Pacarina del Sur
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Entrevista a Miguel Arribasplata
La lucha armada en el Perú a través de La niña de nuestros ojos

Miguel Arribasplata nació en el distrito de San Pablo, Cajamarca en 1951, cuenta con un Magíster en Ciencias de la Educación, con mención en Lengua y Literatura, por la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, de La Cantuta. Lima, Perú. Ha obtenido el Primer Premio en el concurso de cuento breve convocado por el diario La Crónica (1985) y el Primer premio en el concurso de cuento Francisco Izquierdo Ríos convocado por la Asociación Nacional de Escritores y Artistas. ANEA (1987). Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: Lucía y otros cuentos (2000), Bajada de reyes (2001) y Julián Huanay y la literatura proletaria en el Perú (2007).

Palabras clave: Arribasplata, Perú

 

La guerra interna que se vivió en el Perú, desde 1980 al año 2000, no solamente conmocionó a toda la sociedad peruana, sino que también impactó en el quehacer de los científicos sociales y en los creadores artísticos y literarios.

Fueron 20 años violentos y traumáticos que se sintió en gran parte del país, y que se inició en mayo de 1980, cuando el Partido Comunista Peruano por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui (PCP-SL), acordó iniciar la lucha armada en las serranías de Ayacucho, se propuso cercar la ciudad capital, asaltar y tomar el poder, y luego construir una “República de Nueva Democracia”. En 1984, la situación se intensifica cuando el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) inicia su propia acción subversiva contra el Estado desde las provincias amazónicas.

Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003), este enfrentamiento entre los grupos alzados en armas y las fuerzas contrasubversivas del Estado, produjo un saldo de más de 70 mil víctimas de la violencia, la mayoría eran pobladores campesinos andinos, analfabetos y quechua hablantes que vivían en una notoria situación de pobreza y exclusión social, y que sobrevivieron “atrapados entre dos fuegos”.

Algunos de los actuales narradores han incorporado la temática de la violencia política, específicamente el conflicto armado, en el discurso de sus creaciones, dando fe de su condición de testigos de su tiempo histórico y de su clase social. La narrativa que nos ofrece una perspectiva burguesa de la guerra son las novelas de Mario Vargas Llosa (n. 1936): La historia de Mayta (1984) y Lituma en los Andes (1993); algunos cuentos de Alonso Cueto (n. 1954) incluidos en Pálido cielo (1998) y su novela La hora azul (2005). En la narrativa de orientación popular destacan las novelas de Félix Huamán Cabrera (n.1943) Noche de relámpagos (2001) y Qantu flor y tormenta (2006). En algunos cuentos de Dante Castro (n. 1959) que se incluyen en Otorongo y otros cuentos (1986), Parte de combate (1991), Tierra de pishtacos (1992) y Cuando hablan los muertos (1998). Finalmente, la novela Rosa Cuchillo (1997) de Oscar Colchado (n. 1947). Aún la investigación literaria nos debe una evaluación crítica sobre esta producción narrativa que se gestó en esta etapa crucial de nuestra historia.

Una de las pocas novelas que narra la guerra interna de manera directa, descarnada y que se ha convertido rápidamente en motivo de conversación y reflexión en los ámbitos literarios y académicos, es La niña de nuestros ojos de Miguel Arribasplata Cabanillas (n. 1951), editada a inicios del 2010, por el Grupo Editorial Arteidea, y que consta de 207 páginas.

El título de la novela alude a la denominación que los líderes del PCP-SL, tomado de una cita de Lenin, le atribuían al partido como “la niña de nuestros ojos”, por el celo y lealtad que deberían tener los militantes.


La novela tiene como portada un bello óleo de Josué Sánchez (n. 1945), cuya producción expresa una temática que resemantiza los signos del indigenismo andino. Sus pinturas pertenecen al denominado arte popular de estilo naif, se caracterizan porque no trabaja la tridimensionalidad del claro obscuro, del efecto visual que crea el volumen. Sus personajes y situaciones son figuras planas aunque con mucho colorido, que están ubicados principalmente en escenarios rurales, transmitiéndonos la mitología, cosmovisión, tradición y costumbres propios del hombre andino.

Miguel Arribasplata nació en el distrito de San Pablo, Cajamarca (sierra norte del Perú), es

Magíster en Ciencias de la Educación, con mención en Lengua y Literatura, por la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle. La Cantuta. Lima, Perú. Se desempeña como docente universitario. Su producción literaria está conformada por las siguientes novelas: Tierra sin cosecha (1978), Los tres estamentos (1986), Obdulia de los alisos (1989), Bajada de reyes (2001). Sus libros de cuentos: Tandal (1982), Sacramento Chanducas (1987), Lucía y otros cuentos (2000). Y su ensayo Julián Huanay y la literatura proletaria en el Perú (2007). Ha obtenido el Primer Premio en el concurso de cuento breve convocado por el diario La Crónica (1985) y el Primer premio en el concurso de cuento Francisco Izquierdo Ríos convocado por la Asociación Nacional de Escritores y Artistas. ANEA (1987).

PACARINA DEL SUR llegó hasta el autor y sostuvo una grata conversación.

 

PACARINA DEL SUR (PS): El tema de la violencia como leit motiv en tu narrativa no es nuevo, de alguna manera está presente en tus anteriores libros de ficción.

MIGUEL ARRIBASPLATA (MA): Tengo publicado cinco novelas: Agosto todo el año, Tierra sin cosecha, Los tres estamentos, Obdulia de los Alisos, Bajada de reyes y un libro de relatos Tandal. Las novelas Agosto todo el año, Los tres estamentos y Bajada de reyes, tienen como temática la vida universitaria, con sus relaciones con la política y la lucha ideológica de los jóvenes estudiantes de las décadas del 70 y del 90 del siglo pasado; Obdulia de los Alisos es el monólogo de una mujer pobre del pueblo de San Pablo, Cajamarca, a través del cual se enfoca la vida y los avatares de los habitantes; todo ello haciendo uso de consejas, dichos y refranes populares y de un tema satírico o pleno de humor.

 

PS: ¿Hasta qué punto nuestros grandes íconos literarios te han impactado como lector y narrador?

MA: En realidad, no tengo ningún  autor preferido. Cuando leí a Ciro Alegría vi que ese era el mundo de donde yo provenía y El mundo es ancho y ajeno fue una especie de aviso o premonición de la novela épica que debía hacer.

La dedicatoria de Agua, de José María Arguedas: A los comuneros de la hacienda Viseca… me conmovió bastante, porque me volvió a  mis años de infancia, a la época de arricría, de la compra de ganado al lado de mi padre, por las campañas feraces de San Pablo, donde palpé de cerca la vida en las haciendas y el trabajo azaroso de los hombres y mujeres. Más me interesaba la vida de las señoras y señoritas ordeñadoras y cocineras, con quienes conversaba al lado del fogón mientras se secaba la ropa húmeda por las intensas lluvias del camino. Será por eso que en mi obra siempre las mujeres son protagonistas.

Fue Mario Vargas Llosa y su obra lo que más me interesó leer. Desde que leí por primera vez La ciudad y los perros, no dejé de seguir la narrativa vargasllosiana. Con verdadero arrebato traté de “descubrir” la técnica y el estilo de este autor, al punto de que a veces no dormía bien pensando en sus libros. Toda mi narrativa, me  parece, es la búsqueda de un estilo, de un lenguaje dentro del lenguaje, que permita que mi escritura no sea lenta. Me desespera la morosidad, la lentitud narrativa – que el lector arroje mi libro al trasto de desechos, por lentos. Y Vargas Llosa me ha formado, por decirlo así.

También de Hemingway aprendí el manejo eficaz de los diálogos y la persistencia para escribir. Juan Rulfo me “asustó”, me instaló en mi mundo rural con todas sus vivencias. Obdulia de los Alisos fue escrita bajo el influjo rulfiano, pero socarronamente, lejos de la moda neoindigenista. Gran Sertón: Veredas, de Guimarães Rosa fue el libro que también me marcó, porque me instaló otra vez en los grandes viajes a caballo y con gran conversa, La niña de nuestros ojos tiene una deuda con el maestro brasileño.

Pero los maestros que me impactaron o ayudaron a definir la existencia literaria fueron mi padre, don Jacinto Arribasplata Díaz, señor de caminos, de infinitas conversas, de lucha social. Y Don Víctor Mazzi Trujillo, poeta autodidacta, quien templó mi vocación con mucha disciplina y lecturas.

 

PS: ¿Cuál fue la motivación o interés personal que te llevó a redactar La niña de nuestros ojos?

MA: La motivación personal, que me llevó a escribir La niña de nuestros ojos, fue ideológica, ya en mi novela Los tres estamentos enfoqué la vida política de los jóvenes estudiantes universitarios de izquierda, y me quedó el sinsabor de no poder escribir una obra de más alcance; me pareció muy encerrada esta novela. Así que cuando estalló el conflicto armado, un escritor mayor me dijo: “Se debería escribir acerca de este acontecimiento, no importa que se lo haga con ciertas carencias o impericias técnicas”. Desde 1990, me fui preparando, acopiando mentalmente información, leyendo lo que se decía y lo que no se decía acerca de la guerra.

La literatura de la Gran Guerra Patria, de Rusia, me nutrió en poco. Máximo Gorki, con los diálogos de La madre, Hemingway, en Por quién doblan las Campanas. Pero, ante todo, César Vallejo con su España aparta de mí este cáliz y su obra toda, me dieron mayores luces. La caída de Abimael Guzmán [líder del PCP - SL] fue una vuelta de tuerca para lo que iba a escribir: ahí, de modo tan patético y simple, aparecía el líder, con un dedo en la sien, sentado y rodeado de presurosas y anonadadas mujeres. A partir de ese momento me preparé mejor para escribir la novela. Aparecieron cuentos, poesía y narrativas largas: unas tremendistas, puro concierto de balas azucaradas de violencia por la violencia; otras, envueltas en mitologías inventadas o traspasadas al mundo andino; algunas, con amores frustrantes o con piedad de por medio. Y  Abril rojo (de Santiago Roncagliolo), con toda su truculencia mediática.

Nueve años pasados en la ciudad de Abancay, recorriendo sus pueblos, mi visita al archivo documental de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y otras lecturas, me motivaron para redactar la novela, gracias a mi estadía en Lima y, en especial, en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta, de donde egresé y a la que volví cargado de mundo. El reto más difícil que tuve que asumir fue convertir el discurso político en literatura, con el peligro de caer en lo panfletario; además  no hay tanta novela política como tradición literaria en el Perú, así como el desarrollo del humor. Pocas novelas peruanas  tienen sentido  del humor. Julio Ramón Ribeyro fue mi maestro del humor y del sarcasmo.

 

PS: En La niña de nuestros ojos no existen protagonistas principales, existe una suerte de protagonismo colectivo: los destacamentos de guerrilleros, las fuerzas contrasubversivas y los ronderos.

MA: No quería desarrollar una historia única, porque la contienda no tuvo un héroe distintivo que vaya hacia la culminación épica con la toma del poder, como sucedió en Rusia, China o Cuba. Además, desde Obdulia de los Alisos y Bajada de reyes, ese es, por decirlo así, mi estilo narrativo.

 

PS: Un aspecto que es interesante en la novela es la incorporación, en el relato, de  poemas, canciones, ...

MA: Los poemas los incorporé de modo soterrado, aprendiendo de lo que hace Gabriel García Márquez. Las canciones populares las puse no considerando tópicos almibarados o composiciones de autores oficiales o consagrados, sino midiendo los gustos y preferencias del público mayor: el pueblo. Algunos narradores se avergüenzan de poner canciones populares muy festivas o que recojan la idiosincrasia del pueblo.

 

PS: Otro aspecto a destacar es el uso de la llamada técnica cinematográfica en la narración, es decir La niña de nuestros ojos no es una historia lineal, el discurso narrativo está fragmentado en hechos pasados o simultáneos.

MA: El discurso narrativo está fragmentado porque así me siento cómodo para narrar más hechos o sucesos, para no demorar con las descripciones. Además, porque me procura un gran placer a la hora de narrar más hechos o sucesos, para no demorar con las descripciones. Gozo mucho cuando escribo con la técnica del rompimiento del tiempo y del espacio; es el único momento en que descanso narrando. A las descripciones un tanto largas sólo acudo cuando quiero seguir a Ciro Alegría en Su Serpiente de oro, o a José María Arguedas, en Yawar Fiesta o Los ríos profundos.


PS: En la historia aludes a hechos que sucedieron en la realidad y que han marcado en la memoria de la sociedad: la matanza de Barrios Altos, el asesinato a María Elena Moyano, etc.

MA: Pueda ser que sí, pero esos hechos acaecieron no solamente en Lima sino en todos los lugares del conflicto.

 

PS: ¿Admites que el narrador omnisciente toma partido o se identifica con uno de los protagonistas colectivos antagónicos de la novela?

MA: Si bien es cierto que hay un narrador omnisciente, este se vuelve o trata de ser impersonal. Lo tomé de Gustavo Flaubert. No me compadezco de nadie, ni trato de ser parcial: los acontecimientos y las situaciones se dan, claro está que hay una visión personal o conceptual que subyace en la novela; pero, retomando un título de Carlos Eduardo Zavaleta: Pálido, pero sereno, sigo narrando y describiendo.

 

PS: La niña de nuestros ojos no posee una estructura novelesca similar a la novela clásica burguesa (inicio, desarrollo, nudo, clímax y desenlace), la historia está conformada por una sucesión de acontecimientos que viven los destacamentos guerrilleros y las fuerzas contrasubversivas, como si fuera una crónica periodística.

MA: Crónica periodística, lente sociológico, poesía, fiesta de la palabra, discurso político, costumbres, neoindigenismo, western social, polifonía de voces etc. Pero, ante todo, novela, es lo que busqué hacer. ¿Cuánto lo logré?… queda a criterio del lector.

 

PS: ¿Hasta qué punto tu producción novelesca tiene una deuda literaria con Alegría, Arguedas, Scorza y Gutiérrez?

MA: Mi deuda es con mi padre y con Víctor Mazzi, Alegría, Arguedas, Rulfo, Guimaraes Rosa,  Faulkner y Mario Vargas Llosa.

 

PS: ¿Qué opinión te merece la literatura peruana actual?

MA: La posmodernidad hace publicar cualquier narrativa que tiene desencuentros con el Perú y sus baguazos [violenta represión del gobierno de Alan García contra las poblaciones amazónicas que defendían sus territorios de la voracidad depredadora de las empresas transnacionales mineras, petroleras, madereras y gasíferas, ocurrida en la ciudad de Bagua en abril del 2009].

 

PS: ¿Cuáles son tus futuros proyectos literarios?

MA: Descansar de los tres años y medio de escritura “feroz”, que la novela me trajo. Pasear con mi esposa Evelyn y mis hijos Alondra y Miguel por el Perú andino, para escribir relatos o una novela con personajes femeninos como protagonistas. Releer a Proust y a Thomas Mann.

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