Sábado, 20 de Diciembre de 2014

Notas sobre eticidad e infancia: una breve revisión al México posrevolucionario

El presente artículo es un incipiente recorrido de las políticas de lectura que el gobierno mexicano, de inicios de 1920, diseñó para la población infantil. Con dicho recorrido damos cuenta que, de manera transversal, hubo también un proyecto de latinoamericanista de eticidad basado en el anhelo de construir un homo legens latinoamericano.

Palabras clave: Infancia, México, lectura, literatura, folclor

 

Dame que alcance a hacer de una de mis niñas el verso más perfecto y a dejarte en ella clavada
mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. Muéstrame posible tu
evangelio en mi tiempo, para que renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él.[2]

 

Este trabajo se sitúa en los inicios de la década de 1920 y pretende ser un estudio inicial de lo que aquí llamaremos: proyecto latinoamericano de eticidad para la infancia mexicana. Proyecto difundido desde el ámbito oficial del gobierno posrevolucionario. Miraremos cómo y qué valores fueron promovidos a través, sobre todo, de El Maestro. Revista de Cultura Nacional.

Es probable que los tres elementos que son la base de nuestro  planteamiento parezcan de entrada, difíciles de engranar: Latinoamérica/ infancia/ eticidad.  Un primer espacio en el que situaremos este trinomio es la educación. Práctica  concebida en los años de reconstrucción nacional como actividad regeneradora para un tiempo en el que, de acuerdo a José Vasconcelos (quien estuvo a la cabeza del proyecto cultural) y otros intelectuales de la época, había que echar a andar una revolución espiritual que permitiera situar a México y al continente latinoamericano en el espacio de la civilización.

Cabe aclarar que el significado de ética y eticidad utilizado aquí, es el de Miguel Ángel Polo Santillán, quien plantea que la versión “menos problemática” es la que  define a la ética como “[...] el arte de vivir bien y que abarca y trasciende lo moral porque busca una vida armónica articulada con las distintas dimensiones de la vida humana.” Derivada de una tradición socrática, esta versión es proclive a la búsqueda del vivir bien y de[3] la vida buena. Se trata de hallar y lograr un diálogo entre ética y moral; entre lo que, metafóricamente, podríamos llamar un diálogo entre anhelo y hecho.

En el tiempo de reconstrucción nacional el anhelo fue colocado en la certeza de poder llegar a una práctica del buen vivir cuya condición sine qua non (como parte una herencia positivista) sería la etapa posterior a la barbarie: la civilización. En este sentido se entiende que los años de revolución y los mismos del porfiriato fueran interpretados como parte del tiempo de barbarie y el atraso.

En el “Llamado cordial”, texto de Vasconcelos para el primer número de El Maestro, podemos observar claramente la necesidad de emprender otra revolución, aquella basada en el cristianismo y que permitiera la construcción de un nuevo ethos en el que tuviera cabida lo que podríamos interpretar como un primer valor para el anhelado nuevo tiempo: la justicia, que además devendría felicidad colectiva.

En cuanto al concepto de ethos, me apoyo en lo que  Julio de Zan ha planteado:

El ethos [...] se puede describir como un conjunto de creencias, actitudes, e ideas que configuran el modo de ser de una persona, o la «personalidad cultural básica» de un grupo humano, tal como lo conciben los antropólogos. Por eso la ética alude en este sentido a una concepción de la buena vida, a un modelo de vida virtuosa y a los valores vividos de una persona, o de una comunidad, encarnados en sus prácticas e instituciones, los cuales deben ser respetados como opciones que definen una identidad o un ethos particular y valioso, pero que no pretenden (y no pueden) universalizarse, porque tienen un carácter singular, o histórico- cultural.[4]

Llegamos a un primer punto harto importante: el del deber intelectual promovido en aquel momento. Hallamos además, una especie de deontología al servicio del prójimo, que era representado por un conglomerado, no sólo mexicano también latinoamericano, cuyo momento de regeneración, sobre todo cultural, había llegado.


Fotografía de un infante mexicano utilizada como ilustración del artículo “Las tribus indígenas de México”, aparecido en El Maestro.
He aquí por qué el camino de la verdadera civilización sólo se encuentra, volteando de raíz los criterios que hasta la fecha han servido para organizar pueblos; arrancando de las conciencias el pensamiento de que es legítimo construir lujo y refinamiento sobre las miserias de las multitudes y sustituyendo todas las construcciones carcomidas, con el concepto verdadero cristiano, de que no es posible que un solo hombre sea feliz, ni que todo el mundo sea feliz, mientras exista en el planeta una sola criatura que sea víctima de la injusticia.[5]

Los actos de leer y escribir adquirieron el estatus de virtud. Virtud que rompía con la tradición de lo que, en términos de Ángel Rama, había sido la ciudad letrada. Miremos un ejemplo de cómo, estos ejercicios,  eran promovidas, en la revista.[6]

  • Sabe usted leer y escribir. Enseñe, pues, a los que no saben. Es un deber que le corresponde como mexicano y como hombre. Pida hoy mismo a la Universidad Nacional su nombramiento de Profesor Honorario.
  • ¿Es usted padre de familia, maestro, obrero, o simple ciudadano? A sus hijos a sus alumnos o a sus amigos, dígales siempre que deben aspirar a dos cosas la honradez y el trabajo. Lo demás les será dado por añadidura.[7]

El deber primario para la construcción de un ethos latinoamericano quedaba instalado en las prácticas de alfabetización y “promoción de la lectura”. Si de acuerdo a Aníbal González, quien retoma algunos planteamientos de Harpham:

Un rasgo fundamental es la preocupación por el Otro, particularmente por “una otredad que permanece otra, que se resiste a la asimilación [...] “la aparición  del otro marca un ´momento ético´ aun en discursos que no se ocupan abiertamente de la ética”.[8]

Podemos aventurarnos a decir que, en el momento de reconstrucción cultural, los “otros” eran aquellos que no habían podido entrar a lo que Chartier ha llamado “el mundo del saber”. El significado del otro estuvo entonces colocado en el cúmulo de analfabetas que lo eran no como parte de una resistencia a la asimilación, sino como producto de la injusticia y de la falta de armonía del otrora tiempo de barbarie.[9]

Los afanes de servicio al prójimo fueron abiertamente expresados también por Gabriela Mistral, una de las docentes- escritoras más importantes en y para el proyecto vasconcelista. La mirada con una cierta filiación religiosa se hizo patente en uno de sus  escritos aparecidos también en la contraportada del número 3 de El Maestro.

Toda naturaleza es un anhelo de servicio. / Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco  [...]/ Hay la alegría de ser sano y la de ser  justo pero hay sobre todo, / la hermosa alegría de servir/ El servir no es faena sólo de seres inferiores. Dios que da el fruto y la luz sirve. Pudiera llamársele así, el que sirve. / Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: / ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al    árbol, a tu amigo, a tu madre?[10]

El didactismo se convirtió así en una práctica cotidiana en los trabajos de regeneración emprendidos por el grupo letrado de aquel tiempo. La educación se ejerció más allá de lo que podría ser considerado lo curricularmente oficial y quedó registrada en forma de exhortos para lograr una nueva conducta. Si prestamos atención y además hacemos un estudio de los textos aparecidos en publicaciones como El Maestro y su “hermana” El Libro y el Pueblo, comprobaremos lo que hemos expuesto líneas arriba: la vida buena debía estar unida a las prácticas de lectura y escritura. El conocimiento, tal como lo planteo Platón era parte del campo semántico del bien y la belleza. La herencia bergsoniana se unía a la filosofía clásica griega. Un claro ejemplo está en las siguientes palabras de Vasconcelos que fueron el exhorto para “todos” quienes desearan participaran en El Maestro: “¡Verdad, Amor y belleza, belleza Divina, tal sea el lema radiante de los que en esta publicación escriban”!

 

La infancia en el escenario de la reconstrucción.

En este apartado me ceñiré a los afanes regeneradores en  un grupo particular: la infancia mexicana. Grupo del que no se ignoró que estaba conformado mayoritariamente por niños en situación de abandono y miseria. En El Desastre, Vasconcelos escribió su versión de las medidas que el gobierno emprendió hacia este sector:

En la escuela pusimos baños y peluquerías. Y la primera campaña no fue de alfabeto sino de extirpación de piojos, curación de la sarna, lavado de la ropa de los pequeños. En seguida como era el hambre la causa de sus retrasos mentales y de sus males físicos, aprovechando una modesta asignación dimos gratuitamente el desayuno a todos los alumnos. Mucha resistencia encontró al principio esta medida, que se consideraba inaudita y antieconómica: regalar un poco de leche y pan a las criaturas desamparadas.[11]

Más que una campaña primera, la higienización fue concomitante con la acción pedagógica. La revolución mexicana, trataba así de posicionarse, en términos retomados por Girardet como: “la maestra de la nación.” El programa posrevolucionario se transformó en: “punto de reunión para el ejercicio de las virtudes sociales” [...] que impone –tanto por su ritual como por su carácter repetitivo- “hábitos morales” y rudimentos de disciplina colectiva  [...]”.[12]

El tema de la educación de los niños se convirtió en un asunto de propaganda y de necesaria formación y profesionalización. El Universal, por ejemplo, inauguró el año de 1921 con la noticia en torno al Congreso del Niño. Noticia que además abarcó varios días del mes de enero. El evento fue anunciado en primera plana el día primero. “Mañana se inaugura el congreso del niño a las 11 a.m.”

El día 2 de enero en el Anfiteatro de la ENP inaugurará sus trabajos el Congreso mexicano del Niño. La solemne sesión de apertura será presidida por el presidente de la república, general Álvaro Obregón y dicha cesión se desarrollará bajo el siguiente programa –Imposible ver el texto-

En la segunda columna leemos la lista de temas que serán tratados en el evento  y de los que he hecho una selección para destacar que sobre todo ocuparon un lugar importante aquellos relacionados con la educación y la vinculación de ésta a la construcción de nueva nación que se pretendía edificar.

Desayuno escolar y horario con relación a la alimentación infantil. Dr. Alberto Román. La liberación del maestro de la tiranía municipal como condición indispensable para mejorar la enseñanza. Dr. José Manuel Puig y Cassauranc.

La transformación de los kindergartens – Sra. Teresa Farías de Isassi. La implantación de las escuelas agrícolas en el país. –Sra. Teresa Farías. La protección del niño como base del progreso de la nación. Teresa Farías [...] Como puede el hogar relacionarse con la escuela para que ambos realicen la educación del niño. -Profesora Estefanía Castañeda. En qué forma se desarrolla la educación del niño para conciliar el respeto a su personalidad para el desarrollo de la misma, con las necesidades de cohesión, subordinación y progreso sociales. Profesor Manuel C. Tello La iniciación del niño antes de la educación preescolar – Profesora Isabel Ramírez Castañeda. Factores sociales que deben de tenerse en consideración para lograr un efectivo progreso nacional, principalmente respecto de la clase indígena en materia de instrucción. –Profesor Leonardo E. Ramos. [13]


Imagen con la que fue ilustrado un artículo sobre Fernán Caballero en Aladino. El Maestro, Revista de Cultura Nacional.
Si hasta décadas anteriores las mujeres estaban dedicadas, casi exclusivamente, a la crianza de los hijos, en los años de la posrevolución fueron miradas como elemento vital en la enseñanza, sobre todo, de los niños. La figura de la maestra escritora, tuvo la tarea de crear -que no criar- al futuro homo legens, aquel con un capital cultural, que, de acuerdo al proyecto vasconcelista, se transformaría en un ciudadano ya mexicano, ya latinoamericano portando la bandera de la civilización.

Aunado al grupo de maestras, hubo también escritores que como participes de la defensa cultural del continente latinoamericano y al mismo tiempo de las campañas de alfabetización, se dieron a la tarea de adaptar para los niños los llamados textos clásicos de la literatura universal. Lo hicieron partiendo del presupuesto de que la profesión del escritor no consistía únicamente en producir textos “propios” sino también en lograr la traducción de lecturas canónicas que tenían como auditorio un grupo determinado: los niños. En este grupo estuvieron presentes figuras como la ya mencionada Gabriela Mistral, Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Palma Guillén, Mariano Silva y Aceves, Rosaura Zapata  por mencionar algunos.

Los avatares del proyecto que hemos denominado de eticidad latinoamericana, halló en los textos y en su difusión uno de los dispositivos que permitieron, con  respecto a la infancia, colocarla como un grupo que necesitaba lecturas propias así como métodos ex professo de enseñanza. Este sentimiento de la infancia, en  términos de Aries, “corresponde a la conciencia de una particularidad infantil, particularidad que distingue al niño del adulto, incluso joven.”[14]

El filtro entre las secciones infantiles de las revistas y sus pequeños lectores eran las maestras. En 1921, Rosaura Zapata (1876-1963) estuvo a cargo de “Aladino” la sección infantil de El Maestro. Los textos aparecidos en dicha sección eran de su autoría, ora como textos propios, ora como adaptaciones.[15]

El núcleo central, en términos extraliterarios, en el que fueron insertadas tanto la infancia como su literatura, fue la educación como actividad regeneradora. Regeneración en tanto acción promovida para la transformación hacia la vida buena. Utópica en tanto acción no terminada, pero de la cual, gobierno, intelectuales y maestros, estaban convencidos de que una vez cumplidos ciertos objetivos, sería posible habitar el nuevo ethos.[16]

Las escuelas primarias que dependían del Gobierno pasaron por acuerdo del señor presidente de la República, al control de la Universidad Nacional. Las escuelas correccionales, que continuaron bajo la dirección de aquel departamento, han recibido un gran impulso. El profesorado no sólo ha sido aumentado, sino también seleccionado. Se han establecido bibliotecas en cada uno de dichos planteles y nuevas clases, a fin de que, los educandos salgan más aptos para luchar con la vida.

El Gobierno del Distrito, por otra parte está ayudando en la actividad a varias municipalidades para el sostenimiento de sus centros docentes.[17]

Fueron los infantes de preescolar y de primaria a quienes se buscaba como receptores de los textos en los que, particularmente, la historia era relatada como un cuento (en términos de género literario) a partir de una anécdota. Es así como podemos mirar la afirmación de Ricoeur: “La historia es escritura”. Pero además con la difusión de un hecho y/o de un personaje se promovían valores, al tiempo que se construía un panteón de héroes Construcción que puede ser situada en lo que Hobsbawm ha llamado la “tradición inventada”[18]. Sumado a lo anterior podemos mirar que fue  precisamente en la praxis de la lectura y escritura  en la que se vio inmersa “la validez intersubjetiva de la comprensión de los significados y las reglas, que solamente puede ser garantizada mediante el lenguaje y la comunicación”.[19]

Un texto particular al que aludiré es, “Cristóbal Colón”, en él, Rosaura Zapata narra a los niños los avatares del genovés para realizar su empresa de “descubrimiento”. Subyace en el texto una promoción de cierto voluntarismo personal, pero además podemos mirar la idea de la historia del continente que era transmitida.

Colón era muy pobre cuando muchacho, pero de gran despejo y afición al estudio; y así, por su propio esfuerzo, aprendió la geografía y leyó cuantas historias de viaje le fue posible: era asimismo de valeroso corazón [...]

El texto es finalizado planteando la injusticia cometida por “la historia” hacia Colón.: “Colón tuvo enemigos implacables: la envidia inventó contra él las más absurdas calumnias”. Utilizando además, estrategias más propias de la literatura, Zapata contaba a los niños que Américo Vespucio había demostrado que no se trataba de la India. “-Es un nuevo mundo” –exclamo.

Y en efecto, por mucho tiempo designóse genéricamente aquel continente con el título de Nuevo Mundo, hasta que se convino en darle el nombre del que había demostrado que no era la India, llamándosele América de Américo y no como era más justo Colombia, en recuerdo del inmortal navegante que en 1492 lo había descubierto. [...][20]

Extrapolando la figura del homo legens, estudiada por Bolívar Echeverría, podemos decir que precisamente ésta fue transformada en el icono de ciudadano ideal que el proyecto cultural y educativo de la posrevolución trató de dar a luz. La reconstrucción nacional y la unión continental necesitaban en términos del mismo autor, de “hombres leídos”.

El homo legens no es simplemente el ser humano que practica la lectura entre otras cosas, sino el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura [...].[21]

El proyecto del homo legens mexicano (y acaso latinoamericano) nació bajo la urgencia de redimir un espacio en ruinas  económicas, sociales y culturales. Esta es una primera diferencia del homo legens europeo que, de acuerdo a Chartier, cultivó el hábito de lectura en un tiempo de ocio. Vasconcelos, en uno de los discursos como rector de la Universidad Nacional de México, planteó:

La Universidad confía en los sentimientos generosos del pueblo mexicano, y está segura de que millares de personas ofrecerán con entusiasmo sus servicios para la lucha contra el analfabetismo. Los países en vísperas de guerra llaman al servicio público a todos los habitantes. La campaña que nos proponemos emprender es más importante que muchas guerras; por lo mismo esperamos que nuestros compatriotas sabrán responder al llamado urgente del país, que necesita que lo eduquen rápidamente para poder salvarse.[22]


Maestra de párvulos. Archivo Federico Casasola
El adjetivo latinoamericano del proyecto de eticidad al que aludí en el principio del este escrito haya su razón de ser no solamente porque se inserta en un momento en que el gran anhelo estaba en la unidad del continente para bregar sobre todo contra la injerencia norteamericana. Su razón de ser se halla también en que fueron los mismos escritores latinoamericanos quienes veían la ecuación: literatura infantil- construcción de una identidad propia. Dicha ecuación tenía un nombre particular: “folclor”. En este sentido Gabriela Mistral, señaló que “[...] El folclore es, por excelencia, la literatura de niños y que [...]  los pueblos ajenos de él conquistarán el género muy tarde.”[23]

Es precisamente cuando rescata el género infantil que menciona lo que al principio de este trabajo llamé la otredad y en la que Mistral se inserta, para hacer una unión entre lo literario y lo extraliterario. Lo extraliterario, marcado por la pertenencia a un  grupo particular, derivaría en una poesía para niños no auténtica.

Pertenezco al grupo de los  malaventurados que nacieron sin edad patriarcal y sin Edad media; soy de los que llevan entrañas, rostro y expresión conturbados e irregulares, a causa del injerto; me cuento entre los hijos de esa cosa torcida que se llama una experiencia racial, mejor dicho una violencia racial.

[...]

Sobre las rondas debería decir algunas cosas, y muchas más sobre las poesías infantiles escritas hace veinticinco años, a fin de ser perdonada de maestros y niños.

Diré solamente que por aquellos años estaba en pañales el género infantil en toda la América nuestra [...] El menester es tan arduo que seguimos tanteando todavía, porque según acabo de decirlo, nacimos monstruosamente, como no nacen las razas: sin infancia, en plena pubertad y dando desde el indio al europeo, el salto que descalabra y rompe los huesos.[24]

En La Falange, revista mexicana que apareció en 1922, leemos en la Sección ABC, el siguiente exhorto para bregar por la construcción de una literatura para los niños del continente:

Los escritores y los maestros de América deben preocuparse por lo que leen los niños, por las canciones de sus juegos, por los cuentos y narraciones que contribuyen a su formación espiritual.

Ningún campo podrá encontrarse más fecundo para acrecer mañana al alma de la raza y el amor a su propia existencia, que el que ofrece la literatura para nuestros niños alejándola de las importaciones inadecuadas. Por eso invitamos empeñosamente a los escritores y a los maestros, por medio de estas líneas, para que aporten su contingente colaborando en esta Sección que ofrecemos a los niños de América.[25]

Un año anterior, en 1922 El Universal reproducía la carta de una pequeña lectora de El libro mágico, suplemento semanal infantil del mismo diario. La “lectorcita”, como es mencionada, representaba lo opuesto a aquellos niños de habla totonaca, pues, vivía en la capital, hablaba español, leía y escribía, es decir contaba con un “adecuado” capital cultural que le permitía aparecer como una pequeña ciudadana heredera del progreso y habitante idónea de la nueva comunidad imaginada en construcción.

Sr. encargado del “libro mágico”: estamos muy contentos todos los niños con su hermoso “libro Mágico”. A mí lo que más me a (sic) gustado el bosque de las fieras africanas. Aquí le mando este número del “libro mágico” aquí se lo mando haber si está bien iluminado. Ojala que nunca se acabe su libro le mando también mi retrato. Lo saluda mucho su amiga Sara Eva Álvarez.[26]

Era el tiempo de los ismos y era el tiempo en que la educación infantil se posicionaba cada vez más como mito político de la modernidad periférica, mito construido sobre todo por cierta intelligentsia, que hacía de la infancia un constructo unificado, sin tomar en cuenta que, al menos en el caso de México, era un grupo numeroso el de los niños huérfanos que podía compartir ciertas características psicológicas y físicas pero no así el capital cultural que era y sigue siendo una de las mayores fronteras ora culturales, ora sociales y que por ello impedían (y siguen impidiendo) mirar la infancia como un grupo homogéneo.

 


Notas:

[1] Rocío García Rey es Maestra en Estudios Latinoamericanos y Doctorante en Letras Latinoamericanas en la FFyL, UNAM. Es autora del libro La otra mujer zurda, México, Versodestierro, 2010.

Imparte, en la UNAM, cursos y talleres de literatura y promoción de la lectura.

[2] Gabriela Mistral, “Oración de la maestra”.

[3] Polo Santillán, 2004: 19.

[4] Zan, Julio de, 2002:19.

[5] Vasconcelos, José “Llamado cordial” en El Maestro, Revista de Cultura Nacional, No. I, México, 1921, p.5.

[6] Ángel Rama señaló que desde la época colonial las acciones de leer y escribir quedaron reservadas al grupo letrado. “Este exclusivismo fijó las bases de una reverencia por la escritura que concluyó sacralizándola”. Rama, Ángel “La ciudad letrada”,1995:3.

[7] Dos de cuatro exhortos aparecidos en la contraportada de El Maestro. Revista de Cultura Nacional. México, abril de 1921.

[8] González, Aníbal, “Nota a pie de página número 3”, 2001:12.

[9] Los sectores iletrados, pero urbanos, fueron los receptores de los exhortos para entrar al mundo del saber. En 1922 varias bibliotecas obreras centroamericanas recibían donaciones de libros de parte del gobierno mexicano. El 3 de junio de 1922, en un acto protocolario, Juan D. Bojórquez, Delegado Universitario de México en Centroamérica hizo entrega de colecciones de libros a varias sociedades obreras de Centroamérica. En el caso de Nicaragua la donación fue hecha a los obreros de León y el nombre dado a la biblioteca fue  Benito Juárez. Bojórquez informaba: “El discurso del señor Dr. Debayle, que aparece en uno de los anexos, revela la importancia que las clases intelectuales y obreras han dado a la labor de acercamiento espiritual que está llevando a cabo esa Secretaría de su digno cargo, hacia las repúblicas latinas del continente.  Bojórquez, Juan D, “Donaciones a varias sociedades obreras de Centro América”, El Libro y el Pueblo, México, No. 6, agosto de 1922.

[10] Mistral, Gabriela, S/ título, El Maestro. Revista de Cultura Nacional, México, no. 3, junio de 1921.Contraportada.

[11] Vasconcelos, José “La educación se federaliza”, 1998: 209-210.

[12] La reflexión de Girardet está basada en el estudio de Mona Ozouf, La Fête révolutionnaire 1789-1799.Afirma el autor con respecto a las interpretaciones que se le han dado a la revolución francesa de 1789 que: “[…] El estudio de Mona Ozouf se esforzó por poner de relieve la significación esencial (de la fiesta revolucionaria) que  la mentalidad revolucionaria nunca dejó de atribuirle. Girardet, 1999: 140.

[13] “El Congreso del niño,” El Universal, 1 de enero 1921, primera plana.

[14] Citado por  Pasternac, Nora “Estudio preliminar”  de Pasternac, Nora, Domenella Ana Rosa y Gutiérrez de Velasco Luzelena (compiladoras), 1996: 28.

[15] Durante el porfiriato, Justo Sierra, le otorgó, a Zapata, una beca para ir a estudiar a Europa las técnicas desarrolladas por Pestalozzi y Froebel. 1904 fue el año en que retorna a México convencida de que la enseñanza preescolar, con las adaptaciones adecuadas a la realidad mexicana impulsaría el desarrollo de las capacidades y habilidades inherentes al infante de 4 a 6 años.

[16] De acuerdo a Girardet, Durand trabajó el tema de las constelaciones mitológicas como parte de un trabajo mayor: Las estructuras antropológicas de lo imaginario. Con respecto a los mitos políticos es necesario anotar que me he basado en la explicación que de estos hace también Girardet. “El mito político es claramente fabulación, deformación o interpretación objetivamente recusable de lo real. Pero, relato legendario, también  es cierto que cumple una función explicativa al proponer cierto número de claves para la comprensión del presente y construir una grilla a través de la cual ordenarse el caos desconcertante de los hechos y de los sucesos.” Girardet, Op. Cit. pp. 14 y 22.

[17] “Planteles de educación”, El Universal, 3 de agosto de 1921, p. 8. Negritas nuestras.

[18] La “tradición inventada” implica un grupo de prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y de naturaleza simbólica o ritual, que buscan vincular determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado. Hosbsbawm E. y Ranger, Terence (eds.), 2002: 8.

[19] Zan, Julio de, Op.Cit.p.6.

[20] Zapata Rosaura, “Cristóbal Colón”, El Maestro, Revista de Cultura Nacional, Sección Aladino, Tomo 2 Numero 2, noviembre de 1921, pp. 209-211.

[21] Echeverría, Bolívar, 2006: 26.

[22] Vasconcelos, José, “Circular 1: Campaña contra el analfabetismo”, en Lozada León, 1998:344.

[23] Mistral, Gabriela, “Canciones de cuna y rondas”, en  Díaz Plaja, 1994: 120.

[24] Ibidem.

[25] El exhorto aparece, sin autor,  al final de la sección ABC, en  La Falange, enero de 1923, p. 101.  Negritas nuestras.

[26] Una significativa felicitación por EL LIBRO MAGICO”, El Universal, 13 de julio de 1922, p. 14. (Hemos conservado las mayúsculas aparecidas en el diario).

 

Bibliografía:

Díaz Plaja, Aurora, (Selección y prólogo). Gabriela Mistral para niños, Madrid, Ediciones de la Torre, 1994, (Colección Alba y Mayo. Serie Poesía no. 35).

Domenella Ana Rosa y Gutiérrez de Velasco Luzelena (compiladoras) Escribir la infancia. Narradoras mexicanas contemporáneas, México, COLMEX, 1996, (Programa  Interdisciplinario de Estudios de la Mujer).

Echeverría, Bolívar, Vuelta de siglo, México, ERA, 2006.

Girardet, Raoul, Mitos y mitologías políticas, Nueva Visión, Buenos Aires, 1999, (Col. Claves).

González, Aníbal, Abusos y admoniciones. Ética y escritura en la narrativa hispanoamericana moderna, México, Siglo XXI ,2001.

Hosbsbawm E. y Ranger, Terence (eds.) La invención de la tradición, España, CRITICA, 2002, (Libros de Historia).

Lozada León, Guadalupe, (introducción, selección y notas), José Vasconcelos, hombre, educador y candidato, México UNAM, 1998, (Biblioteca del estudiante universitario).

Polo Santillán, Miguel Ángel, La morada del hombre. Ensayos sobre la vida ética. Lima, UNMSM/ Instituto de Salud Cristofáris Deneke, 2004.

Rama, Ángel “La ciudad letrada” en La crítica de la cultura en América latina, Argentina, 1995, (Col. Ayacucho No. 119).

Zan, Julio de, “Moralidad y eticidad. Una disputa contemporánea de Kant y Hegel”, en Panorama de la ética continental contemporánea, Madrid, AKAL, 2002.

 

Hemerografía:

El Maestro, Revista de Cultura Nacional, 1921

El Libro y el Pueblo, México, 1922.

La Falange, 1922.

El Universal, 1921 y 1922.

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