"La guerra a la ligera" de José Enrique Rodó (1871-1917)

"The war to the slight" of José Enrique Rodó (1871-1917)

"A guerra de ânimo leve" de José Enrique Rodó (1871-1917)

Rodrigo Quesada Monge[1]

Recibido: 25-07-2014 Aceptado: 30-07-2014

 

El talentoso escritor y agudo pensador uruguayo, José Enrique Rodó, se encuentra entre los pocos escritores latinoamericanos que escribieron y reflexionaron sobre la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Ya fuera porque ésta, en apariencia, se llevaba a cabo en escenarios muy lejanos; o porque, para algunos, esta confrontación militar tenía mucho de una guerra civil entre naciones europeas, el asunto es que los artistas, ensayistas, periodistas y filósofos latinoamericanos la miraron con distancia incierta y prudencia discreta. Incluso la voz resonante de un talentoso Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), el guatemalteco ilustre que escribiera tantas y tan profundas crónicas sobre la guerra, nunca sobrepasó los límites establecidos por un periodismo humano, solidario y considerado.  

En la espléndida introducción, de más de ciento cuarenta páginas, preparada también por otro uruguayo, Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), para las obras completas de Rodó, se nos informa que la guerra afectó profundamente a nuestro escritor. Sintió en lo más hondo de su corazón que los alemanes estaban agrediendo a una de las máximas expresiones de la cultura occidental, a Francia. Rodó sentía además que la latinidad toda, incluyendo a la América Latina, estaba siendo humillada y mancillada por la brutalidad germana.


Imagen 1. www.paspif.gr

 

II

Nos dice Rodríguez Monegal: “La guerra europea que estalla en 1914 influyó profundamente sobre Rodó. Su concepción del mundo, su optimismo paradójico se vieron conmovidos y puestos a prueba; su fe en la latinidad resultó sacudida por el brutal impacto de lo que él vio como agresión germánica” (1967, 1217). Con su refinada intuición y sensibilidad, Rodó sabía que lo que luego sería conocido como la Primera Guerra Mundial iba a transformar, desde sus raíces, no sólo a la cultura francesa, la “latinidad” como él la llamaba, sino a la cultura universal, pues, a partir de ella, nuestras nociones del poder, la economía, la sociedad y la política, dejarían de ser las mismas para siempre, y se convertirían en algo totalmente inédito, diferente; aparecerían nuevas formas de sentir, de percibir, de valorar y de transmitir la literatura, la plástica, la arquitectura y la música.

Este estado de ánimo restalla con lucidez frenética en el siguiente fragmento de Rodó: “La guerra traerá la renovación del ideal literario, pero no para expresarse a sí misma, por lo menos en son de gloria y de soberbia. La traerá porque la profunda conmoción con que tenderá a modificar las formas sociales, las instituciones políticas, las leyes de la sociedad internacional, es forzoso que repercuta en la vida del espíritu, provocando, con nuevos estados de conciencia, nuevos caracteres de expresión. La traerá porque nada de tal manera extraordinario, gigantesco y terrible, puede pasar en vano para la imaginación y la sensibilidad de los hombres; pero lo verdaderamente fecundo en la sugestión de tanta grandeza, lo capaz de morder en el centro de los corazones, donde espera el genio dormido, no estará en el resplandor de las victorias ni en el ondear de las banderas, ni en la aureola de los héroes, sino más bien en la pavorosa herencia de culpa, de devastación y de miseria: en la austera majestad  del dolor humano, levantándose por encima de las ficciones de la gloria y proponiendo, con doble imperio, el pensamiento angustiado, los enigmas de nuestro destino, en los que toda poesía tiene su raíz” (1967, 1238).


Imagen 2. www.jaimelago.org

Esta capacidad de penetración analítica de la atmósfera cultural y espiritual que Europa estaba viviendo no es atribuible, únicamente, a su estado de ánimo, pues, aunque Rodó estaba experimentando una de sus crisis emocionales recurrentes y agotadoras a las que estaba tan acostumbrado, el pensador uruguayo logra reunir en estos artículos una fuerza reflexiva y una capacidad de angustia, que solo puede ser atribuible a los existencialistas posteriores. Lo ve todo con tanta claridad, que encandila nuestra vista: “lo verdaderamente fecundo en la sugestión de tanta grandeza (…) no estará en el resplandor de las victorias (…) sino más bien en la pavorosa herencia de culpa, de devastación y de miseria: en la austera majestad del dolor humano, levantándose por encima de las ficciones de la gloria y proponiendo, con doble imperio, el pensamiento angustiado, los enigmas de nuestro destino, en los que toda poesía tiene su raíz”. 

 

III

De la mano de Rodó aprendemos que la angustia será un nuevo ingrediente cultural y existencial, en la forja de las conciencias de los hombres y mujeres del siglo veinte. No escribió mucho sobre la Gran Guerra, únicamente unos quince artículos, ocho de los cuales formaron parte de una serie titulada La guerra a la ligera, publicados en diversos diarios de América Latina y España; pero en estas pocas páginas, Rodó logró darle forma a la visión americana y “americanista” de un conflicto europeo, que luego mutaría en una de las sacudidas más violentas vividas por la humanidad occidental a lo largo de su historia.

Según Rodríguez Monegal, quien, para el propósito de su ensayo introductorio cita al filósofo francés Roger Callois, el americanismo, en términos generales, estaría compuesto de cinco elementos básicos, sin importar las diferencias regionales, los ingredientes étnicos, o los posibles conflictos que se encontraran en las historias nacionales de cada uno de los países integrantes de América Latina. Ellos serían los siguientes: “1- todo el hemisferio recibe de un solo golpe la tradición europea; 2- la independencia americana es un fenómeno continental y que se produce simultáneamente; 3- la fiesta en que se conmemora el descubrimiento de América determina una vida supranacional que no existe en Europa; 4- hay una comunidad lingüística a pesar de la coexistencia de varios idiomas; 5- América fue poblada por emigrados en los que la idea de nación se encuentra por completo desprendida de todo carácter tradicional y hereditario”. Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), el notable pensador dominicano, añadiría una sexta característica: “Ciertos fenómenos sociales y políticos ocurren en América Latina con una identidad cronológica sorprendente”. Y de nuevo agrega Rodríguez Monegal: “De esta séxtuple raíz nace la conciencia de comunidad hispanoamericana: la conciencia de América, para usar una fórmula reciente del filósofo mexicano Leopoldo Zea (1912-. Simón Bolívar (1783-1830) dio un impulso enorme, una extraordinaria difusión a ese estado de conciencia” (1967, 98). En la tarea, al Libertador lo acompañaría el eminente polígrafo Andrés Bello (1781-1865), en esa aspiración cultural por definir, por darle a la América hispana una identidad inmodificable, elástica y trasmisible históricamente.

La guerra, de acuerdo con Rodó, representaba un riesgo serio para esas tradiciones, ese conjunto de principios que habían decantado la historia de América y le habían dado forma a un perfil cultural, que reposaba sobre todo en la herencia trasmitida por España y por Francia. Debido a ello, Rodó asumió la invasión alemana de los países francófonos, Bélgica y Francia, como una afrenta contra toda la cultura occidental, transmitida por Grecia, Roma, la tradición hebraica y el sentido del honor de los más viejos y rancios pueblos bárbaros. “La causa de Francia es la causa de la humanidad” decía el escritor uruguayo, estableciendo con precisión de qué lado estaban sus emociones, sus intereses políticos, sociales e ideológicos” (1967, 1220).

 

IV

“La conciencia latinoamericana tendría que ser inconsecuente con sus fundamentales tradiciones de origen y de educación, y tendría que perder el instinto de sus más altos intereses, para no sentir magnificada, en estas horas inciertas, la solidaridad que la vincula a la gran nación de su raza y de su espíritu, que tiene para nosotros el triple prestigio de su latinidad dirigente, del magisterio intelectual que ha ejercido sobre nuestra cultura, y de la tradición de libertad encarnada en su gran Revolución, madre de la nuestra, y en el triunfante arraigo de sus instituciones democráticas” (1967, 1220). 

La guerra carece de una trascendencia militar real, para pueblos que apenas se enteran de ella desde lejos. Pero su verdadera relevancia, que resulta transmitida por la prensa, afecta primero los aspectos espirituales y morales de una tradición cultural indiscutible, para dejar en un segundo plano la escalofriante devastación material que la misma está produciendo en las ciudades y los campos, los cuerpos y las almas de los europeos, de los ciudadanos, los burócratas, los artistas, los poetas y los soldados. En ningún momento estamos implicando indiferencia ante la masacre, por parte de Rodó. Solo anotamos que para él la guerra, si es un “salto atrás”, como él mismo dice, no sólo aniquila cuerpos y materias, sino también almas, espíritus e ideales éticos. El no mide el salto atrás, en base a las estadísticas por las bajas producidas; él cualifica dicho salto en el vacío a partir de la profunda deformación cultural y moral que la guerra está produciendo en Occidente, representado por Francia, y no por Alemania, Rusia o Turquía.          


Imagen 3. www.institutoculturaldeleon.org.mx

 

V

Rodó muere en Italia, en 1917, durante lo mejor y lo más agitado, sobre la cresta de la ola de destrucción y demencia que está asolando Europa, por esos años. Su muerte, que es un enigma, y a la vez, una de las más solitarias y tristes que le puedan haber acontecido a escritor latinoamericano alguno, no parece haber tenido como escenario a un conflicto militar que tanto lo asustó, que lo llenó de congoja, incertidumbre y desasosiego. Murió tan enfermo, y en medio de tanto dolor, que ni siquiera se dio cuenta de que la guerra estaba alcanzando su punto pico.

   En ese momento, la guerra había dejado de ser una “guerra a la ligera”, como él proponía para ironizar con la frivolidad y la inconsecuencia de muchos quienes encontraban muy sabroso hablar de ella en tardes de café, con cerveza o capuchino, cuando los demás, los soldados y sus familiares morían despedazados, o presa de la más enardecida angustia, por el desempleo, el desamparo y la inanición. “¿Recordáis las palabras del burgués que Goethe presenta en una de las escenas del Fausto? Nada me gusta tanto-dice-como hablar de guerras y batallas en los días de fiesta. Mientras allá, muy lejos, en Turquía, se están despedazando los pueblos, se sienta uno a la ventana apura su copa, y ve pasar por el río multitud de barcos con las banderas de diferentes naciones…Todos nos parecemos al burgués, del Fausto. No hay conversación más sabrosa que la de la guerra, cuando la guerra ocurre allá lejos, máxime si la conversación es de sobremesa y la imaginación envuelve sus simulacros heroicos en el vapor de una taza de moka o en la nube perfumada de un habano. El hombre es naturalmente guerrero y naturalmente egoísta” (1967, 1222).

La ironía, ante la dureza y crueldad de la guerra, le acarreó a Rodó algunos comentarios hirientes de parte de algunos de sus colegas periodistas, pues no acababan de comprender el aparente cinismo que envolvía los comentarios del filósofo sobre una catástrofe que era todo menos un espectáculo en “noche de estreno” como él indicaba. “¡Pícara condición humana! Pero ¿no participamos todos de ella, y por muy doloridos o muy apasionados que nos tenga esa formidable guerra de Europa, no se mezcla, en la emoción que nos produce, un poco de la impresión del espectador que ocupa su butaca, en la sala confortable y tibia, una noche de estreno?” (1967, 1223).


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Sin importarle la veracidad de mucha de la información que llegaba a través de los diarios, la mayor parte del tiempo muy contradictoria y jugosa en detalles morbosos, Rodó quiso escribir y reflexionar sobre una guerra que le parecía triste, gris y destructiva. Eran los héroes, los gestos heroicos, la epopeya de la gran hazaña lo que más llamaba su atención. Mucho de Carlyle y nada de Marx, bastante de Taine, y menos de Proudhon, fueron los ingredientes que sobresalieron en sus crónicas, más bien llenas de una historiografía a regañadientes con el lector promedio latinoamericano, para quien las inflexiones teóricas poco importan, y sí busca con denuedo y retraimiento los detalles palaciegos, las intrigas de guante blanco, y los enhiestos y tostados bigototes de aquellos que protagonizaban los hechos históricos casi sin percatarse, toda vez que su protagonismo era una inconsecuencia del destino o un malhadado giro del infortunio o de la voluntad.

 

VI

El periodismo de Rodó sobre la guerra, como aquel otro elaborado con esplendente lucidez por el guatemalteco Gómez Carrillo, a quien hemos mencionado arriba, desnuda los hechos de sus contenidos, supuestamente humanos, que no tanto humanísticos, y se los ofrece a un lector latinoamericano y español, anonadado por la crudeza evidente de una pérdida cultural sin proporciones. Rodó en sus crónicas articula habilidosamente el reportaje, la nota informativa cotidiana, no siempre empeñosa con sus criterios de verdad, y el estilo literario de quien aprovecha el espacio ofrecido en el diario interesado, para llegarle a un lector de cultura medianera, que busca ser sorprendido cada mañana, con el lujo de detalles y el reposo analítico brindado por un escritor de tantos kilates.

Las crónicas de Rodó son ligeras, como ligero es el tratamiento que le da al tema. No en vano tituló la serie la guerra a la ligera. Sensibilizar a un lector lejano y, con frecuencia disoluto, sobre una guerra que no le competía, o al menos eso creía, era solo cuestión de tiempo, representaba en aquel momento, un esfuerzo digno de mejor encomio, pues, para el escritor, para el estilista, se trataba de un juego de palabras que buscaba informar, sin que la información como tal informara un bledo, cuando de lo que se trataba era de ensayar sobre un tema militar conflictivo y atroz, cuyo impacto real sobre el desarrollo de la cultura nadie alcanzaba a medir en su justa medida.

La intuiciones brillantes, tanto las de Gómez Carrillo como las de Rodó, pasaron a ser testimonios escritos y analíticos, de extrema importancia en momentos históricos recorridos por una desolación y un desasosiego sin precedentes. Quien busca sentirse mal lo logra fácilmente. Quien hace lo contrario encuentra la tarea un poco más compleja, pues la alegría de vivir en esta clase de situaciones se vuelve una empresa atrabiliaria y desoída. Ambos cronistas lo sabían. Por eso jamás abordaron sus escritos buscando la tristeza o la alegría de lo que reportaban. Lo cual no quiere decir que renegaran de su objetividad; es solo que no estaban interesados en moralizar.

Por eso en las crónicas de Rodó alguien quiso ver una buena dosis de cinismo. Con él, como hemos destacado, no cuentan los datos o las descripciones, tan relevantes en el caso de aquellas elaboradas por el guatemalteco. Con la vista puesta en lo que se estaba perdiendo conforme transcurría esta guerra terrible, Rodó nos dejó unas cuantas piezas cortas de bellos y sentidos pormenores sobre la forma en que el hombre y la mujer educados de principios del siglo XX, podían recoger los fragmentos de cultura que estaban dejando los bombardeos. Le preocupaba que algo sobreviviera de la tolerancia, el sentido republicano de Francia, y de la eficiencia alemana. Porque aún, en medio del fragor de la controversia militar, la disputa ideológica o del desgarramiento emocional y mental, ocasionado según él, por los desmanes totalitarios del militarismo prusiano, era posible ponderar esa parte de la racionalidad alemana que sobresalía en figuras de la envergadura de Goethe.


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Ante la catástrofe, para Rodó no quedaba otra salida que la vuelta a la sensibilidad artística, la restauración de la ingenuidad y el reforzamiento de la utopía. Cuando hablaba de lo que vendría después de que los cañones y los gritos de muerte se hubieran silenciado, se refería esencialmente al vigor y la sabiduría de la latinidad recogidas en el arte, la literatura y el pensamiento de los franceses.

 

VII

“Nunca quise mal a los anarquistas (dice en otra de sus columnas), que me parecieron siempre los más infantiles de los hombres. Si hubiera de parar en revolucionario social, a la anarquía, no al socialismo, había de atenerme. La anarquía es plenitud de libertad, y por lo tanto, como ideal, cosa tan apetecible y bella que no se concibe alma generosa que, en la región de los sueños no la ame. El socialismo, en cambio, es sacrificio de la personalidad a un orden y una dicha harto inseguros. Cuando hayamos de renunciar al sentido de lo real, sea para el ideal hermoso y no para la forma quimérica e ingrata de aceptar el yugo de la necesidad. Del anarquista puro y sincero emana una ingenua simpatía que procede de que el anarquista es, por su más íntimo carácter, un optimista radical, un fervoroso creyente en la bondad de la naturaleza humana y en su paradisíaca aptitud para campar suelta de trabas y de leyes. Por eso hay en el argumento de estos demoledores una sencillez de lógica candorosa e impávida que recuerda el natural razonamiento del niño. Por eso en los ejecutores de sus tremendas sentencias, dinamiteros, incendiarios y asesinos de príncipes, se suele descubrir, cuando penetra en sus adentros la justicia de la sociedad, a un soñador casi seráfico, a un alma inocente en el fondo y sin roce del mundo, de donde brota la vocación de la vindicta con el impulso cándido con que brotaba la energía del martirio del alma del adolescente o de la virgen llevados a morir en la arena del Circo” (1967, 1231).            

      Los supuestos crímenes de los anarquistas, según Rodó, son nada comparados con las iniquidades y crueldades de esta guerra, que ha puesto en evidencia la enorme capacidad de autoinmolación que tiene esta civilización falaz (son sus palabras textuales). A pesar de que en algún momento pudiera haberse indignado con los excesos de los anarquistas, para Rodó, la secuencia del pensamiento al acto, en ellos tan proclives a los resultados de la llamada “acción directa”, están más en consonancia con los grandes ideales y aspiraciones de la “raza”, es decir de la latinidad gala, que cualquier otro gesto de naturaleza militar o autocrática.

Sin prestar atención a los lugares comunes que Rodó manejaba sobre el anarquismo y los anarquistas, no es posible dejar pasar la oportunidad sin poner el dedo sobre algo que en él adquiere una significancia sumamente atractiva. Pensaba que solo en el anarquismo era posible la utopía. Y en su errónea distinción entre anarquismo y socialismo, todavía tuvo el espacio para reconsiderar la verdadera naturaleza de los sueños, que son tan caros al pensador y al activista de conciencia libertaria. Porque los ensueños, las utopías y los anhelos que vinieron después de la guerra, tan maravillosamente recogidos por artistas como Joseph Roth (1894-1939), Sandor Marai (1900-1989), y Stefan Zweig (1881-1942), ya se veían venir en las peores pesadillas del pensamiento ácrata.

 

VIII

La antropología de la pérdida que José Enrique Rodó nos dejó tan bien trazada en sus escritos sobre la Primera Guerra Mundial, es hoy una propuesta más valiosa que nunca, en virtud de que muchos historiadores y científicos sociales todavía debaten, reflexionan y analizan acerca de las verdaderas dimensiones de todo aquello que se perdió cultural y espiritualmente con la guerra. En los tres novelistas recién mencionados, el trayecto de la pérdida y sus contenidos, deja una huella de tanta desolación que, como resultado inevitable, se encontraba al final de la jornada, la sentencia filosófica insalvable propuesta por Albert Camus (1913-1960) para el siglo veinte: el suicidio. Los tres se suicidaron de distinta forma: uno de un pistoletazo, otro por envenenamiento, y otro lentamente, casi disfrutándolo, por consumo impenitente de alcohol. Pero se da el caso de que en ellos, sin reparar en la tímida parafernalia de sus distintos rituales suicidas, es la pérdida la que los lleva a ese nudo gordiano sin retorno. Y es, precisamente, sobre esa pérdida sobre la que pensó con tanta profundidad y acierto nuestro filósofo latinoamericano, José Enrique Rodó.   

Sin embargo, tristemente, en el mundo actual, las enseñanzas aún no cumplen su propósito.



Notas:

[1] Rodrigo Quesada Monge (San José, Costa Rica: 1951). Catedrático jubilado de Historia Contemporánea de América Latina de la UNA-Heredia, Costa Rica, donde trabajó durante 33 años. Premio de la Academia Costarricense de Geografía e Historia (1998). 

 

Referencias bibliográficas

Rodó, José Enrique. Obras completas.  Aguilar. Madrid. 1967.

 

Cómo citar este artículo:

QUESADA MONGE, Rodrigo, (2014) ““La guerra a la ligera” de José Enrique Rodó (1871-1917)”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 21, octubre-diciembre, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 20 de Mayo de 2024.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1035&catid=5