Antropología y política: un debate olvidado

Anthropology and politics: a forgotten debate

Antropologia e política: uma discussão esquecido

Sergio Ricco

RECIBIDO: 09-09-2013; ACEPTADO: 23-09-2013

 

La antropología aplicada y el desarrollo de la comunidad como su correlato se desarrollaron en situaciones de tensión, tanto dentro de los Estados nacionales como a nivel mundial, el contexto fue la Guerra Fría. La dimensión ética se encontró presente en el quehacer antropológico institucionalizado por las consecuencias de afectación como al abrir una carretera, al instalar una hidroeléctrica, por la presencia de instancias foráneas en la exploración y explotación de recursos: petroleras, madereras, mineras, y más tarde, el narcotráfico, y en esta situación se acentuó la crítica a los modelos tendientes a la hegemonización local, regional y nacional. Una de las vías planteadas fue la autogestión como destino de los grupos originarios. Los instrumentos de contención social como infraestructura básica, salud y educación, abrieron el mercado laboral para antropólogos y trabajadores de campo, y también la diversidad de observaciones a programas insuficientes e ineficientes. La crítica ética, a diferencia de los países centrales en América Latina, no logró una gran difusión ni extensión, salvo la denuncia contenida en el campus universitario.

El auge de la antropología aplicada, los estudios de comunidad y el desarrollo de la comunidad hicieron participar a un sinnúmero de profesionales de las ciencias sociales en todos los países, aún aquellos con regímenes castrenses. Se realizaron un número extenso de trabajos de prospectiva que, en casi todas las ocasiones, se quedaron guardando el sueño de los justos. En este sentido, bien valdría la pena hacer una revisión puntual de estos proyectos que en su momento respondían a los Grandes Problemas Nacionales. Este proceso de inversión, de esfuerzos institucionales se fue agotando a inicios de la década de los noventa y por ello se señala la necesidad de reactivar el trabajo de campo y la intervención a la luz de una evaluación de al menos tres décadas.

La Guerra Fría, que trajo aparejado los proceso de descolonización, movimientos revolucionarios, reinvindicaciones populares de todo tipo, reclamo de derechos civiles, cuestionan el carácter de una antropología tradicional que a partir del último tercio del siglo XIX y la última década del siglo XX logró espacio institucional dentro de las universidades metropolitanas, y alcanzó junto con la economía y la sociología crear instituciones de investigación con una tradición teórica y el uso de un léxico, que a partir de los años 60 es cuestionado. Se observa el carácter colonial de la antropología, y se reclama la necesidad de estudios en regiones del mundo que están viviendo procesos revolucionarios, y que las universidades y los centros de investigación se niegan a estudiar estos nuevos fenómenos que colocan en entredicho a la teoría y práctica de las ciencias sociales, y en particular, de la antropología. Conceptos como el de aculturación y el del cambio socail dirigido, dejan de ser explicativos. En su lugar, se propone la utilización de conceptos que surgen del materialismo histórico y que pueden lograr una mayor comprensión de los nuevos procesos sociales. En América Indígena, se presentaron las colaboraciones de Adams, Berreman, Gjessing, Gough y algunos comentarios aparecidos en la sección de documentos de América Indígena. Al mismo tiempo, este tipo de discurso va a dar paso al largo periodo denominado de “crisis”, a pesar de que hay posturas que reclaman una estabilidad en la teoría y práctica antropológica con base en los discursos posmodernos, del cual aún la antropología no logra salir.

Un hito dentro de las corrientes antropológicas que contribuyen a la generación de la crisis de la disciplina es la demostración de Erick Wolf y su compañero, Joseph Jorgensen, quienes desde el comité de ética de la American Anthropology Association, desatan un escándalo al demostrar que desde los años 50 se encontraba establecida la correlación departamento de defensa-universidades y centros de investigación. El escándalo desatado por Wolf y Jorgensen logró cimbrar a las sólidas instituciones antropológicas norteamericanas. 

Las crisis producidas en los países metropolitanos producen su resonancia en  México, y los jóvenes antropólogos, inspirados en el materialismo histórico y en las vivencias del movimiento estudiantil del 68, replican en contra de la teoría y práctica del indigenismo mexicano, de su carácter homogeneizador e integrador a una sociedad que no está cuestionada. Defensores del indigenismo, como Alfonso Villa Rojas y Agustín Romano, plantean que el indigenismo es de interés marginal, por los magros presupuestos que recibe, pese a las bondades que supone las bases del indigenismo, que sólo quedaron en el papel. Se promete una amplia discusión con los nóveles antropólogos y con los críticos de la integración nacional, debate que nunca se realizó.

La colaboración de Richard Adams presenta una historiografía del carácter de la antropológía y de las oportunidades de empleo.

Adams (1968) ubica la ética en dos planos; la profesional y la nacional. Con respecto a la profesional su marco ético está en relación a generar conocimiento y difundirlo. Pero esta situación a veces causa disgusto, es decir, hay renuencia a presentar avances de investigación o reportes y, en más de las ocasiones, el conocimiento adquirido se mantiene en secrecía. En el sentido nacional se presentan presiones para el desarrollo de la profesión y realizar cosas que se consideren positivas para la nación, por ejemplo, buscar la integración de los indios a la vida nacional.


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Antes de la Segunda Guerra Mundial, la antropología en los Estados Unidos se soportó en la tendencia histórico-cultural renuente a articular cualquier situación evolutiva, sus explicaciones, por ejemplo, sobre un aspecto económico se encaraban desde la psicología. En las décadas de los cuarenta y cincuenta, los Estados Unidos tuvieron la necesidad, por su expansión, de realizar antropología aplicada. En los últimos quince años Marx y Weber han entrado por la puerta de atrás a la antropología norteamericana. Dentro de los autores que Adams destaca se encuentran Sidney Mintz, Erick Wolf, Ángel Palerm, Julian Steward, Charles Erasmus, Johan Gillin. Los primeros ensayos de la antropología norteamericana en las comunidades latinoamericanas era presentarlas como entidades aisladas del resto del mundo. Los cambios sociales se realizaron mediante ajustes siguiendo el patrón norteamericano, por ejemplo, en los Estados Unidos el cambio tecnológico es primero y la sociedad va realizando sus propios ajustes. Innovaciones sociales no generadas por cambios tecnológicos eran consideradas socialistas  o comunistas. Previo a la Segunda Guerra Mundial, el quehacer antropológico norteamericano era entendido en una suerte de ética cristiana y nacionalismo. A partir de la década de los cincuenta, el código de ética de la Sociedad de la Antropología Aplicada se hace necesario que cambie  y ya no promueva consideraciones cristianas y de beneficio nacional para los Estados Unidos. El marco ético se circunscribe al quehacer mismo del antropólogo. En 1962 se planteó este problema en la Sociedad de Antropología Aplicada sin mayor eco, se nombró a una Comisión para estudiar el asunto y nunca se presentaron los resultados de sus trabajos. En 1965, en el seno de los antropólogos que trabajaban en América Latina, se ventiló el asunto del Plan Camelot en donde prominentes antropólogos habían participado, desatando en muchos la indignación. En la reunión anual de 1965, la Asociación Americana de Antropología designó una tarde para ventilar el problema de la ética.

A diferencia de la década de los treinta y cuarenta en que varios antropólogos tuvieron que abandonar la profesión por falta de empleo en los sesenta, el mercado de trabajo exige antropólogos bien capacitados y calificados, así el antropólogo tiene la posibilidad de escoger trabajo entre varios patrones.

Adams se plantea que aún, para 1968, la antropología carece de una perspectiva clara para definir el trabajo aplicado y el trabajo de campo se está adecuando a nuevas circunstancias provocadas por grandes acontecimientos sociales, motines estudiantiles y urbanos, de legislaturas y sistemas políticos que dependen del cambio violento. Aún falta por definir estrategias metodológicas pero una tendencia presente en antropología es que el trabajo tiene que ser realizado en un estricto marco de libertad sin la sombra del beneficio a una nación. La antropología latinoamericana debe mucho a la antropología europea y norteamericana. La principal actividad de la antropología en América Latina fue el indigenismo y hasta los años sesenta esta actividad definía el mercado de empleo.

Los antropólogos latinoamericanos se debatían en una línea de integración del indio para que se convirtiera en un ciudadano productivo más, y la otra tendencia, la del socialismo criollo, de la cual, con seguridad, José Carlos Mariátegui es el mayor exponente. El cambio social ha sido objeto de la antropología latinoamericana, la tecnología no reviste mayor atención por parte de los antropólogos y, al contrario de los Estados Unidos que prevé ajustes posteriores a las innovaciones tecnológicas, en el contexto latinoamericano el cambio debe permitir la innovación de tecnología. Como ejemplo de innovación social compleja, Adams presenta al Instituto Nacional Indigenista de México, el cual ha impulsado una agricultura moderna, nuevas posibilidades sanitarias, caminos, educación, en fin, innovaciones tecnológicas.

El antropólogo latinoamericano, si bien se percibe como miembro de una comunidad internacional mayor, se siente constreñido a los vaivenes políticos de la nación; por ejemplo, un funcionario puede desempeñar su trabajo como antropólogo en un puesto de responsabilidad política y al año siguiente estar fuera del ambiente profesional. Se presenta la disyuntiva para los profesionales en América Latina de inclinarse por su propia ética o responder a los dictados gubernamentales. Al momento, la tendencia es afiliarse a los dictados oficiales pero las promesas gubernamentales no se consolidan.

El antropólogo latinoamericano aún esta constreñido al empleo gubernamental, situación que es más flexible en los Estados Unidos. Sobre todo en Argentina y Brasil los antropólogos, durante los regímenes castrenses, se han visto obligados a emigrar, en el caso de los Estados Unidos, la tendencia es a encontrar empleo fuera del país y no necesariamente bajo la egida gubernamental. En los Estados Unidos, el antropólogo puede elegir el trabajo fuera de la esfera gubernamental, existen agencias de cooperación. En América Latina el gobierno selecciona a los antropólogos.

En el contexto de la guerra de Vietnam y de otros asuntos de espionaje en los que participan los antropólogos, la pregunta radica en saber si los aspectos públicos interesan al gremio antropológico. Lynd abre la discusión sobre para qué sirve el conocimiento y al respecto recurre a los trabajos de Wright Mills acerca de El Papel Social del Intelectual,  El Conocimiento y el Poder y el texto de Paul Baran La Obligación del Intelectual. En este contexto están los escándalos del Plan Camelot, el Informe de la Universidad de Michigan sobre la guerra de Vietnam, la CIA y las investigaciones del Pentágono sobre los movimientos de insurgencia a nivel mundial en donde se emplean antropólogos. Boas ya se encontraba atento a este tipo de participaciones en el contexto de la Primera Guerra Mundial. [1]

Los científicos dentro de las universidades y en centros de investigación conforman grupos alineados al poder gubernamental, militar, corporativo, y generan un uso parcial de la ciencia presentándose con un carácter de poder inamovible, expresando un conocimiento científico sin valores, así bastará suprimir el Plan Camelot, el Plan Ágil y Simpático, Marginalidad, Colonial  y otros programas contrainsurgentes para evitar confrontaciones pero manteniendo un quehacer científico enclaustrado en la torre de marfil y seguir sosteniendo una ciencia sin valores.

El papel del intelectual es ser la conciencia social de su tiempo y mantener la honestidad que es la vía para poder estar informado y tener el compromiso de intervenir.

Berreman(1969) se plantea un humanismo que pondere la razón sobre el poder y, en estos años de asonadas militares –las décadas de los 60 y 70- sin parangón, se tomen acciones no convencionales a fin de que la razón quede privilegiada sobre el poder.

Aferrarse a la ciencia por la ciencia es la tendencia de los científicos tanto sociales como de las ciencias físicas sin hacer referencia a la sociedad en la que se vive, en otras palabras, es reducir argumentativamente los efectos del Establishment. Un ejemplo al respecto es la administración colonial que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX y que pregona que lo mejor que puede suceder es la administración de los blancos en beneficio de los no blancos y de los propios blancos, a partir de ello surge una ciencia, la antropología.

Gjessing(1969) introduce el concepto de “deriva cultural”, definida como una compleja serie de cambios en el seleccionado inventario de una sociedad y consiste en adiciones, pérdidas y cambios de énfasis y relaciones, lo relaciona con el concepto de tradición que serían todos aquellos elementos que se transmiten de una generación a otra en sentido social y dinámico; es decir, que algunos aspectos se hunden en el olvido pero subsisten en el inconsciente y aparecen otros para dar congruencia al momento que se vive. La tradición es inconsciente por lo cual es difícil identificarla cuando se vuelve consciente, es tradicionalismo.

Lucy Mair en su texto Las Nuevas Naciones trata el problema de la prolongada crisis política en el Congo como un mero aspecto intertribal y sin mencionar la relación de supeditación que esta nación tiene con las metrópolis en términos de préstamos, asistencia, declinación en los precios de las materias primas, Mair ha enseñado durante largo tiempo administración colonial y es un buen ejemplo de una tendencia antropológica. Lévi-Strauss admite que en estos tiempos de violencia una parte del mundo entiende a la otra como objeto.

 Gjessing propone una revolución científica a fin de entender de otra forma a África, Asia y América y tener un acercamiento a sus aspiraciones. Sugiere un humanismo. Gjessing concluye que la antropología es un desarrollo colonial y poco tiene que hacer en el mundo actual, a menos que neutralice su tradición anterior y diseñe nuevas líneas de trabajo en concordancia y beneficio del mundo contemporáneo.

            Los antropólogos y estudiantes norteamericanos en tiempos recientes se han quejado de que la antropología social y cultural no está atacando los problemas del mundo actual.

De acuerdo a Gough (1969), la antropología es hija del imperialismo occidental con raíces del humanismo renacentista, alcanzando su madurez como disciplina a fines del siglo XIX y principios del XX. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el trabajo antropológico norteamericano giró desde una ideología dominante con visión occidental  observando sociedades controladas por el imperialismo, aceptando este esquema como algo ya escrito.

Los antropólogos de esa época tuvieron un papel como los reformadores liberales blancos en otros campos de la sociedad. Procedían de la raza dominante y se desenvolvían al amparo de la legalidad norteamericana, no obstante, como estaban en permanente contacto con los grupos nativos tendieron a protegerlos de los abusos de la explotación imperial. La antropología aplicada se originó como resultado de las relaciones entre los antropólogos y las comunidades no blancas; es decir, de un trabajo social y el desarrollo comunitario en términos de avances en la educación y en sus condiciones de vida.

A partir de la Segunda Guerra Mundial el escenario ha cambiado, hay más de dos mil millones de habitantes en el mundo subdesarrollado (años sesenta), del cual un tercio de su población ha salido de la influencia imperialista mediante procesos revolucionarios que los han llevado a formar Estados socialistas como Vietnam, China, Mongolia, Corea del Norte y Cuba. La Guerra Fría ha sido un obstáculo para que los antropólogos norteamericanos estudien de forma directa estos nuevos estados y vean en el comunismo algo malo, despreciable, creándose distorsiones tanto de teoría como de práctica.


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Se debería dar mayor atención a los trabajos que científicos occidentales han realizado de estas sociedades socialistas a partir de que han vivido en ellas, tal es el caso de Lattimore, Robinson y Adler, Robinson, Myrdal, Crook y Crook. También están las fuentes de información que han escrito los periodistas y otros especialistas que han viajado o vivido en estos países, por ejemplo, Dumont, Gelder y Gelder, Hinton, Snow, entre otros, quienes han escrito positivamente en torno a las revoluciones socialistas pero el Estado norteamericano ha tendido a menospreciar estas opiniones.

El apoyo financiero de Estados Unidos hacia el 28% de los países subdesarrollados tiene un papel preponderante en la autonomía de estas naciones, ya que sin este financiamiento muchas de ellas se derrumbarían, es el caso de Argentina, Brasil, Perú, Venezuela, Ecuador, Chile, Vietnam del Sur, Corea del Sur, Tailandia, Filipinas, Taiwan, Malasia, el Congo, etc. El 37% de la población vive en zonas que se les considera occidentales, gobernadas por líderes populares nacionalistas. Naciones independientes que conforman el Tercer Mundo se consideran políticamente neutrales y con posibilidad de optar por el socialismo. Por la popularidad de sus gobiernos, Worsley les nombra “populistas” y en su economía predomina tanto lo púb  lico como lo privado. Los países con mayor número de población sobrepasan los cinco millones de personas como India, Indonesia, Afganistán, Nepal, Cambodia, Kenya, Siria, Tanzania, entre otros más.

Hacia los años cincuenta los científicos sociales pensaban que estas naciones neutrales podrían llegar a formar un Tercer Mundo con poderío, pero para los sesenta esta expectativa se ha ido debilitando ante la creciente fuerza militar y financiera de Estados Unidos, frente a la negativa de Europa a renunciar a sus espacios económicos y a que los gobiernos han mostrado incapacidad de aumentar las condiciones de vida de su población. Un 10% de los países subdesarrollados han tenido que volver al papel de satélites de los Estados Unidos como Honduras, Guatemala, Venezuela, Brasil, Argentina, Guyana, Bolivia, Trinidad y Tobago, Vietnam del Sur, Laos, Tailandia, Togo, Gabón. Por otro lado, países que Gough clasifica como independientes, han optado por una relación de dependencia hacia Estados Unidos, tal es el caso de la India, Indonesia, Afganistán, Ghana, Kenya, Ceilán. Unidos éstos con los países coloniales y los Estados clientes de Norteamérica alcanzan un total del 48% que están fuertemente influenciados por la política norteamericana, independientemente de los espacios socialistas.

Gough ve la revolución en los países subdesarrollados como una liberación al imperialismo occidental ante el control que se ejerce sobre estas naciones donde la pobreza se incrementa, una minoría de ricos van acumulando más riqueza, la población aumenta y el descontento se va extendiendo entre los diversos sectores, un escenario que sin duda favorece a los procesos revolucionarios.

En un escenario revolucionario los antropólogos se mueven en un triple ambiente; primero con obligaciones hacia los grupos que estudian, luego, hacia sus propios colegas y hacia la ciencia y, en último lugar, a las universidades e instituciones que financian sus investigaciones. Por otra parte, los antropólogos cada vez se encuentran más sujetos al escrutinio y control del Estado norteamericano como lo muestra el informe Beals de 1967, a lo que Gough se pregunta: ¿qué hace un antropólogo que depende de un mundo contra-revolucionario ante un mundo cada vez más revolucionario? A ello hay que agregar a un estudiantado que cada día cuestiona más sobre ética, metas y compromisos. Los científicos sociales en tal situación ven cada día más reducido su objeto de estudio al grado de pensar en estudiar sociedades tribales muy pequeñas, en lugares remotos y sin problemas de inestabilidad, o como Worsley acota en su artículo ¿El Fin de la Antropología?, con el tiempo se verán en la disyuntiva de ser especialistas de grupos pequeños preindustriales o bien dirigir su conocimiento al estudio de sociedades modernas incluyendo las revolucionarias. Si se dirigen a la primera opción corren el riesgo de convertirse en historiadores y, si optan por la segunda, afirma Gough, tienen algunos problemas, pues no han hecho un estudio profundo sobre el imperialismo occidental como un sistema social y sus efectos de éste sobre las sociedades estudiadas, a pesar de los libros que se han publicado sobre estos temas como el de Worsley, El Tercer Mundo, de Wallerstein, Cambio Social: la situación colonial, el estudio de Wolf sobre México, el de Steward que aborda a Puerto Rico y otros estudios. Sin embargo, hay que anotar que los antropólogos han estudiado el cambio social moderno en sociedades preindustriales pero bajo cierto tipo de conceptos como aculturación, continuum folk-urbano, cambio social, modernización, urbanización y occidentalización, en donde los temas de explotación, fuerza y sufrimiento tienden a borrarse de la investigación.

Gough se cuestiona por qué el antropólogo no ha estudiado el imperialismo como un fenómeno unitario, a lo cual arroja algunas posibles respuestas que hablan de las limitantes teóricas y metodológicas de la propia disciplina, su resistencia a faltar a los gobiernos que financian sus investigaciones, el ambiente contra-revolucionario en el que se desenvuelven en las instituciones universitarias, ello facilita la creación de modelos mecánicos. Se destaca la ausencia de referencias marxistas en las bibliografías oficiales de antropología de la talla de Hobson, Lenin, Luxemburg, Moom, Tawsend, etc. Hay otros trabajos más recientes que también quedan olvidados como Fanon, Baran Sweezy, Dumont, Frank, etc.

Hay indicadores sugerentes, por ejemplo, la ingesta alimenticia en los países no socialistas es menor a lo registrado antes de la Segunda Guerra Mundial y en los países socialistas se han incrementado, pese a los informes en contrario de los Estados Unidos. Al respecto sería relevante realizar un estudio comparativo, por ejemplo, la  ayuda norteamericana a un país como República Dominicana y la cooperación de la Unión Soviética a Cuba.

Se requiere redefinir lo que la antropología va a entender por imperialismo y neocolonialismo, tanto de un polo como de otro, la disposición de los sobrantes económicos, la coerción militar y la relación entre las élites políticas, tanto del lado de los Estados Unidos como de la Unión Soviética.

Al mismo tiempo se haría necesario desarrollar una línea de trabajo sobre situaciones revolucionarias y pre-revolucionarias, hay un buen número de intelectuales occidentales que van siguiendo estos acontecimientos pero donde no encontramos antropólogos. Gough de ninguna manera estaría planteando un proyecto Camelot sino recuperar la libertad del antropólogo por estudiar estos aspectos de igual forma que se estudian los sistemas de cargo. Pugna por recuperar la libertad individual y colectiva del antropólogo para elegir sus líneas de trabajo.

América Indígena pese a su carácter conservador publica artículos relevantes sobre la crítica, lo que en estos años se denomina antropología aplicada y abre una rendija a las críticas del quehacer indigenista.

En los comentarios a los artículos hay opiniones fervientes hacia la posición de Berreman,  Gjessing y Gough, como la de Olga Akhmanova(1969) de la Unión Soviética. Ralph Beals(1969) se pronuncia con ingenuidad sobre los jóvenes antropólogos y el desprecio que hacen por la libertad que gozan en el mundo occidental. Butler se plantea la imposibilidad de que los antropólogos, si bien conocen las técnicas para acercarse a otras culturas, se requieren de estudios interdisciplinarios como el de los economistas para entender la compleja situación mundial.

Daniel Cazés(1969) felicita a Current Antropology por abrir sus páginas a una discusión necesaria, la antropología es hija del imperialismo en los Estados nacionales, las burguesías se comportan de la misma manera y establecen alianzas con las posturas imperiales, de ahí el colonialismo interno que ha sido utilizado para dar cuenta de esta situación en países como México y Perú, pero en sí el término no da cuenta de la totalidad del problema. Cazés se queja de que cada vez más los espacios antropológicos son cerrados para ser estudiados por los pocos antropólogos que producen los Estados nacionales y se abren sin restricción a los antropólogos norteamericanos. Cazés reivindica el carácter revolucionario que debe tener el antropólogo y tratar de preservar, aunque sea con sacrificio salarial, la autonomía de los centros de formación de científicos sociales.      

Cohen(1969) simpatiza con la perspectiva general de Gjessing y Berreman, en tanto la investigación en ciencias sociales debería poseer valores de corte humanista. Sin embargo, no queda resuelto el problema de la complejidad actual de la sociedad, y tampoco se puede obligar al científico social a tener una persepctiva humanista. Pero a nuestro juicio, Gjessing y Berreman se remiten a una crítica específica de programas y sus efectos (Plan Camelot,ej). En otras palabras el poder de la ciencia desde los centros metropolitanos. Cohen establece que el ser científico, y en particular, científico social, no nos dota de un carácter moral más elevado que el que puedan tener otros hombres. En el caso del científico social, no está capacitado para determinar los horizontes sociales a alcanzar. En este sentido, los programas a los que se adscribe sólo puede determinar aquellos elementos que van de acuerdo a sus valores. Por ejemplo, el descubrimiento de gases tóxicos para fines bélicos puede tener elementos morales con el descubridor, pero no necesariamente en el resto de los científicos que impulsan este tipo de investigaciones. Cohen establece una máxima: “la investigación que implica modos y medios inmorales de investigar es en sí misma inmoral”

Un ejemplo sobre ciencias sociales es en el que participó en Israel para la integración de migrantes árabes, el sector judío que domina los espacios de Israel son los blancos. Reconoce que el horizonte de la investigación es la de una absorción total, y a él le quedó el recurso de sugerir estudios sobre el folklore para evitar mayores costos sociales en el proceso de integración, respetando particularidaes. Reconoce que las investigaciones sociales en la mayor parte de las situaciones persiguen fines políticos, Cohen decidió buscar financiamiento independiente para realizar investigaciones de acuerdo a su perspectiva moral. No todos los científicos sociales pueden proceder así, ya que dejarían sin apoyo profesional a los espacios de decisión administrativa.

Cohen se siente satisfecho moralmente, ya que en sus investigaciones patrocinadas por instituciones judías, él sugirió una mayor comprensión del problema árabe en el país y en la región.

Cresswell recupera la responsabilidad social del antropólogo y al margen de que las investigaciones antropológicas puedan resultar relevantes para el mundo moderno, se debe rescatar el trabajo inductivo del trabajo de campo ya que este puede ser aplicado en las propias sociedades. Refuta la distinsión entre ciencia pura y ciencia aplicada, ya que esta distinción artificial propicia las torres de marfil. La responsabilidad social del antropólogo la coloca en el caso de la guerra de Vietnam, en donde se cuestiona el arrasamiento de un gobierno hacia su propia población y al mismo tiempo, como ciudadano norteamericano el poner en cuestionamiento las formas de análisis que se hacen sobre procesos revolucionarios y el socialismo. El científico social tiene poca capacidad de influir en el destino de las investigaciones y el compromiso social que puede lograr es influir en un cambio analítico, influenciando al mayor sector de público posible.

 

Se destapa el escándalo

El 30 de marzo de 1970 el Comité estudiantil de movilización para el fin de la guerra en Vietman, presentó una documentación al Comité de Ética de la Asociación Americana de Antropología (AAA) mostrando el papel que varios antropólogos estaban cumpliendo en tareas de contraespionaje y contrarrevolución en Tailandia. Wolf y Jorgensen(1971)[2] pertenecían al Comité de ética y se dieron a la tarea de alzar la voz y alarma sobre las prácticas antropológicas en países en desarrollo. Ello en la medida en que la investigación clandestina y secreta contradice el espíritu de la AAA y pone en riesgo la integridad científica de la investigación antropológica. El contenido de los documentos se referían a acuerdos de la American Advisory Council Thailand al servicio de la Agency for International Development (AID) sobre un proyecto para la investigación sobre contra-insurrección en Tailandia, presentado por los American Institutes of Research en Pittsburgh en convenio con el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Estos documentos indicaban la posibilidad de repetir el Plan Camelot, el cual, al ser descubierto, desprestigió la política de los Estados Unidos.

Pronto se produjo un escándalo, estos documentos fueron dados a conocer a la prensa y a la Asociación de Estudios Asiáticos en San Francisco, se ventilaron nombres de destacadas personalidades y surgió una lluvia de protestas. El Comité de ética reunido en Chicago evitó un seguimiento de personalidades, pero advirtió sobre las actividades realizadas en Tailandia, por las cuales el Comité quedaba convencido de prácticas de contrainsurgencia y de poner en riesgo a la integridad de la AAA al utilizar a los antropólogos en estas tareas. El comité sentenció: “Estos programas comprenden esfuerzos en la manipulación de gente en escala gigantesca y enredan la investigación antropológica normal con actividades de contra-insurrección, tanto abiertas como secretas, en tal forma que amenazan el futuro de la investigación antropológica en el sudeste de Asia y en otras partes del mundo” (pg. 431).

Al analizar los documentos, el Comité encontró reuniones con funcionarios del gobierno tailandés y científicos sociales, a los cuales se les designo con las siglas SC (Social Cientific). Estas reuniones realizadas en 1967 fueron efectuadas en Massachusetts y patrocinadas por la Institute for Defense Analisys, instancia creada por el Departamento de la Defensa en 1955 para coordinar el papel de las universidades en situación de guerra y poder rentabilizar las opiniones de los científicos montados en su torre de marfil.

Los documentos referentes a esta reunión mostraron la disposición de los llamados científicos sociales a participar, por la idea de tener un salario adicional, conocer las regiones del sureste asiático, las formas de captación de comunistas, y dentro de las opiniones, a consideración de Wolf y Jorgensen, imbéciles, era privar las regiones calientes, premiar las estables y promover la democracia entre la población a fin de hacerlos participar en los programas que mostraran poca eficiencia.

Un acercamiento más minucioso sobre las acciones realizadas en Tailandia arriban al Center for Research, llevan al Social Sciences de la Universidad de las Américas los proyectos que poseen un alto presupuesto sin que se especifiquen los planteamiento teóricos para evitar la insurgencia, aunque este es el punto central y se establece en convenio con las universidades, se muestra el caso de la Universidad de California en Los Ángeles. Se hace mención a reuniones realizadas en Tailandia donde aparte del Departamento de Defensa, los organismos de seguridad de ese país se encuentran presentes, El Cuerpo de Paz y once misiones cristianas, entre otras. Se estableció una base de datos que tenía por objeto identificar el grupo étnico, sus personajes de prestigio, la historia migratoria, las coordenadas exactas del asentamiento y su trayectoria, filiación racial, nombres y armas disponibles.

Un etnógrafo disidente de las montañas del norte de Tailandia reseña su experiencia, realizó sus estudios en un programa del Sudeste asiático, fue cooptado para realizar investigación con un jugoso presupuesto, contó con el consejo de sus profesores, pero pronto se percató del destino que tendrían sus datos, negándose a entregarlo al Tribal Research Center, invitando a sus colegas a hacer lo mismo. Si bien es honorable la disidencia del etnógrafo mencionado, la situación no se salva con decisiones individuales. Wolf y Jorgensen citan a Levi-Strauss:

“La antropología no es una ciencia desapasionada como la astronomía, que proviene de la contemplación de cosas a distancia. Es el resultado de un proceso histórico, el cual ha hecho de la mayor parte de la humanidad subordinada a la otra y durante el cual millones de seres humanos inocentes han sido despojados de sus recursos, sus instituciones y sus creencias destruidas mientras que ellos eran aniquilados, esclavizados y contaminados de enfermedades que ellos no podían resistir. La antropología es hija de esta era de violencia. Su capacidad para valorizar más objetivamente los hechos pertenecientes a la condición humana, refleja, a nivel epistemológico, un estado de cosas en el cual una parte de la humanidad trata a la otra como un objeto.” (pg. 441)

Para Wolf y Jorgensen, la antropología norteamericana tiene una distinguida genealogía en entrometerse en asuntos ajenos, su propia historia ha sido el de la confrontación directa con los indios del territorio, considerados en 1829 por el Juez Marshall como “naciones doméstica dependientes” y, a nivel de sentido común, el mejor indio es el indio muerto. El New Deal trajo la idílica idea de una vida en comunidad reduciendo a los indios que se negaron a morir a “insignificantes actividades empresariales individuales”. La Segunda Guerra Mundial abrió posibilidades para el ingreso de los antropólogos al gobierno; por ejemplo, la reubicación de 100 000 japoneses, lo cual permitió estudiar la cultura japonesa a distancia como una tarea para el Departamento de Defensa. La posguerra permitió utilizar esta experiencia para estudios a distancia de Europa, de la Unión Soviética, establecer una base de datos para América Latina y cada vez una mayor injerencia de los Estados Unidos en Guatemala, Cuba y Vietnam, atrajó el interés de estudios sociales para información del Departamento de Defensa; Marina, Fuerza Aérea, Fuerza Armada. La fórmula de diez soldados norteamericanos por cada guerrillero fue propuesta por diez antropólogos por cada guerrilla, de tal forma la Fundación Rockefeller, el Departamento de Estado y las principales universidades establecieron sus bases de información sobre las áreas de mayor contradicción en el mundo, se creó la base de datos Human Relations Area Files,  y un sinnúmero de entusiastas antropólogos que pretendían llevar su ciencia para el bienestar de la humanidad se emplearon en diversos proyectos.


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Frente a la pérdida de los imperios en Europa, los Estados Unidos han creado una nueva ecología política en donde se trata de obtener información de primera mano de los países subdesarrollados, desheredados, oprimidos, en donde el objetivo no es conocer las causas económicas y sociales del Estado de estas naciones, sino establecer fórmulas para reducir la protesta. Y, de nuevo se presenta la triangulación, universidad-fundación-gobierno, y base de datos para informes de corte militar y para las transnacionales. Wolf y Jorgensen decretan el  fin de la antropología ingenua donde el antropólogo está siendo utilizado como un simple informante, y los organismos antropológicos sólo sirven de mascarada para fines de corte militar industrial.

 

La discusión en un espacio regional: México

Con motivo de la reunión anual de la Sociedad para la Antropología Aplicada celebrada en la ciudad de México, se pronunciaron jóvenes antropólogos y estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia denunciando el carácter pequeño burgués de los antropólogos indigenistas y el carácter reformista y no transformador de la realidad social de la llamada antropología aplicada. Los jóvenes antropólogos se pronuncian por la transformación de la realidad social y por el compromiso. El manifiesto repartido en la reunión denuncia el carácter colonial de la antropología producida en los centros metropolitanos.

Villa Rojas se pregunta si de un plumazo desconocen y reducen el aporte científico de la antropología. Daniel Cazés, le responde, que es en la acción directa y revolucionaria de los teóricos; Lenin, Mao Tse Tung y Stalin quienes trajeron bienestar a sus pueblos. El antropólogo peruano Stefano Varese pugna por crear una conciencia en los espacios de trabajo.

Villa Rojas, con retórica oficial, plantea la negativa de la nueva tendencia a lograr la integración de las comunidades indígenas, se niegan a que estas participen de los anhelos y aspiraciones de una unidad mayor, el argumento que se esgrime es que se incorporen al sistema. Al respecto, Villa Rojas plantea los exiguos presupuestos que el Instituto Nacional Indigenista tiene para atender a más de tres millones y medio de indígenas, y al parecer con este dinero, la clase dominante tiene poca prisa por lograr la integración de las comunidades, el presupuesto para parques y jardines de la ciudad de México es superior a la del Instituto Nacional Indigenista. Varese afirma que integrar a la comunidad y al indio es crear un subproletariado o lumpenproletariado, incapaz de autoestructurarse como sociedad culturalmente consciente, esto lo reafirma su colega y paisano Rodrigo Montoya, quien identifica al capitalismo como el elemento que hay que transformar. Para Varese es posible que la sociedad peruana sea pluricultural y multilingüe, Villa Rojas lo denosta al sostener que no existen símbolos nacionales para lograr un proyecto multicultural y plurilingüe. Stavenhagen pugna por la desaparición del colonialismo interno.

Los viejos indigenistas consideran al antropólogo como el más capacitado para dirigir la integración en situaciones de convivencia de grupos diferentes, y es y será sólo el desarrollo regional el que permita suplir la dependencia del exterior. Para la nueva ola la integración social tiene una disyuntiva, lograr que el país se consolide como entidad independiente o bien como un conglomerado de pequeñas entidades pluriculturales y plurilingüísticas.

Otro aspecto es el desarrollo de la comunidad que para Villa Rojas es el propiciar mejores condiciones de vida mediante semillas mejoradas, adquisición de técnicas agrícolas, caminos, educación, solidaridad, mejor transporte, pero lo cual no necesariamente hace feliz a la gente, ya que además se requiere un motivo para vivir, parafraseando a Redfield y a Adams en su concepción de la entropía. Pone el ejemplo del proyecto Vicos donde se logró romper con una situación servil a la de campesinos libres pero ello conllevó una gran desazón y produjo fuertes trastornos  psíquicos. En síntesis, Villa Rojas plantea el desarrollo de la comunidad como vía para el progreso o su crítica que considera que el desarrollar la comunidad es crear necesidades de clase media, de consumismo capitalista.

En tanto la nueva corriente viene con pujanza Villa Rojas se propone no cerrar esta discusión y en las páginas de América Indígena se abre el debate a otras posturas no latinoamericanas, situación que no se produjo.

Una queja de Villa Rojas es que la nueva ola usa conceptos cargados como cambio estructural, raíces profundas, falsos valores, capitalismo, revolución y en la mayoría de los casos no los definen.

En el marco de la reunión de la Sociedad para la Antropología Aplicada realizada en abril de 1969 se pronunciaron críticas al quehacer indigenista en México. La primera resulta de carácter centralizado y del indigenismo formando parte del gobierno, lo cual implica el mantener el statu quo de la situación de la población indígena en el país. La meta del indigenismo: la integración, es indeseable para la posiciones etnicistas, pues coloca al indio en una situación de mayor dependencia y explotación dentro de un sistema clasista. Los postulados de la antropología aplicada no se han realizado, ya que no estudian a la sociedad no indígena y la correlación que se tiene con la sociedad indígena, los posibles nexos en la política integracionista y la ideología dominante que refleja los intereses de los sectores sociales que ejercen el poder. Estas hipótesis fueron emitidas por Bonfil Batalla.

Agustín Romano responde a estas críticas que a su juicio sólo manifiestan el desconocimiento de lo que es la política indigenista y sus bases; como la  dotación de tierra a quien la trabaja, la escuela gratuita, el abatimiento de la morbilidad y la mortalidad, la superación del nivel de vida, la aplicación de la justicia, el desarrollo de las vías de comunicación y ruptura de la barrera de la incomunicación y el aislamiento a través de la castellanización. 

El que sostenga que se quiere mantener el statu quo, responde Romano, es en parte producto de la situación, existen barreras culturales, la tradición, la  magia y la hechicería, el alcoholismo que junto con otros factores retrasan los cambios y también se presentan valores exógenos que a nivel regional obstaculizan el desarrollo, es lo que González Casanova denomina colonialismo interno, pero nada más lejano que la intención de los indigenistas de promover el cambio. El indigenismo pretende liquidar el caciquismo, el latifundio simulado, la discriminación, la invasión de tierras y la defectuosa aplicación de la justicia. Si los propósitos y principios del indigenismo no se han cumplido esto es producto, no de la lógica de estos principios sino del método de aplicación y, por otro lado, se admite que el indigenismo no es una teoría y práctica fomentada por los círculos de poder y ello se expresa en los reducidos presupuestos para la práctica indigenista, la cual se desarrolla por inercia.

Una demanda que pareciera no ser punto de objeción es el de la integración, ésta puede tener distintas acepciones, así que es difícil poder definirla. Una primera aproximación sería la de un nivel más simple que es la aceptación de las normas de una sociedad determinada, el nivel superior es en el que no solamente se da la aceptación sino se genera una participación del individuo. Lo que se aspira es al nivel más bajo y propiciar la politización del indio a fin de que tenga mejores instrumentos para decidir en la sociedad. No se pretende con la integración la homogeneización, sobre todo en un país tan diverso. Es posible la convivencia entre distintos grupos étnicos, credos y condición económica, es viable tal como sucede en Suiza.


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Un ejemplo de integración espontánea es la de los zapotecos del Istmo que mantienen, el vestido (en el caso de las mujeres), costumbres matrimoniales, la lengua y expresiones culturales propias, a nadie se le ocurriría que este grupo fuese objeto de atención del indigenismo, lo recomendable no es la asimilación espontánea, ya que hay grupos que no están preparados para enfrentarse a la sociedad mayor. Son múltiples los ejemplos de desaparición, no sólo cultural sino también física. Para el maestro Romano las instancias oficiales deben mediar las distintas acciones, y se pregunta que si no es a esta sociedad a cuál otra se debe de integrar o si se debería esperar a los mesías de los cambios totales, o la lucha armada o bien llevar caminos, o bien llevar educación mientras se trabaja por mejorar la sociedad en la que estamos, un fin aceptable sería promover el cambio de estatus del campesino indígena a campesino no indígena y más tarde generar otro cambio para convertirlo en obreros calificados y profesionistas.

En relación a la carencia de trabajos que correlacionen la sociedad mayor con  la práctica indigenista hay cierta razón, son pocos los trabajos, ello en gran medida se debe a la falta de tiempo que el antropólogo aplicado tiene para reflexionar sobre los problemas, se requiere que los investigadores reflexionen sobre los grandes problemas nacionales. Romano se previene de que el antropólogo aplicado en la causa indigenista se le considere como un profesional de abnegación, haciéndole el juego a los grupos de poder como tontos útiles. En el mismo sentido, Romano sostiene que los pocos aportes de la antropología mexicana a una teoría general han sido desde la antropología aplicada.

Romano invita a establecer una discusión con los críticos del indigenismo y de la antropología aplicada.

 

Conclusiones

Los años 60 significaron en el contexto de la guerra fría y en el marco de los procesos de descolonización en Asia, África y las revoluciones y revueltas de América Latina cambios de paradigma  y de orientación, aunque efímera, de la teoría y práctica antropológica. Se cuestiona a los aparatos de poder y en específico, se denuncia la articulación de estrategias militares con universidades y centros de investigación en los países metropolitanos, así como la complicidad, en apariencia ingenua, de los antropólogos. Las denuncias logran nivel de escándalo y se hacen mención al carácter ético del quehacer antropológico, espacio que eventualmente funcionó en los Estados Unidos y no necesariamente en América Latina, África y Asia, donde los procesos de acumulación salvaje se continúan.  Pero sin duda, se abrió un nuevo espacio de conocimiento, los procesos coloniales y un cambio en la conceptualización del quehacer antropológico que tuvo como interlocutor a la teoría de las formaciones sociales. La rica discusión que se produjo en las décadas de los 60 y 70 ha sido ocupada a nivel de los centros formativos de profesionales de la antropología por los discursos de la posmodernidad, volviendo a una antropología que sólo reinvindica rasgos culturales y omite el planteamiento de lo grandes problemas nacionales. Es probable que la falta de crecimiento económico, el desempleo, la incertidumbre en el horizonte de vida, principalmente de los jóvenes, pueda lograr un nivel de politización en la antropología, y que de nuevo, el materialismo histórico, se constituya en un interlocutor válido, superando la confusión que privó durante la guerra fría de sistema social con teoría social, en otras palabras, la teoría de las formaciones sociales es un continente de conocimiento y no debe ser interpretado con base en el funcionamiento, por ejemplo, del ex bloque soviético, o de la China contemporánea. Es decir, la interlocución entre el quehacer antropológico que implica teoría y práctica, y la teoría de las formaciones sociales nos permite repensar otras vías de modernidad.



Notas:

[1] Los editores de América Indígena agradecieron a la revista Current Anthropology la autorización para traducir y publicar en castellano los artículos y comentarios que aparecieron bajo el título general de “La responsabilidad Social de los Científicos Sociales”, vol. 5, no. 9 de dicha revista, correspondienta a 1968.

[2] Publicado originalmente en el New York Review of Books, 19 de Noviembre de 1970.

 

Bibliografía:

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Romano, Agustín (1969). “La política indigenista de México y la antropología aplicada”. América Indígena, XXIX-4, pp. 1065-1076.

Villa Rojas, Alfonso (1969). “La responsabilidad social de los científicos sociales en torno a la nueva tendencia ideológica de antropólogos e indigenistas”. América Indígena, XXIX-3, pp. 787-804.

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Cómo citar este artículo:

RICCO, Sergio, (2013) “Antropología y política: un debate olvidado”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 17, octubre-diciembre, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Sábado, 2 de Marzo de 2024.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=817&catid=14