Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 
Pacarina del Sur
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Pacarina del Sur

Mariátegui y sus referencias sobre China: entre chifas, Kuomintang y violencia revolucionaria[1]

Mariátegui and his references about China: between chifas, Kuomintang and revolutionary violence

Mariátegui e referências sobre a China: entre chifas, Kuomintang e violência revolucionária

Ernesto Toledo Brückmann[2]

Recibido: 30-06-2014 Aceptado: 15-08-2014

 

Primeros referentes políticos chinos

Atrás quedó el drama de los peones contratados o culíes chinos –principalmente originarios de Cantón– que arribaron al Perú desde 1849 para dedicarse a las plantaciones de azúcar y extracción de guano en la costa. Virtualmente reducidos a la condición de semi-esclavos, representaron una transición histórica de la esclavitud al trabajo libre.

Posteriormente, el nacimiento del Partido Nacionalista chino Kuomintang y el advenimiento de la República de China en 1911 –ambos acontecimientos con la presencia protagónica del ideólogo y político Sun Yat-Sen (1866-1925)– permitió la canalización de un nuevo nacionalismo chino que se dejó ver entre la migración china en el Perú; este se formó en base a la voluntad de salvaguardar la integridad territorial, resistiendo los embates japoneses; más adelante será la lucha contra el comunismo lo que unifique a un significativo sector de la comunidad china y tusan en el Perú.

Imagen 1. Sun Yat-Sen. freemsonry.bcy.ca
Imagen 1. Sun Yat-Sen. freemsonry.bcy.ca

El sentimiento anti chino de la segunda mitad del siglo XIX se expresaba de diversas maneras: la fumigación de los vapores desde donde arribaban los migrantes, ante el temor de infecciones, y la exigencia de certificados de salud a muy alto costo, a fin de imposibilitar la masiva llegada. Si en el siglo XIX se ocupaban como braceros agrícolas, ya durante la «edad de piedra» de Mariátegui (1894-1930) se les veía como comerciantes, estableciéndose en pulperías, carnicerías y talleres artesanales, haciéndose visibles a todos e incrementando un sentimiento anti chino propalado por los periódicos de la época y que también contagió al propio proletariado. En 1909 y durante una asamblea, los miembros del Partido Obrero culparon al gobierno por haber traído chinos al país como mano de obra barata, mientras los obreros peruanos no tenían trabajo; la muchedumbre salió a las calles para maltratar a los chinos que por allí transitaban y saqueando sus establecimientos comerciales.

En 1918 la sublevación de los obreros anarquistas peruanos en defensa de la jornada laboral de ocho horas contribuyó a la fundación, un año antes, de la Liga Antiasiática; el estallido de racismo contra los asiáticos tuvo como uno de sus protagonistas a la Federación de Panaderos Estrella del Perú, quien vio en los chinos y japoneses a directos competidores; esto influenció en las clases bajas limeñas (Lausent, 2011, p. 77).

Sin embargo, sectores de la intelectualidad, a pesar de su interrelación con los movimientos sociales, tenían una percepción diferente; poetas, altos funcionarios y filósofos encontraron una atracción en la fusión con la comida china. Según la investigadora Mariella Balbi, Mariátegui, el poeta César Vallejo y el escritor Abraham Valdelomar se reunían en el chifa Ton Kin Sen, como parte de la costumbre culinaria en las clases medias peruanas (Balbi, 1999).

Imagen 2. El chifa Ton Kin Sen en 2013. unoperu2013.blogspot.com
Imagen 2. El chifa Ton Kin Sen en 2013. unoperu2013.blogspot.com
 

Se trató, según Balbi, de la única migración en el mundo que se integró en la sociedad peruana, sobre todo limeña, a través de la comida. Mientras muchos establecieron pequeños negocios de zapatería, lavandería, o bodegas, su buena fama de cocineros hizo que las clases altas peruanas comenzaran a contratarlos. Para su labor de cocineros, los chinos importaban verduras secas, «era como estar en China», explica Balbi, quien agrega que aunque éstos conocían los platos peruanos, «la comida nunca se mezcló, era pura, de ellos para ellos» (Balbi, 1999).

Imagen 3. El chifa Ton Kin Sen en 1922. www.apuntesdesobrtemesa.cl
Imagen 3. El chifa Ton Kin Sen en 1922. www.apuntesdesobrtemesa.cl
 

Los migrantes chinos que se instalaron en el Mercado Central de Lima lo hicieron en torno a la calle Capón, que se convertirá años después en el centro del Chinatown de la capital peruana. Algunos abrieron fondas para la clase trabajadora, en momentos en que la crisis económica se abatía sobre el Perú. En los primeros años del siglo XX la caída en el poder adquisitivo hizo que estos restaurantes incipientes sean más frecuentados; ya para la década de 1920 comenzaron a abrir, junto a las fondas ya existentes, grandes restaurantes chinos de mayor nivel en la calle Capón.

Imagen 4. Antiguo Mercado Central de Lima, de 1905 a 1964. antiguomercadocentral.blogspot.com
Imagen 4. Antiguo Mercado Central de Lima, de 1905 a 1964. antiguomercadocentral.blogspot.com
 

Entre 1920 y 1922 la cantidad de permisos especiales para la residencia de chinos en el Perú se incrementó masivamente, estableciéndose la compañía de vapores Chugwha Navigation Company, propiedad de los comerciantes chinos más destacados de Lima.

 

Sociedades en paralelo

Si hasta inicios del siglo XIX los lazos coloniales de los viejos imperios –provenientes de Europa– permanecieron en América, en la segunda mitad de ese siglo las potencias expansionistas fijaban su interés en los territorios de África, Asia y el Océano Pacífico. Una de sus víctimas fue China, que tenía una población de más de 430 millones de habitantes, con una sociedad feudal estructurada desde un Emperador, la nobleza y grandes terratenientes en eterna contradicción con el campesinado; la prosperidad del noble giraba en torno a su relación con sus pares y el gobierno central, mientras se apropiaba de la mayoría de las ganancias; estos abusos propiciaban violentos levantamientos campesinos que fueron la única fuerza motriz real del desarrollo histórico en la sociedad feudal china.

Cada uno de los levantamientos y violentos enfrentamientos de campesinos en contra de los terratenientes, fue un golpe para el régimen feudal e impulsaron en distinta medida el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. Sin embargo, en aquellos tiempos no existían nuevas fuerzas productivas, relaciones de producción, fuerzas de clase ni partidos políticos avanzados; por ello, toda reacción violenta careció de una dirección justa y terminó en el fracaso.

En la segunda mitad del siglo XIX, frente al influjo estimulante del capitalismo extranjero y al resquebrajamiento de la estructura económica feudal, la industria moderna se hacía presente por intermedio comerciantes, terratenientes y burócratas. El surgimiento del capitalismo nacional de China generó el desarrollo de la burguesía y del proletariado. Si los precursores de la burguesía china fueron una parte de los comerciantes, terratenientes y burócratas, los del proletariado chino fueron una parte de los campesinos y artesanos.

Las potencias imperialistas no se propusieron transformar a la China feudal en una China capitalista; su objetivo era hacer de ella una semicolonia o colonia, para ello utilizaron la opresión militar, política, económica y cultural.

Haciendo un paralelo con el Perú, el historiador peruano Waldemar Espinoza (n. 1936) sostiene que el período de transición al capitalismo fue abierto abruptamente en América latina con la Conquista y que durante la Colonia no existieron todos los elementos que caracterizan al sistema feudal: tierra, señor feudal, siervos y esclavos para considerar que en el Perú se implantó el Feudalismo (Espinoza, 1978). Sin embargo, José Carlos Mariátegui afirmó la existencia de características feudales debido a que los encomenderos representarían al señor feudal, los indios serían considerados como siervos, pero sin beneficios ni respeto o protección de parte de sus «protectores».

Para 1850 la población peruana ascendía a 2’001,123 habitantes; el país vivía un clímax de prosperidad económica, producto de la exportación del guano y el salitre. Sus rendimientos se convirtieron en la principal renta fiscal, el Estado usó sin medida de su crédito, hipotecando su porvenir a la finanza inglesa; se estructuró y conformó una burguesía, confundida y enlazada en su origen y su estructura, con la aristocracia, formada principalmente por los sucesores de los encomenderos y terratenientes de las colonias pero obligada por su función a adoptar los principios fundamentales de la economía y política liberal.

Iniciando el siglo XX el proletariado peruano creció numéricamente; el desarrollo de la minería, textilería y otras ramas de producción fabril le dieron una definida y cada vez más importante ubicación; ello implicó la aparición de una nueva clase y una meta precisa. El naciente proletariado peruano combatió por reivindicaciones como aumento salarial y reducción de la jornada de trabajo; ello generó un movimiento obrero que bajo la línea sindical de clase creó sindicatos en lucha contra el anarco-sindicalismo hasta culminar en la construcción de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), bajo la orientación de Mariátegui.

Es en la década de 1920 cuando se da paso al impulso del capitalismo burocrático bajo dominio norteamericano; esta industrialización se produce en una sociedad semifeudal cuya economía se desenvolvía cada vez más sometida a un imperialismo norteamericano que desplazaba el dominio inglés. Es así como el capitalismo burocrático implicó el desarrollo de la condición semicolonial y rubricando todo el desenvolvimiento de la sociedad peruana.

El campesino peruano proseguía sus históricas luchas en defensa de la propiedad de la tierra contra la usurpación de los terratenientes feudales y las empresas monopolistas; sus luchas frecuentemente eran reprimidas a sangre y fuego por el Estado peruano. Las luchas en las urbes no fueron ajenas para sectores de la pequeña burguesía; los empleados y estudiantes pretendían alcanzar reivindicaciones como el derecho a la organización y la reforma universitaria.

En el campo político de la clase dominante, el civilismo de Leguía era expresión de una «burguesía mercantil» al servicio del imperialismo norteamericano y convertido en eje del proceso económico, desplazando a la «aristocracia terrateniente» más estrechamente ligada a los intereses de Inglaterra. El régimen de Leguía significó la remodelación de la sociedad y la política peruana, según moldes demoliberales, evidenciado en el ordenamiento constitucional, la legislación, la ley educacional de 1920 y demás medidas. De esa manera, la burguesía peruana cuyo impulso se registró a mediados del XIX pasó a ser una burguesía compradora, eje del proceso social peruano y cabeza directriz de las clases dominantes del país.

A diferencia del Perú, la ideología comunista llegó a China en la década de 1910, fundamentalmente por los círculos académicos. Muchos jóvenes universitarios se mostraron interesados en el marxismo, despertando la atención de la URSS, que a través de la Internacional Comunista intentaba promover el comunismo en el mundo. Es así como el 1 de julio de 1921 se fundó formalmente en Shanghái el Partido Comunista de China (PCCH).

 

El Amauta y la China de ultramar

Los escritos de Mariátegui durante su «edad de piedra» no dan cuenta de un significativo interés por China ni sus súbditos en el Perú, por lo que, yendo a los más remotos referentes, señalaríamos que el primer acercamiento del Amauta con el país asiático fue culinario. Tras retornar de Europa en 1923, Mariátegui inicia su primer acercamiento hacia la realidad política y social china; su interés se debió al proceso revolucionario nacionalista por el que atravesaba el país asiático, víctima de la penetración imperialista. Antes de nombrar a algún dirigente comunista, los protagonistas de sus escritos serán el fundador del Partido Nacionalista chino Kuomintang, Sun Yat Sen, y su sucesor Chiang Kai-Shek (1887-1975). Ambos personajes canalizaban las esperanzas de la comunidad china y tusan en el Perú.

El 4 de octubre de 1924 Mariátegui publica en la revista limeña Variedades su artículo “La Revolución China”, en donde reconoce que «La China pesa demasiado en la historia humana para que no nos atraigan sus hechos y sus hombres (…) Este displicente país, tan poco estudioso y atento, no conoce casi de la China sino el coolie, algunas hierbas, algunas manufacturas y algunas supersticiones». También describirá un rasgo característico de los peruanos: «Sin embargo, espiritual y físicamente, la China está mucho más cerca de nosotros que Europa. La psicología de nuestro pueblo es de tinte más asiático que occidental» (Mariátegui, 1983).

Gradualmente los comunistas chinos vieron crecer su influencia en el Kuomintang; las noticias cablegráficas llegaban a los diarios limeños y Mariátegui observaba la fase de la lucha antiimperialista y antifeudal, dirigida por criterios democrático-revolucionarios radicales, pero no íntegramente consecuentes. «Actualmente luchan en China las corrientes democráticas contra los sedimentos absolutistas. Combaten los intereses de la grande y pequeña burguesía contra los intereses de la clase feudal» (Mariátegui, 1983).

También acotó que esas luchas constituían un punto de apoyo para las fuerzas de la revolución: «Miles de intelectuales y de estudiantes propagan en la China un ideario nuevo. Los estudiantes, agitadores por excelencia, son la levadura de una China nueva» (Mariátegui, 1983). La historia de la lucha revolucionaria del pueblo chino confirmó esa penetrante visión de la dialéctica histórica en el milenario país.

En 1925 la Tercera Internacional impulsó la alianza obrero-campesina bajo el liderazgo de la clase obrera y bajo la consigna de la revolución agraria, transformando al Partido Comunista de China (PCCH) en un partido de masas. No obstante, la Tercera Internacional consideraba al Kuomintang un partido político burgués anti-colonialista. Tras la muerte de Sun Yat-Sen, en ese mismo año, Chiang Kai-Shek asumió el cargo de comandante en jefe del Ejército Nacional Revolucionario y líder del Kuomintang. El 28 de marzo de ese año Variedades le publicó a Mariátegui un artículo titulado “Sun Yat-Sen” y donde inicia diciendo que «La revolución china ha perdido su más conspicua figura» (Mariátegui: 1983). Mariátegui destacó al Kuomintang como canalizador de las ideas nacionalistas y revolucionarias entre los estudiantes e intelectuales chinos, en un país que se aprestó a adoptar la forma y las instituciones demo-liberales de la burguesía europea y americana.

El 11 de julio aparece “El imperialismo y la China”. Ahí denuncia la violencia con que el imperialismo –que acusa a los soviets rusos de la agitación– actúa sobre una China de fuerte sentimiento nacionalista y revolucionario: «Decir que la Tercera Internacional mueve todos los hilos de esta agitación es desconocer las raíces históricas de un fenómeno mucho más complejo y hondo. La revolución rusa ha influido poderosamente en el despertar de la China y de todo el Oriente. Pero no en la forma que un criterio exclusivamente policial es capaz de suponer» (Mariátegui: 1983). Mientras los chinos se sentían tratados en su propio territorio, como un pueblo inferior y de bárbaros, el ala izquierda del Kuomintang ya estaba compuesta mayoritariamente por comunistas.

Hasta ese momento Mariátegui bosquejaba a grandes trazos el proceso de la revolución para posteriormente examinar la agitación nacionalista contra los diversos imperialismos que se disputaban el territorio chino. En Las nuevas jornadas de la revolución China (Variedades, 24 de abril de 1926) señaló que el espíritu anti-imperialista de las ciudades de Cantón y Shanghai se arraigó y prosperó en Pekín, ciudad acusada de ser un instrumento del bolchevismo contra el occidente y la civilización. «En un país como la China, de enorme población e inmenso territorio, donde subsiste una numerosa casta feudal, la empresa de mantener viva la revuelta no resulta difícil» (Mariátegui: 1983) señala Mariátegui culpando de todo ello a los imperialismos europeos, a la fuerza secesionista de los sentimientos regionales y a los jefes militares.

En El problema de la China (Variedades, 12 de febrero de 1927) Mariátegui aseguraba que el pueblo chino se encontraba «una de las más rudas jornadas de su epopeya revolucionaria» ya que el ejército del gobierno revolucionario de Cantón amenazaba Shanghai, ciudadela de un imperialismo británico que decía defender «la vida y la propiedad de los súbditos británicos» de la amenaza bolchevique (Mariátegui: 1983).

Mariátegui advertía que el peligro no existía sino para los imperialismos que se disputaban el dominio económico de China, país con tan «fuerte el movimiento revolucionario que ninguna conjuración capitalista o militar, extranjera o nacional, puede atajarlo ni paralizarlo». Finalmente es enfático: «Con la China revolucionaria y resurrecta están todas las fuerzas progresistas y renovadoras, de cuyo prevalecimiento final espera el mundo nuevo la realización de sus ideales presentes» (Mariátegui: 1983).

Dos meses después aparecerá La toma de Shanghai (Variedades, 2 de abril de 1927) donde analizará la captura de Shanghai por las tropas de Chiang Kai-Shek y afirmará que «El Kuo-Min-Tang se ha convertido en una formidable organización con un programa realista y con un arraigo profundo en las masas» (Mariátegui: 1983).

La revolución china descrita por Mariátegui hasta 1927, se encausó bajo las banderas de un frente único antiimperialista y antifeudal, durante la primera irrupción masiva de la clase obrera y los campesinos, en un país semicolonial y fragmentado por la lucha entre el sur revolucionario y el norte dominado por los señores de la guerra y el latifundio. Hasta entonces, el PCCH, fundado en julio de 1921, mostraba debilidad frente al Kuomintang considerado hasta ese momento el núcleo más avanzado y combativo.

En Oriente y Occidente (Variedades, 26 de noviembre de 1927) Mariátegui opina sobre el título moral de occidente para expandir su civilización, el mismo que procede del evangelio de Jesús y no de la tradición greco-romana, cuyo envejecimiento cayó con la caída de Roma. Las cruzadas, la conquista de América y las posteriores invasiones pertenecen a una civilización fecundada y elevada por el cristianismo, el mismo que es de origen oriental. Mariátegui aseguraba que Occidente es ante todo «acción, voluntad, energía» mientras que oriente representa los valores opuestos (Mariátegui: 1983).

En esos artículos se esboza una visión de la China tradicional, del espíritu de sus habitantes, de su historia y lo que estaba por llegar, de su estructura social vistos desde las categorías marxistas pero sin utilizar términos plenamente identificables ya que Mariátegui era consciente de la línea y el público al que iban dirigidas las publicaciones.

Se debe tomar en cuenta los cambios en la colaboración y sintonía ideológica con el APRA pues resulta inevitable el paralelismo Haya de la Torre –Chiang Kai-Shek, y Mariátegui– Mao Tse Tung, aunque en estos primeros escritos el Amauta no mencionara al entonces joven dirigente chino. Es en 1928 cuando se da la ruptura ideológica entre Haya y Mariátegui, un año después que el Kuomintang rompiera con el PCCH. Mariátegui consideraba que la alianza de clases propuesta por Haya de la Torre para enfrentarse al imperialismo y a la oligarquía anularía los objetivos verdaderos de la revolución socialista y proletaria que él defendía.

 

Los chinos en sus Siete Ensayos

Pero el análisis de Mariátegui respecto al contexto político chino era radicalmente opuesto, respecto a su percepción de la comunidad china afincada en el Perú. En los Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana escribe: «El chino… parece haber inoculado en su descendencia, el fatalismo, la apatía, las taras del Oriente decrépito» (Mariátegui: 1983).

El asiático fatalista, apático y decrépito son descripciones estereotipadas que justificaron el colonialismo al plantear que el chino se beneficiaría de la presencia del supuestamente optimista, energético, y activo colonialista blanco.

Estas apreciaciones fueron hechas pese a que la comunidad china mostraba visos progresistas; dos años antes de la publicación de los Siete Ensayos, el 3 de abril de 1926 un grupo de nacionalistas chinos radicados en el Perú fundó la Asociación China Kuomintang; ubicado en el Jr. Junín 836. Por esos años existía la escuela Sun Yat Sen: Nacionalismo, Democracia, Bienestar Social, con el fin de educar y fomentar los ideales nacionalistas. Aunque ya el Kuomintang albergaba en su interior a numerosos comunistas, se desconoce si en la filial peruana sucedía lo mismo; por lo pronto y posteriormente, la mayoría de peruanos de origen chino prefirió mantener la postura nacionalista –con eventuales actitudes anticomunistas– y otro grupo reducido optó por afiliarse al APRA.

Detrás de la preocupación de Mariátegui por la población asiática y su posible contribución, en su opinión negativa, a la construcción de la nacionalidad peruana se encuentra el hecho de que alrededor 90,000 campesinos chinos llegaron al país en el siglo XIX. Como señala Mariátegui: «La costa peruana recibió aquellos famosos contingentes de inmigrantes chinos destinados a sustituir en las haciendas a los esclavos negros, importados por el Virreinato, cuya manumisión fue también en cierto modo una consecuencia del trabajo de transformación de una economía feudal en economía más o menos burguesa» (Mariátegui: 1983).

Mariátegui presenta a las naciones asiáticas como contraejemplos al racismo antiindígena, como ideología y pseudociencia: «La suposición de que el problema indígena es un problema étnico, se nutre del más envejecido repertorio de ideas imperialistas. El concepto de las razas inferiores sirvió al Occidente blanco para su obra de expansión y conquista… Los pueblos asiáticos, a los cuales no es inferior en un ápice el pueblo indio, han asimilado admirablemente la cultura occidental, en lo que tiene de más dinámico y creador, sin transfusiones de sangre europea. La degeneración del indio peruano es una barata invención de los leguleyos de la mesa feudal» (Mariátegui: 1983).

En varios de sus escritos, Mariátegui presenta a los países asiáticos como muestra de que la modernidad puede ser apropiada por poblaciones no europeas. Así, en El problema de las razas escribe: «Hace tiempo que la experiencia japonesa demostró la facilidad con que pueblos de raza y tradición distintas de las europeas, se apropian de la ciencia occidental y se adaptan al uso de su técnica de producción. En las minas y en las fábricas de la Sierra del Perú, el indio campesino confirma esta experiencia» (Mariátegui: 1983).

La opinión negativa que Mariátegui tiene de los inmigrantes chinos radicaba en su creencia que este grupo habría sufrido un proceso radical de deculturación: «El coolí chino es un ser segregado de su país por la superpoblación y el pauperismo. Injerta en el Perú su raza, mas no su cultura. La inmigración china no nos ha traído ninguno de los elementos esenciales de la civilización china, acaso porque su propia patria han perdido su poder dinámico y generador. Lao Tsé y Confucio han arribado a nuestro conocimiento por la vía de Occidente» (Mariátegui: 1983).

La competencia por el trabajo era una razón común para esta exclusión, el chino fue visto por los peruanos como aquel que venía a quitarle lo que era suyo, su trabajo y de allí creció una discriminación hacia ellos, pero la falta de realidad de esta acusación sugiere que el odio tenía sus raíces en el temor de costumbres y personas diferentes. Poco a poco fueron ascendiendo y ganando posiciones en todos los ámbitos: social, cultural, económico, y su capacidad de trabajo fue reconocida.

 

Tusans Peruanos

La comunidad china y tusan en el Perú pretendía cada vez más integrarse a la vida social peruana. El 14 de febrero de 1929 el diario La Voz de Ica informaba el funcionamiento en esa ciudad, de un nuevo Plantel de Enseñanza Particular subvencionado y sostenido por la colonia china: «se hizo público el aviso dirigido a los padres de familia de la Escuela de Enseñanza Sun Yat Sen, el cual se someterá a los Programas Analíticos Oficiales vigentes, dictándose además de la clase de idiomas el de la lengua china para los alumnos que deseen aprender. La Escuela funcionará en el local de la Beneficencia China ubicada en la calle Libertad 102 cuya preparación se ha llevado a cabo con las exigencias pedagógicas modernas. La dotación de útiles y mobiliario será gratuita» (Luján, 2012).

Al día siguiente, el mismo diario dio a conocer la nueva Junta Directiva del Kuomintang en el Perú para el período 1929-1930. «Presidente, Nicanor S. Wong; Tesorero, José Jhong; Vice-Tesorero, Carlos Pun; Secretario de Actas, Juan Wong; Vice-Secretario de Actas, Carlos Wong San; Relator de Actas, Kon Chi Men; Vice-Relator de Actas, Alfredo Wong; Director, Manuel Li; Vice-Director, José Chiu; Secretario del Exterior, Toribio B. Jhong; Vicesecretario del Exterior, Gregorio Wong y Ricardo Goyoneche; Vocales, Juan León, Ricardo Chang, Carlos Wong San, Kon Chi Men, Traductores, Toribio B. Jhong, Gregorio Wong, Ricardo Goyoneche; Inspector, Chan Su Loo; Sub-Inspector, Luis León» (Luján, 2012).

Imagen 5. Familia de migrantes chino en Perú. esmiperu.blogspot.com
Imagen 5. Familia de migrantes chino en Perú. esmiperu.blogspot.com

Sin embargo, el contexto internacional seguía siendo lo más atractivo para Mariátegui; el 26 de julio de 1929 aparece en Variedades el artículo Rusia y China, donde Mariátegui analiza el complejo ajedrez diplomático político europeo y japonés en contra de China. Advertía que la penetración japonesa en China avanzaba a grandes pasos y que ello se reflejaba en el fortalecimiento de sus inversiones en la Manchuria. Japón, país occidentalizado y progresista, se había esmerado en colaborar con los elementos más retrógrados de la China. Sin embargo, el ferrocarril de Manchuria era de propiedad rusa y defendida por la diplomacia de Francia y Alemania. Mariátegui reconoció que tras romperse con la tradición del zarismo, Rusia renunció a los derechos de extraterritorialidad y otros que los tratados vigentes con las potencias europeas le reconocían; ello abrió una nueva etapa en las relaciones de Europa con China, tratándola de igual a igual.

En China y la ofensiva antisoviética (Mundial, 23 de agosto de 1929) Mariátegui veía un Kuomintang domesticado y una República benévola a los intereses imperialistas, después de haber ahogado en sangre las reivindicaciones proletarias. Las potencias occidentales esperaban culpar a Rusia de actos violentos contra China para justificar un bloqueo. Sin embargo, las grandes potencias europeas no podían azuzar a la China contra la URSS sin reavivar el fuego de un nacionalismo cuyo enardecimiento comprometería los intereses imperialistas.

En La preparación sentimental del lector ante el conflicto ruso-chino (Mundial, 18 de setiembre de 1929) denuncia la campaña mediática norteamericana para justificar una ofensiva contra la URSS, utilizando como contexto la violencia del gobierno de Manchuria y las provocaciones de las bandas chinas. La política anti-soviética de los imperialismos miraba a enemistar la URSS con Oriente, creando un supuesto «imperialismo rojo», en el mismo sentido colonizador y militar del imperialismo capitalista.

En El pacto Kellogg y la cuestión ruso-china (Mundial, 18 de octubre de 1929) Estados Unidos ve con disgusto la suspensión de hostilidades en Manchuria, por parte de China y Rusia. «Las potencias occidentales no pueden mirar sino con disgusto el curso de las negociaciones ruso-chinas y la suscripción del convenio que restablece el statu quo en la Manchuria. Con este arreglo, la posición internacional de Rusia se refuerza, sus relaciones con Asia se normalizan y las posibilidades de consolidación de su economía sobre cimientos socialistas se acrecientan» (Mariategui: 1983).

En La guerra civil en la China (Mundial, 13 de diciembre de 1929) es enérgico en sus críticas hacia el caudillismo de Chiang Kai Shek, cuyo programa era la unificación de China bajo un gobierno nacionalista. También cuestiona la capitulación del general chino ante los imperialismos extranjeros, que pronto reconocieron en él un aliado y un servidor incondicional. Asimismo, denuncia la masacre de dirigentes obreros en Shanghai y Cantón, traicionando a sus otrora aliados comunistas.

 

Últimas referencias del Amauta

Mientras a inicios de 1930 los comunistas chinos luchaban en su país por sobrevivir en medio de la represión nacionalista, el Kuomintang en el Perú contaba con el liderazgo del doctor Carlos Pun, quien llegó a Lima en 1923 y estableció su consultorio de Medicina Herbolaria China, siguiendo la tradición familiar iniciada por su padre Pun Luy On, quien introdujo la importación de las hierbas medicinales chinas.

El investigador Ricardo Melgar Bao señala que en la década de 1930 el Kuomintang tenía una presencia muy importantes entre las instituciones chinas en el Perú: «Tenía una organización internacional impresionante, trabajaba con los cónsules chinos (que eran peruanos) que había en muchos sitios en donde la concentración de los inmigrantes eran numerosos. Fuera de Lima los chinos habitaban el valle de Jequetepeque, involucrando localidades como Chepén, Pacasmayo, San Pedro de Lloc y Guadalupe) y era más importante el que había en Trujillo, Chiclayo e Ica en el sur» [Entrevista del 5/2/2014].

En ese contexto, Mariátegui escribirá El gobierno de Nanking contra la extraterritorialidad (Mundial, 4 de enero de 1930) donde niega que la anulación de los privilegios de extraterritorialidad sea un signo de la voluntad revolucionaria del Kuomintang para poner en práctica el programa nacionalista.

Posteriormente, en La república de Mongolia (Mundial, 18 de enero de 1930) señala la complacencia de las potencias capitalistas por el despido de concejeros rusos por parte de un Kuomintang ya anticomunista, rompiendo así la supuesta influencia soviética en China. Sin embargo describe el recelo de Occidente ante la próxima creación de la República Soviética de la Mongolia.

 Imagen 6. José Carlos Mariátegui
Imagen 6. José Carlos Mariátegui

 

Mariátegui y la línea política general para la revolución peruana

La historia política peruana demuestra que el acercamiento entre Mariátegui y China, así como sus coincidencias, tuvo mayor significación una vez muerto el Amauta. Serían sus seguidores quienes posteriormente harían un paralelo entre su obra y la de Mao Tse-Tung (1893-1976).

A inicios del siglo XX, tanto el Perú como China tenían fuertes concentraciones campesinas fuera de las ciudades y los sistemas feudales imperaban, en mayor o menor grado, en las sociedades agrarias. Mariátegui estaba convencido que, a diferencia de Europa, las masas explotadas en el Perú no eran de naturaleza proletaria. Las filas de los oprimidos las componían indios y campesinos. Por lo tanto, sus teorías hacían de la masa indígena el motor de la revolución marxista que se tenía que llevar a cabo.

Respecto al carácter de la sociedad peruana, Mariátegui advirtió en el punto 3º del Programa del entonces Partido Socialista, el carácter semifeudal y semicolonial de la sociedad de su época. Asimismo, analizó las fuerzas de la revolución reconociendo al proletariado y al campesinado como clases básicas; mientras los campesinos eran la fuerza principal por ser mayoritaria, además de soportar el peso semifeudal, la clase dirigente sería la obrera, capaz de permitir que los campesinos cumplan su papel. Al campesinado y al proletariado se unirían la pequeña burguesía que si bien «ha jugado siempre un papel subsidiario y desorientado en el Perú», puesta bajo la presión del capitalismo extranjero «parece destinada a asumir, a medida que prosperen su organización y orientación, una actitud nacionalista revolucionaria». A estas fuerzas motrices se le adheriría circunstancialmente la burguesía nacional, que Mariátegui llamó «izquierda burguesa». La unidad de estas clases fijaría sus ataques contra la semifeudalidad y el dominio imperialista.

En el Programa del Partido Socialista se definen las etapas de la revolución peruana, precisando su carácter: «La emancipación de la economía del país es posible únicamente por la acción de las masas proletarias, solidarias con la lucha antiimperialista mundial. Sólo la acción proletaria puede estimular primero y realizar después, las tareas de la revolución democrático-burguesa que el régimen burgués es incompetente para desarrollar y cumplir». A esta etapa Mao Tse Tung le llamaría Democrático-Nacional o Democrático-Burguesa de Nuevo Tipo.

«Cumplida su etapa democrático-burguesa, la revolución deviene, en sus objetivos y su doctrina, revolución proletaria. El partido del proletariado, capacitado por la lucha para el ejercicio del poder y desarrollo de su propio programa, realiza en esta etapa las tareas de la organización y defensa del orden socialista». De todo ello se desprende que, a entender de Mariátegui, solo la preparación y organización de la clase obrera, a través de su Partido, garantizaría la conducción de la Revolución Democrático-Nacional y desarrollaría la segunda etapa: la Revolución Proletaria.

 

La lucha antifeudal y antiimperialista

Para Mariátegui, el problema agrario del Perú pasaba por la destrucción de la feudalidad cuyas relaciones marcaban la sociedad peruana. El motor de las luchas campesinas era el problema de la tierra. Resaltó la lucha que enfrentaba la comunidad y el latifundio, destacando que el carácter colectivo de las comunidades dio fuerzas a las mayorías campesinas para resistir el histórico asalto de los terratenientes feudales, encerrando gérmenes vivos que servirían al futuro desarrollo socialista. Asimismo, destacó la existencia de relaciones feudales de explotación tras aparentes modalidades capitalistas y que comúnmente eran llamadas «semifeudales». En consecuencia, la lucha antifeudal era el motor de la lucha de clases en el campo y es el basamento mismo de la revolución democrático-nacional.

«El problema de los indios es el problema de cuatro millones de peruanos. Es el problema de las tres cuartas partes de la población del Perú. Es el problema de la mayoría. Es el problema de la nacionalidad» (Mariátegui, 1983), señaló Mariátegui tras advertir la imposibilidad de prescindir del indio en una política realmente nacional al ser éste el cimiento de la nacionalidad en formación. Sobre esta base analizó las clases y la lucha antiimperialista en el Perú y en Latinoamérica; partió de que las burguesías latinoamericanas «se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse de la soberanía nacional» (Mariátegui, 1983), así como solidarias y ligadas con los intereses imperialistas. Finalmente consideró que sólo la unidad del proletariado con el campesinado conduciría a un antiimperialismo consecuente.

Distintamente a la vieja China de la primera mitad del siglo XX, en el Perú se da el caso de la supervivencia de la comunidad campesina, peculiaridad que determina una solución socialista del problema agrario peruano, ya en la primera etapa de la revolución. Esta realidad determinó una diferencia entre la teoría de Mao y la de Mariátegui. Sin embargo encontramos coincidencias respecto al predominio del modo capitalista de producción en las condiciones de semicolonialidad y semifeudalidad de sus respectivos países.

Imagen 7. prensarural.org
Imagen 7. prensarural.org
 

 

El Frente Único

Quien recogió la experiencia china del Kuomintang respecto al partido del Frente Único fue Haya de la Torre; posteriormente el APRA incorporará a los campesinos en su partido de «Frente Único» de clases, junto a la clase media y obreros. Por su parte y coincidente con el PCCH, Mariátegui exigió un Frente Único de carácter antiimperialista y antifeudal que bajo la dirección de la clase obrera y basado en la alianza obrero-campesina, aglutinase también a la pequeña burguesía y, en ciertas condiciones y circunstancias, a la burguesía nacional; todo ello como arma fundamental de la revolución democrático-nacional.

Sobre el Frente Único, Mao dirá: «Dondequiera que haya partidos o individuos democráticos dispuestos a cooperar con nosotros la actitud que corresponde a los comunistas es consultar y cooperar con ellos. Es erróneo tomar decisiones arbitrarias y actuar de manera autoritaria, sin haber caso de los aliados. Un buen comunista debe saber tener en cuenta el todo, pensar en función de la mayoría y trabajar junto con los aliados» (Tse Tung: 1976 T2. 201-218).

Imagen 8. Mao Tse Tung y la Gran Marcha
Imagen 8. Mao Tse Tung y la Gran Marcha
 

 

Las fuerzas motrices de la Revolución China

Haciendo un paralelo con el Perú, Mao identificó a las fuerzas motrices o diversas clases y capas de la sociedad china, capaces de unir fuerzas para luchar contra el imperialismo y el feudalismo. Mao vio en la clase terrateniente a la principal base social de la dominación imperialista en China. La burguesía la dividía en burguesía compradora (al servicio directo de los capitalistas de los países imperialistas y sustentada por ellos) y la burguesía nacional (clase en contradicción por ser oprimida por el imperialismo y constreñida por el feudalismo).

La pequeña burguesía era la gran masa de los intelectuales, pequeños comerciantes, artesanos y los profesionales dotados de conocimientos científicos capitalistas y víctimas de la opresión del imperialismo, el feudalismo y la gran burguesía.

El campesinado, conformado por el 80% de la población total de China y la principal fuerza económica; lo constituían un 5% de burguesía rural, un 20% de campesinos medios que se autoabastecían económicamente y un 55% de campesinos pobres sin tierra o con muy poca que era la mayor fuerza motriz de la revolución china.

Finalmente el proletariado, de dos y medio a tres millones de obreros de la industria moderna, y unos doce millones de trabajadores asalariados de las pequeñas industrias, la industria artesana y el comercio en las ciudades; además, constituían en una gran multitud el proletariado rural (asalariados agrícolas) y los demás proletarios de la ciudad y el campo.

Ligados con la forma de economía más avanzada, fuerte sentido de organización y de disciplina, carencia de medios de producción privados. El proletariado chino era el más resuelto y consecuente en la lucha revolucionaria que ninguna otra clase, porque sufría la opresión del imperialismo, la burguesía y las fuerzas feudales.

Mariátegui y Mao Tse Tung eran conscientes del papel del proletariado y el campesinado en una revolución, esto debido a la advertencia de Carlos Marx y Federico Engel en El Manifiesto Comunista, escrito en 1848: «De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio es su producto más peculiar» (Marx: 1848).

 

El problema militar

Respecto a la violencia revolucionaria, la guerra y la organización militar, ya en 1921 Mariátegui escribía: «no hay revolución mesurada, equilibrada, blanda, serena, plácida»; en 1923 dirá: «el poder se conquista a través de la violencia (...) se conserva el poder sólo a través de la dictadura»; en 1925: «mientras la reacción es el instinto de conservación, el estertor agónico del pasado, la revolución es la gestación dolorosa, el parto sangriento del presente»; y en 1927: «si la revolución exige violencia, autoridad, disciplina, estoy por la violencia, por la autoridad, por la disciplina. Las acepto, en bloque con todos sus horrores sin reservas cobardes». La tesis de la violencia revolucionaria es parte del pensamiento mariateguista, aunque posteriormente sus autodenominados «seguidores» lo hayan tomado no como un medio sino como un fin.

Otra evidente coincidencia entre Mariátegui y Mao sobre el carácter violento de la revolución, salta a la vista. En noviembre de 1923, Mariátegui sostuvo que «la revolución es la gestación dolorosa, el parto sangriento del presente». Y en marzo de 1927 Mao escribió que «Una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante el cual una clase derroca a otra» (Tse Tung: 1976).

Asimismo, Mariátegui estableció la relación entre política y guerra, derivó la debilidad del frente militar de la debilidad política y la fortaleza militar, también como producto político; «porque, así en este aspecto de la guerra mundial, como en todos sus otros grandes aspectos, los factores políticos, los factores morales, los factores sicológicos tuvieron mayor trascendencia que los factores militares». Así comprendió que la revolución genera un nuevo ejército, diferentes de los ejércitos representativos del Estado por derrocar: «el ejército rojo es un caso nuevo en la historia militar del mundo, es un ejército que siente su papel de ejército revolucionario y que no olvida que su fin es la defensa de la revolución. De su ánimo está excluido, por ende todo sentimiento específica y marcialmente imperialista. Su disciplina, su organización y su estructura son revolucionarias»; aunque Mariátegui mencionó esto último refiriéndose a la revolución rusa, Mao también fue partícipe de que el nuevo ejército se organice bajo el absoluto control del Partido.

Mariátegui, finalmente, prestó atención particular a la revolución mexicana en Latinoamérica y a la revolución china en Asia; en ambas resaltó su carácter democrático-nacional, su fondo agrarista, el papel del campesinado y la participación indispensable de la clase obrera; asimismo destacó la labor contraria del imperialismo y las burguesías que traicionaban o traficaban con la revolución. Partiendo de la reivindicación básica de «la tierra para quien la trabaja», planteó el accionar de obreros y campesinos para conquistarla y defenderla, a fin de llevar adelante la revolución democrático-nacional.

Destacó su desenvolvimiento como revolución campesina que avanzaba desde el campo y se desenvolvía en «partidas revolucionarias», en montoneras unidas por la solidaridad de soldados y jefes en «unidad orgánica, por cuyas venas circulaba la misma sangre»; en montoneras unidas al pueblo con igual relación solidaria que la existente dentro de ellas: «la misma relación de cuerpo, de clase, existía entre la montonera y las masas obreras y campesinas. Las montoneras eran simplemente la parte más activa, batalladora y dinámica de las masas».

 

Conclusiones

Lo común a los pensamientos de Mao y Mariátegui es que ambos son productos teóricos del mismo proceso histórico general de colonización-descolonización; asimismo, las diferencias entre los dos sistemas de pensamiento se explican por el hecho de ser ambos el resultado de distintos momentos de ese mismo proceso histórico general. Como fuera, China generó en Mariátegui tanta expectativa y el acontecer diario de la comunidad tusan en nuestro país alcanzó tal protagonismo que difícilmente podamos dejar de hacer un paralelo entre dos sociedades estructuralmente parecidas.



Notas:

[1] La base del presente texto es una ponencia que presenté en el «Simposio Internacional José Carlos Mariátegui vive entre nosotros»,  Lima, del 12 al 14 de junio, en el 2014.

[2] Periodista, escritor, docente universitario. Ha publicado ¡¿Hasta cuándo?! La prensa peruana en el fin del fujimorato (2001), Retablos de Ayacucho: testimonio de violencia (2002), Felipe de los pobres: vida y obra en tiempos de luchas y cambios sociales (2007), José Carlos Mariátegui y la música de su tiempo (2008), El Cóndor Pasa: mandato y obediencia. Análisis político y social de una zarzuela (2011), José María Arguedas y Lima: 1911-1938 (2012). Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Referencias bibliográficas:

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LAUSENT-HERRERA, Isabelle. 2011. The Chinatown in Peru and the Changing Peruvian Chinese Community(ies). Journal of Chinese Overseas 7: 69-113.

LUJÁN LOZA, José. 2012. Una ventana al pasado. En: La Voz de Ica.

MARIÁTEGUI, José Carlos. Figuras y aspectos de la vida mundial III. Obras completas de José Carlos Mariátegui. Partido Comunista del Perú-Patria Roja.

_____. 1983. Figuras y aspectos de la vida mundial III. Obras completas de José Carlos Mariátegui. Editorial Amauta. Lima.

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MARX, Karl; Engel, Friedrich. 2004. Manifiesto del Partido Comunista. Edición electrónica. Buenos Aires.

NAVARRO GARCÍA, Jesús Raúl. 1999. Literatura y pensamiento en América Latina. Escuela de estudios hispano-americanos. Consejo superior de investigaciones científicas. Andalucía.

TSE-TUNG, Mao. 1976. La Revolución China y el Partido Comunista de China. Obras Escogidas de Mao Tse-Tung. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín.

_____. 1976. El papel del Partido Comunista de China en la guerra nacional. Obras Escogidas de Mao Tse-Tung. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín.

 

Cómo citar este artículo:

TOLEDO BRÜCKMANN, Ernesto, (2014) “Mariátegui y sus referencias sobre China: entre chifas, Kuomintang y violencia revolucionaria”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 21, octubre-diciembre, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 11 de Diciembre de 2018.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1033&catid=4

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