Jueves, 23 de Octubre de 2014

La "república"de Santiago Atitlán (1992)[nota]1[/nota]

Santiago Atitlán es un pequeño poblado con su mercado que brilla de frutas, artesanías y el ya variado surtido de fayuca. Todo ello enmarcado en un gran bullicio, su enorme iglesia al centro del pueblo, y ahora con toda una población plena de sonrisas cálidas y amistosas, como muestra de un pueblo que está satisfecho y con gran confianza en sí.

Palabras clave: república, Atitlán, mayas

 

El destartalado camión de pasajeros con el romántico nombre "La Ninfa de Atitlán" cubre los cerca de 165 kilómetros de Mazatenango[2] a Santiago Atitlán en un poco más de tres horas, como alma que lleva el diablo, y sin embargo nos deja ilesos en Santiago.

Santiago Atitlán es, como suelen ser las comunidades mayas en México y Guatemala, un pequeño poblado con su mercado que brilla de frutas, artesanías y el ya variado surtido de fayuca. Todo ello enmarcado en un gran bullicio, su enorme iglesia al centro del pueblo, y ahora con toda una población plena de sonrisas cálidas y amistosas, como muestra de un pueblo que está satisfecho y con gran confianza en sí.

Nuestro arribo a Santiago es justo en las vísperas de los preparativos de la gran fiesta al santo patrón: Santiago Apóstol, protector de los atitecos. La alegría y tranquilidad contrastan notablemente con la situación en el resto del país, dominado por la violencia y la desesperación. En Santiago se nota de inmediato la ausencia de soldados (kaibiles) y policía.

Durante los once años que la región del Lago de Atitlán estuvo ocupada por el ejército y la policía guatemaltecos, sus pueblos fueron objeto de un sin fin de atrocidades y violaciones de los más elementales derechos. Es así que con gran espontaneidad los atitecos se desahogan relatando estos once años de sufrimientos y represión que habían llegado a formar parte de su vida cotidiana; algo natural. Están frescos en la memoria de Atitlán los acontecimientos del 2 de diciembre de 1990, cuando los kaibiles masacraron a trece de los habitantes del pueblo e hirieron a más de veinte. A menos de un año de la masacre, Atitlán prepara la fiesta más importante de su calendario en un marco de vitalidad y sin la presencia de un solo soldado.

Uno de los pretextos más importantes para que la región del lago se encontrara ocupada por el ejército nacional consistió en señalar a la zona como el foco de actividades de los grupos guerrilleros que actúan en el país. En este sentido los atitecos han sido muy específicos al declarar a la opinión pública: "nosotros no queremos al ejército y tampoco queremos a la guerrilla".

Cuando "La Ninfa de Atitlán" da vuelta por el embarcadero para arribar a la plaza central se nos revela el origen y el pasado de Santiago Atitlán: en la orilla opuesta del lago se percibe una pequeña península: es la península de Chutinamit, donde se dice vivían los primeros atitecos hace miles de años. Chutinamit tiene el aspecto de haber sido un sitio fortificado que ya se menciona en las Relaciones Geográficas con el nombre de Chiia, que en tzutuhil significa: "el lugar en medio del agua".[3]

En náhuatl, que era la lengua franca en toda Mesoamérica, se conocía por Atitlán, que significa lo mismo. Antes de la conquista española Atitlán era uno de los señoríos más importantes y fuertes, dado que siempre resistió a los intentos de conquista por parte de quichés y cakchiqueles.

Hoy llama la atención lo que podemos llamar la maldición de Chutinamit: de todos los dueños de los "chalets" - casas de descanso, principalmente de extranjeros - que se encuentran en la ribera de Chutinamit, ni uno sólo está vivo; todos han sido asesinados ya sea por el ejército o por la guerrilla. víctimas de la violencia generalizada. Como ejemplo, se puede mencionar al fundador de la asociación para la protección del pato poc, que era dueño de uno de los más conocidos chalets en Chutinamit: hace unos cuatro años fue encontrado muerto junto con otros tres cadáveres de atitecos. De igual manera cerca de una docena de dueños de chalets de Chutinamit han sufrido una muerte violenta o han desaparecido, lo que significa por lo regular lo mismo. Corre también sobre Chutinamit la versión de que quienes llegan a habitar este lugar enloquecen por completo.

Pescadores, campesinos y artesanos

La actividad que más llama la atención es la pesca: en todo el lago se ven los frágiles cayucos de los atitecos, y por toda la ribera se encuentran grupos de hasta 30 ó 40 canoas. Evidentemente Santiago Atitlán es la comunidad pesquera más importante en el Lago de Atitlán: mientras que en San Pedro de la Laguna y en San Lucas Tolimán, las dos comunidades vecinas, solamente hay alrededor de veinte pescadores en cada una, en Santiago Atitlán hay cerca de mil pescadores, es decir, prácticamente cada familia cuenta con uno o más pescadores.

En la bahía diferentes familias se han dividido el lago para la pesca con chinchorro, de manera que una familia tiene derecho a pescar en un solo lugar, siendo Iibre el derecho a pescar con anzuelo en cualquier sitio del lago. Esta actividad económica de primera importancia para los lugareños se encuentra en grave crisis ya que los programas de la Alianza para el Progreso de los años sesenta alteraron el ecosistema lacustre al introducir especies ajenas al sistema biótico del lago. Un ejemplo es la lobina negra, introducida con el supuesto fin de incrementar la productividad, pero que se reveló como un feroz carnívoro. En la práctica el lago asiste a una situación de desastre ecológico: más, si añadimos el uso indiscriminado de los fosfatos provenientes de los detergentes y once años de ocupación que impidieron cualquier tipo de asistencia hacia la recuperación biótica de Atitlán. El lago no está afectado solamente en su fauna (el pato poc, especie única que no se encuentra en ninguna región fuera de Atitlán, es sólo un recuerdo junto con una serie de especies en igual peligro de exterminio), también hay una grave alteración de la flora nativa del lago. En consecuencia, un recurso vital para los pobladores de la región se encuentra en franco peligro de desaparición. A pesar de que los recursos existentes en el lago podrían tener un mejor aprovechamiento, esto no se lleva a cabo debido a la desorganización social provocada fundamentalmente por los once años de ocupación militar. Existe una total ausencia de programas tendientes a controlar las emisiones de materia fecal, detergentes, gasolina y aceites, y de otros contaminantes; sin embargo, la única fuente de obtención de agua potable es el mismo lago.


En esta completa ausencia de programas de regulación ecológica continúan creciendo proyectos turísticos, sobre todo en Panajachel que se encuentra al otro lado del lago, y esta tendencia, al parecer, se comienza a implementar de manera veloz en Santiago. En contrapartida, la vecina comunidad de San Pedro de la Laguna mantiene una conciencia social vigorosa al respecto, ya que hay un acuerdo comunal de no vender ni arrendar terrenos con fines turísticos a extranjeros. Esto sorprende, dado que Santiago Atitlán se destaca del resto de las comunidades lacustres por su elevada conciencia política, pero tiene serias dificultades para traducirse en un proyecto social y productivo. Una de las posibles causas de esta inviabilidad es quizá el profundo fraccionamiento religioso que caracteriza a Santiago: aparte de la Iglesia Católica, de las once cofradías indígenas y dos ladinas, existen en Santiago 28 iglesias protestantes de diversa denominación.

Resulta difícil pensar una comunidad maya en México o Guatemala sin el ejercicio de una agricultura basada en la producción de maíz, frijol, calabaza y chile. Estos elementos forman parte de la identidad cultural e histórica y le dan un particular sabor a la región de Atitlán.

No obstante lo idílico del paisaje, pletórico de tradiciones, hoy día se percibe una profunda miseria detrás del colorido cultural. Al igual que en la pesca se presentan fuertes dificultades para un aprovechamiento adecuado y efectivo de los recursos, y estos se encuentran tan sólo utilizados de manera parcial y marginal. De nuevo, fue a partir de la Alianza para el Progreso cuando se pretendió incrementar la productividad mediante la modernización de las prácticas agrícolas utilizando agroquímicos, productos de compañías trasnacionales, como el paraquat, que se continúa utilizando en Guatemala, siendo prohibido en Estados Unidos y aún en México. Con ello no solamente se ha propiciado un desgaste acelerado del suelo, sino - quizá lo más grave - la pérdida igualmente acelerada del conocimiento de las técnicas agrícolas tradicionales, que hoy se intentan rescatar en Santiago, principalmente por el alto costo de los agroquímicos. Como en otras áreas de influencia de los programas de ayuda (estadounidense), también aquí fueron ampliamente aceptados por los bajos costos de los insumos y por un efectivo incremento de la productividad. Con el agotamiento de los suelos se produjo también el abandono de la asistencia técnica, y actualmente, aún bajo una concepción de costo-beneficio, la adquisición de los agro químicos resulta incosteable para la producción agrícola, en tanto los insumos superan a los beneficios. A lo anterior se agrega que los suelos de la región no son del todo óptimos para la producción agrícola, pues se componen de suelos arenosos de origen volcánico, son tierras temporaleras, no existe en ningún lugar sistema de riego, a lo más que se llega es a cultivos de humedad localizados a la orilla  del lago. Anteriormente estos suelos se destinaban para el cultivo del maíz, ahora son para la producción de hortalizas, principalmente col.

Antes de la ocupación militar, la región se caracterizaba por exportar durazno, aguacate y café, productos que hoy tiene que importar. La razón de ello fue la coerción del ejército sobre los agricultores, ya que bajo el pretexto de que la zona era centro de operaciones de la guerrilla, se les prohibía llevar alimentos y agua a sus campos de cultivo, además de quedar sometidos a condiciones de toque de queda; es decir, aquellos a quienes se encontrara al amanecer o al anochecer en los campos eran aprehendidos sin mayor trámite y con un destino incierto, lo que provocó el abandono paulatino de los terrenos a más de dos leguas de camino.[4] Esto acarreó la pérdida de los huertos y de los ingresos respectivos y provocó una caída en los precios de los productos: los intermediarios locales fueron los beneficiarios de la ocupación.

Como tal, los terrenos pertenecientes a Santiago se fueron reduciendo. Con la ocupación y la falta de presencia de los atitecos, los finqueros han invadido tierras pertenecientes a Santiago Atitlán.

Hoy existe una seria preocupación de las autoridades atitecas por actualizar los linderos del municipio. No deja de existir el temor en los agricultores, pese a que hoy Santiago es territorio liberado, de cultivar ciertos terrenos por la duda de que se encuentren minados por el ejército.

A pesar de encontrarnos en vísperas del milenio, la tecnología empleada para la producción agrícola en Santiago no difiere de la utilizada en la época de la colonia: el arado egipcio es desconocido, no existe un sólo tractor en el área y la roturación de la tierra se realiza con azadón. La ganadería en Santiago se reduce a unas cuantas vaquillas de engorda, pero no es utilizada en la preparación de los terrenos. Llama la atención que en toda el área de Santiago no hay ganado caballar ni ovino.

No son sólo las características ambientales e históricas las que propician rendimientos decrecientes en la producción agrícola. Es también la presencia de las iglesias evangélicas, ya que algunas de ellas - específicamente la iglesia Elim - han procurado un abandono de la actividad pues exigen a sus feligreses la venta de sus tierras.

Como es la regla en la mayoría de las comunidades indígenas, la posesión de la tierra en Atitlán es comunal. El título de las tierras es único y fue expedido en nombre de la comunidad durante la colonia. La costumbre es la vía formal de acceso a la tierra y al derecho a cultivarla: es función tradicional del principal de principales administrar y regular el acceso a la tierra y su distribución. En Santiago la tradición es difícilmente adaptable, como en otras comunidades indígenas, y casi inevitablemente se producen conflictos con las nuevas condiciones de vida. En Santiago la ocupación militar ha hecho todavía más aguda la confrontación entre las autoridades tradicionales y los poderes políticos emergentes surgidos de los procesos de modernización, de los cuales algunos claramente son impuestos desde fuera: éstos se manifiestan y cristalizan con la presencia de las iglesias evangélicas.

Dentro de las dificultades de reproducción del sistema tradicional de poder, en Santiago han coincidido varios factores que han producido un fraccionamiento en el poder tradicional. Por un lado, la ocupación del ejército, acompañada de la presencia de las iglesias evangélicas con apoyo foráneo y gran influencia política en el país; por otro, la emergencia de movimientos insurgentes organizados. Estos factores han producido la confrontación entre los poderes tradicionales y los mecanismos con los cuales se impulsa la modernidad. Tampoco se presenta una frontera antes nítida entre ambos proyectos sociales. Así, es posible sostener que los factores señalados han permeado las estructuras tradicionales de poder, y se nota un esfuerzo de las instituciones tradicionales por adaptarse a las condiciones dictadas desde la modernidad.

Frente a !a adversidad que presenta el medio - la falta de asistencia técnica, el agotamiento de los recursos, la larga y penosa opresión gubernamental expresada en once años de violencia sistemática - a los atitecos les han quedado muy pocas opciones como vías de estrategia de sobrevivencia; una de ellas, quizá la única, es la producción artesanal, pero como en la mayoría de las comunidades productoras de artesanías, el mercado es uno de los principales obstáculos a vencer. Se presentan otras opciones: el comercio a gran escala, los servicios turísticos: está en vías de inauguración un hotel de lujo de capital extranjero, y el transporte.

Al igual que en el resto de los renglones productívos, en la artesanía se nota la inexistencia de apoyo técnico y financiero, y una preocupación por buscar canales apropiados para la comercialización. Es de preocupar que la producción artesanal se encuentre en un cierto estado de estancamiento, a pesar de la inmensa riqueza estética y las formas de expresión de la identidad étnica. No obstante, el destino de la producción es en su casi totalidad el turismo que visita Atitlán y que por lo general permanece unas cuantas horas.

Además, los atitecos tienen que competir frente al monopolio establecido en Panajachel[5]. Aquí la situación es francamente dramática, dado que el grueso de la producción está regulada por estadounidenses tanto en el establecimiento de los sistemas de producción como en su realización. El futuro de Santiago a corto plazo podría bien seguir el mismo derrotero que el de Panajachel; de hecho ya existen varias "galerías" controladas por estadounidenses, donde se han establecido sistemas taylorianos similares a los de Panajachel: los talleres controlados por extranjeros con atitecos a su servicio, pagan por una jornada cercana a las diez horas la cantidad de cuatro quetzales.[6]

Identidad y fiesta

A primera vista lo señalado se presenta como un absurdo, ya que lo pletórico del colorido nos diría lo contrario, como a los ojos del turista común podría parecer. Podemos pensar que al igual que en la explotación de los recursos, lo referente a la producción artesanal se encuentra en franco peligro de ser exterminado, tanto en el orden de la calidad estética como en la propia referencia comunitaria de la identidad. Desde luego no todo es pesimismo, hay un vigoroso interés desde lo tradicional por revaluar el esplendor de las artes nativas; por ejemplo, nos topamos con un proyecto en marcha en tomo a las viudas y huérfanos de la guerra; ahí se percibe una auténtica preocupación por el rescate, la revaloración de la artesanía, con base en una cosmovisión propia. Esto apunta a una dignificación de la actividad artesanal. El proyecto combina una solución socioeconómica constructiva - pagando a las productoras un sueldo digno - y un programa de educación popular que incluye alfabetización a las viudas y educación básica a los niños. Este proyecto representa una alternativa a los talleres de los gringos. Proyectos como el que mencionamos no sólo son capaces de generar una riqueza similar o aún mayor a la generada en los talleres dirigidos por extranjeros; tienen la ventaja adicional de que la ganancia permanece en la comunidad y además conlleva un proceso de concientización basada en la propia cultura tzutuhil. Llama la atención este proyecto que dentro de un profundo juego de fuerzas sostenido por los cultos, se aleja tendencialmente de cualquier signo religioso de corte occidental.

Es a partir de la producción artesanal como la gente se identifica comunitariamente y se distingue del resto de las otras identidades.[7] Es fácil distinguir a un miembro de Santiago, frente a otro proveniente de San Pedro de la Laguna o de San Lucas Tolimán. El vestido de los atitecos es sumamente hermoso, los hombres llevan calzón de manta a rayas verticales oscuras, muchos de estos calzones se encuentran decorados con bellos bordados de las aves de la zona. La camisa es también de algodón grueso de color púrpura (color que identifica a los atitecos). Las mujeres visten faldas hasta los tobillos – rollo - y lindos huipiles jaspeados de tonalidad azul. Tanto el rollo como el huipil se sostienen por una ancha faja igualmente bordada; las mujeres casadas llevan un tocado consistente en una cinta roja bordada de aproximadamente quince metros, que aparenta un halo. Es probable que esta prenda sea un elemento superstite de la época prehispánica; se supone que es un elemento de la vestimenta establecida como culto al Sol. No por aventurado dejamos de anotar que es sólo en las sociedades estatales donde se rendía culto al astro solar, lo que nos recuerda la grandeza de la sociedad maya en la edad clásica, de la cual los tzutuhiles son legítimos herederos.

Es fundamental señalar que la producción artesanal, tanto en el diseño como en la confección, recae sobre las mujeres. En consecuencia gran parte de la reproducción del acervo cultural la llevan ellas, son las mujeres las encargadas de la educación de los niños en la primera infancia, son ellas las que mayor resistencia cultural presentan hacia la sociedad mayor. Las mujeres se ocupan de las tareas domésticas, mientras que los hombres desempeñan las tareas que se relacionan con el mundo externo, como los viajes de comercio, el trato político con las autoridades de la nación, etcétera. Como consecuencia, los hombres. En su mayor parte, son bilingües, mientras que las mujeres son grosso modo monolingües. Esta tendencia se va modificando a partir de que las niñas han ingresado al sistema escolar nacional. Sin embargo encontramos mujeres universitarias que orgullosamente portan su vestido tradicional y se presentan como dignas defensoras de su cultura.

Es significativo que dentro de la fiesta se presenta el momento de coronar a la Reina del Lago, la cual es siempre ladina - la india bonita-: en tal evento participan las autoridades municipales y lo más granado de la sociedad atiteca. Al final del acto, se anuncia el baile, amenizado por una marimba traída desde Quetzaltenango, y como un hechizo, el salón de actos de la municipalidad queda vacío, ya que todas las lindas muchachas indígenas abandonan el lugar, dejando el espacio sólo a unas cuantas parejas de ladinos y de turistas despistados. Santiago es esencialmente una población india, las familias ladinas no sobrepasan las cincuenta, la mayor parte huyó durante las últimas etapas de la ocupación militar. Como nos decía un joven tzutuhil, "a mi me gusta el baile, pero las mujeres indígenas se van del salón y a las ladinas no les gusta bailar con un indio". Al mismo tiempo son las propias mujeres las que con mayor sentimiento, tristeza y rabia reportan los dolorosos acontecimientos de la ocupación militar. Sin duda alguna son, además, las que más han padecido la violencia. El censo que aparece en la alcaldía arroja durante los once años de ocupación a 1 750 muertos y desaparecidos de una población no mayor de 30 mil habitantes. En su mayoría estas víctimas han sido hombres. A esto debemos agregar la emigración forzosa de los varones a la capital o a centros urbanos de similares dimensiones o bien al exterior del país, principalmente México y Estados Unidos. Visto así no es exagerado plantear el fundamental peso que la mujer tiene como organizadora del proyecto social.

Cofradías, iglesias

Las tradiciones se notan en las cofradías dedicadas a los santos más importantes de la comunidad. En estas cofradías se deposita una buena parte de la energía de los atitecos y los gastos en ellas son más que considerables.

La población indígena tiene once cofradías, y los ladinos tienen dos. Sin embargo, es inseguro el destino de las dos cofradías de los ladinos.

De las cofradías, la de Santiago es la más fuerte e importante, ya que Santiago Apóstol es el jefe del santoral atiteco, y a su mando mantiene a una serie de santos menores: San Jacobo, Sacrament, El niño Jesús, San Felipe. Todos estos santos están presentes una parte del año en la cofradía y otra en la iglesia católica, expresión de la tregua entre el catolicismo popular y el oficial. Más que ninguna otra cofradía, la de Santiago es resguardo de la tradición y la sabiduría del pueblo, sabiduría manifiesta en el conocimiento de una serie de ritos y rezos que aseguran la convivencia con las deidades y propician las condiciones necesarias para cosechar y vivir en paz. Pero la cofradía no es solamente un lugar donde se reza y se llevan a cabo rituales, tiene también su lado práctico y económico: durante el año de servicio el alcalde - jefe y principal responsable de las siete personas que integran la cofradía - gasta un mínimo de 18 mil quetzales en trago, incienso, velas, fuegos artificiales y comida para las ocasiones rituales, suma considerable en un país donde el sueldo mínimo es de alrededor de 250 quetzales al mes y en un pueblo donde la gran mayoría sólo sueña con un sueldo mínimo. Tal vez la cofradía más llamativa sea la de la Santa Cruz, que tiene a su cargo a Maximón, defensor de la cultura indígena y símbolo de la resistencia cultural. Maximón es una figura de un poco más de metro y medio, lleva unos enormes zapatos, está adornado con una multitud de pañuelos multicolores y viste también un sombrero de palma. Maximón es conocido por su gran consumo de kusha – trago hecho de caña de azúcar- y cigarros, que en las ceremonias se le ofrendan. Se rumora en el pueblo que Maximón tiene una esposa que se llama María Castellanos, que es firmemente contraria al alcohol y al cigarro, así como a todos los vicios. Alrededor de Maximón se han reunido los atitecos para defender sus derechos como indígenas. Y como símbolo de la resistencia contra la cultura ladina Maximón se convirtió en el blanco del cura Serrano en los años antes de 1950, intentando completar la extirpación de idolatrías iniciada en el siglo XVI por los frailes y curas. La lucha ha sido dura, los ataques contra Maximón han sido sin cuartel, pero en 1952 el Padre Serrano tuvo que rendirse; Maximón había ganado. Cuenta la tradición oral que el padre Serrano, al salir definitivamente del pueblo, logró robar la máscara de Maximón, queriendo de esta manera acabar con él. Pero una nueva máscara fue hecha - según la misma tradición oral - por el pintor Juan Sisay, devolviendo así a Maximón su poder.

Hay algo de misterio alrededor de las cofradías. Allí se guardan los ritos bajo todo un ambiente de penumbra. Sin embargo, en las ocasiones de las grandes fiestas del pueblo salen las cofradías con sus santos en grandiosos desfiles por las calles de Santiago Atitlán. Los habitantes muestran una gran reverencia a los santos que encabezan el desfile. En estas ocasiones los atitecos reiteran promesas hacia sus santos Protectores de mantener su lealtad a las tradiciones y conservar la identidad étnica del pueblo, resistiendo así a la invasión de una cultura ajena y agringarla a través de las iglesias evangélicas y por la presión modernizadora que proviene del exterior.

Este catolicismo popular convive con la iglesia católica oficial. Los dos se complementan y a veces se confrontan sobre asuntos específicos. Depende mucho del sacerdote parroquial la manera en la cual coexisten los dos catolicismos. El anterior sacerdote, el Padre Rothers, era un defensor de los derechos de los indígenas. Fue una tragedia cuando tres hombres enmascarados y nunca identificados lo sacaron de su hogar una noche en 1981 y lo mataron. El actual sacerdote, el Padre Thomas, es más cauteloso y lleva a cabo un trabajo de labor social donde se da una muy alta prioridad a la educación que proporciona la Iglesia Católica, así como a uno de los dos proyectos artesanales de viudas que existen en la comunidad. La posición de la Iglesia Católica es un tanto particular, ya que Santiago Atitlán es una parroquia en la cual no hay presencia de ninguna de las órdenes monásticas, ni de los jesuitas que frecuentemente tienen una importante presencia en las comunidades indígenas. La parroquia mantiene vínculos muy estrechos con la diócesis de Minnesota en Estados Unidos. Hasta 1922, el poder espiritual estaba dividido entre la Iglesia Católica, con su centro visible y palpable en la iglesia parroquial, y el catolicismo popular con sus bases en las numerosas cofradías del pueblo. Pero aquel año llegó un señor de Chicacao con el firme propósito de fundar una iglesia evangélica. Así se fundó la Iglesia Centroamericana, que hoy ocupa un enorme edificio en el centro de Santiago y reúne a un millar de fieles.

Pueblo de pintores

Un rasgo muy especial que le da a Santiago Atitlán no solamente su identidad étnica, sino también una muy particular identidad estética y cultural es una tradición plástica viva. Hay por lo menos unos diez pintores de un nivel notable que se dedican a pintar la vida tradicional en Santiago en un estilo sui generis. Miguel Chávez, probablemente el más conocido de los pintores, vende en su tienda-estudio en el centro de Santiago sus cuadros a los turistas. Hace pocos meses Miguel Chávez regresó de San Diego, California, donde dio a conocer la mayor parte de su producción del último año. Su pintura cubre prácticamente todos los rincones de la vida tradicional: retrata a los curanderos, las cofradías y la danza, pero también el trabajo cotidiano como la pizca de café y la pesquería. No obstante que Miguel vende sus cuadros en Estados Unidos, mantiene una firme relación con la tradición del pueblo. Una de sus ambiciones es ser alcalde de la cofradía de la Santa Cruz en este año y asumir las responsabilidades de cuidar a Maximón. El fundador de la tradición plástica en Santiago fue Juan Sisay, uno de los pilares de la tradición en Santiago Atitlán, y también uno de los firmes eslabones entre la vida moderna y la tradición. Existe el rumor de que él elaboró la figura de Maximón que ahora se encuentra en la cofradía de la Santa Cruz. Nunca se podrá confirmar ya que Juan Sisay fue asesinado por el ejército en 1989.

El poder es sumamente disperso, pero una parte importante del poder político se localiza en las cofradías. Las cofradías tienen un papel fundamental: definir lo normal y legítimo, se cristaliza en la tradición. Este aspecto del poder se ve con claridad en el desfIle de los santos: hasta los miembros de las iglesias evangélicas - que en sus declaraciones desprecian a este catolicismo tradicional - muestran su respeto por los santos y por las cofradías. Muchos jóvenes de familias evangélicas nos dijeron: "en Maximón no creo, pero sí le tengo miedo". A este tremendo poder político - el poder de definir y sancionar lo que es "normal" - se agrega el papel que juega el principal de principales en la comunidad; guardar la escritura de las tierras comunales y regular el acceso a la tierra.

Opresión y protesta

No todo el poder reside en las cofradías. Dentro de la estructura política de la Guatemala moderna, Santiago Atitlán es un municipio del Departamento de Sololá, y como tal tiene su lugar en la estructura nacional. Lo que ha venido caracterizando a la política guatemalteca desde 1954 es el alto nivel de violencia, nivel que en pocos lugares del mundo ha sido tan alto y sostenido durante tantos años. Después de diez años de gobierno democrático – de 1944 a 1954, bajo las presidencias de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz - se instaló me­diante golpe de Estado un régi­men militar. De 1954 a 1988 so­lamente un presidente guatemal­teco ha sido civil, Julio César Méndez Montenegro, el cual ga­rantizó a la casta militar que sus privilegios no serían amenazados. Su periodo presidencial tiene ré­cord nacional tanto en violencia como en corrupción. De los de­más presidentes dice el chiste cruel que todos eran generales, con una sola excepción: aquel presidente de estos años que fue coronel.

La violencia, nunca ausente en Santiago Atitlán, entró de lIeno con la primera masacre en 1979, cuando 17 atitecos fueron asesi­nados. Desde entonces la violen­cia lIegó a formar parte de la vida cotidiana. Una exposición perma­nente en las oficinas de la alcaldía muestra las fotografías de los ase­sinados y secuestrados durante los años de 1979 a 1990, en total 1745 personas.


Nos narra uno de los habitan­tes acerca de los años de violen­cia en Santiago Atitlán: "Es de pensar que los mismos gringos metieron el ejército aquí. Desde que vendieron los indios las tie­rras, comenzaron a bombardear. El gobierno sigue gobernando co­mo gente española, siempre pre­sionando y discriminando. Exter­minar a la gente indígena, para que gobierne la gente ladina. El ejército toma a la gente indígena, la instruye, le pone un arma en la mano y no actúa en su pueblo; los de aquí los mandan para allá y a los de allá los mandan para acá. Y luego dicen que los indios no se quieren y se matan entre ellos. Mataron a un hermano mío que estaba en un velorio; él no se cuidaba, igual que yo, y no se portaba mal, igual que yo”.

Uno de los habitantes nos relata acerca de los acontecimientos violentos del 2 de diciembre de 1990: "El ejército quería secues­trar a Andrés Acuxá, vecino del destacamento militar. Otros veci­nos se dirigieron a la iglesia a tocar las campanas para reunir a la población; se lograron reunir cerca de ocho mil atitecos rodean­do al destacamento militar. Al llegar oyeron un disparo desde dentro del destacamento, entonces toda la gente del destacamento militar sacó ametralladoras y mataron a trece atitecos. Ahí el pueblo se levantó, se reunió y fue entonces que se decidió sacarlos de allí. Desde entonces ni un muerto ni un disparo en el pueblo. Se lIamó a personalidades de Gua­temala, así como a la prensa na­cional e internacional. Nadie que­ría recoger a los muertos hasta que llegara el procurador de los dere­chos humanos. Se formó un comité para hablar con el presidente Vinicio Cerezo para que quitaran el destacamento; como el 19 de diciembre recogieron todas las cosas del destacamento. Así fue como Atitlán quedó tranquilo".

Desde entonces, en varias oca­siones, el ejército ha hecho inten­tos de volver a ingresar a Santia­go Atitlán. El 24 de mayo de 1991 lIegó una patrulla con 42 kaibiles bajo el mando de un te­niente a las orillas del pueblo. Cuando se dio la alarma en San­tiago se dirigieron siete mil atite­cos al lugar, la mayoría mujeres, para frenar a los militares y pe­dirles una explicación, después de lo cual se retiraron los soldados. Se dio parte del incidente al go­bierno en la ciudad de Guatemala, pero no se emitió ningún comen­tario al respecto. El ambiente si­gue siendo tenso y la confianza en el gobierno es limitada. Este incidente es solamente uno de cuatro durante los meses después de la masacre.

La presencia de los soldados en Santiago durante once largos años ha tenido sus efectos sobre el comercio, casi en todos los casos en beneficio de los acaparadores. Es interesante comparar los pre­cios de café en el año de 1990 cuando estaban todavía los solda­dos en el pueblo y este año cuando ya no hay soldados. Uno de los caficultores nos contó que la cose­cha fue pagada este año a un pre­cio de 65 quetzales el quintal[8], mientras que el año pasado se pagaba solamente entre 30 y 35 quetzales. Algunos acaparadores son de la comunidad, mientras que otros son de la capital, de San Lucas o de San Pedro. Lo que vemos es la diferencia en la ley de la oferta y la demanda cuando los campesinos pueden viajar a otras comunidades para vender su café a un precio diferente.

La situación actual de Santia­go Atitlán es similar a la de una pequeña república independiente. Como nos dijo el alcalde: "el go­bierno ni siquiera ha gastado un timbre de 40 centavos de quetzal en contestar a nuestro mensaje al presidente de Guatemala; no reci­bimos ninguna ayuda económica en absoluto y desde hace algunos años no hay ningún juez de paz aquí en la comunidad. Realmente no tenemos ninguna comunica­ción con el gobierno de la repú­blica y a ustedes les agradecemos mucho si nos pueden ayudar a en­tregar el mensaje al gobierno..."

Esta pequeña "república" cuenta con su propio aparato de justicia. La ronda sale en cada uno de los cinco cantones y en ­las des aldeas del pueblo cada día y cada noche: en el día se turnan ­dos hombres por cantón y en la noche patrullan trece hombres por cantón.

Las autoridades de Santiago Atitlán son cuidadosas de no co­meter tropíezos y dar pretextos para el regreso de los soldados. La mañana del 25 de julio fueron aprehendidos dos maleantes en el cantón de Tzanjuyú, perpetrando un asalto a mano armada contra una de las camionetas que había llegado a la feria con sus mercan­cías; las armas que tenían los dos maleantes eran del ejército y se sospecha que se puede tratar de una provocación.

Cuando preguntamos a Ma­nuel Sisay, presidente del comité de seguridad, acerca de los nom­bres de los dos maleantes nos contestó que el no tenía sus nom­bres, ya que habían sido entrega­dos a la policía en cuyo poder obraban. Otra persona nos contó que él temía que el ejército estaba fabricando el rumor de que los dos maleantes pertenecían a la guerrilla; así tendrían argumentos para el regreso del ejército.

El 2 de agosto fue el último día de la fiesta; en realidad, la fiesta ya se había acabado, pero todo el mundo percibe el 2 como el fin de la celebración del pueblo y sus santos en el marco de la nueva libertad.

Temprano en la mañana se celebró una misa de acción de gracias en la iglesia del pueblo, con la presencia de prácticamente toda la población de Santiago Atitlán.

En la misa se dio gracias por la liberación del pueblo del ejército y se rezó por las almas de los mártires del 2 de diciembre de 1990. Se rezó también por las almas de los más de 1700 atitecos que perdieron la vida durante los once años de ocupación militar. Pero en particular se rezó por el alma del anterior párroco, el padre Rothers, que perdió la vida en el primer año de la ocupación militar.

La misa es un impresionante testimonio de la unidad del pueblo y de su gratitud. La iglesia es enorme, pero apenas caben los atitecos en ella; los últimos se tienen que contentar con quedarse parados en la entrada. La misa expresa la conciliación, por lo menos pasajera y temporal, entre el catolicismo popular y el catolicismo de Estado. Claramente el padre representa a la Iglesia organizada y moderna, pero el recinto está repleto de santos de todo tipo. Cuando los españoles llegaron los pueblos mayas tenían sus dioses: su panteón contenía más de setenta. Una de las principales actividades de los frailes dominicos y los padres que vinieron fue la extirpación de la "idolatría" y la introducción del dios cristiano. En respuesta y para quedarse con su politeísmo, los mayas interpretaron a los santos de la Iglesia católica como sus antiguos dioses. Y como una concesión a la identidad maya de los atitecos, el púlpito de la iglesia viste una representación de Itzam Na, el principal dios de los mayas de antes de la conquista española y católica.

Al mediodía, después de terminada la misa, se reunieron otra vez los atitecos frente a la iglesia, esta vez para escuchar a las autoridades civiles, encabezadas por el alcalde. A esta hora se inició "el cabildo abierto", una tradición sumamente democrática que se celebra el dos de cada mes, en conmemoración de los mártires del 2 de diciembre y durante los once años transcurridos. En el cabildo abierto las autoridades constitucionales del pueblo rinden informe. Más democráticamente no se puede llevar a cabo el gobierno local.

Tanto el alcalde como Manuel Sisay, el presidente del Comité de Seguridad y Vigilancia. informaron acerca de sus actividades durante el mes pasado. El alcalde informó que fue invitado, junto con otros cuatro alcaldes de Guatemala, a visitar a sus homólogos en México, donde se dieron garantías de apoyo a la lucha por los derechos humanos en Santiago Atitlán. Informó además que de parte del gobierno de Guatemala ni una tarjeta postal había recibido: Santiago Atitlán es como un pequeña república independiente sin relaciones diplomáticas con la República de Guatemala. Y se puede decir que la República de Santiago Atitlán está en bastante mejores condiciones que la República de Guatemala, en lo que se refiere a derechos humanos. Manuel Sisay informó acerca de los dos maleantes que habían intentado asaltar a uno de los comerciantes de la feria. La ronda los había aprehendido, pero cuando las gentes se dieron cuenta de que llevaban ropa del ejército, los integrantes de la ronda tuvieron que proteger a los maleantes para que los atitecos no los lincharan.

El cabildo abierto se lleva a cabo en la mera entrada a la iglesia y es una expresión simbólica de la unidad de las autoridades constitucionales y la Iglesia católica, el catolicismo popular y las iglesias protestantes, centros del poder político que no siempre han estado de acuerdo, pero que en la situación actual se han portado con una admirable solidaridad mutua. El cabildo se inicia con un desfile de los alumnos del colegio de Elim, y luego el coro de la misma iglesia protestante canta el himno nacional para terminar con un sermón por parte del pastor de la iglesia protestante a la que pertenece el alcalde. Es un evento único, una celebración democrática en uno de los países más violentos. El acto se lleva a cabo en la puerta a la iglesia católica y con un sermón protestante como parte integral de la ceremonia.

Momentos después se escucha la música de la gran procesión de la cofradía de Santiago Apóstol. El mismo día se lleva a cabo el cambio de cofradía, desde la casa donde el santo ha pasado el año transcurrido hacia la casa donde va a residir durante el año siguiente. La procesión se inicia temprano, cuando los miembros de la cofradía sacan a los santos para que desfiIen frente a la casa.

En el mismo momento, sacan también la marimba de la cofradía, comienza la tocada. Toda la mañana los miembros de la cofradía de Santiago realizan rituales frente a la casa sin dejar de bailar con Santiago. El santo pesa fácilmente setenta kilos, y el baile sigue y sigue, por momentos se vuelve casi orgiástico. Después de bailar horas enteras se forman los santos de la cofradía y se inicia la gran procesión. Ésta pasa por las calles y para en cuatro lugares que parecen ser las estaciones del víacrucis: en cada uno de los cuatro puntos entra en función el sacristán de la cofradía y empieza una letanía en tzutuhil. Alrededor truenan los cohetes y nos acompaña la música en toda la caminata. Se visita la casa de Manuel, el padre de la escuela de pintores de Santiago, héroe cultural de la liberación y mártir de la ocupación. También se visita la alcaldía con sus autoridades constitucionales.

La procesión no termina hasta bien entrada la noche, cuando los santos llegan a su nueva casa. Aquí los está esperando una banda y empieza de nuevo el baile.

En la entrada están bailando los jóvenes, pero ya a la moderna: los muchachos con las muchachas. Cerca de la casa, bailan los ancianos, como es la costumbre: "los nenes con los nenes, las nenas con las nenas". Y dentro de la casa nos esperan las nuevas autoridades de la cofradía de Santiago Atitlán. Se dice siempre que las tradiciones pertenecen a los ancianos y que precariamente se mantienen vivas. Pero los nuevos miembros de la cofradía no son ancianos, son gente joven.

Las tradiciones en Santiago Atitlán están muy vivas, y tanto los jóvenes como los ancianos participan en ellas. La música de fondo es Sopa de caracol.

 


[1] Originalmente publicado en la revista Ojarasca, México, No. 8, 1992: 49-55. Sergio Ricco Monge es etnólogo de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y es profesor de la Universidad Pedagógica Nacional en México D. F., Leif Korsbaek es antropólogo social de la Universidad de Copenhague en Dinamarca y es profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

[2] uno de los centros económicos más importantes de la costa pacífica

[3] la lengua materna de los habitantes de Santiago Atitlán es el tzutuhil, que originalmente significa hombres de flor de maíz, y pertenece a las lenguas mayas

[4] una legua es aproximadamente dos kilómetros

[5] conocido localmente como Gringotenango

[6] en julio de 1991, cinco quetzales equivalían a un dólar

[7] esto al menos es uno de los mecanismos

[8] Equivale a 56 kilos

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