Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

Violencia simbólica contra los pueblos originarios argentinos

Martha Eugenia Delfín Guillaumin[1]

 

Artículo recibido: 10-12-2012; aceptado: 17-12-2012

En este texto se intenta mostrar cómo los gobiernos latinoamericanos, en particular el argentino, han empezado a cambiar recientemente la manera en que han ejercido la violencia simbólica sobre los indígenas, es decir, haciéndolos desaparecer del imaginario colectivo, provocando una invisibilización ante el resto del mundo. Actualmente se están reconociendo sus derechos humanos, en los aspectos culturales, para que los restos óseos de sus caciques decimonónicos dejen de estar en los museos y sean devueltos a las respectivas comunidades indígenas pámpido-patagónicas. También para que se cambien los nombres de calles y poblados, que son de los militares y políticos que emprendieron campañas genocidas en su contra, por el de sus próceres.

Palabras clave: Violencia simbólica, museos, museología, museografía, devolución restos óseos indígenas, civilización, barbarie, imagen, darwinismo social, cientificismo etnocida, etnogénesis

 

A desalambrar, a desalambrar,
que la tierra es mía, tuya y de aquél,
de Pedro y María, de Juan y José[2]

 

Para iniciar este escrito me parece preciso señalar qué entiendo por violencia simbólica. En este sentido retomo lo expresado por Hugo Sáez en su escrito “La violencia simbólica en el tejido social y en la educación”. Este autor nos dice que:

La violencia simbólica efectúa una operación más sutil que la fuerza física, por lo que a menudo pasa inadvertida para los agentes sociales, pese a que incluso puede ocasionar mayor daño en el largo plazo. Se la designa como violencia porque implica una imposición y un sometimiento a un tipo de autoridad así como la incorporación del individuo como sujeto a un poder específico. Ahora bien, la violencia física se descarga acompañada con otro tipo de violencia, la intimidación que se desprende de justificaciones discursivas o bien de algunos símbolos (la bandera o el estandarte que identifica a los grupos en pugna). En cambio, la violencia simbólica sola puede prescindir de la coerción física; aun más, puede connotar relaciones afectivas entre los involucrados. Su carácter simbólico obedece a que está entramada con los lenguajes y signos que conforman la cultura. (Sáez Arreceygor, 2012: 6-7)

Inicialmente, fueron Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron quienes ofrecieron una definición muy adecuada para este concepto. Así, según estos autores:

Todo poder de violencia simbólica, o sea, todo poder que logra imponer significaciones e imponerlas como legítimas disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propia fuerza, añade su fuerza propia, es decir, propiamente simbólica, a esas relaciones de fuerza. (Bourdieu y Passeron, 1981: 44)

¿Qué tiene que ver la violencia simbólica con la manera de fomentar la destrucción de los pueblos originarios latinoamericanos? Creo que luego de haber acabado con muchos indígenas en las campañas genocidas del siglo XIX, los políticos y los intelectuales iniciaron un proceso de invisibilización de los indios. Esto se dio en diversos países, por ejemplo, en Argentina luego de la Campaña del Desierto, la expansión hacia la Patagonia y Tierra del Fuego, y las guerras del Chaco a fines del siglo XIX, y en México, luego de la expulsión de los indígenas apache.

En este  escrito abordaré la construcción supuestamente científica que se hizo de los indígenas recién domeñados por las fuerzas militares argentinas. Ésta fue la manera  moderna, simbólicamente violenta, como los naturales fueron convertidos en seres inferiores en los aspectos físicos e intelectuales. La civilización y el progreso positivista decimonónicos se enfrentaron a la barbarie indígena.

 

Oligarquía y cientificismo etnocida

Entre los miembros de la oligarquía bonaerense se aprecia la intención de contribuir a su idea de conformación del Estado Nación moderno argentino con el cientificismo que permeaba sus ambiciones políticas, económicas y pseudoculturales. Esto evidenciado  a través de sus escritos, sus colecciones particulares, sus bibliotecas y sus clubes intelectuales. Adoptaban desde Europa la postura positivista para establecerse como los nuevos hombres de razón frente a los indios caracterizados como bárbaros y salvajes, considerados seres inferiores por la pobre evolución física e intelectual que les atribuían desde una perspectiva spenceriana, es decir, la de Herbert Spencer, que usaba las ideas de Charles Darwin para configurar un modelo de civilización visto desde el darwinismo social, una especie de evolucionismo y organicismo sociológico-filosófico.

La adopción de la ideología liberal y, en algunos casos, la ciega adhesión al positivismo, ofrece un motivo para estudiar las razones de la ineficacia de la acción cuando no hay estricta correspondencia entre actitudes ideológicas y el medio al cual se quiere transformar.

Los representantes más ilustres de tales ideologías eran hombres de gran cultura, poseedores de admirables bibliotecas, pero cuya formación intelectual predisponía más al trabajo erudito y al estar al día de las últimas novedades europeas que a enfrentar las realidades locales. Cuando miraban a sus propios países, percibían la existencia de sectores de población en los que no confiaban demasiado, y síntomas de atraso cuya etiología fueron incapaces de descubrir. (Beyhaut, 1985: 138-139)

Un primer ejemplo de estas personas convertidas en supuestos seres inferiores nos lo darían los indígenas Selk’nam, mejor conocidos como onas, quienes fueron abatidos por las enfermedades y los malos tratos. Incluso, para quitarles sus tierras, había cazadores de onas como si éstos fueran conejos o guanacos. En 1889 un sacerdote salesiano que estaba en París identificó a varios individuos Selk’nam, hombres, mujeres y niños, metidos en una jaula y siendo exhibidos como antropófagos durante la Exposición Universal que se celebraba en esa ciudad.

 Indígenas de Tierra del Fuego en la Exposición Universal de París de 1889
Indígenas de Tierra del Fuego en la Exposición Universal de París de 1889.[3]

Tres años antes, en 1886, Estanislao Zeballos, el ideólogo de la Campaña del Desierto, la campaña militar contra los pueblos indígenas de la Pampa dirigida por Julio Argentino Roca, donó parte de su colección científica debido a la falta de espacio en su domicilio. Las piezas fueron entregadas tanto al perito Francisco P. Moreno para el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, como a Juan B. Ambrosetti para el Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En otras ocasiones, Zeballos obsequiaba piezas de su colección a científicos de otros países, como un cráneo que mandó de regalo -a través de Lucio V. Mansilla quien viajaba a Europa- al doctor Paolo Mantegazza, médico italiano darwinista, quien visitó varias veces Argentina en la década de 1850 y 1860 (Durán, 2006: 57-59; Blengino, 2005: 95-96).

Pero, ¿por qué Zeballos tenía esta colección de artefactos y de huesos indígenas?, objetos que conformaron su museo particular y que fueron regalados a estas personas. Blengino denomina “indio embalsamado: de la Patagonia al museo.” a esta manera como los científicos, los intelectuales y los políticos argentinos de fines del siglo XIX se dedicaron a hablar sobre los indios desaparecidos (Blengino, Ob. Cit.:87 y ss.). Zeballos, a fines de 1879, emprendió una expedición científica al sur en donde, por un lado, realizó observaciones de tipo geográfico o geológico en el llamado “País de los araucanos”, por otro, con el material etnográfico recopilado Pero este material recopilado no es sólo etnográfico porque recoge datos sobre la pasada vida de los indios en sus tolderías, sino que pretende establecer un vínculo con la antropología, en particular con la antropología física. Me refiero a su colección de 150 cráneos saqueados de los cementerios indígenas durante su viaje científico,o recibidos como obsequio de parte de sus amigos militares, y que fuera donada posteriormente, como ya dije, al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, el cual fue fundado en 1886 y dirigido por su amigo el perito Francisco P. Moreno (Durán, Ob. Cit.: 57-59; Blengino, Ibid: 95-96).

Ya no se trata solamente del indio salvaje, del indio bárbaro que había que extirpar del desierto para convertir a éste en un jardín para el país, sino del indio muerto cuyos restos reposarían en una vitrina de museo. Siguiendo esta lógica, la ciencia ayudaba a demostrar a algunos de sus seguidores que el supuesto salvajismo de los indígenas se derivaba de sus pocas dotes intelectuales ya que pertenecían a razas degeneradas[4]; a otros, como el Perito Moreno, en una clave evolucionista darwiniana, para comprobar que los indios eran sobrevivientes de la prehistoria (Blengino, Ibíd.: 106-107). Los huesos eran una forma de verificarlo, simplemente había que medir los cráneos para comprobar alguna de estas dos hipótesis. Por otra parte, es preciso mencionar que Zeballos y Moreno estigmatizaron a los pueblos originarios del sur argentino no sólo por su supuesta inferioridad racial, sino por su carácter de clase subalterna. Como sostiene Gabriela Nacach: “Este racismo de tipo biológico a partir de la teoría de las razas humanas de Gobineau, mezclaba, combinaba y encubría un clasismo en el sentido de orden de clases diferentes, y no diferenciación jerárquica de las razas”. Esta autora establece, para la Argentina finisecular decimonónica, una continuidad entre el racismo étnico y de clase (Nacach, 2006: 15).

Se trataba de limpiar el territorio de indios y luego saquear y examinar sus restos o llevarlos de muestra al museo. La ciencia subordinada a la ideología dominante, el indio visto como un ser inferior perteneciente a razas degeneradas[5] como se solía decir en ese entonces. Zeballos se encargará de representar a los indígenas del sur argentino como miembros de razas degeneradas y, luego, hará lo propio con los anarquistas y con los huelguistas, a los que atacará duramente desde su Revista de Derecho, Historia y Letras señalándolos como elementos nocivos de la sociedad. Los valores positivos de Zeballos abarcaban lo presuntamente científico, lo moral, lo familiar. En 1919, cuando la Liga Patriótica Argentina atacaba los movimientos huelguísticos de los obreros de Buenos Aires y luego, en 1920, de la Patagonia, lo hacía en nombre de la patria, de la familia, de la propiedad, de la cultura. Según comenta Osvaldo Bayer, el lema de la Liga Patriótica era: «Patria y Orden» (Bayer, 2004: 264 [nota 34]). Recuérdese que Zeballos junto con el perito Francisco P. Moreno formaron parte de la Liga.[6] La relación de amistad entre ambos personajes se remontaba a la década de 1870.

 

El bárbaro: entre huesos e imágenes

Y así como se crea un nuevo tipo de indígena, el bárbaro desaparecido, el invisibilizado, algo similar ocurrirá con la creación del paisaje. La construcción intelectual de la pampa, “la sintaxis de la imagen construida” (Silvestri, 1999: 220) en un juego de contrarios: desierto/granero del mundo, pampa seca/pampa húmeda, País del Diablo/País de las Manzanas, es uno de los legados más significativos del siglo XIX. Pero es preciso recordar la manera como se efectuó esta conversión de un paisaje natural a un paisaje cultural, a un paisaje rebautizado con los nombres de los conquistadores militares y científicos: Paso Alsina, Lago Argentino, General Roca, Embalse Florentino Ameghino, Glaciar Perito Moreno, por nombrar unos cuantos ejemplos. Porque el proceso de desterritorialización incluye una resemantización. Por ejemplo, el Perito Moreno decía: “Aquellas aguas no tenían nombre, les faltaba el bautismo del geógrafo. En el catálogo de las denominaciones que la ciencia tiene el derecho de elegir para indicar sus conquistas en regiones vírgenes, vino a mi memoria un nombre venerado, el de don Juan María Gutiérrez” (Moreno, 2004: 100).

La fotografía es otro aporte de la modernidad a la civilización decimonónica. Precisamente Zeballos, en su libro Viaje al país de los araucanos, nos dice Graciela Silvestri, reproduce en la carátula:

…litográficamente y con algunos retoques una estudiada fotografía tomada en Quethré Huithú [sic]. Al pie de un árbol frondoso, Zeballos, vestido de Livingston, posa para la cámara con su Remington. A sus pies, se destaca un cráneo de los que gustaba coleccionar, profanando sepulturas ante la mirada escandalizada de sus compañeros más endurecidos. (“Mi querido teniente: si la civilización ha exigido que ustedes ganen entorchados persiguiendo la raza… [y conquistando sus tierras,] la ciencia exige que yo la sirva llevando los cráneos de los indios a los museos y laboratorios. La barbarie está maldita y no quedarán en el desierto  ni los despojos de sus muertos”). Acompañan a la calavera una balsa en miniatura, un libro, e instrumentos de medición topográfica. La narración de Zeballos se encuentra en el mismo registro que la composición fotográfica: la retórica de la patria enlazada con la retórica de la ciencia, reunidas en un personaje digno de Julio Verne: él mismo (Silvestri, Ob. Cit.: 244-245).

 Thrarú-Lavquen [Laguna del Carancho]. Restos del campamento de la 2ª. <br /> División Expedicionaria
“Thrarú-Lavquen [Laguna del Carancho]. Restos del campamento de la 2ª.
División Expedicionaria (Una conferencia con el baqueano)”[7]

Esa revelación de paisajes incluía el fotografiar los cráneos profanados, léase recolectados, de los cementerios indios; también saquear los objetos que luego formarían parte de su museo etnográfico privado. El coleccionismo es un fenómeno que ha acompañado siempre a las empresas de conquista, el botín podía convertirse en pieza de museo o adornar el hogar de algún guerrero como evidencia de su bravura, de sus proezas, era, a final de cuentas, símbolo de prestigio del pueblo vencedor; así, los caballos que adornaban el hipódromo de Bizancio fueron a parar a Venecia o el penacho de Moctezuma a Viena. Pero, en el caso de Zeballos, su acopio de piezas no era precisamente un botín de guerra porque él no era un soldado, se supone que era un científico graduado de abogado con pretensiones de arqueólogo, antropólogo físico, geógrafo y geólogo que recorría el territorio recién arrebatado a los bárbaros que inclinaban “los plumeros de sus lanzas ante la bandera de la República.”

[…] La plata y el oro son los metales que emplean en sus trabajos los plateros pampeanos y sus obras sorprenden, a la verdad. Poseo más de doscientas piezas preciosas de plata fundida y labrada en el desierto, con un crecido valor intrínseco e inestimable valor relativo, y que comprenden desde los arreos suntuosos del caballo de un cacique, hasta las joyas macizas y abundantes de sus favoritas, muchas de cuyas prendas han sido extraídas de antiguas sepulturas por mí mismo (Zeballos, 1960: 242-245 y 253).    

El perito Francisco P. Moreno, también recolectaba los huesos de los cementerios indios y, al igual que Zeballos, tenía una vasta biblioteca y un museo particular. Moreno emprendió su primer viaje de exploración a Nahuel Huapí en septiembre de 1875; tal como lo menciona y critica[8] Zeballos en su libro de La conquista de quince mil leguas, Moreno había recibido la ayuda de la Sociedad Científica Argentina y del gobierno de la provincia de Buenos Aires, es decir, del general Bartolomé Mitre, para realizar su excursión. No es extraño el apoyo brindado a Moreno por parte del general Mitre, él mismo tenía un marcado interés por la antropología y la arqueología, su obra Tiahuanaco. Recuerdos de un viajero, escrita en diciembre de 1879 es una clara evidencia de ello. Mitre recomendó a Moreno con Diego Barros Arana en una carta fechada el 20 de octubre de 1875:

Se me iba pasando hablarle de otro joven naturalista que es nuestra esperanza. Muy joven aún, se ha hecho conocer ya en Europa por un trabajo suyo publicado en la “Revue d’Antropologie de Broca” sobre comentarios prehistóricos de la Patagonia, que ha estudiado por sí mismo. En el “Boletín de Ciencias exactas” de Córdoba, ha publicado otro trabajo sobre las antigüedades de los indios en la Provincia de Buenos Aires. Ambos son completamente originales y suministran nuevas luces. Pero su obra mejor es un museo antropológico, arqueológico, paleontológico que ha formado en su casa, con objetos reunidos por él, entre los cuales se cuentan más de 400 cráneos de razas indígenas, que es, sin duda, la colección craneológica americana más completa que exista. Es inteligente, instruido, posee una vasta biblioteca americana; sobre todo, la pasión de los viajes y el coraje de afrontar todos los peligros y fatigas para explorar regiones desconocidas, estudiando el terreno geológicamente y recogiendo objetos de historia natural.Su nombre es Francisco P. Moreno y pronto lo tendrán Vds. por Chile. Se lo recomiendo a Ud. y demás amigos muy especialmente.

El joven Moreno va a hacer un viaje de exploración. Recorriendo las pampas y atravesando la Cordillera, seguirá desde el fuerte de Carmen de Patagones, más o menos el itinerario, en sentido inverso, del viaje de Cox, pasando por Nahuel Huapí. De allí pasará, probablemente hasta el Perú para enriquecer su colección de cráneos que completará y aún corregirá en parte los estudios de Tschudi y de Morton.

Tengo a la vista la primera carta de relación de su viaje, con croquis de su itinerario. Al presente se encuentra explorando el Río Colorado y espera estar en Chile, según dice, de Febrero a Marzo.[9]

Moreno comenta en sus Reminiscencias acerca de sus primeras excursiones al sur de Buenos Aires y lo que en ellas obtuvo: “Hice abundante cosecha de esqueletos y cráneos en los cementerios de los indígenas sometidos que vivían en las inmediaciones del Azul y de Olavarría” (Moreno, Ob. Cit.: 18). Esto ocurría en abril de 1875, antes de su viaje al Nahuel Huapí, a lo que luego llamaría “la nueva Ginebra”, pero, sobre todo, “La Suiza Argentina”[10]. Según Moreno, realizó esta expedición pensando en su deber para con la patria, para conocer sus riquezas y contribuir “a abrir la senda por donde la civilización llegará a los Andes  y reemplazará al indio holgazán por el hombre de trabajo” (Ibíd.: 23); ya en ese viaje de abril de 1875 hace varias referencias a su recolección de huesos. En una carta que escribe a su padre desde Azul el 5 de abril de 1875, Moreno le confiaba que:

Aunque creo que no podré completar el número de cráneos que yo deseaba, estoy seguro de que mañana tendré 70. Hoy remito por la diligencia 17 en un cajón, los que harás recoger lo más pronto posible, pues el agente de ella no sabe la clase de mercancías que envío.

En otra ocasión, hubiera podido satisfacer mi deseo, pero hoy, con los barullos de los indios, es imposible.

Creo que no pasará mucho tiempo, sin que consiga los huesos de toda la familia de Catriel. Yo tengo el cráneo del célebre Cipriano, y el esqueleto completo de su mujer, Margarita; y ahora, parece que el hermano menor Marcelino no vivirá mucho tiempo, pues ha sido el jefe de la actual sublevación, y habiéndose rendido anteayer en el arroyo Nievas ante los Remingtons de Levalle, su querido hermano Juan José, el que entregó al otro, se ha comprometido a entregar a éste. He asistido a una conferencia con Juan José el que me parece un indio vulgar y pícaro.

He leído con mucho gusto un artículo de Zeballos, y el asesinato de Cipriano Catriel y he consultado aquí a algunas personas que lo conocieron, las que están conformes con lo que dice Estanislao.

La cabeza (la de Catriel) sigue aquí conmigo; hace un rato que la revisé pero aunque la he limpiado un poco, sigue siempre con bastante mal olor. Me acompañará al Tandil porque no quiero separarme de esa joya, la que me es bastante envidiada (Ibíd.: 65-66).

Y, según refiere Blengino, en otra misiva enviada ese mismo día a su hermano, el perito Moreno escribía:

Ya sabrás que tengo una buena cantidad de cráneos y que el del tigre Catriel está en mi poder, más seguro que en la caja grande del escritorio; que me ha ido bien en la Blanca y que, también, he escapado con la misma facilidad de los barullos indios […] estoy seguro que obtendré un total de 70 cráneos y mañana o pasado saldré para el Tandil.[11]

Esta cabeza de Catriel tan envidiada puede ser motivo de polémica, me refiero al hecho de que en 1909 la Revista Caras y Caretas publicó un artículo en donde salía la fotografía del “auténtico, el verdadero, el inconfundible” cráneo de Cipriano Catriel que se hallaba en poder de la viuda de Juan Montenegro, cuñado de de Santiago Avendaño, antiguo secretario de Cipriano Catriel y ajusticiado junto con él durante la revolución mitrista. Recuérdese que Cipriano Catriel y Santiago Avendaño fueron lanceados y decapitados en un potrero (Olavarría) por los indios de Juan José Catriel, Zeballos escribió un artículo acerca de eso, luego, utilizó los papeles que contenían las memorias de Avendaño para redactar sus novelas históricas. El reportero que escribió el artículo “Las reliquias de un cacique mitrista” recrea la forma como se enteró de la existencia de ese cráneo en posesión de la familia Montenegro. Cuando conversaba con su guía en el poblado de Azul, al sur de la provincia de Buenos Aires, éste le refirió las circunstancias de cómo fueron victimados Cipriano Catriel y Santiago Avendaño y lo que pasó después con sus cadáveres:

Los cuerpos de Catriel y Avendaño fueron inhumados cerca del lugar de la ejecución, donde hoy se levanta el edificio municipal del pueblo citado [Olavarría], según unos, ó en la calle que separa a éste de la plaza, según otros, ó sea unos pocos metros más lejos.

-Aquí [en Azul] vive una familia que posee el cráneo del infortunado Catriel, -me dice de pronto mi guía.

-¿El cráneo de Catriel?

-Sí, señor: el auténtico, el verdadero, el inconfundible cráneo del cacique Cipriano Catriel.

-¿Podríamos verlo?

Nos trasladamos a la casa del finado don Juan Montenegro, cuñado de Avendaño, para satisfacer esta curiosidad, pues mi acompañante sabía que allí se conservaban esos restos.[12]

Quizá para solucionar el dilema sobre cuál cráneo era el del verdadero Catriel y cuál el del falso Catriel, se debería aplicar lo dicho por Abelardo con respecto a la polémica suscitada entre las dos iglesias italianas que, en el siglo XII, se disputaban ser las depositarias del verdadero cráneo-reliquia de San Juan Bautista. En este caso, para resolver la aparente polémica sobre el cráneo-reliquia-fetiche- de Catriel, parafraseando a Abelardo, podría decirse: “Acerca de esta disputa caben tres hipótesis; que uno de los cráneos sea el verdadero; que ambos sean falsos; que Catriel tuviera dos cabezas”.[13] La religión laica del Estado Nación argentino finisecular decimonónico tenía sus nuevas reliquias y éstas ocupaban sus nuevos altares en las vitrinas de los museos.

Pero, aparentemente este misterio se resuelve y es el mismo perito Moreno quien lo aclara cuando en una carta enviada desde La Plata, ya siendo director del Museo, le escribe a Zeballos para avisarle que ya recibió su remesa el 3 de noviembre de 1891. Por lo que esta carta deja ver,  el supuesto cráneo de Catriel,  esa joya que le era bastante envidiada, no era tal:

Estimado Zeballos

Acabo de recibir la 1ª parte de su colección –comprende 74 cráneos y 98 piezas geológicas y paleontológicas- He examinado lijeramente las unas y las otras. Lastima grande es que se les hayan caido las etiquetas á los cráneos. Va á ser difícil su clasificacion si Ud. no me ayuda.

A primera vista se distinguen varios tipos perfectamente definidos, pero también hay entre ellos seis porciones de mascilar que son las que me confundirán: Al de Calfucurá no le corresponde el mascilar inferior que trae –puede que entre los varios que hay en el fondo del cajón, se encuentre el suyo- Lo creia mas viejo al gran cacique. Voy a leer su “Dinastía de los Piedra” para orientarme. Es un libro franco indígena del tipo liviano, es curioso que estas tribus pampeanas hayan tenido el cráneo más delgado, mucho más, que nosotros los civilizados. Mariano Rosas, pertenece al mismo tipo. Y a proposito de caciques. No tendra Ud. tambien el de Catriel. A mí me trajeron por error el de Avendaño y poco tiempo después me dijeron que Ud. tenía el de Catriel  [14]

La afición al coleccionismo de huesos indígenas, depositados al principio en un museo privado, se convirtió en un acto oficial en el momento de ser donadas las colecciones a los museos de la República; así, esta acción no sólo era avalada, legitimada, por la ciencia[15] sino oficializada por el Estado.

Mi próxima que será fechada en  Patagones les llevará noticias de la función de pasado mañana, la que promete ser espléndida. Desde ayer han venido ya seis comisiones de indios a decir que son “buenos amigos”, que tienen “buen corazón” y que “éste está alegre”, etc., lo que me fastidia bastante, tanto más cuanto que no se dejan medir la cabeza.

Dime cómo está mi museo y si has recogido el león y los huesos de cóndor que conserva en su poder el embalsamador (Gerbi, Ob. Cit.: 74-75).

Esto que tanto fastidiaba al perito Moreno, el que los indígenas no se dejasen medir la cabeza, es una clara evidencia de un mecanismo de defensa de los indios ante los embates del antropólogo civilizado, aquel que, según Blengino, los observaba “como si ya fuesen un ejemplar de museo” (Blengino, Ob. Cit.: 109). Esta renuencia de los indígenas a dejarse medir la cabeza también es recordada por Moreno en otra obra suya, Viaje a la Patagonia Austral, cuando comenta la terquedad de un indígena llamado “Sam Slick, buen tehuelche, hijo del cacique Casimiro Biguá”,  de no dejarse tocar por este agrimensor de la testa ajena:

Consintió en que hiciéramos su fotografía, pero de ninguna manera quiso que midiera su cuerpo y sobre todo su cabeza. No sé por qué rara preocupación hacía esto, pues más tarde, al volver a encontrarlo en Patagones, aun cuando continuamos siendo amigos no me permitió acercarme a él mientras permanecía borracho, y un año después, cuando llegué a ese punto para emprender viaje a Nahuel-Huapí, le propuse que me acompañara y rehusó diciendo que yo quería su cabeza. Su destino era ése. Días después de mi partida se dirigió a Chubut y allí fue muerto alevosamente por otros dos indios, en una noche de orgía. A mi llegada supe su desgracia, averigüé el paraje en que había sido inhumado y en una noche de luna exhumé su cadáver, cuyo esqueleto se conserva en el Museo Antropológico de Buenos Aires; sacrilegio cometido en provecho del estudio osteológico de los tehuelches.[16]

Silvestri comenta que el Perito Moreno intentará reconstruir la pureza original en el paisaje, una vez que los indios han sido vencidos y expulsados, utilizando para ello los medios de las ciencias naturales. Los instrumentos de medición topográfica[17]. Éstos son la clave en la transformación territorial, constituyen en la trama de los viajes científicos un aspecto más dentro del utillaje variado del conocimiento, en donde también se trata de medir, ordenar, clasificar. Lo que más irrita a Moreno, refiere esta autora, es la renuencia de los indios a ser medidos y clasificados según los parámetros de normalidad de las ciencias positivas.[18]

 

El Museo de Ciencias Naturales de La Plata

En cuanto al Museo de Ciencias  Naturales de La Plata fundado por Moreno, la misión de éste sería civilizadora, patriótica, pero -según Andermann y Fernández Bravo- también didáctica y moral, es decir, “el museo era antes que nada un instrumento moral para convertir las clases populares en un público, un ámbito de auto-disciplinamiento de futuros sujetos monádicos y adiestrados a mirar”. Siguiendo esta lógica, Moreno opinaba que:

Para el pueblo inculto se ha convertido el Museo en un sitio ameno de reunión; respetuoso, observa lo que contiene, se extasía ante una gallina con polluelos, un gato salvaje que sorprende una perdiz, etc., y olvida la taberna que quizá lo lleva al crimen. [...] Así, lentamente, con lo que aprenden los ojos, se cultiva el espíritu del pueblo, y esta es una de las tareas más benéficas de los establecimientos de esta clase (Andermann y Fernández Bravo, 2003).

Sin embargo, el discurso museológico, aparte de las aves y felinos, también incluía otros atractivos: “Años después, dirigirá el prestigioso Museo de Ciencias  Naturales de La Plata, fundado en 1886, que contaba entre su colección de historia natural un cuadro vivo: un grupo de indígenas” (Silvestri, Ob. Cit.: 244). Efectivamente, en octubre de 1886, Moreno, en un afán aparentemente protector, había conseguido del Ministerio de la Guerra el permiso para que 15 indígenas, es decir, los caciques Inacayal y Foyel junto con miembros de sus familias y un lenguaraz, se fueran a vivir al Museo de La Plata (Moreno, Ob. Cit.: 261-263). A eso se refiere Silvestri con lo de cuadro vivo, una especie de performance de lo que quedaba, luego de su derrota, de la barbarie semicivilizada del País de las  Manzanas. Andermann y Fernández Bravo dicen que Moreno intentaba crear un museo haciendo la historia de los indios prehistóricos, lo cual incluía a los indígenas muertos y vivos:

"un inmenso museo existe en las capas superficiales del suelo de la República; démosle á la luz. Clasifiquémoslo y expongámoslo en un local adecuado, donde la vista de esos objetos ayude á la imaginación, y entonces el americano de hoy rehará, con visos de verdad, la vida doméstica de los americanos anteriores á Colón."

Tarea que se le facilitaba por la presencia, en el propio Museo de La Plata, de indígenas patagones y fueguinos quienes, deportadas sus tribus y secuestrados sus hijos y familiares, habían sido "rescatados" por Moreno para desempeñarse como guardianes y preparadores (trabajo aceptado sólo por el Yahgan Maish Kensis, cuyo esqueleto, cuero cabelludo y cerebro disecado, no obstante, fueron agregados a la colección tras su fallecimiento en 1894, al igual que los restos de otros indígenas [como Inacayal] muertos en el museo). Si bien Maish Kensis también cuidaba los hijos de Moreno, quien tenía su domicilio en el primer piso del edificio, en el teatro evolucionista que ambos habitaban los separaba un abismo espacio-temporal sellado una y otra vez por la mirada objetivizadora que enseñaba el museo: "tenemos ya en el Museo -escribía Moreno al ministro provincial de gobierno- representantes vivos de las razas más inferiores [...] con cuya ayuda se pueden conocer muchos misterios de la prehistoria humana, de los tiempos de la infancia del hombre primitivo. Estos indígenas se ocupan en construir su material de caza, pesca y uso doméstico mostrándonos los procedimientos empleados para vencer en la lucha por la existencia en los rudos tiempos del comienzo de la sociabilidad humana."

El museo, entonces, señalaba que estos tiempos remotos habían llegado a un final abrupto, y que al no convertirse en público, someterse a la disciplina visual de la exhibición, sólo quedaba el atavismo y la muerte.[19]

 Detalle del papel con membrete empleado por Francisco P. Moreno <br /> que muestra el frente del edificio del Museo de La Plata
Detalle del papel con membrete empleado por Francisco P. Moreno
que muestra el frente del edificio del Museo de La Plata[20]

Me permito establecer un paralelismo, no me refiero “a tomar indios de muestra” como hiciera Colón o Fitz Roy, el capitán del Beagle. Recuérdese que en el viaje de Darwin de 1833, algunos de los indios fueguinos que Fitz Roy había llevado consigo de Tierra del Fuego a Inglaterra en un viaje anterior, eran traídos de vuelta en el Beagle tras su visita a la Civilización.[21] El paralelismo del que hablo se puede hallar en el caso de Ishi, el último de los yana.

Según Thomas Merton (1979), los indios yana, pueblo indígena que comprendía a la comunidad yahi o Mill Creeks a la que pertenecía Ishi, “vivían a los pies de las colinas de Mount Lassen, al este del río Sacramento”, en California, Estados Unidos. Estas personas, por su resistencia a dejarse someter por los hombres blancos que habían llegado a la región a fines de la década de 1840 ávidos de oro, se habían hecho fama de «luchadoras» y «salvajes», y los invasoresles temían. Como su territorio de caza se volvió cada vez más estrecho, tuvieron que organizar incursiones contra los establecimientos ganaderos de los blancos, y la represalia de éstos, dice Merton, “fue despiadada”:

Los indios se defendieron con la táctica de la guerra de guerrillas. Los blancos decidieron que con semejantes vecinos no podía haber coexistencia pacífica. Los yahi, o Mill Creeks, como se les llamaba, fueron destinados a la destrucción total y, por ende, considerados como subhumanos. En la lucha contra ellos no había restricciones ni reglas. Tampoco era necesario hacer tratados, puesto que no se podía confiar en  ningún indio.

[…] Gradualmente, los últimos miembros de la tribu yahi se extinguían. La situación de los sobrevivientes se hacía cada vez más desesperada. Ya no podían seguir viviendo en su perfecta invisibilidad: tenían que robar comida. Finalmente, el escondido campamento en que vivía Ishi con su hermana y madre enferma fue descubierto por un grupo de agrimensores que se llevaron como recuerdo, con total insensibilidad, los pocos objetos que encontraron. La madre y la hermana murieron y finalmente, el 29 de agosto de 1911, Ishi se entregó a los blancos, seguro de que sería destruido.

De hecho, la noticia de la existencia de ese «último indio salvaje» llegó al departamento de antropología de la universidad de Berkeley, e inmediatamente un profesor se hizo cargo de las cosas y vino a sacar al «salvaje» de la cárcel. Ishi pasó el resto de su vida en San Francisco, enseñando pacientemente su hasta entonces por completo desconocida (y complejísima) lengua a expertos como Sapir. Cosa curiosa, Ishi vivía en un museo antropológico, donde se ganaba la vida haciendo las veces de una suerte de cuidador y actuando también, en ocasiones, como espécimen viviente. Lo trataban muy bien, y a decir verdad el afecto y  el encanto de sus relaciones con sus amigos blancos no son el aspecto menos conmovedor de su historia (Merton, 1979: 44-45 y 52-54).

A pesar de que, siguiendo la narración de Merton, Ishi se adaptó bastante bien a la vida ciudadana, que inclusive llevó a sus amigos antropólogos, entre los que se encontraba Alfred Kroeber, al lugar que había habitado y en donde los indios habían practicado la “invisibilidad” como estrategia de supervivencia por medio siglo, “finalmente sucumbió a una de las enfermedades de la civilización”, murió de tuberculosis en 1916, “tras haber pasado cuatro años y medio entre los blancos.” (Ibíd.: 53-54). Se murió y se llevó el secreto de su verdadero nombre yahi a la tumba, Ishi significa hombre; entre los yahi estaba vedado usar el nombre verdadero para referirse a otro yahi o a uno mismo. Pero, ¿a dónde fueron a parar los huesos de Ishi? Kroeber se encargó de que no quedara en una vitrina como tantos otros restos indígenas, Ishi, según las palabras de Kroeber, era su amigo y la ciencia podía hacer excepciones, “irse al infierno”. Ishi debería ser cremado, sería la manera más cercana al rito funerario yahi. En una carta escrita desde Nueva York, Kroeber escribe a Gifford el 24 de marzo de 1916, un día antes de la muerte de Ishi:

Please stand by our contingently made outline of action, and insist on it as my personal wish. There is no objection to a cast (death mask). I do not, however, see that an autopsy would lead to anything of consequence, but would resolve itself into a general dissection. Please shut down on it. As to disposal of the body, I must ask you as my personal representative to yield nothing at all under any circumstances. If there is any talk about the interests of science, say for me that science can go to hell. We propose to stand by our friends. Besides, I cannot believe that any scientific value is materially involved. We have hundreds of Indian skeletons that nobody ever comes near to study. The prime interest in this case would be of a morbid romantic nature. Please acquaint Waterman with my feelings; also Pope. When the time comes, please see that the various people in the hospital are properly thanked. They have been more than good. You can get an individual plot in any of the public cemeteries. Draw upon any money in our keeping for this purpose without question or formality on my responsibility (Kroeber, 1965: 234).

Máscara mortuoria de Ishi, <em>el último de los yana</em>
Máscara mortuoria de Ishi, el último de los yana. (Kroeber, 1965: 234)

Sin embargo, y a pesar de la oposición de Kroeber, los restos de Ishi fueron usados con fines científicos. Podría establecerse, asimismo, un siniestro pero oportuno paralelismo con la hija del cacique Foyel, Margarita, quien falleció en el Museo de La Plata el 21 de septiembre de 1887. Según la ficha descriptiva de Robert Lehmann-Nitsche en el Catálogo de la sección antropológica del Museo de La Plata de 1910, los restos de Margarita fueron aprovechados científicamente de la siguiente manera:

De esta persona se conserva además el cerebro, el cuero cabelludo con los pelos y la máscara de la cara, sacada después de la muerte, así como muchos retratos. Como Foyel era Tehuelche de parte del padre, su hija no era araucana pura. Foyel es el famoso cacique conocido por el libro de Musters, etc.

El esqueleto y datos sobre esta india han sido publicados en el trabajo siguiente:

BIBLIOGRAFÍA.-TEN KATE, Matériaux pour servir ã l’anthropologie des indiens de l’Argentine. Revista del Museo de La Plata, XII, p. 40-42, 47-52. 1906 (Lehmann-Nitsche, 1910: 82).

De cualquier modo, a pesar de los ejemplos recién citados sobre los indios vivos de muestra en los museos, la forma más común de obtener las reliquias indígenas era a través del saqueo perpetrado en las tolderías o en los cementerios indígenas del sur argentino. Zeballos recoge el botín, el perito Moreno también acumula diversas piezas para su museo. Ambos personajes profanan las tumbas, tratan a  los cráneos como reliquias, las que forman parte de sus colecciones más preciadas, luego las donan a los museos de la Nación asumiendo una actitud congruente con su discurso patriótico. Años más tarde, a mediados del siglo pasado, Schoo Lastra, al hacer una referencia a los indios “no invasores” del País de las Manzanas, incluye una información sobre el Museo de La Plata:

En esa época [las tribus] no invasoras: la del cacique Saihueque, acaudalado señor del país de Las Manzanas, hijo de Chocory, cacique invasor chileno cuya armadura coloreada de cueros superpuestos se exhibe en el Museo de Eva Perón (La Plata), lo mismo que los cráneos de Calfucurá y de Mariano Rosas, uno de los cuales conserva en uno de sus costados incrustadas [sic], una chapa de metal (Schoo Lastra, 1997: 194).

Hace pocos años, en el mes de agosto de 2000, los miembros de la comunidad ranquel Toay recuperaron los restos de cacique Mariano Rosas; este acto se formalizó por medio de la Ley 25.276 publicada en el Boletín Oficial.[22] Por su parte, Felipe Pigna comenta que cuando murió Inacayal, el 24 de septiembre de 1888, su cadáver “fue descarnado” y “a su cráneo le estamparon el número de inventario 5438 y lo depositaron en una vitrina del flamante Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Sólo tras un siglo de lucha del pueblo mapuche, en 1994, los restos del gran cacique pudieron ser trasladados a su tierra de Tecka, provincia de Chubut” (Pigna, 2005: 327 y 330). En Internet se pueden encontrar avisos como éste vinculados con el tema de la devolución de los cráneos y las osamentas a los familiares:

En el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata se encuentra depositado con el número 241 el cráneo de nuestro paisano Juan Callvucüra, Se encuentran además los cráneos del cacique Gherenal, que vivía en las cercanías del Curaco (formaba parte del ulmen de Namuncura) con el número 317. También se encuentra el cuñado del cacique rankulche Baigorrita, que era machi, con el número 333 y además el cacique pampa Chipitruz, con el número 337.  Sería bueno que esta información pudiese llegar a su grupo o familiares para que tomen las medidas que ellos deseen. Si fuese necesario algún trámite que este a mi alcance solo tenés que pedirlo. G. M. y L. de S.[23]

 

A modo de cierre

En diciembre de 2007 visité el Museo de La Plata y pude ver que la armadura del cacique Chocorí, padre de Sayhueque, sigue formando parte de su colección. Se encuentra en una vitrina de la Sala de Etnografía, en la que, por cierto, se intenta rescatar “la pluralidad de la vida y valorar la diversidad cultural” de los pueblos originarios argentinos; su discurso museológico y su puesta en escena museográfica se basan “en una ética del encuentro con el «Otro»” y en el “valor patrimonial” de la cultura material de los pueblos originarios cuyas obras se hallan en exhibición.[24] Es preciso mencionar que la Sala de Antropología biológica se encontraba cerrada al público por remodelación. En la puerta de esta sala se hallaba un cartel que pone de manifiesto la nueva política del Museo de La Plata, la del respeto a los pueblos originarios. En el texto se advertía al público que el motivo del cierre temporal obedecía “a un cambio en la política de exhibición de restos humanos del Museo de La Plata” porque éste “ha decidido atender los reclamos de no exhibición realizados por descendientes de pueblos originarios de nuestros territorios, las sugerencias de códigos éticos internacionales para museos, el espíritu de la actual legislación nacional en referencia al tema”; a su vez, este aviso advertía que la “remodelación de esta sala incluye el proyecto, en ejecución, de mejora del estado de conservación de los cuerpos momificados y su relocalización en un ambiente que permitirá la realización de los rituales que sus descendientes deseen efectuar.”[25]

En Estados Unidos también se observa este tipo de cambio en los conceptos museológicos y museográficos con respecto a los elementos culturales de los pueblos indígenas que son mostrados en sus exposiciones. Se ha empezado a mostrar mayor respeto hacia los descendientes de estas culturas nativas. Las cenizas de los restos de Ishi que se encontraban en el cementerio de Colma, California, y su cerebro que estaba en el Smithsonian Institution en Washington, D.C., fueron devueltos en 1999 a los habitantes de Ranchería, comunidad en donde habitan los descendiente de los yana y otros pueblos indígenas del norte californiano como los del grupo étnico Pit River.

Native American Grave Protection and Repatriation Act is passed in 1990, requiring all federal agencies and museums receiving federal funds to inventory and identify the items, notify the affected tribes and make arrangements to return such items if the appropriate tribe made a request.The Smithsonian is exempt from NAGPRA, and would be governed by provisions of the 1989 NMAI Act.[26]

A pesar de esto, desafortunadamente en nuestros días es común escuchar a los comentaristas deportivos decir que el equipo de futbol charrúa o el azteca se van a enfrentar en un encuentro deportivo; llama la atención que se estén refiriendo a dos pueblos indígenas de Uruguay y de México para que los aficionados identifiquen a sus jugadores favoritos. O que haya un licor de malta que se llama Crazy Horse en los Estados Unidos y no se recuerde que ese es el nombre del indígena Oglala Lakota (Sioux) –nada aficionado al alcohol- que venció al militar Custer en Little Big Horn en junio de 1876.

El antropólogo Ricardo Melgar Bao manifiesta su solidaridad con este cambio en los gobiernos continentales en la manera de combatir la violencia simbólica contra los pueblos originarios, es decir, regresándoles los restos óseos de sus antecesores y cambiando la manera de ser reconocidos en los museos que muestran parte de su acervo cultural, su patrimonio tangible e intangible. Sin embargo, comenta que:

Todavía los pueblos originarios siguen padeciendo las ofensivas de los poderes regionales. Ya no son invisibilizados gracias a su tenaz resistencia. La devolución de los restos tiene que ver con esa nueva ética y concepción antropológica pos menemismo-dictadura y obviamente con la resistencia. Un dato más de La Plata. El Museo de la Memoria no le ha dado un lugar todavía a los activistas de los pueblos originarios durante la dictadura. Ya es tiempo que se sume a ese proceso de rectificación, más allá de sus adscripciones reales o inventadas a los grupos insurgentes. [27]

Afortunadamente, los indígenas argentinos están en un proceso de etnogénesis y ya no son invisibilizados del todo por sus compatriotas mestizos. La lucha es dura, pero como dijo José Martí: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.[28]

 <em>Sala del Museo de La Plata, 1890</em>
Sala del Museo de La Plata, 1890[29]



Notas:

[1] Nacida el 29 de febrero de 1960 en la Ciudad de México, D. F. Casada. Idiomas: griego moderno, inglés, lectura comprensión de francés. Doctora en Estudios Latinoamericanos de la UNAM, titulada en 2008. Premiada con la medalla Alfonso Caso de la UNAM. Maestra en Historia de México de la UNAM, titulada en 1998. Licenciada en Etnohistoria de la ENAH-INAH, titulada en 1991. Jefa de carrera de la Licenciatura de Historia de la ENAH, 1997-2001. Cursos dictados en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la UNAM, 1991-1993; cursos de Historia y Antropología en la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán, 2008-2009; cursos de Historia y Etnohistoria en la ENAH (desde 1992). Directora de tesis y sinodal de exámenes de grado. Actualmente profesora de asignatura de la ENAH y de la Especialidad de Posgrado en Estudios Diplomáticos del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores. Publicaciones de artículos y capítulos en libros y revistas de la UNAM, BUAP, INAH, UAM. Libros publicados: El Niño Dios de Tingambato. Tradiciones y religiosidad popular, libro, UAM-Xochimilco, diciembre de 2011; Informe final de la Consulta sobre la conservación de los Sitios Sagrados y Centros Ceremoniales del Pueblo Yoreme de Sinaloa, libro, Análisis y sistematización de la información por Martha Delfín Guillaumin, México, CDI, 2012.

[2] Canción de Daniel Viglietti.

[3] Anne Chapman, Los Selk’nam. La vida de los onas en Tierra del Fuego, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007: “1889. Selk’nam secuestrados por el cazador de ballenas belga, Maitre (a la izquierda), llevados a Europa y exhibidos como caníbales. Fotógrafo desconocido.” (s/p, apéndice fotográfico). Esta foto también se halla en el libro de José María Borrero, La Patagonia trágica, Colección Historia y tradición argentinas, Buenos Aires, Editorial Americana, 1967. [Primera edición, 1928].  En este último texto vienen los pormenores de cómo los Selk’nam fueron llevados a la Exposición Universal de Paris de 1889.

[4] “La regeneración de las razas inferiores o bastardas por las razas superiores está en el orden providencial de la humanidad. El hombre de pueblo es casi siempre, entre nosotros, un noble desclasado, su pesada mano está mucho mejor hecha para manejar la espada que el útil servil. Antes que trabajar, escoge batirse, es decir, que regresa a su estado primero. Regere imperio populos, he aquí nuestra vocación. Arrójese esta devorante actividad sobre países que, como China, solicitan la conquista extranjera. (...) La naturaleza ha hecho una raza de obreros, es la raza china, de una destreza de mano maravillosa, sin casi ningún sentimiento de honor; gobiérnesela con justicia, extrayendo de ella, por el beneficio de un gobierno así, abundantes bienes, y ella estará satisfecha; una raza de trabajadores de la tierra es el negro (...); una raza de amos y de soldados, es la raza europea (...) Que cada uno haga aquello para lo que está preparado, y todo irá bien.”, Ernesto Renán (citado por Césaire, 1955); a su vez, en Fernández Retamar (1971).

[5] Corneille de Pauw es el precursor del concepto de “degeneración” aplicado a las personas, a las plantas y a los animales americanos en el siglo XVIII; los únicos que, a su juicio, se distinguían por ser “más grandes y gruesos y temibles y numerosos que en el viejo continente” eran los insectos, las serpientes y los bichos nocivos. Para de Pauw, los hombres americanos eran “como muchachitos encanijados, incurablemente perezosos e incapaces del menor progreso mental.” Eran salvajes degenerados (Gerbi, 1982: 67-70).

En esta construcción de la otredad, de los bárbaros, los miembros de la elite argentina finisecular decimonónica se apropiaron de este discurso -permeado por la filosofía idealista hegeliana y el darwinismo-spencerismo social- e identificaron a los indios como miembros de razas degeneradas.

[6] La lista de sus miembros la proporciona Bayer, Ibid., pp. 263-264. En ella figuran apellidos como Mitre, Martínez de Hoz y Paz.

[7] Carpeta “Expedición al Río Negro”, “Archivo Estanislao S. Zeballos” del Complejo Museográfico “Enrique Udaondo”, en adelante AZL, Luján, Provincia de Buenos Aires, Argentina, material digitalizado por la gente del archivo. “Álbum (Viaje al Río Negro) (E. Zeballos) Cod. Tem. 761 (Álbum N° 13)”.

En esta foto tomada a principios de diciembre de 1879 en Thrarú-Lavquen (Laguna del Carancho), Zeballos aparece conversando con el guía, el baqueano, en lo que fuera el campamento de la segunda División Expedicionaria en la Campaña del desierto de ese año. El grupo fue fotografiado por Arturo Mathile al frente de un rancho (jacal) del campamento. A la altura de la puerta se halla Zeballos sentado, alrededor suyo se encuentran los soldados que lo acompañaron en su Viaje al país de los araucanos. Llama la atención un barril que lleva su apellido, encima se hallan tres cráneos de los que mandó en los dos cargueros a Carhué, nombre que se halla también el barril.

[8] “Emprendió el viaje a caballo orillando el río Negro, acompañado por una tribu de indígenas que se internaba y no halló oposición entre los salvajes. Visitó las tolderías de Shayhueque en las Manzanas a la orilla del río Caleuvú, pasó ligeramente pro las cercanías de Nahuel –Huapí, y otros alrededores del norte y regresó a Patagones el 17 de febrero de 1876, habiendo salido el 6 de diciembre de este punto.

“El viaje del señor Moreno no ha dado resultados para la geografía de aquel territorio ni para la hidrografía de sus corrientes de agua. Sus principales trabajos se refieren a la etnografía de las tribus indígenas.”

Zeballos critica a Moreno por su falta de rigor científico, según él: “El señor Moreno trazó en esta Memoria un ligero bosquejo de su viaje, bosquejo que carece de importancia científica y que adolece de graves errores que en esta obra se han visto.” (Zeballos, 1960: 113 y 384).

[9] Carta de Bartolomé Mitre apud Francisco P. Moreno, Reminiscencias del Perito Moreno, ob. cit.,p. 21.

[10] También llama a Bahía Blanca “el futuro Liverpool del Sur”. A Buenos Aires se le conocía durante el siglo XIX como “La Atenas del Plata”. La comparación con Europa, con Occidente, para encontrar un referente de legitimación incluye adoptar los nombres de las ciudades o países que suponen un alto grado de civilización en la antigüedad o en la época de Moreno y sus contemporáneos. Véase Francisco P. Moreno, Reminiscencias, Ibid., p. 260.

[11] Blengino, Ob. Cit.:108-109. Blengino dice que la carta del perito Moreno es del 5 de marzo, en la edición de Reminiscencias que yo consulté, especifica que la carta a su padre databa del 5 de abril de 1875.

[12] “Las reliquias de un cacique mitrista”, Caras y caretas.

[13] Sobre la anécdota de Abelardo véase Hugo Enrique Sáez, Crónica de un error metafísico, México, UAM-Xochimilco, 2006, p. 130.

[14] Carpeta 68,  AZ-006, “Francisco P. Moreno”, AZL. Se respeta la grafía original. Moreno habla de los cráneos como si se tratara de las estampitas de álbumes que se intercambian los chicos actualmente.

Parece ser que el estudio de los cráneos indígenas había tenido un antecesor en el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo quien, en el siglo XVI, decía que los indios “tenían la cabeza tan dura, que los españoles debían andarse con mucho cuidado, al batallar con ellos, para no asestarles golpes en el cráneo, pues se exponían a que sus espadas se les quebraran” (Gerbi, Ob. Cit.: 88).

[15] En la guerra contra los apaches en las últimas tres décadas del siglo XIX también se aprecia este tipo de interés científico. El famoso chamán guerrero apache Gerónimo, entre las múltiples historias que cuenta en su biografía, narra la muerte del jefe apache Mangas Coloradas en manos de soldados estadounidenses, quienes lo asesinaron de forma brutal en medio de lo que se suponía un tratado de paz hacia 1863 en Apache Tejo. A esto Gerónimo lo considera “el peor error” cometido contra los indios. L.C. Hughes del diario Star de Tucson, Arizona, escribió acerca del asesinato de Mangas Coloradas, entre otras cosas destaca que “Su cabeza fue separada de su cuerpo por una cirugía y el cerebro extraído y pesado. Su cabeza era más larga que la de Daniel Webster, y el cerebro tenía un peso similar. El cráneo fue enviado a Washington y se encuentra ahora en exhibición en el Instituto Smithsoniano”. Geronimo, His Own Story. The Autobiograpy of a Great Patriot Warrior As Told to S.M. Barret, con un estudio introductorio y notas de Frederick Turner, EEUU, Meridian, 1996, pp. 118-121. La traducción de este es mía.

[16] Francisco P. Moreno, Viaje a la Patagonia austral, 1876-1877, 1879, apud David Viñas, Indios, ejército y frontera, Argentina, Santiago Arcos Editor, 2003, p. 239.¿El nombre del indígena tiene que ver con la presencia de una colonia galesa en Chubut?

[17] Silvestri también señala este cambio de las formas tradicionales de conocer, de medir el territorio; cita a Alsina quien en 1877 decía que: “Esta vez la ciencia ha intervenido, y el baqueano ha sido sustituido por el teodolito, por el troqueámetro y por el sextante. Las distancias, los rumbos y la situación respectiva de los lugares responden ahora… a la verdad científica que es verdad matemática. En cuanto a las distancias, son de consideración las diferencias que se notan entre lo calculado por el galope del caballo y lo comprobado por instrumentos infalibles”. Memoria del Ministerio de Guerra y Marina acompañando el Atlas de 1877 enviado al Congreso de la Nación, apud Graciela Silvestri, ob. cit.,p. 235.

Esto sería algo así como la partera sustituida por la enfermera profesional en la obra La tía Mimma de Luigi Pirandello. La modernidad desplaza a la tradición.

[18] Graciela Silvestri, Ibid., pp. 239-240. Lo señalado entre corchetes es mío.

Tanto Graciela Silvestri (p. 227) como Vanni Blengino, ob. cit., pp. 55-56, hacen referencia a la obra del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, La Conquista del Desierto, que muestra la parte científica de la expedición militar de Roca con los ingenieros y naturalistas que aparecen representados en el lado derecho de este cuadro. Dice Blengino que “Blanes tuvo el mérito de representar y dar una exacta correspondencia visual al discurso oficial de la campaña del desierto.” (p. 56).

[19] Jens Andermann, Birkbeck College, Álvaro Fernández Bravo, Universidad de San Andrés, Objetos entre tiempos: Coleccionismo, soberanía y saberes del margen en el Museo de La Plata y el Museo Etnográfico, ob. cit. Lo señalado entre corchetes es mío.

Las mujeres indígenas “rescatadas” por Moreno se dedicaron a tejer y sus obras fueron expuestas como parte de la colección etnográfica del Museo de La Plata. Además, de ser posible, Moreno pretendía conocer sus costumbres mientras los indios vivieran en el museo. Afortunadamente, las mujeres indígenas luego pudieron vender sus tejidos en el mercado de la ciudad. Los hombres indios que se negaron a trabajar como carpinteros o cerrajeros en el museo fueron castigados con la reducción de sus raciones de comida y se les retiró el suministro de tabaco. Sobre este particular véase:

Jens Andermann, Birkbeck College, The Museo de La Plata, 1877-1906, Relics & Selves, http://www.bbk.ac.uk/ibamuseum/texts/Andermann04.htm, fecha de consulta 7de julio de 2007.

[20] Carta de Moreno enviada a Zeballos el 12 de junio de 1888. Carpeta 68,  AZ-006, “Francisco P. Moreno”, AZL.

[21] Sobre este particular véase: Dick Edgar Ibarra Grasso, Argentina indígena & prehistoria americana, Tipográfica Editora Argentina, Buenos Aires,1967. También Anne Chapman ha abordado este tema en su conferencia magistral “Darwin en Tierra del Fuego”, Auditorio Jaime Torres Bodet, Museo Nacional de Antropología e Historia, Ciudad de México, sábado 8 de septiembre de 2007. Según Anne Chapman, los indios fueguinos llevados por Fitz Roy eran yámanas (yaganes) de Tierra del Fuego.

[22] Texto de la Ley 25.276. Publicada en el boletín Oficial el 28 de agosto de 2000:

«Dispone el traslado de los restos mortales del cacique Mariano Rosas, depositados en el museo de Ciencias Naturales de La Plata, a Leuvucó, Departamento de Loventuel, Provincia de La Pampa.

Artículo 1º.- El Poder Ejecutivo, a través del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, procederá al traslado de los restos mortales del cacique Mariano Rosas o Panquitruz Gner, que actualmente se encuentran depositados en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata "Florentino Ameghino", restituyéndolos al pueblo Ranquel de la Provincia de La Pampa.

Artículo 2º.- A tal fin se trasladarán sus restos a Leuvucó, Departamento de Loventuel, de la Provincia de La Pampa.

Artículo 3º.- La Subsecretaría de Cultura del Ministerio de Cultura y Educación de la provincia de La Pampa, en consulta con las autoridades constituidas de la comunidad ranquelina, fijará el lugar donde serán depositados en sepultura.

Artículo 4º.- Al momento de cumplirse con lo ordenado por esta ley, se rendirá homenaje oficial al cacique y se declarará de interés legislativo la ceremonia oficial que se realizará en reparación al pueblo ranquel.

Artículo 5º.- Comuníquese al Poder Ejecutivo Nacional.-»

http://www.soydetoay.com.ar/toay/archiv_imag/comu_nidad/ley.htm, fecha de consulta 24 de junio de 2007.

[23] http://mapuche.info.scorpionshops.com/, fecha de consulta 3 de noviembre de 2004. Lo señalado con negrita es mío.

[24] Las partes entre comillas y la información que proporciono sobre la museología y museografía de los objetos exhibidos, las he tomado directo de la cédula que se hallaba en la entrada de esta Sala de Etnografía el día de mi visita, 28 de diciembre de 2007.

[25] Esta información la copié textualmente del cartel.

[26] January 1917: The brain is shipped to Washington and accessioned by the Smithsonian, accession number 60884, museum number 298736. For sixty-four years it is stored in a ground glass jar in the "Division of Collections" of the Physical Anthropology Labs on the third floor of the Natural History Building. In 1981 the soft Tissue collections are rehoused and moved to Hall 25, stainless steel tank#6 and the catalogue number is attached by two permanent string tags. In 1994 the body part was moved to Third Pod, Museum Support Center. A 1999 observer reports that the brain appears to be still intact.

[…] "Ishi's brain was right there in Tank 6 of the Wet Collection...There were thirty-two other brains floating in the stainless steel tank, each in a cheesecloth sack tied with a plastic accession tag." (American Indian Quarterly Summer/Fall 2005).

[…] May 12 and 13, 2000: The Butte County Native American Cultural Committee organize a conference in Oroville to memorialize Ishi.

http://history.library.ucsf.edu/ishi.html

http://newscenter.berkeley.edu/2011/09/12/century-of-ishi/, fecha de consulta 30 de julio de 2012.

[27] Correspondencia electrónica, 9 de diciembre de 2012.

[28] http://connuestraamerica.blogspot.com/, fecha de consulta 10 de diciembre de 2012.

[29] “Photograph of skeletons of ‘ancient and modern’ Indians, on top of which a series of busts of famous anthropologists are visible.” Revista del Museo de La Plata 1 (1890-91) Apud Jens Andermann, Birkbeck College, Álvaro Fernández Bravo, Universidad de San Andrés, Objetos entre tiempos: Coleccionismo, soberanía y saberes del margen en el Museo de La Plata y el Museo Etnográfico. ob. cit., http://www.bbk.ac.uk/ibamuseum/texts/AndermannFernandez01.htm, fecha de consulta 7 de julio de 2007.

 

Bibliografía:

Andermann, A.J. y Fernández Bravo, Á., (2003). “Objetos entre tiempos: Coleccionismo, soberanía y saberes del margen en el Museo de La Plata y el Museo Etnográfico”, en Márgenes-Margens, Belo Horizonte, Buenos Aires, Mar del Plata, Salvador, no. 4, pp. 28-37. Recuperado de: http://www.bbk.ac.uk/ibamuseum/texts/AndermannFernandez01.htm [consultado el 7 de julio de 2007].

Bayer, O. (2004). La Patagonia rebelde. Buenos Aires, Booket.

Beyhaut, G., & Beyhaut, H. (1986). América Latina. III, De la independencia a la segunda Guerra Mundial. México, Siglo XXI Editores.

Blengino, V., & Romano, R. (2005). La zanja de la Patagonia: los nuevos conquistadores: militares, científicos, sacerdotes y escritores. Argentina, Fondo de Cultura Económica.

Bourdieu, P., & Passeron, J. C. (1981). La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Barcelona, Editorial Laia.

Durán, J. G. (2006). Namuncurá y Zeballos: el archivo del cacicazgo de Salinas Grandes, 1870-1880. Argentina, Universidad Católica Argentina-Bouquet Editores.

Fernández Retamar, R., (1971). “Calibán. Apuntes sobre la cultura de nuestra América. Para la historia de Calibán”, en Literatura.us, disponible en: http://www.literatura.us/roberto/caliban2.html [consultado el 11 de julio de 2007].

Gerbi, A. (1982). La Disputa del Nuevo Mundo: historia de una polémica 1750-1900. México, Fondo de Cultura Económica.

Kroeber, T., (1965). Ishi in two worlds: a biography of the last wild Indian in North America. Berkeley, University of California Press.

“Las reliquias de un cacique mitrista”, (1909). Caras y caretas, Año XII, No. 547, Buenos Aires, 27 de marzo.

Lehmann-Nitsche, R. (1910). Catálogo de la Sección Antropológica del Museo de La Plata. Buenos Aires, Coni Hermanos.

Merton, T. (1979). Ishi. Barcelona, Editorial Pomaire.

Moreno, F. P., (2004). Reminiscencias del Perito Moreno (E. V. Moreno, Ed.), Argentina, Ediciones El Elefante Blanco.

Nacach, G. (2006). “Tan vivos, tan muertos. Dos décadas de representaciones y carácter de la frontera pampeana: entre Lucio Mansilla (1870) y Estanislao Zeballos (1880)”, en Tefros, Vol. 4 No. 2 (primavera), 24 págs. Disponible en: http://www.tefros.com.ar/revista/v4n2p06/paquetes/nacach.pdf [consultado el 22 de septiembre de 2007]

Pigna, F. (2005). Los mitos de la historia argentina. 2, De San Martín a "El Granero del Mundo". Buenos Aires, Planeta.

Sáez Arreceygor, Hugo Enrique (2012). “La violencia simbólica en el tejido social y en la educación”, ponencia presentada en el  Congreso de Investigación del Departamento de Relaciones Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, octubre.

Schoo Lastra, D. (1997). La lanza rota: estancias, indios, paz en la cordillera. Buenos Aires, El Elefante Blanco.

Silvestri, G., (1999). “El imaginario paisajístico en el litoral y el sur argentinos”, en Bonaudo, M., Nueva Historia Argentina. Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880). Buenos Aires, Editorial Sudamericana, pp. 217-291.

Zeballos, E. S. (1960). Viaje al país de los araucanos. Buenos Aires, Hachette.

 

Cómo citar este artículo:

DELFÍN GUILLAUMIN, Martha, (2013) “Violencia simbólica contra los pueblos originarios argentinos”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 14, enero-marzo, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Sábado, 24 de Agosto de 2019.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=617&catid=6

Si deseas colaborar con nosotros, lee las indicaciones para publicar