Pacarina del Sur
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Imaginarios sociales en torno a los inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho, Perú

Social imaginary around Venezuelan immigrants in the city of Ayacucho, Peru

Imaginário social em torno de imigrantes venezuelanos na cidade de Ayacucho, Peru

Roly Jaime Najarro Martínez

Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, Perú

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Recibido: 26-11-2019
Aceptado: 01-04-2020

 

 

Introducción

La presente investigación aborda los imaginarios sociales en torno a los inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho. De acuerdo con Castoriadis, lo imaginario no es la imagen de algo, lo ficticio, especulativo o las fantasías individuales, sino: “es creación incesante esencialmente indeterminada (histórico-social y psíquico) de figuras/formas/imágenes, a partir de las cuales solamente puede tratarse de ‘alguna cosa’. Lo que llamamos ‘realidad’ y ‘racionalidad’ son obras de ello” (2013, pág. 12). Es decir, los imaginarios sociales son construcciones mentales compartidas socialmente, de significaciones “institucionalizadas” o validadas colectivamente, “de determinados tipos de relaciones sociales, de estilos del pensar, del hacer y del juzgar; juzgar; en síntesis, configuración de lo real en términos de plausibilidad socialmente compartida” (Baeza, 2011, pág. 31).

Según Aliaga (2008), el imaginario social hace referencia a dos cuestiones fundamentales: lo imaginario y lo social. Es imaginario por la capacidad creativa del ser humano; en cambio, es social por ser producto de un proceso colectivo; de esta manera, coincide con Castoridis y Baeza. Los imaginarios analizados han sido creados e instituidos colectivamente por venezolanos y ayacuchanos, teniendo como principal foco a la migración internacional, que tiene dos aristas: la emigración, que es la salida de personas de un país emisor y la inmigración que es el proceso opuesto; es decir, la llegada de personas a un país o lugar receptor (Aliaga, 2008). En nuestro caso, el país emisor es Venezuela y el país receptor, Perú y la ciudad de Ayacucho.

La presente investigación tomó como referencia a la inmigración, aunque no descarta a la emigración. En tal sentido, desde el año 2017, aproximadamente, llegaron los primeros venezolanos a la ciudad de Ayacucho. Eran jóvenes, de ambos sexos, que vendían arepas[1] y otros productos en la Plaza Mayor de Huamanga y las calles contiguas a esta; pero, desde fines de 2018 hasta el momento, se ha incrementado la presencia de estas personas. Refiriéndose a la situación que atraviesa Venezuela, Castillo y Reguant (2017) señalaron que este país, de ser un receptor de inmigrantes, ha pasado, en los últimos años, a ser un país expulsor de emigrantes, motivados por una crisis económica y política nacional.

Haciendo paráfrasis, podemos decir que Perú y Ayacucho, de ser lugares expulsores de emigrantes, se han convertido en el presente en receptores de inmigrantes. Esto es así porque “algunas regiones consideradas anteriormente como zonas de emigración son ahora zonas de inmigración (Brah, 2011, pág. 209). Aunque no exista una cifra exacta sobre el número de venezolanos en Perú, los datos de Examen ONU Venezuela (2019) apuntan que ahora hay más de 850.000 venezolanos, superado solamente por Colombia. En caso de Ayacucho, tampoco existen cifras oficiales; pero, en conversaciones con un miembro de la Asociación de Venezolanos Unidos en Ayacucho,[2] supe que, dentro de ella, existe un aproximado de 480 personas, entre adultos, varones, mujeres y menores de edad; sin embargo, existe otro grupo de venezolanos que no pertenece a esta organización, por lo que el número total excedería fácilmente la millarada.

Desde su llegada, los venezolanos se convirtieron en “objetos” de conversaciones, comentarios, curiosidades y rumores por parte de los ayacuchanos. Al inicio, decían: “Pobrecitos, hay que ayudarlos”, “Que sigan viniendo para mejorar la raza”, entre otros. No obstante, durante los últimos meses del año 2019, el discurso cambió y empezaron a referirse como secuestradores, asaltadores, estafadores y delincuentes; es decir, empezó a predominar imaginarios sociales de rechazo y exclusión.

Con la intención de que el estudio alcance buen puerto, se planteó tres interrogantes: ¿Cuáles son los imaginarios sociales que impulsaron a los inmigrantes venezolanos a desplazarse de su país a Perú y luego a la ciudad de Ayacucho?, ¿Cuáles son los imaginarios sociales de los ciudadanos ayacuchanos en torno a la presencia de los inmigrantes venezolanos? y ¿Cuáles son las perspectivas, a futuro, que tienen los inmigrantes venezolanos presentes en la ciudad de Ayacucho? Para responder estas preguntas, hice trabajos de campo y de gabinete durante los meses de mayo, junio y julio del año en curso; asimismo, recopilé información necesaria a través de la observación y entrevista cualitativas.

La exposición está organizada en tres partes: la primera examina los imaginarios sociales de los inmigrantes venezolanos; para ello, utilicé ideas de autores como Aliaga (2008), Brah (2011), Enríquez, Meza y Fierro (2015). La segunda analiza los imaginarios sociales ayacuchanos en torno a los inmigrantes venezolanos; para ello, me valgo de los planteamientos de “incertidumbre social”, del antropólogo indio Appadurai (2007), “lo nacional y lo no nacional”, de Cardús i Ros (2003) y la “conciencia nacional” o “conciencia del nosotros”, de Habermas (1999). La tercera examina las perspectivas futuras de los inmigrantes venezolanos; para ello, se acudió a las ideas de “traumas de separación” y “deseo de retorno”, postuladas por Brah (2011). Se finaliza con las conclusiones y la bibliografía.

Pintas alusivas a inmigrantes venezolanos en la fachada de una casa ubicada en la avenida Amancaes, distrito Andrés A. Cáceres Dorregaray
Imagen 1. Pintas alusivas a inmigrantes venezolanos en la fachada de una casa ubicada en la avenida Amancaes, distrito Andrés A. Cáceres Dorregaray. Foto de Roly Jaime Najarro Martínez, 2019.

 

Imaginarios sociales de los inmigrantes venezolanos

En los tres últimos años, muchos países sudamericanos han acogido a millares de migrantes venezolanos; Perú y sus ciudades no han sido las excepciones. Estas personas resolvieron salir de su patria y hogar a causa de algún factor o por la combinación de varios de ellos. Como afirmó Aliaga: “(…) los individuos se han dispuesto o han sido obligados a aventurar hacia distintos espacios geográficos del planeta, producto de diversas causas (…)” (2008, págs. 5,6), construyendo un conjunto de imaginarios sociales sobre la situación vivida en sus país; pero, también acerca del lugar de destino. Una vez llegados, se enfrentaron a una realidad diferente a la suya, lo que ocurrió con los venezolanos que llegaron a Perú y luego a la ciudad de Ayacucho. Empecemos viendo, en sus propias palabras, las causas que los motivaron a tomar la crucial decisión de salir de Venezuela:

Más que todo, la situación del país, lo que es… la crisis económica que estamos viviendo actualmente; los sueldos no te dan para mantener a tu familia. Yo soy padre de familia, tengo dos hijos, me vine con mi esposa y ambos trabajamos acá para tratar la manera de traer nuestros hijos acá, para una mejor calidad de vida. Mis dos hijos están en Venezuela, al cuidado de mi madre (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Oye... La situación, pues, yo tengo tres niños allá, acá tengo otro y la situación allá, pues… yo me paraba en la mañana y me iba a chambear y no me alcanzaba; el día de trabajo no me alcanzaba para nada, ni para comer, pues. El sueldo no alcanza para nada, porque aumenta el sueldo y más arriba aumenta la comida e igual; pues, no hay estabilidad, no hay ese punto de que va subir el sueldo y la comida va quedar ahí, en ese mismo precio, como acá. Esa es la gran diferencia (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Coooño, yo me vine de Venezuela porque la vaina allá está arrecha [difícil]. Yo quiero ayudar a mi mamá; quiero mandarle plata a ella; quiero, como se dice, pues…, superarme, para yo mandarle plata a ella. Como allá, uno trabaja, pero la plata no rinde. La vaina allá todo es caro, no alcanza para nada; la vaina allá no…, la situación está mal, muy mal (Y. A., ayudante de albañilería, de 20 años).

 

De manera que la crisis económica[3] fue determinante para que estas personas salgan de Venezuela. La situación “está mal, muy mal”; es decir, inestable e insostenible; convirtiéndose, incluso, en una amenaza para la sobrevivencia misma de la gente; ya que los ingresos obtenidos y la moneda devaluada no alcanzan para solventar los gastos y la alimentación familiar; paralelamente, el precio de los productos de primera necesidad se incrementa a diario. En tal contexto, surge un conjunto de imaginarios sociales de incertidumbre, inseguridad, desesperanza, proyección pesimista del país y dificultad en la realización y las posibilidades de vida (Enríquez, Meza, & Fierro, 2015); entonces, fue momento de tomar una difícil decisión: emigrar y dejar todo, familia (padres, hijos, hermanos y demás), hogar, amistades y toda la experiencia vivida.

De acuerdo con Aliaga (2008), más allá de las causas, concurre un elemento central en los procesos migratorios; el cual tiene que ver con la necesidad de un cambio en las condiciones de vida, existencia o subsistencia, y de búsqueda del bienestar, adquiriendo nuevos elementos que permitan disponer de mejores expectativas, tanto a nivel personal como familiar. De igual opinión es Brah, al sostener que: “(…) el deseo de la gente de buscar oportunidades que puedan mejorar sus condiciones de vida, los conflictos políticos, las guerras y las hambrunas son algunos de los factores que suponen un impulso para estas migraciones” (2011, pág. 209). Entonces, la escapatoria de Venezuela es ampliamente justificada; porque era la única manera de lograr “una mejor calidad de vida”, de encontrar estabilidad económica y social, de superarse, de conseguir dinero y “mandar plata” a los familiares y, si es posible, traer a los hijos al nuevo lugar de residencia, para brindarles una mejor vida.

Una vez que salieron, o incluso antes, estas personas tuvieron que resolver el lugar de destino. En la elección de Perú, pesaron algunos factores; mientras que, para llegar, emplearon algunos mecanismos. A este respecto, se tienen los siguientes testimonios:

Lo que pasa es que Perú abrió la puerta a muchos venezolanos y, en otros países, piden certificación para poder ejercer como profesional; la verdad que eso, en mi país, es un poco costoso. Entonces, ante la crisis, decidimos venirnos para acá; estaba en Colombia ocho meses, trabajaba como vendedor ambulante. Cuando Perú decidió abrir las puertas y las personas van a trabajar sin necesidad de que les estén pidiendo los papeles, decidimos venirnos a Perú. Ya estamos cinco meses y también tenemos familiares. Muchas personas nos han hablado de Perú, nos han dicho muchas cosas… (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Porque mi hermano estaba acá, mi hermano salió primero, el primer emigrante de nuestra familia y ha llegado acá a Perú, pues. Yo estaba en Colombia, pero allá la cosa está fuerte pues, algunos ya se han cansado… Por eso, llegué acá; me comentó que la cosa acá era mejor, que se trabajaba normal, conseguías tu dinero y mandabas a Venezuela (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Coooño, porque me dicen que aquí la vaina está un poquito como mejor, que la gente ayudan a uno, le ayudan a uno pues, le dan trabajo y vaina (Y. A., ayudante de albañilería, de 20 años).

 

En la elección de Perú como punto de llegada, y no otro país, pesaron los comentarios positivos de familiares o conocidos, establecidos con anterioridad, concernientes a las facilidades para conseguir empleo y dinero; la concentración excesiva de sus compatriotas en Colombia, que no tenía más que ofrecer a los recién llegados; y la apertura oficial del gobierno peruano[4] a la inmigración venezolana en el año 2018. Habría que decir, también, que, en dicha decisión, influyeron con fuerza los imaginarios sociales en torno a los peruanos: hospitalarios y solidarios. En relación a la elección de la ciudad de Ayacucho como destino final, los venezolanos dijeron lo siguiente:

Llegué a Lima, y me entré por medio de mi esposa; ella ya tenía unos familiares acá, nos invitaron acá a Ayacucho, que había muchas más posibilidades de trabajo y por eso decidimos venirnos (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Por mis tíos también, yo estaba en Lima. Me estaba yendo fuerte; pues, yo vendía helados. Mi tía trabajaba acá en una plastiquería que queda en el mercado 12 de abril y el dueño de allá me ha… ha necesitado un personal, un hombre. Mi tía me ha jalado por acá pues. Yo no conocía Ayacucho; mediante ella, fue que conocí a Ayacucho. Ella ya estaba tiempo ya acá (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Me encontré a dos muchachos, uno de ellos está al frente, vendiendo también caramelos; ellos me dijeron: Vámonos pa[ra] Ayacucho. Yo estuve allá y la vaina… allá la gente ayuda; allá uno puede vender caramelos y la gente ayuda con caramelos y la vaina, para que nos vayamos allá. Es mejor que Pisco; en Pisco, también ayudan, pero vámonos para Ayacucho, que es mejor; la gente ayuda y colabora (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Por mi papá, él ya estaba aquí [ciudad de Ayacucho] (K. P, estudiante, de 19 años).

 

Los comentarios pudieron haber sido falsos o verdaderos; pero, sin lugar a dudas, la información que circuló sobre Perú y la ciudad de Ayacucho los hizo imaginar como lugares ideales y de una gran oportunidad para alcanzar mejores condiciones de vida, que no encontraban en sus país; generándose imaginarios sociales de superación, calidad de vida y bienestar (Aliaga, 2008). En todo este proceso, cobró mucha importancia el papel de los familiares (padres, tíos y hermanos) y de conocidos, que ya se encontraban previamente en el lugar; es decir, importantes contactos de apoyo que sirvieron en la inserción de los recién llegados; ellos les estimularon a venir a Perú y la ciudad de Ayacucho. De manera que: “es más fácil para los inmigrantes recurrir a sitios en que se tiene un referente del éxito que ha significado el proceso de inmigración, en donde la construcción imaginaria del espacio permite desarrollar ciertos grados sociales que amortigüen los aspectos conflictivos de la inmigración” (Aliaga, 2008, pág. 7).

Habría que decir algo más sobre los imaginarios sociales en torno al empleo y bienestar en la ciudad de Ayacucho por parte de los inmigrantes venezolanos; pues, una cosa son las aspiraciones e imaginarios y otra la realidad, que no necesariamente pueden correlacionarse positivamente. Veamos lo que señalaron:

Encontré una estabilidad laboral, que era lo que uno venía buscando. Cuando uno viaja como emigrante, lo que uno busca es una estabilidad laboral. Conseguimos una estabilidad laboral gracias a Dios. Vivimos medianamente bien acá. Y bueno, como te dije, las posibilidades de traernos a nuestros hijos, lo más pronto posible, para brindar una mejor calidad de vida; porque nos gusta cómo es acá. Pues, ¿me entiendes?  Llegamos acá y a los días ya teníamos trabajo. Gracias a Dios y aquí estamos pues, trabajando, luchando por una mejor calidad de vida (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Acá, he trabajo y, donde vivo, mucha gente también me ha ayudado. Todos, pues, me han ayudado; me han dado cosas para cocinar, ollas, todas esas cosas, cubiertos, tenedores… Aquí estoy mejor pues, más estable. Eso es lo que quería conseguir, estabilidad y ya he conseguido acá (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

La gente ayuda a uno. Dijimos, vamos a experimentar pa[ra] allá; cómo le resulta a uno. Y sí me fue bien pe, me ha resultado bien; pues, alquilamos la pieza [hospedaje], comimos; ahorita, vamos a comprar algo para comer, para irnos allá, para comer pe. Nos estamos alojando tres personas, tres hombres (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

 

Algunos venezolanos alcanzaron, de una u otra forma, “el proyecto que se han trazado en el comienzo de su proyecto migratorio, o han logrado estabilizarse en el nuevo contexto, a través de la obtención de un buen trabajo, la generación de redes de confianza, (…)” (Aliaga, 2008, pág. 6). No obstante, hay otros que se encontraron con una realidad que no era la que esperaban, siendo sus expectativas desmoronadas. En relación a esto, dos testimoniantes refirieron:

Pero lo que pasa aquí es que hay letrero, pero hay unos que piden parte; piden, como te digo, papeles y a mí me robaron la cédula y me robaron los papeles que yo traía de allá. Me robaron el bolso en Piura. Bueno... qué vamos hacer (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Yo estuve en un trabajo y no me quisieron pagar. En Claro,[5] estuve, no me dieron lo que era, sino otra cosa (K. P., estudiante, de 19 años).

Pinta alusiva a inmigrantes venezolanos en la fachada de una casa ubicada en la avenida Amancaes, distrito Andrés A. Cáceres Dorregaray
Imagen 2. Pinta alusiva a inmigrantes venezolanos en la fachada de una casa ubicada en la avenida Amancaes, distrito Andrés A. Cáceres Dorregaray. Foto de Roly Jaime Najarro Martínez, 2019.

En definitiva, los venezolanos con quienes conversé decidieron salir de su patria a causa de la grave crisis económica y política; mientras que, en la elección de Perú y la ciudad de Ayacucho, como lugares de destino, primaron los comentarios positivos sobre la hospitalidad y solidaridad de los peruanos y ayacuchanos; también, la estabilidad, las facilidades para conseguir trabajo y dinero, así como la apertura del gobierno peruano a la inmigración venezolana; las que generaron imaginarios sociales de trabajo, superación y bienestar. No obstante, una vez llegados a los destinos de referencia, estas personas se enfrentaron con una realidad. En algunos casos, los imaginarios fueron confirmados favorablemente; en otros, fueron desmoronados.

 

Imaginarios sociales ayacuchanos en torno a los inmigrantes venezolanos

El arribo de los inmigrantes a un lugar de destino genera múltiples problemas. En este proceso, cobra relevancia la inserción en la sociedad de acogida (Aliaga, 2008). Como dijo Brah: “si las circunstancias de la partida son importantes, también lo son las de la llegada y el asentamiento. ¿Cómo y de qué maneras se introduce un grupo dentro de las relaciones sociales (…)?” (2011, pág. 213). En tal sentido, la llegada de los venezolanos a la ciudad de Ayacucho generó diversas acogidas por parte de la población local; construyéndose, al mismo tiempo, múltiples imaginarios sociales sobre el alter (otro u otros), los que se nutrieron “(…) de atributos, estereotipos y arquetipos, y que condiciona la mirada que dirigimos hacia los demás” (Dittus, 2011, pág. 67). En consonancia con este planteamiento, algunos ciudadanos ayacuchanos dijeron:

Está mal, quita trabajo a los ayacuchanos. Los empresarios, más que nada, prefieren a los venezolanos porque ellos son más serviciales, no reclaman sus derechos; mientras los ayacuchanos, también, cualquier inconveniente están reclamando y ya, chao… Y a cambio de eso, meten a los venezolanos. Ahora que aparecieron los venezolanos, ellos [empresarios] prefieren a los venezolanos que a los mismos ayacuchanos. El pago también es un poco menos para ellos (R. N., transportista, de 32 años).

Bueno, en parte, para mí no me parece justo que estén acá, porque nos quitan trabajo; bueno, más que nada a los peruanos y creo que el Estado, más que nada, les da prioridad a ellos que a nosotros y hasta ellos trabajan por menos dinero y hacen que las personas los contraten a ellos nomás; pues no, y si nosotros queremos trabajar, nos dicen que menos, nos quieren pagar menos pues (M. M., chef de pastelería, de 23 años).

Bueno, acá, los venezolanos han venido a usurpar a nuestra ciudad de Huamanga; usurpar a los trabajos, nos quitan trabajo, todo… Acá, necesitamos prácticamente trabajo, hay más desocupación y entonces, ante eso, los venezolanos… prácticamente ya no hay trabajo, hemos entrado a más necesidad. Ellos prácticamente se regalan al trabajo, con menos pago y prácticamente a los que dan trabajo les conviene tomar a ellos para que trabajen; mientras los obreros qué. Ellos requieren también trabajo, pero ya no hay para los compueblanos y con eso hay más desocupación (F. A., albañil, de 62 años).

Para mí, como persona, es algo normal, porque cualquier rato nosotros igual podemos estar en esa crisis no; entonces, el asunto es que, acá, ellos también trabajen honestamente y que sigan para adelante como cualquier persona. Hay que identificarlos, formalizarlos, porque hay muchos venezolanos que han entrado directo y ni siquiera tienen una identificación (P. S., albañil, de 39 años).

 

Para los ayacuchanos, la llegada de los venezolanos es perjudicial y simboliza problemas; ya que vienen a competir sórdidamente en el mercado laboral, usurpando y quitándoles trabajo, así como generando desocupación; además, por aceptar salarios más bajos y no vigilar los derechos laborales, son captados con facilidad por empleadores locales. Por consiguiente, la inmigración venezolana no solo representa inseguridad e inestabilidad laboral para los ayacuchanos; sino “deshonestidad” e “informalidad” en la modalidad en que trabajan, ya que su condición de extraños ha originado todo un imaginario social de sospecha y desconfianza; siendo “sospechosos de trabajar en condiciones que violan la competencia”; también, se sospecha “de aprovecharse ilegalmente de los beneficios del Estado de Bienestar” (Rea, 2006, pág. 176); pues, el gobierno peruano estaría dando prioridades asistenciales a los extranjeros, quitando oportunidades y beneficios a su propia gente.

Estos imaginarios sociales, erigidos por la presencia de inmigrantes venezolanos, son explicados por Appadurai (2007), bajo la idea de duda o “incertidumbre social”, conexa a la configuración de “etnia nacional”,[6] que ocurre en la vida de la sociedad frente a situaciones que estamos describiendo:

Esta clase de incertidumbre se halla íntimamente relacionada con el hecho de que los grupos étnicos de hoy se cuentan por miles y sus movimientos, mezclas, estilos culturales y representación en los medios de comunicación crean dudas profundas acerca de quienes exactamente se hallan dentro del ‘nosotros’ y quienes dentro del ‘ellos’          (Appadurai, 2007, pág. 18).

 

Hay varias formas de incertidumbre social. Según el autor: una relativa al censo tiene que ver con el número real de venezolanos que están en la ciudad de Ayacucho o cuántos de estos extranjeros están entre “nosotros”; otra concierne al significado verdadero de la mega-identidad venezolana. Por último, la incertidumbre referida a la apariencia, es decir, si un individuo venezolano es realmente lo que él o ella dice ser, o lo que parece ser, o lo que ha sido históricamente (Appadurai, 2007). De manera que estas incertidumbres o dudas:

(…) crean una ansiedad intolerable respecto a la relación de muchos individuos con los bienes provistos por el Estado, desde vivienda y salud hasta seguridad y condiciones de salubridad; pues, estos derechos, con frecuencia, están directamente ligados a quién eres “tú” y, por lo tanto, a quiénes son “ellos” (Appadurai, 2007, pág. 19).

 

Las formas de incertidumbre pueden incrementar cada vez que hay grandes movimientos migratorios o “cuando las identidades étnicas a gran escala llevan consigo nuevas recompensas y riesgos, o cuando las redes existentes de conocimiento social son socavadas por el rumor, el terror o el desplazamiento social”, es cuando “la violencia puede crear una macabra forma de certeza y puede convertirse en una técnica brutal (o un procedimiento de descubrimiento propio del pueblo) acerca de “ellos” y, por lo tanto, acerca de “nosotros” (Appadurai, 2007, pág. 19), en este caso, el descubrimiento lo hace el pueblo peruano-ayacuchano acerca de los venezolanos, así como sobre sí mismos. En esta dicotomía identitaria, los imaginarios sociales de sospecha y aprovechamiento son atribuidos a los extranjeros, los “otros” o “ellos”, rechazándolos.

Los imaginarios de sospecha y el consecuente rechazo se producen igualmente en el terreno de la inseguridad ciudadana y la delincuencia; ya que los inmigrantes son percibidos, muchas veces, como delincuentes o problemáticos (Rea, 2006). Así, por ejemplo, durante los últimos meses del año 2019, al movilizarme en transporte público, así como caminando en mercados, avenidas y calles de la ciudad de Ayacucho, presencié conversaciones sobre los venezolanos, de los que se decían “están robando”, “están secuestrando”, “son personas de mal vivir”, “son estafadores”, “¿qué tipo de personas serán?”, “se aprovechan de la ayuda que se les da” y otras pláticas similares.

No son solo conversaciones, también aparecieron pintas en los muros de algunos domicilios e instituciones de la ciudad,[7] donde se podía leer frases como: “Venecos[8] ladrones y asesinos, fuera de Ayacucho”, “Venecos lárguense H.D.P. morirán…” y “Muerte a los venecos CTM”. Lo primero que llama atención de estos discursos es el uso del término de “venecos” para referirse a los inmigrantes venezolanos. En opinión de Brah, en tal expresión, puede esconderse inclusive consideraciones “racistas”; ella misma fue llamada “paki” en Londres, debido a sus raíces indias; es decir, era una “intrusa racial” para los londinenses. De ahí que el discurso de “paki” o “veneco” puede traer ecos de encuentros entre pueblos distintos; no se trata de un simple relato de los “nativos de fuera”, sino puede catalogar a los otros como inferiores (Brah, 2011). Pero, en nuestro caso, el discurso “veneco” se asocia más a los males sociales de la ciudad: delincuencia, secuestro, estafa y asesinatos; que, en el imaginario, serían perpetrados por venezolanos en contra de los ayacuchanos, siendo motivos también de rechazo.

Estas percepciones y representaciones son reforzadas por los medios de comunicación. Por ejemplo, el diario Hocicón, de fecha 6 de junio de 2019, publicó como titular en su portada principal: “Venezolanos secuestran a adolescente desaparecida”;[9] en cuya parte superior, se visualiza cuatro personas encapuchadas que apuntan con pistolas y cuchillo hacia el lector; mientras, en la parte superior derecha de la imagen, un rostro femenino que sería supuestamente de la víctima. Se sumó a este contexto acusatorio el noticiero digital Enfoque Ayacucho Noticias, con una información de último minuto: “Asalto cerca de la capilla del Señor de la Picota a un vehículo de la empresa Backus, serían dos extranjeros, al parecer de nacionalidad venezolana, uno fue descrito por los vecinos, contextura gruesa y tez morena…”.

En palabras de Pintos (2000), los “medios de comunicación social” son empresas o industrias culturales dedicadas a la “producción de la realidad” y generadoras de imaginarios sociales. La prensa escrita y televisiva vienen a ser “mecanismos productores de mensajes negativos y/o positivos, lo cual puede influir en las relaciones sociales y en el mismo trato hacia los inmigrantes” (Aliaga, Baracaldo, Pinto, & Gissi, 2018, pág. 62). A este respecto, algunos ayacuchanos dijeron:

En las noticias, veo que están secuestrando, robando... Primero se ganan la confianza de las personas y luego se aprovechan. Como pasa en las noticias, también así, estafarán; pues no, serán acostumbrados algunos, no serán todos; pero sí algunos deben tener esa costumbre (R. N., transportista, de 32 años).

Hay venezolanos delincuentes que vienen a perturbar la buena imagen de nuestro pueblo no, al menos de Ayacucho. Inclusive están haciendo asaltos a mano armada, robando a personas indefensas; bueno, son comportamientos negativos que hace dudar pues de la formación de algunos venezolanos, que sí son realmente buenos; pero no todos son iguales (S. P., exdocente, de 73 años).

Creo que se deben ir no solo por esas cosas, sino por las cosas negativas; o sea de la delincuencia… Dicen que los venezolanos son personas que roban a las personas, y quien me garantiza a mí que no me puede pasar; no sabemos en verdad cómo son estas personas, ya que vienen de otros lugares; o sea, es algo negativo (M. M., chef de pastelería, de 23 años).

Se dedican a la facilidad. Por un descuido…, uno está caminando solo; entonces…, y cuando no hay más personas, entonces aprovechan eso y te quitan lo que tienes y todavía tienen facilidad. No sé quién le dará motos y hasta con motos te roban ellos. Todo eso es bastante preocupante para nosotros; entonces, eso podrían ver las autoridades para más seguridad. Caso contrario pues, ya tendrán que decidir para que se regresen a su país. Es demasiado. No nos conviene, tienen que retirarse (F. A., albañil, de 62 años).

 

De manera que, en el imaginario de los ciudadanos ayacuchanos, los venezolanos se vinculan “al robo”, “a lo fácil”, al secuestro, al aprovechamiento, a la estafa, al engaño y al “mal vivir”; en otras palabras, son percibidos y representados como delincuentes: “No serán todos, pero sí algunos deben tener esa costumbre”, aclaró uno de los entrevistados. Los dos últimos testimonios fueron más lejos que al simple señalamiento y pidieron: “por las cosas negativas”, que los venezolanos abandonen la ciudad de Ayacucho; ya que su permanencia amenaza la seguridad personal y colectiva. Estas son expresiones de duda o incertidumbre social que generan rechazo (Appadurai, 2007). En relación a estos imaginarios sociales de los ayacuchanos, los inmigrantes venezolanos dijeron:

Hay pocas personas, no voy a decir todos. No voy a generalizar, pero sí hay unos que, de repente, tienen esa xenofobia: que los venezolanos somos ladrones, que somos violadores y todo eso. Ayer, justamente una cliente nos tildó de ladrones y eso... que nos incomoda un poco e incluso le dijimos que no nos falte el respeto, que no generalice pues; porque nosotros estamos aquí trabajando. No porque alguien hace algo malo, se tiene que generalizar pues, no todos somos iguales. “Los buenos somos más”, como dice nuestro slogan de los venezolanos (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Hay algunos venezolanos que están haciendo malas cosas, eso a nosotros no ha. Como te digo, nos ha... nos ha perjudicado en cierta parte; pues, porque no sería tampoco acá. Pero igual, pues somos del mismo país y, como dice el dicho: “por uno pagan todos” pues (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Algunos le echan malas caras a uno. Han humillado a uno. Que vienen a su país a robarle, a quitarle sus cosas. Uno ha salido de su país a trabajar, a chambear, a trabajar por mi familia, por mi mamá y por mi papá. Yo quiero decirles a todos los peruanos que todos los venezolanos no son iguales, algunos somos buenos y algunos somos malos; todos no son malos. Como en otros países, igual acá (A. J., distribuidor de Coca Cola, de 27 años).

 

Los venezolanos son conscientes del rechazo de los ciudadanos locales y perciben tratos xenófobos y humillantes en su contra; los que, innegablemente, gravitan en un imaginario social constituido por una “alteridad delincuencial”; ya que, como dice uno de los inmigrantes: “por uno pagan todos”. Detrás de estos imaginarios, según Dittus (2011), estaría la conducta egótica,[10] definiendo lo que somos (ego) y lo que no somos (alter). A partir de esta autorreferencialidad, se le trata al otro (inmigrante venezolano) de manera diferente a un nosotros (ayacuchanos); tienen que ver con: “(…) un imaginario social radical que genera estigmas y estereotipos negativos que marcan la imagen y condición de algunos grupos, diferenciados valóricamente de otros estereotipos fabricados con connotación positiva” (pág. 68). Esto quiere decir que la construcción de la identidad peruana-ayacuchana depende de la auto representación (un nosotros); pero, también, de la representación del otro (venezolanos).

Portada del diario Hocicón (08-06-2019) relacionada al supuesto accionar delincuencial de inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho
Imagen 3. Portada del diario Hocicón (08-06-2019) relacionada al supuesto accionar delincuencial de inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho. https://m.facebook.com/photo.php?fbid=181750069484750&id (2019)

La inclusión o exclusión del alter en la sociedad de acogida, según Cardús i Ros (2003), tiene que ver también con la oposición de códigos entre lo nacional y lo no nacional, lo natural y lo extranjero, lo oriundo y lo foráneo. De modo que: “(…) sólo existirán inmigrantes cuando los podamos oponer a los ‘nacionales’, a los ‘naturales’ del lugar. Por lo tanto, la categoría de inmigrante necesita —y enmascara— otra que le es previa: la de nacional” (pág. 226). De ahí que, en Ayacucho, la imagen del venezolano se construye en oposición a peruanos- ayacuchanos, ganándose automáticamente el rol del inmigrante, extraño, intruso y del no ciudadano; pues han venido: “(…) a establecerse a un lugar que originalmente no le pertenecería, enfrentándose incluso a actitudes sociales etnocéntricas por parte de la comunidad local” (Aliaga, 2008, pág. 9).

En términos de Habermas, el proceso de inclusión y exclusión entre ayacuchanos e inmigrantes venezolanos está ligado al nacionalismo y a la construcción de una conciencia nacional o “conciencia del nosotros” frente al de “ellos”, que está “fundada en el imaginario, parentesco de sangre o la identidad cultural de personas que comparten la creencia en un origen común, se identifican mutuamente como ‘miembros’ de la misma comunidad y con ello se deslindan de su entorno” (1999, pág. 108). De modo que no solo el linaje crea un “nosotros”, también las prácticas sociales y culturales lo hacen; siendo consideradas como propias, únicas e intransferibles entre comunidades. Es en este punto que aparece una comunidad mayor: la nación, la nación de Perú y, como parte de ella, Ayacucho; y la nación de Venezuela. Estos constructos separan y dividen las costumbres y las fronteras, configurando una barrera o frontera imaginaria (Aliaga et al., 2018).

Penninx y Martiniello argumentaron que: “las construcciones del Otro o del Forastero pueden tener varios fundamentos, entre ellos el estatus legal (‘extranjero’), la apariencia física (‘raza’), las diferencias culturales y religiosas reales o percibidas, las características de clase, o la combinación de estos distintos elementos” (2006, pág. 126). Lo que preocupa de estas construcciones, siguen los autores, son: “no solamente sus consecuencias en las relaciones interpersonales, sino que también intervienen a nivel colectivo, al definir los que están dentro y los que están fuera de cada grupo” (pág. 126). En los casos que estamos analizando, la construcción de la alteridad se basa principalmente en el estatus legal de los inmigrantes; es decir, por su condición de extranjero, desconocido y extraño; no obstante, están presentes los fundamentos físicos y las diferencias culturales. Veamos los que dijeron algunos ayacuchanos:

En lo físico, los venezolanos son... por lo menos las chicas, son altas, son esbeltas; en sí, son bonitas. No podemos negarlo. En esa parte, yo le reconocería y los varones también tienen..., son más simpáticos, más altos (M. M., chef de pastelería, de 23 años).

Lo poco que conozco a los venezolanos, son respetuosos, siempre te saludan cuando te encuentras, te dan la mano, son hablanchines algunos; otros son callados. De venezolanas, no sé, no me conozco con ninguna. Sí, de esa parte, sí son bien atentos. Por ejemplo, las señoras vienen a comprar pollo a la granja, llevan en una bolsa como 10 o 15 pollos y, cuando está en el piso para poner a la balanza ya, ellos ya van donde las señoras y les ayuda; le pone ahí y se lo saca afuera. Son bien serviciales, más atentos. Mientras los peruanos como que no somos tanto, no (R. N., transportista, de 32 años).

Nunca he tenido cruce de palabras, nada… Siempre te tratan con respeto (P. S., albañil, de 39 años).

 

La apariencia física de los venezolanos, lejos ser motivo de actitudes y conductas discriminatorias y de rechazo, produce en algunos ayacuchanos reconocimiento; ya que estas personas serían poseedores de una belleza y simpatía, así como gozar de mejores condiciones físicas, en comparación al de sus conciudadanos. Asimismo, se resalta determinadas cualidades culturales como, por ejemplo, la de ser respetuosos, atentos y serviciales; a diferencia de los peruanos y ayacuchanos, pues nosotros “como que no somos tanto” así.

En resumen, la inmigración venezolana a la ciudad de Ayacucho produjo en los locales imaginarios sociales de sospecha, rechazo y exclusión contra los inmigrantes venezolanos (“ellos”); ya que su presencia ha perturbado la “buena convivencia” y “tranquilidad” de un “nosotros”; generando problemas e incertidumbres sociales expresadas en desocupaciones laborales, despojo de derechos y beneficios sociales estatales, inseguridad ciudadana y delincuencia. Por lo que se les exige su retiro; sin embargo, se reconoce como positivo ciertos elementos físicos y culturales que poseerían: belleza, simpatía, respeto, trato cortés y amable, a diferencia de los coterráneos.

 

Perspectivas futuras de los inmigrantes venezolanos

En la composición Las simples cosas, de Armando Tejada Gómez,[11] se encuentra la frase: “Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”. Al menos, por el momento, esto parece ser un anhelo para los venezolanos que se encuentran en la ciudad de Ayacucho o en otros lugares fuera de su país; no obstante, Joaquín Sabina,[12] en su canción Peces de ciudad, escribió: “En Comala comprendí Que al lugar donde has sido feliz No debieras tratar de volver”. Es decir, los inmigrantes venezolanos viven una encrucijada entre el deseo de regresar a su país o permanecer en un lugar ajeno para seguir trabajando, y lograr mejores condiciones de vida. En este punto, también se producen visiones respecto a su futuro.

Abandonar el hogar, separarse de los seres queridos, dejar atrás todo lo que formó parte de uno, en relación al lugar de origen, indudablemente, trae desemejantes consecuencias. Una de estas ocurre en el mundo de las emociones, específicamente concerniente a la tristeza o el dolor emocional y la añoranza que sienten estas personas. Así, al respecto, se expresaron algunos venezolanos que se encuentran en la ciudad de Ayacucho:

Extraño a mi familia, mi madre, mi padre, que los tengo allá. Es duro, pero es una situación en las que nos puso el gobierno y salimos todos a trabajar, a echarla adelante, a sacar nuestra familia adelante. Por lo menos tengo el gusto y la satisfacción de que mando a mi país, a lo menos a mi familia, van a estar bien. De repente no en la parte sentimental; pero, por lo menos, económicamente, tengan sus cosas, su comida; todo eso, que no le falte nada. Y esa es la satisfacción que tengo; pero, en cuanto a extrañarlos, sí los extraño bastante pues (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Claaaaro como todo, extraño pues. Extraño a mi gente, a mis hijos, a todos. Pero..., por un propósito, estoy acá pues; estoy chambeando para ellos también y esperando que el país se mejore pues. Algún día, Dios eso lo mejorará (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Coooño… a mi familia, al país también; pero más extraño a mi familia, a mi mamá… La extraño bastante. Como te estoy diciendo, quiero, mientras tanto, mientras que consiga un trabajo estable para yo poder trabajar, para poder ganar yo algo, para mandarle a ella y sustentarme. Paque ella se sustente y yo también sustentarme aquí; mientras que voy reuniendo algo para cuando pueda irme para allá, a Venezuela, otra vez. Bueno, tener algo mientras se va por unos días, unos meses, para que uno coma allá (Y. A., ayudante de albañilería, de 20 años).

Extraño el ambiente, mi familia, los amigos, ¡todo!; mis compañeros, todos, a mi mamá, a mí papá, mi otra hija, mi hermano (A. J., distribuidor de Coca Cola, de 27 años).

Extraño demasiado… Extraño la familia, los amigos, las costumbres. Aquí, todo es diferente (K. P., estudiante, de 19 años).

 

Todos los testimoniantes coincidieron en señalar que extrañan en demasía a la familia (padres, hijos y hermanos), amistades, compañeros y demás personas que formaron parte de su vida. La tristeza y la añoranza son profesadas también por el país y las costumbres; fuera de estos: “todo es diferente”. Esto es así porque el hogar[13] abandonado: “(…) es también la experiencia vivida de una localidad. Sus sonidos y olores, su calor y su polvo, (…), los sombríos cielos grises al mediodía… todo esto, mediado por la cotidianeidad históricamente específica de las relaciones sociales” (Brah, 2011, pág. 223). Esta situación fue plasmada por Camacho como una “aguda sensación que mueve a la depresión” y que hace presa del inmigrante: “pues se ha visto separado de su familia (…) quienes han quedado atrapados en la vorágine destructiva de una dictadura atroz” (Camacho, 2017, pág. 9).

El dolor emocional y la añoranza pueden presentarse: “durante ciertos instantes del día o bajo los estímulos generados por un mensaje, una noticia o hasta una melodía siente que no puede contener las lágrimas” (Camacho, 2017, págs. 9,10). Precisamente, durante mis conversaciones con los venezolanos, citados líneas arriba, noté que, al referirse a su familia, sus amistades, su país y costumbres, casi todos cerraban los ojos, demoraban unos segundos para pronunciar palabras, la voz se les atascaba en la garganta, agachaban la cabeza y los ojos empezaban a inundarse de lágrimas; pero, inmediatamente, volvían en sí, como dándose cuenta de que tenían frente a ellos una persona extraña para continuar hablando. Si esto es así para los que salieron, la situación no deber ser diferente para los que se quedaron; peor aún, para esas personas, la tristeza, depresión y llanto, quizá, sean de diaria compañía (Camacho, 2017). Sea así o no, lo cierto es que la tristeza se vive en ambas partes.

Brah (2011), al analizar las diásporas contemporáneas,[14] sostuvo que: “(…) tiene elementos en común y resuena con significados de palabras tales como migrante, inmigrante, expatriado, refugiado, trabajador migrante o exilio, (…)” (pág. 217). Entonces, la situación de los inmigrantes venezolanos, en términos de diáspora actual, que surge de las migraciones colectivas, “evoca traumas de separación y desubicación y esto es, verdaderamente, un aspecto muy importante de la experiencia migratoria”, como ya se viene señalado. Sin embargo: “las diásporas también son el espacio potencial de la esperanza de los nuevos comienzos” (Brah, 2011, págs. 224,225). De manera que los dolores emocionales y las añoranzas interminables por todo lo dejado en el país de origen encuentran justificaciones; fue la única manera de conseguir trabajo y ganar dinero para sustentarse y mantener también a la familia en Venezuela, que sus miembros estén bien, aunque sea económicamente; mientras se mantiene la esperanza de que el país mejore, que la tempestad, aunque larga y fuerte, tarde o temprano acabe.

En opinión de Clifford (1999), uno de los rasgos de la diáspora, en nuestro caso de la inmigración venezolana, es el “deseo del regreso, apoyo sostenido a la tierra natal” (pág. 303). Dicho de otro modo, una aspiración de retorno a la localidad, a la ciudad o al país de origen, tarde o temprano. Al respecto, mis interlocutores venezolanos señalaron lo siguiente:

Hemos pensado retornar el año que viene, a visitar nuestra familia, nuestros padres. Ya tenemos un año y medio sin verlos y queremos ir a visitar y eso… y a traer a nuestros hijos para que estén acá, brindarles una mejor calidad de vida, que tengan una buena educación y todas esas cosas (F. G., ingeniero petrolero, de 36 años).

Todavía no. Quedarme quizás unos dos años en Ayacucho o hasta que conozca otra cosa también, que sea bonito también. Donde haya chamba, estaré (J. P., comerciante de frutas, de 22 años).

Pienso regresar; pero, por ahora, todavía no, por el momento no. Por el momento, seguir trabajando, vendiendo caramelos por el momento. Cuando cualquier persona que me diga quieres trabajar o algo, o cualquier cosa que diga por ahí, algún letrero (Y. A., ayudante de albañilería, de 20 años).

No, hasta que mejore el país, hasta que salga Nicolás Maduro. No “hay mal que dure mil años”. En algún momento, va caer; en algún momento, nos despertaremos y nos encontraremos con esa noticia, que ese hombre ya entregó el país, somos libres ya. Todo es para ellos, para ellos; el pueblo muriéndose de hambre. Por el momento, no pienso regresar, todavía no. Cuando caiga Maduro, sí. Cuando el país ya esté libre (A. J., distribuidor de Coca Cola, de 27 años).

Pasará tiempo. Cuando la situación mejore. Por el momento, quedarnos en Ayacucho, mientras se arregle la situación allá (K. P., estudiante, de 19 años).

 

Si bien es cierto que los inmigrantes venezolanos muestran deseos de retornar a su país, esto no quiere decir que se trate de un regreso definitivo; para eso, pasará tiempo. Si no, más bien, de un rápido viaje, de visita; pues, transcurrió un largo tiempo desde que se produjo la separación de los seres queridos. Además, la grave crisis económica y política que atraviesa Venezuela no garantiza las condiciones básicas para volver y establecerse otra vez; por el contrario, motiva a sacar los hijos y traerlos a la ciudad de Ayacucho u otros lugares de refugio para ofrecerles mejores condiciones de vida, una buena educación y la satisfacción de las demás necesidades. Para la consecución de tal objetivo, es imprescindible trabajar y ganar dinero, sin importar la naturaleza de la ocupación.

En contraste con Clifford, Brah, aceptando que la diáspora “inscribe un deseo de hogar”, criticó al mismo tiempo a “los discursos que hablan de orígenes fijos”, así como la existencia de rasgos inequívocos. Argumentó, más bien, que: “no todas las diásporas inscriben deseos de hogar a través de un deseo de volver al lugar de ‘origen’. Para algunas, como la de los grupos surasiáticos en Trinidad, la identificación cultural con el subcontinente asiático puede ser, de lejos, el elemento más importante” (2011, pág. 224). Esto parece ocurrir con algunos inmigrantes venezolanos; pues, el regreso definitivo al lugar de origen, al menos por el momento, no parece ser primordial: “no hasta que mejore el país, hasta que salga Nicolás Maduro” del poder. Tal esperanza se mantiene viva, ya que no “hay mal que dure mil años”.

Sintetizando, diré, para terminar, que los inmigrantes venezolanos viven traumas de separación y encrucijadas emocionales; entre el deseo de regresar a su país, aunque sea de visita, y el de permanecer en la ciudad de Ayacucho. Una vida futura en Venezuela, al menos en el corto plazo, se presenta como incierta, por la actual situación económica y política. Por lo que la preocupación se centra en seguir trabajando y, de esa manera, sostenerse y ayudar a los familiares (padres, hijos, hermanos) que se quedaron, enviándoles dinero; de ser posible, traer a los demás integrantes de la familia, al menos a los hijos, para brindarles mejores condiciones de vida. 

Portada del diario Hocicón (10-06-2019) relacionada al supuesto accionar delincuencial de inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho
Imagen 4. Portada del diario Hocicón (10-06-2019) relacionada al supuesto accionar delincuencial de inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho. https://m.facebook.com/photo.php?fbid=181750069484750&id (2019)

 

Conclusiones

Los venezolanos resolvieron salir de su patria por la grave crisis económica. Eligieron a Perú y a la ciudad de Ayacucho como lugares de llegada impulsados por los comentarios positivos de estabilidad, facilidad para conseguir trabajo y ganar dinero; generándose imaginarios sociales de trabajo, dinero, superación, calidad de vida y bienestar. No obstante, una vez llegados, se enfrentaron con una realidad; en algunos casos, los imaginarios fueron confirmados favorablemente; en otros, la realidad no era lo que esperaban, desmoronándose sus expectativas.

La llegada de inmigrantes venezolanos a la ciudad de Ayacucho produjo en los locales imaginarios sociales de sospecha, rechazo y exclusión; ya que la presencia de un “ellos” ha perturbado la “buena convivencia” y “tranquilidad” de un “nosotros”; desencadenado problemas e incertidumbre social expresada en desocupaciones laborales, despojo de derechos y beneficios sociales estatales, inseguridad ciudadana y delincuencia, por lo que se les exige su retiro; sin embargo, se reconocen como positivos ciertos elementos físicos y culturales que poseerían: belleza, simpatía, respeto, trato cortés y amable, a diferencia de los coterráneos.

 Los inmigrantes venezolanos viven traumas de separación y dolores emocionales, entre el deseo de regresar a su país, aunque sea de visita, y el de permanecer en la ciudad de Ayacucho. Una vida futura en Venezuela, al menos a corto plazo, se presenta como incierta, por la actual situación económica y política; por lo que la preocupación se centra en seguir trabajando para sostenerse y ayudar a los familiares (padres, hijos, hermanos) que se quedaron, enviándoles dinero y, de ser posible, traer a los demás integrantes de su familia, al menos a los hijos, para brindarles mejores condiciones de vida.

 

Notas:

[1] Alimento de origen venezolano en forma de torta o masa redonda en base de maíz seco y molido o de harina de maíz precocida.

[2] La Asociación de Venezolanos Unidos en Ayacucho es una organización de residentes venezolanos en la ciudad de Ayacucho. Según información obtenida, están en proceso de formalización y tiene como objetivo principal ayudar a sus miembros.

[3] Kurmanaev (2019) señaló, basándose en algunos expertos, como causas de la actual crisis económica de Venezuela, al mal gobierno, la corrupción y las políticas erróneas del presidente Nicolás Maduro y su predecesor, Hugo Chávez; las que, finalmente, desataron una inflación desenfrenada que clausuró empresas y destruyó al país. Además, porque las duras sanciones económicas impuestas por el gobierno de Donald Trump contra el gobierno de Maduro, en meses recientes, habría empeorado la situación.

[4] Según el diario Gestión (2018), el expresidente de la República, Pedro Pablo Kuczynski (PPK), en una de sus declaraciones a periodistas, en marzo de 2018, habría manifestado que “los venezolanos son bienvenidos al Perú, porque en los años 70, cuando aquí había una dictadura, muchos peruanos se fueron a Venezuela. O sea que, venezolanos, bienvenidos al Perú y vengan aquí y les pagaremos los sueldos de ley”. Posteriormente, esta declaración fue oficializada.

[5] Se refiere a una tienda de la empresa operadora de telefonías móviles Claro, donde se venden equipos y demás artículos.

[6] La idea de etnia nacional, en términos de Appadurai (2007), se vincula exclusiva o exhaustivamente con la identidad de la nación.

[7] Las pintas aparecieron en diferentes lugares de la ciudad de Ayacucho: en el jirón Tres Máscaras, específicamente en la pared posterior del Colegio Salesiano San Juan Bosco; en la pared oeste del mercado de abastos Magdalena, distrito de Jesús Nazareno; en la pared de una casa de la avenida Amancaes, distrito Andrés A. Cáceres Dorregaray; entre otras zonas.

[8] El significado de “veneco” no es muy claro. En opinión de Suárez (2018), no es un gentilicio, sino un peyorativo que nació en Colombia para describir a los compatriotas pobres que, después de regresar de Venezuela, fingían ser venezolanos emulando sus costumbres; era, así, un insulto entre colombianos que luego fue usado para llamar a los venezolanos empobrecidos.

[9] Cuatro días después, el diario sacó otro titular: “Estudiante de la UNSCH apareció después de 14 días. Desmintió haber sido secuestrada y aseguró que se fugó de su casa porque no quería estudiar la carrera que le impusieron sus padres”.

[10] Dittus (2011) afirmó que la construcción del mundo y de sus relaciones se basa en una autorreferencialdad: el egotismo, de donde parte una conducta egótica.

[11] Armando Tejada Gómez fue un poeta, letrista, escritor y locutor de nacionalidad argentina, relacionado con la música folklórica. Es autor de Canción con todos, considerada como el Himno de América Latina.

[12] Joaquín Ramón Martínez Sabina, más conocido como Joaquín Sabina, es un cantautor, poeta y pintor español.

[13] Para Evtar Brah, la categoría “hogar” hace referencia a un subtexto: “el de la gente que se presume son autóctonos de un territorio”. Como tal, es “un lugar mítico de deseo en la imaginación inmigrante”; pero, también, “es la experiencia vivida de una localidad” (2011, pág. 223).

[14] Según Brah (2011), la diáspora supone una “dispersión desde” un lugar de origen, evocando imágenes de múltiples viajes que buscan esencialmente establecerse, echar raíces “en alguna otra parte”. Definió a las diásporas contemporáneas, siguiendo a Tölöian, como aquellas “comunidades ejemplares” de formas de migración de finales del siglo XX; por lo que, la actual crisis migratoria venezolana hace pensar en términos de diáspora.

 

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Cómo citar este artículo:

NAJARRO MARTÍNEZ, Roly Jaime, (2020) “Imaginarios sociales en torno a los inmigrantes venezolanos en la ciudad de Ayacucho, Perú”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 43, abril-junio, 2020. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 27 de Octubre de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1883&catid=13

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