Pacarina del Sur
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Estampas chilenas

El artículo explora los orígenes de las protestas de miles de estudiantes en Chile durante 2011, afectados por las severas disposiciones de un gobierno que sólo busca el beneficio económico. A través de una severa crítica al sistema educacional chileno, cuestiona la eficacia de dicho sistema.

Palabras clave: Chile, educación, capitalismo, protesta, izquierda

 

El tiempo de las alamedas

Con una movilización estudiantil sostenida por más de tres meses y un paro nacional de trabajadores que no ocurría desde hace veinte años, Chile entró a la escena mundial contemporánea marcada por la alta temperatura política derivada de la crisis capitalista. Una tras otra, las distintas regiones del planeta se agitan por movilizaciones populares que se proponen atajar las consecuencias sociales de la debacle económica o aprovechar las contradicciones para generar cambios de ruta. Allí están Grecia, Portugal, España como botones de muestra de la impaciencia ante una plutocracia que pretende salvar su suerte a costa de nuevos y más draconianos programas de ajuste y endeudamientos nacionales condicionados.

Chile no podía sustraerse a esa dinámica mundial, pletórica de rebeldías juveniles y proletarias. Los estudiantes universitarios han alzado la voz contra un régimen de financiamiento crediticio de la educación universitaria que tiene como resultado final la pesada carga de deudas contraídas con la banca privada, a tasas de interés comerciales nada solidarias, que lastran el futuro de la juventud durante años después de concluidos los estudios profesionales.[1], Impulsados por un sentido elemental de sobrevivencia, los estudiantes se han lanzado a la lucha por una reforma educativa y contra un modelo de educación forjado a sangre y fuego durante la dictadura, centrado en un neoliberalismo a ultranza si los hay. [2]

Tocado en un punto estratégico, el régimen no piensa ceder: no sólo es una cuestión de negocios –aunque no hay que dejar de lado que la tajada económica es considerable- sino de hegemonía. Es en Chile donde se asentó más firmemente el imaginario que hace del mercado el dios dispensador de la vida y la muerte. En el caso de la educación, las universidades son meros establecimientos mercantiles y no existe control estatal alguno sobre ellas; la fragmentación del sistema universitario es la norma; pululan las instituciones abiertamente clericales. Y se pensaba que no se podía volver a imaginar a la educación como un derecho público y una obligación de estado, después de generaciones enteras educadas en la idea de que “nada es gratis en esta vida”, axial en el pensamiento del rústico personaje que hoy gobierna esta nación sudamericana, de una ignorancia proverbial. En Chile es por todos sabido que el presidente no es un hombre culto y que la educación no es la prioridad en este egregio representante de una clase con miras estrechas, capaz de generar pifias, cada vez que abre la boca, popularmente conocidas como «piñericosas», entre las que destaca aquella célebre de pensar que en archipiélago chileno de Juan Fernández «vivió durante cuatro largos años Robinson Crusoe», con lo cual otorgó existencia histórica al célebre personaje literario; o aquella otra de afirmar que son «muy pocos los países en el mundo… que han tenido el privilegio de celebrar 500 años de vida independiente» como Chile, precisamente en el marco de las celebraciones del Bicentenario.

Así las cosas el reto estudiantil se transformó rápidamente en una disputa por la conducción moral e intelectual de la nación y en una lucha contra el oscurantismo de su clase dominante. Frente a la oligarquía que apuesta todo a la continuidad del rumbo pinochetista sintetizado en la vigencia de la Constitución dictatorial, los estudiantes han propuesto refundar el país y «avanzar hacia un modelo de educación pública, gratuita y de calidad», algo absolutamente revulsivo en la configuración social chilena actual.

Al reto estudiantil, el status quo chileno ha respondido con sus razones de atrasados dueños de fundos y con el uso masivo de la violencia de estado, sacando a las calles a la militarizada policía de Carabineros, famosa en el mundo entero por su desmedida crueldad y su singular equipamiento formado por «guanacos»[3], «zorrillos»[4] y bastones policiales extensibles, que conforman la tecnología represiva heredada por Pinochet.[5]

Sin embargo, acostumbrado a ser tratado a punta pistola, el pueblo chileno ha decidido persistir en la protesta. Más aún, atendiendo la convocatoria al Paro Nacional del 24 y 25 de agosto, cerca de medio millón de chilenos protestaba en las calles de Santiago, los dirigentes estudiantiles y sindicales recogían solidaridad internacional a raudales y la Central Unitaria de Trabajadores paralizaba un importante sector de la economía nacional, mientras 90 ciudades y comunas se movían al ritmo de esta «primavera adelantada» de los pueblos. Todo para demandar «reforma tributaria “para que paguen más impuestos las grandes empresas y los consorcios trasnacionales para que haya plata para educación y salud digna y de calidad”; educación sin fines de lucro; nuevo Código del Trabajo que incluya sindicalización automática, negociación colectiva real y fin del despido por necesidades de la empresa; que se incorpore el plebiscito como forma de consulta a la ciudadanía y se avance en una nueva Constitución Política para dejar atrás definitivamente la impuesta por la dictadura; resguardo de los derechos de los trabajadores».[6]


No es poca cosa el éxito de esta acción, sobre todo pensando en un país de cuyo suelo quiso ser extirpada con violencia toda oposición de izquierda y donde se quiso reducir a la población a una paz de los sepulcros adecuada a la llamada «doctrina de seguridad nacional», de acendrado sabor anticomunista y de visos fascistas inocultables. No es poca cosa este despertar de las multitudes cualquiera que sea el resultado final de su intento. Es una gran alegría volver a ver a Chile en la ruta de Salvador Allende, ver como «las calles, plazas y puentes de todas las ciudades a lo largo de Chile se han transformado en las arterias donde fluyen y circulan miles de estudiantes y ciudadanos, entonando y gritando las demandas por cambios estructurales en la educación los que, a su vez, exigen cambios sustanciales en el paradigma económico, en el carácter y rol del Estado y en su conjunto, en el pacto social constitucional del país». Y si bien «no ha llegado aún el tiempo de las alamedas, ha brotado con fuerza la voluntad de poder de la nueva generación para presionar sobre ellas hasta lograr su verdadera Apertura histórica» tal como fue anunciado en el discurso final de Allende.[7]

 

La protesta social en Chile

Algo de esto se podía percibir en el ambiente chileno desde meses atrás. La atmósfera estaba electrizada y las contradicciones se acercaban a un punto de saturación, espoleadas por la incapacidad de la derecha en el poder para administrar las rupturas sociales originadas por un desarrollo capitalista acelerado.

Así, entre julio y octubre de 2010, presos mapuches recurrían a la huelga de hambre y ponían en entredicho la pertinencia del estado de excepción permanente en que vive Chile, expresado en la Ley Antietterrorista. En agosto del mismo año, 17 casas eran allanadas para detener a un grupo de 14 activistas anarquistas y exmiembros del Movimiento Lautaro, acusados de ser responsables de una serie de detonaciones que se remontaban al año 2009, en un suceso popularmente conocido como «el caso bombas», que podía nuevamente en el centro del escenario nacional la poderosa herramienta de contención social llamada Ley antiterrorista.

A todo esto se sumaba, por las mismas fechas, la protesta contra la pretensión de la empresa Suez Energy de construir una termoeléctrica en el Santuario de la Naturaleza Punta de Choros, protesta reprimida en las calles de Santiago no obstante el modesto contenido de sus demandas, antes de que finalmente se revocara la decisión y el proyecto se trasladara a otra zona. Asimismo, un fuerte movimiento contra las presas en el sur del país logró aglutinar a una opinión pública cada vez menos favorable a la destrucción de la naturaleza en aras de las ganancias privadas, en un movimiento que cobró amplia notoriedad pública. En la misma dirección, se ha ido levantando una creciente oposición al saqueo de los recursos hídricos de La Patagonia, intenciones de lucha condensadas en la Carta Pastoral por el Agua,[8] escrita por el Obispo de Aysén, Monseñor Luis Infanti, quien en reiteradas ocasiones ha declarado que «la Carta Magna abrió las puertas a la venta del país y a que quien tenga plata compre lo que quiera, incluyendo la conciencia de las personas».

De esa manera, aparecían notables muestras de que el imaginario del libre mercado como el mejor de los mundos posibles era cuestionado por cada vez más chilenos. El alumno modelo del magisterio neoliberal era asediado por sus cuatro costados. En esta trayectoria, la movilización estudiantil y el Paro Nacional son las últimas estaciones de un agitado periodo de lucha, un potente caudal que hoy brota a la vista del mundo entero pero cuyo cauce se deslizaba subterráneamente desde tiempo atrás. En el centro de la lucha, como punto de unión de voluntades tan disímiles, se halla la intención de culminar la tarea que la «transición democrática» no se propuso seriamente: enterrar de una nueva vez el orden estatal de la dictadura, que garantiza la primacía absoluta de los intereses oligárquicos.[9] Por eso el proceso social en su conjunto una y otra vez apunta a la necesidad ineludible de pensar en un nuevo ordenamiento constitucional.

 

La escena cultural chilena

Al reforzamiento de la protesta social en Chile ha contribuido el fenómeno menos visible de la recomposición de la cultura de izquierda de todo tipo, desde la vinculada al esfuerzo cultural e intelectual del Partido Comunista, hasta aquella relacionada con los innumerables fragmentos de la izquierda llamada «independiente». La recomposición es notable porque la dictadura dirigió sus esfuerzos no sólo a la destrucción de la iniciativa política y la escasa defensa militar de la oposición sino también a derrotar su capacidad para impulsar su propuesta mediante las letras y las artes, un área en que la izquierda chilena tenía memorables logros: la conducción moral e intelectual de la nación era apuntalada por el prestigio de Pablo Neruda y Víctor Jara, por citar ejemplos notables de intelectuales y artistas cuya estrella polar era el socialismo-comunismo.

La bota atroz de la dictadura intentó borrar definitivamente esta cultura: miles de libros sospechosos de subversión, no necesariamente marxistas, fueron quemados a lo largo y ancho del país. Escuchar a Silvio Rodríguez era una empresa en que se arriesgaba la vida o la libertad. No es común para los universitarios chilenos que nacieron después del golpe de estado hallar en librerías y bibliotecas títulos que en otras latitudes son editados incluso por agencias gubernamentales, como El Capital de Karl Marx. Es una tarea fatigosa o francamente imposible obtener un ejemplar de los Cuadernos de la Cárcel, de Gramsci. A la persecución policíaca hay que sumar el desmedido impuesto que sufre la industria editorial para comprender la escasa cultura del libro en Chile.

Pero poco a poco se ha saliendo de esta vergonzosa situación. Víctor Jara resuena en el Galpón que lleva su nombre, donde semana tras semanas se reúne la juventud de Santiago a compartir el vino y la cultura. Cantantes como Camila Moreno, Chinoy, Pascuala Illabaca, Manuel García, Mauricio Redoles y el grupo musical Sol y Lluvia reanudan las hebras rotas por el militarismo, sonorizan la protesta, alimentan la nostalgia por la Unidad Popular o simplemente dan voz a una juventud que se agita en la inconformidad de vivir en una socialidad reducida a la forma mercancía y a las pobres manifestaciones culturales de una burguesía decadente.

En sintonía con este renacimiento cultural, arriesgadas iniciativas editoriales se juegan su suerte en la publicación de libros de fuerte acento crítico.

Destacadamente, bajo el sello Quimantú -de resonancias históricas y definido perfil político por resucitar el nombre de la mítica Editora Nacional de la Unidad Popular-[10] se publican títulos clásicos como Diez días que conmovieron al mundo, Siete Ensayos de la realidad peruana, El Dieciocho Brumario, Historia y conciencia de clase y El manifiesto comunista. Igualmente, se le toma el pulso a Latinoamérica mediante títulos como Hugo Chávez y el socialismo del Siglo XXI, de Heinz Dietrich, o EZLN. Abajo y a la izquierda, una antología de comunicados zapatistas. Pero más notablemente, en la serie «Papelear» de los llamados «Papeles para armar», Quimantú ha publicado Miguel en la mira, tres pequeños volúmenes con textos del dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Miguel Enríquez, muy populares entre los activistas y militantes universitarios. Además, en la misma serie se cuenta con Che: recuerdo de futuro, compendio de escritos en torno del pensamiento de Ernesto Guevara. Y no hay que dejar de mencionar el notable estudio Itinerario y trayectos heréticos de José Carlos Mariátegui, del profesor Osvaldo Fernández, incansable animador de la escena intelectual chilena desde su retorno de Francia, aglutinador de una entusiasta y talentosa juventud que ha hecho de la obra del Amauta su parcela de estudio y su herramienta para entender el tiempo que les tocó vivir.

Otra apuesta editorial independiente es Lom que «fomenta la lectura, la creación, la reflexión, la memoria y el pensamiento crítico a través de la palabra escrita», con veinte años de lucha en el hostil mercado chileno del libro.[11] Allí está publicada una traducción propia del primer tomo de El capital, además de una colección de pequeño formato titulada «Los libros del Ciudadano», que ha puesto en librerías antologías de Neruda y Allende, lo mismo que Pobres y Ricos de L.E. Recabarren y el célebre Manifiesto de historiadores, escrito en 1999 contra los intentos de «manipular y acomodar la verdad pública sobre el último medio siglo de la historia de Chile, a objeto de justificar determinados hechos, magnificar ciertos resultados y acallar otros...».

Pero quizá la relevancia mayor de Lom Ediciones es que se ha convertido en el centro aglutinador de un pensamiento crítico de altos vuelos. En su catálogo se encuentra Historia del comunismo en Chile. La era de Recabarren. (1912-1924) y Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de “la idea” en Chile. 1893-1915, ambos de Sergio Grez, talentoso cultivador de la historia social y política. En el mismo campo profesional se encuentra Historia contemporánea de Chile -en cinco tomos-, Historia de la acumulación capitalista en Chile, Labradores, peones y proletarios y Ser niño “huacho” en la historia de Chile (Siglo XIX), por citar sólo los más populares títulos de Gabriel Salazar, incansable estudioso de las clases populares en la historia chilena, antiguo mirista y Premio Nacional de Historia 2006. En la historia de las ideas, destaca el aporte de Jaime Massardo con La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren. Además, en los haberes de esta editorial deben contarse las memorias de Luis Corvalán De lo vivido y lo peleado y la antología Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile, que va acompañada del estudio infaltable en el tema, escrito por Pedro Naranjo; también en los anaqueles de Lom está una Historia del Pueblo mapuche. Siglos XIX y XX, de José Bengoa, infaltable para comprender la evolución histórica de un pueblo que aún hoy se debate en lucha contra el integracionismo etnocida.


Finalmente, en esta descuidada noticia editorial, destinada a alimentar la curiosidad de aquellos interesados en la historia y el presente de nuestro hermano país, queremos referirnos a un acontecimiento editorial relacionado nuevamente con José Carlos Mariátegui. En el tercer trimestre de 2008 fueron publicados por Lom tres volúmenes a manera de selección de textos de Babel, revista de arte y crítica cuyo primer número de su época chilena lanzó Samuel Glusberg -intelectual argentino que se cuenta entre los principales interlocutores y amigos del Amauta- en 1939 para darle continuidad a una iniciativa cultural que había salido a la luz en Buenos Aires entre 1921 y 1928. Cada uno de los volúmenes va acompañado de una presentación a cargo del equipo que recuperó los textos del olvido: Jaime Massardo presenta el volumen 1 con «Los tiempos de la revista Babel»; Pierina Ferretti y Lorena Fuentes hacen lo propio para el volumen 2 con «El imaginario literario de la revista Babel; mientras que el volumen 3 es presentado por Patricio Gutiérrez con «Heterodoxia, praxis y marxismo creador en la revista Babel».

De esta manera, con el esfuerzo a contrapelo hecho por sus intelectuales, Chile aporta al acervo del pensamiento social latinoamericano de cuño crítico una considerable producción teórica, arrancada con uñas y dientes en un contexto social poco cómodo para esta profesión. En cierto sentido, esto también está en juego en la lucha universitaria que en estos días se libra en las anchas alamedas de Santiago, en los escarpados cerros de Valparaíso y en otros varios puntos de la geografía chilena.

 


Notas:

[1] Los préstamos se otorgan a una tasa de 6 porciento de interés mensual, mucho mayor a la de un crédito hipotecario. En el curso del actual conflicto se ofreció rebajarla a un 2 por ciento, aunque en una propuesta en que la diferencia la cubriría el Estado. Así, la banca sigue lucrando, ahora no directamente con los estudiantes sino a través del Estado.

[2] En Chile, en promedio, solamente 15 por ciento del gasto en educación universitaria lo cubre el Estado y el 85 por ciento restante lo cubren las familias, mientras que en las naciones de la OCDE los porcentajes se invierten. Chile posee la segunda educación más cara del mundo después de Estados Unidos.

[3] Carro policial lanza-agua.

[4] Vehículo policial equipado con lanzagranadas para gases lacrimógenos

[5] Ahora se sabe que también utilizaron armas de fuego en la represión del Paro Nacional del 24 y 25 de agosto: un menor de 16 años fue asesinado por una bala que, según testigos, vino desde un carro policial.

[6] Central Unitaria de Trabajadores, Exitoso y extendido Paro Nacional en todo Chile, www.cutchile.cl/index.php?option=com_content&view=article&id=395&catid=123

[7] Manifiesto de historiadores. Revolución antineoliberal social/estudiantil en Chile, en Estudios Contemporáneos. Espacio de estudio y difusión de las ciencias sociales, www.ecos.cl

[8] Carta Pastoral «Danos hoy el agua de cada día», en  http://oclacc.org/iglesia-evangelizacion/carta-pastoral-danos-hoy-agua-cada-dia

[9] En este punto no hay que olvidar que la etapa más reciente en la construcción de este orden corrió a cargo del Partido Socialista, entusiasta promotor del neoliberalismo que apoyó la privatización de las últimas empresas del Estado y es corresponsable del actual modelo educacional.

[10] Un micro-documental de excelente factura sobre la histórica Editorial Nacional Quimantú como eje del proyecto cultural de la Unidad Popular se encuentra en www.youtube.com/watch?v=wDxEXqY6bJk El sitio de la actual Quimantú es www.quimantu.cl

[11] www.lom.cl/default.aspx

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