Pacarina del Sur
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Liberalismo y revolución: los georgistas argentinos y la revolución rusa[1]

Nos proponemos estudiar un conjunto de miradas sobre la revolución rusa y la evolución de la Unión Soviética que tienen como punto de fuga la adscripción al ámbito liberal georgista. Esta corriente desarrolló una línea de resignificación del proceso soviético, que integró el cúmulo de visiones de 1917 inscriptas en un esquema evolucionista del desarrollo de las sociedades.

Palabras clave: liberalismo, difusión, revolución, integración, soviet

 

¿Un liberalismo izquierdista?

El norteamericano Henry George fue inspirador una corriente económica que contó con cierta difusión, en distintos países del mundo, a comienzos del siglo XX. El georgismo era un reformismo anti-rentista tendiente a la abolición del latifundio, la propiedad estatal de la tierra y su arriendo a pequeños enfiteutas. Propiciaban la derogación de los impuestos al consumo y a la producción y su sustitución por una contribución sobre la propiedad inmueble rural y urbana. Eran firmes partidarios del libre comercio y la abolición de las barreras aduaneras. Postulaban cierto control estatal sobre los transportes, la banca y los recursos básicos en la línea de la tradición radical anti-trust norteamericana. Más allá de su discurso anti-monopolista eran defensores de la libre empresa y opositores del sindicalismo y las leyes laborales. En materia social proponían la promoción de planes de vivienda y la limitación de los altos alquileres. Era la utopía de un mundo integrado por campesinos, industriales esforzados y obreros casa-propistas. Una reedición del imaginario farmer y la tradición jefersoniana del auto-gobierno de las pequeñas comunidades.[3]

Las ideas de George comenzaron a difundirse en la Argentina hacia 1900. En 1902, el líder socialista Juan B. Justo criticaba la teoría georgista de la renta rural en un par de artículos publicados en La Vanguardia.[4] En el Congreso Internacional del Librepensamiento celebrado en Buenos Aires en 1906, defendieron posiciones georgistas el correntino Juan Balestra, el diputado socialista Alfredo Palacios y el ex-socialista, Nicanor Sarmiento.[5] Este último, difundió las ideas de H. George en la revista Universidad Popular y fue fundador de un efímero Partido Liberal que en 1907 participó de la huelga de los inquilinos porteños, siguiendo el principio georgista que consideraba al alquiler de las viviendas como una forma de renta espuria.[6] En 1916 se funda la Liga Argentina por el Impuesto Único, agrupación que difundió los escritos de George y de sus discípulos argentinos y extranjeros a través de su órgano, la Revista del Impuesto Único. En La Liga… estaba representado el comercio y la pequeña industria porteña y contaba entre sus dirigentes figuras de la vida política nacional (liberales, radicales, socialistas y hasta católicos-sociales).[7]

Las ideas georgistas tuvieron presencia en las Facultades de Ciencias Económicas y Derecho de la UBA, en la UNC donde contó con adherentes en la Reforma en 1918[8] y en la UNLP, donde tuvo un impacto muy fuerte entre profesores y estudiantes.[9] El georgismo tuvo incidencia en organizaciones agrarias formadas en varios puntos del país,[10] y en partidos representativos de las capas medias de la burguesía agraria: cantonismo, lencinismo y, especialmente, en los radicales rojos de Córdoba.[11]

 

La aurora de un mundo nuevo

El análisis de la revolución rusa en el espacio del liberalismo radical criollo, es inseparable de la repercusión que la guerra europea había tenido en nuestro país. En una franja ideológica que va desde sectores liberales avanzados hasta el “Socialismo de cátedra”, se llevaría adelante una lectura del proceso revolucionario soviético, como punto culminante de una crisis que preanunciaba una evolución del planeta hacia una etapa superior de la civilización.[12] Uno de los ejes centrales de estas visiones de Octubre es que lejos de concebir a 1917 como la escisión del mundo en dos bloques, como pasaría en el debate internacional años después, consideraban a la revolución bolchevique como parte de un proceso de integración gradual del mundo superando los estados nacionales y sus fronteras económicas.

Henry George (1839-1897)
www.homepage.ntlworld.com
En noviembre de 1918 la revista Nosotros, una de las tribunas del campo liberalsocialista y uno de los espacios de difusión del georgismo, publica un editorial consagrado al fin de la guerra europea. Este artículo, sin firma, redactado por el socialista R. Giusti, llevaba el título de “Nueva Era”, y en él se anunciaba el inicio de un proceso de adaptación de los sistemas económicos y políticos a una gradual convergencia hacia una sociedad mundial más justa e igualitaria. La ola revolucionaria que se desató como respuesta a las miserias de la guerra, impulsó el proceso de transformaciones hacia una etapa superior.

Surge una nueva concepción del Estado. Desaparece toda desigualdad legal entre los sexos. Se tiende a una repartición más justa de los bienes terrenales. Se traza un limite infranqueable a la degradación del nivel de vida de cada hombre. Lo mismo que sucedió con los códigos internacionales del siglo XIX, sucederá con los códigos civiles; muy pronto, sustituidos por un nuevo derecho, serán letra muerta. Y así la guerra no habrá sido solamente una sangrienta locura, sino, en el férreo determinismo histórico, un formidable impulso en la marcha que lleva a la redención del hombre.[13]

Esta línea de análisis tendrá fuerte continuidad. A comienzos de 1919, el joven filósofo cordobés Saúl Taborda, hombre de la Reforma Universitaria y simpatizante de las ideas de H. George, leídas en clave anti-capitalista, dio a conocer un artículo en donde analizaba la formación de la Sociedad de las Naciones. Para Taborda el nuevo orden mundial nacería de la acción de distintos sujetos políticos (W. Wilson y su política exterior, el liberalismo británico, los socialistas suizos, los bolcheviques y su política de fin de la diplomacia secreta). Según Taborda, se trataba de corrientes con objetivos diferentes pero no antagónicos. Lo que estaba en discusión era cuál sería la línea que imprimiría su impronta al nuevo mundo: la liberal radical o la socialista. Taborda tenía mayor simpatía por los maximalistas, en quienes veía los agentes de un proceso de cambio radical que prometía expandirse por todo el mundo. En un temprano intento de análisis de los documentos provenientes del  proceso ruso, comentaba la constitución bolchevique de 1918:

Constitución de emergencia, informada por la vieja táctica de un marxismo que admite y sufre rectificaciones, el despotismo del proletariado que ha impuesto particularmente la exclusión de las funciones gubernativas de las clases acomodadas a las que le ha privado de los derechos electorales, y el desarme de todos aquellos que pudieran tener interés en provocar una contrarrevolución, no podrá durar mas de lo necesario para que se arraigue y se consolide un nuevo orden de cosas. El despotismo como medida permanente sería incompatible con un movimiento cuya finalidad confesada es la de “suprimir la explotación del hombre por el hombre y hacer triunfar el socialismo bajo cuyo régimen no habrá divisiones de clase ni poder de estado.[14]

El estado de excepción revolucionario era un proceso inevitable. Taborda criticaba el etapismo de las corrientes socialdemócratas e insistía en que la historia se había calzado las botas de gigante. El huracán revolucionario arrasaría con las fronteras, las diferencias de clase, el oscurantismo, el  militarismo, la guerra y con “las aduanas y las barreras que han levantado en la frontera de las naciones la propiedad privada...”[15]

¿El socialismo haría realidad la integración del mundo que había quedado inconclusa en la etapa del capitalismo clásico? Esta idea sería desarrollada por el joven diplomático Arturo Orzábal Quintana, colaborador habitual de Nosotros y la Revista de Filosofía de José Ingenieros y uno de los analistas argentinos de la revolución rusa, con más continuidad. Su mirada sobre la situación política mundial tenía puntos de contacto con los discípulos menos ortodoxos de George. En mayo de 1920 Orzábal publicaba un artículo sobre el proyecto de la Sociedad de las Naciones. Para Orzábal, como para Ingenieros, la guerra europea había marcado el colapso de la modernidad capitalista como la vía de desarrollo hacia estadios superiores de la civilización. Además de sacar a la luz las miserias y la barbarie del viejo orden, la guerra había obligado a los estados a jugar un rol intervencionista en la economía y avanzar hacia acuerdos económicos internacionales. Por su lado, el experimento colectivista soviético representaba el embrión de una organización económico-social alternativa en relación a las conocidas hasta entonces.[16] Igual que Taborda, Orzábal creía que la acción combinada de las fuerzas progresistas de distintos puntos del planeta podía impulsar ese proceso. Este diplomático pensaba que todavía era posible una convergencia entre Woodrow Wilson y su política exterior con la acción revolucionaria de los bolcheviques.[17] Para Orzábal el proceso de socialización de la economía soviética, lejos de escindir al mundo en dos bloques, era funcional a la creación de un gobierno económico mundial, en el que los estados nacionales irían delegando funciones gradualmente:

Es cierto que ya existen organizaciones internacionales de la índole mencionada, tales como la Unión Postal Universal, La Unión Telegráfica, el Instituto de Agricultura, la Oficina Internacional del trabajo, etc. Dichas instituciones y las nuevas que deberán ser creadas para asegurar la solidaridad y la cooperación pacífica de los pueblos, no deberán estar subordinadas a la política internacional, como hasta ahora; por el contrario, deberán contribuir con sus representantes a la creación de una verdadera administración funcional de la sociedad de las naciones.[18]

El proceso de integración del planeta era producto de una evolución natural de la humanidad. En la etapa de la historia que concluía se había creado la base material para esta integración. Ahora faltaba que actuaran los sujetos capaces de concluir este proceso. En esa misma línea se inscribe un artículo de Nicolás Besio Moreno. Simpatizante heterodoxo de las ideas de George, Besio Moreno miraba la revolución rusa con un enfoque afín con los esquemas del grupo de intelectuales orientado por Ingenieros. Para Besio Moreno la revolución bolchevique es lo mejor “... de todo lo que la espantosa guerra reciente nos ha dejado”.[19] Besio Moreno criticaba a los gobiernos occidentales por no comprender los aspectos progresivos del bolcheviquismo. Ponía sus esperanzas en que el gobierno británico conducido por Llyod George pudiera encabezar en Inglaterra un proceso de renovación, sino tan radical como el ruso, convergente con éste en sus objetivos finales:

…se logrará la pacificación del mundo por el libre examen desapasionado a que se someta toda doctrina y toda concepción de la vida que se proponga asegurar la felicidad colectiva, y la igualdad entre los pueblos; no se obtendrá la armonía internacional con la clausura de los puertos y los gravámenes prohibitivos sino con un sentimiento de fraternidad que nos conduzca al sacrificio para aliviar la miseria ajena, antes que a la satisfacción egoísta de todos nuestros deseos.[20]

Este imaginario de la integración del mundo por obra de sujetos políticos que a lo largo del globo encarnaban las “nuevas fuerzas morales” se prolongaría hasta bien entrada la década de 1920, cuando ya se había producido la intervención de ejércitos imperialistas en la URSS y el gobierno bolchevique sufría el aislamiento diplomático de las potencias occidentales. Las ilusiones marchitas en la convergencia entre el gobierno de Wilson y los bolcheviques, se trasladaron a otros gobiernos burgueses. En 1924, Orzábal Quintana analizaba la victoria laborista en Gran Bretaña como el comienzo de una revolución pacífica que despojaría a la democracia inglesa de sus deformaciones clasistas e imperialistas. Favorable, en apariencia, al levantamiento de las reparaciones que pesaban sobre la Alemania de Weimar y crítico de la diplomacia secreta, el gobierno de Ramsay Mac Donald parecía el aliado natural de la URSS. Orzábal comentaba:

Celebramos, pues la diplomacia de sinceridad practicada por Mac Donald; pero veríamos con placer que sus nuevos apologistas tuviesen, a su vez, la sinceridad de recordar que el maestro de la nueva escuela ha sido el ilustre canciller de Rusia, Tchiterin.[21]

 

De la caída del despotismo al terror rojo

Mientras los georgistas más heterodoxos veían en la revolución rusa una parte importante de un proceso de integración gradual del planeta, otra imagen que generó un amplio consenso a partir de la caída del zarismo en febrero de 1917, fue la del derrocamiento del último absolutismo del mundo occidental. En los medios liberales aliadófilos, la caída de la autocracia fue vista como la liberación de la causa de la democracia, de un aliado incómodo. Este amplio consenso conservó vigencia, en la prensa liberal, hasta después de la toma del poder por los bolcheviques en Octubre y comenzó a encontrar sus límites con la firma de la paz separada en Brest-Litovsk y con las primeras noticias de la aplicación del terror sobre los opositores al gobierno revolucionario.

En noviembre y diciembre de 1917 encontramos los primeros análisis del Octubre ruso, debidos a un discípulo ortodoxo de George. El georgista hispano-argentino Cándido Villalobos era socialista y colaborador de La Vanguardia. A fines de 1917 publicó una serie de artículos en donde polemizaba con los observadores que acusaban a los bolcheviques de haber dado un pustch anti-democrático contra el gobierno de Kerensky. Villalobos interpretaba la toma del poder por los bolcheviques como un intento de recuperar el impulso transformador democrático que había presidido a la revolución de febrero y que el gobierno provisorio no había sabido darle continuidad:

Kerensky ofrecía la paz democrática, tierras para los campesinos y asamblea constituyente; pero que había que esperar y pelear entretanto. Y Lenine y Trosky aparecieron ofreciendo esas mismas cosas inmediatamente. Quizás un pueblo mas viciado por ideas convencionales no les habría hecho caso: les parecería imposible tanta sencillez y sospecharía algún gato encerrado. Pero, a lo que parece, elingenuo pueblo ruso habrá sencillamente pensado que el movimiento se demuestra andando.[22]

Saúl Taborda (1855-1943)
www.nodo50.org
Villalobos veía en el experimento bolchevique el relevo de las democracias clásicas en su tarea de impulsar el sistema político y económico mundial hacia un estadio superior. De simpatías aliadófilas, justificaba el abandono de la alianza por los bolcheviques como un intento de contagiar el espíritu pacifista a las masas alemanas y austro-húngaras. Al igual que Taborda, Orzábal, etc., señalaba la afinidad de la política exterior bolchevique con la diplomacia wilsoniana.[23] Villalobos abandonó la redacción de La Vanguardia y las filas del PS, cuando la dirección del órgano socialista censuró su encendida defensa del gobierno bolchevique. Luego de romper con la social-democracia “por izquierda” Villalobos pasó a convertirse en uno de los principales impulsores de agrupaciones georgistas en la Argentina.

A comienzos de 1918 la Revista del Impuesto Único, portavoz del georgismo ortodoxo, comentaba una carta de la feminista rusa Madame Breshkvsky, tomada de la prensa yanqui. El comentarista de dicha publicación  aconsejaba a los bolcheviques avanzar por la línea de reformas profundas pero graduales al régimen de la tierra. Justificaba el estado de excepción y el terror revolucionario como una reacción del: “...pueblo revolucionado y anarquizado por siglos de tiranía”.[24] Esta tensión latente entre la reivindicación de la revolución anti-absolutista y democrática y la toma de distancia respecto a la dictadura revolucionaria, irá acentuándose en la prensa liberal porteña en los primeros meses de 1918. La revista Atlántida, dirigida por el publicista georgista, Constancio C. Vigil, le dedicaría al proceso revolucionario ruso un lugar destacado en sus páginas. Liberal y aliadófilo, Vigil le reprochaba a los bolcheviques su deserción de la lucha por la democracia. Una ilustración aparecida a comienzos de 1918 mostraba a un bolchevique, sucio y desgreñado, le  yendo un periódico en donde se anunciaba la llegada de las tropas del káiser a las puertas de Petrogrado. La ilustración estaba acompañada por una leyenda que decía: “Ya se comienzan a palpar las consecuencias de la paz democrática de Brest-Litovsk”.[25] En abril de 1918, una serie de viñetas mostraban como sería Buenos Aires gobernada por los bolcheviques. En una de estas imágenes se veía a un grupo de empleados públicos desterrados a Ushuaia. En otra, un campo de concentración lleno de burgueses de frac custodiados por soldados barbudos. Más abajo se veía una tienda saqueada por una horda de mujiks. Otra ilustración representaba al gobierno de los bolches criollos como tres vagabundos que bebían y comían en abundancia, con los pies apoyados en un escritorio.[26] Una temprana aparición de los lugares comunes del “pánico rojo”; tal vez no del todo desconocidos por los porteños ya que podían evocar el miedo a la “barbarie anarquista” que había embargado a la opinión pública durante las huelgas insurreccionales de principios de siglo. Paradójicamente, en julio de 1918, al conocerse la noticia del ajusticiamiento de la familia imperial, un editorial de Vigil, sin justificar el hecho, criticaba a la prensa liberal por la excesiva pena que mostraba por la muerte del autócrata que había reprimido al pueblo en numerosas ocasiones.[27]

Por su lado, Revista del Impuesto Único seguía publicando, a fines de ese año, artículos en donde se interpretaba la dictadura revolucionaria como un estado de excepción inevitable y como una expresión de la ira de las masas sin tierra.[28] El agotamiento de este imaginario es inseparable del clima político y social que rodeó al país a partir de la Semana Trágica y la paranoia “anti-maximalista” que le sucedió. Un artículo aparecido en febrero de 1920 en el órgano del georgismo ortodoxo sintetizaba la transición entre el imaginario de la caída del despotismo y el imaginario del terror rojo:

Estamos viviendo un período de la historia que se asemeja mucho a la época que inmediatamente precedió a la revolución francesa. Hoy, como entonces, parece que las clases dirigentes y adineradas no se dieran cuenta del inminente peligro que a todos por igual nos amenaza, y en lugar de reconocer el hecho y aceptarlo como inevitable, tratan, por lo contrario, de agravar la situación, comprimiendo la misma y dando lugar a que la explosión sea más violenta y terrible.[29]

 

Apostillas georgistas a la colectivización

A lo largo de la década de 1920, publicaciones y autores georgistas llevaron adelante una estrategia de apropiación crítica del derrotero de la revolución bolchevique. Esta apropiación fue hecha en base al rico corpus que se formó alrededor de la experiencia rusa desde los primeros días de la revolución (libros de viajeros, reseñas de corresponsales en los grandes diarios, obras de dirigentes bolcheviques, publicación de documentos del gobierno soviético, etc.). Las principales obras de Lenin o el ABC del comunismo de N. Bujarin, ya se conocían total o parcialmente en la Argentina hacia 1920. En Buenos Aires, para ese entonces, varias publicaciones reproducían en sus páginas documentos provenientes del gobierno de la URSS (Documentos del Progreso, Revista de Filosofía, Suplemento de la Internacional, etc.). Así como este torrente de materiales nutría el debate de las izquierdas, también ofrecía elementos para su apropiación por grupos que tomaban al proceso ruso como una fuente de datos susceptibles de ser usados en favor de la legitimación de su propio modelo de desarrollo económico.

Al entusiasmo original de los georgistas por la reforma agraria en Rusia, siguió una pronta toma de distancia ante la colectivización de la industria y el control obrero de la producción, que serían tempranamente criticados por estos defensores de las relaciones armónicas y éticas entre patrones y asalariados. En julio de 1919, en una conferencia pronunciada en Córdoba, Cándido Villalobos comentaba una nota del ex-comisario de trabajo Larine en donde éste hablaba del fracaso del control obrero de la producción:

Y por último, un telegrama nos dice que el gobierno maximalista ruso acaba de declarar libre el comercio y la industria, es decir, que vuelva a haber patrones individuales, con lo que, según el telegrama, se notó inmediata ventaja en los precios y transacciones. Si esto se confirma, resultará que (como yo supuse en un escrito que anda por ahí) habiendo tratado los maximalistas de abolir la propiedad privada de la tierra, pero también socializar la producción, fracasarían en esta segunda parte de sus propósitos; y llegaríamos a que habiéndose propuesto realizar el marxismo, acababan, por sedimento de la experiencia, realizando el georgismo.[30]


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Este mecanismo consistente en citar la declaración de un funcionario soviético con críticas retrospectivas sobre tal o cual aspecto de la economía y de ahí sacar conclusiones generales sobre la orientación del proceso en su conjunto, será utilizado profusamente en las revistas georgistas. En una nota de la Revista del Impuesto Único en mayo de 1921, se utilizaba un discurso de Kameneff, citado parcialmente en una nota de  Álvarez Vayo, para La Nación, en donde el dirigente bolchevique hablaba de un proyecto de cooperativizar el comercio mayorista, y de permitir una instalación selectiva del capital extranjero. Como era previsible, el articulista de Revista del Impuesto Único anunciaba la inminente restauración del capitalismo en la URSS.[31] Esta estrategia de apropiación/resignificación de las distintas etapas de la política económica bolchevique, se apoyaba en la continuidad de la identificación básica de los georgistas con el Octubre ruso como un imaginario del progreso. La tensión entre la reivindicación de los orígenes antiabsolutistas de la revolución y sus aspectos agrarios y el rechazo a la colectivización de la industria esta expresado con claridad en la siguiente declaración, de fines de 1921, del grupo que hacía la revista georgista Tierra y Libertad:

Que no obstante simpatizar abiertamente por la revolución rusa, por cuanto han derrocado y extirpado de aquella nación el cáncer del zarismo, y aunque hemos adoptado para el título de nuestro periódico el lema de los nihilistas rusos “Tierra y libertad”, somos completamente opuestos a las doctrinas comunistas, en cuyo nombre y para cuyo fin fue hecho (sic) aquella revolución, porque sabíamos hace tiempo (y podemos probarlo), que el comunismo, lo mismo que el anarquismo, sindicalismo y cualesquiera otra forma de colectivismo, son doctrinas absurdas e irrealizables, aunque concebidas con la mejor buena fe por sus autores.[32]

De la misma manera que se había prestado atención a las noticias sobre los problemas del “comunismo de guerra”, los georgistas asistirían esperanzados a los cambios producidos durante la NEP. En enero de1922, El Liberal Georgista, órgano del efímero Partido Liberal Georgista liderado por Cándido Villalobos, comentaba un discurso de Lenin en donde el líder bolchevique hablaba del fracaso del control sindical sobre el aparato productivo.[33] En 1925, la Revista del Impuesto Único, reproducía un artículo publicado en La Vanguardia, del soviético A. Yocuv en donde éste explicaba el significado de la NEP.[34] A fines de 1926 un artículo del dirigente agrario georgista de Trenque Lauquen, Alfonso Vignau, hablaba de la recuperación de la agricultura soviética luego de la liberalización de la política agraria y el fin de la expropiación de las cosechas:

La intervención del gobierno en la producción, industria, comercio y trabajo, que caracteriza al comunismo, quedará paulatinamente eliminado y la acción individual en la más amplia libertad, reconocido como está en el nuevo derecho de propiedad a lo adquirido con el trabajo o capital. El sistema de gobierno llamase soviet, república, imperio originado, no modifica un ápice el fondo de la cuestión. Lo importante es que quede en pie la socialización del suelo al cual tienen derecho por igual todos los hombres que habitan tener, pagando los que lo usen, la renta al estado o comunidad, para quedar en igualdad de condiciones con aquellos que no lo usen.[35]

En 1927 Villalobos traduciría para Nosotros un artículo de un francés que había sido testigo de las rectificaciones en el agro soviético de mediados de los años 20.[36] Las noticias, contenidas en este informe, del restablecimiento de los arriendos y el reemplazo de las requisas por cánones pagados en dinero, fueron tomadas por Villalobos como una confirmación de sus pronósticos. Esta estrategia discursiva sobreviviría al fin de la NEP y empezaría a agotarse paulatinamente con la colectivización forzada y los planes quinquenales. Aún en 1931, el georgista Wilfredo Sola en una polémica con el socialista independiente Bernardo Sierra, anunciaba la evolución gradual de la URSS a una especie de semi-liberalismo, equidistante del colectivismo y el capitalismo clásico:

… el retorno, muy liberal, al ‘a cada uno según sus obras’, resuelto por Stalin. Por lo tanto, más propio que hablar de un pre-comunismo, sería hablar de un post-comunismo, neo-comunismo o como se quiera, ya que el neologismo elegido será en definitiva un disfraz para cubrir el evidente y fatal fracaso que el sistema lleva en su entrada.[37]

 

Entre el liberalismo y el socialismo

En los años 20, el posicionamiento ante el proceso soviético fue definiendo el itinerario intelectual de muchos hombres en cuya formación convergían elementos liberales y socialistas. En 1918 el joven Taborda publicó Reflexiones sobre el ideal político de América, en donde calificaba a George como uno de los autores más agudos sobre el problema agrario y se inclinaba a favor de la abolición gradual de los terratenientes sin expropiarlos. No obstante, elogiaba a la revolución agraria que se estaba produciendo en Rusia, dada las condiciones particulares de aquel país:

El maximalismo no ha alterado esta política; la ha ratificado añadiendo desembozadamente que la revolución tiene por objetivo fundamental el reintegramiento de la tierra al pueblo ruso y al mismo tiempo un ecualitario reparto de la riqueza.[38]

En 1921 publica un artículo en la revista Cuasimodo en donde toma distancia del gradualismo de George y su idea de la abolición del latifundio de forma pacífica. La ola revolucionaria que recorría el mundo obligaba a abandonar las falacias del etapismo y el reformismo. Aun más, desnudaba el carácter elitista y reaccionario de la partidocracia liberal y el parlamentarismo:

La revolución rusa ha sido posible gracias a la ausencia de derivativos parlamentarios que dejó expedido el camino de la violencia a la conciencia histórica del pueblo. La Duma fue ineficaz para canalizarla. Lo que la burguesía de la Europa occidental lamentará en todos los tiempos, es la tardanza con que llegará el régimen de Kerensky.[39]

Esta crítica a los partidos, motivada por el anuncio de la formación de un partido georgista (PGL) es llevada a las últimas consecuencias por Taborda, que carga contra los partidos de izquierda y le dedica un párrafo al reciente congreso de los Terceristas del PS, reunido en Bahía Blanca:

Las personas allí congregadas pueden creer con entera fe que el marxismo de Lenin es mejor que el de Carlos Kautsky, pero al no adherirse a la violenta internacional de Moscú, han obrado con la sobria prudencia con que debe obrar un partido que tiene menos compromisos con la doctrina que con los afanes de comité.[40]

Para Taborda las experiencias revolucionarias anti-capitalistas debían cumplir con las promesas inconclusas de la era burguesa. Prueba de esto es su interesante estudio a la política educativa en la URSS, escrito en 1932, a la que criticaba por la estricta subordinación del sistema educativo al poder político.[41] Lector de varios idiomas, Taborda parece haber estado mejor informado sobre la situación real en la URSS, que la mayoría de los analistas argentinos contemporáneos. El cordobés consideraba a la industrialización socialista en Rusia como la base de una nueva racionalidad industrial, superadora de la anarquía capitalista de la producción y sus consecuencias sociales:

La Nep admite trusts y sindicatos de Estado; sociedades de economía mixta; cooperativas; e industria privada. ¿No es suficiente? Acaso. Ya el plan Stalin acusa una hesitación al respecto, al relevar el propósito claro de destruir la nueva burguesía formada a favor del ordenamiento establecido. Pero, como quiera que sea, es innegable que dentro de la racionalización determinada por los puntos enunciados, campea la decisión de retornar al sentido unitario destruido por la economía manchesteriana.[42]

Taborda, como testimonio de su antigua filiación georgista, defendía la realización de una experiencia enfitéutica con la tierra pública argentina. En un artículo de 1932, tomaba como referencia para sus proyectos la tecnificación del campo ruso e incluía un balance de la efímera experiencia agraria de Bela Kun en Hungría.[43] Lejos del imaginario farmer, Taborda consideraba que uno de los principales logros de la experiencia rusa fue la superación del minifundio a través de las grandes granjas colectivas, que permitían el acceso de la masa del campesino a los principales insumos agrícolas (tractores). Al igual que la socialización de la industria, la colectivización del agro había sentado las bases de una nueva racionalidad económica, que permitirían resolver la anarquía capitalista.

V. I. Lenin
www.marxists.org
Taborda, que no adscribía al marxismo porque desconfiaba de su carácter universalista y materialista, consideraba a la obra de Marx como un alegato en favor de la reconstrucción del sentido unitario de la vida del hombre pre-capitalista. Para Taborda, que a comienzos de los años 30 postulaba un inclasificable nacionalismo anti-capitalista, Octubre era una hazaña del progreso. Pero no entendida como una carrera de postas en que el socialismo tomaba el relevo de las ideas de la civilización burguesa. Sino como la negación del capitalismo y la recuperación del orden comunitario anterior.

Un itinerario semejante fue el seguido por Arturo Orzábal Quintana. Como señalábamos más arriba, Orzábal había seguido con atención la política bolchevique del “fin de la diplomacia secreta”, a la que él consideraba una conquista que abrevaba en las mejores tradiciones del pensamiento diplomático moderno. Al igual Taborda y Besio Moreno, Orzábal consideraba que la política de Tchiterin y Trotsky estaban en la tradición de la Doctrina Drago. En un artículo de 1924 decía que la política de los bolcheviques se basaba en la construcción de un orden jurídico internacional sin guerras, tal como la habían concebido los naturalistas protestantes y Kant.[44] A mediados de la década del 20, Orzábal pasaría a analizar en detalle los cambios económicos en la URSS. En 1925 y 1926 dirigió la Revista de Oriente, que era el órgano de una Sociedad de Amigos de la URSS en la Argentina. En esta publicación Orzábal se ocupó, entre otros temas, de los sucesos de China y la participación del Komintern en los prolegómenos de la frustrada revolución de 1927.[45] Sin asumir la ortodoxia pro-moscovita que se estaba formando, Orzábal se había convertido en un entusiasta defensor del experimento anti-capitalista que se estaba desarrollando en las estepas eurasiáticas. Por ese camino se enfrascó en fuertes polémicas con Cándido Villalobos, que como vimos analizaba el proceso soviético en función de fundamentar su modelo georgista como una tercera vía entre el capitalismo clásico y el colectivismo. En 1926 en un número de Nosotros dedicado a José Ingenieros –muerto poco antes–, Orzábal ensalzaba la figura del autor de El Hombre Mediocre, como el primer defensor de la revolución bolchevique en la Argentina. Villalobos, colaborador de Nosotros, envió una carta a la redacción recordando los artículos pro-maximalistas que le habían costado su alejamiento de La Vanguardia. Orzábal le pidió disculpas por la omisión, pero no dejó pasar la oportunidad para insinuar que de los artículos de Villalobos no se acordaba nadie.[46] Este diplomático que había sido integrante de la Unión Panamericana promovida por Ingenieros, se sumó con posterioridad a la Alianza Continental, una agrupación que defendía la política de estatización del petróleo iniciada por el gobierno de Yrigoyen. A la vuelta de un viaje por la URSS –a mediados de 1928– polemizó con Villalobos alrededor del presupuesto soviético y la rentabilidad de las industrias estatizadas. En esa misma polémica Orzábal realizará una definición doctrinaria. Luego de su conocimiento directo de la realidad soviética, Orzábal dejó de adscribir al marxismo, aclarando que seguía defendiendo la política del gobierno soviético como un modelo de desarrollo nacional autónomo.[47] En 1929 la Alianza Continental editó un folleto suyo en donde hacía una encendida defensa de la nacionalización del petróleo en la URSS.[48]

 

Revolución y anti-estatismo liberal

Los georgistas, al igual que otros grupos liberales radicales, contenían en su corpus, un horizonte utópico en el que se avizoraba la abolición gradual del estado, en el sentido que lo había planteado H. Spencer, cuyo pensamiento había influido en H. George. La instalación en 1917-1918 de un imaginario de la integración del planeta, alentó también la idea de una democratización radical de las estructuras estatales. En marzo de 1919, el profesor Ernesto Nelson, georgista heterodoxo de izquierda, contestaba a una encuesta de una revista yanqui sobre las consecuencias de la guerra. Según Nelson los estados nacionales dejarían paso a estructuras comunales, en donde se superaría la democracia representativa y su remedo de soberanía popular:

El orden social dependerá más de las sanciones de la opinión pública en comunidades donde las relaciones de vecindad son estrechas o íntimas que de las abstracciones de la ley que pretende legislar en zonas dilatadas de espacio y de tiempo.[49]

Este anti-estatismo liberal también  se manifestaría en algunos intentos de apropiación de las experiencias de democracia directa en la revolución rusa y en otras experiencias revolucionarias. Este recorte cultivado por Ingenieros y el grupo de colaboradores de la Revista de Filosofía, no incluirá al georgiano ortodoxo que había tomado distancia del colectivismo y la “dictadura de las masas”. No obstante, encontramos algunas expresiones georgistas en donde se expresa una vaga idea de la evolución hacia una especie de estado comunal. Y, tal vez, es en este terreno en donde puede empezar a comprenderse la participación de liberales georgistas en revistas de extrema izquierda como Insurrexit, que se definía como “comunista antiparlamentaria” y en donde colaboraban Cándido Villalobos, Ernesto Nelson y el novelista Arturo Capdevila.[50] O en la revista anarco-bolchevique Cuasimodo, en donde Villalobos intentaría convencer a los libertarios de las bondades de la escuela de H. George.[51] Señalemos que en 1918, en La Plata, círculos anarquistas organizaban debates controversiales, pero fraternos, con los georgistas de la capital de la provincia.[52] Es interesante destacar que hacia 1924, en un medio fuertemente hostil a las huelgas y al movimiento obrero como el del georgismo, se podían encontrar elogios a las huelgas de los obreros ingleses contra los planes intervencionistas en la URSS de su gobierno.[53] La idea de la crisis de los estados nacionales, fuente de guerras y un obstáculo a la integración del planeta, era uno de los cordones umbilicales que seguían uniendo a los georgistas con el entusiasmo original que había despertado la revolución en 1917.


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En un artículo de 1923, también Orzábal analizaba las huelgas inglesas y norteamericanas y opinaba que las masas estaban negando la obediencia elemental a sus gobiernos en su política de agresión. ¡A menos de una década de la “Unión Sagrada” los trabajadores paralizaban con sus huelgas a los ejércitos blancos! En esa misma nota analizaba las transformaciones en la estructura de poder en la URSS. Citaba discursos de Lenin y Trotsky en el Tercer Congreso de los Consejos Económicos y apoyaba la teoría de la extinción gradual del estado en la medida que se extinguieran las antiguas clases dominantes. Según entendía Orzábal, el futuro estado soviético sería un estado sindicalista que abdicaría de sus funciones coercitivas y estaría coronado por un Consejo de la Economía Nacional que organizaría la producción. A nivel mundial se formaría un Estado Federal económico,[54] como el que había anunciado en su artículo sobre la sociedad de los pueblos. Pero –pese a su asimilación de la ortodoxia bolchevique– no concebía a los soviets como el gobierno de las masas armadas. Esto se ve con claridad en su artículo sobre “Las instituciones representativas funcionales” en la URSS (1925). Siguiendo la línea de análisis de la democracia soviética que habían desarrollado Ingenieros, A. Bunge, etc., planteaba que los consejos permitirían hacer real la representación de la soberanía popular de la cual el parlamentarismo no había sido el vehículo adecuado:

Los que, en nombre de la soberanía del pueblo, rechazan el concepto de la representación funcional, se hallan dominados, sin saberlo, por un individualismo arcaico que sólo ve el individuo y al estado, sin tomar en cuenta la poderosa realidad de las organizaciones gremiales. Se llega así a colocar al individuo, aislado e impotente, frente al estado todopoderoso, frente a una mayoría numérica omnipotente y tiránica.[55]

La democracia representativa había fracasado, no porque fuera de manera intrínseca una ficción encubridora de la dominación de clase. Su fracaso se debía a que el parlamentarismo no había logrado transformarse en un instrumento efectivo de la representación popular. El estado liberal se había convertido en el botín de camarillas partidarias capaces de neutralizar la presión del cuerpo electoral. Orzábal explicaba que, en la URSS, sólo a nivel local existía algo parecido a una democracia directa.[56] La democracia funcional era la posibilidad de constituir una verdadera representación de las grandes “funciones sociales” en vez de la masa anónima e indiferenciada.

Hacia fines de la década del 20, el imaginario anti-estatista de los grupos liberales radicales había encontrado sus límites, y si se encontraba alguna expresión de él, no era en referencia a la URSS y su sistema político. En 1930 se fundó en Buenos Aires una agrupación georgista que acentuó los elementos anti-estatistas. El Partido Nacional Georgista planteaba la lucha por “...un estado mínimo tal como sostiene Spencer y enseña George...”[57] Este “Estado Mínimo” no contraería deuda interna, ni externa, no fijaría el valor de la moneda, no tendría bancos, ni educación pública y el único recurso fiscal con que contaría sería el canon cobrado a los enfiteutas públicos. Con el tiempo se aboliría completamente el Estado Nacional y sólo quedarían los gobiernos municipales. Por su parte, el ex-georgista Taborda daría a conocer en 1932 su programa del “comunalismo federalista” en donde junto con la lucha por el arriendo de la tierra fiscal, proponía la constitución de un estado que fuera una Federación de Comunas que decidirían por voto popular la guerra y la paz, y toda decisión importante.[58] Pero la experiencia histórica en la que se inspiraba Taborda ya no era la de los soviets de Petrogrado, sino la de la tradición del municipio indiano colonial.

 

Conclusiones

Alrededor de la revolución de febrero y la toma de poder por los bolcheviques en Octubre se construyó un consenso en base a las siguientes proposiciones: a) la revolución en el  ex-imperio ruso significaba la caída del último absolutismo y preanunciaba la derrota de los imperios centrales; b) el fin de la guerra traería un proceso de gradual integración del mundo por medio de la abolición de las barreras aduaneras, los acuerdos supranacionales entre los países y un nuevo rol de los estados en la planificación de la economía; c) los sujetos que encabezarían este proceso serían fuerzas de distintas identidades políticas, capaces de impulsar un cambio radical en los sistemas políticos, económicos y éticos de todo el orbe. O sea de encarnar las “nuevas fuerzas morales”, según la terminología epocal.

Al igual que en otros ámbitos pertenecientes al espacio liberal radical[59] en el georgismo este consenso inicial encontró sus límites con las primeras noticias del terror rojo. En las publicaciones georgistas durante 1918-1919 convivían, con distinto peso especifico, las miradas que justificaban el estado de excepción, con otras que caricaturizaban el “saqueo” bolchevique. Esta tensión va a ir resolviéndose luego de la Semana Trágica y el pánico anti-maximalista que envolvió al país. En la estrategia del georgismo ortodoxo el miedo a la “guerra social” se asoció a una legitimación de las tesis de George como una tercera vía capaz de superar la antinomia capitalismo/colectivismo.

Un momento clave de esta estrategia se desarrolló alrededor de la NEP, en la cual los georgistas creyeron ver una vuelta a la empresa privada con control estatal de los recursos, los transportes y el crédito y un sistema de propiedad estatal eminente de la tierra arrendada a labradores que recuperaban su capacidad de vender y comprar en el mercado. Por otra parte, es muy sugestivo que en un ámbito de fuerte presencia del comercio y la pequeña industria porteña como La Liga... y su órgano Revista del Impuesto Único se le prestara particular atención a las noticias que anunciaban la vuelta del comercio minorista ruso a manos de particulares o consignatarios. Por arbitrarias que pudieran parecer estas lecturas, nos interesa destacar que la simultaneidad caótica que tuvo la recepción en el medio porteño del corpus documental del proceso soviético, favorecía que cada cual tomara la parte que más le interesaba y la evaluara de forma subjetiva y descontextualizada. Por ejemplo, la mirada de Octubre como un impulso a la integración mundial por el libre comercio, amén de que ser una supervivencia del esquema decimonónico de la integración económica del planeta ¿no podía haber sido retroalimentado por la lectura de algunos tempranos textos bolcheviques como el ABC del comunismo de Bujarin, en donde se hacía una crítica del proteccionismo, por sus efectos sobre el consumo y como expresión de la guerra aduanera de los países imperialistas? No olvidemos que la izquierda criolla abrevaba en una larga tradición anti-proteccionista y que hasta fines de la década de 1920 el PCA defendió posiciones librecambistas. Como marco de la estrategia de apropiación del proceso revolucionario, en el georgismo siguió existiendo una adscripción a la idea de la revolución como un hecho básicamente progresivo (caída del zarismo, agrarismo radical, rechazo al intervencionismo imperialista, etc).

La contra-cara de la lectura de la revolución por el georgismo ortodoxo, la constituyen los itinerarios de intelectuales que evolucionaron al ritmo de la interpretación del proceso revolucionario. El itinerario recorrido por Taborda y Orzábal –socialismo liberal-anticapitalismo revolucionario-nacionalismo de izquierda–, es un testimonio del cúmulo de imaginarios que atravesaron el campo intelectual de izquierda en la Argentina de entreguerras. Mientras los georgistas buscaban la legitimización de su modelo como etapa superior del capitalismo, Orzábal y Taborda con su adhesión al experimento anticapitalista buscaban recuperar una línea evolutiva que la modernidad capitalista había dejado de encarnar. Ya sea que esto fuera entendido como el advenimiento de “las nuevas fuerzas morales” o como el rescate del “sentido unitario de la vida en el mundo pre-capitalista”. El agotamiento del imaginario de la revolución como hazaña del progreso, se manifestó en la obra de Taborda y Orzábal en la adscripción a paradigmas que veían en el rescate de las raíces culturales de los pueblos y la autonomía de las naciones, la posibilidad de superar los valores de la civilización burguesa. Lejos había quedado el optimismo que anunciaba el advenimiento de la definitiva integración del planeta.

La salida a la luz de cierto horizonte utópico anti-estatista representa una de las derivaciones más curiosas del impacto de la crisis revolucionaria de posguerra en el liberalismo radical. La resignificación de los soviets como una etapa superior de la democracia liberal o la idea del debilitamiento del poder coercitivo de los estados por los movimientos de solidaridad internacional representó un tangencial punto de encuentro entre el ámbito georgista y el campo intelectual de izquierda en los primeros años de la década de 1920.

 


Notas:

[1] Este trabajo fue presentado en las II Jornadas de Historia de la Izquierda del CEDINCI (2002)

[2] (ISP Joaquin V González/CCC/CECIES)

[3] Fink, León; “El radicalismo obrero en la edad dorada, hacia una definición de una cultura política”, en AA.VV., Trabajadores y conciencia de clase en los Estados Unidos, Bs. As., Cántaro, 1990, p. 148.

[4] Justo, Juan B.; El Impuesto al privilegio, Bs. As., La Vanguardia, 1913 (recopilación de los artículos de 1902).

[5] De Lucía, Daniel Omar; “Laicismo y cientificismo en una gran capital”, en Buenos Aires, 1910. Un imaginario del progreso, Bs. As., Eudeba, 1999, pp. 195-205.

[6] De Lucia, Daniel Omar; “Los librepensadores argentinos. Radiografía de una corriente política.(1890-1916)”, en Pensar Buenos Aires. X Jornadas de Historia de la Ciudad de Bs. As., Bs. As., MCBA, 1994, p. 296.

[7] “Propaganda georgista”, en Revista del Impuesto Único, noviembre de 1924, p. 62. Con la lista de adherentes de la Liga Argentina por el Impuesto Único.

[8] Biagini, Hugo; Filosofía americana e identidad, Bs. As., Eudeba, 1987, p. 243.

[9] Biagini Hugo (comp.), La Universidad de La Plata y el movimiento estudiantil desde sus orígenes hasta 1930, La Plata, EUNLP, 1999.

[10] Denegri, Luis; “Agitación agraria de La Pampa. Años 1912-1919”, en Revista del Impuesto Único, junio de 1924; pp.273-276.

[11] Denegri, Luis, “El Georgismo y la política”, en Revista del Impuesto Único, febrero de 1920, pp. 4-5.

[12] De Lucía, Daniel Omar; “La Revolución Rusa como un imaginario del Progreso. Un imaginario social en la Argentina de entreguerras”, en Herramienta, nº 5, primavera-verano de 1998, pp. 27-41.

[13] Giusti, Roberto, “Nueva Era”, en Nosotros, noviembre de 1918, pp. 469-470.

[14] Taborda, Saúl, “La Sociedad de las Naciones”, en Nosotros, noviembre de 1918, p. 164.

[15] Ibidem, p. 177.

[16] Orzábal Quintana, Arturo, “La futura sociedad de los pueblos”, en Revista de Filosofía, mayo de 1920, pp. 351-352.

[17] Ibidem, pp. 326-331.

[18] Ibidem, p. 335.

[19] Besio Moreno, Nicolás, “Resonancias morales de la revolución mundial”, en Revista de Filosofía, mayo de 1920, p. 347.

[20] Ibidem, p. 347. Subrayado mío.

[21] Orzábal Quintana, Arturo, “La Nueva ideología política”, en Revista de Filosofía, mayo de 1924, p. 362.

[22] Villalobos, Cándido, Evitemos la guerra social, Buenos Aires, Tor, 1919, pp. 237-238.

[23] Villalobos, Cándido, Evitemos la guerra social, op. cit.; y Villalobos, Cándido, “Los sucesos de Rusia y la política de la guerra”, en La Vanguardia; 26 de noviembre de 1917, pp. 204-214.

[24] “Lo que pasa en Rusia”, en Revista del Impuesto Único, enero de 1918, p. 21.

[25] “Ya se están palpando las consecuencias de la paz democrática de Brest-Litovsk”, en Atlántida; 21 de marzo de 1918; s/p.

[26] “Si en Buenos Aires gobernaran los bolcheviques”, en Atlántida, 11 de abril de 1918; s/p.

[27] “La muerte del ex-zar”, en Atlántida, 4 de julio de 1918, s/p.

[28] Burgos, Juan P., “Maximalismo”, en Revista del Impuesto Único, oct./nov./dic. 1918, pp. 37-39.

[29] “1917-1920”, en Revista del Impuesto Único, febrero de 1920, p. 6.

[30] Villalobos, Cándido, Nuestro Feudalismo, Córdoba, Imprenta Argentina, 1919, p. 21.

[31] “Para que lean nuestros comunistas”, en Revista del Impuesto Único, marzo de 1921, pp. 234-235.

[32] Tierra y Libertad, 3 de diciembre de 1921; reproducido en Revista del Impuesto Único, diciembre de 1921, p. 24.

[33] “Acontecimientos de Rusia. Factores de la vuelta al sistema capitalista”, en El Liberal georgista, 5 de enero de 1922.

[34] “La situación económica de la Rusia de los soviets”, en Revista del Impuesto Único, marzo de 1925, pp. 184-186.

[35] Vignau, Alfonso, “Rusia hacia la enfiteusis de Rivadavia”, en Revista del Impuesto Único, diciembre de 1925, p. 82.

[36] Delaisi, Francisco, “El reparto de las tierras en la Rusia soviética”, en Nosotros, enero de 1927, pp. 72-82; trad. De Cándido Villalobos.

[37] Solá, Wilfredo; Georgismo (liberalismo izquierdista), Buenos Aires, Gasperini, 1931, p. 170.

[38] Taborda, Saúl, Reflexiones sobre el ideal político de América, Buenos Aires, 1918, p. 93.

[39] Taborda, Saúl, “El reformismo georgista”, en Cuasimodo, abril de 1921; reproducido en Taborda, Saúl, La crisis y el ideario argentino, Santa Fe, ISDLUL, 1933, p. 124.

[40] Ibidem, p. 123.

[41] Taborda Saúl; Investigaciones Pedagógicas, Córdoba, Ateneo de Estudios Filosóficos, 1953; Tomo I, Cap. IX: “La docencia soviética”, pp. 147-167

[42] Taborda, Saúl, La crisis y el ideario argentino, op. cit., p. 56.

[43] Taborda, Saúl, “El problema agrario”, en Taborda, Saúl, La crisis y el ideario Argentino, op. cit., p. 116.

[44] Orzábal Quintana, Arturo, “Kant y la paz perpetua”, en Nosotros, abril de 1924, pp. 441-457.

[45] Orzábal Quintana, Arturo, “Hacia la libertad de China”, en Revista de Oriente, julio de 1925, pp. 4-5; y “El momento mundial y las luchas de Oriente”, en Revista de Oriente, octubre de 1926, pp. 4-5.

[46] Orzábal Quintana, Arturo, “Sobre la revolución maximalista en la Argentina”, en Nosotros, febrero de 1926, pp. 162-163.

[47] Orzábal Quintana, Arturo, “La verdad sobre el presupuesto de los soviets”, en Nosotros, mayo de 1928, pp. 203-215.

[48] Orzábal Quintana, Arturo; Los soviets y el petróleo del Cáucaso; Bs. As., Edición del Consejo Ejecutivo de la Alianza Continental, 1929.

[49] Nelson, Ernesto, “¿Cuál será la consecuencia más trascendental de la última guerra?”, en Nosotros, marzo de 1919, pp. 301-302.

[50] Nelson, Ernesto, “Las grietas de la casa. Falsa cultura”, en Insurrexit, mayo de 1921, s/p; y Capdevila, Arturo, “La Tierra”, en Insurrexit, diciembre de 1920, s/p.

[51] Villalobos, Cándido, “Discusión sobre el georgismo”, en Cuasimodo, 14 de julio de 1921, pp. 12-13.

[52] Varón, Manuel, “El movimiento georgista en La Plata”, en Revista del Impuesto Único, julio de 1918, pp. 22-23.

[53] “¡Todos contra la ley de jubilaciones!”, en El Liberal georgista, 25 de abril de 1924.

[54] Orzábal Quintana, Arturo, “La crisis del Estado”, en Revista de Filosofía, marzo de 1923, pp. 231-235.

[55] Orzábal Quintana, Arturo, “Las instituciones representativas funcionales”, en Revista de Filosofía, enero de 1925, p. 23.

[56] Orzábal Quintana, Arturo, “Las instituciones representativas funcionales”, op. cit., pp. 27-29.

[57] Brion, Antonio, “Bases para un partido georgista”, en Claridad, 27 de diciembre, de 1930, s/p.

[58] Taborda, Saúl; “Temario del Comunalismo federalista”, en Ciria, Alberto y Horacio Sanguinetti, Los reformistas, Bs. As., Jorge Álvarez, 1967, pp. 307-315.

[59] De Lucía, Daniel Omar; “Luz y verdad. La imagen de la revolución rusa en las corrientes espiritualistas”, en El Catoblepas, nº 7, septiembre del 2002, edición electrónica: www.nodulo.org/ec

 

 

[div2 class="highlight1"]Cómo citar este artículo:

DE LUCÍA, Daniel Omar, (2012) “Liberalismo y revolución: los georgistas argentinos y la revolución rusa”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 10, enero-marzo, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 7 de Abril de 2020.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=385&catid=9[/div2]

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