una fecha válida, como para Europa[xxi] y que, por tanto, es imposible cerrar nuestro trabajo en 1939, hemos pensado en un comienzo extender nuestra investigación hasta la Revolución cubana, es decir, 1959. Pero aún esta fecha, aparte de que pueda ser un criterio más político que historiográfico o más sentimental que operatorio, nos parece poco pertinente. Quizás eficaz para algunos países del Caribe como Colombia o Venezuela,[xxii] pero apenas útil para México o los países del Cono Sur, o las regiones andinas; e incluso para el caso de Colombia, donde es posible que la fecha decisiva sea la del asesinato de Jorge Gaitán, el 9 de abril de 1948… Es así como hemos renunciado a imponernos una fecha final única y hemos decidido hacer variar ésta en función de los momentos verdaderamente significativos de los movimientos obreros en los diferentes países, pudiendo ir hasta 1960 y detenerse, en otras partes, en 1948 o, incluso, en 1943. En el caso de Argentina –citaré solamente este ejemplo– llegaremos únicamente hasta 1943; es decir, hasta la llegada al poder de Perón. Fecha “política”, ciertamente, pero que señala una reestructuración del movimiento obrero en su organización, su estatuto, sus prácticas y, sobre todo, su volumen, permitiéndonos al mismo tiempo mantener en los límites “razonables” la sección argentina del Diccionario, que de no ser así, se convertiría en pletórica…  Pero, como ya lo he dicho, citaré solamente este ejemplo, para volver más bien a lo que pueden decirnos del movimiento obrero latinoamericano las otras dificultades, puntuales o recurrentes, encontradas en la elaboración práctica de nuestro Diccionario.

Una dificultad constante, a menudo inabordable, como la pobreza o la desigualdad de la producción historiográfica o, a fortiori, como la localización de fuentes y el acceso a los archivo… He hablado ya de la trampa que supone un exceso –por demás relativo–  de los trabajos consagrados sólo a sectores privilegiados del movimiento obrero, principalmente los partidos socialistas y comunistas, dejando así de lado otros aspectos, a veces más importantes, sin explorar. Comparemos aquí, de un lado, la producción historiográfica consagrada a los partidos socialistas y comunistas de Argentina y, del otro, esta confesión de Jules Humbert-Droz (“Luis”), delegado de Komintern en la Conferencia Comunista de Buenos Aires de 1929: “Los movimientos y huelgas que se producen actualmente están en manos y bajo la dirección de los anarquistas de la FORA; esto es debido en gran parte porque nuestro partido es lento en su trabajo, falto de contacto con las masas y tardío en la iniciativa para la lucha”.[xxiii] Nada que ver con el triunfalismo habitual de los textos canónicos,[xxiv] pero sobre todo una invitación a romper con un tipo de representación unilineal y finalista del movimiento obrero –presentación que me parece provenir directamente del famoso texto de Engels, Socialismo Utópico y Socialismo Científico para intentar restituir en él la riqueza imprevisible de situaciones. En cuanto a las dificultades en la ubicación de fuentes, la falta de archivos –que hemos a veces exagerado, pues podemos encontrar también felices sorpresas–,[xxv] su destrucción o en general la prohibición para consultarlos, o los peligros que pueden amenazar al historiador que muestra interés en este tipo de literatura, son todos evidentemente demasiado conocidos como para que yo me detenga aquí en ellos.

El hecho de que se deba esta situación a la propensión casi “natural” de las dictaduras hacia el antihistoricismo o a la tradición cultural, o simplemente al no-funcionamiento del aparato del Estado, no impide señalar dos observaciones que conciernen al “perfil” y a la “condición” del movimiento obrero. En torno a la presencia o no de archivos “oficiales”, pienso en particular en los expedientes policiales y el lugar que ocupa el movimiento obrero en la “memoria” del aparato de Estado, me parece que efectivamente ofrece indicaciones preciosas sobre la actitud de las clases dominantes respecto al movimiento obrero y sobre las relaciones que éste último mantiene con el resto de la sociedad. La presencia en Francia, por ejemplo, de un verdadero “theseaurus” de archivos de policía señala bastante bien las prioridades o las “preferencias” del aparato del Estado: “vigilar y penar” (para citar la fórmula de Michel Foucault), haciendo de esta forma la economía de una representación más brutal. Pero también se puede ver allí, me parece, la confirmación indirecta de la integración –“negativa” o no– del movimiento obrero a la sociedad francesa.

Por el contrario, a pesar de la amnesia voluntaria de las clases dominantes, la ausencia o la destrucción de estos archivos, pienso yo, por el distinto tipo de opción que hace el aparato del Estado (o lo que lo remplaza) en torno a reprimir, destruir e, incluso, aniquilar un movimiento entendido y presentado como la “contra-sociedad”, la representación su misma amplitud nos puede llevar –aunque para ello sería necesario hacer estudios concretos y verificaciones caso por caso– a una situación de exclusión pura y simple[xxvi] y, no tanto, a la voluntad de acabar brutalmente con un proceso de integración ya bien avanzado. Con esta misma intención, ahora que hablamos aquí de América Latina, sería necesario analizar también el lugar que ocupa y el papel que ha jugado en tales sistemas la “deportación” de los adversarios políticos a un país vecino.

Pero hay otra ausencia no menos indicativa: me refiero a la ausencia o a la escasez de archivos propiamente obreros. Porque no es suficiente, me parece, contentarse en indicar sólo la incesante represión y las persecuciones que ha sufrido el movimiento obrero, afectando sus estructuras y sus comportamientos, sus prácticas y sus mentalidades. Lo que está en cuestión es ante todo la relación del proletariado con su propia “memoria”: del “proletariado” más que del movimiento obrero. No está de más señalar, precisamente, que esta relación pasa cada vez más por la escritura.[xxvii] Y, por ende, por la alfabetización. Con lo que se comprende mejor, dicho sea de paso, esta maravillosa felicidad que aporta el acceso a la escritura que recorre toda la literatura propiamente obrera: testimonios y memorias, poesías y novelas, por ejemplo, del siglo XIX francés: felicidad que, salvo raras excepciones, temo no tenga equivalente en América Latina. Pero es este dominio de la escritura lo que explica la relativa riqueza en historias y recuerdos de las organizaciones que ya hemos señalado, en particular los partidos comunistas y socialistas en los que militan los intelectuales. Por eso, queda aún este divorcio con su memoria –así como, lo veremos más adelante, en el desarrollo desigual de una literatura propiamente obrera–; una memoria fragmentada que expresa, en primer lugar, las rupturas, las fallas y las discontinuidades que atraviesan el tejido constitutivo no tanto del movimiento obrero como de la clase obrera, y aún más del proletariado. Esta pobreza de memoria es, si se quiere, algo así como la imagen invertida –o en negativo– de la formación y de la malformación de la propia composición de la clase obrera latinoamericana. Producto a la vez de la inmigración o más bien de las inmigraciones, de la abolición de la esclavitud y del trabajo servil, así como también –igual que en el capitalismo “clásico”– del éxodo rural. 

¿Esta clase, estas clases obreras? Volvamos  precisamente a este otro tipo de fuente o de “memoria” que estamos apenas explorando, reconociendo y explotando:[xxviii] la literatura y, en general, la cultura obrera latinoamericana, que por su diversidad, su riqueza, su pobreza, sus formas y su geografía, constituyen toda una invitación a interrogarse sobre la composición y la consistencia, el “perfil”, de la clase obrera, así como sobre su continuidad, su homogeneidad y su unidad. ¿Qué hay de común entre la literatura croata argentina, definida justamente como una “militancia trashumante”[xxix] y el teatro obrero puertorriqueño, y aún entre éste y las alegorías realistas de un Florencio Sánchez? Aparte de la existencia comprobada de prácticas concretas que tienden a “constituir la clase obrera” a nivel del continente; he aquí, pues, junto a la de América “Latina”, otra categoría formalmente “unitaria” o “unificadora”, que tendremos, más que repudiar, manejar con prudencia.

Una de las dificultades formales encontradas en la preparación del Diccionario es que, paradójicamente, un cierto número de “biografías” tienden a superar los marcos nacionales. Un problema banal de clasificación si se quiere, pero que no deja de sorprender al historiador, quien, está acostumbrado a la circulación de hombres e ideas que han caracterizado ciertos periodos –sobre todo en el siglo XIX– y ciertas “poblaciones” –alemanes, rusos, italianos y, claro está, franceses–[xxx] del movimiento obrero europeo. Pues, no se trata ni de esos casos de “paroxismo” en la época de la Tercera Internacional ni de aquellos que tuvieron la vocación de circular: Malatesta, Gori, Pedro Esteve, la militanciatrashumante y, sobre todo, ¡el ejemplar e incansable Juan Francisco Moncaleano, que reclamaban o se reenviaban México, Colombia y Cuba, muerto en los Ángeles, California¡ Tampoco se trata de los numerosos militantes que la represión condenó a la deportación o al exilio: Luis Emilio Recabarren, Julio Antonio Mella…, aunque ellos permiten plantearnos el problema. ¿Recabarren? En efecto, él pertenece legítimamente al movimiento obrero chileno (o como decimos nosotros, a la “sección chilena” –del Diccionario se sobrentiende), pero, ¿se lo puede excluir por eso de la “sección argentina, conociendo su participación militante en la Argentina de los años 1906-1908 y, en 1918, durante la fundación del Partido Socialista Internacional? Cubano, Mella, sin duda alguna: pero, ¿dónde clasificar el periodo de El Machete? Ejemplos tomados casi al azar –porque podría también recordar las figuras de Auguste Tandonnet, de Joseph Winiger, de Victorino Laínez…–, que ilustran muy bien, del lado de los militantes, un tipo de movilidad y una facultad de adaptación, y de parte de los medios obreros, una disponibilidad y una aptitud al recibimiento, así como una flexibilidad de las estructuras, tan características como ejemplares. Es así –y he aquí la moral de este “affaire”–, que un problema tan prosaico de clasificación nos permite revisar al mismo tiempo una de las prácticas concretas susceptibles de fundamentar la categoría unitaria del movimiento obrero de América Latina[xxxi] y aprehender una de sus características esenciales.

No es gratuito que haya citado los nombres de Malatesta, Pietro Gori o Pedro Esteve. Las figuras de estos “propagandistas” libertarios permiten abordar un problema que, sin ser crucial para nuestro trabajo, se sitúa en el corazón de la historiografía del movimiento obrero de América Latina: el de las “influencias” y el de las “filiaciones” como explicación privilegiada de la difusión de las ideas socialistas e, incluso, de la aparición de organizaciones obreras. Hasta pensar en el tipo de “influencia” que ilustra la abundante literatura ritual consagrada al eco de la Revolución de Octubre o todavía a la “filiación” que proponen estas líneas de Nettlau: “…un militante procedente de España e influido por Farga Pellicer, Carlos Sanz, llamado ‘el cojo’, influyo mucho en Méjico desde 1873 a 1880”.[xxxii] Convencido, por tanto, con Mariátegui de que si el socialismo “no es, ciertamente, una doctrina indoamericana”, busca sin embargo, “aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo”, constituirse al igual que éste, en “un movimiento mundial”.[xxxiii] Yo no deseo de ninguna manera comprometerme aquí en la querella que opone nacionalistas y europeizantes, porteños y gauchos, civilización y barbarie. Como lo he mostrado en otro trabajo, intentando emplear la categoría gramsciana de “traduisibilité”,[xxxiv] lejos de reducirse a su introducción o a su reproducción (y, por tanto, de explicarse por medio de mecanismos de “influencia” o de “filiación”), la difusión de una doctrina sólo cobra sentido como producción y, se entiende, como producción de obras innovadoras, en la manera de los Siete ensayos; ese trabajo creador de los grupos que la asumen, permitiendo verificar y realizar la “traduisibilité”.

Pero no es inútil, por el contrario, volver a la tesis aparentemente más realista, que relaciona la circulación de los modelos y de las ideas a la fuerza de trabajo; es decir, a la inmigración: “Cada europeo que viene, nos trae más civilización en sus hábitos […] que el mejor libro de filosofía… El más instructivo catecismo, es un hombre laborioso” –se trata de un artículo de J. B. Alberdi, publicado en El Mercurio de Valparaíso en 1845–,[xxxv] discurso que la historiografía moderna al parecer hace suyo al presentar al inmigrante italiano como importador en la Argentina del socialismo libertario o al técnico e ingeniero alemán Pablo Zierold en México y a Germán Ave Lallemand en Argentina, como aquellos que han hecho surgir en estas riberas los fuegos del “socialismo científico”. No es seguro en efecto que los estereotipos tengan más consistencia que la “ley de bronce” de fastidiosa memoria: el Vorwärts de Buenos Aires es mucho menos “ortodoxo” de lo que uno se imagina[xxxvi] y, por ser alemán, el argentino de adopción Kurt Wilckens no es menos anarquista. Pero, sobre todo, la “fortuna” de una doctrina –el anarquismo en Argentina, por ejemplo–, se explica mucho menos por la intervención de sus “vectores”, aunque tengan el prestigio o el talento de un Malatesta o de un Gori, e incluso por la masa de “soportes” humanos disponibles (la inmigración italiana), que por las estructuras y el no-funcionamiento de la sociedad receptora. Es así como, hasta la época de Irigoyen o de Perón, que la Argentina –para quedarse en este caso– ve coexistir, sin mediación orgánica, una sociedad política criolla, cerrada en ella misma, y una sociedad de masas en formación, sorda a todo proyecto de consenso. Este tipo de estructuras no conoce sino un solo modelo “natural” de funcionamiento: el no-funcionamiento… Intervienen también en esta “elección” libertaria prácticas y comportamientos inherentes a la situación de la masa inmigrada: rechazo del sistema y rechazo al trabajo (“Si hubiese querido trabajar me habría quedado en Europa…“); y lo que tampoco se debe ignorar: cambio de papel y estatuto social (como el caso conocido de los albañiles italianos de Frioul, convertidos en enfermeros apenas llegados a Buenos Aires).[xxxvii] O también el caso de los campesinos de la Italia meridional, quienes “prefieren las ciudades, se hacen pequeños comerciantes de frutas o verduras, cargadores, peones en los ferrocarriles, se dedican al comercio…”.[xxxviii] Es en fin –avanzo aquí la hipótesis pensando a su vez en la experiencia de la IWW norteamericana, así como de la CNT en Cataluña–,  el redescubrimiento o la invención de un “uso inmigrante” del anarco-sindicalismo como sistema de mediación social, inclusive de socialización o instrumento de integración de esta nueva fuerza de trabajo al proletariado “nativo”.

Solamente una vez establecida la autonomía histórica y epistemológica de su objeto es que se puede permitir a un Diccionario como el nuestro intentar tomar en cuenta e integrar los movimientos que he mencionado anteriormente: indigenismo, antiimperialismo, luchas de liberación nacional, populismo sobre todo –para citar los mas difundidos–, pues se trata de manifestaciones y de movimientos que, por su ambigüedad fundamental, su composición de clase, incluso sus objetivos, no debían normalmente formar parte de la historiografía del movimiento obrero. Pudiendo con esto chocar a algunos, me parece correcto que José Martí deba apenas ocupar un lugar más importante en nuestro Diccionario que Auguste Comte en el Dicctionaire francés. Un artículo sobre la muerte de Marx y los contactos algo problemáticos con Lafargue no son suficientes como para convertir a este Sun Yat Sen cubano (parafraseando a Mella) en un militante obrero.[xxxix] Por el contrario, Roig San Martín, militante del Partido autonomista, lo mismo que Saturnino Martínez, quien combatió en las filas españolas durante la guerra grande de 1868, tienen ambos un lugar en nuestro Diccionario: el primero creó en 1887 El Productor, órgano del Círculo Obrero de La Habana; el segundo fue un militante obrero desde la fundación en 1865 de La Aurora, primer periódico obrero cubano, hasta la organización, en 1878, del Gremio de Obreros del Ramo del Tabaco.

No oculto, sin embargo, que esta posición es difícil de mantener. Encerrarse aquí en criterios “obreristas” es probablemente pecar por europeocentrista y resulta, en todo caso, apropiarse del único punto de vista –que creo es apenas un punto de vista de clase– de uno de los grandes protagonistas de este debate: hablo de este socialismo “europeizante o cipayo”,[xl] e incluyo en él no solamente a los partidos comunistas sino también a la clase del Obrero Mundial aliada a Carranza contra los zapatistas; a este socialismo cuya debilidad o limitación era precisamente no poder entender, en sus análisis y práctica, la “especificidad” o el contenido “popular” en general de estos movimientos. Esto sería, para decirlo de otra manera, ubicarse en el punto de vista de la “civilización” y prohibirnos, así, comprender no solo la “barbarie”, sino todo lo que ella acarrea, todo lo que ella expresa a través suyo. “Debilidad” o “error” político quizá –y esto no sería tan grave–, pero sobre todo error de sensibilidad, ceguera histórica y cultural, incluso antropológica: y pienso aquí en el ejemplar debate sobre el “problema indígena”, que opone a Mariátegui y la Internacional comunista. Pasando ésta última, de la negación –fácilmente convencida de la “no existencia de ese problema” el VI Congreso, que la lleva a no examinarlo–[xli] al formalismo abstracto de las soluciones “leninistas”, poniendo en funcionamiento el mecanismo de la exclusión que consiste en transferir lo social contenido en estos movimientos al campo de la “cuestión nacional”:[xlii] la Internacional comunista se encuentra entonces aquí, mutatis mutandis, en las posiciones de la civilización.

 

Es a este formalismo que se oponen, en primer lugar, las instancias realistas presentes en Mariátegui; realismo de ninguna manera pasivo –lo subrayo– y para el cual la realidad no es tal sino porque es producida y transformada por la práctica de los sujetos humanos. Sería “prescindir de la realidad peruana” si no se reconoce la “prioridad de este problema”[xliii] y esto, no tanto porque “en el Perú las masas –la clase trabajadora– son en sus cuatro quintas partes indígenas”,[xliv] sino porque esencialmente “el realismo de una política revolucionaria […] puede y debe convertir el factor raza en un factor revolucionario”.[xlv] Más allá, pues, de un consentimiento pasivo a la realidad, se trata, por un lado –como ya lo he señalado antes, – de responder a la pregunta: ¿Quién es proletario en un país donde el modo de producción capitalista no ha realizado todavía su dominación real?[xlvi] Y, por el otro, de no ocultar en la práctica, bajo la categoría “clásica” de proletariado, a un proletariado “atípico”: “…una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medio podrán aventajarlo”.[xlvii]


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En el indio cotidiano, encerrado aún en la “servidumbre”, ya hay que descifrar y entrever el proletario por venir. La ejemplaridad de esta lección nos puede hacer caer, sin embargo, de Charybde en Scylla, haciéndonos ceder esta vez a un wishful thinking próximo a la falsa conciencia o a la auto mistificación: transmutar, por ejemplo, el “antiimperialismo” de un Marti en “internacionalismo”, y concluir –otra “gran separación”– sobre sus vínculos directos “con las ideas socialistas”[xlviii] o, aún, “enderezar” el populismo peronista y, bajo su “aspecto mistificado”, encontrar y recuperar el inefable “núcleo proletario”; escribir “socialismo” desde que uno se ve confrontado a un movimiento social; oír “proletario” cuando “sólo” se trata de revolución burguesa o, bajo el sombrero de Villa, entrever la sombra de la barba de Marx o la perilla de Lenin…  En fin, dilatar e incluso disolver la noción de movimiento o militante obreros para caer, una vez más, en esa famosa noche donde todas las vacas son negras.

Esta pasión exagerada –que yo evoco aquí irónicamente–, este afán de querer, incluso a pesar de ello, untar de crisma socialista u obrero a los grandes protagonistas de la historia social, merece que no detengamos en ella y que reflexionemos. Sobre las metamorfosis, como la aplicada a José Marti, el historiador futuro –personaje mítico, a la manera del Hurónde Voltaire–, nos dirá probablemente que éstas expresan una búsqueda de identidad, de legitimidad o la voluntad de reconstruir la memoria de un pueblo… Demuestra obstinación a que Villa entre en el Panteón, no de la Revolución Mexicana, lo que sería justo, sino de la revolución proletaria, comprobación de la ignorancia o la falta de rigor: ignorancia de lo que significa en la Italia post-unitaria el “pillaje” meridional, de lo que expresan en la Europa precapitalista los “primitivos de las revueltas” y, a la falta de consecuencias que nos habrá conducido, acogiendo a Villa en nuestro Diccionario, a suprimir en él a los Cristeros… Pero, tomando distancia con el propósito de hacer de nuestra historia una imagen caballeresca, nuestro historiador comprobará que aquí no solamente hay, como en otras partes, buenos y malos pobres, sino que además, de las metamorfosis sufridas por nuestros héroes, deducirá la fuerza y el poder en nuestros espíritus y en la imaginación de u  n socialismo, a su vez “metamorfoseado”.

Quiero concluir con una reflexión sobre estas “metamorfosis”… Metamorfosis, para empezar, del socialismo. Como lo afirmara en 1852 un observador francés del movimiento de las ideas en América Latina: “El socialismo se convierte en el auxiliar del americanismo y le sirve de máscara”.[xlix] Yo agregaría que este “socialismo” cubre desde ahora con su máscara a una burguesía llamada “nacional”, transfigurando a su gusto el “antiimperialismo” e, incluso, sirviendo como auxiliar cínico de la acumulación del capital –“perversiones” que no son sólo patrimonio de América Latina. Pero, al hablar de “americanismo”, nuestro observador, lector de Sarmiento, se refería principalmente a esta “barbarie” que, éste afirmaba, “agita todo el Nuevo Mundo español” y del cual presentaba un cuadro poco complaciente: “Existe en todas partes un partido que se apoya en las masas populares y cuyo primer instinto es el odio al extranjero […] Una de sus quejas contra el partido de la civilización en América es la predilección que este tiene por Europa”.[l] Si mencionó estas líneas no es tanto por su valor premonitorio o por la agudeza del diagnóstico, sino sobre todo porque la articulación que hace entre socialismo y barbarie bajo el nombre de “americanismo”, lo que me parece designar a la vez uno de los principales obstáculos que nuestra investigación ha tenido que afrontar –y tendrá en largo plazo–: el lugar donde nace uno de sus principales logros epistemológicos. Americanismo que es aquí, si se quiere, el emblema y el símbolo de las metamorfosis americanas del movimiento obrero o, todavía mejor, síntoma de la fragilidad, inestabilidad e incertidumbre de sus más “clásicas” formas…

Esta confrontación con las prácticas atípicas o metamorfoseadas de un movimiento o un social (no me atrevo a decir, obrero) que hasta aquí he englobado –y por referencia,  también a Sarmiento– bajo la etiqueta de barbarie, debe llevarnos también a cuestionar un poco nuestro sistema de categorías y nuestro aparato heurístico. No es impunemente que podamos hacer nuestros algunos problemas: preguntarnos con Mariátegui lo que es un “proletario” en el Perú de Leguía o, igualmente, interrogarnos sobre el valor operatorio de la categoría de “proletario”. Algo que también es valido para la de “obrero” o de “movimiento obrero”. La aparición en particular de estos sujetos históricos relativamente nuevos como son los populismos, no supone solamente la apertura de nuevos campos, sino que exige, antes que nada, una redefinición o un desplazamiento del límite precario que separa “movimiento obrero” y “movimientos sociales”, proponiendo asimismo –todas la fronteras abolidas– nuevas hipótesis: ¿El “movimiento obrero” es una transformación sectorial e



[1] Ponencia presentada en el V Seminario Internacional sobre “Historia del Movimiento Obrero Latinoamericano”, Caracas, 27 de octubre- 1º de noviembre de 1980. Publicada en la revista Babylone, 4. Paris, Union Générale d’Éditions, 1985, pp. 86-109. Traducción de Héctor Milla y revisión de Arturo Taracena Arriola.

[2] En ese momento Robert Paris era profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, donde animaba un seminario de historia del movimiento obrero y fungía como responsable de la edición de las obras de Gramsci en la editorial Gallimard.

[3] Entre estos, los argentinos Roberto Falcón, Jorge Gelmann y Edgardo Bilski; los peruanos Héctor Milla y Ricardo Melgar (éste por correspondencia); los mexicanos Javier Torres y Rafael Loyola, el guatemalteco Arturo Taracena Arriola.

[4] Mis reflexiones se han ido generalmente precisando y afinando en este trabajo colectivo; sin embargo, debo señalar que ellas son de mi entera responsabilidad.

[v] J.C. Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, 1958, p. 227. Más ambigua aún es esta fórmula de  G. Rouillon, en una carta dirigida al autor, del 1º de diciembre de 1965: “el internacionalista peruano Dr. Víctor Manuel Maúrtua...”

[vi] Dictionnaire biographique du mouvement ouvrier français. Publicado bajo la dirección de Jean Maïtron, Tomo I, París, 1964, p. 16.

[vii] A. Gramsci, “Quaderno 25 (XXIII), 1934, Ai margini della storia (Storia dei gruppi sociali subalterni)” in Quaderni del carcere, Turín, 1975, Vol. III, pp. 2277-2294.

[viii] Que se me permita aquí aconsejar mi texto “Analisi ‘nazionale’ di un grupo dirigente” en P. Spriano, Storia del Partito comunista italiano, Libri nouvi, núm. 6. Turín, Dicembre, 1969, p. 4.

[ix] J. Macedo Mendoza, “Le fascisme au Pérou”, Clarté, núm. 16, Paris, Décembre 1937, pp. 515-518.

[x] La biografía de Flaesch se debe a Ricardo Falcón.

[xi] El examen con lupa de una fotografía tomada en la conferencia de Génova en 1922, me permitió -por ejemplo- reconocer a Mariátegui entre los delegados y los periodistas reunidos en la terraza del palacio San Giorgio.

[xii] La corrispondenza di Marx e Engels con italiani, 1848-1895, A cura di G. Del Bo, Milan, 1964, pp. 518-521.

[xiii] Cf. R. Paris, “La fortune de Fourier en Amérique Latine”, Autogestion et socialisme, núm.  20-21, Paris, Septembre-décembre 1972, pp. 81-101.

[xiv] W. Walter Benjamin, “Destin et caractère” (1921), in Œuvres choisies, Trad. par M. de Gandillac, Paris, 1959, p. 48.

[xv] “La clase obrera es revolucionaria o no es nada”.- Carta a J.-B. Schweitzer del 13 de febrero de 1865.

[xvi] Citado por R. Gossez, Les ouvriers de Paris, Livre Ier, L’organisation, 1848-1851, La Roche-sur Yon, 1968, p. 298.

[xvii] Sobre este punto, cf. R. Romano, Los conquistadores, Paris, 1972, pp. 165-170.

[xviii] Fidel Castro, citado en J. A. Benítez, Las Antillas: colonización, azúcar e imperialismo, La Habana, 1977, p. 274.

[xix] Es, si se quiere, el mismo mecanismo que empleó Rosa Luxemburgo en el análisis de la Dette ottomane.

[xx] Al respecto, un movimiento como el “feminismo” nos ha enseñado mucho, permitiéndonos ver cómo las sociedades y los modos de producción más “avanzados” soportaban bastante bien e, incluso, presuponían la persistencia de un modo de producción auténticamente precapitalista: el trabajo “doméstico”.

[xxi] Es el caso también –dejando de lado el problema de la “proscripción” evocado hace poco por Marcelo Segall– de la mayoría de las fechas revolucionarias importantes de Europa: 1848, 1871, 1917 y, asimismo, 1936…

[xxii] Cf., por ejemplo, la periodización de los partidos comunistas propuesta por C.-H. Pares en “Problemas de la teoría y la praxis leninista en el movimiento revolucionario latinoamericano”, Caracas, 29 abril-4 mayo, 1979.

[xxiii] S.S.A. de la I.C., “El movimiento revolucionario latinoamericano. Versiones de la Primera conferencia comunista latino americana, Junio de 1929”, La Correspondencia sudamericana, Buenos Aires, s.d., p. 107.

[xxiv] Sobre las luchas de este período, el “Manual” del P.C. argentino dice lo siguiente: “. . . Los obreros iniciaron una serie de movimientos en defensa de sus salarios y sus condiciones de vida y contra la desocupación. La mayoría de estas luchas fueron dirigidas por sindicatos o comités de huelga en que predominaban camaradas de nuestro partido”. Esbozo de historia del Partido comunista de la Argentina, Buenos Aires, 1947, p. 66.

[xxv] Cf., por ejemplo, J. Klima, “La asociación bonaerense Vorwärts en los años ochenta del siglo pasado”, Ibero-americana pragensia, Año VIII, Prague, 1974, pp. 111-134: texto que se apoya en un fondo de archivo original encontrado en una pequeña ciudad de Checoslovaquia.

[xxvi] “El proletariado acampa en las afueras de la ciudad”, escribía Auguste Comte.

[xxvii] La “literatura oral” –lo que es ya contradictorio en los términos–, lo mismo que los “relatos autobiográficos” y toda la historia oral en general, me parecen no sólo responder a los objetivos de una historia “inmediata y popular”, sino que además nos permiten acercarnos a ciertos mecanismos de censura que, creo, son inherentes al acto de escribir. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no intervengan otros “mecanismos de defensa”.

[xxviii] Pienso en particular en las tesis reciente de Rubén Dávila, Structures mentales, conscience et sujet collectif: sociologie d'un mouvement culturel de 1873 à 1915 à Porto Rico, Paris, École des Hautes Études en Sciences Sociales, 1980.

[xxix] Cf. “El croto: militancia trashumante”, Mundo Nuevo, Núm. 44, Paris, Febrero 1970, pp. 19-40.

[xxx] M. Segall, “En Amérique Latine. Développement du mouvement ouvrier et proscription”, International Review of Social History, Vol. XVII, 1972, pp. 325-369.

[xxxi] Lo mismo es en lingüística, donde se dice que los dialectos pertenecen a una misma lengua cuando sus hablantes respectivos pueden comunicarse entre sí.

[xxxii] M. Nettlau, “Viaje libertario a través de América Latina”, La Revista Blanca, Año XII, núm. 308, Barcelona, 14 de diciembre de 1934, p. 394.

[xxxiii] J. C. Mariátegui, “Aniversario y Balance”, Amauta, Año II, núm. 17, Lima, setiembre de 1928; actualmente en Ideología y Política, Lima, 1969, p. 248.

[xxxiv] R. Paris, “Mariátegui y Gramsci: algunos prolegómenos para un estudio contrastivo  de la difusión del marxismo”, Cahiers de l’ISMEA – Études de Marxologie, 23, Paris, 1984, pp. 183-221. (Ponencia presentada al Coloquio Internacional sobre Mariátegui y la revolución latinoamericana, Culiacán, México, 14-18 de abril de 1980).

[xxxv] Citado por G. S. Onega, La inmigración en la literatura argentina (1880-1910), Santa Fe, Universidad del Litoral, 1965, p. 23.

[xxxvi] Cf., sobre este punto, el artículo, citado anteriormente de J. Klima, “La asociación bonaerense Vorwärts…”

[xxxvii] B. Zuculin, L’Argentina e le sue ricchezze, Firenze, 1947, p. 289.

[xxxviii] “République argentine”, La Révolte, Paris, 2-8 septembre 1888, pp. 3-4.

[xxxix] Cf., por ejemplo, A. Hidalgo, “Apuntes sobre personalidades socialistas, anarquistas y líderes obreros en la obra de José Martí”, El Caimán barbudo, núm. 67, La Habana, mayo 1973, pp. 16-22. La cita de Mella se encuentra en J. A. Mella, Ensayos revolucionarios, La Habana, 1960, p. 95.

[xl] La fórmula proviene evidentemente de J. E. Spilimbergo, El Socialismo en la Argentina, del socialismo cipayo a la izquierda nacional, Buenos Aires, 1969.

[xli] S.S.A. de la I.C., El movimiento revolucionario Latino Americano, ed. cit., p. 311.

[xlii] Ídem., p. 28.

[xliii] “Réplica a Luis Alberto Sánchez”, Mundial, Lima, 11 de marzo de 1927, reproducida en Amauta, núm. 7, Lima, marzo de 1927, en Boletín El Proceso del Gamonalismo, pp. 38-39 y en Ideología y Política, Lima: Biblioteca Amauta, 1969, p.223.

[xliv]  “Intermezzo polémico”, Mundial, Lima, 25 de febrero de 1927, en Ideología y Política, ed. cit., p.217.

[xlv] “El problema de las razas en la América Latina” (mayo de 1929), en Ideología y Política, ed. cit., p. 46.

[xlvi] R. Paris. “José Carlos Mariátegui et le modèle du ‘communisme’ inca », Annales ESC, 21e. année, no. 5, Paris, septembre-octobre, 1966, 1065-1072.

[xlvii] “El problema de las razas…”, op. cit., p. 46. A riesgo de salirme del sujeto, que me sea permitido aquí subrayar que éste es un elemento moral –la “moral de los productores” de Sorel– y que realiza la articulación entre proletariado “clásico” y proletariado atípico. “La originalidad del sindicalismo revolucionario –escribe por ejemplo Sorel– es… fundar la superioridad que éste le atribuye a la clase obrera sobre las cualidades que ésta adquiere en las luchas sociales” (“Le caractère religieux du socialisme”, Le Mouvement socialiste, no. 180, Paris, novembre 1906, p. 287).

[xlviii] V. Perera, L. Acosta. « La campaña anti Martí”, El Caimán barbudo, 65, La Habana, febrero-marzo, 1973, pp. 19-24.

[xlix] Ch. De Mazade, “Le socialisme dans I ’Amérique de Sud”, Revue des Deux Mondes, Tome XIV, Paris, 1852, pp. 641-666.

[l] De Mazade, “De l’Américanisme et des Républiques du Sud. Société argentine.- Quiroga et Rosas”, Revue des Deux Mondes, Paris, 15 novembre 1846, pp. 625-659.

 

Cómo citar este artículo:

PARIS, Robert, (2013) “Biografía y ‘perfil’ del movimiento obrero. Algunas reflexiones en torno a un Diccionario biográfico del movimiento obrero de América Latina”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 15, abril-junio, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Lunes, 11 de Diciembre de 2017.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=678&catid=14

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