Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 

Pacarina del Sur se suma a los actos de recuperación de la memoria de los movimientos de la juventud: el centenario de la Reforma Universitaria (Córdoba, 1918) y el cincuentenario de sus procesos de crítica y resistencia en tiempos de la Guerra Fría en diversos escenarios continentales. 1968 tiene muchos rostros y memorias juveniles por rescatar.

 
Pacarina del Sur
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La modernidad y su espejo roto. Comentario al libro Goethe y el despojo de Armando Bartra[1]

Carlos San Juan Victoria

 

El libro Goethe y el despojo de Armando Bartra se coloca de cara a un grave riesgo.  La modernidad actual en su vertiginoso andar dirige al planeta hacia un abismo. Destraba toda contención de individuos y colectivos para que sus deseos más elementales se sacien y renazcan multiplicados y puedan, si es el caso,  comerse literalmente al mundo. Vive sembrando la muerte en la ecología del planeta,  prospera en las industrias de guerra, crece en la clonación de la vida, el mercadeo y manipulación del agua, y  las tierras, mientras  avanza sin freno  hacia el aire y el mar. Es el despojo pero es más que el despojo, es la amenaza a la vida  humana y natural y  coloca al planeta frente al abismo de la extinción.

Como a fines del siglo XVIII la modernidad actual hechiza a los letrados con su promesa prometeica. Hay  un culto a la modernidad al que no escapan los medios masivos, las elites, los partidos, la cultura y  las academias. Y un lamentable olvido de una gran herencia crítica surgida desde su origen y que tenaz le ha acompañado. Bartra va contra  su época, aún peor, va contra las izquierdas y los marxismos que tienen como artículo de fe que esta forma histórica de  modernidad en algún momento liberará  y regará  bienestar a las poblaciones. Y para engrosar un poco el restringido número de los críticos consistentes, trae a cuento a otro polígrafo como él, un hombre que trasciende su  época, el siglo XVIII, cuando nace esta modernidad  y quien  receló  de su poder a pesar de asombrarse ante sus obras, un peso pesado de la cultura,  romántico  y clásico a la vez, Goethe.

 

La parábola de la Modernidad

El Fausto de Goethe  le atrae a Armando Bartra pues, nos dice, ahí se creó una parábola de la modernidad vigente hasta nuestros días.  En esa su obra de toda la  vida Goethe  narra cómo  Fausto emprendedor y su consejero y ejecutor Mefistófeles deciden ganarle tierras al mar, imaginan futuros de prosperidad, ambicionan el control de tierras ya ocupadas por campesinos, y en sus intentos por desalojarlos, resultan incinerados una pareja de ancianos, Baucis y Filemón.  Los dos lados de la modernidad, su promesa prometeica de mejorar la vida y los destrozos que provoca se revelan como mancha de origen que le acompañan hasta ahora, como lo muestra la revuelta de individuos, barrios y pueblos contra el tsunami empresarial que hoy desaloja  en México y el mundo a miles, a millones, de personas.

Goethe ilumina el momento cuando un Fausto ansioso e inquieto le pide a Mefistófeles que quite de en medio al par de ancianos. No puede aceptar su tozudo enraizamiento y hace una elección que arroja consecuencias inesperadas: el asesinato y la quema de la choza, la culpa que invade al Fausto emprendedor, su intento por arrojar la responsabilidad a los ejecutores, la visita de cuatro viejas justicieras, las furias de los griegos antiguos, que lo condenan a la ceguera. Armando Bartra recupera la historia mexicana del pueblo de Salaverna en el norte de Zacatecas donde la empresa Carso de Carlos Slim destruyó la traza urbana pues está ubicada en los límites de la  más grande mina de oro de las existentes a la fecha. A cambio les ofreció Nuevo Salaverna, un conjunto de habitaciones de interés social. Y di  cen dos viejos del pueblo, don Humberto y don Etanislao, “Ese señor, con tanto dinero, cree que puede borrar un pueblo a su antojo (…) Pero nosotros no dejaremos el lugar donde nacimos y crecimos, donde tenemos nuestro patrimonio” (p. 48).

El despliegue triunfal del capitalismo tiene momentos de elección en manos de sus impulsores, llámense Carlos Slim, el presidente en turno o los contratistas consentidos.  Son los momentos en que optan por el despojo y desatan violencias inauditas. No son las fuerzas impersonales del Capital o el Estado, hay individuos concretos sobre los que recae la responsabilidad histórica de provocar el desastre y el dolor.   Esta modernidad frenética cosificada en capital, tecnología y burocracias muestra de la peor manera su condición humana, ese paso al endiosamiento del hombre apresado por la fiebre de la avaricia, insaciable, siempre insatisfecho, inquieto y con prisa, que acumula poder sobre  las personas y la naturaleza. En opinión de este comentarista, se alude entonces al  viaje a las tinieblas que realizó de manera inesperada  la secularización y la ilustración y la psicología profunda de los grandes predadores, los Emprendedores Forbes.

Traigo a cuento una pequeña historia que ilustra este viaje al horror que se realiza de manera cotidiana actualmente para construir la modernidad insaciable. Las minas que contienen coltán en la República Democrática del Congo, mineral imprescindible para la fabricación de celulares y tablets, impulsaron a la vez que el crecimiento vertiginoso de su mercadeo y sus precios, la  competencia por los  territorios susceptibles de contar con  el mineral. Despertaron  espirales de violencia donde viejos y nuevos agravios  alimentaron guerras entre ejércitos regulares así como   guerras tribales y la implantación de la esclavitud en las minas, y se recurrió al desalojo de poblaciones mediante mercenarios que recurrieron al canibalismo como viejo ritual de dominio y de terror de unas etnias sobre otras. Dicen que el mejor amigo del hombre ya no es el perro, es el celular, pero cuidado, trae su entraña regada en sangre.

 

La era de la crueldad progresista

Bartra enlaza los variados  hilos que hacen posible esa falta de contención, ese momento de decisión sin mediación ética. Denuncia al mal disfrazado de razón o necesidad histórica que fabrican ciertos letrados para minimizar o justificar  un único camino de dolores masivos para que transite la modernidad desbocada.  Advierte que esa ausencia de contención construye la subjetividad, la emoción y la razón, la vigilia y el sueño de los hombres cautivados o atrapados en sus redes. Hace posible que se considere normal y aceptable la prepotencia de la ciencia y la técnica dirigida por la avaricia y el poder. La omnipotencia del ego para saciar sus deseos. Al Predador como magister vitae. Bartra somete a  crítica al complejo tejido de subjetividades que construye y deconstruye esta forma de modernidad, y que consagra la ilusión de un Yo unitario que controla todo el escenario de la historia, capaz de domeñar las fuerzas de Natura y sus furias psíquicas.

Para Bartra todos estos hilos se anudan en una cultura de época que nos habita silenciosa y eficaz, la era de la “crueldad progresista”, la absorción de Eros en Tánatos, donde la cultura interioriza al mal.

 

Los muchos recursos de la contención y el cambio

Goethe fue un hombre  excepcional y tensado  como  todo humano por sus propias contradicciones. Un entusiasta del progreso técnico que amaba sembrar y pasear por su  bosque de tilos. Estaba convencido de que la revolución francesa marcaba el inicio de otra época en la humanidad pero se integró al ejército de su empleador el duque de Weimar en la santa alianza contra el ejército popular francés. Fue un convencido de la libertad pero combatió contra la República de Maguncia, primera Polis democrática en suelo alemán.  Todo ello platicado por el mismo Goethe  en un pequeño libro. Pero ese hombre incierto y  vacilante como cualquier otro, pudo intuir amarres poderosos ante la modernidad desatada.  

Su culto al vértigo de la transformación tecnológica que cautivaron su época (El Canal de Suez, un canal en el Istmo de Tehuantepec) no lo cegó ante las evidencias que le arrojó su trabajo como naturalista. La vida camina de manera lenta, paciente, morosa. La ciencia que tanto le atrajo no era capaz de atrapar a una naturaleza que apenas se mostraba para ocultarse. Y aun así revelaba que la humanidad era apenas una parte de gigantescas y complejas totalidades orgánicas, luego llamadas ecología, que entonces empezaron  a sospecharse. A su manera, le puso límite a la prepotencia científica y tecnológica y a los poderes que le alimentan.

Por esas rendijas se asomaría el  Otro radical, el objeto sumiso de la modernidad arrogante: los subalternos europeos,  los esclavos coloniales,  la Naturaleza a la mano para su uso desmedido. Desde su origen hasta el presente  los mundos plurales  de vida de la existencia humana (Jürgen Habermas) le pelean  el escenario de la historia a quien quisiera ser su único actor, la modernidad. Y los códigos culturales de estos mundos de vida, más del 80% de la población del planeta tierra, se colocan en una pluralidad de ritmos de la existencia, educada en los largos, lentos y continuos procesos donde cada lugar humano se pliega  y adapta a la naturaleza.

Y la otredad irreductible, la naturaleza como geología y vida orgánica, ahora también se estremece y manda señales para abrir un diálogo intenso con los humanos. Desde el año 2000 la inquietud de dos científicos, Paul Crutzen y Eugene Stoermer los llevó a formular la idea de un tiempo humano que afectaba de manera poderosa a la vida del planeta. En 2002 Paul Crutzen, premio Nobel por el descubrimiento del agujero de ozono, lo sintetizó así:

Aaa “Los seres humanos, sugirió, se han convertido en una fuerza geológica poderosa, tan es así, que es necesario designar una nueva época geológica para describir  con  precisión  este  desarrollo.  Esta  nueva  “época  de  los  seres  humanos”,  el  Antropoceno,  comenzó  con  la  Revolución  industrial  a  finales  del  siglo  XVIII.  La humanidad  seguirá  siendo  una  fuerza  ambiental  predominante  durante  miles de años”[2]

 

El sueño de Prometeo se convierte en la pesadilla de Tánatos. La praxis humana potenciada empezó a afectar la totalidad orgánica e inorgánica del planeta en una escalada creciente y  espeluznante, sus huellas más terribles prefiguran los escenarios de la extinción masiva. La modernidad se miraba en su espejo a fines del siglo XVIII, recién encantado por el fulgor prometeico de su obrar, y sin duda era la más bonita aunque con una mirada ambigua. Ahora su espejo esta roto, su identidad cautivadora huele mal,  y por sus fisuras se alcanza a ver el principio del abismo al que se dirige.

Una evidencia para bajarle los humos a esa prepotencia de la modernidad tiene que ver con el devenir en serio.  La época del Antropoceno es una micra en el tiempo del mundo. El 99.9 del tiempo de la hominización se hizo en cierto tipo de tratos entre el hombre y la naturaleza,  de violencias, cierto,   pero también de mutuas adaptaciones. En una brizna de ese caudaloso tiempo se asienta la modernidad y  sus letales poderes, apenas un archipiélago de finas y agresivas membranas sobre los masivos músculos de los mundos de vida y de una naturaleza herida.  Habrá que apelar a ellas, a todas las reservas del pensamiento crítico de las modernidades surgidos con ella y a lo largo de su vida,  y a una constelación de contemporáneos  nacidos en otros siglos para crear los caminos alternos que nos saquen de esa autopista de alta velocidad que corre  ciegamente al abismo.

En 1936 Elías Canetti dirigió unas palabras a su querido amigo Hermann Broch con motivo de su quincuagésimo aniversario. En su discurso señaló que cada época necesita de sus escritores imprescindibles. Aquellos  que husmeaban lo mismo en la alta cultura que en toda representación cultural. Polígrafos como Goethe, Canetti, Bartra.  Capaces de ir contra su época. Y que  gracias a sus facultades intelectuales pueden dibujar un fresco unitario de su mundo.  Imprescindibles pues nos revelaban los grandes estruendos, las detonaciones profundas que a veces señalaban los quiebres del tiempo, las fracturas en  los cimientos de las sociedades. Goethe y el Despojo es un libro congruente con  toda la obra de Armando Bartra, uno de los autores que ayudan a comprender a fondo la naturaleza destructora y constructora de la modernidad, el tiempo de la “crueldad progresista”.  Pero también  el riesgo y la aventura de los caminos alternos. Por todo ello es  uno de  los imprescindibles de nuestra época.

 

Notas:

[1] UAM X – Ítaca.

[2] Citado por  Helmult Trischler. “El Antropoceno. ¿un concepto geológico o cultural, o ambos?”. Desacatos (México),  CIESAS, núm. 54, mayo-agosto, 2017, pp. 41.

 

Cómo citar este artículo:

SAN JUAN VICTORIA, Carlos , (2018) “La modernidad y su espejo roto. Comentario al libro Goethe y el despojo de Armando Bartra”, Pacarina del Sur [En línea], año 9, núm. 35, abril-junio, 2018. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Sábado, 20 de Octubre de 2018.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1622&catid=12

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