Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

Los Huarpes de Mendoza, Argentina, antes de la conquista española

The Huarpes of Mendoza, Argentina, before the Spanish conquest

Os Huarpes de Mendoza, Argentina, antes da conquista espanhola

Martha Eugenia Delfín Guillaumin

 

Este grupo étnico ocupó la parte central del territorio argentino que actualmente comprenden las provincias de San Juan, Mendoza y San Luis. Su área de dispersión quedaba comprendida entre la cuenca del río Jachal-Zanjón al norte y el río Diamante al sur; entre el valle de Conlara al este y la Cordillera de los Andes al oeste (Canals Frau, 1953: 373).

Por su origen físico podría tratarse de una variante de la gran raza pámpida (tipo huárpido) (Schobinger, 1989). Estaba dividido a su vez en tres subgrupos o parcialidades: a) huarpes allentiac, b) huarpes millcayac, c) huarpes puntanos de San Luis.[1]

  1. Los huarpes allentiac, al momento del contacto con los españoles, ocupaban el cuadrante sudeste de la provincia de San Juan. Tenían por vecinos más próximos en la frontera norte (32°50' lat) y oeste (69° long) a los indios diaguitas (Quilmes), famosos por su belicosidad; por el sur colindaban con los huarpes millcayac de la provincia de Mendoza.
  2. Los huarpes millcayac ocupaban la parte norte y central del actual territorio mendocino. El río Diamante marcaba el límite sur con los grupos seminómadas puelches.
  3. Los huarpes puntanos quedarían al este de los anteriores, pero no se sabe a ciencia cierta si eran los mismos del grupo millcayac. De cualquier forma, ésta no es sino una división lingüística dada a principios del siglo XVII por el padre jesuita Luis de Valdivia en sus Confesionarios (Vignati, 1940: 76-77).

 

En este escrito solamente nos vamos a referir a los huarpes millcayac porque fueron los que ocuparon territorio mendocino y actualmente sus descendientes mestizos se encuentran en un proceso de etnogénesis (Delfín, 2012). Además, porque en Mendoza terminaba el Tawantinsuyu del que se hablará más adelante.

Antes de pasar a la descripción de estos indígenas huarpes, creemos necesario referirnos al origen de los mismos. Schobinger equipara el período precerámico americano con el paleolítico y mesolítico europeos, es decir, con el período más antiguo de cazadores-recolectores. Se desconoce cuándo comenzó el precerámico en el área cuyana, o sea, cuando llegaron los primeros pobladores. Se supone que pequeños grupos de recolectores de vegetales y cazadores no especializados recorrieron la zona en una época aún anterior a la retirada de los glaciares que, entre unos 20,000 y 12,000 años a. de n. e., habían llegado al grado máximo de expansión dentro del último ciclo del período geológico llamado Pleistoceno. Por otra parte, se han encontrado vestigios “industriales” de los citados cazadores recolectores, probables descendientes de la primera corriente de población llegada desde el Asia a través del Estrecho de Bering, en varios sitios de la zona andina.

En Argentina, continúa este autor, la agricultura y demás avances culturales asociados llegaron sin duda del norte, y en general ya unidos al importante elemento arqueológico que es la cerámica. Este proceso puede ubicarse entre unos 500 y 100 años a. de n. e., aunque existe la posibilidad de que estas influencias hayan llegado directamente desde el centro norte de Chile a la región cuyana, y no desde el noroeste argentino durante el período agro-alfarero temprano inicial. Del 400 al 1000 de nuestra era, lo que se conoce como período medio, se localizan grupos sedentarios y alfareros en pequeñas aldeas constituidas por viviendas de quincha de carácter perecedero. Indudablemente ya existían sistemas de canales y acequias para riego. Las aldeas se encontraban en los límites de los terrenos de piedemonte, los llamados barreales, situados a lo largo de los ríos y arroyos de curso bajo.

También Schobinger opina que la cultura de Agrelo (Departamento o Municipio de Luján, Mendoza), propia de este período, es prehuarpe y que ésta se prolongó hasta ya entrado el segundo milenio en pleno período tardío. A este último pertenece la cultura de Viluco que, según este autor, corresponde a un equivalente arqueológico del idioma millcayac, es decir, Viluco es el nombre arqueológico de la cultura huarpe de Mendoza que corre del 1300 de nuestra era al 1600 o 1650 aproximadamente, en plena época colonial. Los vestigios de esta cultura de Viluco han aparecido hasta los valles de los ríos Diamante y Atuel. La cerámica de Viluco es polícroma y en los descubrimientos de enterratorios huarpes se han encontrado junto con artículos europeos. Además, si se considera que los primeros contactos entre huarpes e incas se dieron a mediados del siglo XV, es a partir de entonces que los mismos se reflejarán en su cerámica y, por supuesto, en otros aspectos de la cultura de Viluco, por ejemplo, es probable que los incas influyeran en el perfeccionamiento de la red de canales de riego en la zona del río Mendoza (Delfín, s/f). “Los incas llegaron a Mendoza aproximadamente, en el año 1471, durante el reinado de Tupac Inca Yupanqui” (Los incas en Mendoza, s/f); así, formó parte del Collasuyo, una de las cuatro regiones del Imperio Inca o Tawantinsuyu.


Imagen 1. https://losandes.com.ar

Finalmente, Schobinger afirma que el dominio incaico no se evidencia más al sur del valle de Uspallata ni fuera de las zonas montañosas, aunque existieron puestos de avanzada como el que estaba en un cerrillo de la zona de Ullúm y el pucará (fuerte) cercano a la actual ciudad de Mendoza y del cual no hay rastros arqueológicos, pero se encuentra suficiente documentación que acredita su pasada existencia. Lo que sí es posible hallar a la fecha son las pinturas rupestres (el auge de ejecución de petroglifos se ubica dentro del período medio), que son de un estilo abstracto simbólico. Este arte, ejecutado muchas veces en pasos o a lo largo de sendas montañosas posiblemente considerados sitios sagrados, se asocia a ideas y prácticas de tipo mágico religiosas (Schobinger, 1975: 1-44).

La densidad de población de la cultura de Viluco ha sido escasamente estudiada, sin embargo, se sabe que existieron centros en los que se integraron verdaderas aldeas agrícolas de pequeña dispersión localizadas en el valle de Jaurúa (San Carlos, especialmente Viluco), en el valle de Uco (Tunuyán y Tupungato), en el valle de Uspallata, en las lagunas de Guanacache y del Rosario al noreste de la provincia, en el radio de la actual ciudad de Mendoza, en el valle de Calingasta, provincia de San Juan, etc. (Lagiglia, 1976: 255).

Al inicio de la colonización española en Mendoza, a mediados del siglo XVI, se calcula que había de 15,000 a 20,000 huarpes en Cuyo (Comadrán Ruiz, 1969: 21; Magrassi, 1982: 21). De esta cifra, aproximadamente 10,000 habitaban en los tres valles situados al pie y a lo largo de la cordillera: Güentata, Uco y la depresión del Diamante, aunque en este último la densidad de población era menor en relación a los otros dos. En la zona lacunar correspondiente a Mendoza (este y noreste), se estiman unos 3,000 individuos de este mismo grupo étnico que se encontraban diseminados en diversos puntos separados entre sí por una distancia aproximada de tres a cuatro kilómetros. En cada sitio se reunían en cantidad de 80 personas, es decir, una densidad aproximada de 2.19 hombres por kilómetro cuadrado (Prieto, 1983: 62, 65).

De cualquier forma, según Agustín Pieroni:

En la época de la conquista, cuando ingresan los primeros invasores blancos, la etnia tenía entre 20.000 y 100.000 individuos que llenaban los campamentos y poblados de Calingasta y Guanacache. Tenía sus intercambios incluso simplemente comerciales con parcialidades chilenas con las cuales se comunicaba a través de los diversos pasos cordilleranos que continuaban las rastrilladas de arreos de llamas, especialmente en las épocas veraniegas, caminos que precedieron a las rutas diseñadas por el imperio inca y a los caminos carreteros que comenzó a llevar a cabo la conquista española (Pieroni, 2015: 123).

 

Hemos mencionado la influencia incaica en la región cuyana a partir de la segunda mitad del siglo XV. Autores como Prieto, calculan que, para la fecha de la fundación de Mendoza en el año de 1561, varias parcialidades (comunidades) huarpes habían sido dominadas por los incas desde hacía más de sesenta años. Al parecer esta dominación o influencia había llegado a partir de la expansión del imperio incaico hacia Chile. Existen versiones que señalan que cuando el Inca Tupac Yupanqui invadió Cuyo en tiempos del jefe huarpe Cochagual, los huarpes allentiac se replegaron en Guanacache para huir de la sujeción a los invasores del norte (Echagüe, 1945: 59-60).


Imagen 2. Distribución de los pueblos Huarpes en la región de Cuyo. http://la5tapata.net

Resulta claro que el dominio del inca sobre los huarpes de Cuyo se vio interrumpido al caer su imperio ante Pizarro en 1533, de tal forma que cuando llegaron los españoles por primera vez a Cuyo en 1552, sólo pudieron observar los resultados de dicho contacto huarpe-inca: domesticación de la llama, mejoras en los sistemas de regadío, uso de prendas de origen andino como la camiseta que el varón se ponía al llegar a la pubertad, el dominio de la lengua quechua de cierto sector de la población huarpe (probablemente los encargados de tratar el tributo con el representante del Inca), etc. Rusconi señala algunas diferencias en la “cultura material y artística” de los huarpes allentiac y millcayac, aclarando que la de estos últimos era “poco más adelantada” que la de los primeros (Rusconi, 1962: 389), lo cual significa que quizás la influencia del arte incaico haya sido mayor entre los huarpes millcayac de Mendoza.

En las instrucciones giradas para escribir las relaciones que se habían de mandar al rey de España en el siglo XVI se pedía primeramente que:

en los pueblos de los Españoles se diga, el nombre de la comarca, o provincia en que están, y que quiere dezir el dicho nombre en lengua de Indios, y porque se llama assi…/ si es tierra de muchos o pocos indios, y si ha tenido mas o menos en otro tiempo que ahora… y el talle y suerte de sus entendimientos, inclinaciones y manera de vivir, y si hay diferentes lenguas en toda la provincia, o tienen alguna general en que hablan todos… Item, lo que quiere decir en lengua de Indios el nombre de dicho pueblo de Indios, y porque se llama assi… y como se llama la lengua que los Indios del dicho pueblo hablan… Cuyos eran en tiempo de su gentilidad, y el Señorío que sobre ellos tenían sus señores, y lo que tributaban, y las adoraciones, ritos y costumbres buenas, o malas que tenían… Como se gobernaban, y con quien traían guerra, y como peleaban, y el habito y traje que traían… y los mantenimientos de que antes usaban y ahora usan, y si han vivido mas o menos sanos antiguamente que ahora, y la causa que dello se entendiere (Vivó, 1942: 27-28).

 

Aparte de las consabidas descripciones geográficas de la región conquistada, tal parece que los españoles que llegaban a Cuyo a mediados del siglo XVI estuvieron más ocupados en explotar la mano de obra indígena, primordialmente huarpe, que en cumplir dicha obligación ante su monarca. Afortunadamente las descripciones etnográficas, físicas, lingüísticas y geográficas de Cuyo de los siglos XVI y XVII que han llegado hasta nuestros días son varias, pero se deben casi exclusivamente a los escritos de los sacerdotes que visitaron o vivieron en Chile y Cuyo para cumplir con su tarea evangelizadora, distinguiéndose particularmente los padres de la Compañía de Jesús a través de sus reportes periódicos y sus Cartas Annuas.

Canals Frau, por medio de la documentación histórica y arqueológica revisada por él, proporciona valiosa información sobre el aspecto físico de los huarpes. Basándose en los escritos de Ovalle y Lizárraga, apunta que los huarpes eran delgados, enjutos, altos como varales; mal proporcionados y desvaídos los varones, no así las mujeres quienes eran de mejor proporción. Criaban poca carne distinguiéndose de sus vecinos chilenos, los araucanos (mapuches), que eran más rollizos.

Asimismo, menciona este autor, que la estatura de los hombres huarpes era de 1.67 m y la de las mujeres de 1.56 m, es decir, una estatura media de 1.70 m para los primeros y 1.60 para las segundas, con un índice cefálico medio de 77.7 cm. Estos datos los obtuvo de unos restos óseos hallados en Tupungato. El cráneo que estudió era dolicoide, la bóveda craneana alta. En cuanto a la pigmentación, Canals Frau dice que ésta era más oscura que la generalidad de los demás indígenas (como, por ejemplo, los del lado de Chile), y su pilosidad (vello) estaba muy desarrollada también (ob. cit.: 373-378).

Estos huarpes de Cuyo, tal como los vieron los españoles, “hacían vida más o menos sedentaria, cultivaban el suelo, vestían la clásica camiseta andina y poseían cerámica polícroma de carácter ceremonial” (ibíd.: 378). Esta “clásica” camiseta andina estaba hecha de lana, lo mismo que las mantas que también usaban. La lana la obtenían de las ovejas de la tierra (llamas y vicuñas). La mencionada camiseta era una prenda de vestir que consistía “en una especie de camisa larga, sin mangas o con mangas cortas” (Canals Frau, 1942: 66); era de origen andino-peruano y quizás su uso se debió a la influencia inca en Cuyo. Resulta interesante destacar el hecho de que al llegar a la pubertad “se ponían la camiseta”, lo que probablemente formaba parte de un rito de iniciación en los varones (ídem).

Utilizaban las pieles de otras especies animales obtenidas de la caza para cubrirse y las plumas de las aves (como el ñandú) para sus atavíos personales en las celebraciones como, por ejemplo, la de la presentación de los niños al shamán del grupo (Canals Frau, 1946: 36).[2]

Practicaban la agricultura, cultivando principalmente maíz, frijoles y quínoa (variedad de amaranto), calabazas y zapallos (calabacitas). A pesar de que el padre Ovalle escribió en su Histórica relación del Reyno de Chile, que los indios huarpes no eran tan “curiosos y aplicados a labrar la tierra, y así no tienen la abundancia de comida y regalo que los chilenos” (ibíd.: 28), es muy factible que haya existido un intercambio de productos agrícolas con comunidades próximas e incluso, extendiéndose más allá de los límites de su territorio habían llegado a practicarlo con los araucanos de Chile (mapuches), de acuerdo con lo que afirma Rusconi, cruzando la cordillera a través de los boquetes o pasos naturales como el de la Quebrada del Toro o el viejo paso de Potrerillos (Rusconi, ob. cit.: 390).

Otro componente de su dieta era la algarroba de cuyo fruto preparaban el patai (patay), que era un manjar dulce como un pastel; también hacían la chicha o aloja al mezclar los frutos del algarrobo y del chañar, bebida alcohólica fuerte, utilizada comúnmente en sus ceremonias mágico-religiosas. Posiblemente tendría algún afecto alucinógeno ya que al shamán o xapmana “adquiría” la forma de zorro o perro, especie de nahual en los ritos de iniciación. También tomaban otra bebida llamada cunuc y que estaba hecha a base de maíz.

Morales Guiñazú aclara que los indios huarpes no sólo eran agricultores, sino que también se dedicaban “al cuidado de sus ganados y vivían de la caza y de la pesca” que practicaban en las lagunas (Morales Guiñazú, 1938: 7). Para pescar utilizaban una balsa alargada provista de rebordes que hacían al unir varios haces de tallos de juncos o totora atados fuertemente. Se impulsaban por medio de una larga pértiga que manejaba un hombre puesto de pie en la parte posterior de la embarcación. También en las lagunas practicaban la caza de patos y otras aves acuáticas valiéndose de un curioso ardid que consistía en arrojar calabazas al agua para que flotaran y las aves se acostumbraran a su presencia y a posarse en ellas. Entonces, el o los cazadores entraban al agua, protegiendo sus cabezas con otras calabazas para que en el momento en que los patos se posaran pudieran atraparlos sin dificultad y sin ahuyentar a los demás.

La caza de los venados o de los guanacos se hacía a pie: los animales eran perseguidos a un medio trote con lo cual se podía ir tras ellos sin perderlos nunca de vista. Los perseguían durante uno o dos días sin dejarlos parar ni para comer ni para beber hasta que lograban agotarlos por completo lo que hacía más fácil su captura.


Imagen 3. “Bolsa de los antiguos aborígenes (Huarpes), que habitan Lagunas del Rosario”.
Cit. Folleto de promoción turística y cultural editado por el Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas “Juan Cornelio Moyano” en adhesión al Primer Encuentro de Culturas Andinas. Mendoza, 1989.

También los huarpes se dedicaron al pastoreo de las llamadas ovejas de la tierra, es decir, las llamas. Más adelante, con la introducción de otros animales por los españoles, los huarpes también se dedicaron al pastoreo de cabras y borregos.

Se sabe que construían sus viviendas de piedra en la montaña y de quincha (especie de carrizo fino, más resistente que la paja) en la llanura. Para el primer caso, construían muros de piedra llamados pircas en los abrigos naturales de la precordillera, que les servían de refugios cuando iban de cacería. Las habitaciones de las llanuras (ranchos, lo que en México sería el equivalente de jacal) estaban hechas de varas, paja o carrizo. Según los primeros españoles que las vieron, éstas les parecieron muy miserables, pero superiores a los toldos de los indios pampas, grupo étnico situado al este, en la llanura o pampa ubicada en el camino a Buenos Aires. Los huarpes de las lagunas vivían en cuartos subterráneos, “socavones en la arena, donde entran como fieras”, que los protegían mejor de los mosquitos y de otros insectos y alimañas (Canals Frau, ob. cit.: 36).

Los instrumentos utilizados para las distintas actividades a las que se dedicaban eran, además de las balsas de totora ya mencionadas: redes para la pesca; arco, flecha, boleadoras de piedra “que manejaban a la perfección” para la caza de guanacos, ñandúes y venados; cestos de junquillos y totora (chiquihuites) para la recolección de frutos como el algarrobo (Morales Guiñazú, ob. cit.: 7). Usaron cuchillos, raspadores y raederas para limpiar las pieles.

Los cestos y canastillas eran de varios modos y figuras, todos de paja, pero su tejido era “tan fuerte y apretado” que los líquidos que contenían no se salían. Del mismo material hacían los vasos y tazas que, aunque cayeran al suelo, no se quebraban; esa resistencia permitía que duraran mucho. Los vasos se llamaban yole y los cucharones de madera, pacuchas, servían para beber el néctar de la algarroba fermentado, “para gustar o embriagarse de una sentada”. (ob. cit.: 9)

Las mujeres se dedicaban a la cestería. Utilizaban para ello el junquillo y ornamentaban los cestos con lana teñida de diversos colores, elaborados con pigmentos de origen vegetal, animal y mineral. Estos canastillos se utilizaban en las tareas diarias y religiosas. Eran generalmente de dos formas, “unos angostos en la base, abriéndose al llegar a la boca y otros con base ancha y el tamaño de la boca más restringido” (Prieto, 1983: 69).


Imagen 4. Cerámica huarpe. Museo Municipal de Historia Natural
de San Rafael (Mendoza, Argentina)

En cuanto a la cerámica, ésta se ha encontrado en asentamientos huarpes desde el río Diamante hasta Guanacache, e incluso en los asentamientos temporarios de la precordillera. Para su manufactura usaban una mezcla hecha de arcilla (barro), agua y una anti plástico formado por huesos quemados y fundamentalmente arena. La decoración se hacía empleando la técnica de pintura positiva, aplicada sobre un fondo natural rojo claro. Se combinaban motivos geométricos utilizando pintura de diferentes colores, entre los que predominaba el rojo oscuro, ante, negro y blanco. Además de la cerámica y la cestería, los huarpes también usaban las calabazas (bules) como recipientes para uso cotidiano (Prieto, ob. cit.: 69-70).

Prieto sostiene que el reparto del trabajo entre los huarpes -a quienes considera organizados en una sociedad con un nivel de integración tribal, la que carecía de grupos dedicados a oficios especializados-, se hacía de acuerdo con la “tradicional división por sexos”. De esta forma, los varones adultos se dedicaban a la caza, a la pesca y a la construcción de balsas. A las mujeres les correspondía el hilado, el tejido, la cestería, la cerámica, la recolección de plantas silvestres, la captura de animales pequeños, la fabricación de la harina, de la aloja y del patay. Posiblemente, apunta esta autora, el cultivo del maíz lo realizaba el grupo familiar (ibíd.: 70-71).

Además de las actividades económicas mencionadas, existe información acerca del trueque o intercambio que se establecía entre los huarpes de las lagunas (pescado y sal) con los del valle (productos cosechados, pieles y plumas). A su vez, estos huarpes sostenían también relaciones de intercambio con los grupos étnicos vecinos dedicados a la caza y a la recolección, como serían los puelches, al sur del río Diamante.

Es difícil analizar el tipo de organización social y política de los huarpes porque su desarrollo cultural se vio afectado en dos ocasiones: primero con la llegada de los incas (aunque el objetivo primordial de éstos fuera el de llegar a Chile), y luego con la de los españoles.

Si partimos de la idea de que los huarpes fueron sometidos al Inca, y fueron obligados a tributarlo y a adquirir formas de vida distintas a las propias para luego, casi inmediatamente, pasar a la sujeción española, entonces tenemos que la dominación inca en Cuyo se debió al uso de la fuerza y que, entre otras cosas, el triunfo significó la introducción del tributo, lo que a juicio de varios historiadores hizo más fácil la tarea del conquistador español. Hecho que permitió la implantación de la encomienda, el trabajo personal y la recaudación del tributo.

Pero, por otro lado, si consideramos la posibilidad de que los huarpes ya tributaban a sus caciques desde antes de la llegada de los incas y que el hecho de hacerlo obedeció a una sustitución de fuerzas, es decir, que la propiedad de la tierra y sus productos pasó de manos del cacique huarpe directamente al Inca cuando éste los conquistó, podemos deducir entonces, que el concepto de tributación ya era conocido por los huarpes desde antes de la presencia incaica en su territorio.[3]

Por su parte, Michieli sostiene que la red de canales hechos por los huarpes se extendió a la llanura para surtir “las tierras del Inca” en donde después se fundarían las ciudades de San Juan y Mendoza (Michieli, 1990). Si aceptamos la hipótesis de esta autora, tenemos que los huarpes trabajaban la “tierra del Inca” como forma de tributo. Pero otra posibilidad sería que los huarpes dedicaran parte de sus propias cosechas al Inca. En ambos casos, seguramente los caciques huarpes hicieron cualquier cosa para no perder sus privilegios.

A la llegada de los españoles a Cuyo, los huarpes habitaban en “pequeñas aldeas o caseríos, gobernados por un jefe que era a su vez, dueño de la tierra cultivable y de los algarrobales” (Prieto, ob. cit.: 71-72), y probablemente de las acequias cuya agua provenía del canal principal (curso natural derivado del río Mendoza, situado a 15 Km al sur del valle de Güentota).

El cacicazgo se heredaba por línea masculina por el hijo primogénito, aunque también existen evidencias en que, a falta de varón, el cargo podía ser heredado por la hija mayor. El cacique era ayudado para gobernar por los principales, generalmente emparentados con él, aunque también podían ser retribuidos como fue el caso de Lincao contratado por el cacique Icano a fines del siglo XVI (Prieto, ob. cit.: 72).

Para dar un ejemplo del poder que el cacique huarpe ejercía sobre su gente, nos remitimos a la declaración del cacique Icano en un juicio por un pleito entre dos encomenderos mendocinos en 1593. En ésta aseguraba el cacique que los indios Lincao y Ubciquián eran naturales de las tierras suyas llamadas Caubananete “y habían servido a su encomendero” por mandato suyo (Canals Frau, 1942: 75).

Las aldeas o caseríos eran el conjunto de varias familias “primarias” o “nucleares” ligadas por parentesco (familia extensa); el número de individuos en cada comunidad oscilaba entre los 50 y los 120 (Prieto, ob. cit.: 71).

Canals Frau observa ciertos resabios de matriarcado en el hecho de que, si bien el grupo social estaba constituido sobre la base de la consanguinidad y sujetos al derecho patrilineal, sus miembros podían cambiar de residencia y pasar por vía materna a la otra parcialidad, en caso de convenirles; de cualquier modo, la pertenencia o vínculo con el grupo paterno era más fuerte aparentemente (Canals Frau, ob. cit.: 80). Prieto las denomina “familias unidas patrilocales”. Probablemente, si el conocimiento de la lengua huarpe hubiese llegado hasta nuestros días se podrían interpretar los nombres de los caciques y las parcialidades huarpes, y ver en sus raíces la referencia a algún tótem o antepasado común para establecer el grado de parentesco y la identidad grupal.

Los huarpes practicaban la exogamia, sirva la siguiente gráfica como ejemplo:

Illanque era oriundo de Tumbra, pero llegó a las tierras llamadas Causcari[4] del cacique Icano “siendo un niño de teta”, en brazos de su madre. Tomó por esposa a Teusate o Tiuxate de Coyata, hermana del cacique Pallamay el viejo, con la cual tuvo un hijo llamado Lincao, el mayor o pera, que se quedó a vivir en tierras de Icano (en donde vivió y murió su padre) y pasó a ser, en el tiempo en que comenzaron a servir a los españoles, el “mandón y principal” del mencionado cacique Icano, quien le pagó para que ejerciera tales oficios. El segundo hijo, piña, de Illanque y Teusate se llamó Ubciquián, quien al tiempo de morir su padre se fue a vivir a Coyata en donde tuvo un hijo llamado Aymagua. Sin embargo, por derecho seguían sujetos al cacique Icano (ob. cit.: 61-81).

También practicaban el levirato y el sororato: al quedar viuda la mujer pasaba junto con sus hijos a formar parte de la familia del hermano del marido; atendían a su “usanza gentílica” de casarse “con mujeres que lo fueron de sus hermanos o ellas con hermanos que fueron de sus maridos” (Canals Frau, 1946: 94). O si no, daban por hecho que al casarse con la mujer adquirían derecho sobre sus hermanas, aunque probablemente esto sucedía en casos aislados, como por ejemplo, dice Canals Frau, entre caciques, shamanes e indios principales. De ahí que la poliginia generalmente fue practicada por los jefes y el número de mujeres dependía de las posibilidades económicas de cada uno de ellos.

Lo poco que se conoce de la lengua hablada por los huarpes se debe a la labor misionera del padre jesuita Luis de Valdivia, quien, a principios del siglo XVII, publicó unos confesionarios en lengua huarpe millcayac (Mendoza), así como una doctrina cristiana y catecismos en lengua huarpe allentiac (San Juan). Por su parte, Canals Frau afirma que la fonética era relativamente simple. Según este autor, la lengua huarpe conservaba “un carácter netamente primitivo” (Canals Frau, 1953: 385), era bastante difícil de pronunciar al ser gutural y, además, contaba posiblemente con una leve aspiración que los españoles al escucharlo reproducían con la letra h, como, por ejemplo, el nombre Ubciquián aparece también escrito Hubciquián (Canals Frau, 1942: 76).

El padre Ovalle al comparar a los huarpes de Cuyo con los indios de Chile escribió que “aunque por la vecindad y frecuente comunicación con los de Chile, se les parecen en muchas cosas, en otras no… se diferencian en la lengua que hablan, de manera que no sé que tengan ni una palabra que sea común a unos y otros; cada país habla la suya” (Canals Frau, 1946: 28). Este religioso decía que era más factible que los indios de Cuyo que pasaban la Cordillera y permanecían algún tiempo en Chile, aprendieran la lengua de los indios de ese país que estos últimos aprendieran la de aquéllos.

Los huarpes no solamente conocían la lengua de Chile, también algunos de ellos, al arribar los españoles a Cuyo, dominaban la lengua de Cusco. Esto fue debido al dominio incaico sobre los huarpes -mismo que se vio interrumpido con la conquista española del Perú- a través del Camino del Inca[5] que llevaba a Chile, de los tambos,[6] de la gente al servicio del Inca, es decir, los mismos huarpes o gente que envió el Inca para asegurar las comunicaciones con Cusco, y que, incluso, supone Canals Frau, de ellos descendían quienes hablaban el quechua en Cuyo. Este conocimiento de la lengua de Cusco por parte de un sector de la población huarpe fue de gran ayuda para el conquistador español que la conocía. Muchas veces los españoles utilizaron a estos individuos huarpes bilingües y trilingües para que les sirvieran de lenguaraces (intérpretes).

En el aspecto religioso, se sabe que los huarpes adoraban a una divinidad llamada Hunuc Huar, inclusive se ha llegado a suponer que de ese término deriva la palabra huarpe. Esta deidad, al parecer, fue la principal del panteón huarpe y creían que moraba en la cordillera. Era temido, respetado e invocado en sus necesidades, “sobre todo al atravesar la montaña, solían ofrecer al 'falso numen', como le llama el P. Valdivia, productos naturales, como ser maíz, chicha, plumas de avestruz y otras cosas” (Canals Frau, 1953: 384).

Los huarpes también adoraron al sol, a la luna y al lucero de la mañana -de quienes esperaban la salud-, a los ríos y cerros, lo mismo que al meteoro y al rayo. En la dualidad del pensamiento religioso huarpe existía la divinidad llamada Hana (para los huarpes millcayac), que también era conocida como Torom (para los huarpes allentiac), que significa trueno y que era, según Valdivia, el demonio. El concepto de infierno dado a los huarpes por este religioso era entonces torom-uch-utu, que en huarpe allentiac quiere decir “casa alta o grande del demonio”, o también hana-che-utu, es decir, “casa del diablo”. Pedro Pascual Ramírez supone que la palabra torom es onomatopéyica y que reproduce el ruido del trueno que está en lo alto y produce miedo por ser destructivo. Por eso, para los huarpes, la casa del demonio estaba en los cielos (Ramírez, 1938: 196).


Imagen 5. Salvador Canals Frau, “La lengua de los huarpes de Mendoza”, Mendoza, 1942

A los muertos se los enterraba en posición alargada y con la cabeza dirigida hacia la cordillera, morada del Hunuc Huar. Junto al muerto se colocaban sus objetos personales: mantas, camisetas, hilados, ojotas (huaraches), mates (calabazas huecas y secas utilizadas como recipiente para beber la infusión) y, además, alimentos como el maíz y la chicha que servirían de provisión al difunto durante su viaje “a la cordillera”, lugar a donde iban los muertos. El entierro se realizaba en medio de cantos y danzas, posteriormente tenía lugar “una gran borrachera” y los parientes observaban duelo, el cual consistía en pintarse la cara y estarse algún tiempo sin lavársela (Canals Frau, 1953: 384). Esta costumbre de pintarse la cara la tenían, comenta el padre Ovalle, las mujeres huarpes, quienes utilizaban un tinte de color verde de origen mineral mezclado con grasa animal, “inseparable de su tez”; se pintaban la nariz, la barba y los labios, en algunas ocasiones, toda la cara.

Los actos fúnebres eran asistidos por el nurum o xapmana, es decir, por el shamán del grupo, quien, al parecer, era un hombre de edad avanzada, lo que seguramente motivaría mayor respeto hacia su persona. Este individuo ocupaba un lugar importante en la vida social y mágico religiosa de la comunidad: él era quien llevaba a cabo los ritos de iniciación de los niños huarpes, quien podía “hacer llover” en época de sequía, curar a los enfermos y utilizar hierbas “para hacerse querer por las mujeres o para hacer morir” (Prieto, 1983: 77).

Los ritos de iniciación de los huarpes descritos por los cronistas sólo se refieren a los varones, pero esto no niega la posibilidad de que las niñas también tuvieran el suyo al llegar a la pubertad. Lo único que se sabe acerca de la función de las mujeres durante la ceremonia es que éstas le llevaban el licor a los hombres, pero no los podían acompañar a tomar la chicha fuerte (bebida fermentada) ni mirarlos de frente mientras se la entregaban porque de hacerlo les aplicaban la pena de muerte ya que pensaban que si las mujeres los miraban “mientras se divierten en danzas y comilonas los mata el diablo” (Canals Frau, 1946: 36).

En los ritos de iniciación de los niños (que celebraba su arribo a la adolescencia), se reunían individuos de “varios pueblos” para festejar el acontecimiento con borracheras rituales.

En los matrimonios huarpes se tenía por costumbre comprar a la novia[7], “… generalmente esconden los padres a sus hijas y las muchachas hasta que las venden y casan y este modo de contrato está muy asentado entre ellos” (Prieto, 1983:74). Pagaban el valor de la novia con camisetas y ovejas de la tierra. Si el aspirante no podía pagar el precio en especie, entonces lo hacía con su trabajo personal a la futura suegra por el término de un año para poder adquirir a la novia. Ésta podía provenir de un grupo huarpe diferente, lo cual indica que el matrimonio entre gente de distintas “familias unidas” serviría para formar o reforzar alianzas.

Para concluir este texto queremos señalar que no es nuestro propósito referirnos a las rebeliones huarpes contra los españoles, pero vale la pensa señalar que éstas se dieron dutante los siglos XVII y XVIII.  Los varones huarpes fueron obligados a ir a Chile y al Alto Perú (encomineda y mita) durante el tiempo que la Provincia de Cuyo perteneció al Reino de Chile para trabajar en las minas de La Serena. En 1776, cuando se fundó el Virreinato del Río de la Plata, pasó a formar parte de él y los huarpes fueron empleados como carreteros, como arrieros (cría de ejemplares de mula), para trabajar en los frutales y viñedos mendocinos. Según Pieroni, varios autores suponen que este grupo indígena desapareció en el siglo XVIII, pero en realidad se les invisibilizó por la historia oficial.

 “La aboriginalidad se mantiene. En el censo del año 2001 reclaman su pertenencia a la etnia huarpe 12.704 personas censadas que siguen viviendo en San Juan y en Mendoza incorporados a las más diversas profesiones y actividades. Alrededor de 2.300 personas viven aún en poblados huarpes en común” (Pieroni, ob. cit.: 125).

 

Notas:

[1] Michieli rechaza esta última división y afirma que “no había huarpes en San Luis” (entrevista personal, 1990). Se les dice huarpes puntanos porque el nombre original de la ciudad de San Luis era San Luis de la Punta de los Venados.

[2] Este autor cita párrafos de una relación hecha por el padre jesuita Domingo González (ca. 1625) en la que narra las celebraciones (bacanales) periódicas a las que se convidaban mutuamente los distintos pueblos huarpes. A los niños presentados en ellas, el shamán “les araña con las garras, y haciéndoles sangre, los inicia en ritos infames”.

[3] El tributo no presupone la creación de un excedente puesto que éste siempre existe, pero sí indica que la propiedad de la tierra deja de ser comunitaria para pasar a manos de uno o más individuos, llámense éstos, caciques y sus principales (parientes por lo general) o Inca o español, en el que el grupo dominado pasa de propietario a la categoría de poseedor.

[4] Estas tierras estaban ubicadas detrás del fuerte o pucará de Caubananete por donde pasaba una acequia importante, es el paraje actualmente llamado “El Sauce” en Mendoza.

[5] Cápac Ñan, Qhapaq Ñan, gran red de caminos incaicos (aproximadamente16.000 kilómetros de longitud).

[6] Tambo, depósito, posada, estación de caminos, poblado en el camino del inca.

[7] Costumbre que practicaban otros grupos indígenas sudamericanos como los puelches y los serranos de la provincia de Buenos Aires, y que fue documentada por los misioneros jesuitas del siglo XVIII.

 

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Cómo citar este artículo:

DELFÍN GUILLAUMIN, Martha Eugenia, (2018) “Los Huarpes de Mendoza, Argentina, antes de la conquista española”, Pacarina del Sur [En línea], año 10, núm. 37, octubre-diciembre, 2018. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 13 de Noviembre de 2018.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1687&catid=6

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