Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 
Pacarina del Sur
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Arde la patria: Los trabajadores, la guerra de don Ladislao y la construcción forzosa de la nación (Chile, 1918-1922)

La presente investigación interconecta las respuestas de los obreros organizados al llamado “patriótico” de tomar las armas en caso de guerra contra el Perú, con el conflicto económico, político y social de sus organizaciones frente a la patronal y al Estado. Uniremos la cuestión peruana con la cuestión social para problematizar la cuestión nacional. Entendiendo a esta última como la reflexión y debate de los valores y significaciones que involucraba la patria para los trabajadores.

Palabras clave: Chile, anarquismo, movimiento obrero, cuestión social, socialismo

 

“Nuestros enemigos no serán jamás los trabajadores
peruanos ni los de otra nacionalidad; los enemigos nuestros
se han destacado bien alto, inconfundibles, y ellos son los militares,
gobernantes y capitalistas; los que nos han reemplazado en las faenas, los que han
ordenado la represión y los potentados que nos explotan.
Si contra estos se forma la liga, ahí estaremos nosotros, dispuestos
a jugar el todo por el todo, con tal de destrozar el militarismo, suprimir
la autoridad, aniquilar los privilegios.”[1]

“Seréis capaces de decirme, quién amará mas la patria,
¿el que la empuja a la guerra o el que quiere salvarla de la guerra?”[2]

 

I.- Introducción

En noviembre de 1918 se reanimó unos de los tantos momentos de crisis diplomática que aún no logran desaparecer en el horizonte de las relaciones chileno-peruanas. Las malogradas declaraciones de un diputado “popular”, el irresoluto problema de Tacna y Arica y los rumores de agresiones en uno y otro lado de la frontera, dieron inicio a una delicada situación que no se opacaría –con momentos de tensión y distensión- sino hasta 1922. Aquí y allá la cotidianeidad fue interrumpida por cientos de mítines y manifestaciones nacionalistas. Sin embargo, aquí y allá también, la respuesta no fue uniforme e importantes sectores declararon su descontento contra el llamado de la “patria en peligro”. Tanto por el revuelo público causado como por la rigidez e insistencia de sus posturas, la “disidencia” se cobijó principalmente entre el movimiento obrero. Esto último es de vital interés puesto que el conflicto con el Perú se desató en el crepúsculo de la fase histórica identificada usualmente como la “cuestión social”. Una etapa definida por la crítica de los trabajadores contra la pauperización de la vida, el sistema económico, el Estado: contra la patria.

Hablaremos de “trabajadores organizados” y “movimiento obrero” indistintamente para señalar a los protagonistas de la investigación[3]. La condición de clase obrera no ha sido dada tanto por la ubicación en el sistema económico de producción, como por la identificación de los hombres y mujeres hacia este concepto. Es decir, la clase puede estar compuesta por un individuo siempre y cuando éste se presente a la sociedad (por medio de organizaciones, prensa o de otra forma) como obrero y que, desde esa posición, plantee sus intereses políticos, económicos, culturales y sociales. La condición de “organizados” fue dada a su vez por la participación de los trabajadores en comunidades orientadas a la defensa de sus intereses colectivos: mutuales, sociedades de resistencia, periódicos y partidos obreros, entre otros.

Como esta investigación necesitaba “hacer hablar” a los mismos trabajadores para entender cómo interpretaban ellos su relación con la nación, privilegiamos su voz a las opiniones que sobre el tema tenían contemporáneos de otras clases. Y la forma de acceder a “su voz”, se hizo –principalmente- a través de la prensa obrera, de los textos teóricos de trabajadores chilenos y de las intervenciones en el Congreso de sus representantes.

La identidad ha sido abordada desde una óptica historicista, es decir, comprendiéndola como el producto de una construcción cultural y social dinámica, nacida a partir de la acción compuesta, contradictoria y superpuesta de varios agentes (económicos, políticos, culturales, etc.), todos ellos modificables en cuanto a sus características en el tiempo y en el espacio[4]. A su vez, uno de los posibles componentes de la identidad, la nación, es definida según Benedict Anderson como una “comunidad imaginada” cuyos miembros, aun sin conocerse, se sienten parte de un colectivo con una cultura, un territorio, una soberanía y una organización política en común. Esta “comunidad imaginada” es producto de la modernidad puesto que gracias a la agilización de las comunicaciones, del transporte, la educación y de la cultura impresa, entre otros fenómenos modernos, las peculariedades de la nación pueden distribuirse más o menos homogéneamente (“tiempo vacío”) dentro de una comunidad y unir a sus miembros en ella[5]. Ahora bien, nos parece importante destacar la revisión que Partha Chatterjee realizó a este último punto. Para él, la nación se construye en un tiempo heterogéneo y discontinuo (“el tiempo vacío es la utopía del capitalismo”). Lo que implica que cada individuo mediante diferencias de género, experiencias, comunidad étnica, religión, clase, entre otras situaciones, se genera una visión distinta de lo que puede significar –en este caso- nación[6]. De lo anterior concluimos que la nación y la patria, el nacionalismo y el patriotismo, cuyos términos usamos indistintamente, pueden variar en significado de individuo en individuo[7]. Sin embargo, para comparar y poder establecer los puntos-coordenadas entre los cuales deambulaban los obreros organizados, dividimos sus posturas desde sus otras comunidades imaginadas. Desde sus doctrinas ideológico-políticas: anarquismo, socialismo, reformismo y conservadurismo. Comunidades que si bien no tienen territorio soberano, sí tienen símbolos, tradiciones y características particulares y a veces excluyentes[8].

El tema de nuestro interés presenta dos aristas principales: la guerra y la identidad nacional[9]. Primero, no existe un estudio sistemático sobre las posturas del movimiento obrero frente a los conflictos limítrofes de Chile. Hay, no obstante, algunas alusiones a su “antimilitarismo” y en otros casos a su “internacionalismo”. Se destacan en tal sentido los trabajos de Sergio Grez, Fernando Ortiz y Sergio González[10]. Lamentablemente, el estudio de estos autores (con la excepción del primero) no deja de ser, a pesar de los valiosos datos que contienen, solo referenciales al problema planteado. Afortunadamente, la construcción de la identidad nacional dentro del horizonte obrero y popular ha sido abordada más profusamente. Destacan los trabajos de Julio Pinto, Verónica Valdivia, Pablo Artaza[11] y Rolando Álvarez[12]. Verónica Valdivia estudió el imaginario identitario de los trabajadores pampinos frente al nacionalismo en la época del Centenario señalando que para los obreros este sentimiento, cuando lo hubo, fue propio, exclusivo y complejo[13]. Primero porque no se trata de la visión tradicional de la historiografía conservadora que atribuye a los “rotos” un patriotismo inherente e inmanente. Para la autora hubo factores concretos que incidieron en la reafirmación patriótico-obrera (“nacionalismo popular”) dentro del universo de la “comunidad imaginada” chilena: la guerra del 79 y su recuerdo, la guerra civil de 1891 y la situación irresoluta del problema fronterizo en el Norte. Como es dado observar, sobre las relaciones entre el movimiento obrero y los conflictos internacionales, la bibliografía es básicamente referencial. No sucede lo mismo con la reflexión en torno a las clases trabajadoras y su relación identitaria con la nación. Con todo, la presente investigación parece adentrarse a un territorio, con notables excepciones, escasamente estudiado.

El orden en que está organizado este trabajo se orienta a cubrir distintos objetivos. Primero se hace una introducción al contexto interno y externo del país: el estado de los conflictos sociales y el “problema del norte”. Luego pasaremos revista por las “respuestas” obreras al llamado a las armas. Con dicho paso advertiremos lo complejo del escenario ideológico y la heterogeneidad de los comportamientos “nacionales” de los trabajadores organizados. A continuación nos detendremos en un momento peculiar del conflicto en donde las luchas sociales del país se mezclan y confunden –con especial intensidad- junto al problema internacional. Se trata de la Guerra de don Ladislao (julio 1920), brete que coincide con el cenit de la persecución y represión de los líderes y entidades obreras consideradas “subversivas”. Por último, las conclusiones nos permitirán rematar el texto con una lectura global de los eventos que a partir de ahora buscaremos desnudar.

 

II.- La patria desangra: Cuestión social y Cuestión peruana.

Desde las últimas décadas del siglo XIX Chile fue testigo de agudos conflictos sociales cuyo rostro más visible se manifestó en continuas huelgas, mítines y protestas populares. Trabajadores, empresarios y autoridades protagonizaron el período que sería conocido como la Cuestión Social (1884-1924). Robert Castel señala que la cuestión social es “una aporía fundamental en la cual una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura. Es un desafío que interroga, pone de nuevo en cuestión la capacidad de una sociedad para existir como un conjunto vinculado por relaciones de interdependencia”[14]. La aporía la protagonizarían aquellos que ponen en peligro la cohesión de todo el colectivo social. Aquellos ubicados en las zonas de fractura, en los márgenes de la sociedad, en donde el individuo desafiliado no puede encontrar una vida segura. Esa posición en Chile –como en otras partes- la padecerían principalmente los individuos desarraigados de sus comunidades y prácticas tradicionales por la irrupción de la modernidad económica (proletarización)[15]. De ello a que James Morris identifique a la cuestión social como el “conjunto de problemas típicos de las sociedades capitalistas.” Esto es, las consecuencias sociales, laborales e ideológicas de la industrialización y urbanización recientes”[16], manifiestos en problemas de vivienda[17], salud, derechos laborales y la proliferación de ideas extremistas entre los obreros. Mario Garcés profundiza esta enunciación señalando que la organización y politización de las demandas de los artesanos (en vías de proletarización) y luego de los obreros, son también elementos vertebrales del fenómeno[18]. En esta época el proceso de politización de la lucha obrera se concretó, entendiendo a ésta como la progresiva concientización ideológica de los sectores populares y su constitución orgánica como fuerza política autónoma y alternativa al orden imperante[19].

Así entonces, la cuestión social como “aporía social” posee básicamente tres niveles de desarrollo. Por una parte se trata de la desafiliación del individuo frente a un colectivo humano (sociedad chilena). Por otra, de las consecuencias materiales y sociales de la irrupción del capitalismo. Y por último, de las organizaciones y luchas que son creadas para zafarse de este problema.

Al problema social interno del país se le agregaba ahora la “amenaza” de un Estado extranjero. Las relaciones entre Chile y Perú cambiaron bruscamente en los últimos meses de 1918. Ese año había comenzado una de las tantas crisis que cíclicamente atacaban a la industria salitrera, provocándose con ello despidos masivos y la migración forzada hacia otras regiones (y países) de miles de trabajadores cesantes. La escasez de plazas laborales en el norte derivó en el agravamiento de las relaciones entre obreros y empleados chilenos, con los peruanos y bolivianos[20]. Desde esos días gran parte de la población de ambos países resucitó odios a sus antiguos “adversarios” de la Guerra del 79. Y no es que éstos no hayan existido antes, pero ahora se hacían públicos y adquirían dimensiones nacionales. Ambos países volvieron a encargarse del problema inconcluso de Tacna y Arica (“Las cautivas” para los peruanos), cuyo plebiscito acordado en Ancón (1884) aún no se ejecutaba.


Mientras que la política internacional de Santiago se orientaba a consolidar sus derechos de “vencedor”, retener Tacna y Arica, Lima exigía la devolución territorial, para cuyo efecto inició una extensa campaña de propaganda (más tarde seguida por Chile) en diversos tribunales internacionales. En diciembre de 1918 se hizo notar la posibilidad de que Estados Unidos tomara parte del problema chileno-peruano. La hegemonía y legitimidad que los norteamericanos comenzaban a gozar a nivel internacional, así como la urgencia de terminar con el entredicho limítrofe, entre otros factores, influyeron para que Chile aceptara la gestión estadounidense[21]. Pero paralelo a esas negociaciones los fervores nacionalistas se desataron en ambos lados de la frontera. Los disturbios y ataques antiperuanos, y sus contrapartes antichilenos, acosaron constantemente a las misiones diplomáticas[22]. En varias ciudades de Chile comenzaron a rearticularse las ligas patrióticas, organizaciones nacionalistas responsables de gran parte de la violencia xenófoba que se desató contra los peruanos residentes en el país. Hubo quienes protestaron y actuaron en la contracorriente para detener el espíritu belicista que con impresionantes bríos afloró a nivel nacional, pero al parecer, en fuerza y en número, aventajaban con creces los belicistas. Desde 1918 hasta 1922 el Estado y la población chilena fueron expuestos a un real y ficticio “peligro del Norte”. Real porque concretamente existió violencia física y material, y ficticio porque gran parte de las violencias y disturbios antiperuanos fueron motivados por rumores o noticias imperfectas más que por hechos fehacientes[23]. Los desmanes de las ligas patrióticas en el norte fueron escasamente conocidos en otras zonas del país. Por mucho tiempo, e incluso hasta nuestros días, la historia de las fronteras hizo eco también del silencio y la negación de las violencias antiperuanas en Chile[24]. Con el peligro del Norte a cuestas la sociedad chilena fue forzada a tomar posiciones. Para muchos se trató de un deber patriótico asumir públicamente su apoyo al gobierno de Chile. Actitud tomada y defendida por casi la totalidad del parlamento y los principales diarios de país. Los que así no lo creían fueron acusados de “antipatriotas, “peruanizados” o bien “vendidos al oro extranjero”.

Los trabajadores organizados estaban divididos respecto al conflicto y también en lo que entendían por patria. A partir de noviembre de 1918, diversos acontecimientos y sucesos fueron separando aguas y definiendo posturas. En ellos los obreros contrapusieron su patriotismo (o antipatriotismo) al de las otras clases. En ese contexto, el accionar de las ligas patrióticas, incisivo actor en el conflicto internacional, fue la primera prueba para los trabajadores. Identificar la ideología nacionalista de estas agrupaciones nos entrega luces cardinales para comprender la idea de patria existente en la época tratada.

 

III.- Ligas patrióticas y movimiento obrero.

Tradicionalmente las ligas patrióticas han sido historiadas de tal forma que se ha concentrado el análisis en sus actos violentos y “xenofóbicos”, lo que ha dejado de lado (no del todo) un estudio de su composición humana, su ideología y sus lógicas internas[25]. Existe un elemental vacío a la hora de comprender por qué una cantidad no deleznable de hombres y mujeres participaron de estas organizaciones o compartieron sus aspiraciones. Respecto a esto, no pretendemos describirlas completamente, pues nos abocamos a los obreros, pero resulta fundamental realizar un somero análisis de las “ventajas” o incentivos que hicieron de estos colectivos atractivos para muchos trabajadores.

Las ligas patrióticas fueron, generalmente, organizaciones cívicas abocadas a la reafirmación del sentir nacionalista, funcionando como agentes de presión en las ciudades en que actuaron. No obstante haber sido iniciativas privadas, su accionar fue conocido y hasta fomentado (en ciertos casos y momentos) por funcionarios estatales[26]. Se sabe de su existencia en Valparaíso, Santiago, Punta Arenas, Coquimbo, Lautaro, Antofagasta, y las provincias de Tarapacá, Tacna y Arica[27].

Las ligas por lo general eran multiclasistas, aunque predominaba en sus filas “la clase media” (profesionales, comerciantes, empleados públicos). A sus manifestaciones acudían desde hijos de altos militares hasta trabajadores y “gente del pueblo” en general[28]. Sus principales actividades consistieron en realizar mítines “patrióticos”, conmemorar efemérides militares, hostigar a la población peruana e interceder por los trabajadores frente a problemas económicos en donde los del Rimac o los bolivianos tuvieran algo que ver[29].

Lo que más asemejó a las ligas patrióticas de todo Chile fue su vocación patriótico-ideológica. En sus juicios, la nación o la patria, principio fundacional de su doctrina nacionalista, era algo incuestionable, un dispositivo arraigado en la esencia misma del ciudadano. Cualquier situación considerada por ellos como carente de patriotismo se transformaba en una anomalía, un cáncer al que era menester extirpar[30]. Chile fue visto por las ligas como una república democrática exigente de cohesión y armonía entre sus miembros. Los intereses particulares debían someterse a los intereses de la colectividad. La nación en su rostro político y administrativo exigía la labor patriótica de los individuos en el espacio público. Trabajo orientado a la utilización de los espacios políticos como instrumentos de las aspiraciones nacionales[31], las que podían ir desde la expulsión de profesores peruanos que trabajaban en escuelas chilenas[32], hasta la defensa de las libertades publicas de opinión y organización[33]. Deber del buen patriota era también cumplir con el servicio militar obligatorio[34]. La patria chilena también tenía un territorio definido. Para las ligas Tacna, Arica y Tarapacá no estaban pendientes; eran parte de la geografía definitiva de la nación. El derecho de la victoria se anteponía a cualquier diálogo sobre fronteras. Frente a Tacna y Arica se era anexista; nada de particiones. Y así como defender la integridad territorial, la preservación de la cultura, la tradición y la historia nacional eran también obligaciones patrióticas[35]. Un último elemento constitutivo de la patria era la raza. El representante criollo más característico de la apropiación del ideario racista fue Nicolás Palacios[36], para quien la expresión máxima de la raza chilena estaba contenida en el Roto, “base étnica de la nación” y depositario de lo mejor de las sangres goda y araucana[37]. El roto chileno encontraba su más pura expresión en el pueblo trabajador, en los obreros y peones. El roto, en Raza Chilena es el “Gran Huérfano”. Descuidado moral, económica y socialmente por sus compatriotas, era un “desheredado dentro de su propia patria, a la que tanto ama, cuyas glorias han sido adquiridas al precio de su sangre y por la cual está en todo momento pronto a dar su alegre vida”[38]. Las ligas compartieron esa idea destacando  que la constitución física y moral del roto y la raza era incomparable[39].

Si la raza chilena era tenida por la mejor, “natural” resultaba de ello el cuidado y la reticencia frente a las demás[40]. En este sentido tanto en el norte como en el centro y sur de Chile, existía (y no en escasos grupos) la percepción de que el peruano, o “cholo”,  era el alter-ego, inferior eso si, del roto. Para las ligas la gente del Rimac contaba con todas las imperfecciones físicas y morales posibles de imaginar. La caricatura del “otro” mostraba al peruano como cobarde, negro, sucio, labios pronunciados, chillón, etc.[41].

He aquí los componentes básicos de la patria chilena: una organización republicana, un territorio indiscutible, una historia gloriosa y una raza fuerte e industriosa en común. El sentir nacionalista de las ligas fue principalmente marcado por un fundamental antiperuanismo. Es importante señalar que esta visión, con matices por cierto, se hizo extensible a muchos sectores más allá de Tarapacá[42]. Además, innumerables periódicos, partiendo por los diarios y revistas de la gran prensa (El Mercurio, El Diario Ilustrado, El Chileno, Zig-Zag y Sucesos), compartían similar idea de patria. En el Congreso este pensamiento fue personificado por el diputado balmacedista Anselmo Blanlot, quien llegó a señalar que las violencias antiperuanas en el norte eran en verdad “atentados imaginarios”[43]. Perú era la barbarie, Chile se suponía la luz, la civilización. Con esa noción excluyente se legitimó la violencia física y psicológica contra los peruanos. Al amparo de la patria se cometieron persecuciones, palizas, hostigamientos, e incluso asesinatos[44].

Ahora bien, en cuanto a la relación entre las ligas patrióticas y los trabajadores la cuestión es compleja. Primero que nada, fueron muy escasos los ataques directos en la prensa de la ligas a las organizaciones obreras. Pero a pesar que las ligas generalmente  no atacaran a organizaciones revolucionarias particulares, sí lo hacían contra “los subversivos” en general. En todo el país las ligas se plantearon como defensoras del orden establecido (que no es lo mismo que ser conservador), de ello que la conexión peruano y actividad revolucionaria les era perfectamente inteligible[45].

Pero los ataques a extranjeros también llegaban a los patrones[46]. He aquí, quizás, el principal punto de encuentro entre las aspiraciones antiperuanas de las ligas y los anhelos de la clase trabajadora del norte. La oferta laboral era escasa, y la población peruana al parecer no era despreciable. Combatir entonces a los del Rimac pudo ser sinónimo de liberación de plazas y una efectiva forma de apaciguar la cesantía de los obreros chilenos de la región[47]. Y no fueron pocos los rotos que del brazo de las ligas patrióticas elevaron peticiones a las autoridades connacionales para expulsar a los peruanos[48]. La escasez de trabajo sumada a corrientes subterráneas de nacionalismo, a la propaganda antiperuana de las ligas y de la “prensa seria”, a probables roces y gestos de insolencia mutua, creemos, explican sustancialmente la transformación de las relaciones internacionales entre los pampinos[49].

Entre los trabajadores fueron las organizaciones católicas o conservadoras las que más asemejan su visión de patria a la de las ligas[50], aunque es muy probable que hubiesen condenado la violencia de éstas contra los trabajadores peruanos, puesto que en 1913 y 1917 habían sido activos participes de encuentros de fraternidad obrera con los del Rimac[51]. No obstante, podemos decir que a excepción de la vocación antiperuana, la noción de patria, fue muy similar entre estos obreros y los colectivos de corte nacional-belicista. La Gran Federación Obrera de Chile (distinta a la FOCH de 1919[52]) mediante su prensa afín (El Faro Obrero, El Obrero Ilustrado, El Nuevo Régimen) compartía la idea.

Entre las instituciones sindicales y culturales católicas y conservadoras posiblemente compenetradas con la idea patriótica sostenida por las ligas podemos señalar: la Sociedad Camilo Henríquez, la Sociedad de Socorros Mutuos Manuel Montt, la Unión de los Tipógrafos, el Círculo de Obreros Corazón de María, y miembros de la Federación de Obreros de Imprenta[53], y la Casa del Pueblo en Santiago y Valparaíso[54]. Por último, todas estas organizaciones y sus periódicos coincidían en condenar a los dirigentes obreros y las organizaciones laborales de corte más “clasista” como Recabarren o la FOCH[55]. El sindicalismo blanco –como ellos mismos se definían- combatía “el avance de las doctrinas y de la acción revolucionarias en las clases obreras”[56]. Las diferencias en cuanto a la patria entre obreros católicos y obreros “maximalistas”[57] no es casual. La distancia ideológica en lo político también debió influir en el abismo que existió entre las diversas patrias obreras.

 

IV.- 1918. Pedro Nolasco Cárdenas y las patrias de la Democracia.

En 1918 el Partido Demócrata (PD o la Democracia) tenía ya tres décadas de vida, siendo la colectividad parlamentaria con raigambre obrera más antigua de la escena política. Su posición ideológicamente reformista lo alejaba (no siempre), de los ataques que la oligarquía y su prensa afín dirigía a los obreros huelguistas o “subversivos” (que también había en el PD), lo que le permitía participar en alianzas con partidos representativos de otras clases como el Radical y el Liberal y alcanzar con ellos el poder (1920)[58].

El 25 de noviembre el demócrata Pedro Nolasco Cárdenas (Valdivia) realizó en la Cámara de Diputados una declaración que despertó la polémica y la condena de muchos sectores hacía él y su partido. Cárdenas señaló (a raíz del rumor de “propaganda antipatriótica” entre los obreros) que “hoy día la clase obrera de Chile ve que no es posible lanzarse al combate como 40 o 50 años atrás al toque de los clarines (contra Perú), porque sabe que hoy día hay problemas mucho más importantes que resolver y que sin duda responden mejor al engrandecimiento de los pueblos”. Por estas ideas el valdiviano fue catalogado de antipatriota. La sesión de ese 25 terminó con la censura parlamentaria a Cárdenas[59]. Pero antes de marcharse el demócrata volvió a advertir: “Yo creía, y sigo creyendo, que el patriotismo no solo estriba en el deseo de defender la patria en las armas… Creo que es patriotismo defender los intereses de los humildes de nuestro país…”[60].

Al día siguiente los principales diarios de la capital amanecieron atacando a Cárdenas. El Mercurio lo trataría de “iluso” poseedor de un “desgraciado pensamiento”[61]. Las declaraciones de Nolasco Cárdenas en el Congreso no eran inusuales en su persona. Una vasta experiencia asociativa con trabajadores de otras nacionalidades explica su anhelo de fraternidad internacional[62]. Pero los ánimos estaban calientes en la “gran prensa” y afirmar como él lo hizo que los trabajadores no irían a la guerra (“porque tienen problemas más importantes”) era condenarse. Por otra parte y debido a las imprecisas noticias de agresiones a chilenos en el Perú (entre ellas un falso ataque al cónsul en el Callao), durante la última semana de noviembre y la primera de diciembre se realizaron numerosas y masivas manifestaciones “patrióticas” en todo el país[63]. La relación entre las palabras del demócrata y las “agresiones peruanas” no tardó en llegar. El diputado valdiviano fue públicamente desacreditado. Los mismos trabajadores a quienes decía interpretar estaban divididos. Eduardo Artigas de la Federación de Sociedades de Obreros Católicos señalaba que Cárdenas o “el hombre que hasta ayer fue considerado como honrado”, perdía su apoyo[64]. Pero otras instituciones como la Federación de Zapateros y Aparadoras en Resistencia y la Universidad Popular Lastarria[65] solidarizaban con él. Y por los extremos, las felicitaciones llegaron animosas desde los maximalistas[66].

Pero a quien más inquietaron las palabras de Cárdenas fue a los propios demócratas. Tanto así que el incidente “determinó la renuncia del Ministro de Obras Públicas (PD) y su reemplazo por un radical”[67]. A partir de las discusiones y declaraciones que siguieron a las palabras del valdiviano, salieron a la luz las distintas formas en que se significaba a la patria en el interior del partido[68]. Malaquías Concha fundador de la Democracia señalaría el 25 ante el Senado que las palabras de Cárdenas habían sido mal entendidas, pues solo eran un llamado de prudencia. Concha afirmaba que “el partido Demócrata no ha predicado jamás doctrinas contrarias al patriotismo, que es innato en el pueblo chileno”. Y luego de una larga y “patriótica” intervención culminaba asegurando que en caso de guerra ni el pueblo, ni ninguno de sus correligionarios dejarían de acudir a defender el suelo nacional[69]. Con los días ningún congresal demócrata tomaría abierto partido por Cárdenas[70].

El 29 el zapatero valdiviano se presentó al Congreso a dar las explicaciones que la dirección del partido le solicitó. Ante la indignación de varios diputados, el demócrata no retiró ninguna de sus palabras e insistió en que “la patria no es un simple trapo de colores… Ni tampoco el verdadero patriotismo una canción de guerra. La patria Democrática es el hogar legendario de la Raza (…) Para nosotros los demócratas la Patria comienza con las cabañas indígenas de los montes, allí donde jime, solitaria, su agonía. (…) Mi patriotismo es el sentimiento de unidad racial, vivificado por el fuego de un amor perpetuo a las tradiciones de nuestra historia y las esperanzas de nuestro porvenir”. Cárdenas reafirmaba su posición en cuanto a ver a la patria no tanto en “sus glorias militares”, sino como un “espacio” en donde los hombres, desde una posición igualitaria, formaban un colectivo solidario orientado al progreso, al trabajo, y al bienestar para todos sus miembros. Como es de esperar, la protesta volvió a repetirse y los demócratas Bañados y Manuel O`Ryan insistieron en que las palabras de Cárdenas no eran representativas de su colectividad. Ambos señalaron que lo que el PD anhelaba era una actitud firme por parte del Gobierno frente al problema internacional, actitud expresada en la anexión definitiva de Tacna y Arica[71]. Durante los días siguientes el entredicho internacional fue perdiendo prioridad y por lo mismo los ánimos nacional-belicistas se fueron calmando en Santiago.

Con el incidente recién reseñado la Democracia fue obligada a responder por su patriotismo, mostrando al desnudo las diferencias que en su interior existían respecto a la significación de éste y del problema internacional. Con todo, y debido a que la posición de Cárdenas era aislada entre sus compañeros, la nación expuesta al extremo por las ligas patrióticas coincidía en mucho con las ideas de la mayor parte del PD[72].

 

V.- Los socialistas chilenos y su “verdadero patriotismo”.

La violencia nacionalista representada y dirigida por las ligas patrióticas en el norte y sur del país encontró considerable oposición entre los trabajadores y organizaciones socialistas. En Iquique la denuncia a través de El Despertar de los Trabajadores de los ataques antiperuanos fue temeraria, costándole al Partido Obrero Socialista (POS) el empastelamiento y la destrucción de su imprenta. Y es que los socialistas concebían la patria de forma muy distinta a como lo hacían los nacional-belicistas.

En 1918 el socialismo chileno tenía su principal exponente político en el Partido Obrero Socialista fundado en 1912. Contaba éste con una estructura federada a nivel nacional, siendo sus “secciones” principales las de Valparaíso, Santiago, Iquique, Antofagasta y Punta Arenas. Para propagar el ideario revolucionario, los militantes del POS editaban periódicos, realizaban mítines y conferencias callejeras, participaban en filarmónicas y agrupaciones de autoeducación popular (escuelas nocturnas y Centros de Estudios Sociales), combinando estas actividades con su participación en diversas agrupaciones sindicales, siendo la FOCH la principal. Hasta esa fecha el POS no tenía representantes en el parlamento (lo conseguiría en 1921), pero contaba con una importante red de influencia social que lo convertía en un importante referente entre los trabajadores.

Desde el mismo día de la refundación de la liga iquiqueña, los socialistas la atacaron sistemáticamente desde su prensa[73]. Para ellos, la colectividad nacionalista era una expresión de barbaridad orientada únicamente a provocar “bajo un torpe patriotismo” “las bajas pasiones y el odio irracional de chilenos y peruanos”[74]. Al mismo tiempo el POS enrostraba a la gran prensa (o “prensa burguesa”) y a las autoridades su cómplice silencio[75].

Para los socialistas de Iquique fue fundamental dar a entender a la opinión pública local, nacional e internacional, que la violencia antiperuana en ningún caso era obra del “verdadero pueblo chileno”[76]. En ese sentido, y ante la evidente participación de elementos populares en estos actos, el POS –para salvar el argumento- definió y separó a dos “tipos” de pueblo: los trabajadores honestos y los “pungas”, ladrones y matones extraídos desde “los más bajos fondos” de la sociedad[77]. Estos últimos formarían parte de las “pobladas” que, azuzadas y dirigidas por las ligas, vociferaban y asaltaban a los peruanos en los desfiles patrióticos. El “verdadero pueblo” de los socialistas no tenía nada que ver con rencores internacionales. El verdadero pueblo -sobrio y trabajador- laboraba por el mejoramiento de la vida del proletariado, combatía el alcoholismo y la prostitución, leía y no se dejaba “embrutecer” por los clarines patrioteros[78].

El socialismo revolucionario europeo del siglo XIX concibió a la “patria universal” como el fin deseado del desarrollo político y administrativo de la humanidad, lo cual implica que los hombres tendrían que alimentar la fraternidad internacional al tiempo que las fronteras “nacionales” debían ser superadas[79]. No obstante, este internacionalismo implicaba –a diferencia del anarquista- el amor a la patria local, en tanto ese amor significase progreso, bienestar y felicidad igualitaria para todos sus habitantes[80]. A diferencia de los “patrioteros”, la patria socialista no aprueba el odio entre las distintas patrias puesto que las fronteras son artificiales y quienes mas padecen en la guerra (conflicto patriótico) son los trabajadores, sea cual sea su nacionalidad. Los obreros deben ayudarse, sin importar la patria, para conseguir los fines aspirados por el socialismo, esto es, el bienestar igualitario para todos.

Luís Emilio Recabarren, una de las figuras más emblemáticas del socialismo de Chile, ya se había ocupado de la materia en 1913[81]. En su ensayo-conferencia “Patria i Patriotismo” había dejado en claro que el verdadero amor a la patria era aquel que se practicaba haciendo obra desinteresada por el mejoramiento social y económico de los habitantes de país. Siendo falso patriotismo aquel que solo se queda en las palabras y simpatiza animoso con la guerra[82]. Un componente importante de la patria a la que hacia honor la liga era su supuesto pasado militar “glorioso”. Para los socialistas en cambio, esas glorias dejaban mucho que desear. ¿Qué tenía de memorable ese pasado si los trabajadores en 1818 y 1879 no habían ganado nada?[83] Por otra parte, el POS era antimilitarista. En todo Chile combatía al ejército por considerarlo innecesario y contrario a la fraternidad internacional humana[84]. Todo esto ciertamente no impedía que los socialistas a veces compararan su  gesta revolucionaria con la de los “héroes” de la independencia[85]. La patria no era algo inamovible, ni tampoco algo que se superpusiera a los intereses de la humanidad; la patria para los socialistas era el lugar en donde podía realizarse, en armonía con otras patrias (y en dirección a la “patria universal”), la consecución de la felicidad y el bienestar igualitario de los hombres. Si ésta era la patria, los socialistas decían representar y defender el verdadero patriotismo.

Era inútil según el POS que los trabajadores peruanos y chilenos -separados por la guerra capitalista del 79- se odien[86]. Al fin y al cabo “Tacna y Arica para los obreros chilenos como para los obreros peruanos no les traerá beneficio alguno”. Los obreros de cualquier nación solo tienen un enemigo: la burguesía. Por ello es que “la divisa de los pueblos hoy debe ser: Guerra a la guerra y guerra al capitalismo”[87]. Hemos dicho que para  sostener la idea de que los trabajadores no apoyaban a las ligas, los socialistas debieron dividir al “pueblo” entre obreros honestos y pungas. Sin embargo, no podían dejar de reconocer que las relaciones obreras internacionales estaban cambiando. Se percataron de que “la miseria económica de los trabajadores chilenos los obliga a secundar” la obra de las ligas, pues la notoria presencia de peruanos en Tarapacá constituía una peligrosa competencia para los chilenos. En todo caso, la culpa era de los capitalistas extranjeros y nacionales que especulaban con esa mano de obra, pues al existir exceso de población cesante los sueldos bajaban, afectando con ello a toda la clase obrera[88]. El Despertar continuó denunciando a la liga y la prensa “burguesa” por inflar los ánimos bélicos hasta que un ataque en la noche del 19 de enero (1919) los dejó sin circulación por varios meses[89]. Su imprenta fue destruida por la policía en connivencia con los “patrioteros”[90].

Mientras en el norte los socialistas preferían no pronunciarse definitivamente respecto del futuro de Tacna y Arica, en Valparaíso la sección local del partido lanzó un comunicado público en diciembre de 1918, en el abogaba por la fiel ejecución del tratado de Ancón. En ese manifiesto se hacían patentes las lecciones de la guerra europea, advirtiendo a la sociedad chilena lo catastrófico de los conflictos internacionales. Se acusa a las autoridades de Chile y Perú de encender los ánimos que culminaban con violencia. Para estos socialistas “el pueblo de Chile dice que no quiere guerra ni de extensión ni de represalias mal justificadas”[91]. La misión era exigir el pronto cumplimiento del Tratado de Ancón, en especial del plebiscito que éste garantizaba, para acabar de una vez con los rencores internacionales. Al parecer, estas declaraciones fueron aceptadas por todas las demás secciones del POS. En Santiago por ejemplo, y ante el horror de congresales y periódicos burgueses, los socialistas se dedicaban a predicar estos acuerdos en plena plaza de Armas y afuera del Congreso Nacional. Situación que desembocó en la expulsión de Casimiro Barrios, ciudadano de origen español y uno de los secretarios del partido[92].

El conflicto chileno-peruano no solo ocupó a los socialistas de estos países, por el contrario, llamó la atención de organizaciones de esta tendencia en toda Sudamérica.  Si la prensa patriotera inflaba los ánimos bélicos, el socialismo no podía quedarse quieto y sin pronunciarse: la oportunidad llegaría con la I Conferencia Socialista y Obrera Pan-Americana de Buenos Aires realizada en mayo de 1919. Reunión en que los delegados chilenos expusieron a sus correligionarios peruanos, argentinos, bolivianos, uruguayos y paraguayos, sus inquietudes y sus alternativas de solución. Aquella Conferencia acordó trabajar por la solidaridad internacional y entregar la cuestión de Tacna y Arica a un plebiscito que garantice la opinión de los verdaderos afectados, los habitantes del lugar[93].

Las ligas patrióticas, así como la gran prensa en muchas partes del país, acusó a los socialistas de peruanizados y antipatriotas. Creemos que la incomprensión (inocente o intencional) hacia el concepto de patria que “los otros” tenían, motivó tal postura. De forma inversa el fenómeno debió actuar similarmente[94].

 

VI.- Los trabajadores anarquistas y la patria como barbaridad.

Si la máxima personificación del odio nacionalista estuvo encarnada en las ligas patrióticas, en la antípoda de este discurso se ubicaron los anarquistas. A diferencia de los socialistas y su “verdadero patriotismo”, los representantes de la Idea no justificaron su posición mediante la inversión del discurso patriota. No dieron ningún sentido “bueno” a la patria (Estado-nación). De hecho, y por todo lo que involucraba la palabra “patria” (en su vertiente belicista sobre todo), los anarquistas prefirieron hablar de “región”[95].

La patria para los anarquistas era una aberración, quizás natural de cierto estado de la evolución, pero aberración al fin y al cabo[96]. La guerra, necesaria consecuencia –según ellos- del amor patriota, debe ser combatida. Misma suerte debía correr el Ejército, institución parásita y “monstruosa”, los nacionalistas con su prensa, sus ligas patrióticas y su Gobierno[97]. El anarquismo aspira a la fraternidad universal, el anarquismo no quiere la conquista del poder político (tarea sustancialmente “nacional”), el anarquismo desprecia  ese mentado sano patriotismo socialista. Si la patria es guerra, opresión política, invención burguesa, el anarquista entonces, imperiosamente puede anunciarse anti-patriota: “El roto no tiene patria” dirían los anarquistas de Talca[98].

En Iquique, y en los pueblos, caletas y oficinas cercanas a  esta ciudad, los ácratas estaban representados –1918- en los periódicos El Surco y El Proletario, por el Centro Anárquico “La Brecha” y por algunos gremios, principalmente aquellos de labores portuarias. Tiempo después la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo) echaría raíces en estas tierras. El Surco fue el principal portavoz de protesta y ataque contra las ligas. Al igual que los socialistas, los agitadores de la Idea denunciaron sistemáticamente desde sus páginas los actos “vandálicos” de los “patrioteros”, granjeándose –como ellos mismos anunciaban-, el odio de los nacional-belicistas[99].

En un ardiente artículo el vocero ácrata revelaba con asombro las acciones de la liga: “No creíamos ni por un momento siquiera, que aquí, donde se ha sostenido tan cruentas luchas y donde se han recibido azotes brutales del capitalismo y del Estado, quedaran tantos imbéciles que se prestaran tan gustosos a desarrollar una labor que habla muy poco de conciencia obrera y del sentimiento fraternitario que debe reinar entre los explotados; no creíamos, repetimos, que esa liga encontrara eco; pero ¡oh verdad dolorosa!. Con vergüenza contemplamos que cinco mil larvas que formaban una masa compacta, oliente a alcohol y a excrementos, gritaran como energúmenos pidiendo la anexión de Tacna y Arica, vivas a Chile y mueras al Perú. Pero lo ridículo de esta feria, fue el acto repugnante de servilismo que las reses manifestantes demostraron, al jurar, por insinuación de un viejo decrepito, diputado de esta provincia (Anselmo Blanlot), morir peleando antes que entregar Tacna y Arica (…) Nuestros enemigos no serán jamás los trabajadores peruanos ni los de otra nacionalidad; los enemigos nuestros se han destacado bien alto, inconfundibles, y ellos son los militares, gobernantes y capitalistas; los que nos han reemplazado en las faenas, los que han ordenado la represión y los potentados que nos explotan”[100]. Denunciar la violencia antiperuana le costó caro a los anarquistas, su periódico fue saboteado e impedido de vender en varias calles y sus vendedores fueron acosados y hasta maltratados por los patrioteros[101].

Los anarquistas reconocían la participación “popular” en los actos de la liga, pero como no tenían necesidad de defender una verdadera patria, tampoco tenían necesidad –en este caso- de crear un “verdadero” pueblo, como sí lo hicieron los socialistas[102]. El Surco entendía la violencia patriótica del “pueblo” como producto del descuido de la clase obrera en cuanto a no haberse educado bastante en el internacionalismo, así como por efecto del accionar patriotero de la prensa y los políticos chilenos y peruanos[103].

Para los anarquistas iquiqueños la Autoridad, al igual que la prensa seria, cargaba con toda la responsabilidad. El Estado era el principal responsable de los vejámenes contra la población peruana, y por lo mismo El Surco no podía felicitar (ni mencionar) las esporádicas intervenciones gubernamentales orientadas a calmar los ánimos belicistas. El intendente Recaredo Amengual era “el único responsable”, mientras que el Ejército y la policía actuaban como “garantes del pillaje”[104]. Y los anarquistas no estaban muy errados con el juicio. Amengual –ex combatiente del 79-, a parte de ser informado por la liga de sus actos, hasta muy avanzado el conflicto no ordenó disolverlas[105].

En Tarapacá, como en todo el país, los anarquistas hacían activa campaña en torno a difundir su ideario lo cual también involucraba un cuestionamiento público a la patria y al conflicto internacional. En este sentido, aparte de publicar artículos propios, colaboraciones extranjeras o textos teóricos sobre el tema (casi todos europeos), realizaron mítines y conferencias[106] intentando llegar a los trabajadores con su mensaje “anti-patriótico”. Los sinpatria de la región peruana a través de su periódico La Protesta (1911-1926) también combatieron la fiebre patriotera que a chilenos y peruanos había alcanzado por igual[107].

Como hemos visto, respecto al problema puntual de Tacna y Arica, la propuesta de los anarquistas consistió en combatir la guerra y toda clase de patriotismo. No hubo lugar en su jerga para tratados ni plebiscitos. Haciendo honor a la Idea, es de suponer que desconfiaban de cualquier elección. Las fronteras, impuestas por los ricos, eran problema de ricos[108]. Ser antipatriota sin embargo, fue problema en la región chilena (y quien sabe, en todo el mundo) porque el poder policial y periodístico de todos aquellos que se creyeron patriotas dotó de una imagen monstruosa al antipatriotismo[109]. La imagen se transmitió desde arriba hacia abajo en la escala social, resignificándose y cambiando de moldes y formas, pero la esencia excluyente permaneció[110]. La idea de patria (y de creer ser defensor de ella, sin importar qué sentido tenga) pertenecía al bando de quienes contaban con el dinero, con la prensa y con todos los medios de control para imponer su postura y deslegitimar a los anti-patriotas. No era posible anunciarse públicamente antipatriota en el Chile de 1920 y esperar vivir sin ser molestado.

Casi sinónimo de anti-patriota fue el apelativo “peruanizado”, que a su vez se conectó con los títulos de “espía peruano” y “vendido al oro peruano”. Los cuatro motes fueron utilizados en Chile durante estos años para designar principalmente a socialistas, anarquistas, o todo aquel que no estaba del bando del acusador. Este bando, naturalmente, era compuesto por aquellos patriotas defensores de la gran propiedad, por aquellos que veían sus intereses contrariados por los “subversivos”. La gran prensa, conectada inevitablemente con los grupos económicos (publicidad) secundaba la obra patriota de denunciar a los “alteradores del orden”. Un golpe duro fue para muchos trabajadores (y estudiantes) el conflicto limítrofe con el Perú. La especial coyuntura hizo que todos aquellos que poseían una patria distinta a la del Estado y de la prensa, es decir, muy similar a la de las ligas patrióticas, sufrieran las consecuencias de esas ideas.

 

VII.- La Guerra de don Ladislao y la casería de antipatriotas.

1920 encontró al país envuelto en un gran despliegue periodístico y humano en torno a la elección presidencial del 24 de junio[111]. Paralelo a esta especial coyuntura el fantasma “Peligro del Norte” volvía a rondar por todo el territorio nacional. Hasta ese momento parecía que solo en Tarapacá las ligas continuaban con celo su patriótica tarea de hostigamiento a los residentes peruanos. Pero el fracaso del Tribunal Arbitral hizo que desde enero de ese año y luego de un periodo de relativa paz, las desconfianzas internacionales se revitalizaran[112]. Nuevamente estaba creándose un ambiente belicista[113].

A mediados de 1920 todas las pasiones patrióticas volvieron a desatarse siendo los estudiantes, además de los anarquistas y socialistas, los más golpeados. Dos situaciones autónomas pero intercomunicadas impactarán hondamente en las filas del movimiento obrero y sus principios patrióticos: la guerra de Don Ladislao[114] y el “proceso a los subversivos”. El presidente Juan Luís Sanfuentes decretó el 15 de julio la movilización militar: 10 mil reservistas fueron trasladados a la frontera norte. ¿Los motivos? Una revolución nacionalista –supuestamente instigada por Perú- en Bolivia, despertaba la ambición de esos países por recuperar Tacna, Arica, Tarapacá y Antofagasta. A pesar de que la noticia del complot aún no estaba confirmada, la iniciativa contó con el inmediato apoyo de la gran prensa, de los congresales y de gran parte del país, sucediéndose una tras otra grandes manifestaciones nacionalistas[115]. Las ligas patrióticas volvieron a resurgir, formándose a la par en diversos pueblos, “comités patrióticos populares”[116]. Naturalmente la alarma invitó a las violencias antiperuanas[117]. En la capital y en medio de una manifestación patriótica, cayó asesinado Julio Covarrubias Freire, un joven conservador. La bala fue atribuida a los anarquistas (“agentes peruanos”) pero nunca hubo pruebas que comprobaran tal apreciación[118]. Al igual que en 1918, los diarios chilenos se llenaron de denuncias sobre agresiones antichilenas en Perú[119]. Y nuevamente los trabajadores fueron apelados para defender a la patria.

La Federación de Estudiantes de Chile (FECH) fue una de las primeras organizaciones que pusieron en duda los motivos de la movilización[120]. Craso error, toda la ira nacionalista se fue contra ellos[121]. El 21 una cuantiosa multitud “patriótica” saqueó su local[122]. El hecho fue visto por congresales y periódicos conservadores como castigo a su insolente antipatriotismo[123]. El 24 la Federación Obrera de Chile y varias organizaciones sindicales declararon la huelga en Santiago para solidarizar con los estudiantes. El 27 hubo una concentración al pie de la estatua a O`Higgins que terminó en una violenta gresca a pedradas entre la policía y los trabajadores y estudiantes[124]. Ese mismo día, y mientras familias enteras se dirigían a la Alameda para protestar, hubo otro enfrentamiento del que resultaron varios heridos y presos. Los diputados Rosselot y Celis denunciarían que la policía procedió a sablazos contra hombres y mujeres indefensos[125]. En el Congreso el senador Barros Errázuriz señaló que incidentes como esta huelga solidaria “deben ser reprimidas con leyes especiales, pues tienen un carácter semirevolucionario”[126]. La represión obligó a la FOCH a guardar silencio[127].

Paralelo a estos hechos, en el extremo sur la Federación Obrera de Magallanes (FOM), otra de las organizaciones que no habían atendido al llamado de los patrioteros, fue incendiada y destruida el 26 de julio por miembros de la policía, el ejército y la Liga Patriótica[128]. Sus líderes fueron perseguidos y gran parte de su orgánica fue desbaratada[129].

El 19 de julio fue saqueada y destruida la imprenta Numen donde se editaba la revista sociológica y pro-obrera del mismo nombre. El escritor y por entonces anarquista Manuel Rojas –que se encontraba en el taller- debió esconderse para salvarse de las agresiones. El 20 comenzó una nueva ola represiva del gobierno contra los trabajadores “subversivos”. Esta vez su blanco principal fue la sección chilena de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW)[130]. Esta ofensiva coincidió con la agitación nacionalista, lo que conectó fácilmente la acusación de maximalista con la de agente peruano y antipatriota[131]. El 22 de julio la Corte de Apelaciones de Santiago designó a José Astorquiza para instruir sumario a todas las organizaciones anarquistas-antipatriotas de la capital[132]. Cientos de obreros de Santiago y Valparaíso, además de estudiantes, serían tomados prisioneros en lo que fue el segundo “Proceso contra los subversivos” (el primero había sido en 1911). En los allanamientos realizados, la policía dijo haber encontrado dinamita en el local porteño de la IWW. Esto, y sus publicaciones periódicas, dieron a entender al Gobierno que estaba frente a una organización terrorista internacional y -por supuesto- dirigida por el oro peruano[133].

La sección local de la anarcosindicalista IWW había iniciado sus actividades en 1918[134]. En diciembre del año siguiente fue establecida oficialmente durante una Convención en la capital[135]. Pronto la IWW tuvo secciones en varios puertos y ciudades desde Iquique hasta Corral. Los wobblies planteaban la organización sindical por industria, y ésta a su vez en uniones locales de coordinación, y no por oficios como hasta entonces predominaba en el país[136]. Respecto a la patria, los anarcosindicalistas señalaban que “solo reconocemos dos nacionalidades. La de la clase explotadora y la de la clase trabajadora”[137]. Desde el día en que fue allanado el local en Valparaíso innumerables obreros y estudiantes fueron pasando frente al juez Astorquiza. Paralelo a ello la represión sacó de circulación a la prensa obrera. Como afirma DeShazo, “en una rápida sucesión, Verba Roja, Numen, Acción Directa, Mar y Tierra, El Surco y otros periódicos obreros, fueron forzados a suspender sus publicaciones después de los allanamientos policiales[138]. A los que se suman La Comuna, La Batalla, La Jornada, El Socialista y El Trabajo. En la madrugada del 15 de agosto 121 trabajadores se sumaron a las atestadas celdas[139], los que semana a semana fueron entrando y saliendo desde tribunales.

El 30 de septiembre y ante una gran multitud de obreros y estudiantes fue sepultado el poeta José Domingo Gómez Rojas[140], quien luego de ser torturado y encerrado durante meses por su participación en la IWW murió en estado de locura en la Casa de Orates[141]. La muerte de Gómez Rojas y el ascenso de Alessandri al poder calmaron la represión, en enero de 1921 solo quedaban unos pocos cabecillas en las mazmorras. Pero todo quedó en nada cuando a finales de ese año se descubrió en Tribunales que la dinamita hallada en el local de la IWW porteña, así como las armas en otros sitios, habían sido en realidad puestas por Enrique Caballero, agente de la policía secreta[142].

Esta nueva amenaza de guerra desapareció durante los meses siguientes porque los gobiernos peruano y boliviano no respondieron a la movilización de las tropas chilenas[143]. No todo fue una “gigante y espontánea ola patriótica” –como afirma Vial-[144]. Hubo oposición, reprimida con firmeza, pero hubo.

 

VIII.- El peligro del norte y las patrias obreras. Balance de una guerra virtual.

Luego de la Guerra de don Ladislao las manifestaciones nacionalistas nuevamente se calmaron. El ascenso de Alessandri al sillón presidencial también significó un giro en las relaciones internacionales del país. Poco a poco, y no sin sobresaltos, las campañas de desprestigio mutuo fueron dando paso a la diplomacia conciliadora. Intensas negociaciones a lo largo de todo 1921 desembocaron en una invitación de Estados Unidos para que se celebrara en su capital un encuentro chileno-peruano. Dichas conferencias dieron como resultado el Protocolo de Washington, por el cual ambos países se comprometían a reducir sus armamentos y entregar sus anhelos particulares al arbitrio internacional[145].

Pero si la guerra virtual desapareció de la esfera pública; allá abajo, entre los trabajadores y sus familias, el conflicto internacional había dejado secuelas que a la larga tomaron forma de permanentes. Desde mediados de 1919 muchos socialistas comenzaron a manifestar ideas contradictorias a su mentado internacionalismo y su inclusiva patria socialista. En Antofagasta el POS denunciaba la inmigración boliviana en duros términos[146].  La misma postura comenzó a repetirse en Iquique desde 1921 frente a los peruanos[147]. Y en Santiago la sección local llegaría a increpar a los internacionalistas y sus campañas contra la guerra[148]. El principal argumento era la escasez de trabajo, pero antes de 1918 también la había y sin embargo ataques sistemáticos socialistas a inmigrantes no existían[149]. Algo estaba pasando[150]. Al mismo tiempo que continuaban atacando al ejército y a los patrioteros[151], miembros del POS asumían similares posturas a las de la liga.

La guerra de don Ladislao y el proceso a los subversivos –con su consiguiente significado represivo- obligó a varias organizaciones laborales a guardar silencio frente al conflicto internacional. Para sobrevivir a la coyuntura se vieron forzados a modificar el lenguaje de sus demandas y los vestidos de sus patrias[152]. Los que no lo hicieron, lo sufrieron (FOCH, FECH, FOM, IWW)[153]. Esto es lo que hemos dado a llamar construcción forzosa de la nación. Forzosa puesto a que “alternativas” no existían: toda idea patriótica (o antipatriótica) discrepante a las oficiales estaba condenada, como hemos analizado, al desprestigio o la persecución.

La peculiar coyuntura bélico-internacional sumada a la patente sensibilidad estatal y empresarial anti-maximalista transformó a los años 1918 y 1920 en escenario de tangenciales transformaciones en la identidad nacional obrera. Los efectos de la edificación forzosa de la nación nacida del momento histórico particular sumado a procesos de larga duración[154] debieron actuar en dirección a la consolidación de la patria en su sentido hegemónico y no solo entre el mundo popular.

Así pues, y para concluir, nuestro estudio advierte que fenómenos como la cuestión social y la cuestión peruana no actuaron completamente disociados. De igual forma, el viaje por la identidad nacional de los trabajadores organizados nos arrojó una variedad importante de patrias y antipatrias. Situación que debe rescatarse a la hora de historiar el período so pena de caer en peligrosas y apresuradas generalizaciones. El tema, por supuesto, está lejos de agotarse.

 


Notas:

[1] El Surco, Iquique, 15/11/1918

[2] Luís Emilio Recabarren, Patria i patriotismo, 1913

[3] No se trata de todos los trabajadores, ya que dicho estudio está fuera de nuestras capacidades e intenciones. Se escogió a los trabajadores organizados porque éstos –por su condición de tales- contaron con espacios, medios e idearios políticos, para proyectar autónomamente (como en su prensa) su propia cosmovisión.

[4] Esta perspectiva se sitúa en contraposición a una postura “inmanentista” en donde la identidad se fija a ciertos parámetros estables, inmutables. Asimismo, la identidad es una especie de horizonte dentro del cual se puede adoptar posturas y en las que se privilegian ciertas cosas en relación a experiencias y atributos culturales, existiendo en dicha elección una tensión entre lo propio y lo ajeno. La identidad se “construiría tanto desde adentro, como fruto de la propia experiencia social y las representaciones que en torno a ellas se elaboran; y desde afuera, como parte de un campo de fuerzas en que se enfrentan discursos hegemónicos y contestatarios”. Tomamos prestada la definición que Julio Pinto, Verónica Valdivia y Pablo Artaza realizan a partir de Charles Tylor, Manuel Castells y Pierre Tap. Julio Pinto, Verónica Valdivia, y Pablo Artaza, “Patria y clase en los albores de la identidad pampina (1860-1890)”, en Historia, Vol.36, 2003, p. 279-280

[5] Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, México, 2007

[6] Chatterjee Partha, La Nación en Tiempo Heterogéneo y otros estudios subalternos,  IEP, Lima: 2007

[7] Si se sigue a Maurizio Viroli  “la diferencia crucial reside en la prioridad de énfasis: para los patriotas, el valor principal es la república y la forma de vida libre que ésta permite; para los nacionalistas, los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo”. Viroli Maurizio, Por amor a la patria. Un ensayo sobre el patriotismo y el nacionalismo, Acento, Madrid, 1997. Sin embargo, omitimos la diferencia puesto a que en el Chile de inicios del siglo XX las palabras patria y nación se utilizaron casi indistintamente, existiendo un predominio de la primera. Se debe tener en cuenta también que las palabras patria y patriota no necesariamente tendrían que ver con la relación del individuo con el Estado-nación. Las fuentes nos indican que patriota por ejemplo, era también aquel individuo trabajador, honesto, perseverante, progresista, etc;

[8] Desde ya advertimos que las diferencias y fronteras entre una y otra de estas nuevas comunidades imaginadas muchas veces son ambiguas y difusas.

[9] Se han excluido, en esta parte, aquellos estudios que solo mencionan el problema y no lo enfrentan

[10] Sergio Grez menciona las campañas “pacifistas-antimilitaristas-internacionalistas” de los ácratas chilenos señalando que ellos fueron los primeros en introducir esta “nueva causa” en los medios populares. Fernando Ortiz advirtió que “el internacionalismo proletario es, en verdad, una característica permanente de la clase obrera”. Por su parte Sergio González aborda el tema en su faena en torno a las ligas patrióticas chilenas que en las provincias salitreras hostigaron los residentes peruanos. Este autor señala que la clase trabajadora nortina no respondió sistemáticamente a los ataques “patrioteros” contra sus compañeros de clase peruanos: sólo hubo –según él- protestas aisladas. Grez T. Sergio, Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de “la Idea” en Chile, 1893-1915, LOM, Santiago, 2007, p. 147; Ortiz L. Fernando, El Movimiento Obrero en Chile (1891-1919), LOM, Santiago, 2005, p. 224; González Sergio, El dios cautivo: Las Ligas patrióticas en la chilenización compulsiva de Tarapacá (1910-1922), LOM, Santiago, 2004, p.82

[11] Pinto, Valdivia y Artaza establecen que la identidad nacional de los trabajadores  pampinos se modificó en los albores (durante y después) de la guerra del 79 por las condiciones particulares en las que se desenvolvían los trabajadores chilenos. La situación de inmigrantes en un medio hostil habría afianzado los lazos identitarios de los peones, entre ellos y para con sus representantes estatales. Lo que sumado al “triunfo” en la guerra, los habría hecho más proclives al sentir nacional. Esto se reflejaría por ejemplo, en los pliegos y demandas de los trabajadores en la posguerra amparadas bajo un discurso de “justicia” que la patria debía a sus hijos. Pinto Julio, Verónica Valdivia, y Pablo Artaza, op. cit.

[12] Álvarez estudia la postura que tomaron los comunistas en el Congreso contra las continuas acusaciones  que los situaban como agitadores extranjeros. No obstante, el autor no se detiene en la postura corporativa del PC frente al conflicto del norte. Álvarez, Rolando, “¡Viva la revolución y la patria! El Partido Comunista de Chile y el Nacionalismo (1921-1926)”, en Revista de Historia Social y de las Mentalidades Nº 7, Vol. 2, 2003

[13] Valdivia, Verónica, “Por los fueros de la patria: ¿Qué patria? Los trabajadores pampinos en la época del centenario” en Si Somos Americanos Nº 5, 2004

[14] Castel, Robert, La metamorfosis de la cuestión social, Paidós, Buenos Aires, 1997, P. 20

[15] Pinto, Julio, “De proyectos y desarraigos: la sociedad latinoamericana frente a la experiencia de la modernidad (1780-1914)”, en Contribuciones Científicas y Tecnológicas, Área Ciencias sociales N° 130, USACH, 2000. Versión electrónica en http://www.vrid.usach.cl/pub/Julio%20Pinto.pdf

[16] Morris, James, Las elites, los intelectuales y el consenso. Estudio de la cuestión social y del sistema de relaciones industriales de Chile, Del Pacífico, Santiago, 1967. Citado en Grez, Sergio (Recopilación y estudio crítico), La “Cuestión Social” en Chile. Ideas, debates y precursores, DIBAM, Santiago, 1995, p. 9; Stuven Ana Maria, “El primer catolicismo social ante la cuestión social”, en Teología y Vida, v. XLIX, 2008, p. 485

[17] Uno de los efectos de la industrialización fue generar abruptas oleadas migratorias de campesinos que huyendo de las escasas perspectivas económicas de las haciendas tentaron “suerte” en las urbes. Sin embargo, la aceleración del proceso desembocó en problemas de hacinamiento con sus respectivas consecuencias sanitarias. Romero, Luís Alberto, ¿Qué hacer con los pobres? Elites y sectores populares en Santiago de Chile 1840-1895, Sudamericana, Bs. As, 1997, p. 168; Garcés, Mario, Crisis social y motines populares en el 1900, LOM, Stgo, 2003, p. 88; Salazar, Gabriel, Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX, LOM, Stgo, 2000

[18] Garcés, Mario, op. Cit., p. 131

[19] Garcés, Mario, op. Cit., p.132;  Pinto, Julio, Trabajos y rebeldías de la pampa salitrera. El ciclo del salitre y la reconfiguración de las identidades populares (1850-1900), USACH, Santiago, 1998, p. 253

[20] Pinto Julio y Valdivia Verónica, ¿Revolución proletaria o mi querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932), LOM, Santiago, 2001, p. 62 y ss; González Sergio, Hombres y Mujeres de la Pampa. Tarapacá en el ciclo de expansión del salitre, LOM, Santiago, 2002, p.57

[21] Política no exenta en todo caso de polémicas, debidas principalmente a que Santiago (acusado de filo-germánico) había sido neutral durante la guerra mundial, mientras que Lima había sido “aliada” norteamericana. Vial, Gonzalo, Historia de Chile (1891-1973). Op. cit., p. 642

[22] De hecho, los cónsules peruanos de Iquique, Valparaíso y Antofagasta, debieron marcharse al Perú, mientras que los chilenos de El Callao, Arequipa y Mollendo, hicieron lo propio. González Sergio, Hombres y Mujeres de la Pampa…, op. cit., P. 58 y Vial, Gonzalo, Historia de Chile (1891-1973). V. II, op., cit., p. 644

[23] González, Sergio, El dios cautivo… op. cit., p. 85 y 87. Las ciudades donde mas hubieron actos antiperuanos (y antichilenos en el caso contrario) fueron Tacna, Arica, Pisagua, Iquique y Antofagasta; en Perú Paita, Trujillo, El Callao, Lima, Ilo, Mollendo. Ibíd.; Habría que agregar Valparaíso en donde, al igual que en el norte chileno, las casas de los residentes peruanos fueron marcadas con cruces de alquitrán para luego hostigarlos y violentarlos. Ver también El Socialista (Antofagasta), 14/12/1918

[24] El historiador conservador Gonzalo Vial señaló que los obreros peruanos “pudieron” haber sufrido discriminación en la emergencia (cesantía masiva), pero en sus páginas de “Historia de Chile” se obvia el actuar de las ligas patrióticas y su importante influencia en el país, especialmente en Magallanes y Tarapacá. Vial, Gonzalo, Historia de Chile (1891-1973). V. II, op. cit., p. 644 y ss.

[25] González, Sergio, El dios cautivo…, op. cit.; Hombres y Mujeres de la Pampa…, op. cit.,; y en coautoría con Sandra Mc Gree y Carlos Maldonado, “Las Ligas Patrióticas”, en Revista de Ciencias Sociales, Nº 2, U. Arturo Prat, Iquique, 1993. Ver también, Pinto Julio y Valdivia Verónica, ¿Revolución proletaria o mi querida chusma?... op. cit., p.62-64; Ramírez, Hernán, “Origen y Formación del Partido Comunista de Chile”, en Obras Escogidas v.II, LOM, Santiago,2007, p. 260-261

[26] Ello no resulta extraño si se considera que dichos actos podían responder a una necesidad estratégica: chilenizar el territorio[26]. Chilenizar significó consolidar el poder del Estado a través de varios “frentes” (escuela, prensa, administración, trabajo, etc.), buscando establecer la hegemonía nacional de Chile en las zonas con gran cantidad de inmigrantes. Con el surgimiento de las ligas patrióticas (1911 y 1918) la “tarea chilenizadora”, adquirió un carácter “compulsivo”. González, Sergio, El dios cautivo… op. cit.

[27] En Argentina también hubo ligas, pero de no ser por esporádicos contactos en Magallanes y Santiago, no hubo al parecer una relación estrecha entre las organizaciones homónimas de ambos países. Además, en Chile (al contrario de Argentina) las ligas funcionaron autónomamente y varias ni siquiera se relacionaron entre sí.

[28] En Santiago la Liga Patriótica y Militar estaba principalmente compuesta por oficiales retirados del ejército. De igual forma estaba integrada la liga de Punta Arenas, a la que se sumaban empresarios y autoridades.

[29] Al contrario de Argentina, en casi todo Chile (con la excepción de Punta Arenas) estas organizaciones no tomaron parte activa en el conflicto capital-trabajo. Si bien (las chilenas) se definieron como defensoras del orden, mirando por tanto con recelo a las organizaciones maximalistas locales, y cometiendo esporádicamente violencia contra aquellos, de su prensa no se desprende una activa campaña antimaximalista.

[30] Indudablemente no existían pautas fijas para señalar lo bueno o lo malo para la patria. Tampoco hubo una definición univoca de la misma. Lo que no excluye por cierto, la posibilidad de esbozar un cuadro con sus elementos constitutivos que trascendieron en casi todos los actos y pasquines de las ligas patrióticas.

[31] Su misión no estuvo orientada a la creación de un Estado chileno de corte fascista como algunos han creído ver. Si bien al parecer miembros de la liga participaron en 1923 en la fundación de un partido fascista en Iquique, consideramos que calificar a estos colectivos como “una temprana manifestación de fascismo en Chile”, es generalizar peligrosamente con un término algo inapropiado para las aspiraciones de las ligas. Ramírez, Hernán, “Origen y Formación…”, op. cit., p. 261; Álvarez, Rolando, op. cit., p. 34

[32] El Eco Patrio (Iquique), 17/7/1919

[33] El Paladín (Antofagasta), 28/03/1919; Así mismo entendían que su labor era, desde sus orígenes, cívica y justiciera. La Liga Patriótica (Iquique), 2 y 11/3/1919

[34] En las provincias del norte el control de los registros de reclutas “fue esencial para justificar expulsiones de trabajadores supuestamente peruanos o peruanizados”. González, Sergio, El dios cautivo… op. cit., p. 116

[35] Conmemorar la Independencia política era un deber, pero glorificar a Prat –en el contexto- era una necesidad inexcusable. Y es que la guerra del 79 era la piedra angular a la hora de contrariar a los peruanos. Enseñar la historia de la patria vencedora no era exclusividad de las escuelas. Y para lograr esa misión “pedagógica” las ligas editaron  periódicos y pasquines, organizaron desfiles, veladas y eventos similares.

[36] Palacios Nicolás, Raza Chilena, Antiyal, Santiago, (1904) 1986, p. 72

[37] La raza chilena, aunque existieran ciertas diferencias circunstanciales, era homogénea entre sus miembros. Así existía desde un “roto rubio de ojos azules y dolicocéfalo”, hasta uno “de cabello tieso como quisca y braquicéfalo”. A pesar de ello la raza era una, “pues en cuanto a la familia, o a la patria, a los deberes morales o cívicos: es uno mismo nuestro criterio moral y social”. Ibíd., p. 43

[38] Ibíd., p. 50

[39] La Liga Patriótica (Iquique), 25/2/1919

[40] El Zancudo (Iquique), 8/9/1921; Burlas antisemitas en El Saca Pica (Iquique), 8/1/1920

[41] La Liga Patriótica (Iquique), 5/1/1919 y 18/2/1919; El Anticucho (Iquique), 9/12/1919

[42] No hubo ligas en todas partes, pero estas ideas es posible hallarlas en pasquines y organizaciones a lo largo de todo Chile. Existieron muchas colectividades afines, tales como el Círculo de Suboficiales y Clases retirados del Ejército y la Armada “Almirante Gómez Carreño” de Magallanes, o la Sociedad  de Veteranos del 79 de Defensores de Chile en Santiago.

[43] Cámara de Diputados, B. Sesiones Extraordinarias de 1918, Imprenta Nacional, Santiago, 12 y 25/11/1918.

[44] Fue tanto el nivel de paranoia y poder de éstas que los chilenos confundidos como peruanos, debían comprobar documentalmente su chilenidad (nacionalidad) ante las ligas. El Anticucho (Iquique), 9/12/1919; El Eco Patrio (Iquique), 22/1/1919 y 17/7/1919; La Liga Patriótica (Iquique), 2/2/1919

[45] La Liga Patriótica (Iquique), 4/2/1919 y 18/2/1919

[46] La Liga Patriótica, 2/2/1919; El Anticucho, 2/2/1919; El Eco Patrio, 22/1/1919 y 15/7/1919 (Iquique)

[47] La Liga Patriótica (Iquique), 5/1/1919

[48] El Eco Patrio (Iquique), 22/8/1919

[49] Recordando que en momentos tan dramáticos como la Matanza de la Escuela Santa Maria (1907) la fraternidad internacional obrera alcanzó su máxima expresión. Devés Eduardo, Los que van a Morir te Saludan, Historia de una masacre, Documentas, Santiago, 1989; Esas corrientes “subterráneas” pueden rastrearse a tiempos anteriores a la guerra del 79. Julio Pinto, Verónica Valdivia, y Pablo Artaza, op. Cit.; Valdivia, Verónica, op. Cit.,; Pinto Julio y Valdivia Verónica, ¿Revolución proletaria..., op. Cit. p. 62

[50] Nuestra investigación no hace un capitulo aparte sobre los trabajadores católicos y conservadores, como en el caso de los socialistas, demócratas y anarquistas, pues la noción de patria de los primeros es bastante (no igual y lo señalaremos) similar a la enarbolada por las ligas patrióticas.

[51] Ver nota nº 60

[52] En 1919 la GFOCH se dividió en GFOCH (conservadora) y FOCH (de orientación revolucionaria), siendo esta última la más grande.

[53] El Obrero Ilustrado (Santiago), s/f (1920-1921). Estas organizaciones son de Santiago. Es probable que esa misma patria se haya reproducido en provincias a través de gremios afines.

[54] El Sindicalista (Santiago), Nº 6, noviembre de 1918; La Luz (Valparaíso), 1-15/12/1922

[55] El Obrero Ilustrado (Santiago), 27 y 30/8/1921; El Nuevo Régimen (Santiago), s/f

[56] La Luz (Valparaíso), 1-15/12/1922; El Sindicalista (Santiago), nº 15, agosto, 1919

[57] Término con el que se identificaba a socialistas y anarquistas en Chile luego de la Revolución Rusa.

[58] La composición socio-económica de sus miembros se distribuía entre los incipientes sectores mesocráticos (pequeños comerciantes, profesores, etc.), y varios contingentes de artesanos y obreros. Muchos de estos últimos compartían su militancia en el PD con sus actividades en diversos organismos sindicales.

[59] La sesión fue suspendida cuando hablaba Cárdenas por el abandono de la sala de los demás congresales.

[60] Cámara de Diputados, B. Sesiones Extraordinarias de 1918, Imprenta Nacional, Santiago, 1918, 25/11/1918

[61] El Mercurio (Santiago), 26 y 27 de noviembre de 1918. La Unión (Santiago), 26, 27, 28 y 29/11/1918.

[62] Él había sido uno de los delegados que en 1913 viajó a Lima en representación de las agrupaciones obreras chilenas al encuentro de confraternidad internacional con los trabajadores de ese país. Ese año Santiago fue también escenario de un encuentro homónimo. En esos acercamientos Cárdenas trabó contacto con el obrero peruano Víctor Pujazón, a la sazón tipógrafo avecinado en Chile. Con este y otros trabajadores dieron vida en 1917 al Centro Internacional Obrero de Solidaridad Latinoamericana, cuya misión consistiría en gestionar y crear las condiciones para que en octubre del mismo año se realizara un congreso obrero internacional en Santiago, encuentro que no se concretó. Muchos sindicatos adhirieron al Centro, aunque por diversos motivos varios de éstos lo fueron abandonando hasta que prácticamente solo quedaban colectividades conservadoras como la Federación de Obreros Católicos de Santiago. Pero en aquel diciembre de 1918 la amistad con Víctor Pujazón le jugó en contra. En Chile comenzó a rondar el rumor de que el peruano trabajaba al servicio de su país  realizando propaganda anti-chilena en Buenos Aires y Montevideo, usando para tales fines sus contactos con el Partido Socialista Argentino. El Obrero (Santiago), 6 y 13/1/1918; La Unión (Santiago), 27 y 29/11/1918, 1 y 20/12/1918; El Mercurio (Santiago), 17/12/1918; El Mercurio (Valparaíso), 19/12/1918.

[63] En la capital varias fueron convocadas por la Liga Patriótica y Militar y la Sociedad de Veteranos del 79 de Defensores de Chile. La Unión (Santiago), 28/11/1918; El Mercurio (Santiago), 29/11/1918. En Nueva Imperial 150 caciques mapuche, en representación de unos 5 mil “indios aptos para el servicio militar” ofrecieron sus fuerzas al Gobierno. El Mercurio (Santiago), 13/12/1918; La Unión (Santiago), 13/12/1918

[64] El Sindicato de Chóferes sentenciaba que desde este momento desconocen a Cárdenas como “representante del sentir del pueblo” La Unión (Santiago), 27/11/1918; El Mercurio (Santiago), 26/11/1918

[65] Entidad de educación obrera que funcionaba gracias a la acción mancomunada de trabajadores, estudiantes y académicos de la Universidad de Chile. La Unión (Santiago), 26/11/1918, El Mercurio (Santiago), 14/12/1918; Cámara de Diputados, B. Sesiones Extraordinarias de 1918, Imp. Nacional, Santiago, 27/11/1918

[66] El Despertar de los Trabajadores (Iquique), 27/11/1918 y 19/12/1918; Verba Roja (Valparaíso), 15-30/11/1918: El Socialista (Valparaíso), 10 y 14/12/1918.

[67] Donoso, Ricardo, Alessandri: Agitador y demoledor, FCE, México, 1952, p.219

[68] La Unión (Santiago), 28/11/1918. El 26 el diputado demócrata por Santiago, Martínez, había manifestado en la Cámara que el pensamiento de Cárdenas le era exclusivo y que no representaba a la Democracia. Cámara de Diputados, B. Sesiones Extraordinarias de 1918, Imprenta Nacional, Santiago, 1918, 28/11/1918

[69] Cámara de Senadores, B. Sesiones Extraordinarias de 1918, Imprenta Nacional, Santiago, 26/11/1918.

[70] El Despertar de los Trabajadores (Iquique), 10/12/1918; La Unión (Santiago), 30/11/1918

[71] Cámara de Diputados, Boletín de Sesiones Extraordinarias de 1918, Imprenta Nacional, Santiago, 1918, Sesión del 29 de noviembre. El discurso de Cárdenas también fue reproducido en, El Atalaya (Chillán), 22/12/1918; El Socialista (Valparaíso), 10/12/1918; La Falanje Democrática (Taltal), 1/5/1919

[72] Por otra parte, es posible que Cárdenas estuviese influenciado por la corriente filo-socialista que desde hace casi dos décadas, y por iniciativa del propio Recabarren, pugnaba por posicionarse en el interior del Partido Demócrata. Pinto Julio y Valdivia Verónica, ¿Revolución proletaria o mi querida chusma? Op. Cit., p. 23 y ss; Devés Eduardo y Díaz Carlos, El Pensamiento Socialista en Chile. Antología 1893-1933, Documentas, Santiago, 1987, p. 83-84. Escobar y Carballo Alejandro, Memorias, Mapocho Nº 58, p. 104 y ss.

[73] El Despertar de los Trabajadores (En adelante EDT) (Iquique), 1/11/1918

[74] Véase las ediciones de EDT (Iquique) del 1, 2, 3, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 12, 17, 23, 24, 26, 27, 28 y 29 de noviembre. Y  del 3, 6, 8, 29 y 31 de diciembre de 1918

[75] EDT (Iquique), 1,7, 8 y 23 de noviembre de 1918. Cuando hubo denuncias a la autoridad éstas siempre comparaban la escasa participación policial contra los agresores antiperuanos, lo que no ocurría cuando los trabajadores estaban en huelga. Todo esto sin embargo, no les privó de felicitar las “oportunas intervenciones” de la tropa para detener los desmanes “patrioteros”. EDT (Iquique), 2, 5, 23 y 26 de noviembre de 1918.

[76] EDT (Iquique), 27/11/1918

[77] EDT (Iquique), 27/11/1918, 1, 10 y 26 de noviembre de 1918.

[78] “Téngase presente”, EDT (Iquique), 3/11/1918

[79] Hasta los años veinte por lo menos primó esta tendencia entre los obreros socialistas chilenos, luego la “patria universal” fue reducida por ellos hacia la “patria bolivariana” frente a un “imperialismo yanqui”.

[80] Los socialistas discrepaban en el sentido táctico del internacionalismo con respecto a los anarquistas. Mientras los últimos anunciaban la destrucción de todo Estado, para los segundos el conflicto social debía ser local antes que internacional. Pues si bien la lucha era supra-nacional en su esencia, “el movimiento obrero era nacional en su forma, en el sentido de que los trabajadores tenían que “arreglar sus cuentas” con su propia burguesía. Además, como la clase trabajadora en cada país debía conquistar el poder político, necesariamente tenía que actuar como una clase nacional”. Lorwin, Lewis, Historia del Internacionalismo obrero, t. I, Ercilla, Santiago, 1937, p 38; Jaleé, Pierre, El proyecto socialista (aproximación marxista), Anagrama, Barcelona, 1976, p. 160; Álvarez, Rolando, op. Cit., p. 29-33

[81] En 1913 Luís E. Recabarren (POS) se enfrascó en una polémica con Julio Santander (El Nacional) quien lo acusaba de anti-patriota. Se acordó la contienda en el Teatro Variedades de Iquique. Elías Lafferte recuerda que Recabarren “mostró de un modo vivo y grafico que los obreros, al producir con su trabajo la riqueza, eran mucho mas patriotas que los que usaban esta palabra con fines politiqueros o chovinistas. Habló de los que entregaban la patria jirón a jirón, industria a industria, a los imperialistas británicos. Esos son los verdaderos antipatriotas dijo, llámense gobernantes, gestores, abogados o periodistas. (…) cuando nosotros luchamos contra la lacra del alcoholismo, que la oligarquía viñatera fomenta todo lo que puede, hacemos patriotismo; cuando queremos alejar a los trabajadores de los vicios, del juego, de los naipes, de los hipódromos, hacemos verdadero patriotismo… Este es el verdadero amor patrio y no el que consiste en hablar de dudosas glorias militares y fomentar el odio con los pueblos vecinos”. Lafferte Elías, Vida de un comunista, s/d, Santiago, 1957, p. 90 - 94. Recabarren, Luís E., Patria i Patriotismo. Conferencia leída el 10 de mayo de 1914 en el teatro “Variedades” de Iquique, Universidad del Norte-Colecciones Hacia, Antofagasta, 1971.

[82] Recabarren, Luís Emilio, Patria i Patriotismo. op. cit., p. 13.

[83] Recabarren, Luís Emilio, Ricos i Pobres. Conferencia dictada en Rengo el 3 de septiembre de 1910,; EDT (Iquique), 29/12/1918; Jerminal (Tocopilla), 1/8/1921. El Socialista (Antofagasta), 14 /9/1918 y 18/9/1919

[84] Ejemplares son los artículos de EDT (Iquique), del 1º de junio y 5 de julio de 1918; La Bandera Roja (Santiago), 8/2/1919; La Chispa (Talcahuano), 3/4/1921. De igual forma se reproducían en estos periódicos varios artículos de autores europeos que condenaban la guerra y el militarismo (Tolstoy, Anatole France, Luís Aquistain, A. Hamon). Además, ver EDT (Iquique) 25, 29 y 30 de agosto y 3 de septiembre de 1918. Estas ideas también tenían su espacio en las organizaciones sindicales. La FOCH por ejemplo, y a raíz de una huelga en donde sus afiliados parados habían sido reemplazados por soldados, declaró que desde ese instante “principiaría enérgicamente a combatir el servicio militar obligatorio”. “Prefecto de policía a intendente”, Archivo Histórico Nacional (AHN), Fondo Intendencia de Santiago (FIS) , v. 496, oficio 2608 del 26/11/1919

[85] EDT (Iquique), 25/9/1918

[86] EDT (Iquique), 3, 9 y 28/11/1918 y 8/12/1918

[87] EDT (Iquique), 8/11/1918. Sobre la Gran Guerra El Despertar tenía una sección fija con el nombre “Noticias de la Guerra, el Salvajismo del momento”. Ver además, Ortiz Fernando, op. Cit., p. 223-225

[88] EDT (Iquique), 5/6/1918

[89] Varias advertencias y rumores en este sentido hubo desde días anteriores. EDT , 23, 26 y 29/11/1918

[90] Lafferte, Elías, Op. cit., p. 139

[91] El Socialista (Antofagasta), 24/12/1918; EDT (Iquique), 29/12/1918

[92] Contra él se aplicó por primera vez y de forma retroactiva la Ley de Residencia. El 18 de diciembre de 1918 a Barrios se le aplicó la ley. Días después se anula el proceso, pero en junio de 1920, esa amnistía es revocada y Barrios debe salir del país.  No obstante, en enero del 21 nuevamente se encontraba en Santiago. “Prefecto de policía a Intendente”, AHN, FIS, v. 496, oficio 2570, 28/6/1920 y v. 506, oficio 12, 6/1/1921; La Unión (Santiago), 15 Y 19/12/1918; Ortiz Fernando, op. cit., p. 173.

[93] Por el escaso espacio que poseemos no podemos extendernos más en ésta importante reunión, hito de las relaciones obreras de Sudamérica.  En todo caso, ver: EDT (Iquique), 13/11/1918; El Socialista (Antofagasta), 19/12/1918, 17, 20 y 22/5/1919; ¡Adelante! (Talcahuano), 6/5/1919; La Bandera Roja (Santiago), 1/5/1919; Verba Roja (Santiago), 16-30/6/1919 y 1-15/7/1920; “Prefecto de Policía a Intendente”, AHN, FIS, V.476, Oficio Nº 661, 24/3/1919. Hubo otro congreso obrero internacional el 9 de julio de 1919 en Atlantic City (New Jersey, USA). A él habría ido por Chile el fochista Cardenio González, quien había señalado que “la diplomacia de los gobiernos no representa verdaderamente el sentimiento de los pueblos”. González expuso sus impresiones en Chile el 13 de enero de 1920 en el local de la FOCH, señalando a la audiencia su admiración por el sindicalismo federado estadounidense. “Prefecto de policía a intendente”, AHN, FIS, v. 493, oficio s/n, sin fecha. El Socialista (Antofagasta), 13/6/1919; El Productor (Concepción), 21/6/1919.

[94] Y esto es perfectamente asimilable si comparamos la patria de la liga y la patria socialista. Mientras la primera asimilaba la idea de “orden” al concepto de patria, y planteaba inmediata e incorregiblemente la anexión definitiva de Tacna y Arica; el POS anhelaba una patria sustancialmente revolucionaria y que supeditara los intereses particulares nacionales (como el territorio) a la fraternidad internacional.

[95] Araya Mario, Los wobblies criollos: Fundación e ideología en la Región chilena de la Industrial Workers of the World-IWW (1919-1927), Tesis Inédita, Universidad Arcis, Santiago, 2008, p. 52. A esto habría que agregar que los anarquistas hablaban de “regiones” mucho antes de la instalación de la IWW en Chile. Por lo menos desde la fundación de la FORCH en 1913. La Batalla (Santiago), 15-30/10/1913

[96] “¿Es posible que hayan trabajadores amando a la patria mientras la patria les asesina? (…) El amor a la patria no tiene razón de ser sino en aquellos que viven de ella (…) En la guerra no defiendes nada tuyo, sino los intereses de aquellos que te explotan, te roban y te asesinan (…) El culto a la patria debe desaparecer de la mente de los trabajadores: Pueblo, tu patria es el mundo, tu bandera es la instrucción: tu religión la ciencia.”. El Surco (Iquique), 2/1/1919; Ver también El Obrero Metalúrgico (Valparaíso), 1-15/6/1919

[97] El Surco (Iquique), 29/11/1917; Verba Roja (Santiago), 15-30/8/1919; El Azote (Talca), octubre de 1921

[98] El Azote (Talca), septiembre (nº4) y octubre (nº7) de 1921; Verba Roja (Santiago), 1º/5/1920

[99] El Surco (Iquique), del 15 y 30 de noviembre, y del 15 de diciembre de 1918

[100] El Surco (Iquique), 15/11/1918

[101] EDT (Iquique), 3/12/1918

[102] Esto es en la exclusiva temática de la patria, es probable que en temas como la lucha obrera hayan separado a un “verdadero pueblo”, el organizado, de un “falso o equivocado pueblo”, los no organizados.

[103] El Surco (Iquique), 15/11/1918 y 30/11/1918 (Edición extraordinaria)

[104] Ibíd.

[105] González, Sergio, El dios cautivo, op. cit., p. 80

[106] En Valparaíso el anárquico Centro de Estudios Sociales Eliseo Reclus se dio a ésta tarea.

[107] En Chile se reprodujo en medios maximalistas un artículo del periódico anarquista peruano en donde se condenaban las “bajas pasiones” de los patrioteros. “Por la Internacional Obrera” (original de La Protesta, Lima), EDT (Iquique), 31/12/1918; El Socialista (Antofagasta), 23/1/1919; ¡Adelante! (Talcahuano), 11/1/1919. La Protesta, que al parecer tenía una fluida comunicación con El Surco, envió a mediados de 1919 un folleto contra la guerra para repartirlo entre los gremios de Iquique y sus alrededores. En Caleta Buena un anarquista sería denunciado por cumplir esa tarea, iniciándose un proceso cuya responsabilidad recayó en el catalán Ramón Rusignol, quien fue condenado en primera instancia a cumplir 541 días de extrañamiento por sedición. Los volantes, diría la defensa, no eran ni subversivos ni atentatorios contra el país, se trataba más bien de la difusión de “resistencia pasiva” contra la guerra. El Surco (Iquique), 13/9/1919. El anarquista salió en libertad aunque tiempo después fue arrojado del país por la Ley de Residencia. Similar suerte corrió El Surco, viéndose imposibilitada su publicación entre el 1 de marzo de 1920 y el 28 de febrero de 1922.

[108] Verba Roja (Santiago), 1-15/6/1922

[109] Situación también expresada en la historiografía toda vez que la historia, así concebida en occidente, no es sino lo que Ranahit Guha llama una historia estatista, una narrativa “que autoriza que los valores dominantes del Estado determinen el criterio de lo que es histórico.”  Y, como el gran valor que da cohesión a la idea de Estado es la nación, cualquier idea o situación que atente contra ésta debe ser rechazada, u históricamente olvidada. Guha Ranahit, Las voces de la Historia y otros estudios subalternos, Crítica, Barcelona, 2002

[110] No significa esto que “el pueblo” solo se dedique a resignificar la patria. Simplemente indicamos que la capacidad de producción de patrias es mucho mayor en el Estado y quienes se encuentran cercanos a sus espacios. Y al parecer, son estas patrias (las poderosas) las que parecen conducir a la larga (no en totalidad) a las demás patrias. Un ejemplo, los socialistas denunciaban a los políticos por entregar los recursos económicos del país a extranjeros; pero este discurso que bien puede contar con la misma solidez argumentativa que los de quienes acusan a los socialistas de antipatriotas por detener mediante huelgas el progreso de la patria, no contó con los medios (prensa, escuela, etc.) para imponerse o empatarse, sucumbió.

[111] Millar Carvacho, René, La elección presidencial de 1920, Universitaria, Santiago, 1982

[112] Se creía también que la Asamblea Nacional peruana había desahuciado en enero el tratado de Ancón tomando una posición claramente belicosa. Millar, René, Op. cit. P.158

[113] 15 de enero, 25 de marzo y 1º de abril de 1920, Zig-Zag (Santiago)

[114] El nombre hace referencia al Ministro de Guerra Ladislao Errázuriz, activo defensor de la movilización.

[115] El Diario Ilustrado (Santiago), 20/7/1920

[116] Ibíd.

[117] El Diario Ilustrado (Santiago), 21/7/1920

[118] El Diario Ilustrado afirmó que el asesino habría disparado al grito de “¡Viva el Perú!”, 22/7/1920

[119] Ver por ejemplo las ediciones del El Diario Ilustrado con fecha 25 de julio, 2 y 19 de agosto de 1920

[120] Se llegó a creer que el peligro del norte era una maniobra del gobierno para no entregar los resultados de la elección del 24 de junio y para boicotear la imagen de Alessandri. Donoso, Ricardo, op. cit., p.254

[121] El Diario Ilustrado (Santiago), 20/7/1920. La actuación en la FECH de estudiantes influenciados por ideas “avanzadas”, que a su vez estaban íntimamente comunicados con sindicatos de esas orientaciones, determinó que la institución tomara una posición internacionalista respecto al problema del Norte. DeShazo, Peter, op. cit., p. 263; EDT (Iquique), 10 y 12/11/1918. En junio de ese año la FECH en convención declaraba que “trabajará por la abolición simultanea de los ejércitos de todas las naciones”. Barría Jorge, El movimiento obrero en Chile, Universitaria, Stgo, 1960, p. 194

[122] La versión de la policía y de los estudiantes en: “Prefecto de policía a intendente”, AHN, FIS, v. 497, oficio 1478 del 21/7/1920. González V. José S., Cuando era muchacho, Universitaria, Santiago, 1996 p. 189-193; Vicuña Fuentes, Carlos, La tiranía en Chile, Santiago, LOM, 2002, p. 123-131

[123] Harambour Alberto, El movimiento obrero y la violencia política en el Territorio de Magallanes, 1918-1925, tesis inédita de licenciatura, PUC, 1999, p. 140

[124] El Diario Ilustrado (Santiago), 28/7/1920

[125] Cámara de Diputados. B. Sesiones ordinarias. Imprenta Nacional, Santiago, 1920, 27/7/1920.

[126] Cámara de Senadores. B. Sesiones ordinarias. Imprenta Nacional, Santiago, 1920, 21/7/1920.

[127] DeShazo, Peter, op. cit., p. 265. De igual forma, muchos aliancistas que en tiempos “normales” se hubiesen opuesto a la represión o a la fiebre patriotera optaron por callar.

[128] Gonzalo Bulnes diría ante el Congreso que la FOM era un “Soviet Internacional” donde actuaban argentinos y extranjeros de la peor ralea. Reproducido en El Sub-Oficial (Punta Arenas), 20/9/1920

[129] Harambour, Alberto, El movimiento obrero, op. cit., p. 148

[130] Mar y Tierra (Valparaíso), 15-31/12/1920

[131] Muy utilizada fue en Chile durante estos años la acusación de recibir oro peruano o ser espías. Con ello se pretendía desprestigiar a hombres, organizaciones e ideas. Incluso al presidenciable Alessandri se le inculpó así. Millar, René, op. Cit., p. 159. Julio Rebosio Barrera, activo dirigente anarquista, fue acusado sin pruebas (como la mayoría de los casos) de recibir oro peruano. Luego de un año de prisión y constantes torturas (denunciadas en el Congreso) fue puesto en libertad. Más, el deplorable estado en que quedó lo llevó a quitarse la vida. Vicuña Carlos, La tiranía en Chile, op.cit., p. 103-109. Verba Roja (Valparaíso), 15-31/12/1918. El Surco (Iquique), 11/12/1919.

[132] Harambour, Alberto, El movimiento obrero, op. cit., p. 141; Donoso, Ricardo, op. cit, p. 120

[133] El Diario Ilustrado (Santiago), 29/7/1920 y 17/8/1920; Vicuña, Carlos, La Tiranía en Chile, op. cit., p.112 y ss; Torrealba Agustín, Los Subversivos: alegato ante la Iltma Corte de Apelaciones de Santiago en proceso contra la Sociedad Industrial Workers of the World I.W.W., Imp. Yara, Santiago, 1921

[134] Araya Mario, op. cit., p. 32

[135] Mar y Tierra (Valparaíso), 1/4/1920

[136] La idea era hacer más efectivo el poder obrero mediante una organización que conjugara actividades a gran escala (huelgas generales) evitando el caudillismo que surgía de sindicatos por oficio. Ideológicamente la IWW fue identificada con el anarcosindicalismo. Araya Mario, op. cit., y DeShazo, Peter, op. cit.

[137] Acción Directa (Santiago), 15-30/3/1920

[138] DeShazo, Peter, Trabajadores urbanos y sindicatos en Chile: 1902-1927, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 2007, p. 263

[139] El Diario Ilustrado (Santiago), 16/7/1920

[140] El Tranviario (Santiago), s/f

[141] DeShazo, Peter, op. cit., p. 264

[142] Ibíd., p. 262

[143] DeShazo, Peter, op. cit., p. 262

[144] Vial, Gonzalo, op. cit., p.674

[145] Donoso, Ricardo, op. cit., p. 301-334. No sin dificultades comenzó toda una nueva era de negociación que se prolongaría hasta que en 1929 las fronteras fueron selladas con la repartición de Tacna y Arica.

[146] El Socialista (Antofagasta), 5/8/1919

[147] EDT (Iquique), 2/4/1921. Se debe, no obstante, matizar el juicio puesto que la solidaridad socialista internacional nunca dejó de existir. El cambio pasa por el aumento (paralelo a esa solidaridad) de la defensa del trabajador en su calidad de chileno. EDT, 19/12/1918 y El Socialista (Antofagasta) 4/1/1920

[148] La Antorcha (Santiago), 3/9/1921

[149] En todo caso 1919, 1920 y 1921 son años especialmente crudos en cuanto a la cesantía en el norte. Pinto, Julio, Desgarros, op. Cit., p.158

[150] Como uno de los motores de ese fenómeno habría que apuntar el surgimiento (o evidente afirmación) de lo que mas tarde sería conocido como “antiimperialismo”. Organizaciones como la FOCH también tomarían la misma ruta. Al respecto ver: EDT (Iquique), 28/8/1918, 15 y 25/9/1921; La Comuna (Viña del Mar), 25/9/1920. “Consejo federal nº 17 al intendente”, AHN, FIS, v. 497, of. s/n, 23/6/1920

[151] EDT (Iquique), 25/5/1921

[152] Mientras que los anarquistas eran encerrados en prisiones (julio, 1920), los lideres de la FOCH Carlos Alberto Martínez (POS) y Enrique Díaz Vera –ante la amenaza de dejarse fuera de la legalidad a la Federación- declararon que ésta no era revolucionaria (convención de 1919). DeShazo, Peter, op. cit., p. 264

[153] Los demócratas, al igual que los obreros conservadores, no tuvieron grandes dificultades para asomar como patriotas durante la Guerra de don Ladislao. El escenario de elecciones no estaba para complejizar patriotismos. El mismo Alessandri recordaría años más tarde que si bien él no creía en las noticias que llegaban desde Perú, sus correligionarios de la Alianza lo obligaron a tomar una actitud menos pacifista que la que poseía. Alessandri, Arturo, Recuerdos de Gobierno. 1920-1925. t. I, Nascimiento, Santiago, 1967, p. 46

[154] Entre estos se encontrarían: el crecimiento y la “democratización” del Estado, la expansión de la modernidad  y la cuestión social. La “democratización del Estado” (aunque con otros términos) fue expuesta por Yánez, quien señala que la cuestión social terminó por incluir, gracias a las capacidades y el efectivo dinamismo de la institucionalidad, a las clases populares. Mas allá de si fue la institucionalidad o la presión obrera la que generó los cambios o incidió en los otros factores, lo importante es señalar el proceso inclusivo general. Yánez, Juan Carlos, Estado, consenso y crisis social. El espacio público en Chile, 1900-1920, Santiago, DIBAM, 2003. La modernidad hizo más factible y extensible la posibilidad de que sujetos ubicados en puntos geográficos (y de experiencias) muy distintos concibieran una “comunidad imaginada” similar. Así mismo, la modernidad permitió el fenómeno conocido como “cultura de masas” que también hizo su parte en la nacionalización. Rinke Stefan, Cultura de masas, reforma y nacionalismo en Chile, 1910-1930, DIBAM, Santiago, 2002. Por último la nacionalización de los trabajadores mediante la cuestión social, creemos, se dio básicamente en dos niveles. Primero, la concentración de gran cantidad de mano de obra forzó a millares de almas a tomar contacto con realidades modernas de vida (ciudades, industrias) lo cual habría provocado una homogenización de vivencias en las que el contacto con el Estado era prácticamente inevitable. El otro nivel se dio al fragor de la lucha social. El contacto en espacios comunes de enfrentamiento, concesión y negociación, permitió que Estado y obreros se conocieran y vivieran mutuamente. Un trabajador excluido del sistema político estatal (y desprotegido por éste ante el capital), sería más propenso a no identificarse con la nación, mientras que uno más incluido sería más receptivo de la misma.

 

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