Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 
Pacarina del Sur
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Pacarina del Sur

Narración: cincuenta y dos años después

Roberto Reyes Tarazona

 

En julio de presente año, la Editorial Universitaria de la Universidad Ricardo Palma ha lanzado la edición facsimilar de la revista Narración, acompañando a la reproducción de los tres ejemplares que editó el grupo literario que es conocido por el nombre de la revista, un artículo de Miguel Gutiérrez –uno de los fundadores de la publicación– titulado “Pequeña crónica sobre Narración”, y dos testimonios: uno, del autor de este artículo: “Narración: testimonio de parte”, y otro de Andrés Maldonado Herrera: “Declaración testimonial (arbitraria y emotiva) sobre Narración”.

Los tres números de Narración, publicados entre 1966, el primero, y 1974, el último, no obstante su reducida cantidad, constituyen un hito en el quehacer literario peruano, no solo porque su propuesta encarnó una manera coherente de enfrentar la crítica y la creación narrativa, acorde con sus postulados ideológico-políticos, sino porque alcanzó a plasmar un sello propio dentro de la denominada narrativa de no-ficción con sus crónicas.

Paralelamente a la producción de estas, a las que dedicaron sus mayores esfuerzos como intelectuales y creadores durante una docena de años, individualmente los integrantes del grupo ofrecieron –principalmente luego de la disolución del grupo, a principio de los ochenta– una profusa obra de signo muy singular y diverso, alcanzando en algunos casos el nivel de las más grandes obras de la narrativa peruana.

 

El contexto social y político

En 1966, en nuestro país aún no se habían apagado los ecos de la derrota del levantamiento guerrillero del ELN y el MIR en el año anterior, y la conmoción provocada por las movilizaciones campesinas en el Cusco en los primeros años de la década.

El primer gobierno de Belaunde había logrado debelar el levantamiento guerrillero que intentó seguir, a su modo, el movimiento armado que culminó con la implantación de un gobierno socialista en Cuba. Pero solo se trató de una victoria militar del gobierno, puesto que no logró revertir la situación de miseria y desesperanza que se vivía en las zonas rurales de los Andes, manteniéndose latentes, por lo tanto, las posibilidades de otro estallido social en cualquier momento.

En las universidades, principales focos de rebeldía y fuentes de posible reclutamiento de los jóvenes conmovidos e indignados por la situación de los pobres, principalmente en la sierra, cuando el Apra había sido ya desplazada de la conducción de los movimientos estudiantiles y de docentes en San Marcos, y asomando en otras universidades –como en La Católica y La Cantuta– jóvenes con inquietudes y demandas de acción política urgente y radical, se empezaron a conformar diversos partidos políticos que respondían a estos requerimientos. Cabe mencionar que en otros lugares del mundo también se estaban gestando movimientos juveniles radicales, que en un par de años más estallarían en París, Alemania y México.

Habiéndose convertido el Partido Comunista fundado por Mariátegui en un organismo mediatizado que seguía los dictados de la izquierda “oficial” –léase la Internacional Comunista– y, por tanto, en una opción descartada por quienes reclamaban inmediatas y urgentes acciones radicales y efectivas, “revolucionarias”, se empezaron a formar partidos marxistas que seguían el modelo de la Revolución Cubana, o el del entonces lejano y exótico maoísmo. Surgieron así numerosas organizaciones que declaraban su adhesión al marxismo y no descartaban o declaraban abiertamente ser partidarios de la lucha armada, aunque esto quedara solo en los discursos. El MIR, Vanguardia Revolucionaria, Patria Roja, Bandera Roja, y muchos otras agrupaciones, producto muchas veces de las divisiones internas de los principales partidos, se disputaban el escenario de la confrontación con la oligarquía, la burguesía y el imperialismo.

A nivel literario internacional, 1966 es el año en que el denominado boom de la narrativa latinoamericana se hallaba en pleno florecimiento, dominando la escena literaria en todos los países de habla hispana. Se vivía entonces un ambiente cultural –particularmente en relación con la novelística– de gran optimismo, creyéndose al alcance de la mano la fama, un pronto reconocimiento si es que se escribía una gran novela experimental, con aspiraciones de totalidad y, mejor, si se lograba realizarla bajo los postulados del realismo mágico.


 

El primer número de Narración

Narración irrumpe en el escenario literario en noviembre de 1966, con el subtítulo de Revista Literaria Peruana. En la presentación, sus integrantes establecen los fundamentos y principios que se mantendrán en esencia a lo largo de los siguientes números, reafirmando y ampliando algunos aspectos, de acuerdo a la coyuntura política del momento.

El punto de partida es la afirmación de la necesidad del conocimiento de la realidad social, la cual, debido a su dinámica de cambios, de acuerdo a la dialéctica de la historia, debiera conducir a la realización personal y colectiva del ser humano. Pero a esta instancia no se llegará de manera automática y sin tropiezos. Para alcanzarla, se requiere desarrollar una incesante lucha contra el sistema capitalista y contra las clases que lo defienden, con los instrumentos que disponen las clases explotadas.

Los integrantes de Narración, comprometidos con el proceso de cambios, proclaman su adhesión a la causa del pueblo, no obstante pertenecer a la “capa media urbana”, con formación universitaria y, por lo tanto, privilegiados en un país de grandes masas pauperizadas y un alto porcentaje de analfabetos. Expresan también su aspiración a la instauración de un sistema socialista de trabajadores, y que ellos, como narradores revolucionarios, comprometidos con su pueblo, consideran su misión “aprender del pueblo, para poder escribir, sin equivocarnos, sobre la realidad nacional”. (Varios, 1966, p.1).

En la página de créditos no aparece consignado un director ni un comité editorial, un criterio que deberán cambiar en los siguientes números porque el gobierno militar, instaurado por un golpe militar desde 1968, obligará a que todas las publicaciones designen a un director, responsable legal de la misma. Ante tal circunstancia, al interior del grupo se consideró que para cumplir con la ley el director sería rotativo y su designación sería solo formal. En esencia, el colectivo continuaría como conductor y responsable de la revista.

Volviendo al contenido de este primer número, bajo el ítem: “Escriben”, se encuentran consignados los nombres de siete integrantes en una secuencia alfabética, sin ninguna diferencia entre ellos, aunque Oswaldo Reynoso, el mayor de todos, poseía ya una obra publicada y reconocida, en tanto que el resto, incluidos dos jóvenes sin ninguna trayectoria literaria previa, eran solo proyectos de escritores.

Este criterio reafirma una característica advertida en la presentación: que el grupo no está unido por lazos generacionales ni por cuestiones ligadas a su práctica literaria –narrativa, sería más preciso decir–, pues no pretenden constituir una escuela o fijar una corriente literaria. Ellos se consideran un grupo de narradores cohesionado en torno a cuestiones ideológico-sociales y literarias.

Sin embargo, a despecho de este intento de uniformización, trascendió que los impulsores de la revista eran Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez. El primero de ellos, autor de un poemario: Luzbel (1958), un libro de cuentos: Los inocentes (1961) y la novela En octubre no hay milagros (1965), no solo venía precedido de una notoria fama como narrador en el medio local, sino había participado en el histórico Primer Encuentro de Narradores, realizado en Arequipa el año anterior. En dicho evento había expuesto su posición política e ideológica, proclamando su adhesión al socialismo y la lucha de clases como método de acción política para defender los intereses de las clases oprimidas. En una de sus intervenciones, sostuvo:

La concepción de la realidad presupone una ideología, y la ideología es el basamento teórico con que uno ve la realidad social, la realidad económica, la realidad política o la realidad natural de un determinado país. Mi ideología es una ideología marxista leninista, por lo tanto la concepción que yo tengo del mundo depende de estos principios fundamentales de la teoría marxista leninista… (Varios, 1986, p. 134).

 

A continuación, expuso ideas sobre la realidad nacional:

… en nuestro país gran número de gente no tiene suficiente conciencia de lo que es la clase social a la que pertenece, que es conveniente dar esta conciencia y la única forma, o no la única sino una de las formas de esta conciencia, es a través de la literatura y más propiamente a través de la novela o a través del cuento o de la narración. (Varios, 1986, p. 134).

 

Como es posible comprobar, los supuestos ideológicos expuestos se plasman en varias de las ideas que sustentan la presentación de Narración.

El otro promotor de la revista, Miguel Gutiérrez, apenas había publicado un cuento: “Perla”, en el último número de la revista Letras peruanas (1963). Sin embargo, no obstante su juventud –él había nacido en 1940, a diferencia de Reynoso, que pertenecía a la denominada Generación del 50 y contaba por entonces con 35 años–, era un serio estudioso de nuestra literatura.

De acuerdo a un testimonio personal de Oswaldo Reynoso, en la idea original de la creación de la revista se encontraba comprometido otro integrante de la generación del 50: Eleodoro Vargas Vicuña. Pero este, en algún momento desistió de acompañarlos en la aventura literaria, muy probablemente porque su adhesión a las clases populares era más emocional que ideológica.

En este punto, cabe una información también producto de testimonios de Reynoso y de Gutiérrez. Y es que el nombre original de la revista iba a ser “Agua”, en homenaje a la obra homónima de José María Arguedas. Pero fue este mismo escritor, quien en el encuentro que sostuvieron con él para hacerle conocer su intención de titular así la revista, los convenció que debían nombrar de otra manera su proyecto editorial.

Tal hecho, aunque anecdótico, confirma la vocación social de los promotores del grupo y refleja otro rasgo que define a Narración desde el principio, aunque no de manera explícita: la aspiración a que la revista tuviera un carácter nacional, en absoluto solo limeño, o adscrito a cualquier entidad universitaria o cultural. No se trataba solo de que Reynoso y Gutiérrez fueran uno arequipeño y el otro piurano, por cuanto el origen de los demás integrantes del primer número de Narración así lo demostraba. De hecho, salvo Carlos Gallardo, limeño de nacimiento, todos los demás eran originarios de distintas regiones del país, principalmente de los departamentos de La Libertad y Ayacucho.

Tal procedencia no era producto del azar ni de alguna preferencia regional basada en cuestiones subjetivas, sino una consecuencia del criterio adoptado para convocar, entonces y en el futuro, a los posibles integrantes del grupo.

Así, Eduardo González Viaña, Juan Morillo y José Watanabe, pertenecían al grupo literario Trilce, que activaba en Trujillo. A Andrés Maldonado y Vilma Aguilar, que no participó escribiendo pero sí como diagramadora y en adelante como organizadora y responsable logística de la revista, ambos ayacuchanos, se le sumaría posteriormente Hildebrando Pérez Huarancca, profesor universitario de la misma región. Pero la convocatoria de los posibles integrantes del grupo no se reducía a un criterio geográfico, pues Carlos Gallardo, en el primer número, y Ricardo Ráez en el segundo, provenían de las canteras del magisterio. En otros casos, las razones fueron de índole particular, aunque siempre teniendo presente sus méritos literarios y la posición ideológica del nuevo posible miembro.

 

Narración en los años setenta y el gobierno militar

En los años setenta, a diferencia de los años veinte, signados por el indigenismo, y los cincuenta por la narrativa urbana, en general, la producción de novelas y cuentos de los narradores en general se orienta a la creación de historias y personajes que se desenvuelven tanto en Lima como en otras ciudades, así como en pequeños pueblos y en el campo, sea este andino, amazónico o costeño. Son los años en que desde las ciencias sociales se hacía notar la presencia del fenómeno de la “ruralización de la ciudad y la urbanización del campo”.

En esta década, se advierte una marcada ideologización en todas las manifestaciones culturales, incluyendo las promovidas por el Estado. O tal vez sea más apropiado decir, debido principalmente al Estado. Por entonces, los colectivos comprometidos políticamente se manifestaban en diversos campos de la cultura. En este contexto desarrolla su práctica el grupo Narración, el primero en nuestro medio dedicado exclusivamente a la narrativa, constituyéndose en un referente obligado de esos años.

Y si bien el grupo Narración hizo notar su presencia en el campo de la cultura desde un par de años antes de la toma del poder por la dictadura militar (1968), debido a la publicación de sus números 2 y 3 (en 1971 y 1974, respectivamente), en los que se hacen presente sus crónicas, será reconocido como el más importante opositor cultural del gobierno encabezado por el general Velasco Alvarado. Su praxis política y cultural lo distinguirá de la mayor parte de grupos –y de muchos intelectuales que individualmente adscribían una postura socialista o marxista–, cuyos miembros serán absorbidos muy rápidamente por el Estado, e integrados a sus entes burocráticos o a sus órganos de difusión cultural. Esto ocurrió con Hora Zero y con algunos ex guerrilleros provenientes de movimientos de los años sesenta, por mencionar algunos casos notorios.

Debido a su indeclinable línea de práctica, Narración llegó a encarnar las aspiraciones sociales y artísticas de muchos de los que de una u otra manera se identificaban o seguían sus postulados y lineamientos. Por eso, además de servir de medio de difusión de cuentos y fragmentos de novela, se convirtió sobre todo en una tribuna donde se expusieron planteamientos teóricos y filosóficos y opiniones acerca de la cultura y el quehacer literario, así como análisis concretos del medio cultural imperante, tanto para evaluar y confrontar críticamente las obras de otros narradores, como para refutar, discrepar o debatir con los críticos literarios o los representantes oficiales de la cultura. Pero sobre todo, por su creación de las crónicas.

Estas eran textos narrativos que, a partir de una indagación de la realidad basada en las herramientas de la antropología, el periodismo, la recreación histórica, y presentadas bajo el ropaje de diversas técnicas narrativas, denunciaron acciones de la represión del gobierno militar contra trabajadores mineros, activistas populares y la población en general en las zonas andinas.

Tal forma de proceder en la escena literaria de nuestro medio, ignorando las reglas de juego establecidas por el stablishment cultural, produjo inevitablemente reacciones contrarias o de rechazo entre los críticos “oficiales”, los académicos y los “mandarines” de la cultura; lo cual se tradujo en un notorio silenciamiento o vacío en torno al grupo, cuando no una abierta y franca hostilidad. Sólo después de muchos años, cuando ya el grupo se encuentra desactivado como tal, aparece un reconocimiento a sus méritos y al papel que cumplió en esos años.

A pesar de estos inevitables y lógicos obstáculos, de su falta de periodicidad y de sus limitaciones materiales, financieras y organizativas (manifestadas en una dificultosa distribución y cortos tirajes), la revista Narración no sólo representó una nueva forma de encarar teóricamente el quehacer narrativo, sino también influyó de manera significativa en la creación de buena parte de los novelistas y cuentistas de la década.

 La fórmula de la revista para lograr estos objetivos era muy simple: una indeclinable vocación para decir las cosas en voz alta, sin medias tintas y de llamar las cosas por su nombre, contando para ello con el respaldo de una clara definición política (no partidaria, pero sin ningún género de dudas, marxista) y de una correlativa opción cultural coherente con estos principios. Desde otro ángulo, puede decirse que si existía un rasgo distintivo en el lenguaje y en la actitud del grupo, este era el engarce pleno de lo político con lo cultural.

El intento de fusionar lo político con lo artístico conlleva siempre un gran riesgo, mucho mayor si se trata de una opción colectiva y no sólo individual. Uno de ellos es el de esquematizar y, por ende, empobrecer la expresión artística. Otro peligro es caer en el dogmatismo, que conduce a una visión unilateral y deformada de la realidad, y a un intransigente comportamiento.

Respecto a lo primero, si hay algo que no pueden achacarle ni sus críticos más acérrimos es la falta de conocimientos teóricos o cultura literaria (entendida esta en su acepción de bagaje de conocimientos e información en la materia), ni tampoco descuido en el estilo o en la lógica expositiva de los temas. De esta manera, tanto la creación propiamente dicha, como la crítica, las crónicas e incluso los artículos polémicos, mantienen un nivel correcto, por decir lo menos. Es más, si existe un aporte singular en lo que respecta al tratamiento de las crónicas, es decir, el relato de las luchas populares, es justamente su tratamiento no solo coherente y políticamente eficaz, sino su apreciable enfoque literario.

Respecto a lo segundo, el grupo Narración no tuvo temor al sambenito de dogmático, en el sentido de un rechazo a la pretendida neutralidad del artista o del crítico, basándose para ello no en una fe ciega sino en puntos de vista sólidamente sustentados desde un abordaje teórico y filosófico de compromiso social. En otras palabras, se rechazaron las posiciones puramente estetizantes (“el arte por el arte”), aisladas de todo contacto con la realidad social, o las actividades evasivas o puramente lúdicas. Sin embargo, esta base de sustentación política, social y literaria, no implicó una camisa de fuerza para la creación individual de cada uno de los miembros del grupo; de tal manera que puede advertirse una pluralidad en materia de recursos técnicos, temas, ambientes y personajes.

 

Los números 2 y 3

En el segundo número, la definición del carácter marxista de la posición del grupo se tornó más evidente, desde la presentación, donde luego de diversas consideraciones y una reafirmación de lo expresado en la presentación del primer número, se establece:

En consecuencia, NARRACIÓN se propone combatir en los diferentes dominios del trabajo cultural: en la creación, por una narrativa que responsa a las necesidades actuales de la sociedad peruana, vale decir, por una obra que exprese y refleje, desde la perspectiva de las masas populares, las nuevas modalidades de la lucha de clases que se libra en nuestra patria; en la crítica, sometiendo al análisis de clase las nuevas creaciones y revalorando las obras y  actitudes de los principales representantes de la narración en el Perú; en lo social, apoyando la las reivindicaciones concretas de las masas trabajadoras. (Varios, 1971, p. 1).

 

En la sección de crítica, Miguel Gutiérrez sustenta y asume la selección de textos en un trabajo que titula “Sobre el realismo”. El copioso material, dividido en tres secciones: El escritor, El realismo y La forma artística, está compuesto por una transcripción de textos seleccionados de los libros de Mariátegui: El artista y la Época, El Alma Matinal, Signos y Obras y Defensa del marxismo.

De la misma manera que en el número anterior, se ofrecen comentarios de libros, y, en una nueva sección: “Situaciones”, se lleva a cabo una crítica a la vida, la obra y el medio social literario en que se desenvuelve Solzhenitsin. Acompaña a este texto una evaluación del comportamiento de Casa de las Américas, de Cuba; comentarios a un encuentro de jóvenes escritores en Jauja; un balance sintético de la formación del Frente Cultural; y apreciaciones sobre la derrota del imperialismo yanqui en Vietnam.

También, en este caso, se da cuenta de una encuesta, respondida esta vez solo por Alfredo Bryce y Julio Ramón Ribeyro; se abstuvieron Carlos Eduardo Zavaleta y Mario Vargas Llosa. La principal diferencia con la encuesta anterior, es que en este caso las preguntas exhibían una fuerte carga política e ideológica.

Con ánimo de graficar de manera enfática la posición del grupo, se reproduce en la contraportada la “Declaración a propósito del ciclo de narradores peruanos organizado por la Casa de la Cultura del Perú”, que, obviamente, es un rechazo tajante a la política del gobierno en el ámbito de la cultura.

En la presentación, a propósito del golpe de Estado contra Allende en Chile, se subraya “el fracaso de la transición pacífica al socialismo” y se enfatiza en la denuncia del papel del ejército como instrumento de represión y resguardo de los intereses del imperialismo y de los gobiernos oligárquicos.

Abundando en este asunto, se presenta un extenso artículo titulado “El fascismo y los intelectuales”, cuya estructura es similar a la anterior sobre el realismo, en la medida que se trata de una selección de textos de diversos autores, la mayoría de Mariátegui, pero también de Gramsci, Brecht y, sobre todo, de Dimitrov.

Como complemento, Miguel Gutiérrez escribe un largo artículo titulado “Mariátegui marxista-leninista”, en el contexto de libros y homenajes al Amauta que pretenden poner en duda su posición política e ideológica. En él, hace referencia a tres publicaciones recientes, que “tergiversan, mutilan y calumnian al fundador del socialismo científico”, por lo cual Gutiérrez se propone desenmascararlos y combatirlos mediante una exposición de la doctrina socialista de Mariátegui.

 

Las crónicas

Pero, además de la crítica y la difusión de sus ideas, el aporte más importante como proyecto colectivo lo constituyen las crónicas, que empiezan a escribirse en el segundo número. Estas representaron una respuesta a la necesidad de ingresar al campo de la denuncia social y la lucha ideológica y política del momento mediante la literatura, específicamente con la narrativa. Las crónicas de Narración se inscriben en las tendencias de la época, aunque representan una forma audaz y creativa de articular la creación con la realidad objetiva. En los años setenta, no sólo en el Perú, muchos autores ensayaron diversas formas de incursionar en lo que en Estados Unidos se denominó non fiction, bautizado así por Truman Capote, autor del famosísimo A sangre fría (1966) o en el “género testimonio”, promovido por Cuba como un género más de su concurso literario Premio Casa de las Américas.

Las crónicas de Narración son aquellas obras basadas en un hecho real desde el punto de vista testimonial; utilizando técnicas periodísticas, como por ejemplo el reportaje, o documentos y fuentes provenientes de archivos, presentadas en forma literaria, tanto en su lenguaje como en su estructura.

La crónica se encuentra, pues, a caballo entre la realidad y la imaginación, entre los hechos objetivos y la ficción, terrenos en donde por un lado se sitúan las ciencias sociales (historia, antropología, sociología) y el periodismo, y, por otro, la narrativa (novela, cuento) y el ensayo literario. Esto no significa que ambos campos sean excluyentes. Un texto histórico o antropológico, o periodístico, puede tener una gran calidad literaria, lo cual supone básicamente que está “bien escrito” o posee la amenidad de una novela, y no por ello pierde su carácter esencial. Asimismo, una novela o un cuento, al basarse en un hecho real, siguen el cauce de una sólida y mayoritaria tradición narrativa; mientras que en un ensayo literario se utilizan materiales históricos y documentales a criterio del autor.

A raíz del éxito de A sangre fría, se empiezan a traer a colación trabajos con denominadores comunes, como Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis (1964), Los sertones, de Euclides da Cunha (1902) y otros muchos ejemplos, hasta remontarse a las crónicas de los conquistadores o de los indígenas, caso de la Nueva Crónica y Buen Gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, que inspiraría en gran medida las intenciones del grupo Narración.

Al amparo de esta obra aparecería la primera crónica del grupo en el número dos, en la se denunciaba la masacre de Huanta y Ayacucho por el ejército, cuando el pueblo de estas localidades se levantó en protesta contra la supresión de la gratuidad de la enseñanza. La segunda ofreció una reconstrucción de la huelga del proletariado minero del centro.

La composición de estas crónicas respondió a los resultados de una investigación y documentación muy laboriosos, basada en información a veces oral: testimonios, declaraciones, conversaciones, entrevistas, a veces escrita: volantes, comunicados, boletines informativos, periódicos, informes de especialistas consultados por los trabajadores, acuerdos de asamblea, sin dejar de lado los puntos de vista de la empresa, los planteamientos del gobierno, las informaciones de la llamada gran prensa (radio, televisión, diarios), los pronunciamientos de las instituciones patronales.

Sobre estas bases documentales se levantaba una historia viva utilizando diversos recursos narrativos; entre ellos la alternancia de protagonistas, el cambio de puntos de vista de los sucesos, la dosificación de  las escenas dramáticas, las variaciones del ritmo en la narración, la construcción de una memoria colectiva.

En este mismo número, se expone claramente el propósito de la escritura de las crónicas:

La crónica, el reportaje, el testimonio, el documento, el ensayo interpretativo podrán convertirse en géneros que ofrezcan al narrador grandes posibilidades para una expresión literaria y un rico campo para la experimentación técnica y formal. Con esta práctica, el realismo y la narrativa peruana alcanzarán un nuevo desarrollo” (Varios, 1974, p. 13)

 

Aparte de su valor como género literario comprometido con la realidad del momento, lo más resaltante como obra literaria es su carácter de creación colectiva. Teniendo como punto de partida un borrador, se discutía entre todos los presentes la pertinencia de un adjetivo o de un giro coloquial, la utilización de un recurso narrativo, el tono más conveniente para el tratamiento de un aspecto de los hechos, y así.

El nivel de eficacia alcanzado por las crónicas y lo sugestivo de la fórmula influyó sobre todo en la prensa popular de entonces. Así, es fácil rastrear su influjo en algunas crónicas de la revista Marka y el suplemento La Jornada del diario La Prensa. Un ejemplo de ello es el texto elaborado para denunciar la masacre de “Cromotex”, publicado en forma de un folleto que tuvo amplia difusión.

 

Los narradores

Respecto a la creación de cuentos y novelas (fragmentos), la revista acogió en sus tres números textos realistas, con una fuerte carga social y un evidente compromiso ideológico. Su convocatoria, en una época caracterizada por diversas demandas sociales y una favorable imagen de la creación novelística debido al boom, atrajo a jóvenes que andaban en pos de encontrarse a sí mismos como escritores y de hallar un confiable curso narrativo.

En Narración publicaron sus primeras obras autores que pronto siguieron sus propio derrotero, sea hacia la poesía, como José Watanabe, o hacia una producción muy personal, como Eduardo González Viaña, Félix Toshihiko y Nilo Espinoza. También hubo casos de quienes nunca continuaron con la creación narrativa, o la practicaron de manera muy limitada, como Carlos Gallardo, Andrés Maldonado y Ricardo Ráez. Los demás, aparte de los ya mencionados Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, además de Antonio Gálvez Ronceros y Juan Morillo, quienes habían publicado libros de cuentos en 1961 y 1964, respectivamente, tuvieron a Narración como plataforma de sus primeros relatos, caso de Gregorio Martínez, Augusto Higa, Hildebrando Pérez Huarancca y el autor de este artículo.

Los detractores de Narración, aparte de criticar el que no hubiera cuentos extraordinarios en la revista, señalaban que en los años de la difusión de esta, ninguno de sus integrantes publicó algún libro trascendente. Solo al año siguiente de la edición del tercer número, empezó a verse una producción a la altura de las expectativas que habían generado el grupo. Según estos críticos, la explicación es que al interior de Narración se controlaba o reprimía la producción individual de sus integrantes.

Por ignorancia o por prejuicios, se pasaba por alto que en Narración el compromiso político-ideológico no implicaba seguir los lineamientos de un determinado partido, requerimiento siempre limitante para la creación. Políticamente, el grupo funcionaba como un frente, en la medida que existían varias posiciones políticas. Lo único que se esperaba de sus integrantes era un compromiso con el pueblo, con los sectores oprimidos de la sociedad; una demanda que cada uno interpretaba a su manera. Y como por origen o extracción de clase, o identificación ideológica, todos habían ingresado a la creación con esta motivación, incluso cuando el grupo como tal se disolvió, mantuvieron muchas coincidencias en su quehacer literario.

De manera, pues, que no había parámetros para la creación en cuanto a los temas, técnicas y poética en general. Así, cada uno trazó, consolidó o replanteó su producción en función de sus motivaciones personales, en la soledad del acto creativo, pues esto no se discutía en las sesiones de trabajo. La participación del colectivo en la producción creativa solo se hizo presente en la escritura de las crónicas.

La escasez de publicaciones en los años de vigencia de la revista se debió, en gran medida –no existen explicaciones absolutas en materia de creación literaria– a que los más jóvenes estaban en proceso de maduración de su escritura y, los de mayor experiencia, se hallaban abocados casi por completo a la reflexión teórica y crítica, y al impulso a las crónicas.

Recién con el correr de los años y la publicación de lo medular de la obra de los integrantes de Narración se ha podido calibrar el nivel de su calidad creativa y la excelencia de su escritura. Cada uno por su cuenta ha forjado su visión personal sin que ello haya significado caer en posiciones ideológicas contradictorias con las asumidas durante la etapa de su participación en el grupo.

En este artículo, no pretendo de ninguna manera establecer un balance de la labor individual de cada uno de los integrantes del grupo, tanto porque me estoy limitando a establecer líneas generales del significado de Narración, como porque el corpus es muy grande (más de sesenta libros de cuento y novelas), además de que varios de los integrantes aún se encuentran en proceso de completar su obra. Entre ellos están Antonio Gálvez Ronceros, Augusto Higa, Juan Morillo y el autor de este artículo. Hildebrando Pérez Huarancca, Oswaldo Reynoso, Miguel Gutiérrez y Gregorio Martínez han fallecido.

A ellos se les podrían sumar algunos escritores independientes, con puntos de vista y planteamientos coincidentes, total o parcialmente, con las formas literarias y a la orientación que propugnaba el grupo Narración, como Luis Urteaga Cabrera y Julio Nelson. También podría tenerse en cuenta, previa labor de investigación aún por hacer, a algunos escritores de provincias y otros muy jóvenes que de algún modo asimilaron los planteamientos teóricos y la manera de hacer novela y cuento del grupo.

Abstrayendo las particularidades de cada cual y sus logros –mayores o menores–, en conjunto, el grupo “Narración” representa una opción concreta de forjar una literatura popular, tras haber logrado superar los principales escollos con que se había topado la literatura de este tipo: el esquematismo, la pobreza de información y de recursos técnicos y, en fin, la falta de un sólido sustento teórico y filosófico.

 

Ampliación y difusión de la producción de Narración

Después de la salida del tercer número de Narración, el grupo decidió dar un salto en la edición de sus propuestas narrativas con la creación de un sello editorial. Inicialmente se lo denominó Ediciones Narración, para luego cambiarlo por Ediciones Nueva Crónica.

El cambio de nombre no era gratuito, pues seguía la lógica que dio lugar al papel cada vez más importante que fueron asumiendo las crónicas en la revista del grupo. El primer número de Narración se estructuró en base a ensayos literarios, cuentos y una sección de crítica. En el segundo, se suma un nuevo componente: la crónica: “Los sucesos de Huanta y Ayacucho / Por la gratuidad de la enseñanza”, que aparece como un suelto. En el tercer número, la crónica “1971: Gran Huelga Minera” ocupa la mitad de la revista, constituyéndose en el producto más importante de la misma, y, en poco tiempo, el rasgo más notorio de la producción literaria del grupo. En la Introducción a “las crónicas de NARRACIÓN” (Gutiérrez, 1981, p. 17),  Miguel Gutiérrez señala que las crónicas “… surgieron, entre otras razones, para relatar y dar testimonio de las luchas del pueblo peruano en oposición a las versiones que el oficialismo daba de las mismas”.

El proyecto editorial se sustentaba en tres series: una, denominada Nueva Crónica y Buen Gobierno, destinada a la edición de crónicas. Con el libro Luchas del magisterio, de Mariátegui al SUTEP se había inaugurado la serie, en 1979, bajo el sello Ediciones Narración. El segundo libro, titulado  Cobriza, Cobriza 1971, consistente en una reedición de la segunda crónica del grupo, que fuera publicada en el segundo número de la revista, salió en 1981, en esta ocasión bajo el sello Ediciones Nueva Crónica, que reemplazaba la denominación anterior.

La otra serie, El Tungteno, estaba encaminada a la edición de narrativa de ficción. En ella se llegaron a publicar Los Ilegítimos (1980), libro de cuentos de Hildebrando Pérez Huarancca y Color de la ceniza y otros relatos (1981), de Víctor Zavala Cataño, escritor afín al grupo. A ellos se preveía sumar en un futuro próximo dos antologías que nunca se llegaron a publicar: una sobre el realismo social en el Perú, bajo mi responsabilidad, y otra sobre la narrativa china contemporánea, cuyos responsables serían Miguel Gutiérrez e Hildebrando Pérez Huarancca.

En la serie Sétimo Ensayo, destinada a recoger la producción ensayística de teoría y crítica literaria, se anunciaba Los dos caminos de la literatura peruana, de Miguel Gutiérrez y Narrativa y sociedad en el Perú contemporáneo, a mi cargo.

Ninguno de estos dos libros vería la luz; así como ninguno más del proyecto editorial, que se canceló automáticamente con la disolución del grupo a principios de la década del ochenta. La intención de crear un sello editorial se enmarcaba en la permanente intención de sentar las bases para conformar una prensa popular. Al inicio, esto era solo una idea, una aspiración teórica, pues los recursos económicos apenas permitieron la salida del primer número. En el segundo, se advierte una gestión que permitió la convocatoria a un concurso exclusivamente para obreros y campesinos. Se trataba de premiar la presentación de “un relato testimonio que narre algún acontecimiento que se haya dado dentro de las luchas reivindicativas del obrero del campesino de nuestro país”. Lo singular del caso es que había tres premios, de S/2,500, S/1,500 y S/1,000, que solo podían explicarse por el respaldo de alguna institución o empresa, seguramente editorial.

El concurso debió declararse desierto, y no se convocó nuevamente en el tercer número. Tampoco se tuvo resultados prácticos con la edición de la tercera crónica, referida al magisterio, pues se tiraron 5,000 ejemplares, con el convencimiento de que los docentes le daríanel respaldo necesario para capitalizar las siguientes publicaciones. El resultado no fue en absoluto el esperado, pues los mecanismos de difusión y venta fallaron por completo.

 

Disolución del grupo

La interrupción del funcionamiento del grupo como tal se produjo al inicio de los años ochenta, cuando en el país se empezaban a vivir nuevos y estremecedores sucesos que alteraron su funcionamiento.

Para entonces, dos de sus integrantes estaban viviendo fuera del país por tiempo indefinido: Oswaldo Reynoso en China y Gregorio Martínez en Estados Unidos. Algunos antiguos miembros ya no pertenecían al mismo: Augusto Higa, Antonio Gálvez Ronceros, Juan Morillo. Otros dos, al poco tiempo se incorporaron al movimiento que se alzó en armas contra el Estado peruano: Hildebrando Pérez Huarancca y Vilma Aguilar, quien no era escritora pero siempre cumplió un papel fundamental en el desenvolvimiento del grupo.

La decisión que adoptaron estos dos integrantes de Narración pusieron en evidencia los límites de su funcionamiento como tal, pues se había llegado a un implícito momento de definición: o el grupo como tal se integraba al movimiento  en armas, o se dejaba que cada uno tomara la decisión individual que considerara más conveniente. Como en Narración nunca hubo unanimidad de posiciones políticas, por su carácter de frente, la solución fue la última: que cada uno actuara según sus ideas y su conciencia.

Se había llegado al inevitable momento en que contienden las armas con las letras, cuando estas pretenden ir más allá de sus posibilidades. Porque ambas pueden convivir en tiempo de paz, mas no así en situaciones de conflicto. Y, como es irremediable, en el momento de los hechos la realidad siempre se impone a la imaginación, a la literatura; aunque también, como es previsible, la creación trascenderá la muerte.

 

A manera de conclusión

Haciendo un balance entre las aspiraciones del proyecto de Narración y sus realizaciones, queda claro que aunque sus propuestas a nivel de crítica y teoría literaria fueron muy sólidas y coherentes, en gran medida estas han perdido vigencia. Por otra parte, las crónicas constituyeron una forma creativa destinada a alcanzar objetivos estéticos y políticos que representaron y representan un singular e inédito esfuerzo creativo en la literatura peruana por tratarse de una creación colectiva; pero que no alcanzaron a constituirse en textos que llegaran a la gran mayoría de sus destinatarios. En cuanto a la producción narrativa individual de sus integrantes, algunas de sus obras han alcanzado niveles de excelencia que las han convertido en hitos de la narrativa peruana de la segunda mitad del siglo veinte en adelante.

 

Bibliografía:

  • GUTIÉRREZ, M., AGUILAR, V., MUR A. M. (1981). Cobriza Cobriza 1971. Lima: Ediciones Nueva Crónica.
  • PÉREZ HUARANCCA, H. (1980). Los ilegítimos. Lima: Ediciones Narración.
  • REYNOSO, O., AGUILAR, V. PÉREZ, H. (1979). Luchas del magisterio. De Mariátegui  al SUTEP. Lima: Ediciones Narración.
  • TENORIO REQUEJO, N. (2006). El grupo narración en la literatura peruana. Lima: Arteidea editores.
  • VARIOS (1966). Narración 1. Revista literaria peruana. Lima: noviembre de 1966.
  • VARIOS (1971). Narración 2. Revista literaria y de opinión. Lima: julio de 1971.
  • VARIOS (1971). Narración. Nueva Crónica y Buen Gobierno, núm. 3. Lima: 31 de julio de 1974.
  • VARIOS (1986). Primer encuentro de narradores peruanos (segunda edición). Lima: Latinoamericana Editores.
  • ZAVALA CATAÑO, V. (1981). Color de la ceniza y otros cuentos. Lima: Ediciones Nueva Crónica.

 

Cómo citar este artículo:

REYES TARAZONA, Roberto, (2018) “Narración: cincuenta y dos años después”, Pacarina del Sur [En línea], año 10, núm. 37, octubre-diciembre, 2018. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 13 de Noviembre de 2018.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1686&catid=5

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