Pacarina del Sur
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Las cartas de Haya de la Torre a Carlos Pellicer:
Un revolucionario peruano le escribe a un poeta mexicano

Osmar Gonzales A.

 

Artículo recibido: 9-10-2012; aceptado: 18-12-2012

El contenido de las cartas que el político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre le envió al poeta mexicano Carlos Pellicer es rescatado por Ricardo Melgar Bao y María Esther Montanaro, enriqueciendo el número y la calidad de fuentes documentales que registran las redes intelectuales y políticas que se expandieron en nuestros países. Las cartas del líder aprista al poeta mexicano durante 56 años nos hablan de una amistad duradera. En esa correspondencia, el autor analiza y contrasta a los dos personajes sin perder de vista el contexto político del Perú y México, lo que es útil para que el lector pueda seguir dos trayectorias trascendentales de la identidad latinoamericana.

Palabras clave: Correspondencia, Intelectuales, Aprismo, Revolución Mexicana, Lucha política

 

La relación que mantuvo Víctor Raúl Haya de la Torre con México siempre fue afectuosa, agradecida y sinceramente admirativa. El hecho histórico de la Revolución de 1910 que marcaría una nítida línea divisoria —un antes y un después— en la historia de América Latina y que mostraba a los revolucionarios de principios de siglo XX que era posible fracturar las tradicionales estructuras de las sociedades latinoamericanas. Pero al lado de los revolucionarios mexicanos estaban los intelectuales, privilegiados contemporáneos que se mostraban al mundo orgullosos de la nueva nación que estaban conformando, renovando las artes plásticas, el pensamiento y las letras. Haya de la Torre abrevó de ambos —de la Revolución y de los intelectuales— y renovó permanentemente sus lazos afectivos con el país del norte.


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Es sabida y está bastante documentada la relación de tutelaje que el filósofo José Vasconcelos mantuvo con el líder trujillano, pero es menos conocida la amistad que Haya de la Torre sostuvo con los nuevos escritores como Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Jesús Silva Herzog, Daniel Cossio Villegas, Antonio Caso, Diego Rivera y Carlos Pellicer.  Precisamente con este último, mantuvo un interesante intercambio epistolar que ha sido rescatado por Ricardo Melgar Bao y María Esther Montavaro en el libro V.R. Haya de la Torre a Carlos Pellicer. Cartas Indoamericanas en el que —además de las epístolas— dan a conocer algunos otros documentos y fotografías que acompañan y dan contexto a las cartas.[1]

El primer contacto personal entre Haya de la Torre y Pellicer ocurrió en Lima, en el año 1922, cuando el primero era presidente de la Federación de Estudiantes del Perú, y el poeta mexicano integraba la directiva de la Federación de Estudiantes de México. Como informan los editores: “Pellicer, en su calidad de representante estudiantil, pasó por Lima y estableció vínculos con los dirigentes estudiantiles peruanos, algunos de los cuales como Raúl Porras Barrenechea lo había conocido en México con motivo del Congreso Internacional de Estudiantes celebrado un año antes. Pellicer se pronunció solidariamente a favor de sus pares peruanos y en contra del régimen autoritario de Augusto B. Leguía…” (p. 15). No es fortuita esta solidaridad, pues ambos pertenecían a la misma generación latinoamericana. Además de la Revolución mexicana, la Reforma Universitaria que estalló en Córdoba en 1918 era el otro símbolo que los jóvenes latinoamericanos enarbolaban en sus proyectos de unidad continental (iniciado bajo el espíritu arielista) dentro de un momento histórico de cambios profundos mundiales como lo había demostrado la Revolución rusa (1917) y la Gran Guerra (1914- 1918).

El fino poeta mexicano, Carlos Pellicer, nació en el Estado de Tabasco, ubicado en el sureste de México, en el año 1897, es decir que, cuando inició la Revolución en su país, contaba con 13 años escasos para participar en ella pero suficientes para asimilar los aires de justicia y reivindicación sociales que exhalaba. Miembro de una familia de clase media, la situación económica familiar empeoró cuando su padre se enroló en el ejército constitucionalista que estaba bajo el mando del futuro presidente Álvaro Obregón. Ante esa situación, el futuro poeta y su madre debieron trasladarse a Campeche, hacia el año 1909. Para enfrentar las carencias, Pellicer tuvo que trabajar vendiendo los dulces que preparaba su madre, la misma que simultáneamente estimuló su vocación y amor por las letras. La relación de Pellicer con su madre sería muy unida siempre. Precisamente, fue en esas difíciles circunstancias en las que empezó a escribir sus primeros versos. Pocos años después, en 1912, escucharía al exuberante poeta peruano José Santos Chocano —colaborador de los revolucionarios Pancho Villa y Venustiano Carranza, pero terminaría siendo enemigo enconado de Vasconcelos—, quien en una velada leyó treinta y cuatro de sus poemas que emocionaron profundamente al escritor mexicano e influyeron en su identificación latinoamericanista, en su admiración por Simón Bolívar y que más adelante se reflejaría en su creación literaria. Ya trasladado a la Ciudad de México, Pellicer realizaría sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria.

            En 1919, Venustiano Carranza instaba a los estudiantes agrupados bajo la Federación de Estudiantes de México para que designaran una delegación para que viajara a Sudamérica. Pellicer fue designado por la asamblea para representar a los estudiantes mexicanos ante Colombia (en donde hizo amistad con Germán Arciniegas) y Venezuela, que desde 1908 era gobernada con mano férrea por el dictador Juan Vicente Gómez (hasta su muerte, ocurrida en 1935). De este diría el propio Vasconcelos -el 12 de octubre de 1920, el llamado por entonces “Día de la Raza”- que “es un cerdo humano que deshonra nuestra raza y deshonra a la humanidad”.[2] Pellicer ya había regresado a su país y escuchó atentamente las palabras de Vasconcelos, por quien llegaría a sentir veneración absoluta. Tres días después, el 15 de octubre, rindió su informe ante la Federación de Estudiantes sobre las actividades realizadas durante su viaje, y aprovecharía la oportunidad para criticar con dureza a la dictadura venezolana (“sin duda, una de las más vergonzosas”, decía); pero no se quedó en la denuncia, pues también, iracundo, se dirigió a la Embajada de ese país y apedreó sus ventanas exigiendo la liberación de los estudiantes venezolanos presos. Los ecos de su protesta y arenga llegaron hasta los oídos de José Vasconcelos, quien en 1920 había sido nombrado Rector de la Universidad Nacional. De inmediato quiso conocerlo y lo citó, por intermedio del filósofo Antonio Caso, a su oficina. La buena impresión que le produjo Pellicer hizo que le diera una ocupación en la propia Universidad Nacional. En 1921, Vasconcelos fundaría la revista El Maestro y, a su pedido, Pellicer colaboraría en el primer número con un artículo sobre los congresos estudiantiles latinoamericanos. En esa revista también escribiría la poeta chilena Gabriela Mistral, invitada a México por el propio Vasconcelos para llevar adelante su labor pedagógica.[3]

Carta manuscrita de Haya de la Torre a Carlos Pellicer
Carta manuscrita de Haya de la Torre a Carlos Pellicer [Fragmento]. 12 junio de 1924.Fuente: Biblioteca Nacional de México

Cuando Vasconcelos estuvo al frente de la novísima Secretaría de Educación Pública desde el 12 de octubre de 1920, contrataría a Pellicer como su secretario personal. Esto no era extraño a la vocación magisterial de Vasconcelos sino, por el contrario, era parte de una política suya, la de estimular y promover a jóvenes intelectuales, es así que lleva a la Secretaría de Educación Pública a aquellos escritores jóvenes que lo habían acompañado en la Universidad Nacional, como Jaime Torres Bodet, Rafael Heliodoro Valle, Salomón de la Selva, entre otros. Para entonces, Pellicer ya había dado sus primeros pasos en la literatura.

En efecto, en 1918, Pellicer había sido cofundador de la revista San-Ev-Ank, y de un nuevo Ateneo de la Juventud, en 1919, siguiendo la huella cultural dejada por el maestro de su generación, el propio Vasconcelos. Además, colaboraba en revistas como Falange, Gladios y Ulises, y, por supuesto, en Contemporáneos. Ya provisto de una profunda emoción social, Pellicer, junto a Vicente Lombardo Toledano, Diego Rivera y otros, daría forma al Grupo Solidario del Movimiento Obrero. De esta manera, el poeta tabasqueño empezaba a unir la poesía con el compromiso social efectivo de carácter integracionista, un elemento de su actuación pública que no abandonaría el resto de su vida. Vasconcelos diría que Pellicer pertenece a “la familia internacional que tiene por Patria el Continente”. En ese mismo año, 1921, Pellicer publicaría su primer poemario, titulado Colores en el mar y otros poemas. Desde entonces comenzó a pulir las características fundamentales de su creación poética, en la que destaca su atención por la naturaleza con un sentido místico, religioso y sensual.

Como señala Elena Alicia Magaña Franco,[4] los críticos han definido a Pellicer como “poeta del trópico” o “poeta bucólico”, debido a su predilección por tomar atención a ríos, floras, mares y cielos. No obstante, el estudioso Felipe Vázquez,[5] señala que Pellicer es más que eso, pues hay que tomar en consideración que su poesía también es vanguardista, religiosa, intimista e, incluso, neoclásica.[6] Desde los inicios de los años veinte, Pellicer iba a ir forjando su prestigio literario. En 1922, Vasconcelos le pidió que lo acompañara en su viaje a Sudamérica, específicamente a Brasil, Argentina y Chile.[7] Fue en esa ocasión que llegaría a Lima y entablaría relación con los estudiantes peruanos, especialmente con Haya de la Torre.

Por su parte, Haya de la Torre había nacido en 1895, en Trujillo, capital del departamento de La Libertad, al norte del Perú, caracterizado por sus grandes haciendas azucareras, origen de las más importantes familias oligárquicas.[8] Desde su adolescencia leyó la prédica radical del maestro Manuel González Prada, se vinculó a su grupo de vanguardia, conformado, entre otros, por el filósofo Antenor Orrego, el escritor Alcides Spelucín, el dibujante Federico Ezquerre y el máximo poeta, César Vallejo. Es el famoso Grupo Norte. Luego de concluir sus estudios en la facultad de letras de la Universidad Nacional de La Libertad, Haya de La Torre, como muchos de sus contemporáneos y coterráneos, emigraría a Lima en el año 1917. Además de seguir estudios, se había propuesto conocer personalmente a González Prada y para ello lo visitó en su oficina de Director de la Biblioteca Nacional, produciéndose un encuentro que lo marcaría indeleblemente. Pero también tuvo oportunidad de conocer a lo más destacado de su generación, como los escritores e historiadores Luis Alberto Sánchez, Abraham Valdelomar, Jorge Guillermo Leguía, Raúl Porras Barrenechea, Enrique Bustamante y Ballivián, entre muchos más. Por un tiempo, en 1917, vivió en el Cusco, para ello debió trasladar su matrícula a la Universidad San Antonio Abad, y también trabajó como secretario del Coronel César Gonzáles Navarrete, cuando este fue nombrado prefecto de la capital incaica.

En 1919 la Federación de Estudiantes del Perú nombró a Haya de la Torre, junto a otros integrantes, como delegados universitarios ante la Comisión de Huelga de los Obreros que luchaban por la jornada laboral de ocho horas y por aumento de sueldo, entre otras demandas. Haya de la Torre, desde la tribuna del agitador y José Carlos Mariátegui, desde la tribuna del periodista, fueron los aliados imprescindibles de esa conquista histórica. Por fin la jornada laboral de ocho horas era ley. El presidente José Pardo emitió la norma respectiva y se abrió un nuevo momento en la relación entre intelectuales y trabajadores en el Perú, la que traería importantes consecuencias en la historia peruana. La efervescencia política iba en aumento y los marcos nacionales se mostraban insuficientes para el accionar de esos jóvenes rebeldes. El movimiento estudiantil de Córdoba empujaba a los miembros de la nueva generación latinoamericana a interactuar. Por ello, no es raro que Haya de la Torre buscara relacionarse con José Ingenieros, el maestro de la juventud argentina, pero también con Alfredo Palacios, el primer diputado socialista, y con Gabriel del Mazo, presidente de la Confederación Universitaria Argentina. En el mismo año —1919— los estudiantes peruanos pugnaban por una sustantiva reforma de la enseñanza universitaria, el resultado fue que el gobierno de Pardo cerró la universidad, pero su sucesor, Augusto B. Leguía, apoyó la reforma, y con esa medida se ganaría el apoyo del sector estudiantil, que lo denominaría Maestro de la Juventud. Pronto esa relación armoniosa acabaría violentamente.

Carlos Pellicer. 1924
Carlos Pellicer. 1924. C. de Rojo, Alba, (2003). Carlos Pellicer. Iconografía, México, Fondo de Cultura Económica.

Para fines de 1919 Haya de la Torre era presidente de la FEP y bajo esa condición organizó en el Cusco el primer Congreso Nacional de Estudiantes en los primeros meses de 1920. Uno de sus acuerdos fue la organización de las Universidades Populares, a las que Haya de la Torre les dedicaría todo su esfuerzo y a las que les daría —en 1922—el nombre de González Prada. Para entonces, Haya de la Torre también era asiduo asistente de la YMCA y trabajaba como profesor en el Colegio Anglo-Peruano, dirigido por John McKay, ministro presbiteriano, con quien establecería una relación de amistad que sería muy importante posteriormente en la trayectoria del fundador del aprismo. Precisamente, con lo ahorrado por las clases dictadas e n el Anglo-Peruano, Haya de la Torre podría recorrer algunos países vecinos, como Bolivia, Uruguay, Argentina y Chile. El emergente líder declaró que apoyaría las relaciones amistosas entre Perú y Chile, hecho políticamente incorrecto para las esferas del poder, pero que era muestra del nuevo espíritu integracionista que ya circulaba por la nueva generación de los países sudamericanos. En reacción, Leguía le advertiría a Haya de la Torre que iba a reprimir enérgicamente toda expresión de derrotismo, al mismo tiempo que —entendiendo que podía ser un opositor incómodo— le ofrecía pagarle estudios en Londres para que se marchara del país, propuesta tentadora que rechazó.

Fue en esa época —inicios de la segunda década del siglo XX— que Haya de la Torre y Pellicer se conocieron, como ya lo mencioné, en Lima, y a propósito de una reunión estudiantil. Y es a diciembre de ese año que corresponde la primera carta que el peruano enviara a su amigo mexicano fechada el 14 de diciembre de 1922, enviada desde su domicilio, en Cailloma 441. Es una carta amigable, que trata de cosas cotidianas. Haya de la Torre le cuenta a Pellicer que está en clases, que le escribe apenas ha salido de rendir un examen y que está en las pruebas finales de filosofía y letras. Le cuenta que lo conoce por referencia de amigos comunes como Eugenio Gonzales, Raúl Porras Barrenechea y Vinelli, y que por ellos lo respeta, “como a dueño de un grande y generoso corazón” (p. 30). Ya para entonces Haya de la Torre soñaba con conocer México. “Lo sueño y lo anhelo y una esperanza recóndita y no sé por qué razón, segura me dice que he de ir algún día. Para entonces habremos ya hablado largo por escrito, venciendo esta inexorable lejanía que nos separa” (p. 30). Haya de la Torre no podía imaginarse en ese entonces lo proféticas que serían sus palabras, especialmente teniendo en cuenta lo trascendental que sería México en su formación político-ideológica.

En otro momento de su misiva, Haya de la Torre se refiere a Vasconcelos como “Licenciado” (a veces también lo llamaba Pitágoras), siempre en tono cariñoso, por ello, reclama su presencia y confiesa que lo admira “como hasta ahora no he admirado a político alguno” (p. 30). Pensar que poco tiempo después Haya de la Torre ocuparía el lugar de Pellicer como secretario personal del autor de La raza cósmica. Pero dentro de una carta ligera emerge la preocupación por la situación política cuando le comenta a su interlocutor mexicano que ya se siente especialmente observado por haber apoyado el movimiento de reforma universitaria, y le confiesa que quienes participaron en él son vistos con “sórdida desconfianza por los docentes juveniles del claustro viejo” (p. 31). Precisamente, este acoso daría un tono angustioso a la segunda carta, fechada simplemente en 1923.

En efecto, el contexto de la siguiente comunicación ya sería totalmente distinto. Ocurrió que el presidente Leguía buscando ampliar sus alianzas para las elecciones de 1924, pactó con el ala más conservadora de la Iglesia católica (representada por el Cardenal Lisson), y acordó consagrar al Perú al Sagrado Corazón de Jesús. Haya de la Torre acaudilló las movilizaciones populares de oposición hasta lograr que el gobierno desistiera de su “maniobra político-religiosa”. La congregación fue multitudinaria y se dice que Leguía pretendió, por segunda vez, sobornar al líder a cambio del destierro voluntario obteniendo un nuevo rechazo. Por el contrario, a escondidas, el líder trujillano fundó la revista Claridad como órgano de expresión “de la juventud libre del Perú” y de las Universidades Populares. En este marco de persecución Haya de la Torre le escribe a Pellicer acogido por las autoridades del colegio Anglo-Peruano (y le pide que su respuesta la envíe a Mr. Evard Hey y anota la Casilla 930 de dicho colegio): “En estas terribles horas de lucha que estoy viviendo he pensado mucho en U.” (p. 32).“Vivimos bajo la más innoble tiranía” (pp. 34-35). Pero también es admirable —en medio del desastre— le pide algunas líneas para la revista Claridad. Le comenta que las cosas empeoran por su estado de salud: “Aún estoy resfriado y como sufro de una afección al pecho se espera mi salida para desterrarme o prenderme. ¿No parece extraño que en pleno siglo XX una república viva bajo una tiranía clerical?” (p. 35). Luego, equipara a Leguía con el dictador venezolano Vicente Gómez, contra quien Pellicer había mostrado su oposición, como vimos. Le pide también que se encargue que en México repercuta y se conozca su reclamo. Le envía —tal como hizo con Ingenieros— los periódicos sobre la jornada de 1923. Ya mostraba clara conciencia de la importancia de la propaganda para la lucha política, publica su folleto Dos cartas de Haya de la Torre. Finalmente le solicita que interceda ante Vasconcelos para que envíe unas palabras de aliento a favor de su lucha.

El gobierno pudo capturar a Haya de la Torre y este fue enviado a la isla San Lorenzo. Ahí protagonizó una huelga de hambre de siete días que lo puso al borde de la muerte. Fue entonces, bajo esas circunstancias, que Leguía decidió enviarlo al exilio. Primero, Haya de la Torre llegó a Panamá en donde tuvo intensa actividad como conferencista en las dos semanas que permaneció en dicho país. En esos días le llegó la noticia de que, por recomendación de Gabriela Mistral, Vasconcelos —ya secretario de Educación Pública— lo había nombrado su secretario personal, a fines de 1923; con él Haya de la Torre incorporaría en su mensaje la importancia del Estado educador. En los primeros días de noviembre, el político peruano llegaría a La Habana en donde conocería a Julio Antonio Mella, presidente de la Federación de Estudiantes de Cuba, quien afirmaría que el peruano “es el sueño de Rodó hecho carne: Es Ariel”. Nótese como todavía a inicios de los años veinte el arielismo influía en la nueva generación. A mediados de noviembre llegaría a México, en donde se instalaría provisionalmente en la casa de Mistral, en San Ángel Inn, con quien haría gran amistad, lo que contribuyó a su vez a intensificar sus vínculos con Pellicer, dada la buena relación que ya existía entre ambos poetas.[9]

El 7 de mayo de 1924 tendría lugar el famoso acto en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Preparatoria de la Universidad Nacional de México, en el que Haya de la Torre entrega a la Federación de Estudiantes de México la bandera con el escudo de la Universidad Nacional de México que luego el aprismo tomaría como inspiración para la suya propia. Equívocamente, Haya de la Torre identifica este acto universitario como el momento fundacional del aprismo; pero ahora sabemos que eso solo es parte de la mitología.[10] En ese mismo año, se organiza un viaje de estudiantes presbiterianos a Rusia. Como Haya había enseñado en el Anglo-Peruano, recibió el apoyo financiero de su colega Ann Graves. Yendo hacia Moscú visitó la Universidad de Texas, junto con Vasconcelos. Luego siguió a Nueva York. Desde la ciudad de los rascacielos le escribió nuevamente a “Carlitos” el miércoles 12 de junio de 1924 (Park Manhattan, New York). Le confiesa que no se ha deslumbrado ante la ciudad. Dice que hermosa es la Puebla de antes, Buenos Aires y Río de ahora. Nueva York aplasta, por eso no puede ser considerada hermosa, sentencia. Es una “ciudad que hace ruido pero que nada dice” (p. 43).Recuerda a Máximo Gorki y su La ciudad del diablo amarillo. Le confiesa a su corresponsal que está triste, pues tendrá que partir a Europa. Pero además lo entristece la noticia del agravamiento de la salud de Mariátegui. Le escribe a Pellicer con pesar: “Mariátegui, el amigo leal y heroico se muere. Como Ripa [Alberdi, ensayista argentino] se va tuberculoso” (pp. 43 y 44). Mariátegui no moriría, pero sí se trató de una de las tantas crisis que sufrió por la tuberculosis que padecía desde niño, y que llevaría a que en 1925 le amputaran la pierna derecha. Pocas líneas después Haya de la Torre levanta el ánimo y concluye casi hiperbólicamente: “Nada importa Nueva York cuando se ha conocido a un Vasconcelos” (p. 44)

En la siguiente comunicación (Nueva York, 1924, 15 Gramercy Park-Manhattan), le comenta a Pellicer que prepara su viaje: “Salgo de América y de nuevo me duele México en el corazón” (p. 48). Y vuelve sobre Nueva York con sus comentarios cargados: “insoportable, la veré cada vez más lejos desde el barco, con verdadera alegría” (p. 49). El 29 de junio de 1924, desde Danzig (Polonia) le dice que también le ha escrito desde Copenhague, pero que no ha recibido respuesta. Se trata del inicio de su experiencia en los países europeos, de la que dejaría importantes testimonios. “Todo es de una belleza exótica para mí” (p. 51), confiesa deslumbrado. “¡Además bien me siento lejos de yanquilandia!” (p. 52). Posteriormente, Haya de la Torre saldría de Riga y, en tren, llegaría a Moscú, ahí asistiría al quinto congreso de la KOMINTERN y al congreso mundial de la juventud comunista. También conocería a líderes revolucionarios como Trotski, Lunatcharski, Bujarín, Zinoviev y Losowski. De Rusia, Haya de la Torre pasaría a Berlín, pero el clima le jugaría una mala pasada, que se conjugaría con las secuelas de la huelga de hambre ya aludida. Se le declaró una fuerte bronquitis que debió atender en Suiza. El diagnóstico fue tuberculosis, y por ello debió internarse en una clínica suiza, el Sanatorio de Leysin. En este país conocería al Premio Nobel de Literatura, RomainRolland —quien había optado por el exilio—, a quien llevaba una carta de Lunatcharski. Sensible a la campaña de Haya de la Torre, Rolland le ofreció telegrafiar a Tagore para que también se manifieste en contra de Leguía.

Haya de la Torre le escribe a su querido amigo Carlos el 3 de diciembre de 1924 desde la Clinique Chalet Chavannes: “Extraño esa Rusia con tanta tenacidad que cada mañana me consuelo cantando una de esas hondas canciones que oí en el Volga o viendo mis recuerdos, mis cartas, mis retratos” (pp. 66-67). Pero sigue extrañando América, por eso planea ir a México en febrero, después  “en mi último salto de juventud me iré al Perú, poniendo o no el pie en Argentina, pero llegaré a tiempo a la jornada final, a la jornada que alumbrará al sol de los Incas y … también el de Ayacucho” (p. 67). Refundida, encuentra una carta que le había enviado Vasconcelos (del 14 de noviembre) en la que lo invita ir a México, “vuelve a llamarme” (p. 70), saca pecho el peruano.

En medio de su internamiento, Haya de la Torre consiguió un permiso de diez días, lo que  aprovechó para visitar Ginebra, “para ver un dentista y para hacer ciertos trabajos que darán qué hacer a Leguía con motivo de Ayacucho” (p. 60). La Comuna suiza le pareció más linda que Berlín, más bulliciosa que Nueva York, más grata que Moscú, más grandiosa que Petrogrado y “más ciudad” que Copenhague o Berna (p. 60). Confiesa que disfrutó su estadía: teatro, comida, cine, pero sin olvidar el trabajo intenso, y siempre fue “antileguiista en todas las internacionales que hay en Ginebra, llave de muchas de las fuertes organizaciones sociales políticas o religiosas del mundo (pp. 60-61). En dicha ciudad conoció a Antonieta Rivas Blair (ligada a Vasconcelos tanto por su trabajo por la cultura, así como sentimentalmente). Con cierto orgullo, Haya de la Torre le cuenta a su amigo poeta las preocupaciones de Gabriela Mistral ante su deteriorada salud: “Después de todo en Europa he adquirido una tan honda alegría de vivir que a pesar de la tuberculosis, del destierro, río, canto, sueño, tengo siempre dispuesto el corazón para el volatín generoso” (p. 63). De Argentina también le llega una mano amiga, pues Gabriel del Mazo le ofreció apoyo económico. A pesar de la enfermedad, Haya de la Torre está contento porque constata que ha hecho más amistades, y queda sorprendido cuando comprueba que le ha llegado una carta de Pellicer, tan tacaño para escribirle unas cuentas líneas.

 Por su parte, para el poeta tabasqueño, el año 1924 fue febril, pues publicaría tres poemarios: Piedra de sacrificios. Poema iberoamericano (en cuyo prólogo Vasconcelos imprimió: “Leyendo estos versos he pensado en una religión nueva que alguna vez soñé predicar: la religión del paisaje”),[11]6, 7 poemas(homenaje a la “divina juventud”, muy en el mensaje de rubendariano) y Oda de junio. Como señala Jaime Concha: “Vasconcelos liga la obra de Pellicer al movimiento de intercomunicación universitaria que él mismo ha promovido desde su puesto como Rector y desde su posición ministerial. Digo ‘liga’, porque es casi una religión. Visto desde hoy, adquiere todo su alcance y vigor este movimiento de radio continental que empezó con la Reforma Universitaria de Córdoba (Argentina), se desarrolló con la prédica vasconcelista, se expresó con la actividad de un dirigente estudiantil como Haya de la Torre y en la obra del joven Mariátegui en el Perú, y halló focos tan vivaces y activos como la revista Claridad y el credo anarquista de Neruda y Juan Gandulfo en el Chile de los años veinte, etc. Sin demasiada exageración, es posible hablar de un verdadero internacionalismo universitario en esa época, cuya conciencia y significación quedarán retratadas para siempre en la figura del Estudiante concebida ulteriormente por Alejo Carpentier”.[12] En el transcurso del intercambio epistolar que llevaron adelante Haya de la Torre y Pellicer, ambos se fueron forjando en lo que cada uno aspiraba ser: político uno, poeta el otro. Aunque en ese camino varios desasosiegos los esperaban.

En efecto, la policía suiza —con toda seguridad en comunicación con el gobierno peruano— allanó la casa donde se alojaba Haya de la Torre; ahí aprovecharon para llevarse su manuscrito acerca de su experiencia en Rusia, pero es tanta su fascinación por esa visita que vuelve a escribir el texto. Los escritores Rolland y Salvador de Madariaga protestan. Haya de la Torre debió huir por el sur de Suiza, hacia Italia. Ya a salvo, visita Florencia y luego Francia, adonde llegaría en febrero de 1925; en París se reencontraría con un viejo amigo, el poeta César Vallejo. En carta del 16 de octubre de 1925 (Leysin Fedez), se queja con Pellicer que no le haya escrito. “¿Qué pasa? ¿Es que tras ‘las espaldas vueltas las memorias muertas’? Sigo siendo amigo inamovible y muy especialmente ahora que estoy enfermo, porque ya sé que si me muero tendré en ti un cumplido acompañante fúnebre. Esto si el muero ocurre en México y no en Ayacucho, como yo lo desearía” (p. 87). En compensación lo han visitado César Falcón, Mistral, Miss Graves y Rolland. Luego, en carta del 31 de diciembre de 1925 (Houghton Street) le comunica con sorpresa a Pellicer que ha recibido una voluminosa carta de él, y que ha pasado unos días enfermo y que por esa razón no podrá viajar a París.

Posteriormente, el político trujillano prosigue su peregrinaje y llega a Londres, en donde se matricula en la London School of Economics de la universidad de dicha ciudad. Luego, al correr el rumor de una posible invasión estadounidense en México, Haya de la Torre se reúne con otros anti imperialistas en París para apoyar al país latinoamericano. En la Maison des Savants de Paris se congregarían importantes figuras de la época, como Unamuno, Ingenieros, Manuel Ugarte, Carlos Quijano, Eugenio D´Ors y otros. En esa oportunidad, Ingenieros lo nombraría secretario adjunto de la nación argentina al Congreso Mundial de Derecho Penal. Ingenieros moriría el 31 de octubre de 1925. Ante el infortunado acontecimiento Haya de la Torre le escribiría a Pellicer el 31 de diciembre de 1925: “Triste, muy triste lo de Ingenieros. Cada vez que me acuerdo de él me apeno. Era un viejo zorro al que yo amaba alegremente. No me olvidaré nunca de él. Cordial, vehementemente maestro hasta en sus asomos de vejetería y de regaño, amaba y respetaba casi religiosamente a nuestra generación. Me lo confesó una vez. Muy buen amigo y muy útil a nuestra América” (p. 97). Ya Haya de la Torre había trasladado su matrícula ala Universidad de Oxford a seguir sus estudios de antropología y ciencias políticas.

Haya de la Torre en México. 1954
Haya de la Torre en México. 1954. Universidad Alas Peruanas (Fondo Editorial), 2005, Víctor Raúl Haya de la Torre. Perú.

            El año 1926 sería muy importante para la biografía de Haya de la Torre y para la historia del APRA. En diciembre de ese año The Labour Monthly publicaría el famoso artículo “What’s the APRA?”, en el que difunde el programa máximo del aprismo y que sería tan criticado por los comunistas de la Tercera Internacional, especialmente por su antiguo amigo, el cubano Mella. También se daría tiempo para apoyar la campaña de solidaridad con proletariado británico.

Por su parte, en 1927 Pellicer publicaría Hora y 20, que está “dedicado a la memoria de José Ingenieros, el pensador socialista argentino autor de El hombre mediocre, un ensayo de ascendencia rodoniana que fue lectura obligada para generaciones y generaciones hasta muy entrada la mitad del siglo último”.[13] En 1927 se funda la célula aprista de París. En febrero, Haya de la Torre ―que publicó ese año Por la emancipación de América Latina― participaría en el Congreso Internacional contra el Imperialismo y la Opresión Colonial en Bruselas. Ahí  polemizaría con Mella (ya comunista) y con Vittorio Codevilla (representante de la Tercera Internacional). En la Universidad de Oxford, a mediados de mayo, participaría en el debate sobre la doctrina Monroe. En agosto, desde Liverpool, parte hacia Estados Unidos. En Nueva York fundó una célula aprista. Regresaría por fin a su querido México. Para entonces Del Mazo ya había editado Por la emancipación de América Latina en Buenos Aires. En diciembre organiza la célula aprista del Distrito Federal, la que se sumó a la de París, Buenos Aires y Nueva York. En marzo de 1928, los apristas residentes en México redactan un plan de 15 puntos para la democracia en el Perú y el APRA adopta el nombre de Partido Nacionalista Libertador que acarrearía la ruptura entre Haya de la Torre y Mariátegui.

El político trujillano tendría una nutrida actividad. Apoya la lucha revolucionaria del nicaragüense Augusto César Sandino, también dicta conferencias en Guatemala, en donde también funda una célula aprista, pero es abruptamente expulsado hacia El Salvador. En este país no desperdició su estadía y siguió dictando conferencias de contenido anti imperialista y de unidad continental. Fracasa un proyecto insurreccional y se debe asilar en la Legación de México. Luego se trasladaría a Costa Rica, después a Panamá y como no lo dejaron desembarcar en México debió dirigirse a Bremen. En enero de 1929 arribó a Alemania y se establece en Berlín, en donde conocería a Albert Einstein, que tanta influencia tuvo en su pensamiento histórico-político. Fue en la capital alemana donde Haya de la Torre recibiría después la noticia de la caída de Leguía (ocurrida el 24 de agosto de 1930). El 24 de febrero de 1929, desde Roma (Pellicer está en París), se queja con su amigo de que el “chingado gobierno no me quiere conceder más de seis meses de pensión” (p. 110) y por eso tendría que dejar Italia.

Por su parte, en 1929 también, Pellicer publicaría Camino. Es el año de la postulación a la presidencia de su país por parte de Vasconcelos (que tantas amarguras le traería), y a quien Pellicer acompañó lealmente. Previamente a la campaña política, el maestro lo había comisionado para realizar estudios en Europa y otros países. Pellicer estudiaría museografía en La Sorbona, conocimientos que luego aplicaría en su país, convirtiendo a México en abanderado en materia museográfica en nuestros países. Gracias al impulso que se dio a los museos la población puede acceder a un conocimiento directo y fácil de sus orígenes, ayudando a que forje una densa identidad histórica. Pellicer tuvo un papel muy importante en ello.[14]

Carlos Pellicer en México. 1961
Carlos Pellicer en México. 1961. C. de Rojo, Alba, (2003). Carlos Pellicer. Iconografía, México, Fondo de Cultura Económica.

Haya de la Torre ya no tendría ningún obstáculo para regresar al Perú, lo que ocurriría en julio de 1931. Habiendo muerto Mariátegui en abril de 1930, el fundador del aprismo sería el líder de multitudes que tendría que enfrentar los gobiernos fascistas de los años treinta, representados por Luis M. Sánchez Cerro y Óscar R. Benavides. Aun así, desde el exilio, Haya de la Torre sacaría a luz dos libros en 1935: ¿A dónde va Indoamérica? y, sobre todo, El antimperialismo y el APRA. Luego de un muy breve paréntesis de gobiernos constitucionales de 1939 a 1948 (en este año publicaría Espacio-tiempo histórico, en donde se deja ver la influencia de Einstein), el Perú volvió a ser dirigido por un gobierno militar, el de Manuel A. Odría, quien mantuvo a Haya de la Torre prácticamente exiliado en la Embajada de Colombia en el Perú. Solo en 1954, dos años de que termine la dictadura, Haya de la Torre pudo salir del país. En 1956, coincidiendo con el fin de la dictadura, haría circular su Treinta años de aprismo, que representa un cambio de sus ideas políticas muy marcado.

Pellicer, por su parte, ingreso en una etapa de constante creación, la que se traduje en libros como Cinco poemas (1931), Esquemas para una oda tropical (1933), Estrofas al mar marino (1934), Hora de junio (1937), Ara virginum (1940), Recinto y otras imágenes (1941), Exágonos (1941), Discurso por las flores (1946), Subordinaciones (1949), Sonetos (1950). En 1953 fue integrado como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

En 1954 se vuelven a encontrar Haya de la Torre y Pellicer en Tepoztlán, donde rieron “más y mejor”. A partir de ahí, el peruano emprende nuevamente su peregrinaje por distintos países, como Uruguay, Holanda, Suecia, Dinamarca. Desde Oslo (Noruega), en carta fechada el 16 de octubre de 1954, le informa a Pellicer que ha estado gestionando con personas influyentes para que le sea otorgado al escritor mexicano Alfonso Reyes el Premio Nobel de Literatura, pero le urge a que envíe publicaciones (como Cuadernos Americanos), desconocidas en Suecia. Desde Groenlandia, el 17 de agosto de 1955, le reclama lo de siempre a su amigo: “Escribe, mal hombre y grandísimo poeta” (p. 141). Para 1959, el poeta mexicano ha llegado a los Andes, desde donde le escribe una amplia carta a su amigo, que está en Roma. Le cuenta Haya de la Torre que ha estado hablando de él con Germán Arginiegas y le invoca: “Vuelve a la tierra de los aymaras huaynacunas y dile a los mexicanos cómo son sus hermanos” (p. 145).

La vida de vaivenes del líder político hizo que Haya de la Torre regresara y se exiliara del Perú constantemente, enfrenando vetos de la oligarquía y de los militares. Fue y sigue siendo muy discutida su decisión de acercarse a los poderes oligárquicos que antes había combatido, a fines de los años cincuenta. En los sesenta intentó infructuosamente ganar la presidencia del Perú hasta que en 1968 se produjo el golpe militar anti-oligárquico del general Juan Velasco Alvarado. Para 1972, Haya de la Torre ya podía vivir en el Perú. Pellicer continuó con su labor creativa, publicando Práctica de vuelo (1956), Dos poemas (1962), Con palabras y fuego (1963). En 1964, fue elegido Presidente del Consejo Latinoamericano de Escritores en Roma, y obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Siguió publicando: Bolívar, ensayo de biografía popular (1966), Noticias sobre Nezahualcóyotl y algunos sentimientos (1972). En este último año se reanuda la comunicación epistolar, al menos según las evidencias que existen.

Las dos últimas misivas del líder aprista están escritas en Villa Mercedes, Lima, su morada final y ahora museo. En la del 27 de octubre de 1972, lo invita a viajar nuevamente al Perú, así como le comenta aspectos de su azarosa vida política, como el saqueo que ha sufrido su biblioteca personal por parte de la policía, en el que se fueron libros autografiados por el propio Pellicer; o que el Calendario Azteca y un Caballero Águila que le había obsequiado en México en 1924, tuvo que regalárselos a Rolland por lo mucho que le habían gustado: “…ahora solo me contentaré con que cuando vengas me traigas un libro de poemas, tanto más de nuestro tiempo juvenil mejor” (p. 148). Finalmente, en la del 22 de noviembre de 1972, el tono es nostálgico. Entre otras cosas le dice a Pellicer que le llegó una compilación de poemas mexicanos, Ómnibus, y que incluye uno suyo, de su juventud, del tiempo cuando se conocieron, precisamente. Rememora cuando su amigo leía en voz alta sus poemas, especialmente sobre su madre, a quien el peruano apreciaba honestamente. “Y esa noche de mi lectura y re-lectura de tus ditirambos aéreos a Río de janeiro y del poema con que acaricias la memoria de tu madre, me quitaste el sueño. Y volví a vivir ese México, más cercano quizá, para mí, que los que después reiniciamos en ‘Las Lomas’” (p. 151).

            Mientras Haya de la Torre seguía en la brega política, Pellicer continuaba con su labor cultural. En 1976 publicó Cuerdas, percusión y alientos, un año antes de su muerte, ocurrida el 16 de febrero de 1977, a los 80 años. Haya de la Torre fallecería el 2 de agosto de 1979, cuando ejercía la presidencia de la Asamblea Constituyente del Perú, con 83 años de edad.

 



Bibliografía:

[1] Ricardo Melgar Bao y María Esther Montanaro, V.R. Haya de la Torre a Carlos Pellicer. Cartas Indoamericanas, Taller Abierto-Pacarina del Sur, México, 2000. La estructura del libro se divide en dos secciones: Capítulo I, 1922-1929 (con 11 cartas, dos tarjetas postales, un telegrama al periodista uruguayo Carlos Quijano, y otro material de tipo político), y el Capítulo II, 1954-1978 (con seis cartas y nueve tarjetas postales). Además que se reproducen 18 imágenes provenientes principalmente de la Fundación Archivos Carlos Pellicer y de la Biblioteca Nacional de México, entre otras instituciones. No está demás insistir en que se tratan de cartas que Haya de la Torre de la Torre envió a Pellicer; las respuestas seguramente se han perdido en medio de las correrías políticas del peruano.

[2] Alberto Enríquez Perea, “José Vasconcelos y Carlos Pellicer en las jornadas educativas y políticas (1920-1924)”, http://www.difusioncultural.uam.mx/casadeltiempo/25_iv_nov_2009/casa_del_tiempo_eIV_num25_23_28.pdf

[3] Serge I. Zaïtzeff, “Cartas de José Vasconcelos a Gabriela Mistral y Carlos Pellicer”, http://www.difusioncultural.uam.mx/casadeltiempo/25_iv_nov_2009/casa_del_tiempo_eIV_num25_29_44.pdf

[4] Elena Alicia Magaña Franco, “El ‘poema aislado’ y la ruptura estética y vital de Carlos Pellicer”, www.ajlas.org/v2006/paper/2009vol22no208.pdf

[5] Felipe Vázquez, “Prólogo” al libro de Samuel Gordon La fortuna crítica de Carlos Pellicer. Recepción internacional de su obra 1919-1977, de 2004

[6] Por razones de edad, Pellicer perteneció a la generación marcada por la influencia de los escritores conocidos como los Contemporáneos, en alusión a la revista más destacada de su tiempo (1928-1931) en la que plasmaron sus creaciones autores como Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Gilberto Owen y Bernardo Ortiz de Montellano, divulgando una poesía de indudable carácter modernista. Aunque Pellicer escribió en sus páginas y fue amigo de sus integrantes, no se puede afirmar que haya sido representativo del espíritu de este grupo, por el contrario, los críticos señalan que mantuvo sus diferencias, dada las características de su poesía, contemplativa del universo. Es más, al parecer los Contemporáneos veían a Pellicer con distancia y cierto desdén. Solo hacia fines de los años cuarenta, los críticos empezarían a identificar, erróneamente, a Pellicer con ellos.

[7] A. Enríquez Perea, op. cit.

[8] Para los aspectos biográficos de Haya de la Torre me fue de gran utilidad el libro de Eugenio Chang-Rodríguez, Una vida agónica. Víctor Raúl Haya de la Torre, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2008.

[9] Desde Miraflores, el 6 de noviembre de 1923, Raúl Porras Barrenechea le escribe a Haya de la Torre: “Con tu ida, con otras ausencias anteriores, con los que se van alejando insensiblemente de nosotros, se va haciendo más lánguida y aburrida esta querida vida limeña de antes, que alguien se empeña en trastornar. Me  temo que no podamos reanudarla nunca  me lamento por las tareas que vas pasando sin que podamos aprovechar en charlas sus horas propicias”. En Ricardo Melgar Bao, “Raúl Porras y Haya de la Torre (1923): redes del movimiento de la Reforma Universitaria”, Boletín de la Casa Mariátegui, Lima, setiembre-octubre de 2011.

[10] Pedro Planas Silva, El joven Haya. Los orígenes del APRA, Okura editores, Lima, 1985, y Jorge Nieto Montesinos, “El proceso de constitución de la doctrina aprista en el pensamiento de Haya de la Torre”, Tesis de Maestría en Ciencias Sociales, Flacso-México, 1986

[11] Juan Nicolás Padrón, “Carlos Pellicer: la religión del paisaje”,  www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/carlos-pellicer-la-religion-del-paisaje/22385.html

[12] Jaime Concha, “Pellicer, Neruda: del Poema Iberoamericano al Canto General”, en AContracorriente. Una revista de historia social y literatura de América Latina, Vol. 8, No. 1, Fall 2010, 298-314, www.ncsu.edu/project/acontracorriente, pág. 303

[13] J. Concha, op. cit., pág. 304

[14] La herencia museográfica de Pellicer se concentra, entre otros, en museos como el del Parque Museo de la Venta, en Villahermosa, sobre la cultura olmeca, la Casa Museo Frida Kahlo, en Coyoacán, Ciudad de México y el Anahuacalli, de arte prehispánico.

 

Cómo citar este artículo:

GONZALES A., Osmar, (2013) “Las cartas de Haya de la Torre a Carlos Pellicer: Un revolucionario peruano le escribe a un poeta mexicano”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 14, enero-marzo, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Martes, 16 de Julio de 2019.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=611&catid=5

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