Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

El exiliado boliviano Tristán Marof: tejiendo redes, identidades y claves de autoctonía política[1]

Gustavo Navarro o mejor dicho Tristán Marof, es la figura mayor de la emergente intelectualidad socialista boliviana de la segunda mitad del siglo XX. Su ideal americanista lo cribó en su juventud a través de sus viajes a Chile y Argentina así como a través de su residencia diplomática en Europa. Tras un apasionado retorno a su tierra en aras de un proyecto socialista radical, sufrió cárcel y destierro. En su condición de desterrado itinerante en Cuba, México, Estados Unidos, Brasil, Argentina y Uruguay, resintió la tensión existente entre sus desarraigos y compromisos con sus pares de los países refugio que lo cobijaron temporalmente y sus nostalgias, pasiones y lealtades para con su pueblo y tierra natal.

Palabras clave: socialismo, exilio, Revolución mexicana, Bolivia

 

A la memoria de Mario Miranda Pacheco, maestro, colega, amigo.

 

Presentar a Tristán Marof, o como dicta su acta de nacimiento en Bolivia, a Gustavo Adolfo Navarro (1898-1979), no resulta fácil. Se trata de un personaje latinoamericano casi novelesco, que exige a esta primera aproximación sortear muchos riesgos: dispersión de fuentes, olvidos y exclusiones. En 1928, José Carlos Mariátegui lo filió como un “Don Quijote de la política y la literatura americanas”.[2] En otro momento, un historiador boliviano lo ha llamado “escritor andariego, revolucionario de pensamiento y hombre de batalla”.[3]

Marof, en el contexto boliviano, sigue siendo un personaje controvertido, tanto por sus ensayos como por su quehacer político. Para algunos  bolivianos, el último viraje político conservador de nuestro personaje, lo dejó fuera de la historia de las izquierdas. Sin embargo, en los últimos años, hay un renovado interés por estudiarlo de parte de los historiadores,  dentro y fuera del país. Andrei Schelchkov (1988) nos brinda algunos datos relevantes sobre las accidentadas relaciones de la Internacional Comunista con Marof, basados en fuentes soviéticas.[4] De las dos historias del marxismo latinoamericano,[5] la primera le dedica unas líneas, la segunda, lo ignora. Guadarrama consideró relevantes los estudios de Marof sobre Bolivia, particularmente los referidos a la cuestión indígena, subrayando su acercamiento a Mariátegui y su filiación trotskista. La historia del pensamiento latinoamericano de Devés (2000) ubicó al joven Marof en la izquierda arielista latinoamericana que se distanció de Rodó, para poco después proponer una revolución social en el continente, inspirada en la sociedad incaica. En México sólo ha merecido una mención, y los estudios sobre el exilio todavía no le han prestado la debida atención.[6] Carlos Monsiváis, al descubrir la cuota de homofobia que reinaba en un pequeño apartado de su libro México de frente y de perfil (1934), caricaturizó y descalificó a la obra y al autor. En realidad, nosotros consideramos que este libro de Marof puede ser apreciado de otros modos, sin hacerle concesiones a algunos de sus excesos y prejuicios.

Nos interesa realizar dos acercamientos a nuestro personaje: sobre su vida y su obra, privilegiando los primeros años de sus multiplicados exilios, con especial énfasis a su estancia en México. En primer lugar, exploraremos las redes intelectuales y políticas de Marof. Igualmente, pondremos atención en algunos campos de simbolización de la identidad, la historia y la política a través de sus escritos, con especial referencia a cuatro de sus libros: El ingenuo continente americano (1923) Opresión y falsa democracia… (1928), México, de frente y de perfil (1934) y La tragedia del Altiplano (1935), redactado el primero en Europa durante sus funciones itinerantes como diplomático boliviano. Los otros tres, escritos y publicados en el exilio, entre México, Estados Unidos y la Argentina. En Relatos Prohibidos, narró pasajes relevantes de sus viajes y estancias del exilio, entre ellos sus amoríos fugaces con conocidas mujeres del medio intelectual mexicano de la segunda mitad de los años veinte del siglo pasado.[7] Hemos revisado igualmente una interesante gama de artículos y algunos documentos.

El pensamiento y la acción de Marof se sitúan en el horizonte político e intelectual mexicano y latinoamericano de la primera posguerra mundial, de la cual sólo presentaremos algunas aristas. Marof fue un personaje que apareció en varias e importantes revistas y diarios latinoamericanos de los años veinte y treinta del siglo pasado. Fue una personalidad intelectual y políticamente transgresora, objeto de seguimiento por diversas Legaciones diplomáticas y organismos policiales de varios países de América Latina, Francia y los Estados Unidos. Se explica lo anterior si se considera que por esos años nuestro personaje fue un obstinado infractor de la cultura oligárquica, del autoritarismo político y del injerencismo neocolonial norteamericano. La pluma y la palabra del intelectual boliviano, más que su real acción política, marcaron su accidentado quehacer dentro y fuera de su país.

 

Renombrar la identidad

Un número significativo de escritores y políticos ha tendido a rearmar su identidad, entre el pseudónimo y el apodo.  Es el caso del boliviano  Gustavo Navarro, por lo que daremos juego a sus primeros referentes intelectuales y políticos.  Siendo muy joven se inicio en las letras publicando Los cívicos; novela política de lucha y de dolor (1919)  y Marof, en La novela de un hombre. Memorias I Marof rememora su viaje juvenil a Chile y a la Argentina.[8] Sobre Chile merecen señalarse sus impresiones sobre el mar que le fue arrebatado a su país en la Guerra del Pacifico,  en las que el desierto parece borronear la memoria familiar y la historia patria. En torno a la Argentina, Marof testimonia haberse movido dentro y fuera de las redes del paisanaje en la ciudad de Buenos Aires y dibuja con la ambivalencia del migrante intelectual pobre, los claroscuros de la ciudad y del puerto de Bahía Blanca. A su retorno a Bolivia, participó desde las filas de Partido Republicano en la rebelión de julio, colaborando con Vicente Fernández en el primer recuento de los violentos sucesos de Julio de 1920.[9] Tras una efímera junta de gobierno, subió al poder Bautista Saavedra, líder del Partido Republicano. En 1921  promovió a nuestro personaje como cónsul de Bolivia en Havre, cuando contaba apenas con 25 años de edad.[10] En París, Marof frecuentó a Henry Barbusse, el autor de El Cuchillo entre los dientes (1919), que tanto conmovió a la joven intelectualidad latinoamericana.


El boliviano fue un asiduo concurrente al café La Rotonda, frecuentado por la bohemia latinoamericana, asiática y francesa, de posturas vanguardistas e izquierdistas. Un testigo presencial afirmó haberlo visto compartiendo el mismo espacio con César Vallejo, los miembros del Kuomintang, un pintor australiano, el poeta Vicente Huidobro, los hermanos More, la escultora Carmen Saco y Julius proveniente de Martinica.[11] Fue en ese contexto en que Gustavo Navarro opta por usar el pseudónimo de Tristán Marof con el cual rubricaría sus libros y marcaría su actividad política. Participó en la fundación de la Unión Latino Americana de Paris el 29 de julio de 1925.[12] Desde París y otras ciudades europeas, el ensayista boliviano cultivó la correspondencia y el intercambio de publicaciones con los intelectuales latinoamericanos. Gracias a ello, logró un contacto con Rafael Heliodoro Valle, el escritor hondureño radicado en la ciudad de México.[13]

Tristán Marof, como identidad intelectual construida, merece alguna reflexión en torno a su contexto cultural. No es novedad afirmar que la adopción de pseudónimos posee una larga historia en los medios intelectuales y artísticos latinoamericanos. A veces la gravitación simbólica del pseudónimo usado por el intelectual se acrecentó en los espacios públicos al ritmo del éxito de su capital letrado o artístico, tanto que llegó a opacar su nombre asentado en los registros civiles o eclesiásticos. El simbolismo de los pseudónimos oscila entre su tenor hermético y abierto, entre la necesidad de protección y el deseo lúdico.

Recordemos que en el caso de los políticos la adopción de pseudónimos ha respondido a la necesidad de contar con un paraguas protector, tanto de la seguridad personal como de la organización a la que pertenecía, y que era objeto de persecución o tenía el riesgo de ella. Todo parece indicar que esta práctica cultural en América Latina se expandió de los medios artísticos e intelectuales a los políticos. En unos y otros, los componentes simbólicos de los pseudónimos adoptados no siempre fueron conscientes.

En los años veinte, el uso mutante del pseudónimo se había enraizado en las vanguardias artísticas y de las izquierdas. Las segundas, en su mayoría vivieron fuera de la ley. Por tal razón, a nuestros historiadores les resulta muy difícil develar una misma identidad detrás del escudo de cinco o seis de sus expresiones. En realidad, nos quedamos cortos si recordamos a Julio César Gómez, el gran representante del simbolismo brasileño, quien usó ocho pseudónimos, siete literarios y uno para sus andanzas extraliterarias y hedonistas.

A partir del siglo de las luces hubo consideraciones estéticas, esotéricas y de simbólica mutación de género en las elecciones de pseudónimos entre los artistas y escritores. Sin embargo, en las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, el uso dominante del pseudónimo tuvo por finalidad principal sortear la censura y/o evadir la identificación por parte de las fuerzas de seguridad de las autoritarias oligarquías latinoamericanas. En esos años no existían muchos márgenes para el libre pensamiento o la disidencia política, mucho menos para las ideas o actividades consideradas revolucionarias, realizadas no solamente por anarquistas y comunistas.

No fue casual que el México revolucionario y posrevolucionario se convirtiese en un país receptor de muchos exiliados latinoamericanos de distinto sino ideológico: liberales, anarquistas, socialistas, comunistas, también de no pocos representantes de la variopinta derecha. Y en México siguieron optando por los pseudónimos. Así, un amigo de Marof, el cubano Julio Antonio Mella, tuvo entre uno de sus pseudónimos más preciados al de Cuauhtémoc Zapata. Esta construcción simbólica permitió conjugar las figuras de Cuauhtémoc y de Emiliano Zapata, dos conocidos héroes culturales en uno. Identidad fuerte de un caribeño que asumió a México a su manera. Además, tal elección resultaba comprensible dentro las izquierdas impactadas por la primavera simbólica que supo nutrir y publicitar el nacionalismo cultural durante el periodo obregonista.

En el caso del boliviano Tristán Marof, no fue tan simple la conjugación de dos personajes, presumiblemente extraídos del mundo mitológico y novelesco europeo. En los años que siguieron a la primera pos guerra mundial, la figura mítica y oscura de Tristán el guerrero, que había recuperado y popularizado el músico alemán Richard Wagner (1813-1883), no era ajena al mundo intelectual. Las filias anarquistas de Wagner no podían ser desdeñadas en la recepción de su obra. La versión que nos ha legado el propio Gustavo Adolfo Navarro ubica un lugar y un tiempo para la adopción de su preciado pseudónimo, de su identidad rebelde: París en 1921. Por esas fechas, nuestro intelectual se desempeñaba como cónsul de Bolivia en Francia y enfrentaba un dilema: firmar o no firmar con su nombre propio el libro El ingenuo continente americano (1923). Finalmente se decidió por el pseudónimo de Tristán Marof Navarro. Evocando dicho episodio de su vida dijo que primero quiso:

…hacerlo, naturalmente, con el nombre de “Iván”, pero un amigo español que tenía, Darius Forti, me sugirió que adoptara el nombre de Tristán Marof. Acepté la sugestión y le di el apellido de Marof, que ni siquiera es ruso, sino búlgaro.[14]

Los componentes del pseudónimo sugieren un juego de equivalencias gracias a dos asociaciones posibles en su contexto cultural. Así, el sentido transgresor y rebelde que hicieron converger los nombres de Iván y Tristán dieron juego a una condensación particular, una nueva identidad con nombre y apellido. El énfasis que puso Gustavo Navarro para aclarar que Marof era un apellido búlgaro y no ruso dice sobre el campo cultural de la recepción; recordemos que sólo se aclara lo que tiende comúnmente a ser interpretado de un modo equívoco o diferente al sentido elegido. Efectivamente, muchos de los que reseñaron la obra de Marof en América Latina filiaron a Marof como símbolo bolchevique, era el modo comprensible de significar lo ruso tras la temida y conmovedora Revolución de 1917 y la exportación de su ejemplo vía la Internacional Comunista (1919). Uno de los más rigurosos críticos de nuestro protagonista sostuvo que su pseudónimo “revela su rusofilia”,[15] cayendo en un anacronismo. Las simpatías de Marof por la Unión Soviética y su cultura, son posteriores a la elección de su pseudónimo, y como ya se dijo, nada tienen que ver con él, salvo las alucinaciones culturales de la fonética.

En lo general, la rusificación de los pseudónimos se popularizó entre la intelectualidad como una máscara transgresora. Así el poeta peruano Oscar  Bolaños, se asumió como Julián Petrovick o Petrovich.[16] En 1926 un escritor boliviano se hacía llamar Iván Petrov, según reza la dedicatoria del libro El derecho de matar, escrito por Magda Portal y Serafín del Mar, una pareja de exiliados peruanos.[17] Incluso los nombres rusos pudieron convertirse por esos años en apodos burlescos. Así Elías Castelnuovo, un conocido escritor anarcomunista uruguayo radicado en Buenos Aires, fue convertido por sus adversarios de la revista Martín Fierro, que animaba Jorge Luis Borges, en Fedor Elieff Castelnuoff, aquel que “chamuya en ruso con algunos gatos”.[18] Lo que tratamos de subrayar es que este campo de los pseudónimos estaba enraizado y legitimado en los medios artísticos, intelectuales y políticos, independientemente de la mirada controlista del poder.

La recepción mexicana de los pseudónimos de nuestros exiliados de izquierda no contrariaba los modos de expresión discursivos de la cultura política del callismo. Dejemos al boliviano pintar la retórica política clasemediera:

Debo advertir que en México durante los gobiernos de Obregón y Calles se abusó demasiado de la fraseología revolucionaria. Todos se decían izquierdistas en 1927, y la frase era oficial.[19]

Navarro persistiría en presentarse como Tristán Marof en los medios intelectuales y políticos, aunque su real nombre fuera objeto de conocimiento de las autoridades y de varios de sus coetáneos. Lo anterior nos lleva a una fundada constatación que marcha a contra corriente de lo que muchos lectores creen, en el sentido de que el pseudónimo oculta identidad. El pseudónimo, como sucedió con este personaje, recreó simbólicamente su identidad. Por eso Tristán Marof fue más conocido que Gustavo Navarro y aún que el “viejo soldado”, apodo con el que lo bautizaron sus camaradas argentinos en los años treinta.[20]

 

Indianofilia socialista

Tristán Marof descubrió otros horizontes intelectuales y políticos fuera de su país, que incidieron sobre sus controversiales lecturas sobre la historia y problemática contemporánea de América Latina y de Bolivia. En su caso, la experiencia del viaje, asociada al conocimiento y a la actividad periodística y política, lo acompañó durante buena parte de su accidenta vida. Las señas de vida y las redes de nuestro personaje en Argentina, Cuba, Estados Unidos, Francia, México y Panamá, por citar las más conocidas estancias de sus exilios sucesivos, complicaron su reconstrucción.

Si bien la pasión de nuestro intelectual por refundar Bolivia bajo ideales renovadores  tuvo un antecedente precoz en su librito Renacimiento Altoperuano (1917)[21], fue asumiendo contornos más radicales durante su periplo europeo y latinoamericano.  Podemos encontrar en los primeros libros de Marof, más allá de matices y variantes, una defensa del potencial político, laboral y cultural de los  indígenas. En El ingenuo Continente Americano (1923) se pronunció a favor del comunismo en la región, tomando como antecedente las tradiciones indígenas:

En la América, pues, y sobre todo en Bolivia, debemos tomar como dogma político el comunismo, por otra parte sería una novedad. No haríamos sino revivir el sistema incaico que duró tantos siglos. Pero el sistema incaico es la historia del comunismo primitivo. Vayamos al  comunismo científico y heroicamente trabajador y fraternal.[22]

La nueva república obrera que proponía el ensayista boliviano, estaría fundada en la estatización de las tierras y las minas, confiriéndoles a los indígenas un papel protagónico en la medida en que se fueran instruyendo:

Ningún elemento más honrado, más valioso, tiene Bolivia, que sus trabajadores indios. Ellos son los que, con su esfuerzo paciente y sencillo, mantienen la existencia de la nación: los que trabajan las minas, y los que siembran los campos. Que muera ya esa creencia errónea, tonta, de que el indio es un esclavo y una buena bestia. Es de todo punto indispensable buscar a estos ciudadanos tranquilos y nobles, que ‘nada piden y dan todo’, en sus campos, y enseñarles a leer y a pensar […].

Un sólo ideal debe hacerse ley: la República Obrera de todos los bolivianos. Que el que no trabaje sea excluido de la comunidad y execrado, como en tiempos de los Incas. [23]

La defensa que hizo Marof de la salida al Mar de Bolivia en Europa lo llevó a librar varias lides con sus pares diplomáticos chilenos y merece ser recuperada ya que iba más allá de los lineamientos wilsonistas del gobierno de Saavedra.

En La Justicia del Inca (1926) se reafirmaron sus ideas centrales. Marof no auspició una vuelta al Incanato, lo que buscaba era conferirle una clave de autoctonía y legitimidad al proyecto comunista. En 1927 exaltó el potencial revolucionario y la asociación de dos sujetos, los jóvenes universitarios insuflados por las banderas de la Reforma (1918) y los indígenas, a pesar de la opresión y la ignorancia que padecían. De los primeros dirá en una conferencia dictada en la Universidad de La Paz:

Sólo el grupo de fanáticos y de amantes del pueblo puede liquidar esta ignorancia. A los universitarios les está encomendada la obra. El primer paso a dar es la reforma universitaria.

Sólo una juventud esencialmente revolucionaria y apasionada de las ideas nuevas, puede levantar a las masas y sacarlas de su oscurantismo y de su esclavitud. [24]

Marof, a su arribo a México, inició su ciclo de seis conferencias en la Universidad Nacional[25] con un discurso indianista que iba a contracorriente de la hegemónica mestizofilia en los medios intelectuales, aunque sin caer en la utopía neo inca. Dijo:

Y si venimos a hablar a México de nuestros asuntos y de nuestras cosas, es porque sabemos que aquí existe una visión global del Continente, y que la revolución Mexicana es el preludio de revoluciones que tendrán que realizarse en todos los pueblos oprimidos de la raza indígena.

Si el indio hubiera borrado de su mente milenaria ese precepto Inca: “respeta a la autoridad”, hoy sería libre —ya habría sido— y tendríamos Quichuas de Bolivia que se diesen un abrazo con los aztecas de México.[26]

El socialista boliviano precisó quiénes eran los sujetos revolucionarios, articulando referentes clasistas y étnicos, ideológicos e histórico-culturales. El pensamiento indianista de Marof tras su encuentro con Mariátegui y sus ligas con la revista Amauta merece un análisis más puntual, se volvió más incluyente frente a los criollos y mestizos. Coincidió con los socialistas ecuatorianos y peruanos de que las milenarias tradiciones de cooperación comunitaria en los andes siendo comunistas, le conferían a los indígenas, previa campaña de instrucción política en el socialismo revolucionario, un perfil envidiable:

El minero y el indio son los verdaderamente proletarios de Bolivia, y ambas clases desean ardientemente la revolución que logre su bienestar económico. [. . .] De la campiña verde y soleada de Cochabamba se extiende a los Departamentos de Chuquisaca, Potosí y parte de Oruro. Estos quichuas constituyen una de las razas del imperio de Tahuantisuyo. Comunistas por esencia, forman grandes “ayllus” con una organización económica perfecta, que han arrancado la admiración de Montaigne, Humboldt y del mismo Voltaire.[27]


¿Por qué diferenciar dentro del proletariado boliviano al minero y al indio? Da la impresión que Marof en este caso, usa el término indio como sinónimo de campesino del ayllu. Esta visión sobre la excepcionalidad del indio proletario para el trabajo se mantiene en su libro La Tragedia del Altiplano (1935), mezclada con los elementos propios del orientalismo comunista:

Consideramos que el indio civilizado es uno de los mejores obreros, el más paciente y laborioso, de cualidades inagotables de observación, muy próximo al chino y al japonés. De una tenacidad admirable, de una fortaleza y sobriedad ejemplares. [28]

Queremos destacar que, entre los años que nos ocupan, el prolongado exilio incentivó en Marof la configuración de dos peculiares campos de representación sobre la patria ausente: por un lado, la mitologización de la sociedad prehispánica, y por el otro, su indianofilia, gradualmente filtrada por su adhesión al socialismo marxista, pasando por el entorno procominternista, entre el bujarinismo y el estalinismo, rompiendo con este último al adherirse al trotskismo. La indianofilia de Marof sobrevivió incólume a sus propios virajes políticos. Igualmente, su postura frente a los criollos y mestizos siguió siendo dura, aunque matizó sus lecturas en la medida en que fue cargándola de referentes clasistas caros al marxismo.

El ensayista boliviano, a principios de los años treinta, refiriéndose a los pueblos originarios de México y Bolivia, que antes de la llegada de los españoles cumplieron una positiva misión civilizadora dentro de su concepción lineal de la historia cultural, dice:

Los quichuas y los aztecas formaban imperios enormes, tenían leyes, conocían el arte, y su afán civilizador se extendía hasta las tribus atrasadas y bárbaras que vivían nómadas en los bosques de América. [29]

Precisó  lo que creía que eran los atributos diferenciales de los aimaras y los quechuas. Los primeros fueron definidos como guerreros y comerciantes, interesados en las artes mecánicas y las armas de fuego, mientras que los segundos fueron caracterizados por sus dotes artísticas y diplomáticas. Concluía que  unos y otros compartían una idealizada voluntad de lucha:

En las dos razas indígenas, no obstante, hay un sentimiento de clase bien definido que se exterioriza cuando estallan las insurrecciones del campo. Basta la más mínima chispa para encender la campaña y convertir a los pacíficos labradores en luchadores intransigentes. El sueño que alimentan ambas razas es la reivindicación de sus tierras, y cualquiera que les hable con autoridad en ese sentido y les haga ver posibilidades inmediatas de lucha, logra sublevarlos. [30]

Pensando en su país, idealizó a la civilización quechua, a la que consideraba superior a la que trajeron los conquistadores españoles, y a la denominada boliviana por la oligarquía criolla y sus intelectuales. Esta última concentró las críticas de Marof, porque consistía en: …el fraude, el ocio, la prostitución, el burocratismo, además del alcohol y del consabido motín, fuera de esto no se notan las obras maestras…[31]

Marof se deslindó de todo proyecto restauracionista del incanato, el cual había cobrado fuerza en un sector de la intelectualidad andina como en algunos liderazgos y organizaciones indígenas:

No queremos volver al pasado indio. Lo apreciamos en su magnífica y extraordinaria organización. Sabemos cuanto hizo por la moral y la justicia. Lo admiramos sin reservas por esas leyes agrarias que garantizaban la vida del último habitante de la colectividad, por su orden y reglamentos de trabajo. [32]

 

El Partido Socialista

La recepción de las ideas cominternistas en Bolivia en los años veinte del siglo pasado puede ser reconstruida parcialmente a través de sus redes intelectuales y políticas con sus pares franceses, argentinos y peruanos. El año de 1926, en Bolivia, la izquierda se había congregado en torno a Bandera Roja, una revista intelectual asociada a la Universidad Popular y a varios sindicatos obreros. Al decir de Guillermo Lora, en dicha publicación semanal apareció por vez primera en Bolivia la influencia cominternista,[33] aunque omite hablar de la fuerte influencia aprista en su seno. El primer número de la revista salió el 8 de junio de 1926, a cargo de Carlos Mendoza Mamani, Oscar A. Cerruto, Rafael A. Reyeros, Julio M. Ordóñez y Felipe Roque Lozano. [34]

A fines de año, las ligas políticas de los editores de la revista oscilaron entre el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, con sede en Buenos Aires, y la célula de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), en La Paz, integrada por los exiliados peruanos Magda Portal y Serafín del Mar, entre otros.

Seguramente el liderazgo de Haya de la Torre entre la radicalizada juventud universitaria latinoamericana influyó favorablemente en la recepción del lanzamiento de su proyecto político indoamericano y su frente único de trabajadores manuales e intelectuales. Haya fue uno de los primeros escritores andinos en visitar Rusia, asistir como observador al V Congreso de la Internacional Comunista (1924), y publicar sus impresiones. En 1925, Haya se carteaba con el suizo Stirner, responsable de los enlaces de la Internacional Comunista con sede en Moscú. Todavía a fines de 1926, la figura de Haya parecía estar más cerca de la IC que de un proyecto distinto. Las ideas de Haya se expresaron en Bolivia, no sólo a través de la célula aprista, sino también del poeta boliviano Carlos Gómez Cornejo. Este último, en octubre de 1926 y desde las páginas de Bandera Roja, abogó por la fundación de un “Partido de trabajadores manuales e intelectuales, inspirados en propósitos concretos de justicia y mejoramiento sociales”.[35]

Por su lado, Oscar Cerruto se carteaba con José Penelón, connotado dirigente comunista argentino a cargo del Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista. Cerutto, gracias a Penelón, inició sus colaboraciones en el vocero regional cominternista La Correspondencia Sudamericana. Penelón debía impulsar el desarrollo de una sección cominternista en Bolivia, basada en la alianza obrero-campesina. La diferencia con el proyecto aprista era clara: los intelectuales, la clase media, desempeñaban un rol subsidiario. En septiembre del mismo año, el Secretariado Sudamericano había trazado la línea política a seguir en Bolivia, pensando en los adherentes de Bandera Roja, que acababa de resentir su primer golpe de parte del gobierno:

…es necesario que los obreros, campesinos y estudiantes revolucionarios de Bolivia prosigan la obra comenzada. Tienen delante de sí tareas inmediatas que realizar: la formación de un partido comunista en Bolivia y la organización de las masas obreras y campesinas. Para esta tarea deben saber aprovechar hasta la reacción que contra ellas se desencadena. Hay que tratar de hacer comprender a las masas obreras y campesinas los verdaderos propósitos de esa reacción. Hay que procurar agitarlas, hacerlas levantar su protesta por el allanamiento de Bandera Roja e inducirlas a que reclamen la libertad de los detenidos y el derecho de vida para el órgano proletario.[36]

En ese contexto, contaba el hecho de que Marof se hubiese aproximado al socialismo marxista, vía sus vínculos con Henri Barbusse, a quien frecuentó en París y con quien sostuvo correspondencia epistolar. Hay otras redes por explorar, como la iniciativa de Mariátegui de enviarle a Marof los primeros números de la revista Amauta a una dirección que tenía de Europa, pero que no le llegaron, quizás porque había ya emprendido su retorno a Bolivia. Nuestro personaje volvió a su país para fundar un Partido Socialista, el cual fue declarado proscrito antes del año de fundado y sus integrantes perseguidos, encarcelados o deportados.

El arribo de Marof coincidió con este clima, favorable para el desarrollo de proyecto político procominternista, a la que sumaron los redactores de Bandera Roja, y otros intelectuales, como Alberto Murillo, Natush Velasco, Rómulo Chumacero y Víctor E. Sanjinés. Hemos de llamar la atención que Marof, y sus afines, decidieron fundar, no un partido comunista, sino socialista, aunque simpatizante de la Internacional Comunista. La opción del Partido Socialista en  Bolivia  se situaba en un camino convergente, marcado por el Partido Socialista del Ecuador y el Partido Socialista Revolucionario de Colombia, y que un año más tarde refrendaría Mariátegui con el Partido Socialista del Perú. Adjetivar al socialismo procominternista fue explicitado en los casos de Colombia y Venezuela. El primer manifiesto partidario reivindicaba como sus guías ideológicos a Lenin, Trotsky y Chitcherin. Lo más relevante de dicho documento fueron los términos de su definición política proindianista y maximalista. Leámoslo:

…la clase indígena despierta ya admirablemente y ya alza sus puños contra sus explotadores. Este movimiento es unánime en toda la República y se hará cada día más grande, pese a la reacción conservadora y a las fuerzas que se oponen. Hemos oído hablar a oradores indígenas que por primera vez nos tienden su mano y estrechan sus ideales con nosotros. Vale, pues, decir que nuestro trabajo no ha sido en vano y que hemos tocado el corazón de la clase verdaderamente proletaria que son los indios. Luego, otra cosa que alienta, es el entusiasmo de los indígenas por alfabetizarse y fundar escuelas a su costa […]

El Partido Socialista es antiparlamentario como lo son todos los partidos máximos, del socialismo mundial. Solamente por razones de táctica y por despertar el entusiasmo de las masas, ha ido a la elección. . .[37]

El programa del Partido Socialista se condensó en una consigna inconfundible, que logró potenciar el éxito de su propaganda: “Minas al Estado, tierras al pueblo”, propuesta consignada por Marof en 1923 en su libro el Ingenuo Continente Americano. La centralidad de los indígenas como sujeto revolucionario marcó un punto de aproximación con las tesis del peruano José Carlos Mariátegui. En Bolivia y en el Perú, los indígenas conformaban el principal contingente del emergente proletariado minero y eran los principales reproductores de las tradiciones colectivistas de las comunidades rurales, llamado en su tiempo comunismo incaico o tahuantinsuyano. Tales premisas le otorgaban sustancia a la afirmación política y pasional de los socialistas bolivianos de que los indígenas “eran el verdadero corazón de la clase proletaria”. En la misma dirección Marof fundamentó el proyecto político socialista de corte estatalista sobre las minas y yacimientos petroleros, controlada por la inepta y antinacional minoría mestiza:

Las minas producen al año más de 180 millones. Producirían cinco veces más, explotadas científicamente e instalando fundiciones. El Estado sería rico y potente. Dentro de las minas estaban comprendidos los yacimientos de petróleo. Nosotros asegurábamos que riquezas volantes como son las minas deben pertenecer al Estado y no a una casta ni a un individuo. Que cuando el Estado hacía concesiones arbitrarias estafaba a la colectividad, robaba al último de los habitantes. Por otra parte no se podía contemplar impasible la triste esclavitud de dos millones y medio de indígenas, trabajadores esforzados, bajo la férula de una minoría perezosa, inepta y que, en cien años de república no ha construido ni civilizado al indio.[38]

Hemos de llamar la atención de que la fundación del Partido Socialista fuese en Sucre y no en La Paz, la capital boliviana. El hecho de que Marof fuese sucreño no basta para aclarar la relevancia del lugar fundacional del socialismo boliviano. Es posible que los primeros colectivos rojos hayan optado por mantener una relativa autonomía, sin renunciar a sus lazos solidarios. Algo de ello se puede leer entrelíneas de las palabras de Abraham Valdéz, cofundador de dicho partido, en comunicación a José Carlos Mariátegui en el Perú. Valdéz reseñó el itinerario político de Marof y las respuestas diferenciadas a su prédica hacia mayo de 1927 en las ciudades de La Paz, Sucre y Oruro:

[La] presencia de [Marof] en Bolivia fue fecunda. En La Paz, sobre bases de núcleos de vanguardia, ha organizado grupos revolucionarios. En Sucre ha fundado el Partido Socialista. Oruro, Sucre y La Paz, han escuchado conferencias sobre temas económicos y sociales. En esto, se operó en la república una fuerte resistencia obrera a una disposición gubernativa que amenazaba triplicar una gabela. No había concordancia entre este movimiento espontáneo del proletariado y las actividades de Marof. Pero, el gobierno pensó lo contrario y, sobre el imperturbable organizador, se dirigen los primeros atropellos.[39]

Lo que no podía tolerar el gobierno de Siles fue que nuestro socialista realizase actividad propagandística en Potosí, la legendaria zona minera, donde los candidatos obreros vinculados al Partido Socialista habían alcanzado una alta votación en las últimas elecciones. Quizás de esos años son los periódicos El Socialista y El Mitayo que Marof señala como impugnadores del régimen opresivo y explotador a que estaba sometido el proletariado minero.[40] Las conferencias que el líder socialista iba a dar fueron canceladas tras su detención e incomunicación. Su deportación estaba anunciada, pero se suspendió gracias a la solidaria movilización de los mineros, logrando incluso la obtención de su libertad.[41] La actividad política de los socialistas quedó bajo vigilancia; no tardaría en producirse otra oleada represiva contra ellos.

Las redes de los socialistas bolivianos habían trascendido los marcos nacionales por los intercambios epistolares y de publicaciones, pero también por los encuentros dentro y fuera del país con extranjeros de ideas antimperialistas o socialistas. Dentro de ellas, mención especial merecen las ligas entre los socialistas bolivianos y los apristas peruanos en el exilio, las cuales no deben ser subestimadas. Marof conoció a Mario Nerval y presumiblemente a los demás exiliados peruanos: Magda Portal, Serafín del Mar y Rómulo Meneses, vinculados a José Carlos Mariátegui y a Víctor Raúl Haya de la Torre. El 28 de febrero de 1927, Mariátegui le escribió una postal a Marof que radicaba en La Paz. El 15 de marzo, el boliviano le respondió al peruano resumiendo en una oración su mutua aproximación: “me he alegrado muchísimo de que coincidamos en todo”. Y refiriéndose a su quehacer político agregó: “En Bolivia, hemos tenido bastante éxito en nuestra propaganda a pesar de que estamos en el comienzo”.[42] Clarifiquemos la opción política de Marof:

El Partido Socialista de Bolivia es eminentemente revolucionario. Nuestro primer objetivo fue apuntar los ataques contra ciertos líderes socialistas, evolucionistas y nebulosos que mantenían a las masas en un sopor cataléptico, esperando la evolución, que llegaría a Bolivia el año dos mil quinientos. Sin embargo, la desproporción entre la evolución económica y la evolución social no guarda ningún sentido. [43]

El Partido Socialista de Bolivia había hecho suya una demanda de Marof que tiene una clara connotación antiimperialista. Veamos lo que propuso:

Nuestro partido tiene un lema que condensa todo su programa por el instante. “Tierras al pueblo, minas al Estado”. La fuerza vital de la nación reside en las minas. En la cuestión minera, o sea la nacionalización, es preciso ser más explicito. Siendo el subsuelo del Estado, en virtud de una ley constitucional, conviene que el Estado explote en su beneficio todas las minas existentes.[44]

Este discurso, aunado al crecimiento del Partido Socialista, motivó la reacción gubernamental alentada por el grupo empresarial minero, liderado por Patiño. Marof fue preso, pero aprovechando su traslado a otro penal, se fugó de las manos de sus custodios bolivianos, internándose a través de la selva y la cordillera de los Andes en territorio peruano. Por esas fechas, nuestro socialista ya era reconocido como una de las principales figuras de la emergente izquierda boliviana. Lo refrendan dos denuncias sobre su detención. La primera debida al principal vocero cominternista latinoamericano. Se trata de una nota solidaria e informativa con motivo de su persecución y destierro de Bolivia.[45] La segunda, desde las páginas de la revista Atuei, vocero del aprismo en Cuba, construye una presunta filiación aprista para Marof y otros dos dirigentes socialistas que nunca existió. Los vínculos de los socialistas bolivianos con los apristas se dieron dentro del marco de las prácticas solidarias y amicales:

Nuestros camaradas Oscar Cerruto, Tristán Marof y Abraham Valdéz, miembros de la sección boliviana del APRA siguen confinados en una prisión política de La Paz, por luchar contra el imperialismo yanqui, en la tierra del tirano Siles.[46]

Marof,  el 5 de agosto de 1927 le escribe a  García Monge, director de la revista Repertorio Americano de Costa Rica informándole sobre su encarcelamiento:

Le escribo desde la prisión, a la que me ha echado el gobierno reaccionario de Hernando Siles, en compañía de decenas de estudiantes y obreros. Hace más de 24 días que nos encontramos presos, incomunicados y sometidos a un régimen carcelario de rigor. No se     nos permite defendernos. Nuestro delito consiste en haber querido organizar al proletariado boliviano en una forma consciente. Se nos acusa de perseguidores, y la policía de Siles ha       inventado una chacota policiaria para caer sobre nosotros.  No hay ninguna sola prueba que  justifique nuestra prisión y hemos sido pasados a la cárcel sin orden judicial, atentatoriamente y en contra de las leyes del país.[47]

De otro lado, César Elejalde, diplomático peruano en La Paz, en informe reservado al canciller de su país, lo previene sobre la peligrosidad de Marof, con motivo de su presunta participación en un plan comunista:

En la madrugada de aquel día (14 de julio de 1927), las autoridades policiales sorprendieron una reunión de elementos conocidos por sus tendencias disociadoras y revolucionarias que encabezados por don Gustavo Navarro que escribe con el pseudónimo de Tristán Marof, tomaban sus últimas disposiciones para asesinar aquella mañana al Sr. Presidente de la República a su salida de la Legación de Francia, donde se suponía iba a encontrarse el jefe de Estado […]

Como el 6 de junio nuestras autoridades de policía descubrieron en Lima la elaboración de un complot parecido con vinculaciones internacionales, podría quizás insinuarse a la Legación del Perú en París, que indague si el movimiento abortado en La Paz tendría relación el que en había de estallar en nuestra capital…[48]

Es posible que este informe, aunado quizás a indicios o pruebas sobre la comunicación epistolar y el intercambio de publicaciones entre Mariátegui y Marof, haya puesto en alerta a las autoridades peruanas. Marof, al ingresar al Perú en calidad de asilado temporal, portaba clandestinamente una carta de Mario Nerval dirigida a Mariátegui. La urgencia de dicha comunicación orilló a Marof a mandarla por correo desde la ciudad de Arequipa. Mariátegui, en su respuesta a Nerval del 14 de marzo de 1928, le informó haberla recibido, y agregó: “Tristán Marof estuvo de paso por Lima algunas horas. Las pasamos juntos, charlando de amigos de aquí y de allá. Él y su mujer hicieron muy grato recuerdo de Ud.”.[49]

Marof, siendo una figura incómoda en el Perú, fue acosado por el gobierno para que sólo tuviese una breve permanencia en el territorio nacional. Sin embargo, en su corta estancia logró estrechar vínculos con los socialistas peruanos en Puno, Arequipa y Lima. El hostigamiento y represión del régimen de Leguía a los socialistas peruanos y extranjero no dejaba otra opción al boliviano que la de seguir viaje a país más seguro por vía marítima. Su primera escala sería Panamá, su destino era incierto.

 

Señas del exilio en México

Intentemos reconstruir la memoria del escritor y político boliviano Marof acerca de su exilio mexicano entre 1928 y 1930, apoyándonos en su libro México de frente y de perfil (1934) y algunas otras fuentes. El arribo de Marof a México constituyó un hito en su accidentado periplo como perseguido político en su país por la dictadura de turno en 1927. Marof confiesa: “No pude vivir en el Perú y tuve que emigrar a México, que por ese instante halagaba mis oídos con su revolución”.[50]

A partir de 1910, la intelectualidad radical del continente centró su atención y simpatías con el México insurrecto. La recepción idealizada de la Revolución mexicana puede ser apreciada a través de un testimonio singular, como el de Tristán Marof. Pero el camino a México tuvo sus pausas en Panamá y en Cuba.

La escala en Panamá no ha dejado huellas visibles en sus textos, sí La Habana. El boliviano dice que se vinculó a los principales directores de diarios y revistas y que colaboró como articulista o corresponsal: Conrado Walter Massaquer de Social y Carteles, Quevedo de Bohemia, Fernández de Castro del suplemento cultural del diario La Marina entre los años 1927 y 1929.[51]

El desterrado boliviano conoció a Enrique de la Osa y otros líderes del aprismo cubano que editaban la revista Atuei. Desde las páginas del vocero aprista, Marof aceptó dar su versión de los hechos que llevaron a la proscripción del Partido Socialista en su país, así como a la detención de sus líderes y militantes. Dijo Marof que el presidente Siles, temeroso del éxito propagandístico y organizativo del Partido Socialista, tramó junto con sus colaboradores una farsa para reprimirlos. Así, el 13 de julio, el gobierno denunció un “complot comunista” que consistía en asesinar al presidente e “instaurar inmediatamente un régimen soviético”. Marof replicó en su acostumbrado tono lapidario:

En ese instante nosotros no pensábamos en matar liendres y si nos preocupábamos de Hernando Siles era para escupirlo. Nuestra ideología es más vasta y los presidentes no significan otra cosa que agentes incondicionales del capitalismo para hostilizar y explotar al pueblo [. . .] Nuestra revolución de ninguna manera podía ser caudillista, sino social. Y por experiencia sabíamos que no había llegado el instante oportuno. Pero se nos encarceló y sometió inmediatamente a régimen de rigor. [52]

Nuestro personaje se embarcó desde el puerto de La Habana con destino a México el 23 de abril de 1928. Un día antes le escribió a Mariátegui, dándole una apreciación de los que consideraba lo mejor de sus amigos por formar parte de la “verdadera vanguardia” cubana: José Antonio Fernández de Castro (1897-1951), Rubén Martínez Villena (1899-1934) y el poeta José Zacarías Tallet (1893-1989),[53] esposo de Judith, hermana de Rubén.[54] Todos ellos formaban parte del Grupo Minorista y de la Liga Antiimperialista de Cuba. Hacia 1927, el Grupo Minorista se había radicalizado, según lo refrenda su pronunciamiento contra la represión a los intelectuales en Cuba, así como en otros países; particularmente fue solidario con Mariátegui y la revista Amauta. El Grupo Minorista se pronunció abiertamente contra la política injerencista de los Estados Unidos en Nicaragua.[55]

Marof, en la carta a Mariátegui que venimos comentando, le dio cuenta de la remisión de un artículo de Fernández de Castro para la revista Amauta. Igualmente le anunció que estaba por salir en el suplemento literario del Diario de la Marina un artículo dedicado a Mariátegui de su autoría. En dicha carta hay por último un indicio sobre sus ligas previas con México, al escribirle al socialista peruano que tomara en cuenta que, con motivo de su viaje, la “mejor dirección será por el momento, Revista de Revistas”.[56]

La salida del escritor boliviano de Cuba fue precipitada por los acontecimientos políticos. La represión contra los intelectuales y políticos de izquierda por parte del régimen de Machado no podía pasar desapercibida a sus ojos. El boliviano se volvió un personaje poco grato para el gobierno por sus ideas y sus vínculos izquierdistas. La denuncia de que fue objeto por el embajador chileno Bianchi por su campaña a favor de la salida al mar de Bolivia, acentuó las razones para expulsarlo de Cuba. Marof previendo esta inminente amenaza, con la ayuda del embajador mexicano Carlos Lerdo Trejo de Tejada, obtuvo una invitación de la Universidad Nacional para ir como conferencista.[57] Lerdo había sido embajador de México en Bolivia en 1924, cuando Marof ejercía funciones diplomáticas de su país en Francia, por lo que seguramente compartieron entre sí varios temas en común y una gran cuota de afinidad. Lerdo había sido promovido a principios de 1928 por los apristas cubanos a la condición de “maestro de la nueva generación indoamericana”, aunque, como lo hicieron constar, recibió la impugnación de la revista peruana La Sierra. Lerdo colaboró en Atuei, la revista del aprismo cubano, poco después de la partida de Marof a México.[58]

A los pocos días de su arribo a México, el escritor rebelde editó una proclama con el fin de ampliar y sostener el repudio al régimen represor de Siles. Su título dice de sus alcances: Al proletariado de Bolivia: obreros, intelectuales, militares, universitarios y campesinos.[59] Llama la atención que los indígenas fueran convertidos en campesinos, independientemente de que en el contenido de su proclama el perfil revolucionario del indígena siguiese presente. El intelectual boliviano no desaprovechó oportunidad para tejer sus redes, abrirse espacios periodísticos dentro y fuera de México y sobre todo, para denunciar lo que acontecía en Bolivia, al mismo tiempo que reivindicaba una versión más acerada de su radicalismo socialista a favor de los obreros y campesinos.

Marof al parecer no descuidó la atención epistolar de sus vínculos bolivianos, latinoamericanos y europeos. Las cartas que recibió de Barbusse se las mostró en algún momento de 1929 a Ezequiel Padilla.[60] De otro lado, la relación epistolar de Marof con Mariátegui da cuenta parcial de las importantes redes intelectuales y políticas en que estaban insertos y cultivaban. A tres meses de estar viviendo en la capital mexicana, el exiliado andino le ratificó su promesa de colaborar activamente y trabajar en la ampliación de la red de colaboradores de la revista Amauta:

Con el mayor gusto escribiré para su revista y le conseguiré colaboraciones de valía. Voy a hablarles a los señores Bohórquez, Molina Enríquez, Diego Rivera y otros. Estoy seguro que escribirán para Amauta y le prometo enviarle inmediatamente que tenga en mi poder los manuscritos.[61]

Las redes intelectuales y políticas en que se insertó Marof tenían que ver con la Universidad Nacional y la izquierda influenciada por el PCM, particularmente la magisterial. Con motivo del ciclo de conferencias que impartió en la Universidad Nacional que le permitió arribar a México, hubo un incidente diplomático entre México y Bolivia. La cancillería mexicana desestimó puntualmente las acusaciones del Consulado de Bolivia contra Marof en defensa de la libertad académica y la pluralidad de ideas, haciendo constar que fueron avaladas por la presidencia de la República y la propia Rectoría de la Universidad.[62]

El escritor boliviano fungió como profesor de Historia de América en la Escuela Nacional Preparatoria durante su estancia en México. Al incorporarse a esta dependencia de la Universidad Nacional, se acababa de iniciar la lucha por la autonomía universitaria.[63] Más tarde fue invitado a dar clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad.[64] Las redes intelectuales de Marof fueron relativamente amplias, y se sostuvieron epistolarmente después de su expulsión de México, como por ejemplo con: Mariano Azuela (1873-1952), Mariano Silva y Aceves (1886-1937) y Renato Molina Enríquez.[65]

Marof tuvo una actividad política muy intensa a lo largo del año 1928 en diversos frentes de masas que venía impulsando el Partido Comunista de México. Participó como orador en los mítines antimperialistas organizados por la Liga Antiimperialista de las Américas,[66] así como en los convocados por ¡Manos Fuera de Nicaragua! (MAFUENIC), dentro y fuera de la capital. La visión de Marof en 1928 acerca de la lucha antiimperialista aparece bastante distante de las auspiciadas por la Unión Latino America (ULA), fundada por José Ingenieros y Alfredo Palacios en Buenos Aires, y la APRA, liderada por Haya de la Torre desde Europa:

…este fenómeno del imperialismo yanqui es mundial. No podemos luchar contra el, sino aliándonos a las circunstancias y fenómenos mundiales. Pensar en la fuerza única de nuestros países indomericanos en pecar de candidez y de bobería. Hablando en forma realista no existe esa fuerza en este instante; pero cristaliza dolorosamente en algunos espíritus. Nuestros pueblos son sombras de pueblos, divididos entre sí por feroces egoísmos y rivalidades provincianas.[67]

La pluma de Marof se afilaba cuando su antiimperialismo tenía que proyectarse sobre su lejana tierra y escribía sobre el dictador:

Hernando Siles o Hernando Viles, como le llamaba el pueblo, sigue dominando el país, imponiendo sus caprichos neuróticos, danzando la última danza sobre la economía política de Bolivia. Cada paso que da es para hipotecar la República a los yanquis —previo pago adelantado de comisiones jugosas— cada día, su única forma de gobierno es lanzar manifiestos “vargas-villanos” en prosa tan detestable y cursi que arranca carcajadas sonoras en el extranjero. Siles y Viles, es el prototipo de una comedia italiana. Un cuervo con aspiraciones de tenor; una lechuza con pretensiones de águila.[68]


En Veracruz, con motivo del arribo del hermano de Sandino y del internacionalista venezolano Gustavo Machado, se realizó un mitin. Marof habló a favor de Sandino en plaza pública denunciando al imperialismo norteamericano, al lado del cubano Julio Antonio Mella, del peruano Jacobo Hurtwitz, Secretario de Mafuenic y de los mexicanos Diego Rivera, Doña Belén de Sarraga, y el ex senador Luis G. Monzón.[69]

El encuentro antiimperialista de Veracruz trajo otras consecuencias. Los delegados procedentes de Nicaragua fueron portadores de una iniciativa de Sandino, presumiblemente sugerida por el venezolano Machado: la de convocar a la primera conferencia antiimperialista del Caribe. En esa dirección, la Liga Antiimperialista de México asumió la tarea de impulsarla a través de la constitución de un Comité Latinoamericano, al que se integró Tristán Marof. Lo que no queda claro es si lo hizo a nombre de una organización denominada “Movimiento Revolucionario de Bolivia” o fue su modo de referirse a la corriente que intentaba reagrupar a los miembros del extinto Partido Socialista bajo su conducción. Marof señala que tras la crisis y represión de 1927, algunos militantes desertaron y se acomodaron bajo la dictadura de Siles. La refundación del Partido Socialista, se haría bajo nuevas condiciones y propuestas revolucionarias.

En dicho comité, Marof cumplió una función menor, según se desprende de ausencia en la directiva del mismo: Presidencia de Honor: Augusto C. Sandino, Jefe Supremo del Ejército Libertador de Nicaragua. Froylán Turcios, Director de “Ariel” y representante general en el Continente del General Sandino, Presidente: Lic. Gustavo Machado, representante del General Sandino en México y ante el C.C. “Mafuenic”, Diego Rivera: Director de El Libertador y Secretario General de la Sección Mexicano de la LADLA, Salvador de la Plaza, Secretario General del C.C. O. de la LADLA, Federico Bach. Representante de la “Liga contra el Imperialismo y por la Independencia Nacional” y del “Socorro Obrero Internacional”, Dr. Carlos León: Presidente de la “UCSAYA”, Rafael Ramos Pedrueza: Representante de la “Internacional de la Enseñanza”, Jacobo Hurtwitz. Secretario General de “Mafuenic”, Ignacio Millán: Editor de Norte (Veracruz), Scott Nearing: Secretario General de la Sección Norteamericana de la LADLA, Úrsulo Galván: Presidente de la Liga Nacional Campesina, Hernán Laborde, diputado al Congreso Mexicano y Secretario General del “Partido Ferrocarrilero Unitario, Renato Molina Enríquez, Economista, miembro del Instituto.[70]

Marof reivindicó la figura de Sandino, envolviéndola de un halo obrerista y bolivariano de la lucha antiimperialista. Afirmó que Sandino emulaba a Espartaco por luchar contra la esclavitud imperial de Nicaragua. Desde las páginas de la revista Amauta, que dirigía José Carlos Mariátegui, escribió:

Sandino no es un teórico ni un revolucionario lírico. Ni siquiera un “maestro” de esos que abundan en nuestra América y lanzan manifiestos revolucionarios periódicos. Sandino es un hombre y de los que honran nuestra estirpe. No es un militar académico, ni arrastra el cotillón, ni siquiera es un “político”. Sandino es hijo del pueblo y el amor a su pueblo lo ha convertido en general. Su mirada es de águila y sus músculos de obrero. Es un general como Espartacus. Igual que él, su humilde origen lo ennoblece. De simple mecánico se ha transformado en táctico admirable y conductor de héroes. Espartacus, fue un antiguo gladiador que puso en fuga al Pretor Claudio y a las mejores regiones romanas. A Sandino, le tiemblan los yanquis aunque no lo confiesen.[71]

Más tarde Marof conoció a Sandino en México y participó junto con él en un mitin en México; lo acompañó Gustavo Machado. La apreciación de Marof fue que Sandino no era el personaje que esperaban. Le disgustó, según su testimonio, el que el guerrillero, se hubiese dedicado a la dulce vida en México.

La presencia de Marof en las filas de la Liga Antiimperialista y en el Instituto de Investigaciones Económicas expandió sus redes intelectuales y políticas con varios latinoamericanos, particularmente se afianzó su amistad combativa con el cubano Mella. Así puede entenderse el hecho de que Julio Antonio Mella, el revolucionario cubano, lo escogiese como su padrino para un encuentro difícil con su antagonista en materia antiimperialista, Víctor Raúl Haya de la Torre, quien asistió acompañado de su amigo y correligionario Julio Cuadros Caldas, un exiliado colombiano, autor del más popular libro campesino de la época: El Catecismo Agrario, manual que orientaba los pasos a seguir para obtener la dotación de tierras ejidales. La apreciación política de Marof sobre Haya de la Torre nos revela que la ruptura no fue total, y que el encuentro Mella y Haya no fue el último. Lo prueba la siguiente reseña de un encuentro de Marof con Haya incluida en una carta dirigida a Mariátegui:

He charlado largamente con Haya antes de que parta a Guatemala. Algunos puntos de vista me agradan; tal vez estaríamos de acuerdo en todo si Haya a última hora no hubiera insistido en cierto reformismo. Esta actitud ha abierto cierta pugna entre comunistas y apristas. Desde luego una cosa lamentable en un periodo pre-revolucionario.[72]

En esa coyuntura, Marof sintió la obligación ideológica de deslindarse del aprismo desde las páginas de El Libertador.[73] El 14 de julio de 1929 le escribió a Mariátegui, informándole que el venezolano Humberto Tejera le había publicado una reseña de su libro 7 Ensayos de Interpretación de la realidad peruana.[74]

El escritor boliviano evocó a unos cuantos de sus amigos, anteponiendo sus filias de izquierdista militante:

Otro escritor revolucionario es List Arzubide, excelente amigo y honrado escritor, cuya obra han tratado de silenciarla los “reaccionarios eruditos”. [. . .] Hernán Laborde y el vate Cruz, se han distinguido en estos últimos tiempos como poetas de la Revolución mexicana. Mientras el vate Cruz ha quedado escribiendo versos de sabor popular, Laborde se ha entregado a la polìtica proletaria, luchando por los ideales comunistas. Hernán Laborde es un escritor nervioso y claro. Es el primero que rompe en México públicamente la ilusión “revolucionaria” de los generales traidores. [. . .] el sociólogo y excelente amigo Jesús S. Soto, hombre de trabajo y estudio. . .[75]

Hemos de hacer notar que la exaltación que hizo Marof de Laborde implicó un alineamiento faccional, bajo las circunstancias en que buena parte de la intelectualidad y de la dirigencia campesina rompía ataduras con el estalinismo. Menos clara fue la alusión a Jesús S. Soto (1887-?), conocido poeta y periodista que había desempeñado el cargo de gobernador interino de Guanajuato en 1923. En 1929, Soto relevó a Jesús Silva Herzog en la dirección de la Revista Mexicana de Economía, órgano del Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas, donde Marof trabajó como investigador al lado de figuras renombradas del exilio latinoamericano de aquellos años. La amistad y protección que recibió tanto de Silva Herzog como del propio Soto le permitieron dedicarse con mayor ahínco a escribir y estudiar en ese espacio excepcional del Instituto. Lo ratifica el testimonio de Marof:

Allí estaban esforzados trabajadores como el delicado escritor venezolano Humberto Tejera, exilado desde su país hace diez años; el inteligente yucateco Palomo Valencia y Manuel de la Quintana.; allí estaba el claro talento de Julio Antonio Mella, asesinado meses después en México por esbirros cubanos al servicio de Machado, el tirano de las Antillas.[76]

Ese excepcional espacio de investigación de las grandes urgencias económicas y sociales de México y del continente no tardó en ser clausurado por la administración de Portes Gil. Sin embargo, el intelectual boliviano siguió creyendo que subsistían algunas iniciativas esperanzadoras en materia de educación popular. El trabajo de Marof en la Universidad no fue afectado, no hubo freno a su intensa actividad militante, salvo los límites propios que trajo consigo el hecho de que en 1929 el Partido Comunista fue proscrito y mandado a la vida clandestina e ilegal en momentos en que había asumido la línea sectaria “de clase contra clase”, satanizando a la socialdemocracia y al populismo, así como a la pequeña burguesía y al campesinado, considerándolos vacilantes  y potencialmente traidores.

La sección mexicana de la Internacional Comunista se había escindido en tres fracciones: la estalinista de Hernán Laborde, la bujarinista de Úrsulo Galván, Fritz Bach y Esteban Pavletich, y la trotskista, liderada por el estadounidense Rosalío Negrete. Sin lugar a dudas, tales fracturas políticas complicaron las relaciones de Marof, lo que lo llevó a optar por alinearse del lado del estalinista Laborde, posición paradójica, considerando que poco más tarde se convertiría en una de las figuras promisorias del trotskismo sudamericano. En 1929, el partido Comunista de México propuso la candidatura de Marof para estudiar en la Escuela Leninista Internacional o en su defecto en la Universidad Comunista de los Trabajadores del Oriente. El boliviano además de colaborar en la Liga Antiimperialista, formó parte del Comité Nacional del Socorro Rojo.[77]

En el curso de 1929, el boliviano siguió desempeñando su labor periodística, como corresponsal y colaborador de varios periódicos y revistas fuera del país. ¿Cuánto le debía Marof a su labor como periodista de temas políticos y culturales los espacios y vínculos que tuvo en México y otros países? En lo general, podemos afirmar que mucho. Además le permitía, aún en las condiciones políticas adversas del nuevo régimen, encontrar algunos puentes con algunos intelectuales en el poder. En esta dirección nos sorprende el tenor entusiasta de la entrevista que tuvo Marof con Ezequiel Padilla (1892-1971), nuevo titular de la Secretaría de Educación Pública bajo el gobierno de Portes Gil, a partir del 1º e diciembre de 1928.[78]

En la mirada del boliviano, la obra de Vasconcelos y las promesas de Padilla quedaron hermanadas, anunciando que trascendían el escenario mexicano, proyectándose a toda la América Latina. Padilla contaba con menos de la mitad del presupuesto que tuvo Vasconcelos, y así y todo, afirmó Marof, que persistirá en la labor de fortalecer las escuelas rurales y la educación campesina. La entrevista del escritor boliviano con el abogado Padilla revela, como lo escribió en su momento, otras afinidades por los intelectuales de su tiempo: Henri Barbusse, Manuel Ugarte, José Carlos Mariátegui, Rufino Blanco Fombona y José Vasconcelos. Habló Padilla de tener programada una limpia de profesores reac-cionarios en la Universidad, en la perspectiva darle mayor impulso al proyecto de extensión, es decir, a la Universidad Popular para México y América Latina. Casi al final de la entrevista, Marof tocó el tema del destierro y del asilo. Padilla afirmó haberlo experimentado en carne propia y por ello ser solidario con los que, siendo afines ideológicamente, lo padecen en la América Latina. Marof, por su parte, expresó que sentía seguro el espacio que lo había cobijado:

México amplio regazo maternal, cobija bajos sus alas inquietas a todos los que llegan honestamente a su suelo; a todos los que la reacción echa a sus costas. México por mucho tiempo aún, será el país misterioso, de aventura y de vida, de los hombres “desde abajo”…[79]

Lo que no pudo predecir Marof es que ese México receptor de exilios ya no quería rojos, ni revolucionarios de otros países de América Latina, menos a los que intentaban o se involucraban del lado comunista o anarquista, en sus problemas internos. La militancia de Marof en la Liga Antiimperialista no fue bien vista por el gobierno de Portes Gil, máxime cuando el Partido Comunista fue proscrito y sus cuadros objeto de persecución. A la versión que dio el boliviano sobre su salida de México agregó otros elementos dignos de tomarse en cuenta:

Mezclado en la política mexicana (cosa ineludible), llegó el instante que me notificaron mi expulsión, porque no quise escribir un libro de elogio a la revolución y también porque mis artículos de corresponsal del diario Crítica de Buenos Aires disgustaron al gobierno. Una noche me tomaron preso y me quisieron fusilar. Fusilaron a varios en el patio de la policía sin proceso. Y al día siguiente como una gracia me obligaron a salir de México rumbo a Nueva York.[80]

En realidad, la detención del boliviano se debió a que como miembro del Socorro Rojo fue a visitar e interceder por los comunistas presos, acusados de un sonado aunque fallido atentado contra el presidente Ortiz Rubio. Tales circunstancias no le dejaron otro camino a Marof que la salida del país con rumbo a los Estados Unidos.[81]

En abril de 1934, Marof resumió, en la presentación de su libro, la estación mexicana de su prolongado exilio:

No fui a México,. . . a prosternarme ante generales ni a resolver mi situación personal. Evité con dignidad cualquier compromiso. Y cuando la represión descarada se dejó sentir, a pesar de que ocupaba una situación magnífica en la Universidad, no vacilé en sacrificarla y ponerme frente al gobierno de Portes Gil, taimado enterrador de la revolución.[82]

Una reseña hecha por José Vasconcelos elogia la obra de Marof sin regateos, todo lo que ataque a Calles y al callismo será dado por bueno:

Después de la serie de los libros de escritores más o menos ilustres que se alquilaron al callismo, comienza ahora la racha natural de la rectificación de la verdad por parte de escritores que se respetan a sí mismos. Y cuan distinto este México real del México de los asalariados.”[83]

Lo que omitió decir Marof es que en México, a pesar de su abierta militancia antiimperialista al lado de los comunistas, recibió apoyos gubernamentales indirectos de altos funcionarios relacionados de manera directa con él o con su primer protector mexicano, el embajador Trejo en La Habana. Lo refrenda la edición de 20 mil ejemplares de su libro Opresión y falsa democracia (1928), costeada por la Secretaría de Educación Pública e impresa en los Talleres Gráficos de la Nación. Algo de ello tuvo que ver con su incorporación al Instituto de Investigaciones Económicas, dependiente de la Secretaría de Hacienda y Comercio.

 

Saber o soñar la Revolución

El exitoso proceso revolucionario en Rusia le confirió un sentido clasista y popular al término revolución, para oponerlo a los sentidos tradicionales de cuartelazo o alzamiento caudillista, tan populares en América Latina. A partir de entonces, el término revolución tuvo sentidos encontrados en la cultura política latinoamericana, marginando y muchas veces impugnando al concepto de reforma. Así los hechos, la palabra revolución, adjetivada como social, socialista o proletaria, definió al campo de la izquierda no reformista. Sin embargo, las diversas lecturas socialistas sobre la revolución generó un abanico polisémico en el seno de la izquierda latinoamericana, fuertemente enraizados en su imaginario, en su lenguaje y en su comportamientos político.

Por extensión, las lecturas sobre la Revolución mexicana abrieron los caminos de la nativización y legitimación de sus diversos sentidos, no siempre convergentes. En lo general, reforzó la idea de que no sólo era posible una revolución de base popular, sino que podría seguir un camino propio en el continente. En ese marco fue explicable la preocupación por encontrar raíces populares de larga data, que demostrasen el potencial revolucionario de las masas indígenas en México, Bolivia y otros países de América Latina.

La revolución nacional y latinoamericana debería tener sus propios y legitimados sujetos revolucionarios, proletarios, campesinos comunitarios o indígenas. De otro lado, resultaron explícitas las preocupaciones revolucionarias emergidas de una lectura comparada. Marof iluminó lo que creía que fueron los dos costados de los experimentos ruso y mexicano. Tenía una preocupación y una pasión bolivariana por el destino de nuestro continente, pero sobre todo por el de su tierra natal.

Nuestro asilado boliviano, a pocos días de su arribo a México y en el curso de su primera conferencia dictada en la UNAM, fue abriendo un nuevo prisma para la cuestión boliviana:

Y si venimos a hablar a México de nuestros asuntos y de nuestras cosas, es porque sabemos que aquí existe una visión global del Continente, y que la revolución Mexicana es el preludio de revoluciones que tendrán que realizarse en todos los pueblos oprimidos de la raza indígena.[84]

La revolución estaba a la alza como proyecto y como ideal en el imaginario social de la primera posguerra mundial en el mundo. Sería equívoco restringir la gravitación de las ideas y las imágenes revolucionarias a su importación europea por parte de los círculos anarquistas y comunistas, cuando su proceso de recepción tuvo cierta base popular que las recreó y resignificó. Marof hablaba en plural, aunque afirmó la función paradigmática de la Revolución rusa en la tarea de anudar el papel del Estado con las intereses de las masas desposeídas. La Rusia soviética es la realidad, la vía mexicana una posibilidad marcada por los azares de la lucha revolucionaria:

En estos últimos tiempos, la idea de nacionalizar las minas, los ferrocarriles, los petróleos, se está haciendo una necesidad imperativa, como un medio de garantizar la vida proletaria y establecer una balanza de justicia. En México, se lucha ardientemente. En Rusia, la gran República socialista, es una realidad.[85]

Marof, si bien caracterizó en términos clasistas a la Revolución mexicana como pequeño burguesa con fuerte base popular, fue más allá al precisar su contenido étnico dominante. Algunos se preguntarán incluso hoy: ¿se puede filiar étnicamente un proceso político o un Estado? Rodolfo Stavenhagen ha llamado la atención sobre el monopolio que han ejercido los mestizos en México, proponiendo la categoría de Estado etnocrático, “es decir, el Estado controlado por un grupo étnico dominante”.[86] Así como Stavenhagen ha develado no hace mucho el real trasfondo del Estado nación en México, Marof apuntó en 1934 a evidenciar el tenor pequeño burgués mestizo de la Revolución. No fue difícil colegir que si el estado mexicano tenía coloración étnica, la Revolución que le dio origen debía igualmente poseerlo.

El intelectual boliviano no pudo dejar de ser muy sensible a los alineamientos étnicos y a las particulares expresiones de la politicidad mexicana. Las mestizofilias andinas seguían siendo subalternas frente al blanqueado discurso criollo, carecían, pues, del peso ideológico, político y cultural que habían logrado alcanzar en México. Marof subrayó el contenido mestizo del poder revolucionario y posrevolucionario, oponiéndolo al criollismo oligárquico representado por Porfirio Díaz.

Para nuestro conferencista, los espejos de dos de las más odiadas dictaduras iluminaron, o mejor dicho sobredimensionaron en términos propagandísticos, la figura del presidente Siles que lo había llevó a la cárcel y al destierro: “El presidente Siles no tiene otra comparación cabal sino con Díaz y Chamorro en Nicaragua”.[87]

Marof afiló su puntería contra la recurrente figura del “estado de sitio” que, tras su cuestionada legalidad, venía sirviendo para justificar todo tipo de prácticas etnocidas y antipopulares en Bolivia y los demás países de América Latina. Por lo anterior, los indígenas fueron el centro de su atención. Fijémonos en el orden en que presentó a las víctimas de la escalada represiva del régimen dictatorial de Siles en un artículo de 1928, redactado con lenguaje panfletario:

El sitio es un mal crónico en Bolivia y en todas las repúblicas sudamericanas. En Bolivia es vergonzosamente ridículo y criminal. Bajo la impunidad del “sitio”, el gobernante puede dispones del tesoro y de la vida de los ciudadanos a su antojo. Es un cómodo pretexto para cobrar venganzas, desterrar estudiantes y obreros, y masacrar desgraciados indígenas. Sobre todo, esto último es una especialización de éste tiranillo arrubiado y enfermo. Creído de que desciende de viejo tronco hispánico, el odio que profesa al humilde trabajador indio es tremendo. Y el último indio es más digno y superior que éste desgraciado, cuyas taras manifiestas están a la luz del sol, en sus manos rateras, en sus ojillos crueles, en la curva de su conciencia sinuosa, en sus carnes flojas y sádicas. Es por eso que nadie debió extrañarse cuando el tiranillo, en un instante morboso de epilepsia, ordenó fríamente el asesinato de niños de escuela el 4 de mayo de 1927. Es por eso que nadie debió sorprenderse cuando los valientes gendarmes en julio del mismo año, masacraron más de setecientos indígenas indefensos. ¡Siles, el Presidente Hernando Viles, es efectivamente un gobernante legalista![88]

Marof refrendó su aserto sobre la hegemonía étnica al analizar el sensible punto del movimiento campesino suriano desde su indiscutible líder Emiliano Zapata en el que, además de reconocer su condición de humilde caballerango y trabajador de hacienda, afirmó que era:

…la expresión genuina de la clase campesina mestiza que se rebela consciente de su condición de explotada… Sus líderes estaban impresionados más bien de un sentimentalismo generoso mezclado de religiosidad y piedad por los humildes. Traducían, por así decirlo, el mismo liberalismo con manto jesucristiano.[89]

Marof en su libro sobre México sostuvo provocadoramente que no hubo intelectuales que le dieran fisonomía a la Revolución, aunque sí los que participaron en ella al amparo de los caudillos militares. Marof valoró en las canciones populares hechura de la Revolución, al “fecundo compositor de corridos”. Escribió que los corridos son “composiciones vernáculas. . . de profunda alma popular”,realistas, crueles y sentimentales”. Es más, dijo: “confieso, sin ningún temor, que tengo mayor satisfacción oyendo cantar la Adelita o la Valentina, que escuchando recitar, por ejemplo, a la Singerman, el Beso del viejecito Urbina”.[90]

En la mirada del boliviano, los tiempos del callismo se volvieron aceleradamente deleznables a partir de la represión de 1929. Algo menos malos fueron los años del obregonismo, donde podía encontrarse al pintor Fernando Leal nutriendo sus cuadros con escenas del movimiento zapatista en Morelos. Leal, dijo Marof, impresionó con uno de sus cuadros a José Vasconcelos, quien más allá de sus prejuicios antizapatistas, lo invitó a pintar frescos en la Escuela Nacional Preparatoria.[91]

Para acentuar los términos de su ruptura con el callismo, el boliviano presentó un nuevo y envilecido escenario sobre la tierra de Zapata. Así simplificó el callismo por sus relaciones claudicantes frente a los Estados Unidos, promovidas por la pequeña burguesía mestiza en el poder. El intelectual boliviano exageró cuando escribió que:

Morrow, al igual que los grandes magnates yanquis, compró grandes haciendas en el Estado de Morelos, hasta el extremo que se hizo popular la frase para designar a este Estado. No se pronunciaba Morelos sino “Morrowelos”.[92]

Sin lugar a dudas Morrow fue una figura política de primer orden en tanto representante de los Estados Unidos. La residencia del embajador en la ciudad de Cuernavaca acrecentaba su imagen de poder en el ámbito regional. Sin embargo, resulta una exageración de Marof convertirlo en el principal terrateniente morelense.

Morrow había borrado en términos relativos las fronteras nacionales al ritmo de las debilidades de la política exterior de Plutarco Elías Calles, pero no representaba el poder omnímodo neoterrateniente dentro del estado de Morelos. Morrow, eso sí, cambió algunas prácticas políticas y culturales de la ciudad de Cuernavaca, que comprometieron a diversos educadores, intelectuales y artistas de la época. El caso más controvertido fue que Morrow financió los murales de Diego Rivera en el Palacio de Cortés, en el corazón de la ciudad de Cuernavaca. Le lectura del boliviano apuntaba a subrayar que el tiempo de la contrarrevolución se había afirmado, subvirtiendo la tierra de y obra de Zapata en escenario caciquil y de dominio imperialista norteamericano.

 

Los pintores y sus revoluciones

Un cierto diálogo y convergencia entre las vanguardias políticas y artísticas renovó la cultura política de las izquierdas populistas y socialistas durante la segunda mitad de los años veinte. La aparición de un Sindicato de Pintores que agrupaba a los más destacados muralistas comenzó a animar la recreación de las prácticas gráficas de la izquierda mexicana. Ellos potenciaron el lanzamiento ilustrado del periódico El Machete y de la revista El Libertador, además de darle vista a las portadas de folletos, libros y carteles. Es ese contexto en que se ubicó Marof, cuando todavía era inevitable la asociación entre arte y política. La sensibilidad e interés que tenía el boliviano por la pintura marcó su entorno principal en México:

Como a mi me gustó la pintura desde muy joven, el ambiente pictórico mexicano fue mi reino, hice vida común con todos los pintores, participando en sus luchas, Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Fermín Revuelta el gran paisajista, Montenegro, el Dr. Artl y la mayoría me llevaron a sus talleres y me dispensaron estimación. Fernando Leal fue uno de los que simpatizó conmigo y me fue útil. Nadie sabía como él la historia de la pintura mexicana [. . .] Me hizo un retrato que más tarde fue llevado a Nueva York y exhibido en una de sus exposiciones de pintura. Figura también en el libro Arte Moderno de México. . .[93]

Marof en su libro México de frente y de perfil pasó revista a sus filias y fobias frente a los intelectuales y artistas mexicanos. Privilegió a los maestros y misioneros culturales, continuó con los pintores, para cerrar con su arbitraria tipología de escritores. Entre 1929 y 1930, Marof fue influenciado por la línea cominternista de “clase contra clase”, que, entre otros excesos, descalificó con frecuencia a la pequeña burguesía intelectual. De todos ellos presentaremos algunas de sus apreciaciones sobre “los pintores revolucionarios”.

Marof reactualizó su punto de vista sobre el arte y la política a partir del ejemplo mexicano. Hablar del artista comprometido no era una novedad para quien había vivido en los medios intelectuales parisinos. Marof debía hablar del pasadismo pictórico de esa corriente artística, que la Revolución mexicana venía dejando atrás rápidamente. Así recusó la práctica pictórica del Porfiriato, dada su subalternidad frente a las corrientes hegemónicas europeas, principalmente francesas. En contraste con lo anterior, nuestro exiliado celebró el advenimiento de un nuevo arte, por revolucionario y portador de una fascinante clave de autoctonía cultural y popular. Son relevantes las señas que registró Marof de ese clima de agitación y rebeldía que trajo consigo la caída del Porfiriato:

Al iniciarse la revolución de Madero un grupo de estudiantes comenzaron a rebelarse contra sus maestros. Hasta le dieron de huevazos al director de la Academia (Rivas Mercado). En ese grupo rebelde se podía notar a Ibarra, Romano Guillermín, Urbina, Cabral, etc., que más tarde tendrían cierto nombre.[94]

En realidad, las miradas y simpatías de Marof se orientaron hacia los artistas plásticos insertos en el movimiento muralista que asumieron su compromiso social e izquierdista. Sostenía que México vivía una revolución pictórica, liberándose de los viejos cánones europeos, observación compartida por muchos críticos de arte de los años veinte de cara al emergente muralismo. Lo relevante de la lectura, quizás siguiendo las ideas de su amigo Leal, fue haberse percatado que los muralistas revolucionarios capitalizaron un clima de efervescencia en el universo artístico y literario. El dramático proceso revolucionario había impactado tanto en los pintores, que la política atravesaba sus discursos y no pocas veces sus prácticas:

El doctor Artl pronunciaba discursos anarquistas; Ibarra atacaba cuanto encontraba a su paso, hablaba de renovación. José Clemente Orozco se documentaba observando las escenas revolucionarias para pintar más tarde cosas crueles, desesperantes y trágicas.[95]

Hay en él un esfuerzo reflexivo por entender esa relación difícil de iluminar entre arte y revolución. El escritor boliviano ubicó al muralismo como un segundo momento dentro de lo que él denominó revolución pictórica entre sus nuevos y radicalizados referentes políticos y estéticos. Veamos sus lecturas de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Del primero escribió: “Cuando llegó Diego Rivera de Europa no debió sorprenderse de encontrar un movimiento pictórico interesante en su país. [. . .]”, aunque le criticó haberse convertido en imagen publicitaria hacia el exterior.[96] El boliviano hizo un esfuerzo meritorio para reconstituir el horizonte del cambio que estaba viviendo la pintura mexicana antes del arribo de Diego. Refiriéndose a la obra de Siqueiros, dijo:

Es preciso hacer justicia aquí a Alfaro Siqueiros, el primero que empieza a pintar indígenas y a señalar una nueva técnica. . . Al lado de él figuran en este periodo de iniciación jóvenes pintores de talento como Alva, Mateo Bolaños, algo así, este último como uno de esos luchadores sinceros y artistas que produce la tierra americana, el cual muere por la causa de los campesinos.[97]

Marof dijo haber sido “muy amigo” de Siqueiros. Llama la atención las dos evocaciones del boliviano, asociando al muralista con Hernán Laborde, su amigo y secretario del PCM. La primera, porque quizás fue quien los presentó y dio origen a cierta amistad y camaradería política entre ellos. La segunda, porque aunque Marof no recuerda la expulsión de Siqueiros del Partido Comunista por su relación con la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, acusada de ser su enlace internacional con la oposición comunista (trotskista), da indicios de una cierta tensión entre éste y Laborde:

Cuando lo conocí estaba ligado con los comunistas y Laborde lo atraía pero no lo estimaba por su carácter violento y su manera de discutir con violencia, “chingándose” en los amigos y en los que suponía sus enemigos que eran todos.[98]

Lejos estaba el boliviano de avizorar las propias mudanzas políticas de los muralistas y la suya propia. En la última coyuntura que Marof vivió en México primaba un clima antiintelectualista en las filas de la izquierda estalinista, del cual pareció contagiarse, denunciando a Diego en estas “últimas fechas” como “oportunista”. La salida de Diego del Partido Comunista colocó a nuestro personaje del lado de Laborde y los censores estalinistas. La ruptura de Marof con Diego fue dura, aflorando los resentimientos en sus recuerdos y decires. Así afirma que él le redactaba los artículos de Diego remitidos al suplemento cultural del Diario de la Marina.[99] Si esto fuera cierto, surge una pregunta: ¿los pagos de dichas colaboraciones quedaban en manos de Marof por gesto solidario de Diego o no? El boliviano sólo le reconoce a Diego calidad pictórica y compromiso revolucionario hasta 1928:

En 1929 su arte declina y se debilita.

En sus primeros frescos, Diego Rivera, evidentemente se entregó a la revolución y exaltó el dolor del campesino mexicano. Hubo piedad y rebelión en sus trabajos. En los últimos, el estilo anecdótico y literario absorbe por completo al artista. . . Sus frescos son monótonos, confusos y sin una clara tendencia.[100]

Los procesos de evocación del autor dejaron sensibles lagunas de sus redes con los pintores en México en su libro de 1934. Muchos años después Marof habló por primera vez de su amistad con Fermín Revueltas y el pintor guatemalteco Carlos Mérida.[101]

El difícil camino del retorno: Túpac Amaru

La idea del retorno a Bolivia estaba presente en la agenda de nuestro exiliado desde 1929, es decir, antes de que el régimen de Portes Gil lo obligase a salir de México. Abraham Valdéz, su paisano y compañero de partido, el 6 de mayo de 1929 le escribió a Mariátegui de que Marof y él se pensaban reunir en la Argentina.

Al relanzamiento de una exitosa labor propagandística entre las filas de la Federación Obrera del Trabajo que se movilizó el 1º de mayo bajo consignas antiguerreristas se sumó la del 4 de mayo, convocada por la Federación de Estudiantes y de la Asociación de Estudiantes Secundarios, para recordar a sus mártires de las jornadas de 1927. Valdés dio cuenta de los alcances políticos del proyectado viaje a la Argentina:

Posiblemente viajo a la Argentina a fines de este mes. Con Marof que también viajará a Buenos Aires, proyectamos constituir un foco de acción y propaganda en esa Rep.- Marof, en una de sus últimas correspondencias participa su viaje al sur. [102]

Marof desde México venía impulsando la refundación del Partido Socialista Maximalista de Bolivia, cuyo primer manifiesto fue publicado en 1929 por la revista del Secretariado Sudamericano de la IC.  Hay que advertir que la postura de Victorio Codovilla fue de abierta crítica a los socialistas bolivianos por su presunto temor a la identidad comunista según prescribían la IC, por sus desviaciones pequeño burguesas frente a la revolución y la guerra.[103]

La salida de Marof de México lo llevó a Nueva York en enero de 1930, donde las redes mexicanas lo vincularon con Clemente Orozco[104], y presumiblemente con los comunistas norteamericanos. El proyectado viaje a la Argentina fue diferido unos meses por razones no explícitas, quizás ausencia de recursos y visado. En dicha ciudad portuaria se abocó a escribir dos libros: México de frente y de perfil, a manera de ajuste de cuentas político e intelectual; el otro, intitulado Walt Street y Hambre, de claro contenido antiimperialista.

Paralelamente el boliviano continuó su actividad política, así en la tarde del domingo 16 de febrero de 1930, dio una conferencia intitulada “La lucha Anti-imperialista en la América Latina” en el Centro Obrero de Habla Española. El volante de invitación del Centro Obrero decía: “Todos los hispanos deben escuchar la palabra autorizada del Prof. Marof, sobre el Imperialismo en nuestros países.”[105] El 15 de abril Marof se animó a escribirle a Mariátegui dándole seña de su difícil situación familiar y de su quehacer intelectual y político:

Mi mujer ha tenido que viajar sola de México para el Perú con un niño de seis meses. Yo como no puedo entrar en Bolivia me he quedado aquí, esperando viajar cuando pueda a B. Aires.

Estoy escribiendo un libro sobre México. Ya lo verá usted.

Lucho a brazo partido con los acontecimientos, los hombres, las cosas para salir adelante.[106]

Marof no podía saber que a su amigo Mariátegui le quedaban un par de semanas de vida, dada sus condiciones de salud. Es posible que ya no pudiera leer su carta ni el artículo que le mandó para la revista Amauta. No sabemos del paso por Lima de su mujer y su pequeño Gustavo.

Una línea a seguir son las redes de Marof en Nueva York. No sabemos quiénes dirigieron el Centro Obrero de Habla Hispana, pero el hecho de que esta entidad diese cabida al tema antiimperialista, dice, sino de su filiación política, sí de una pluralidad próxima a la izquierda radical. Tras la huelga general contra Machado en Cuba en marzo de 1930, se refugiaron en Nueva York dos exponentes del escindido movimiento antiimperialista: Rubén Martínez Villena, comunista que iba de paso a Moscú,[107] y Enrique de la Osa, aprista, ambos conocidos suyos durante su estancia en La Habana. ¿Quizás alguno de ellos se reencontró con Marof? Sabemos que el boliviano se integró a las actividades de la Liga Antiimperialista de los Estados Unidos. [108]

El propósito político de dejar los Estados Unidos y arribar a la Argentina, país fronterizo con Bolivia tuvo que ver con las labores que había emprendido desde México de reagrupamiento de los militantes socialistas  y el desarrollo de un proyecto insurreccional. ¿Acaso lo animaban los proyectos expedicionarios que había visto cribarse en México entre los exiliados cubanos, venezolanos y peruanos? Pierre Broué ha sostenido que Marof colaboró en el primero, por sus estrechos vínculos con Mella. [109] En Nueva York adquirió un centenar de fúsiles para tal propósito y los embarcó clandestinamente por vía marítima a la Argentina, seguramente con la complicidad de la marinería roja, la venalidad del capitán del barco o ambas. Lo que parece cierto, según el propio testimonio de Marof, es que los cien fusiles llegaron a lugar seguro en Buenos Aires, siendo almacenados en el sótano del consultorio del Dr. Horacio Trejo. La caída del presidente Siles frustró el proyecto revolucionario de tomar el centro ferroviario de Uyuni, y las acciones aventureras de su paisano Roberto Hinojosa. [110]

Más adelante el curso de la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay generó respuestas intelectuales y políticas disidentes de ambos países. En el caso de los bolivianos, la figura de Marof se afirmó como uno de los críticos más implacables de la guerra, y en particular del gobierno de Salamanca, en su país. Son pocos los que escaparon a la marejada nacionalista y guerrerista. Marof fue uno de ellos. Asumió un referente humanista que fue más allá del pacifismo de Barbusse frente a la Primera Guerra Mundial. Así reconoció que por esas fechas:

Muy pocos se atreven a reflexionar sobre el sacrificio inútil de la vida y el derroche innecesario de valor. Está en pugna, en la mente de los cavernícolas, un detalle importante, cultivado celosamente desde la escuela y respetado por la tradición: “saber si el boliviano o el paraguayo es más valeroso”. Y como los que pelean son gentes sencillas y amor propio de estas gentes ingenuas.[111]

A fines de noviembre de 1930, la Liga Antiimperialista de la Argentina denunció que Tristán Marof había sido obligado a salir del país. El régimen autoritario del presidente Uriburu obligó al boliviano a refugiarse en el Uruguay.[112] Veamos la reseña autobiográfica de Marof referentes a los años 1930-1932 en la Argentina:

En 1930 fui arrestado 21 días en el Cuartel de Seguridad de Palermo y luego obligado a abandonar la Argentina. De regreso a Buenos Aires, no me dieron tranquilidad ni reposo. Me condenaron a la miseria. Me cerraron todas las puertas. No pude trabajar en ningún diario. De Jujuy, en 1932, tuve que salir presionado por las autoridades que obedecían a gestiones de agentes bolivianos y empleados de la Standard. Se me agredió una noche, y como si esto no bastara, se me siguió proceso por desacato a la autoridad, encarcelándome. Luego se me conminó a abandonar la ciudad, amenazándome con entregarme al gobierno boliviano si no lo hacía. En Tucumán tuve que esconderme cuatro o cinco meses que duró el estado de sitio. Por fin, se me notificó con un decreto de internación en una provincia argentina. Hoy vivo trabajosamente. Calumniado por unos, combatido por otros, sigo en el mismo brete. [113]

Nuestro personaje, en el curso de 1932, desde su exilio argentino, tejió vínculos políticos con sus afines, dentro y fuera del país, seguía bregando a favor del socialismo revolucionario. Por esas fechas, el Secretariado Sudamericano de la IC, consideró  a Marof como un peligroso aventurero, ajeno al movimiento obrero, al cual había que combatir al igual que otros dirigentes trotskistas.[114] Marof se abocó a sacar adelante su heterodoxo proyecto político. Así fue tomando forma orgánica la campaña antiguerrera a través del novísimo Grupo Revolucionario “Túpac Amaru”. Reivindicar a Túpac Amaru como figura emblemática de una corriente de la izquierda boliviana iba a contracorriente de las ideas e imágenes dominantes de su tiempo.

Túpac Amaru comenzaba a ser recordado, incluso en la Argentina, entre la literatura y la historia, bajo el clima revisionista que acompañó al primer centenario de la independencia.[115] Recordamos entre los antecedentes de los años veinte la postura de Mariátegui de diferenciar a Túpac Amaru del movimiento criollo de la Independencia a partir de 1924,[116] y dos años más tarde la publicación simultánea de un ensayo histórico sobre la insurrección del héroe indígena,[117] así como la edición de un periódico eventual Túpac Amaru, vocero de una radicalizada corriente anarcoindianista que lo difundía clandestinamente en el Perú, Bolivia y la Argentina. La idea de reivindicar a Túpac Amaru como marcador de identidad del grupo boliviano en el exilio a principios de los años treinta fue de Marof.

El primer manifiesto del Grupo Túpac Amaru enlazó su proyecto revolucionario con el héroe cultural que le otorgaba legitimidad simbólica nacional. Así, en clave salvacionista y mesiánica, afirmó propender a:

…fomentar la revolución proletaria y antiimperialista, la única que puede dar libertad a los oprimidos, tierra a los indios [. . .] Por eso toma el nombre de aquel gran indio, tan fuerte y audaz que puso en jaque, por 159 días, a la ciudad de La Paz, sublevando más de 200 mil indios con el objeto de reconquistar sus tierras. Fue el primero que comprendió los derechos de su clase bajo la dominación española. Hoy día es preciso la insurrección, no sólo contra el amo nacional latifundista, sino contra el capital financiero imperialista que le respalda. . .[118]

 

Reflexiones finales

En lo general la vida y la obra de Marof dista de haber sido agotada en este trabajo exploratorio sobre sus redes, prácticas y representaciones políticas por diversos países, dentro y fuera de América Latina. Las ideas y prácticas de Marof tienen muchas más aristas de las que presentamos, abriéndonos otras posibilidades de análisis sobre su visión sobre la cultura popular, los intelectuales y los políticos en el México de esos años. Las grandes preocupaciones del boliviano acerca de la guerra, el estado y la revolución han sido apenas atisbadas y marcadas.  Las redes intelectuales y políticas que tejió y sostuvo Marof dentro y fuera de México sólo han sido reconstruidas parcialmente. En estos casos, los acervos nacionales siempre se quedan cortos, tanto como los privados e inéditos epistolarios de sus correligionarios y amigos.  En su revisión se han podido apreciar ciertos virajes y rupturas ideológicas que no siempre afectaron sus redes amicales.

A pesar de las lecturas y simpatías de Marof por Trotsky no se integró a la corriente de oposición comunista que se cribó en México en el seno del Partido Comunista. Marof tuvo estrechas ligas en 1928 con Julio Antonio Mella en la contienda ideológica que tuvo el segundo con Víctor Raúl Haya de la Torre y el Apra en México. El distanciamiento con Diego Rivera y su cercanía con el estalinista Laborde nos indican que se posicionó de lado estalinista. Lo refrenda el hecho de que en 1929,  Laborde a nombre del PCM apoyarse la candidatura de Marof para estudiar en la escuela de cuadros de la URSS. Debemos tomar en cuenta que los procesos de definición ideológica no siempre han marchado paralelos a los posicionamientos políticos coyunturales. La estancia de Marof en Nueva York quizás ilumine su fase de transición ideológica, pero esa línea de investigación queda fuera de nuestros reales alcances, salvo los pocos indicios que hemos rescatado.

Sin lugar a dudas, la experiencia del exilio en México entre 1928 y 1930 le ensanchó la mirada acerca de la revolución, del frondoso capital letrado, de la pintura  y de la cultura popular mexicana. El tenor faccioso de la lectura de Marof lo llevó a suscribir la tesis del termidor de la Revolución mexicana con Emilio Portes Gil. No percibió los alcances de la reconfiguración del poder en tiempos de crisis con el advenimiento del PNR y su invierno autoritario. Lo que sí le quedó claro es que se iniciaba otra etapa, no la más grata según sus ideales políticos. Bajo ese contexto, el rebelde boliviano rompió fuegos con una parte de sus amigos y colegas mexicanos, de los cuales sólo hemos mencionado a Diego Rivera. Fue consciente de que sus palabras lastimarían a algunos de sus amigos intelectuales. Asumió la responsabilidad de sus palabras. La mayoría de los bien nombrados sobrevivieron en su memoria por compartir el viraje antiintelectualista de la Comintern en 1929.

La obra del escritor boliviano sigue diseminada en muchos países, entre ellos Brasil, Chile y el Uruguay. Las fuentes mexicanas han dicho parcialmente lo suyo y seguramente en perspectiva podrán decir más. México fue muy importante en el proceso de definición ideológica y política de Marof. Además sirvió de fuente para sus múltiples reflexiones políticas y culturales. Marof durante su estancia en Córdoba, Argentina colaboró en los periódicos América Libre y Flecha. Siendo los tiempos del frente popular antifascista, Marof se animó a acercarse de nueva cuenta al Partido Comunista de la Argentina para gestionar su viaje a Moscú. Fue Orestes Ghioldi (Morales) quien vetó su candidatura, quizás seguía pesando la caracterización que hizo en 1932 el Secretariado Sudamericano sobre su peligrosidad para el estalinismo. No se equivocaban los cominternistas argentinos, Marof como líder del Grupo Túpac Amaru se encontraba una vez más impulsando el proceso de reunificación de la izquierda boliviana, el cual daría origen al Partido Revolucionario Obrero (trotskista). Marof insistió en viajar a la Unión Soviética acaso para ver de cerca la problemática política, económica y cultural de la URSS, no es descabellado pensar que abrigase el deseo de tomar contactos con la oposición de izquierda.

En lo que respecta a lo que fue México para Marof, podemos afirmar que  ocupó el papel de un prisma, desde el cual reflexionó acerca de lo que debía ser o no ser América Latina. Consideramos que la parte más relevante de su experiencia y lectura mexicana, giró en torno a la Revolución, desde su contradictorio proceso discutió el papel de los intelectuales, así como la subalternidad y marginalidad de los indígenas frente a los mestizos en el poder. [119]

 


Notas:

[1] Mi agradecimiento: a Hilda Tísoc, quien compartió mis búsquedas en archivos argentinos y peruanos y revisó su primera versión. A Juan Rodríguez por la información oportuna. A Xavier Solé, por sus siempre solidarias correcciones. A Sandra Inacua Gómez y Eusebio Andujar, integrantes del proyecto de investigación “Iconografías, símbolos y culturas cominternistas en México y América Latina”, del Centro INAH Morelos a mi cargo, por hacerme beneficiario de sus hallazgos hemerográficos.

[2] Mariátegui, José Carlos, “La aventura de Tristán Marof”, Variedades (Lima), 3 de marzo de 1928, reproducido en Mariátegui Total (Tomo I), p. 453.

[3] Guzmán, Augusto, El Ensayo en Bolivia, p. 185.

[4] Sin embargo, chelchkov se equivoca cuando filia a Marof en la Unión Latino Americana, sin brindar ninguna fuente confiable. Marof no aparece entre los colaboradores del Boletín Renovación, su vocero, ni en las reseñas de libros ni en los testimonios de la época. El boliviano no figura en la enjundiosa tesis doctoral en historia  de Alexandra Pita González intitulada: Intelectuales, integración e identidad regional. La Unión Latino Americana y el Boletín Renovación, 1922-1930, El Colegio de México, enero de 2004.

[5] Guadarrama, 1999; Fornet, 2001.

[6] Melgar, Ricardo, “Las lecturas andinas de la Revolución mexicana”, Cuicuilco (México), núm. 31-32, julio-diciembre de 1992“, pp. 59-70; “El boliviano Tristán Marof: encuentros y desencuentros en México 1928-1930”, El Tlacuache, Suplemento cultural del Centro INAH Morelos, en La Jornada de Morelos, núm. 149, 19 de Diciembre de 2004, pp. I-II y IV.

[7] Marof, Tristán, Relatos prohibidos,  La Paz : Litogr. e Impr. Unidas, 1976.

[8] Con escasos dinerillo que me parecía inagotables partí un día de Sucre rumbo a la costa que me había seducido desde mi adolescencia. No conocía el mar y para el andino acostumbrado a ver sus montañas de nieve, era una seducción magnífica. (…) Apareció Calama, pueblito verde y riente, circundado de un río. Evoqué la memoria de mi padre y me puse a mirar desde la ventanilla el escenario lejano donde se había librado el combate heroico del 79. Todo estaba borrado y difuso: en la historia algunos nombres: Abaroa, Cabrera, Delgadillo, mi padre…” Marof, Tristán, La novela de un hombre. Memorias I, La Paz: Editorial del Estado, , 1967, p.100-101.

[9] Crónicas de la revolución del 12 de julio (1920).

[10] Francovich, Guillermo, Ob.cit., p. 85.

[11] Cossío del Pomar, Felipe, Víctor Raúl. Edición Homenaje al Centenario del Nacimiento de Haya de la Torre. 1895-1995,  p. 297.

[12] Lazar Jeifets, Victor Jeifets, Peter Huber, La Internacional Comunista y América Latina, 1919-1943. Diccionario biográfico, p.196.

[13] Véase la dedicatoria firmada en Glasgow: “Al escritor Rafael Heliodoro Valle, con toda simpatía, Tristán Marof”, en ejemplar de El ingenuo continente americano, Colección Especial Rafael Heliodoro Valle, Biblioteca Nacional de México (Registro EHR 980 MARO.i., BNM).

[14] Suárez S., Fernando, “Tristán Marof”,

www.correodelsur.com/punoyletra__20020307/w_p__1, consultado el 24 de fe-brero de 2005.

[15] Francovich, Guillermo, El pensamiento boliviano en el siglo XX,  p. 86.

[16] Con dicho pseudónimo firmó sus primeros libros: El cinema de Satán (Lima, 1926), Naipe adverso (Santiago de Chile, 1930).

[17] “Para Iván Petrov, la amistad sincera de sus compañeros”, dedicatoria de Serafín Del Mar y Magda  Portal, El Derecho de Matar, 1926.

[18] “Fedor Elieff Castelnuoff”, Martín Fierro (Buenos Aires), 2a. época, núm. 16 (Mayo de 1925).

[19] Marof, Tristán, México de frente y de perfil, p. 9.

[20] González, Tuñón, Raúl, “El viejo soldado” en Tren de Circunvalación, 1935.

[21] El Joven Navarro en esta obra breve de artículos juveniles y deshilvanados,  se inscribe heterodoxamente  como heredero del pensamiento utopista cristiano crítico del clero y del Papado y del romanticismo social arropado bajo su radical juvenilismo neoarielista: “Luchar, combatir, destruir son mis dogmas. (…) Algo creo hacer: orientar a los verdaderos intelectuales, enseñar otro camino, otro dogma por boca y gesto del mismo Jesús. (…) La rebeldía impone sacrificios, la juventud los cumple; la rebeldía precisa apóstoles, la juventud con todo su amor los propone…Más lo difícil, lo heroico, lo grande, es mantenerse con esa eterna juventud, con el corazón en llamas y la fiebre interna que quiere saber todo y profanar lo misterioso” Renacimiento Altoperuano (solo deben leer los espíritus libres), Charcas: Darío N. Porcel, 1918, p. 3 y 52.

[22] Marof, Tristán, El ingenuo continente americano, pp. 141-142.

[23] Ibid., p. 152-153.

[24] Marof, Tristán, “Política y economía bolivianas”, en Amauta (Lima), Año II, núm. 9 (Mayo de 1927), p. 29.

[25] Marof dio sus conferencias poco después del ciclo impartido por Haya de la Torre, Baciu, Stefan, Ob.cit., p. 45.

[26] Marof, Tristán, Opresión y falsa democracia, algunos aspectos sociales contemporáneos de América, serie de conferencias dictadas, p. 19.

[27] Ibid., pp. 13-14.

[28] Marof, Tristán, La Tragedia del Altiplano, p. 59.

[29] Ibid., p. 34.

[30] Ibid., p.36.

[31] Ibid., p. 45.

[32] Ibid., p. 60.

[33] Lora, Guillermo, Historia del Movimiento Obrero Boliviano 1900-1923, p. 258.

[34]Ibid., pp. 259-260.

[35] Ibid., p. 264.

[36] “Sobre la situación en Bolivia”, La Correspondencia Sudamericana (Buenos Aires), núm. 11, septiembre de 1926.

[37] Partido Socialista Máximo de Bolivia, “A los trabajadores de la ciudad y el campo”, La Correspondencia Sudamericana (Buenos Aires), núm. 25, junio de 1927, p. 13.

[38] Marof, Tristán, “Como fue el movimiento revolucionario de Bolivia”, Atuei (La Habana), núm. 4, febrero de 1928.

[39] Valdéz, Abraham, “Marof, Tristán y su labor en Bolivia”, Amauta (Lima), Año III, núm. 13, (marzo de 1928), p. 35.

[40] Marof, La Tragedia del Altiplano, p.100.

[41] Valdéz, Abraham, Ob.cit., p. 35

[42] Marof, Tristán, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, La Paz, 15 de marzo de 1927, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 1841.

[43] Marof, Tristán, Opresión y falsa democracia, . . ., p. 43.

[44] Ibid., p. 44.

[45] “Vida proletaria y comunista sudamericana”, La Correspondencia Sudamericana, marzo 15 de 1927, núms. 20-21, pp. 44-48.

[46] “Soldados del APRA”, Atuei (La Habana), núm. 2, diciembre de 1927.

[47] Marof, Tristán en ““Panorama: Chile, Cuba, Bolivia”, Repertorio Americano. ( San José de C.R.) Seminario de cultura hispánica, núm. 12, año 15, Costa Rica, 24-IX-1927, p. 190.

[48] César Elejalde al Señor Ministro en el Despacho de Relaciones Exteriores, La Paz, 4 septiembre de 1927, AHMREEP, Legación del Perú en Bolivia, 5.7.Y, 1-40-1927-Reservado Nº 8927.

[49] Mariátegui, José Carlos, carta a Mario Nerval en La Paz, Lima, 14 de marzo de 1928, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 1892.

[50] Marof, Tristán, México de frente y de perfil.

[51] Marof, Tristán, “Vida en La Habana”, reproducida por Stefan Baciu, Ob. cit., pp. 64-65.

[52] Marof, Tristán, “Como fue el movimiento revolucionario de Bolivia”, Atuei (La Habana), núm. 4, febrero de 1928.

[53] Marof, Tristán, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, La Habana, 22 de abril de 1928, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 1899-1900.

[54] Carr, Fernando, “Tallet en el recuerdo”,

http://www.bohemia.cubaweb.cu/2003/oct/02semana/sumarios/cultura/articulo5.html, consultada el 24 de Abril de 2005.

[55] Romero, Cira, “Social”,

http://www.cubaliteraria.com/monografia/social/segundaetapa.htm. Consultada el 24 de Abril de 2005.

[56] Marof, Tristán, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, La Habana, 22 de abril de 1928, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 1899-1900.

[57] Baciu, Stefan, Ob. cit., p. 45.

[58] Trejo Lerdo de Tejada, Carlos, “¿Puede existir una cultura indoamericana? El feudalismo civil”, Atuei (La Habana), núm. 6, Agosto de 1928.

[59] (México, en el destierro: [s.n.], 1928, 11 pp.)

[60] Marof, Tristán, “Entrevista con el Lic. Ezequiel Padilla, secretario de Educación Pública de México”, Folha Academica (Rio Janeiro), núm. 13, 4 de abril de 1929, p. 497.

[61] Marof, Tristán, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, México, 6 de agosto de 1928, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 1915.

[62] AHSRE, Expediente: 41-26-24, Año: 1928, Consulado General de la República de Bolivia.

[63] “Antecedentes Históricos de la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma México”.

http://dgenp.unam.mx/antecedentes1.htm. Consultada el 24 de Abril de 2005.

[64] Baciu, Stefan, Ob. cit., p. 45.

[65] Idem.

[66] “El compañero Tristán Marof se refirió a la necesidad de intensificar la obra social antiimperialista apoyando lo dicho por otros oradores anteriores”, en “Mitín en México el 4 de Julio”, El Libertador (México), Vol. II, núm. 19, (agosto de 1928), p. 8.

[67] Marof, Tristán, Opresión y falsa democracia. . ., p. 41.

[68] Marof, Tristán. “De Bolivia. La situación de Bolivia bajo la férula del Tiranuelo Hernando Siles”, en El Libertador (México), órgano de la Liga Antiimperialista de las Américas, Vol. II, núm. 20, (noviembre de 1928), p. 6.Una versión más amplia de este artículo apareció con el título de “Siles el dictador boliviano”, El trabajador latinoamericano (Montevideo), Año 1 Nº 8, diciembre 31 de 1928, pp.7-9.

[69] “Actividades de Mafuenic. Gran Mitín en Veracruz”, El Libertador (México), Vol. II, núm. 19, (agosto de 1928), pp. 5- 6.

[70] “La Conferencia Antiimperialista del Caribe”, El Libertador (México), Vol. II, núm. 20 (noviembre 1928), p. 2.

[71] Marof, Tristán, “Espartacus y Sandino”, en Amauta (Lima), Año III, núm. 14, (abril de 1928), p. 26.

[72] Marof, Tristán, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, México, 6 de agosto de 1928, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 1915.

[73] Marof, Tristán, “El Apra o Chang Kai Shek”, El Libertador, México, noviembre de 1928, núm. 20.

[74] Marof, Tristán, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, México, 14 de junio de 1929, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 2017.

[75] Marof, Tristán, México de frente y de perfil, pp. 121-122.

[76] Ibid., p. 122.

[77]  Lazar Jeifets, Victor Jeifets, Peter Huber, Ob. Cit.,p.196.

[78] “Padilla, Ezequiel”, Enciclopedia de México, Tomo XI, de José Rogelio Álvarez, México, SEP y E. de M., 1988, p. 6125.

[79] Marof, Tristán, “Entrevista con el Lic, Ezequiel Padilla, secretario de Educación Pública de México”, Folha Academica (Rio Janeiro), núm. 13, 4 de abril de 1929, p. 496.

[80] Baciu, Stefan, Ob. cit., p. 45.

[81] Lazar Jeifets, Victor Jeifets, Peter Huber, Ob. Cit.,p.196.

[82] Marof, Tristán, México de frente y de perfil, p. 8.

[83] Los extractos escogidos por Vasconcelos de la obra de Marof son elocuentes: He aquí, por ejemplo, algunas frases del último libro de Tristán Maroff, hombre libre del continente:

Refiriéndose a Portes Gil, y después de breves comentarios sobre el papel que supo desempeñar en favor del callismo, dice: “… había estado en México durante la última represión ejercida por el gobierno reaccionario de Portes Gil… ¡Qué fisonomía de traidor la de Portes Gil!... Tiene la figura de esas máscaras aztecas que lo miran a uno con afectación y cariño, y a la salida de palacio ordenan su muerte…; pero, con todo, ¡qué bello país es México!

Y en otro capítulo, hablando sobre los métodos callistas, dice otro personaje de la novela-historia de Maroff: “Terrible México –dice Cunning, en español quebrado–: a uno lo colgaron de las manos y lo tuvieron suspendido de una cuerda más de dos horas seguidas… A otro, un muchacho cubano, lo metieron a la sala de electricidad para que perdiese el sentido… A un padre de familia lo martirizaron cruelmente, arrastrando a sus dos hijas, menores de quince años, en la guardia… El pobre, gritaba desesperado: “Que me fusilen, pero que no violen a mis hijas…”. En uno de estos sucesos perdió la mente, y con una pequeña hojita Guillette comenzó a degollarse… Si allá la lucha es sin cuartel, los campesinos han dado hasta ahora a la revolución más de medio millón de vidas; pero ese sacrificio ha sido aprovechado por los generales y por los abogados… “Entre libros”, La Antorcha, Revista hispanoamericana, París, Madrid, octubre de 1931, pp. 60-63.

[84] Marof, Tristán, Opresión y falsa democracia, . . ., p. 19.

[85] Ibid., p. 24.

[86] Stavenhagen, Rodolfo, Los conflictos étnicos y sus repercusiones en la sociedad internacional, RICS, Vol. XLIII, núm.1, 1991.

http://www.unesco.org/issj/rics157/stavenhagenspa.html, obtenida el 16 Nov. de 2004.

[87] Marof, Tristán, Opresión y falsa democracia, . . ., pp. 17-18.

[88] Marof, Tristán, “De Bolivia. La situación de Bolivia bajo la férula del Tiranuelo Hernando Siles”, en El Libertador (México), órgano de la Liga Antiimperialista de las Américas, Vol. II, núm. 20 (noviembre de 1928), p. 6.

[89] Marof, Tristán, México de frente y del perfil, p. 16.

[90] Ibid., p. 112.

[91] Ibid., p. 104.

[92] Ibid., p. 30.

[93] Citado por Baciu, Stefan, Ob. cit., pp. 106-107.

[94] Marof, Tristán, México de frente y de perfil, p. 102.

[95] Ibid., pp. 102-103.

[96] Ibid., p. 104.

[97] Ibid., p. 102.

[98] Baciu, Stefan, Ob. cit., p. 73.

[99] Baciu, Stefan, Ob. cit., p. 47.

[100] Marof, Tristán, México de frente y de perfil, p. 101.

[101] “Carlos Mérida es hombre maduro y conoce su oficio como ninguno. Fue creador e innovador, muy diferente a todos los pintores que conocí. Era muy amigo mío y lo visitaba con frecuencia y charlábamos de todo. Me dispensaban su amistad su señora y él. Aunque era un poco ausente del oído, le gustaba la broma y la ironía. También fui amigo del pintor Fermín Revueltas que cuando nos invitó a Puebla a dar conferencias a mí y dos amigos, nos recibió en la estación con una banda de música. . .”, citado por Stefan Baciu, Ob. cit., p. 68.

[102] Valdéz, Abraham, carta a José Carlos Mariátegui en Lima, La paz, 6 de mayo de 1929, Mariátegui Total (Tomo I ), pp. 1990-1991.

[103] “Temiendo que las masas trabajadoras del país se asustaran por el nombre “comunista”, nuestros compañeros entraron en una combinación con grupos heterogéneos del país y formaron el “partido laborista”. Ahora bien, en la dirección de ese partido estaban nuestros compañeros; pero cuando el estallido de la guerra se hacía inminente, nuestros compañeros más activos fueron perseguidos y tuvieron que ocultarse para realizar un trabajo ilegal, los pequeños burgueses se adueñaron de la dirección de ese partido, lanzaron proclamas en favor de la guerra, invitando a las organizaciones obreras a apoyar al gobierno en la acción guerrera; en una palabra: hacía propaganda chauvinista.” Codovilla en El movimiento revolucionario latinoamericano. (Versiones de la PrimeraConferencia Comunista Latinoamericana, junio de1929), p. 29.

[104] “A Orozco lo conocí en Nueva York y me llevó a su casa. Vivía con Alma Reed, una americana que fue amante de un gobernador de Yucatán, creo que apellidaba Carrillo”, citado por Stefan Baciu, Ob. cit., p. 69.

[105] Volante de invitación a la conferencia, Imprenta del Centro Obrero, reproducido por Stefan Baciu, Ob. cit., p. 197.

[106] Marof, Tristán, Carta a José Carlos Mariátegui en Lima, Nueva York, 15 de abril de 1930, reproducida en Mariátegui Total (Tomo I), p. 2087.

[107] Chirino Martínez, Grisel, “Rubén Martínez Villena: pupila insomne y luz plena de mediodía”, www.cadenahabana.islagrande.cu/informaciones/, consultado el 22 de Abril de 2005.

[108] Lazar Jeifets, Victor Jeifets, Peter Huber, Ob. Cit.,p.196.

[109] Lazar Jeifets, Victor Jeifets, Peter Huber, Ob. Cit.,p.196.

[110] Baciu, Stefan, Ob. cit., pp. 69-70.

[111] Marof, Tristán, La Tragedia del Altiplano, p. 205.

[112] Liga Antiimperialista, Trabajadores, Intelectuales y estudiantes de todo el país (volante), Rollo de microfilm, núm. 43, Archivo CEDINCI, Buenos Aires.

[113] Marof, Tristán, “Prólogo” de La tragedia del Altiplano, s/p.

[114] Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, La lucha por el leninismo en América Latina, marzo de 1932.

[115] Véase: Means, Philip Ainsworth, Ciertos aspectos de la rebelión de Túpac Amaru II, 1780-1781, 1920; Morante, Luis Ambrosio, Túpac Amaru: drama en cinco actos, año de 1821, 1924.

[116] Mariátegui, José Carlos, “Lo nacional y lo exótico”, Mundial (Lima), 9 de diciembre de 1924, reproducido en Mariátegui Total (Tomo I), pp. 289-290.

[117] Solar, Emilio del, Insurrección de Túpac Amaru: sus antecedentes y efectos, 1926.

[118] Marof, Tristán, La Tragedia del Altiplano, p. 220.

[119] Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas,  Marof apareció en varias  notas remitidas por la legación mexicana en Bolivia a la cancillería. Reseñemos tres de ellas. La primera, revela una preocupación por la vida de Marof, encarcelado, deportado y amenazado de muerte. En la segunda, en marzo de 1938 se da cuenta de que no hay objeción de parte del gobierno de Lázaro Cárdenas para que viaje a México a desempeñar una labor diplomática a nombre de su país, la cual no realizó. En la tercera,  se hace constar el tenor de la carta que le dirigió al gobierno de Lázaro Cárdenas, abogando a favor del asilo de León Trotsky en México, AHSRE, Expediente: III-239-12   , Años  1935-1938. LEGAMEX BOLIVIA.

 

[div2 class="highlight1"]Cómo citar este artículo:

MELGAR BAO, Ricardo, (2012) “El exiliado boliviano Tristán Marof: tejiendo redes, identidades y claves de autoctonía política”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 12, julio-septiembre, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 11 de Diciembre de 2018.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=480&catid=4[/div2]

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