Del anticolonialismo al antiimperialismo: gestación de un movimiento en resistencia

Of anti-colonialism to anti-imperialism: pregnancy of a resistance movement

De anti-colonialismo anti-imperialismo: a gravidez de um movimento de resistência

Sandra Guadalupe Inacua Gómez

RECIBIDO: 18-09-2015 APROBADO: 25-10-2015

 

Mientras se producía el engrandecimiento norteamericano, generado en lo general por el desarrollo económico dando un salto cualitativo de ser el granero del mundo al primer país industrial, en buena medida debido a los avances suscitados en materia tecnológica llegando a la producción en masa de manera vertiginosa, siendo desplazado el trabajo del hombre por la maquinaria en las fábricas, superándose con ello los niveles de precisión en la producción y por ende la cantidad elaborada de productos en un mínimo de tiempo. Además de la producción en gran escala otro factor que contribuye a la fortuna amasada por importantes propietarios norteamericanos, es el dinero que tiene un rol prioritario en este proceso para la modernización de las fábricas y del país en su conjunto; por lo tanto la libre empresa abre paso a la constitución de los monopolios (1880), había llegado el momento de la necesaria asociación de empresas del mismo ramo para el fortalecimiento de la actividad y aumentar las ganancias, un claro ejemplo se puede observar en la creación de la Compañía de Carnegie[1], fabricante de acero. A éste periodo se le conoce como la Edad de los Grandes Negocios, conformándose grandes trust del país como la Standard Oil Company, American Sugar Refining Company, entre otros al amparo del gobierno de Washington. El papel que en adelante desempañarían estas corporaciones trasnacionales en la actividad político-económica no sólo del país, sino a nivel internacional será definitorio, pues en connivencia con el Estado y los principales bancos se vuelven protagonistas de la toma de decisiones.

En medio de esta vorágine de prosperidad imperialista comienza a sentirse los primeros signos tanto al interior del país como al exterior que exhibían abruptamente la otra cara del imperialismo, ocasionados por la dinámica del modelo capitalista, manifestándose en la agudización de la pobreza de las mayorías, distanciamiento irreconciliable entre las clases, explotación de los recursos humanos y naturales, acumulación del capital en manos de un grupo muy reducido de hombres, obstrucción del derecho a la libertad y la soberanía en otras naciones. Contradicciones que ahondan cada vez más las diferencias, marcando una línea tan invisible y a la vez infranqueable entre las clases y entre los países avanzados y los subdesarrollados, donde la acumulación del capital termina por rebasar los límites del Estado Nación y la autodeterminación de los mismos era prácticamente anulada.

Es este escenario de claros-obscuros aparece la crítica al modelo bajo la corriente antiimperialista como un movimiento de resistencia, para mostrar desde distintas trincheras y formas los contrastes de esa realidad prevaleciente. La organización como clave única para hacer frente al predominio norteamericano; no obstante, para emprender este camino se necesita de una transformación en el imaginario colectivo de estos grupos colocando los anhelos en un lugar predominante de la lucha; en este sentido, la utopía se torna en impulsor de cambio económico, político y social al que aspiran. En esta concepción filosófica se perciben elementos de algunos de sus precursores, como la aspiración de Platón a una organización social perfecta; o de Tomás Moro, quien describe a la sociedad ideal, nombrándola la Isla de Utopía,[2] en cuyas instituciones albergan leyes justas que permiten un gobierno donde prive la igualdad de condiciones, es decir donde haya una repartición equitativa de la riqueza; lo cual sería impensable mientras exista la propiedad privada, de ahí la necesaria abolición de ésta, como único camino para terminar con la miseria de los demás. No obstante la claridad de estas definiciones, resulta más útil, para efectos de la propuesta antiimperialista, el concepto manejado por Karl Mannheim por su aporte objetivo desde una perspectiva sociológica. Él define la utopía con las siguientes palabras:

Sin embargo, no deberíamos considerar como utópico cualquier estado de espíritu que es incongruente con la inmediata situación y la trasciende (y, en este sentido, se “aparta de la realidad”). Sólo se designarán con el nombre de utopías aquellas orientaciones que trascienden la realidad cuando, al pasar al plano de la práctica tiendan a destruir, ya sea parcial o completamente, el orden de cosas existente en determinada época.[3]

La construcción de la utopía inspira a la acción social del colectivo y ello sólo es posible por la opresión vivida por determinados sectores de la sociedad, es decir existe siempre un factor-causa para aspirar a cambiar la situación preexistente. La utopía de la libertad es un asidero que se torna en un objetivo a perseguir.

A partir de sus propias circunstancias estos sectores comienzan a hacer uso de la organización, la producción literaria, el panfleto, la prensa escrita, la oratoria, los espacios públicos, etc. como formas de expresión mediante las cuales el antiimperialismo inauguraría la lucha por liberarse de las ataduras del modelo político-económico norteamericano, en este andar descubrirán el campo de poder que resguarda todo un engranaje representado por estas prácticas imperialistas tanto al interior como al exterior.

 

El antiimperialismo en Estados Unidos

La historiografía norteamericana refiere el comienzo del siglo XIX, como el inicio de un incipiente movimiento de organización laboral, marcando la ruptura entre la clase empleadora y los trabajadores por desacuerdo de intereses[4] a causa principalmente de la expansión del mercado con la entrada al país de gran cantidad de mercancías manufacturadas inglesas a bajo costo, lo que implica la competencia desleal con los productores nacionales, quienes se ven obligados a reducir los costos en el mercado y al mismo tiempo reducir los salarios, afectando con esta medida el costo real de los jornales. Las sociedades gremiales de los trabajadores artesanos, zapateros, toneleros, impresores, sastres y carpinteros intentaron defender en forma aislada los niveles salariales y conservar las condiciones de trabajo ya ganadas. Pero pronto comprenden que sólo a través de las alianzas podrían hacer frente a la expansión mercantil, por lo que en 1827 constituyen la primer Unión de Asociaciones Gremiales de Mecánicos, la primera organización en el mundo que fusiona a toda una ciudad al albergar en su interior a quince sociedades del Estado de Filadelfia. Al siguiente año le sigue la fundación del primer partido de trabajadores a nivel mundial, sucediéndoles otros en cada Estado, además de la creación de la prensa laboral de contenido obrerista.

Es así como la organización sindical se da en respuesta al avance del desarrollo capitalista, y es en esa búsqueda de mecanismos adecuados para defender sus demandas laborales que ven la luz las primeras uniones sindicales de gran envergadura. La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (1869) fundada en Filadelfia por un pequeño grupo de sastres, con el tiempo cobijaría a trabajadores con un perfil heterogéneo, experimentados (zapateros, obreros del vidrio, hierro, impresores) y otros no tan diestros en su ocupación; en tanto los únicos requisitos para ingresar a sus filas se cubrían al ser mayores de 18 años y percibir un salario o que en algún momento lo hubieran ganado;[5] la Federación Norteamericana del Trabajo –AFL- (1881) fundada por Samuel Gompers, Adolph Strasser y P. J. McGuire, conformada por la Federación de Gremios y Uniones Laborales de los Estados Unidos y Canadá; finalmente los Trabajadores Industriales del Mundo –IWW- (1905); aunque las diferencias entre estas dos últimas organizaciones son notorias. En los diversos programas diseñados por estas agrupaciones se delinean propósitos y misión a seguir; en cuyo contenido se percibe desde el elemento idealista, pasando por el reformismo hasta cruzar por una propuesta revolucionaria. El en caso de la Orden de los Caballeros del Trabajo no se plantean otro propósito que no fuese el elevar la dignidad del trabajador por medio de la cooperación, educación y organización. No existe ningún apartado que mencione las diferencias existentes entre los intereses de los trabajadores con los dueños del capital, por el contrario, establecen su intención de no entrar en conflicto con estos últimos al reconocer la relación intrínseca entre ambos en el proceso de producción. Con esta posición los líderes del Orden pretendían conciliar dichos intereses en aras del bien humanitario.


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Por su parte, la AFL es una organización gremial, aunque fue más selectiva con sus miembros, admite únicamente a obreros calificados, tiene una visión más funcional de la situación y en el programa positivista establece el interés por el mejoramiento inmediato de las condiciones laborales, mediante el aumento de salarios, la reducción de la jornada de trabajo y mejores condiciones. La palabra futuro no entra dentro de su lenguaje, éste era sustituido por el logro diario. Su pensamiento se enmarca en la siguiente frase: “un jornal justo por una jornada de trabajo justa.”[6] Lema que deja entrever el conocimiento sobre la dinámica del capitalismo y las consecuencias hacia el sector laboral, pero prefiere velar por las mejoras inmediatas y conservar el estatus servil con el capital, obteniendo pequeñas ventajas en su modo de vida. Cree en la negociación con los empleadores a fin de resolver sus demandas y no se propone la creación de ningún partido en representación de los trabajadores, más bien pretende trabajar con los partidos ya conformados.

En 1894 Estados Unidos vive uno de los acontecimientos más importantes de la historia del movimiento obrero con el estallido de la huelga en Pullman Company, en Illinois, una próspera empresa dedicada a la fabricación de vagones para ferrocarriles; la cual funda una ciudad para sus trabajadores. La huelga es desatada en rechazo al despido de aproximadamente un tercio de los obreros de la compañía y el anuncio de la reducción salarial entre el 25 y 40 por ciento de los restantes; mientras los alquileres de viviendas y los precios de los almacenes se mantenían sin sufrir descuento alguno. Como George M. Pullman no quiso negociar con los obreros, Eugene V. Debs,[7] presidente de la American Railway Union (constituida en 1893), en apoyo a los huelguistas ordena a sus afiliados el boicot a los vagones Pullman, pero los jefes del ferrocarril se resisten a desenganchar los vagones, entonces la Unión Ferroviaria lanza un llamamiento a una huelga nacional, la cual en poco tiempo paraliza todo el sistema ferroviario del país. La huelga genera tal incertidumbre entre el empresariado ferroviario al grado que se orquesta la complicidad entre las fuerzas armadas y los tribunales de justicia para coartar el derecho a huelga y así liquidar el movimiento.[8] Debs y otros líderes terminan en la cárcel, acusados por desacato. Con ello se sienta el precedente para la clase empresarial sobre la eficacia de estos métodos para inhibir la lucha obrera. A pesar del desenlace de la huelga resulta aleccionador para el movimiento, ya que en perspectiva la huelga representa un avance en términos organizacionales y demuestra el impacto que podrían causar contra el sistema económico del país.

En el tiempo que Debs permanece entre los muros de la cárcel, seis meses, tiene su primer acercamiento con los escritos de Marx, lo que le lleva a abrazar las ideas socialistas; convirtiéndose a la postre en uno de los representantes del socialismo norteamericano, además su nombre quedaría inscrito en la historia del movimiento obrero. Comprende que en la lucha de clases existen complicidades entre el capital y el aparato de justicia; por ello al salir de la cárcel proclama ante miles de asistentes la importancia del voto para liquidar al gobierno capitalista, abriendo la opción electoral como medio de acción política para emprender la lucha contra el capitalismo; para la concreción de esta idea funda el Partido Social-Demócrata (1897) y el Partido Socialista (1900), quienes lo postulan en cinco ocasiones, de 1900 a 1920, como candidato presidencial. Califica al capitalismo como nocivo, injusto e inhumano en su propia naturaleza por lo que había llegado a su fin:

(…) El capitalismo ha cumplido su misión, de la clase capitalista ya no puede controlar las fuerzas productivas, ni la gestión de la industria, ni dar empleo a los trabajadores. Y por lo que la misión histórica de este movimiento es abolir el capitalismo, basado en la propiedad privada, y reconocer la sociedad sobre una base de la propiedad colectiva de los medios de producción y distribución. Este cambio esta llegando tan cierto como estoy en su presencia. Vendrá tan pronto como esté listo para ello, y usted estará listo para ello tan pronto como usted entienda lo que significa el socialismo[9].

Como el capitalismo se basa en la propiedad privada, entiende que este tipo de propiedad ha mantenido al trabajador en una relación de dependencia económica hacia el poseedor de los medios de producción y de su lugar de trabajo, mientras es éste quien produce directamente la riqueza pero permanece sumido en la pobreza. Ante tal situación parece impostergable la transformación de la propiedad privada en colectiva y sólo el socialismo posibilitaría este cambio. Para Debs el socialismo representaba un medio regenerador de la sociedad, era la vía para hermanarse con la causa de la clase obrera, esto se lograría a través de la unidad de clase contra el capitalismo, siendo ésta la única oportunidad para emancipar y fortalecer el movimiento. En este sentido, hace una fuerte crítica hacia la labor emprendida por la AFL a partir de la organización gremial, argumentando que dicha Federación impide la unificación real de los trabajadores mediante el divisionismo gremial y la negociación de los líderes con los explotadores, en tanto que los trabajadores se convierten en presas del sindicalismo gremial; por lo cual demanda la conformación del “sindicalismo industrial”[10], una organización de todos los trabajadores que haga frente al sistema hasta derribarlo, liquidando la esclavitud salarial y asumiendo los obreros el control del gobierno.

Así, las ideas socialistas comienzan a penetrar entre los sectores laborales hasta la radicalización de la lucha obrera, influencia que es acompañada de liderazgos procedentes de las mismas filas de los trabajadores como el caso de Debs, aunque también surgieron entre sectores intelectuales. Ideas que marcan las conductas organizacionales, estrategias, programas, causas y objetivos del movimiento, incluyendo el lenguaje adoptando nuevos conceptos, en cuyo contenido se respira la rebeldía al sistema prevaleciente. Es un cambio de mentalidad que los conduce a la formación de una identidad propia y la consolidación del movimiento para las próximas décadas.

Otro intelectual que coadyuvó en esta labor fue Daniel De León,[11] quien asimila los conceptos de Marx y los aplica al contexto norteamericano, convirtiéndose en el máximo exponente del marxismo en el país por su labor teórica y organizacional; es reconocido por su contribución a la historia del socialismo como un científico marxista[12]. Evocando la dialéctica marxista, De León logra plasmar en sus escritos la naturaleza del capitalismo desde la raíz estructural dentro de los principios económicos que refuerzan el modelo capitalista y sus efectos colaterales. Sostiene que la misión del capitalismo es organizar el mecanismo de producción que la riqueza requiere, lo que implica conseguir una ardua vida de trabajo dedicada a la producción de lo necesario y para ello se requería “guardar el orden.”[13] El capitalismo promulga leyes para la protección de un interés contra el otro, convirtiéndose en una especie de árbitro que regula las condiciones de lucha de la sociedad capitalista; en consecuencia las leyes emitidas se relacionan no sólo con aquello que afecta a los intereses de los negocios, la banca, corporaciones, etc., sino también a la intimidad familiar. Leyes que por su incompatibilidad con el proletariado se volvieron en su contra hasta convertirse en su propia lápida.  

Mientras –según sostenía-, la clase obrera al verse en esta situación de desventaja debía suplir estas carencias con otro tipo de herramientas como la educación sobre su propio valor de clase y la disciplina, esencial en el acompañamiento de la conciencia de clase. Una conciencia que los llevaría a entender lo indispensable de la Unión en América para la emancipación de la clase obrera, la cual debía edificarse por sí misma a través de la organización política y la organización industrial para agrupar la producción y la revolución al mismo tiempo. Una organización integral que garantiza la posibilidad de construir una base socialista, proceso que inevitablemente implica el trastocamiento del sistema. Para una mejor comprensión a cerca de este cambio De León crítica severamente al reformismo pequeño-burgués en un escrito titulado Reform or Revolution, donde esclarece los fines de cada uno de estos conceptos al decir: “El socialista no hace reformas, somos revolucionarios. Los socialistas no se proponen cambiar formas, nosotros no nos preocupamos por las formas. Queremos un cambio del interior del mecanismo de la sociedad.”[14] Diferencia estos conceptos tocando temas centrales de la sociedad norteamericana: La cuestión del Estado, la base materialista y la lucha de clases; mediante los cuales se admite la prevalencia de vicios en el orden existente; y las modificaciones a futuro considerando que el socialismo ha tomado conciencia de los mismos. El Estado deja de cumplir sus funciones de represión que ha desempeñado para contribuir en la dirección, organización y asistencia de la producción. El socialismo sabe que los movimientos sociales se dan a partir de las necesidades materiales, no obstante, la lección que le deja la historia a los socialistas es que dichos cambios se construyen bajo el principio del desarrollo moral en equilibrio con el conocimiento científico. Y por último, el socialismo reconoce la existencia de la lucha de clases, cuya dificultad se da por la cuestión económica que divide los intereses de la clase propietaria y el proletariado. Por ello desprecia las acciones reformistas que sólo sirven de señuelo y no dan una solución real al origen del conflicto.

La organización industrial de la clase obrera aludida por el marxista se concreta en 1905, cuando a lado de Debs, entre otros, funda el IWW (Trabajadores Industriales del Mundo), el “gran sindicato industrial” convocado por Debs en un principio, pero definido en su totalidad por Daniel De León; constituyéndose como un movimiento universal que aglutina a todas las industrias con el fin de formar una organización económica capaz de controlar toda la maquinaria de la producción; para cuando se logre el triunfo político, los socialistas contaran con la fuerza para defender la victoria, ya que el voto electoral por sí mismo no era una garantía para conservar el triunfo obtenido. O sea, unificar la organización política y la organización industrial tenía un doble objetivo: prevenir cualquier intento del capitalismo para desactivar alguna acción que atentara contra la estabilidad del sistema y la liberación del yugo capitalista.            

Los IWW, bajo la dirección de Haywood, defienden el unionismo revolucionario, marcando en el documento constitutivo las diferencias irreconciliables existentes entre la clase trabajadora y la clase propietaria, por lo que no había concesión a la negociación con aquél sector. Hace un llamado a la clase trabajadora para liquidar el capitalismo y asumir el control de la tierra y los medios de producción. Su lema se sintetiza con la frase: “Abolición del sistema de jornales.”[15] A diferencia de la AFL acepta en sus filas a los obreros experimentados y no experimentados. Está en contra de las directrices impulsadas por este organismo al favorecer los acuerdos con los empleadores y buscar soluciones inmediatas; en tanto los IWW persiguen la conquista final del trabajador sobre el capital, convirtiéndose ésta en su misión principal, o sea, la edificación total del sistema. El programa tiene aceptación entre aquellos trabajadores víctimas del sistema, quienes se ven identificados con el sentimiento revolucionario transmitido por los postulados de los IWW. Precisamente por el radicalismo de su programa son combatidos y perseguidos hasta que en 1924 prácticamente desaparecen del escenario.


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Al margen de la radicalización de la clase trabajadora en contra del modelo económico, por esos años, antes de finalizar el siglo, sobresale otro eje de análisis sobre las percepciones del imperialismo desde dentro y las distintas reacciones hacia su dinámica externa, derivadas por algunos acontecimientos que resultan definitorios en la ampliación de las desavenencias con la conducción de la política interna. Acontecimientos fundamentados en el papel de agente invasor del país hacia otras naciones, algunos sectores de la sociedad se revelan ante el término de la etapa aislacionista que había venido practicando Estados Unidos. De ahí que la participación del país en la guerra hispano-norteamericana, así como la intervención en la guerra de liberación en Filipinas son los detonantes que marcan la gestación de un movimiento antiimperialista en su interior criticando ambas acciones, las cuales van en contra de los valores democráticos que dan origen a la independencia del país, faltando con ello a los principios establecidos por la Declaración de Independencia, en cuyo contenido apunta el derecho de los gobiernos a gobernar bajo el consentimiento de su pueblo. En este sentido se dirigen los argumentos emitidos por personalidades reconocidas en el ámbito político-económico del país: Andrew Carnegie, William J. Bryan, Cleveland, Shurz, etc., quienes alertan sobre el riesgo que representa la conducción de una política intervencionista al exterior del país, evocando su propia lucha liberacionista como un legado para el colectivo nacional y extranjero. En un inicio se tiende a politizar el movimiento al servir de plataforma electoral en las elecciones de 1900, cuando Bryan contiende contra Mckinley, del Partido Republicano, quien al final resulta vencedor de la contienda. T. Roosevelt en plena campaña como vicepresidente se encarga de combatir a los antiimperialistas, argumentando la misión civilizatoria que tienen ante sí con pueblos incapaces de gobernarse por sí mismos (Cuba, Filipinas), aduciendo que únicamente a fuerza de bayonetas podrían realizar esa noble labor, dice al respecto: “el bárbaro sólo cede ante la fuerza.”[16]

Esta alerta no solo congrega al sector empresarial y político, también llama la atención del campo intelectual, cuyo margen de crítica se extiende a la producción literaria, ensayística, periodística y la práctica organizacional para referenciar la naturaleza del fenómeno imperialista, además edifica los cimientos de lo que vendría a ser el motor de lucha entre los sectores más oprimidos de la sociedad en las próximas décadas del siglo XX. Una de las figuras de este movimiento corresponde al escritor norteamericano, Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), mejor conocido bajo el seudónimo de Mark Twain,[17] reconocido por sus grandes novelas: Las aventuras de Tom Sawyer, El príncipe y el mendigo, Las aventuras de Huckleberry Finn, entre otras; su labor antiimperialista que emprende a finales del siglo XIX y principios del XX es una faceta poco mencionada en su trayectoria. Se asume como revolucionario y antiimperialista, al declarar: “Yo soy antiimperialista, y nunca aceptaré que el águila imperial pose sus garras en ningún país extranjero.”[18] Una postura que lo conduciría a ejercer una crítica mordaz contra los actos intervencionistas de la nación, intentando ahondar más allá de una mera política imperial, sobre la naturaleza del hombre, criticando el darwinismo – teoría en la que siempre había creído-, la cual considera que el hombre representaba una elevación sobre los animales inferiores; y argumenta que tal vez era momento de suplir dicha teoría por una nueva donde el hombre significa un descenso respecto a los animales superiores, debido a que el hombre es el único animal capaz de cometer un acto de despojo de territorio hacia el más débil utilizando la fuerza y el derramamiento de sangre.[19] El anglosajón es una expresión fehaciente de tal caracterización de la raza humana hasta llegar a enorgullecerse y practicar una doble moral: la pública y la privada[20]; la primera, cargada de emotividad y hermandad; la otra, era la moral real practicada día con día.

            Bajo estas ideas se funda la primera Liga Antiimperialista de Estados Unidos, en 1898, con sede en Boston. Twain asume la vicepresidencia del órgano, durante su gestión se fundan algunas sucursales en otros estados del país. Entre las actividades que desarrollan se encuentran la publicación de panfletos, artículos y la organización de actividades políticas en la prensa, provocando un acercamiento con los obreros del país para buscar su apoyo a las causas que abanderan los antiimperialistas. En un principio la misión de esta organización es la denuncia sobre las consecuencias de la Guerra hispano-norteamericana, resaltando las incompatibilidades del idealismo de la independencia norteamericana con la política expansionista. A estas denuncias se van sumando con el tiempo las tropelías cometidas por las incursiones norteamericanas en Filipinas, China, el Congo, Cuba y Nicaragua; expresiones fehacientes de las prácticas neocoloniales del gobierno norteamericano. Sin embargo, centran su energía al caso de Filipinas por la brutalidad que se imprime a esa guerra de liberación, convirtiéndose en el eje fundamental de la lucha antiimperialista. Una guerra que divide opiniones incluso entre sus miembros hasta llegar a ser un factor que fractura la organización. Unos consideran la guerra como inevitable para que la isla terminará a manos de los estadounidenses, en tanto otros sucumben ante el falso argumento de “ayuda desinteresada” del país a los pueblos que luchan por su liberación del yugo español.

Durante su existencia la labor emprendida por la Liga no rebasa el terreno de las propuestas y la crítica contra el anti-intervencionismo y anticolonialismo en los asuntos internos de cualquier país extranjero, su activismo siempre va dirigido en ese sentido, promueven el derecho a la autodeterminación de cada nación para elegir a sus gobiernos y el tipo de gobierno que más conviniera a sus intereses. Twain y los integrantes de la Liga estaban convencidos que las prácticas imperialistas acabarían con el proyecto de nación que había surgido después de la guerra civil,[21] aunque esta idea atrajo a un sector de la sociedad norteamericana no fue suficiente para prolongar la existencia de la organización, debido a que la Primera Guerra Mundial se encarga de contradecir estos augurios, dándole a Estados Unidos la primer posición a nivel mundial. Por otro lado, hombres como Carnegie que habían apoyado el trabajo de la Liga terminan por distanciarse, pues en realidad su antiimperialismo es meramente transitorio y obedece a intereses proteccionistas por el costo que implica a su clase en términos monetarios cualquier tipo de anexión. La Liga se disuelve en 1921 cuando contaba con 75 000 integrantes, en sus inicios llega a albergar aproximadamente 23 000 miembros[22].

Efectivamente, la Primera Guerra Mundial trae consigo una reconfiguración en la geografía europea y un nuevo orden en el equilibrio mundial con Estados Unidos a la cabeza, como la primera potencia hegemónica. Una redefinición que se hace posible debido a las cuantiosas ganancias que implica la guerra para el comercio norteamericano, antes y después de ésta y al desgaste de las principales potencias europeas hasta entonces. Durante la guerra este país americano es el único con la capacidad para proveer de los requerimientos necesarios a los países que se debatían en la batalla: aumento de producción en armamento bélico, productos manufacturados y alimentos. Al final del conflicto Europa queda devastada con grandes deudas a cuestas, además de los créditos solicitados para la reconstrucción de las naciones; países que al final terminan con un fuerte déficit en sus arcas nacionales mientras el gobierno norteamericano se convierte en el gran acreedor del momento. El vencedor de aquella guerra inter imperialista es el gobierno yanqui concentrando todo el poder industrial, comercial, financiero y militar en una sola nación.

Empero, la actuación de Estados Unidos en el conflicto bélico es motivo de crítica al interior del país, debido a la actitud netamente utilitarista que sobre el problema europeo muestran sus dirigentes, olvidando la calidad humana ante este tipo de desastres. Situación que pronto es exhibida por Louis Fraina,[23] intelectual socialista, discípulo de Daniel De León, un cuadro importante en el periodo de entreguerras del Comintern y en la evolución del comunismo dentro del país, quien en un ensayo llamado Imperialismo Americano denuncia la barbarie con la que se conduce el gobierno norteamericano ante el crimen bélico que vivían los países europeos y con un lenguaje crudo llama la atención al respecto:

América se aisló en su monstruosa y egoísta satisfacción; permaneció fría ante la tragedia de un mundo en ruinas; mientras con la generosidad de puercos que se revuelcan en su propia superabundancia, los Americanos arrojaban unos cuantos huesos de caridad a la Europa que se moría de hambre (con cálculo de negocios y malicias que excluían a Rusia).[24]

La guerra le brinda la oportunidad al país de obtener la primacía financiera en el mundo y gozar de una superabundancia que rodea al país en los últimos años de la guerra; lo cual, al parecer, resulta transitorio y las consecuencias de la sobreproducción pronto se dejan sentir, ya que el grandioso desarrollo que experimenta la industria se detiene hasta paralizarse prácticamente, mientras que poco más de la mitad de los buques mercantes permanecen inactivos; ocasionando la disminución del comercio exterior hacia Europa para 1921, en un 50%; provocando una seria crisis económica y el aumento desmesurado de desempleo, porque a pesar de haber una demanda de productos en Europa, no había dinero para pagar. Situación que el gobierno norteamericano pretende capitalizar a su favor para extender a Europa su hegemonía industrial y financiera, mediante la extensión de créditos a largo plazo[25] y la adquisición de empresas en aquellos países endeudados. No obstante a la crisis por la que atravesaba el imperialismo norteamericano, no merma el predominio que ha alcanzado allende los mares, descrito por Fraina como el “coloso con los pies plantados firmemente sobre América Latina, que con una mano trata de asir a China y Asía y con la otra a Europa.”[26] En cuya relación América Latina es la base del imperialismo por su control comercial, industrial, financiero, militar y la necesaria posesión de los recursos naturales sobre la región; indispensable a su vez para extender su dominio hacia el resto del mundo.

Luis C. Fraina. El imperialismo americano
Imagen 3. Luis C. Fraina. El imperialismo americano. Biblioteca Internacional, México, s/f. (Biblioteca Vicente Lombardo Toledano)

La obra de Fraina se ve influenciada por los escritos marxistas, la coyuntura internacional de la época: la Primera Guerra Mundial y el triunfo de la revolución rusa; además el conocimiento que adquiere al vivir en el corazón del imperialismo y la observancia de la práctica política hacia América Latina. Para el intelectual la existencia del imperialismo se avizora como el factor condicionante de la revolución proletaria. El Imperialismo no sólo era la extensión de su poderío; significa la última etapa del capitalismo,[27] una concepción coincidente con la postura de Lenin, o sea, representa el fin de la supremacía del capitalismo. El imperialismo se vuelve la tendencia unificadora de las peculiaridades del sistema capitalista: la cuestión industrial, financiera y militar, a fin de evitar el colapso del modelo económico. Un modelo que se desarrolla al amparo de la explotación de los países no desarrollados basado en la exportación e inversión de capital, la existencia de una masa de trabajadores con bajos salarios y el control político de las naciones donde se invierte; control que constituye el mecanismo del capitalismo monopolista al convertirse el gobierno imperialista en garante del orden y la estabilidad de las inversiones de los capitalistas en los países menos desarrollados. Por tanto, el capital financiero se encuentra vinculado inherentemente a la política del imperialismo,[28] para alcanzar sus objetivos como el aseguramiento de la cuestión económica y la monopolización de las materias primas. Objetivos que hacen del imperialismo una fuerza necesariamente beligerante, pero al mismo tiempo demuestra la vulnerabilidad del sistema en crisis a punto del colapso, lo que lo convierte en una etapa transitoria al socialismo. Debido a que el desarrollo económico de la sociedad capitalista genera antagonismos de intereses entre el trabajo y el capital que desembocan irremediablemente en la lucha de clases para derrocar al capitalismo, donde el proletariado se perfila como el portador de esta lucha. Pues, el socialismo -afirma Fraina- debe fundamentarse en la lucha de clases y ésta implica “la lucha activa, agresiva, contra el capitalismo y por el Socialismo.[29] Ya entonces, Fraina denota la importancia de una modificación en la conciencia del proletariado revolucionario cuando señala como factor determinante la adquisición de la conciencia de clase moral e intelectual, un proceso de concientización que debe ser entendido dentro de las propias relaciones laborales capitalistas, determinantes a su vez de un proletariado unido, organizado y disciplinado que busca la transformación del Estado y la administración de la industria, aspira a un auto-gobierno por los trabajadores. Su ideología de izquierda lo lleva a fundar en 1919 el Partido Comunista de América y a trabajar en pro del movimiento socialista y comunista del país y de América Latina en su conjunto.

La penetración de las ideas marxistas permite un desarrollo del pensamiento antiimperialista de estos intelectuales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, junto con la clase obrera norteamericana abrieron paso a las ideas socialistas como una alternativa para luchar contra el imperialismo rampante de esa época e instaurar el socialismo, un modelo alterno al capitalismo. Conceptos que van perfilándose a una certidumbre cada vez más real en la medida de que los sucesos marcan la historia.

 

El pensamiento antiimperialista desde América Latina

El apetito territorial que desde tiempos anticipados manifiesta la nación norteamericana por otras naciones del continente es inmediatamente percibido por el sector intelectual latinoamericano como un riesgo a la autonomía de las incipientes independencias nacionales y otras aún en periodo de incubación. Los intelectuales pronto dejan correr su tinta para advertir esta realidad ominosa que empieza a evidenciarse tras el despojo de parte del territorio mexicano por tropas norteamericanas durante la guerra de 1846-1848 y las andanzas contra el istmo centroamericano. Ello coadyuva a la aparición en el escenario de representaciones sociales que dotan de sentido a la realidad social prevaleciente, a través de imágenes propias que se incorporan para nombrar aquello que carece de identidad e ir proyectándose hacia una integración regional. El legado bolivariano se patentiza con la idea de una indispensable unidad entre las naciones con un carácter defensivo ante el progresivo poderío estadounidense. Una imagen de unificación da un vuelco a la conciencia regional para rescatar elementos identitarios basados no únicamente en tópicos lingüístico-culturales sino en una historia socioeconómica y política común que le otorgue sus propias peculiaridades, diferenciándose de la América sajona. En este sentido, aflora la idea de la América Latina como un concepto capaz de generar un nuevo consenso en rechazo a la soberbia del espíritu anglosajón. Francisco Bilbao, quien concibe por primera vez una latinidad en estos términos, por el mes de junio de 1856 en París, donde presenta una iniciativa con el fin de confederar a las repúblicas americanas de raíces hispanas para salvaguardar el proyecto libertario ante la proyección de los imperialismos ruso y estadounidense; aunque el mayor peligro se encontraba en la cercanía del dominio yanqui. Así se pronuncia ante los asistentes a cerca de esta amenaza:

Ya vemos caer fragmentos de América en las mandíbulas sajonas del boa magnetizador, que desenvuelve sus anillos tortuosos. Ayer Texas, después del Norte de México y el Pacífico saludan a un nuevo amo (…)

He ahí un peligro. El que no lo vea, renuncie al porvenir. ¿Habrá tan poca conciencia de nosotros mismos, tan poca fe de los destinos de la raza Latinoamericana que esperemos a la voluntad ajena y a un genio diferente para que organice y disponga de nuestra suerte?[30]

El calificativo Latinoamericana comienza a ser utilizado para nombrar nuestra raza, dándole un sentido de pertenencia a las naciones que formaban parte del continente, del río bravo hacia abajo, sustantivando a la América que se pronuncia contra todo tipo de imperialismo extraño, haciéndose consciente de las diferencias y las tareas a realizar; dejando atrás la adopción de términos ambiguos para referirse a esta área: “América del Sur”, “América española”, “América hispana”, “Hispanoamérica”, “raza española”, etc. Torres Caicedo casi de manera simultánea a Bilbao se inicia en esta ruta conceptual, clarificando dicha idea en el poema titulado: Las dos Américas, escrito el 26 de septiembre de 1856, en cuyo contenido se lee: “Mas aislados se encuentran, desunidos, / Esos pueblos nacidos para aliarse: / La unión es su deber, su ley amarse: / Igual origen tienen y misión; -/ La raza de América Latina,/ al frente tiene la sajona raza-/Enemiga mortal que ya amenaza/Su libertad destruir y su pendón.”[31] Una idea de la latinidad que se aleja de lo propagado por el panlatinismo,[32] y se afianza cada vez más por una comunidad antiimperialista sin distingos.

Tanto Caicedo como Bilbao se percatan de las debilidades de aquella nación que sucumbe ante las pasiones humanas y enaltece al utilitarismo como el principal objetivo a realizar, abandonando su misión de llevar la democracia más allá de sus fronteras y “proteger a las otras naciones de invasiones europeas”, por el contrario se hacen partícipes de la repartición del botín. Sin embargo, admiten la admiración que sienten por la grandeza de la emergente potencia basada en el libre pensamiento, la autonomía de su gobierno y la exclusiva moral; por lo que resulta conveniente, sostiene Bilbao, la asimilación de los aspectos positivos de la cultura norteamericana a nuestras naciones, aceptando lo bueno de ellos para el fortalecimiento propio y lograr desterrar al “enemigo interno”,[33] causa nociva para la construcción de una república nacional. Una soberanía que se encuentra amenazada frente al coloso que avanza a paso seguro hacia el Sur, y advierte que de persistir los Estados Des-Unidos[34]en nuestra región caería inevitablemente sobre ella aplastando el sueño de la libertad. Por ello, el chileno considera oportuno la constitución de la Confederación de las Naciones Americanas mediada por un congreso del cual emanarían las normas y leyes que regirán en cada Estado; con la autoridad moral para dirimir en su interior cualquier controversia que surgiera entre las naciones confederadas. La libertad y unión se convierten en tareas impostergables, según las palabras de Bilbao: “Libertad sin unión es anarquía. Unión sin libertad es despotismo.”[35] Ambas sintetizan la conquista de la República como un derecho a un gobierno autónomo.

A este canto de rebeldía se unirán al unísono otras voces logrando conjuntar la pluma y el movimiento organizacional, fundamentalmente en las postrimerías del siglo XIX cuando todavía algunos países de la región se convulsionan en búsqueda de la emancipación y se encuentran en vilo por el rumbo que ha tomado la política norteamericana. De las Antillas, una zona que por su naturaleza estratégica desde la colonización será un valioso botín a conquistar, emanarán luchadores que se revelen contra ese destino y que aspiren a una patria libre; por lo cual la lucha se tornaría eminentemente anticolonialista, y sólo la sucesión de futuros acontecimientos hará que adquiera un carácter antiimperialista. Un caso ilustrativo al respecto lo encontramos en la labor emprendida por Eugenio María de Hostos, quien no sólo apuesta por la revolución en las Antillas, sino que así mismo se reconoce como revolucionario[36] con el único fin de contribuir a la independencia de su natal Puerto Rico, Cuba y Santo Domingo, fundamentalmente, del yugo español. El porvenir de América Latina se encontraba en la redención de las Antillas -a decir de Hostos-, debido a las condiciones geográficas que posee y como paso obligado del comercio entre el viejo y el nuevo mundo. La obra que emprende es contra el colonialismo español, por la abolición de la esclavitud y contra el anexionismo de las tierras antillanas a territorio americano. Convoca a la unión de la región, a través de la celebración de una Confederación que nos dé la fuerza para combatir contra España. Persigue una patria con un gobierno propio, con libertad política e igualdad; pues apunta que un gobierno que carece de estos derechos es un pueblo sin dignidad.

Pero Hostos sabe que el principal dilema a resolver y así contribuir a la independencia y la reorganización de la sociedad antillana es el estado mental y moral que guarda buena parte de esta colectividad llamada a ser el gran artífice del movimiento emancipador. Sólo un sistema de enseñanza común y universal con el fin que se cultive la razón de todos los seres ha de servir al desarrollo científico de las naciones, el cual debe iniciarse con la educación primaria. De acuerdo a su análisis, hay en el pueblo una naturaleza moral e intelectual enferma y pretende que reaccione a estos vicios que ha arrastrado y le han convertido en un ser pasivo sin capacidad de raciocinio. La fundación de la Liga de Patriotas Puertorriqueños[37] (agosto de 1898) tendrá como objetivo mover el espíritu de la sociedad puertorriqueña hacia ese sentido, siendo los motores principales la cuestión civil y la educación; por tanto su tarea más que política tiende a ser de orden social; aunque no se abandona el ámbito político, ya que se busca que Puerto Rico adquiera la categoría de Estado y sea una nación independiente y autónoma.

La Liga de Patriotas, a diferencia del Partido Revolucionario Cubano, no se plantea la lucha armada, su fin es formar conciencia de los problemas cruciales del país. Y a pesar que la Liga se formaliza a escasas semanas de la invasión de Puerto Rico por tropas americanas, Hostos parece no tener la claridad de lo que representa este acontecimiento para la región, apostando a la figura del plebiscito y a la sensatez del invasor como condición para que la absorción no se consume. Sin embargo, dos años antes él ya auguraba sobre la gravedad que significaba para nuestros pueblos conquistar la independencia con el apoyo o bajo la tutela de las civilizaciones ya existentes; así lo expone, desde Chile, a Francisco Sellén en una carta escrita en julio de 1896:

Los Estados Unidos por su fuerza y su potencia, forman un miembro natural de esa oligarquía de naciones. Nacer bajo su égida es nacer bajo su dependencia: a Cuba, a las Antillas, a América, al porvenir de la civilización no conviene que Cuba y las Antillas pasen de lado del poder más positivo que habrá pronto en el mundo. A todos y a todo conviene que el noble archipiélago, haciéndose digno de su destino, sea el fiel de la balanza: ni norte ni sudamericanos, antillanos; ésa nuestra divisa, y sea ese el propósito de nuestra lucha, tanto de la de hoy por la Independencia, cuanto la de mañana por la libertad.[38]

Un estigma al cual se disponen hacerle frente. Y será de la perla antillana donde emerja José Martí, quién organiza y lucha por la liberación de su natal Cuba, con el fiel deseo que al conseguir la libertad de su país evitaría el avance norteamericano sobre los demás países latinoamericanos. Un luchador que emprende una batalla intelectual y revolucionaria contra este mal que aqueja a los pueblos latinoamericanos.

Martí, a diferencia de sus predecesores, podemos considerarlo más que un anticolonialista el primer antiimperialista de la región, por el perfil que le imprime al análisis sobre la situación imperante. Parte de este razonamiento se debe al conocimiento que posee de las dos Américas, a partir de sus viajes a distintos lugares del continente: México, Guatemala, Venezuela, las Antillas y Estados Unidos. En este último país permanece por doce años, tiempo que le brinda la posibilidad de conocer la realidad americana[39] y advertir sobre sus graves consecuencias. Asiste a dos reuniones de carácter continental, impulsadas por Estados Unidos hacia la última década del siglo XIX, eso le permite cuestionar la real política que se teje al interior del imperio. La primera, acaecida en 1889 es la Conferencia Internacional Americana, Martí acude en calidad de corresponsal en Nueva York para la prensa argentina La Nación, describe las intenciones de aquel país norteamericano para concretar su hegemonía a lo largo del continente por medio del proyecto de arbitraje y la cuestión aduanera a nivel comercial. En la segunda, la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América (1891), es nombrado representante del gobierno uruguayo para asistir a dicho evento, pero el nombramiento nunca se oficializa; en esa reunión se intenta adoptar una moneda común de plata en todas las transacciones comerciales de todos los Estados Americanos. En su informe si bien acepta los beneficios económicos, políticos con esta forma de comercio no por ello deja de observar las desventajas en esta relación internacional y por eso convoca a los pueblos latinoamericanos a abrir los ojos y estar atentos ante la posible unión política y económica[40] de todas las naciones, valorando los verdaderos motivos de este tipo de invitaciones, a hurgar más allá de las apariencias:

A lo que ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política lo real es lo que no se ve. (…) A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún pueblo hace nada contra su interés. Si dos naciones no tienen intereses comunes no pueden juntarse.[41]

Alberto Ghiraldo. Yaquilandia Bárbara: la lucha contra el imperialismo
Imagen 4. Alberto Ghiraldo. Yaquilandia Bárbara: la lucha contra el imperialismo. Historia Nueva, Madrid, 1929.

El factor económico cobra relevancia como elemento de opresión de los pueblos, junto a otros rasgos detectados por el forjador de la independencia que van configurando el perfil imperialista del capitalismo que posteriormente serían profundizados por teóricos marxistas como Lenin: la acumulación del capital en perjuicio de las masas trabajadoras, creadoras fundamentales de la riqueza; la mala distribución de las ganancias, la creciente industrialización y tecnificación generadora de desempleo, el nacimiento de los monopolios que son concentradores de la riqueza fortaleciendo enormes compañías que impiden la libre competencia y acentúan la miseria. Sobre este último punto así se referirá el apóstol cubano: “El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres.”[42]

Frente a esa amenaza Martí hace un llamado a profundizar en el conocimiento de nuestros pueblos, sólo ello nos conducirá al buen arte de gobernar. Forjar un concepto nuevo del hombre[43] donde el aporte cultural hará la diferencia entre Nuestra América y la América sajona y no necesariamente sea la superioridad de razas la que se imponga; al respecto el cubano niega dicha supremacía que aducen los norteamericanos frente a los indios e indígenas, a quienes consideran razas inferiores; por el contrario piensa que existe una identidad universal del hombre; donde los avances de una nación sean medidos por las cualidades y virtudes de cada pueblo; un pueblo que ha de sobresalir por su nivel de creación más no por la imitación, ahí ha de radicar la solución a los problemas. A pesar de su muerte prematura hereda a las futuras generaciones el sentimiento anti-norteamericano y los cimientos del americanismo.

Sentimiento que se fortalece entre un grupo de intelectuales nacidos entre 1865 y la década de los ochenta, quienes durante su juventud y madurez tendrán oportunidad de observar la evidente expansión norteamericana hacia tierras latinas. Lo que provoca en muchos de ellos un compromiso por denunciar el avasallamiento del que son objeto. El despojo de Estados Unidos a tierras mexicanas y la posterior intervención militar en la lucha independentista de Cuba que culmina con el tratado de París son los sucesos que alertan a un incipiente movimiento antiimperialista que comienza a emerger de forma escrita y llevando la palabra como única arma que pretende concientizar sobre las consecuencias de la actuación de la política norteamericana. Manuel Ugarte dedica parte de su vida ha este afán[44], a través de su obra deja huella de su principal preocupación. Apenas corría el año 1901 cuando ya denunciaba en El peligro yanqui la dinámica sobre cómo aquel país del norte hace de América Latina un área dependiente y se extiende de manera gradual, primero comercialmente, después políticamente y finalmente por la vía militar. Al abrigo de una política subterránea aprovecha y en ocasiones provoca divisiones internas o entre países vecinos que posteriormente le permitan intervenir so pretexto de restablecer el orden y proteger sus intereses; llegando, incluso, a fomentar revoluciones que derroquen gobernantes que se oponen a dichos propósitos, o bien contribuye a conservar aliados que le son benéficos. Ugarte sabe que el peligro yanqui está en la invasión militar, previa de la expansión comercial donde el papel de los monopolios es fundamental para adueñarse de la economía del país lo que pone en un plano de debilidad a la autonomía nacional. Sostiene que es una falacia creer que los países ubicados al sur del continente por su lejanía están a salvo del peligro yanqui, pues “es un mar que viene ganando terreno.”[45] Frase que recuerda la tesis de Mahan.

Ugarte concibe como un mal que nos debilita por ser un territorio fraccionado muy distinto a la unidad que mantiene la América anglosajona. Explica que la América de origen español, toda ella debiera ser un solo cuerpo; es decir, un hombre donde cada nación es una parte de él y su correcto funcionamiento depende de que todos sus miembros estén unidos, si le faltase alguno de ellos su capacidad se verá disminuida.[46] Y es precisamente en esta unión que radica la fortaleza de toda gran nación; no hay más que revisar la historia del desarrollo de la América sajona y la América hispana donde las desigualdades que se advierten no están en las diferencias de raza; sino que mientras en la segunda se crearon fronteras nacionales, aislándose un país de otro, en la América de habla inglesa las trece colonias al independizarse de Inglaterra se unieron en una sola nación. De ahí que el intelectual argentino juzgue que parte de la solución al problema que aqueja a la región latina debe basarse en   la unificación de los pueblos, un fin que ha de ser impostergable. Llama a defender la idea de una patria única,[47] dejando atrás los intereses de grupo. La unidad apela al rescate de la fuerza moral que existe en nuestra raza, que se solidariza en momentos críticos, así como lo hiciera en los tiempos de la independencia en este momento la Patria Grande debe ser el porvenir común.

Afirma que este peligro no es irremediable. Y como en Bolívar la idea de unidad estará presente entre los intelectuales como una vía de organización para contrarrestar la fuerza imperialista. Unidad que ha de basarse en el razonamiento y no en argumentos de fraternidad, por lo que es imperativo tener conocimiento de todo lo que sucede en nuestro continente, más que interesarnos en otros temas que suceden al otro lado del continente. Otro elemento unificador es la edificación de nuestras propias vías de comunicación, con recursos propios o europeos pero que ello no impida que se conserve el control de un servicio tan vital para la vida nacional. Servirá para acercar a las naciones, estrechar vínculos e intercambiar ideas. La creación de alianzas comerciales con países europeos (Francia, Inglaterra, Italia, Alemania) formaría un contrapeso ante el ímpetu expansionista del país del Norte.

Ugarte revela su pensamiento evolucionista al considerar que toda sociedad tiende a desarrollarse a un régimen comunitario, por tanto el capitalismo debe dar paso al socialismo. Para él el socialismo es el fin de la historia y el capitalismo sólo es transitorio hasta sucumbir. Así lo expresa en 1903: “El capitalismo es un monstruo que se devorará a sí mismo.[48] En tanto el socialismo es la instauración de un régimen colectivo que es posible y al mismo tiempo necesario. Posible porque si existen ya el trust, las cooperativas, sociedades anónimas, el monopolio que ejerce el Estado sobre el servicio de correos, ferrocarriles nacionales, que son propiedad de la nación; todo ello es el fundamento de lo que se pretende sea el socialismo. Y es necesario porque es la única vía de que se sobreponga al poder de los particulares la fuerza del Estado. Ugarte logra construir un discurso antiimperialista donde el latinoamericanismo y el socialismo se confluyen como elementos de defensa.

Por estos años no únicamente empieza a incubarse un movimiento contra la naturaleza del imperialismo norteamericano que exhibe su parte más obscura al interior de nuestras naciones; sino se incorporan a la discusión conceptos que hasta hace poco habían sido utilizados para describir la ambiente latinoamericano y enaltecer la condición de los norteamericanos; ahora los escritores latinoamericanos acuden a ellos para contar desde su perspectiva lo acontecido. Nos referimos a la dicotomía civilización-barbarie, la cual se posiciona como parte del discurso latinoamericano, trasgrediendo los mitos que se han tejido a su alrededor, reconfigurando su propia simbología. Adquiere una nueva connotación a la planteada por la concepción sarmentiana que relaciona la civilización con Europa y Estados Unidos, lugares donde florece el orden y el progreso, mientras que la barbarie pertenece al ámbito latinoamericano persistiendo en el área rural e indígena lo salvaje, la no civilización. Tales parámetros serán reinterpretados; para el latinoamericano, la civilización aspira a buscar más allá del individualismo norteamericano, debe encontrarse en la esencia de su pueblo. Bajo esta idea José Enrique Rodó subraya que la civilización se manifiesta por la inteligencia y la moral desinteresada de un pueblo y no únicamente por la prosperidad material. Una espiritualidad de la cultura y nobleza del pensamiento personificada en la figura de Ariel, al que debiera pretender alcanzar la sociedad latinoamericana, al tiempo de rectificar su camino en la “nordomanía”[49] que avanza rápidamente en su interior al grado de pretender imitar la grandeza norteamericana.

Es desenmascarada la doble moral con la que se conduce la civilización norteamericana, al olvidar el compromiso moral de llevar el progreso a otras naciones, en su lugar la violencia permea los lugares donde llega. Con ello el imperialismo norteamericano invierte su papel: ahora los bárbaros son ellos, los civilizados, y no los latinoamericanos. La cruzada civilizatoria en nombre de la libertad se utiliza como justificación para emprender la conquista transformándose en verdadera barbarie bajo el argumento de que los pueblos aún no están preparados para mantener el orden de la nación y ejercitar los beneficios de las libertades. La barbarie ya no se refiere –según la terminología griega- a la gente balbuceante, que habla mal una lengua[50]; ni a la que se encuentra fuera de los límites del centro de poder, los extranjeros. Se trata de una práctica excluyente, donde persisten los tintes racistas hacia algunos grupos siendo reducidos a un estado de salvajismo, de incivilizados.

Esta revaloración de la barbarie penetra rápidamente entre los escritores latinoamericanos como parte de la jerga semántica antiimperialista en adelante. Lo que implica la degradación de la personalidad del americano en “yankee” (yanqui) con un sentido peyorativo para expresar la degeneración de la raza inglesa[51] en la americana por las acciones bárbaras cometidas. Un tema que se apropia del imaginario intelectual hasta hacerlo parte de la producción literaria de las primeras décadas del siglo XX, incluso sirve para dar título a algunas obras y en otras se plasma al interior todo lo que representa este concepto desde la perspectiva latinoamericana. En ellas los intelectuales critican la hegemonía norteamericana al mismo tiempo se valen de este recurso como plataforma de denuncia, asumiendo el compromiso social de servir como voceros para alertar sobre el expansionismo imperial; labor emprendida por Vargas Vila, en su libro Ante los Bárbaros, publicado en 1903, comenta que él se arroga esta labor como un deber, por más de veinticinco años de profetizar estérilmente; mientras Horacio Fombona en Crímenes del imperialismo (1927), declara que su escrito no tiene como fin una mera contribución histórica, más bien intenta establecer una resistencia uniforme contra el imperialismo, al igual que Alberto Ghiraldo en su obra Yanquilandia bárbara (1929), toma el compromiso con su libro de luchar en todas las formas por la defensa de la libertad, hoy violentada. Y Genaro Carnero Checa en El águila rampante (1956), expone que su fin es aportar al estudio y denunciar uno de los grandes males que aquejan a América Latina y es la acción de los monopolios y el capital financiero norteamericano y de su gobierno. Escritores cuya labor acusatoria los lleva a desarrollar un estilo panfletario propio originado en su radicalismo libertario, muy cercano al anarquismo en algunos casos (Vargas Vila y Ghiraldo), en otros se aproximan a las ideas comunistas (Carnero Checa); sin embargo, lo que los identifica es su pasión libertaria por América Latina. Aspiran a hacer de la denuncia a través de la pluma un arma que contribuya a golpear al enemigo, es decir emprenden un movimiento de resistencia pacífica.

Mark Twain, Cartas desde la tierra
Imagen 5. Tomado del libro: Mark Twain, Cartas desde la tierra. Diana, México, 1966.

Esta acusación en contra del imperialismo se ve acompañada de un lenguaje virulento que mantiene en permanente confrontación a dos mundos diametralmente opuestos descritos con frases que refrendan esta dicotomía: primero representa a los Estados Unidos como el “pueblo fuerte”, “potentes”, “formidables”; en contraposición a América Latina reducida a “pequeñas naciones”, “pueblos débiles”, “económicamente atrasadas”; lo cual denota desigualdad entre ambos. Además, cuando se alude al modelo capitalista el lenguaje utilizado, tiene una importante carga zoologista imprimiendo un sello de salvajismo, al tiempo que contrapone la fuerza-debilidad, de acuerdo a la ley de sobrevivencia gana el más fuerte y el débil está condenado a perecer. Se hace referencia cotidiana dentro del discurso metafórico a imágenes de cuervos, águila, ave carnicera, leopardo, tigre, león, el pulpo, hipopótamos de Hudson, etc.; para intentar definir las prácticas imperialistas que rebasan los límites de la crudeza, dejando a su paso una estela purpúrea. En algunos escritos la noción del águila tiene mayor predominancia para representar al modelo estadounidense, pues simboliza valor y poder al someter a su presa entre sus garras. El siguiente párrafo ejemplifica el uso de esta representación:

¡Todo parece inclinarse bajo el ala formidable! La cerrazón del horizonte aumenta el pavor de la hora trágica; ¡bajo el cielo lívido, el pájaro sangriento! El águila imperial señorea sola, omnipotente en el espacio desolado… sus alas ocultan el sol de la Justicia; y, el mundo tiembla, bajo las garras del ave carnicera; no recuerda la mente de la Historia, otro momento de pavor igual; (…)[52]

Con este tipo de argumentaciones los intelectuales se asumen en conductores de conciencia. Producto de esta misión emerge el colombiano Vargas Vila[53], uno de los escritores modernistas de mayor prestigio popular, en su momento. Su carácter rebelde y contestatario se ve reflejado principalmente en temas políticos, abordados en algunas de sus obras por sus genuinas diatribas en contra del gobierno de su país, así como el rechazo a las dictaduras latinoamericanas y al imperialismo, pues ambas encarnan lo que a su juicio representa lo más cruel del despotismo. Una prosa cargada de agresividad, arrogancia, orgullo, odio y a la vez pasión y emotividad le ganan el reconocimiento de figurar entre los más grandes de su tiempo por su estilo satírico. Sin duda, una alusión sobre este modo de escritura es su obra Ante los bárbaros, escrita en una de sus múltiples estancias en Nueva York y publicada en la revista Némesis, lo que le valió la expulsión de aquél país por las autoridades.

En este trabajo Vargas Vila describe con expresiones lapidarias la insolencia de los bárbaros sobre tierras latinas cometiendo actos de pillaje, despojo, sembrando a su paso el crimen, dolor y desolación; mientras alardea de su fuerza la barbarie avanza ante el silencio y asombro de los débiles. Conquista que en algunos casos es perpetrada en forma declarada, en otros disfrazada, tolerada o descarada. La conquista que enarbolan como una victoria, cuando en realidad es un crimen, un vil despojo de un pueblo embriagado de avaricia; de megalomanía al considerarse designado a dominar por derecho divino; envuelto en ropajes de heroísmo cubre sus instintos expansivos, sólo para satisfacer una vanidad política. Después de todo -sostiene Vila-, la teoría imperialista no es sino la doctrina del pillaje, del robo y la conquista, es decir, el filibusterismo yanqui.[54]Sobre este tema el colombiano marca distancia entre lo que significa el imperialismo y el filibusterismo norteamericano, diferenciando el imperialismo inglés del americano, uno representa la civilización imperialista y el otro la barbarie imperante que se práctica como un pasatiempo, uno crea y el otro destruye lo que toca.

La devastación aparece como una constante de la barbarie, con ello se intenta mostrar el desastre perpetrado por la política imperial en sus diversas incursiones, y por otro lado, formar un receptor contestatario consciente de ésta problemática. Se hace recurrente la utilización de términos análogos: “crimen”, “muerte”, “asesinato”, “violencia”, “horror” y “desolación”; invocando un discurso emocional que defina el carácter de la otredad, en medio de un escenario en el que impera es el dolor y la injusticia. Alberto Ghiraldo[55] descubre esta imagen de la violencia incontenible dejando a su paso casas incendiadas, asesinatos, encarcelamientos, torturas, el uso de campos de concentración, iguales a los utilizados por el general Weyler en Cuba que tanta ira había causado entre los representantes del gobierno norteamericano. Para éste intelectual argentino estas prácticas son las peores transgresiones a la humanidad, definiéndolas al final de su ensayo en la “Estadística del crimen”, donde hace un cálculo de lo que representa la absorción del imperialismo yanqui de once territorios en un lapso que va de 1898 a 1917, equivalente a 280,044 millas cuadradas y 17,598,750 millones de habitantes cautivos[56].

Pero, la muerte no representa únicamente un signo del desastre de la barbarie norteamericana para el imaginario del intelectual latinoamericano, asimismo adquiere otra significación relacionada a la indiferencia del pueblo latinoamericano, a partir del silencio guardado ante el pillaje yanqui. La falta de conciencia entre los pueblos de América, llamada por Vila muerte social,[57] muestran una absoluta indolencia ante el cambio de amo,[58] tal pareciera que han sucumbido a la resignación y sólo esperan la llegada del salvador que ha de venir a liberarlos. Por lo que surge la gran interrogante ¿a qué se debe que seamos débiles? Y como respuesta vuelve a resonar la palabra desunión, pronunciada ya anteriormente; para encontrar la causa a nuestra desventura, mientras no haya conciencia de este problema -decía Vila-, seremos campo abierto a la invasión. Es necesario renunciar a ese marasmo en el que ha caído tanto el pueblo como los gobernantes latinoamericanos cuando nuestra labor debiera estar encaminada a trabajar por la unidad de los pueblos como única vía de prevenir su desaparición.

Ante la referencia sobre la inacción de los pueblos latinoamericanos, aparecen opiniones encontradas. Alberto Ghiraldo, Luis Araquistain, el puertorriqueño Cayetano Coll y Toste, Carnero Checa, Horacio Blanco Fombona, etc.; con excepción de éste último, retoman el caso particular de Puerto Rico, de cuyo pueblo aluden siempre ha guardado una tradición combativa por su libertad y conserva un sentimiento de nacionalidad, en todo caso su tragedia ha estado marcada por los acontecimientos históricos de la guerra hispano-norteamericana cuando se cede a Estados Unidos el territorio sin consultar la voluntad de la gente, y al paso de los años ven convertido su país en una colonia americana sin la posibilidad de haber desarrollado un proceso independentista como sí se da en otras naciones. Por su parte, desde una perspectiva más amplia, Blanco Fombona[59], si bien admite hay cierto aletargamiento de la conciencia continental hasta parecer por momentos difunta,[60] sobre todo concluida la independencia, pues cada nación se vuelve hacia si misma distanciándose del resto, hasta el límite del desconocimiento; no obstante hay muestra de avances en el estado de conciencia propiciado, precisamente, por las constantes agresiones norteamericanas, despertando la solidaridad continental entre los países de la región, quienes perciben en el imperialismo norteamericano al único enemigo que se alza contra los intereses de la región. Conciencia que se hace presente desde las luchas emancipadoras de Bolívar y Martí con el tiempo se ha refrendado hacia una postura más crítica.

La apuesta del pensamiento antiimperialista es a un renacimiento, a sacudir la somnolencia de las conciencias, amparado en la difusión de las prácticas injerencistas utilizadas por el gobierno de Washington; en este sentido algunos ensayos, más que denunciar el problema se transforman en una exhaustiva investigación documental que va hilando todo un entramado de datos, descubriendo los métodos del imperialismo; con la finalidad de delinear un perfil que le proporcione al lector ese sentido crítico que coadyuve en el fortalecimiento de la resistencia al modelo capitalista. A este fin están encaminados los trabajos de Horacio B. Fombona, Ghiraldo y Carnero Checa, quienes hacen un registro al paso de los años con diversas fuentes (cartas, declaraciones, tratados, leyes, diarios, documentos oficiales, etc.) [61] acerca de las prácticas injerencistas que son de gran valor para la historia de las intervenciones norteamericanas.

Labor iniciada por estos intelectuales desde su juventud cuando algunos de ellos incursionan en la actividad política de su país y se exilian, unos por propia voluntad otros, resultado de la persecución que sufren por su activismo político. Arriban a distintos países latinoamericanos, europeos e incluyendo Estados Unidos; entran en contacto con exiliados y encuentran en la diversidad de sus experiencias realidades muy semejantes, imbuidos en un mismo afán colaboran en la conformación del espacio político-cultural para favorecer la propagación del pensamiento radical e intercambio cultural de obras formadoras de conciencia a través de diferentes medios que van desde conferencias, la fundación de periódicos, revistas y empresas dedicadas a la tarea de difundir obras literarias de tendencia avanzada a bajo costo; producto de este esfuerzo es la editorial Historia Nueva, fundada en 1928 por José Venegas, César Falcón e Irene, su esposa, ahí se publican algunas obras de contenido antiimperialista[62] como la de Ghiraldo, revela un carácter rebelde de raigambre anarquista enfrentándose al poder detentado por el Estado.

Vargas Vila, José María. Ante los bárbaros: los Estados Unidos y la guerra. El yanqui, he ahí el enemigo
Imagen 6. Vargas Vila, José María. Ante los bárbaros: los Estados Unidos y la guerra. El yanqui, he ahí el enemigo. Editores Asociados, Bogotá, 1968.

Algunos escritos presentan una visión más completa del problema; Ghiraldo va más allá de una posición anti-injerencista, mostrando el fenómeno externo como la causa principal de la situación interna en cada nación intervenida. La cuestión económica adquiere gran connotación al convertirse en un elemento privativo del imperialismo norteamericano; pero supone que el problema económico que padece nuestra región corresponde a un periodo posterior al feudalismo y no al capitalismo, pues persisten una economía agrícola sin haberse desarrollado una sociedad manufacturera y comercial; elementos necesarios para encumbrarse hacia una economía capitalista, lo que sí sucede en Estados Unidos por la rápida expansión económica. Sin embargo, en nuestras regiones la penetración económica determina el grado de intervención política del gobierno norteamericano en forma directa en las cuestiones internas de las naciones débiles según dicten las demandas de los inversionistas extranjeros. El escritor argentino señala, Norteamérica tiene muy desarrollado el instinto político y sabe a dónde puede llegar en su avance,[63] puede aplicar la política “regulada” –tesis manejada por Nearing y Freeman-, que no llega a la ocupación militar (México, Panamá), cuyas estrategias más socorridas son el fomento y subsidio de las revueltas, o bien optar por la conquista armada (Haití, Santo Domingo, Cuba, Nicaragua) para obtener el control del área donde pretende penetrar.

Las inversiones extranjeras no han contribuido al desarrollo de una industria básica ni a la formación del capital nacional, debido a la permanente fuga de capitales lo que ha impedido el sano desenvolvimiento de una economía independiente. Pero, las inversiones de capital financiero es sólo un prisma de la dinámica imperialista, detrás están “los cañones, las tropas de desembarco y la agresión directa”[64], asevera Carnero Checa, esa es la forma tradicional de conquista con la que se ha conducido Norteamérica. El problema fundamental de las naciones latinoamericanas es de carácter económico[65] generando una situación de dependencia que se origina a raíz de esta relación con los monopolios, los cuales con el paso de los años se erigen en la cabeza principal de las distintas ramas económicas controlando la riqueza de cada nación. La única solución, pondera el peruano, para salir de tales condiciones es un movimiento popular nacionalista y antiimperialista con un programa que priorice el progreso de América Latina[66] basado en la liquidación del sistema feudal, el desarrollo de la industrialización, la elevación del nivel de vida de los pueblos y una vida política democrática.

Por estas razones intelectuales como Ghiraldo han concentrado su acometida contra el imperialismo yanqui, dejando fuera otras potencias imperialistas, pues es en Estados Unidos el imperialismo ha desarrollado su mayor expresión de poder para garantizar su expansión. Con el devenir de la historia esta nación experimenta una fractura interna: primero, el proceso independentista la vuelve heredera de un pasado glorioso, un gran pueblo defensor de los derechos del hombre, precursor de la democracia; pero con el correr de los años equivoca su camino y enferma, víctima de las ideas del capitalismo, atraído por el brillo del oro contagia al pueblo norteamericano y termina cometiendo los actos más indignos contra las pequeñas naciones. He aquí una mención de lo anterior: “¡Ley de hierro y de fuego impuesta por la codicia y el delirio de prepotencia desarrollado en el cerebro enfermo de una colectividad nacida para grandes destinos y desviada de su ruta de luz por una ambición desmedida de mando y de riqueza!”[67] Sin embargo, Ghiraldo insinúa que el pueblo norteamericano puede corregir su camino si rescata el destino que antaño enalteció.

Por otro lado, el intelectual argentino hace un llamado por la defensa de la libertad latinoamericana con una carga arielista al rescatar valores de la población latinoamericana, diferenciándola del materialismo americano con códigos: “espíritu”, “dignísimas”, “grandeza moral”, “luz”; se envía un mensaje de solidaridad y unión al mundo de habla hispana, así Ghiraldo se acerca a una propuesta identitaria que abrace a naciones como España y Portugal, de lado europeo, y a Brasil de este lado del continente, para formar un frente común contra el “panamericanismo yanqui”; pero al mismo tiempo se aleja de un proyecto integracionista con países única y exclusivamente de la región promocionado en la década de los veinte en voz de otros intelectuales.

Algo similar sucede con Vargas Vila y su idea unionista, éste hace tabla rasa de un pasado de conquista de España, Francia e Italia hacia la región y propone la celebración de un Congreso Ibero-Americano, con la participación de estas tres naciones, en donde conviene tratar temas fundamentales como la sustitución de la diplomacia por una más ilustrada que conozca sobre las necesidades comerciales, industriales y agrícolas, que servirá para estrechar vínculos comerciales y arancelarios con esas naciones europeas y disminuir al máximo el intercambio comercial hacia Estados Unidos. Con aire positivista insta al blanqueamiento de nuestra raza, mediante la promoción de un programa migratorio de españoles e italianos hacia América Latina, así se podría cambiar la inferioridad de los indígenas por ciudadanos trabajadores, conscientes de sus derechos y deberes. En este tenor cae en ciertas contradicciones cuando en algunas ocasiones argumenta: no hay razas inferiores;[68] como latinos no descendemos de una raza pura, somos producto de una fusión de varias razas lo que nos convierte en latinizados y no latinos; pero pertenecemos a la humanidad y eso nos hace iguales. Si se parte de tal presunción parece extralimitarse con su propuesta del blanqueamiento; pero en esa época todavía prevalecen actuales los principios del pensamiento darwinista entre algunos sectores. Por último marca como imprescindible la creación de una marina de guerra entre todos los países que sirva de protección a la independencia de cada nación; ello para enfrentar al Panamericanismo con el Panhispanismo. En tanto, para Fombona la cooperación antiimperialista no puede cimentarse en lo militar[69], sino debe impulsarse un programa uniforme de resistencia pacífica, con resultados igual de eficacia que las armas.

Empero, el movimiento antiimperialista que se gesta en América Latina desde fines del siglo XIX, es una composición entre lo simbólico, lo teórico, la práctica organizacional, un campo abierto que pretende dar paso a la transformación de la estructura socioeconómica y tratar de revertir el nivel de subordinación que mantienen los países latinoamericanos en relación a Estados Unidos a través de la vía socialista, un modelo que liquide el sistema de explotación de los trabajadores y se transite hacia una comunidad donde prevalezca la propiedad colectiva de los medios de producción y el Estado se asuma como garante de la nación y sus riquezas.  

En este tenor la contribución del argentino Juan Bautista Justo refleja la asimilación de la doctrina marxista[70] al encabezar el movimiento obrero y socialista en su país. Considera que el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores es producto de un esfuerzo colectivo, incluyendo el despojo a los capitalistas de parte del excedente de su trabajo. En este proceso la educación ha de tener un papel central, así lo demuestran los países más industrializados donde el Estado ha asumido la instrucción del pueblo como una política pública para elevar el conocimiento y avanzar en el camino del progreso.

Desde una visión teórico-cientificista el modo de producción es la base de la organización social[71] y de toda evolución. Siendo el socialismo una doctrina de solidaridad que tiende a elevar la condición del pueblo trabajador a una libre y consciente sociedad humana basada en la propiedad colectiva. Por tanto, el socialismo se erige como guía de las masas obreras en la conquista del poder político para apropiarse del poder del Estado y aniquilar la explotación. Vincula siempre la problemática del sector obrero con el progreso de la nación, por eso establece una relación intrínseca entre la cultura y el bienestar del pueblo. A esta doctrina consagra parte de su vida, haciendo a un lado una brillante carrera de médico, abandona su profesión para dedicarse a la defensa de la clase obrera.[72] Da un giro a su quehacer intelectual como ideólogo, escritor, difusor de la cultura, organizador del movimiento social y legislador,[73] funda el Partido Socialista Obrero, el 28 de junio de 1896, en cuyo programa establece una doble función: como movimiento de clase y movimiento económico. En ocasión de este evento y en su carácter de delegado del Comité Ejecutivo explica la importancia de uno de estos ejes de trabajo:

El Partido socialista es ante todo el partido de los trabajadores, de los proletarios, las puertas del Partido están abiertas de par en par para los individuos de otras clases que quisieran entrar, subordinando sus intereses a los de la clase proletaria. Lo que es importante es patentizar nuestra independencia de todo interés capitalista o pequeño burgués; sin creer por eso que en todos los casos y en todas las cuestiones sean opuestos a los nuestros. Es la cuestión de la moneda, por ejemplo, el proletariado tiene los mismos intereses que el capitalismo avanzado e inteligente. Todo esto quiere decir que nuestro movimiento es ante todo económico. No somos ideólogos que luchan por vagas aspiraciones de justicia, o de libertad; queremos en primer término el mejoramiento económico, y sabemos que así conseguimos lo demás por añadidura.[74]

Para llegar al bienestar económico es preciso que la clase trabajadora evolucione en sus creencias respecto al lugar que ocupan en el proceso de producción, que haya un movimiento de clase. El Partido entiende el papel que les toca asumir como formadores de conciencia de clase, obligatoria para lograr la emancipación, es decir, maestros y no líderes,[75] sirviendo simplemente de instrumento que brinde las herramientas para que ella misma se libere. La primera lección que deben comprender los trabajadores es su condición de clase explotada,[76] cuando lo entiendan ellos mismos defenderán su derecho a una vida digna. Sin embargo, es imperativo incorporar la ciencia a la educación de las masas para que puedan ejercitarse a través de la razón; por lo que el Partido basa su acción en la teoría económica de la historia[77] para enseñar a los trabajadores su situación de clase con reformas claras que entiendan y puedan pelear por ellas y no por cuestiones que les resulten ajenas e incomprensibles. Porque tras la conciencia de clase viene la emancipación de clase y sólo mediante la participación política y la asociación de los trabajadores podrán fortalecerse como grupo. Una forma de conseguir la plena liberación –dice Justo-, es la sustitución de la propiedad privada por la colectiva para alcanzar la cooperación libre y un orden social que privilegie la equidad entre los hombres; para la concreción de este nuevo modelo económico es conveniente la formación de cooperativas de producción y consumo entre los proletarios, sólo así obtienen un mejoramiento en las prerrogativas laborales y lograr una repartición equitativa de las ganancias.

Conviene aclarar, se carece de un reconocimiento que incluya el pensamiento y labor de Justo dentro del movimiento antiimperialista,[78] pues su obra adolece de una cruenta descalificación a los procedimientos de los yanquis como lo hicieron los que pertenecían a esta corriente; pero sí podemos observar que su contribución retoma aquellas inquietudes. Hay una crítica a la problemática social que padece Estados Unidos, a raíz de un viaje por esa nación, que plasma en su libro: En los Estados Unidos. Apuntes escritos en 1895 para un periódico obrero. En sus páginas le concede a aquel territorio el valor de un experimento,[79] en tanto objeto de estudio, ya que es ahí donde el capitalismo se ha desenvuelto más libremente, por los alcances que ha mostrado en materia industrial y científica en medio de un ambiente republicano y democrático, la formación de monopolios con la finalidad de obtener el máximo rendimiento; éstos llegan a ser tiránicos[80] con las pequeñas empresas que se niegan a doblegarse y quedan indefensas ante sus condiciones, incluso hasta el aniquilamiento.

No obstante, hecha la anterior aclaración no podíamos dejar de lado la obra del maestro argentino, la cual consideramos es propia del perfil antiimperialista por la acción concreta que emprende en favor de la organización social, y en tanto sienta un precedente por los cambios revolucionarios que implican para el movimiento emergente hacia la década de los veinte en Argentina como en el resto de la región latinoamericana en contra del imperialismo norteamericano.  

 

Notas:

[1] Huberman, Leo, Historia de los Estados Unidos. Nosotros, el pueblo, México, Nuestro Tiempo, 1984, 3ª. Edición. Andrew Carnegie entiende lo importante de mantener el control de todo el producto en relación a su esfera de negocios, por lo que se da a la tarea de comprar minas de hierro, carboníferas, yacimientos de calizo, plantas de destilación de coque, vapores, locomotoras, etc. En 1901 decide asociarse a las más grandes compañías productoras de acero, refinado, formando la United States Steel Corporation, con un capital de un billón de dólares. Para 1929 su desarrollo es tal que sus ventas en ese año se estiman en un billón y medio. Entre sus propiedades se cuentan: “110 altos hornos, 125 vapores, 1400 locomotoras, 300 000 acres de terrenos dedicados a la producción de gas de hulla y vapor, y de la mitad a las tres cuartas partes de todos los yacimientos de mineral de hierro de los EUA”, p. 287-288.

[2] Moro, Tomás, Utopía, México, Grupo Editorial Tomo, S. A. de C. V., 2005, 4ª. Edición, p. 75. Para conocer más sobre el planteamiento del autor de la Isla de Utopía consúltese el Libro Segundo de la obra.

[3] Mannheim, Karl, Ideología y utopía. Introducción a la sociología del conocimiento. México, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 229.

[4] Huberman, Leo, Op cit., Los impresores de Nueva York advirtieron en 1817 se declaran opuestos a la injerencia de los patrones en sus reuniones, pues en esa época es normal que éste participe en dichos encuentros, a lo que ellos declaran : “Esta es una sociedad de oficiales impresores calificados: y dado que los intereses de los oficiales son separados y, en algunos aspectos, opuestos a los de los empleadores, consideramos impropio que tengan éstos voz o influencia alguna en nuestras deliberaciones”, p. 297.

[5] Ibid., Esta inclusión contiene honrosas excepciones -según Huberman-, ya que entre sus miembros se puede encontrar incluso a la clase media, empero no aquellas que: “bien expendan, o bien se ganen la vida, o parte de ella, mediante la venta de bebidas embriagadoras, ya sean en carácter de manufactureros, expendedores o agentes, o, a través de cualquier integrante de la familia, y tampoco se admitirá ningún abogado, banquero, jugador profesional o corredor de bolsa”, p. 301.

[6] Ibid., p. 307.

[7] Karsner, David, His authorized life and letters, New York, Boni and Liveright, 1919. Eugene Debs, para entonces, ya cuenta con una trayectoria sindical: la Hermandad de Guardafrenos, la Asociación de Ayuda Mutua de los Guardagujas, la Hermandad Ferroviaria de Carmen, la Orden de los Telegrafistas de Ferrocarril, entre otros sindicatos. En 1880 es designado secretario, tesorero y redactor de la revista de los Bomberos, p. 118.

[8] Para terminar con la huelga la Asociación de Gerentes Generales integrada por gente que representa a las 24 compañías de ferrocarril da su apoyo a la Pullman Company y demanda al presidente Cleveland el envío de tropas, en seguida los tribunales de justicia decreta que la huelga es ilegal, prohibiendo a la Unión interferir, con cualquier tipo de actos, en el cumplimiento de los obreros con sus deberes en la participación del desarrollo del comercio. Debs y el movimiento en general, desatienden dicha prohibición. Con estas medidas se logra exitosamente el rompimiento de la huelga.

[9] Karsner, David, Op. cit., p. 201. Para Debs el socialismo significa lo siguiente: “El socialismo es una idea cada vez mayor, una filosofía de expansión. Es el más poderoso movimiento en la historia de la humanidad. Lo poco que soy, lo poco que yo soy la esperanza de ser, se lo debo al movimiento socialista. Me ha dado mis ideas y los ideales de mi principio y convicciones, y yo no los cambiaría por todos los dólares manchados de la sangre de Rockefeller. Me ha enseñado que en el éxtasis estrechar la mano de un compañero… Se me ha permitido estar en comunión con usted en la gran lucha por un mejor día (…) Cada miembro de la clase obrera sin excepción es mi compañero, mi hermano y mi hermana y que le sirven y su causa es lo más grande de mi vida”, Debs, Eugene, Walls and bars, Indina, Foundation Eugene V. Debs, s/f, p. 19.

[10] Orozco José Luis, El testimonio político norteamericano: 1890-1980, Tomo I, Op. cit., Eugene Debs, en un escrito explica: “el sindicalismo industrial es la armazón arquitectónico de la república cooperativa, la república de la clase obrera. Todo asalariado debe dirigir sus energías ala tarea de unificar a los obreros en una vigorosa organización económica (…) El sindicalismo industrial es un sindicalismo nuevo y revolucionario que requiere de una organización nueva y revolucionaria.”, p. 201.

[11] Nace en la isla de Curazao en 1852. A los catorce años, después de haber muerto su padre, el cirujano Salomón De León, emigra a Alemania, donde estudia medicina, sin concluir, aprende varios idiomas: alemán, inglés, francés, griego antiguo y latín, llegando a dominarlos. En 1872 cambia su residencia a Nueva York, estudia Derecho en la Universidad de Columbia, donde imparte las cátedras de Política Exterior Latinoamericana y Derecho Internacional. No obstante, su trayectoria académica es obstaculizada por las simpatías mostradas hacia los trabajadores, viéndose obligado a abandonar la enseñanza, considerando esto una forma de discriminación. Se inicia en el aprendizaje de la concepción revolucionaria con la Orden de los Caballeros del Trabajo y Edward Bellamy. En 1890 ingresa a las filas del Partido Laborista Socialista (SLP), destacándose en la difusión del Semanario El Pueblo, y se convierte en su editor. En 1895 se separa de este Partido con una escisión de los Caballeros del Trabajo funda la Unión Obrera Socialista (STLA). Contiende para la gubernatura de Nueva York en dos ocasiones. Asiste a diversos congresos de izquierda. Sobresale como escritor, redactor, conferencista y traductor. Se le considera el fundador del sindicalismo industrial. Entre los trabajos donde sintetiza su pensamiento marxista se encuentran: Reform or Revolution (1896), What means this strike? (1898), The burning Question of trade Unions (1904) y Socialist reconstruction of society (1905). Muere en 1914. Orozco José Luis, El testimonio Político norteamericano: 1890-1980 Tomo I. op. cit., p. 21. De León, Daniel, “Marxian Science and the Colleges”, en Works, Tomo 1, New York, New York Labor News Company, 1931. “Socialist Reconstruction of Society” en Works, Tomo III, New York, New York Labor News Company, 1947, www.biografíasyvidas.com, www.wikipedia.org (consulta, 23 de septiembre de 2010).

[12]De León, Daniel, “Reform or Revolution”, en Works, Tomo V, New York, New                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                York Labor News Company, 1947, Reconocimiento que llega incluso del propio Lenin con estas palabras: " el único que ha añadido algo al pensamiento socialista desde Marx" p. V. Después de la revolución rusa, en 1918, Juan Rojas a su regreso de Rusia, declaró ante el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Socialista del Trabajo: "El primer ministro Lenin es un gran admirador de Daniel De León, considerándolo la gran prueba del socialismo moderno -la única en la que nada había- añade al pensamiento socialista desde Marx. Es la opinión de Lenin de que el estado industrial tal como es concebido por De León, en última instancia tendrá que ser que la forma de gobierno en Rusia." Mientras otros autores sostienen que no hay evidencia donde se encuentren las opiniones de Lenin sobre el aporte de Daniel De León. www.jstor.org (Daniel De León, Apostle of socialism), p. 402.

[13] De Leon, “A misión of the Trades Union”, en Works, Tomo III, New York, New                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 York Labor News Company, 1947, p. 16-17.

[14] De León, Daniel, “Reform or Revolution” en Works, Tomo V, Op. cit., p. 3.

[15] Huberman, Leo, Op. cit., Lema que concentra el preámbulo de su constitución: “La clase trabajadora y la clase empleadora nada tienen en común. No podrá existir paz mientras millones de trabajadores experimenten hambre y necesidades y los pocos que componen la clase patronal disfrutan de todas las cosas buenas de la vida. La lucha deberá proseguir entre estas dos clases hasta que los trabajadores del mundo, organizados con carácter de clase, tomen posesión de la tierra y de la maquinaria de producción y supriman el sistema de jornales…”, p. 309.

[16] Arriaga Weiss, V. Adolfo, et. al., Op. cit., p. 84.

[17] Bigelow Paine, Albert, Mark Twain. Su biografía escrita para la juventud. México, Letras, 1958, Nombre que adopta en homenaje a un viejo piloto llamado Isaías Sellers, un habitante del río Mississippi, quien solía mandar gacetillas a los periódicos, un poco raras, en las cuales profetiza las condiciones del río y hacía recuerdos de 1811; estas gacetillas las firma con el nombre de Mark Twain. Un día Samuel Clemens escribe un relato en tono burlesco parodiando los escritos del viejo Sellers, relato que se publica en el True Delta, en mayo de 1859, destrozando la carrera literaria del capitán Sellers, quien jamás vuelve a escribir nada; Samuel lamenta esta decisión, pues nunca escribe con el afán de lastimarlo. Más tarde cuando éste muere Clemens decide firmar sus escritos con ese seudónimo. A veces utiliza el nombre de “Josh” para firmarlos. Pero llega el momento en que se dirige a Goodman, dueño del Enterprise, periódico para el que trabaja, y le dice: “quiero firmar mis artículos. Quiero tener personalidad ante un público más amplio”. (…) “quiero firmarlos con el nombre de Mark Twain. Este nombre tiene muchos alcances; le suena gratamente al piloto en la oscuridad de la noche; significa que se navega en aguas seguras”. La primer carta firmada con este seudónima está fechada el 2 de febrero de 1863, p. 84.

[18] Quesada Monge, Rodrigo, “1898: Mark Twain, Cuba, Filipinas y el antiimperialismo en Estados Unidos”, en Cuadernos Americanos. Nueva época, año XII, vol. 6, núm. 72, México, UNAM, (noviembre-diciembre de 1998), p. 179. Y a cerca de su posición revolucionaria escribe en el Social Critic: “Dicen que soy revolucionario por simpatías, nacimiento, crianza y principios. Me pongo siempre del lado de los revolucionarios porque jamás existió una revolución sin que existieran previamente circunstancias opresivas e intolerables contra las que rebelarse”, en Fernández López, Isabel (edición) Twain, Mark, cronista de su época, La Habana, Fondo Cultural del ALBA, 2006, p. 270.

[19] Twain, Mark, Cartas desde la tierra, México, Diana, 1966, p. 208.

[20] Fernández López, Isabel (edición), Op. Cit., Twain escribe: “Nuestro lema ante el mundo es ‘confiamos en Dios’, y cuando vemos esas palabras de gracia acuñadas sobre un dólar de mercado (que vale apenas sesenta centavos), siempre parece que se estremecen y sollozan de piadosa emoción. Ése es nuestro lema público. Y transpira la realidad de nuestro lema privado, que es: ‘Cuando el anglosajón quiere algo, simplemente lo toma’ (…)”, p. 164-165.

[21] Quesada Monge, Rodrigo, Op Cit., p. 192.

[22] Ibid., p. 185.

[23] Su nombre Luigi Carlo Fraina, nace en Italia en 1894. En 1897 su padre emigra a los Estados Unidos y un año más tarde el nombre de Luigi es americanizado a Louis. Autodidacta, intelectual reconocido por su aportación teórica al pensamiento de izquierda. En 1909 se une a las filas del Partido Socialista de América, posteriormente se une al Partido Laborista Socialista de América, al que perteneciera Daniel de León. Su atracción por la revolución rusa lo conducirá a traducir a Lenin y Trotsky, y convertirse –según James P. Cannon- en “el primer escritor del comunismo norteamericano precursor”. Su aportación es reconocida también por Lenin, quien se refiere a él como el “autor de algunos escritos extremadamente valiosos.” Participa en el Segundo Congreso de la Comintern como delegado al lado de John Reed. Posteriormente desaparece por algunos años y vuelve al mundo académico con el nombre de Lewis Corey. Muere en 1953. Orozco, José Luis, El testimonio político norteamericano (1890-1980), Vol. I, Op. Cit., p. 183,

[24] Fraina, Luis, El imperialismo americano, México, Biblioteca Internacional, s/f., p. 5.

[25] Ibid., Con el objeto de estabilizar el comercio exterior con Europa, el Consejo Nacional de Comercio Exterior aprueba un resolutivo, en el que se lee: “La vuelta a las condiciones normales, depende grandemente del desarrollo del comercio exterior. Los Estados Unidos deben continuar aumentando sus importaciones y exportaciones, que son necesarias para establecer el empleo del trabajo y permitir la liquidación de las obligaciones de las naciones empeñadas a los Estados Unidos. La solución de la situación actual depende de nuestra habilidad en crear facilidades para los créditos a largo plazo, que son tan necesitados ahora en Europa. A menos que se concedan créditos sus negocios y los nuestros permanecerán estancados”, p. 14.

[26] Ibid., p. 9.

[27] Fraina, Luis, Socialismo revolucionario, www.marxist.org/archive/corey/1918/revsoc/ch02.html (consulta 4 de octubre de 2010), Sobre el tema Fraina explica: “el imperialismo caracteriza la etapa final del capitalismo. Se caracteriza igualmente, la unidad de todas las fuerzas del capitalismo en un instrumento nuevo y más formidable de la conquista y la expoliación, la última maniobra desesperada del capitalismo para evitar su desintegración y colapso total. El imperialismo es una manifestación fundamental del capitalismo”, s/p.

[28] Ibid., s/p.

[29] Ibid., las cursivas son del autor.

[30] Bilbao, Francisco, “Iniciativa de la América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas”, en Latinoamerica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana. 3, México, Centro de Estudios Latinoamericanos – Facultad de Filosofía y Letras – Universidad Nacional Autónoma de México, 1978, p. 9-10.

[31] Ardao, Arturo, América Latina y la latinidad. México, UNAM, 1993, p. 129.

[32] L. Phelan, John, “El origen de la idea latinoamericana”, en Ideas en torno de Latinoamérica. Vol. I. México, UNAM-UDUAL, 1986, Aunque el origen del término América Latina es adjudicado, en su momento, por el investigador norteamericano John Phelan a los ideólogos de Napoleón III para justificar su proyecto expansionista sobre territorio mexicano en 1861, bajo el pretexto de defender a los pueblos latinos contra el sajonismo. Micahel Chevalier, quien formuló, en 1855, un programa para la expansión económica de Francia tanto en América como en el Oriente; sugiere una política exterior panlatina basada en la unión de las naciones de raíces lingüísticas latinas. p. 441-455.

[33] Bilbao, Francisco, El evangelio americano, Venezuela, Biblioteca Ayacucho, 1988, El autor refiere que el enemigo interno es “todo germen de esclavitud, de despotismo, de ociosidad, de indolencia, de indiferencia, de fanatismo de partido. El enemigo interno es la desaparición de la creencia de las nacionalidades inviolables, de la desaparición del patriotismo severo y abnegado que prefiere ver a la patria pobre y digna en la vía indeclinable del honor y del derecho a la patria rica y mancillada con el adulterio de las intervenciones extranjeras o dirigiendo su política, según el temor de un bloque (…)”, p. 170.

[34] Ibid., p. 90.

[35] Ibid., p. 287.

[36] Hostos, Eugenio Ma. de, América Latina por la libertad. México, Siglo XXI, 1980. Así se reconocía Hostos, como revolucionario en las Antillas: “lo soy y lo seré en la península; como debe serlo quien sabe que la revolución es el estado permanente de las sociedades, quien no puede ocultarse del movimiento, sin tener la necesaria propensión de las ideas a realizarse; revolucionario en las Antillas, forzosamente estacionarias y forzadamente propensas a moverse, quiero para ellas lo que he querido para España. Y así como lo primero que quería para España era dignidad, cuya falta me angustiaba, y más que otra cosa me obligó a emigrar, así lo primero que quiero para Puerto Rico y Cuba es dignidad”, p. 168.

[37] La Liga de Patriotas Puertorriqueños, donde Hostos funge como presidente, contempla en sus estatutos: la constitución de una escuela nocturna para los obreros que puedan asistir a la escuela y vayan dejando de concurrir a espacios que sólo les generan vicios; la realización de conferencias semanales para que tanto hombres como mujeres se reúnan, discutan y piensen sobre temas de interés nacional; la creación de una instancia que haga las reformas necesarias a la educación primaria y secundaria; la fundación de un periódico que reivindique los intereses de la sociedad y de la Liga.

[38] Ibid., p. 206-207.

[39] Martí en una carta a su amigo Manuel Mercado, escrita el 18 de mayo de 1895, se refiere con esta palabra a Estados Unidos: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi, honda es la de David”. Martí, José, Páginas escogidas. Selección y prólogo de Alfonso M. Escudero, O. S. A., 3ª. Edición, Madrid, Espasa Calpe, S.A., 1971, p. 189.

[40] Martí, José, “Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América” en Obras Completas, Vol. 6, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, “Quien dice unión económica dice unión política. El pueblo que compra manda. Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir vente a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno.”, p. 160.

[41] Ibid., p. 158.

[42] Martí, José, Obras Completas, Vol. X, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, p. 84.

[43] Marinello, Juan, Las Raíces Antiimperialistas de José Martí, Cuadernos de Cultura Latinoamericana 22. México, Coord. De Humanidades/UNAM/Centro de Estudios Latinoamericanos/Facultad deFilosofía y Letras/Unión de Universidades de América Latina, 1978, p. 8.

[44] Manuel Baldomero Ugarte a lo largo de su vida escribe una gran cantidad de artículos, dicta conferencias, discursos, arengas populares. Entre los años de 1911 y 1913 emprende una cruzada de denuncia por varios países de América Latina (México, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Panamá, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Estados Unidos, Chile, Río de Janeiro, Paraguay), en el cual enciende la alarma sobre la política norteamericana, advirtiendo que el peligro del imperialismo es el despojo de sus naciones y amenaza con extenderse por todo el continente. En 1927 y 1929 es designado representante por el Partido Nacionalista de Puerto Rico y la Unión Latinoamericana, respectivamente, para asistir al Congreso de la Liga contra la Opresión en las Colonias.  

[45] Galasso, Norberto (Comp.) Manuel Ugarte. La nación latinoamericana, Venezuela, Ayacucho, 1978, p. 67.

[46] Ibid., p. 11.

[47] Ibid., p. 19.

[48] Ibid., p. 189.

[49] Rodó, José Enrique, Ariel, Clásicos Americanos. México, SEP/UNAM, 1982, p. 50.

[50] Zea, Leopoldo. Discurso desde la marginación y la barbarie, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 124. El autor remonta el término barbarie a la historia de los griegos: “Balbus, en latín, es el ‘balbuciente, tartamudo, torpe de lengua, el que no pronuncia clara y distintamente’. Para el griego, bárbaro es el hombre rudo, el no griego, el extranjero. Esto es, el hombre que está fuera del ámbito griego o al margen del mundo del hombre que así califica. Bárbaro será, también, sinónimo de salvaje, inculto, esto es, no cultivado de conformidad con el que parece el modo de ser del hombre mismo por excelencia, el griego”, p. 23

[51] Vargas Vila, José María. Ante los Bárbaros (Los Estados Unidos y la guerra). El Yanki: He ahí el enemigo. Bogotá, Litografía Villegas, 1968. Así lo expresa el escritor colombiano Vargas Vila, cuando asevera que el mismo inglés William Stead afirma: “La raza que habla anglo-sajón ocupa ahora el puesto más bajo del pueblo más bárbaro y grosero”, p. 124.

[52] Ibid., p. 30.

[53] José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla, nace en Bogotá, el 23 de julio de 1860. A pesar de tener una formación católica se le conoce por su tradición iconoclasta. A temprana edad se enrola en las filas liberales y lucha contra el gobierno conservador de Rafael Nuñez, pero son derrotados y se ve obligado a salir del país con rumbo a Venezuela, en 1886, donde se inicia como escritor. Funda el diario Federación, y publica el libro De la guerra. En 1891 se instala en Nueva York, donde se relaciona con algunos exiliados latinoamericanistas, ahí conoce a José Martí. Fundo la revista Hispanoamérica y el periódico El Progreso. En 1897 retorna a Venezuela para participar como Secretario General del Presidente Joaquín Crespo, quien es asesinado, por lo que Vargas Vila tiene que salir nuevamente rumbo a París. En 1902 vuelve a Nueva York donde funda la revista Némesis, y escribe el libro Ante los bárbaros, el cual publica en la revista en 1903. Encara el problema yanqui con la misma vehemencia de Manuel Ugarte, José E. Rodó, Rubén Darío y otros contemporáneos. De 1898 a 1905 tiene oportunidad de participar en la diplomacia de Ecuador y Nicaragua. La mayor parte de su vida vive en Europa, muere en Barcelona, en 1933. Su producción literaria consta de un centenar de obras, aproximadamente. Puede definirse como un escritor con un estilo muy peculiar en la escritura, así como una personalidad controvertida por su excesiva vanidad, la cual es recordada por Manuel Ugarte al comentar algunas frases emitidas por Rubén Darío, quien se expresaría en tono jocoso: “Si después de morir va al cielo, nos enviará mensajes firmados: Yo y Dios”. Manuel Ugarte, Escritores iberoamericanos de 1900. México, Vértice, 1947, p. 242. Otros textos donde se habla un poco sobre la vida del colombiano son: Vargas Vila, José Ma., Rubén Darío. Prólogo de Nelson Osorio T., Venezuela, Ayacucho, 1994. Sánchez, Luis A., Escritores representativos de América. Segunda serie, España, Gredos, S. A., 1972.

[54] Vargas Vila, José María., Ante los bárbaros, Op. cit., p. 47.

[55] Nace en 1875, poeta, novelista, dramaturgo, periodista y director de publicaciones. Al inicio de su carrera como escritor utiliza el nombre de Marco Nero. Dirige algunos medios: el periódico El Obrero (1896), El Sol (1897-1903), Martín Fierro (1904-1905), Ideas y Figuras (En Buenos Aires de 1909-1916 y desde Madrid 1918-1920), el diario La Protesta (1904-1906; 1909; 1913). Se adhiere al anarquismo y aprovecha las publicaciones que están a su cargo para difundir estas ideas, aunque no en un sentido doctrinario, sino con una mezcla de rebeldía y bohemia, lo que lo lleva a enfrentarse a la militancia ácrata de esta corriente, entre ellos a Eduardo Gilimón, quien también dirigiera La Protesta, disputa que termina por aislarlo del movimiento central, llevándolo al exilio a España, donde permanece hasta 1935. Y aunque no abandona el ideario anarquista, durante la década de los años 20 se acerca más a un discurso antiimperialista latinoamericano. En Madrid recopila sus artículos periodísticos en volúmenes: El peregrino curioso. Mi viaje a España y el peregrino curioso. Vida política española; La Argentina. Estudio social de un pueblo. Publicó una serie de antologías de escritores hispanoamericanos a manera de estrechar relaciones con el público español. Muere en 1946. Pita González, Alexandra, Historia y antiimperialismo: Yanquilandia bárbara de Alberto Ghiraldo (1929), trabajo inédito.

[56] Ghiraldo, Alberto, Yanquilandia bárbara. La lucha contra el imperialismo, Madrid, Historia Nueva, 1929, Los territorios aludidos son: Hawai, Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam, Samoa, Panamá, Santo Domingo, Haití, Nicaragua e Islas Vírgenes, p. 215.

[57] Ibid., p. 84.

[58] Ibid., Vargas Vila crítica la entrega sin resistencia de Cuba, Puerto Rico, Panamá, Santo Domingo y Nicaragua con estas palabras: “(…) lo que sorprende hasta hoy, y, derrota todos los vaticinios de fortaleza, es la docilidad con que los vencidos han aceptado el yugo, la facilidad de disolución con que se asimilan y, se funden, o mejor dicho, se borran y, desaparecen ante los conquistadores; lenguas, usos, tendencias costumbres, todo desaparece, todo se acepta del vencedor, en un vértigo pavoroso de sumisión; (…)”, p. 105. Op cit., Por su parte los autores Nearing, Scott y Freeman, Joseph, en el caso de Puerto Rico afirman: “Nunca ha habido en Puerto Rico una oposición organizada en contra de los Estados Unidos. La isla es, por tanto, un fácil botín de guerra y sus habitantes se han declaran tácitamente satisfechos con el cambio de soberanía que les ha traído la fortuna de la guerra”, p. 238. Ambas declaraciones pueden ser válidas en algunos casos, pero es importante reflexionar sobre las especificidades de cada país, el margen de resistencia de la población y qué tan fútil resulta ésta ante la respuesta del arsenal norteamericano.

[59] Blanco Fombona, Horacio, Crímenes del imperialismo norteamericano, México, Ediciones Churubusco, 1927. Es importante señalar que hay un gran vacío sobre la vida y obra de este intelectual. Lo que a continuación se anota es tomado de esta obra, donde el autor refiere un pasaje de su exilio. Horacio Blanco Fombona, sale de su natal Venezuela por voluntad propia en 1914, cuando Vicente Gómez asume la presidencia del país. Vive por un tiempo en República Dominicana, donde funda el semanario Letras, en el número correspondiente al 7 de noviembre de 1920, publica la fotografía y la historia de Cayó Báez, un campesino que ha sido quemado por ordenes de un capitán americano, Bucklow, para que proporcionara información sobre los rebeldes y el armamento. En el artículo se lee: “La historia de Cayó Báez es la historia de muchos campesinos dominicanos”. Es arrestado el 12 de noviembre por publicar este texto acusado de calumniar a los americanos. Es condenado a pagar 300 dólares de multa o un día de trabajos públicos por cada dos dólares que no pagara; además se le ordena a salir del país con destino a Venezuela; pero se termina extendiéndole un pasaporte con rumbo a Cuba, a petición del mismo Fombona. Quince días después abandona Dominicana, p. 127-137.

[60] Ibid., p. 82.

[61] Una muestra de lo antes mencionado es el libro de Yanquilandia bárbara, de Alberto Ghiraldo que conjunta su autoría con otros textos que va citando a los largo de su argumentación, ya sea para comentar o refutar algunas tesis. En algunos casos cita la obra y en otros sólo al autor, por lo que no se puede dar la referencia completa. Entre las fuentes utilizadas se encuentran: la Diplomacia del Dólar, de Scott Nearing y Joseph Freeman; Estudio del imperialismo de John A. Hobson; un folleto del Dr. Rafael Montúfar; la agonía antillana de Luis Araquistain, Los Estados Unidos contra la libertad de Isidro Fabela, entre otros documentos de carácter oficial, tratados, declaraciones, manifiestos y correspondencias.

[62] Pita González, Alexandra, Op. cit., La editorial creó una colección titulada: “La lucha contra el imperialismo”, la cual se abre con la publicación de Yanquilandia Bárbara en 1929, en 1930 prosigue Nuestra América y el imperialismo yanqui, una recopilación de varios materiales, la mayor parte escritos por Alfredo Palacios. En la solapa de este libro se anuncia la continuación de este proyecto con otros títulos que mantienen la tónica discursiva como La lucha contra los yanquis en Nicaragua de Augusto Sandino, la Independencia de Puerto Rico de Federico Acosta Velarde, Los primeros despojos, de Cayetano Coll y Toste, y Sandino de Froylán Turcios, p. 6.

[63] Ghiraldo, Alberto, Op. Cit., “Por eso aprieta o afloja, a medida de las circunstancias ambientes, los eslabones de la cadena que manejan su manos de gigante; cuanto un pueblo como Méjico, levantando como un solo hombre, sin una claudicación, se le atraviesa en la garganta, cede; cuando encuentra carne floja, Gobiernos que venden a sus pueblos, cómplices cobardes y vergonzosos de sus planes de dominación, como en Nicaragua, aprieta hasta ahogar…”, p. 64-65.

[64] Carnero Checa, Genaro. El águila rampante. El imperialismo yanqui sobre América Latina, México, Stylo, 1956, El primer caso en experimentar estos métodos lo encontramos en Cuba, p. 126.

[65] Ibid., El intelectual peruano a lo largo de su libro describe, alrededor de veinte casos, los tipos de penetración económica practicados en cada nación, como por ejemplo Santo Domingo: “los dos tipos de penetración económica extranjera que debían alcanzar mayor importancia en la década que siguió a 1870 fueron: primero, empréstitos al gobierno a altos tipos de interés, garantizados por hipotecas de diferentes clases sobre las riquezas del país; segundo, las plantaciones de azúcar”, p. 161.

[66] Ibid., p. XIII.

[67] Ghiraldo, Alberto, Op. Cit., p. 62.

[68] Ibid., p. 87.

[69] Blanco Fombona, Horacio, Op. Cit., Sobre el tema escribe: “No tengo la ingenuidad de predicar la guerra contra Estados Unidos”, p. 36.

[70] Como parte de esta difusión traduce el primer volumen del Capital, de Karl Marx.

[71] Bautista Justo, Juan. Cooperación obrera. Conferencia dada el 30 de diciembre de 1897 en el Centro Socialista Obrero. 3ª. Edic., Buenos Aires, “La Vanguardia”, 1917, p. 16.

[72] Bautista Justo, Juan, La realización del socialismo, Buenos Aires, La Vanguardia, 1947. El escritor expone las razones por las cuales se vuelve socialista: “Gradualmente comprendí que había mucho de estéril e indigno en mi tarea, que aquella atención al cuidado de cuerpos humanos lisiados y doloridos tenía en sí algo de fanático y unilateral. ¿No era más humano ocuparse de evitar en lo posible tanto sufrimiento y tanta degradación? Y ¿Cómo conseguirlo sin iluminar la mente del pueblo todo, sin nutrirlo con la verdad científica, sin educarla para más altas formas de convivencia social? Y la obra humana, la obra necesaria, se me presentó entonces como una infinita siembra de ideas, como un inmenso germinar de costumbres, que acabaron con el dolor estéril y dieran a cada ser humano una vida digna de ser vivida y pronto encontré en el movimiento obrero el ambiente propicio a mis nuevas y más fervientes aspiraciones.” p. 273.

[73] En cada una de ellas emprende diversos proyectos que van desde la fundación del periódico Vanguardia (1894), el Partido Socialista Obrero (1896); en su carrera parlamentaria, iniciada en 1912 y culmina en 1928, impulsa distintas leyes relacionadas la situación de los trabajadores: el impacto de los impuestos en la carestía de la vida, la supresión de gastos públicos y superfluos, la implantación del salario mínimo para los trabajadores del Estado, creación de escuelas primarias, secundarias y universidades en el país. Parte de su lucha se ve cristalizada con la fundación de la Biblioteca Obrera, la Sociedad de la Luz, verdadera universidad popular; la Asociación Obrera de Socorros Mutuos y la Cooperativa El Hogar Obrero. Todo esto en beneficio de la clase trabajadora. Ver: Repetto, Nicolás, Juan B. Justo y el movimiento político social argentino, Buenos Aires, Ediciones Monserrat, 1964, p. 51-52 y 60.

[74] Bautista Justo, Juan, La realización del socialismo, Op. cit., p. 30. Cabe aclarar que ya desde 1894, Justo proyecta un programa organizacional para la clase obrera, que lo da a conocer mediante un artículo que publica en el Semanario Vanguardia, el 7 de abril de 1894, éste es el primer texto que se escribe de orientación socialista en el país; en cuyo contenido señala: “el surgimiento y formación de la clase proletaria que corresponde a la reciente posibilidad industrial del país. Misión del socialismo será organizar la tropa política de esa clase nueva para enfrentar la solución de los grandes problemas que los conductores oligárquicos no se resuelven a considerar y, en realidad, se niegan a tomar en conocimiento. Misión revolucionaria”, p. 55.

[75] Ibid., p. 31-32.

[76] Ibid., Al respecto explica: “Mientras el trabajador no la comprende su situación en la sociedad no es más elevada que la de un animal de carga. También el caballo y el buey trabajan para su amo, pero de ellos no se dice que son explotados a lo menos en el sentido de opresión y de infamia que tiene esa palabra. La explotación empieza a ser inicua cuando los que la sufren la comprenden”, p. 32.

[77] Ibid., p. 40.

[78] Repetto, Nicolás, Op. Cit., p. 120.

[79] Bautista Justo, Juan. En los Estados Unidos. Apuntes escritos en 1895 para un periódico obrero, Buenos Aires, “La Vanguardia”, 1928, p. 4.

[80] Ibid., p. 26.

 

Cómo citar este artículo:

INACUA GÓMEZ, Sandra Guadalupe, (2016) “Del anticolonialismo al antiimperialismo: gestación de un movimiento en resistencia”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 26, enero-marzo, 2016. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 21 de Junio de 2024.

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