Entre la civilización y la barbarie. La vida en la frontera norte de México. Siglo XIX

Between civilization and barbarism. Life on the northern border of Mexico. XIX century

Entre civilização e barbárie. A vida na fronteira norte do México. Século XIX

Jorge Chávez Chávez[1]

Recibido: 01-02-2016 Aprobado: 10-03-2016

 

“Lo que se sabe de estas tierras se limita casi exclusivamente a las noticias que han transmitido algunos cuantos viajeros, sobretodo frailes misioneros, algunos de los cuales han penetrado profundamente en ellas con pasmosa valentía […] Varios frailes franciscanos habían fundado antes algunas misiones entre los indios de Moqui y Navajoa, pero fueron asesinados a golpes en 1680 durante el gran levantamiento de los indios y desde entonces no se ha vuelto a hacer ningún intento por fundar establecimientos en estas regiones.” Eduard Mühlenpfordt, 1827-1834.[2]

 

Introducción

De ese vasto territorio conocido como la frontera norte de México,[3] que cuenta con una diversidad de ecosistemas que se encuentran localizados entre las costas del Atlántico hasta las del Pacífico, donde se encuentran los estados fronterizos del norte de México y los del Suroeste de los Estados Unidos, comúnmente identificado por los desiertos de Sonora y Chihuahua, separados por una frontera política impuesta después de 1848 con la venta de la Mesilla, al perder México una guerra contra los estadounidenses, cuya extensión comprende 3326 km, unidos por una frontera cultural, o frontier,[4] dentro del área cultural que autores como Phillip Powell[5] clasificaron como la Gran Chichimeca, o gran espacio fronterizo definido por la guerra, poco sabemos de quienes lo habitaron y cómo interactuaron entre fines de la Colonia y a lo largo del siglo XIX.[6]

Imagen 1. 1727, apaches en Paso del Norte
Imagen 1. 1727, apaches en Paso del Norte

Para una investigación de este tipo, contamos con una amplia variedad de documentación bibliográfica (estudios monográficos, diarios de viajeros y algunas novelas donde se habla de los indios bárbaros), hemerográfica (prensa escrita local, nacional e internacional), gráfica (pinturas y grabados), partes militares, informes de gobernadores y memorias de guerra, entre las principales, donde narran enfrentamientos entre colonos e indios tipificados como bárbaros, los que de acuerdo a la cosmovisión del mundo proveniente de misioneros católicos y cristianos, era porque vivían en “tierras poseídas por el demonio”, debido a la descripción bíblica del desierto y para justificar la colonización.

Imagen 2. Mitote o baile de los Yndios Cumanches y Apaches, 1789. Fray Vicente Santa María. <em>Relación histórica de la Colonia del Nuevo Reyno de Santander y la Costa de su seno mexicano</em>. Manuscrito 1789.
Imagen 2. Mitote o baile de los Yndios Cumanches y Apaches, 1789. Fray Vicente Santa María. Relación histórica de la Colonia del Nuevo Reyno de Santander y la Costa de su seno mexicano. Manuscrito 1789.

Dentro del discurso colonial, podemos apreciar la forma como enfatizan, indistintamente, la barbarie o salvajismo, de estos nativos (nómadas y sedentarios), en función de su grado de oposición a las políticas del gobierno para tener bajo control las tierras donde se encontraban asentados. Resaltado su capacidad para la insurrección armada, o por ser reacios a su evangelización. Esto nos permite entender la ideología del colonizador y deducir la de su oponente, así como las relaciones que debieron construir a pesar de encontrarse en guerra. Esto es, al considerarlos diferentes, se convirtieron en lo opuesto al ser civilizado europeo, pasando de este modo a representar, los seres humanos que vivían alejados de su civilización.[7] También, nos sirve para deducir la cultura de los fronterizos.

En este sentido, mi pretensión es, entender la forma cómo interactuaban en esta región fronteriza “bárbaros y civilizados”. Es decir, colonos identificados, primero como españoles, después, como mexicanos, con los nativos asentados en esas tierras por centurias, a partir de los datos obtenidos en las Memorias de Guerra, presentadas por los ministros del ramo al congreso de la Unión, entre 1836 y 1886. Utilizo como herramienta teórica, lo propuesto en los trabajos de David Weber sobre frontera y barbarie. De Domingo F. Sarmiento, cuando habla de límites entre la civilización y la barbarie ubicada en la región del Chaco, así como lo planteado por Frederick J. Turner en 1890, relativo a la importancia del avance fronterizo de la civilización en el wilderness, en la historia de Estados Unidos.

De estos autores rescato aspectos de la vida cotidiana que describen en sus textos a partir de las relaciones que establecieron colonos y nativos, ya sea por las frecuentes incursiones de “indios bárbaros” contra poblaciones de colonos (en este caso de mexicanos norteños) y que bajo diferentes perspectivas, pretendieron entender el efecto de ese enfrentamiento entre el llamado mundo civilizado y el bárbaro, que dio como paso la construcción de las culturas en las diversas regiones que se formaron en la frontera,[8] tomando en consideración: el tipo de comercio que realizaron, los sitios de paz que les ofrecieron para que no se sublevaran, la existencia de genízaros -por lo general eran mexicanos culturalmente indianizados debido a su cautiverio[9] con apaches, o comanches-, las sublevaciones provocadas por cazadores de cabelleras, esclavos prófugos de los campos algodoneros al sur de Estados Unidos, las incursiones de texanos y filibusteros a territorio mexicano, entre otras más.

 

La frontera y el desierto

Domingo F. Sarmiento en su libro Facundo, edición de 1845, influenciado por el positivismo de Comte, definiera la frontera como los límites entre el salvajismo, atribuido a nativos que habitan en el desierto y la civilización, imputada a los ciudadanos argentinos y europeos. Mientras que al desierto lo considera un lugar despoblado, “sin una habitación humana”, donde solo se encuentran los salvajes:

El desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son, por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias. Allí, la inmensidad por todas partes: inmensa la llanura, inmensos los bosques, inmensos los ríos, el horizonte siempre incierto, siempre confundiéndose con la tierra, entre cejales y vapores tenues, que no dejan, en la lejana perspectiva, señalar el punto en que el mundo acaba y principia el cielo. Al sur y al norte, acéchanla los salvajes, que aguardan las noches de luna para caer, cual enjambre de hienas, sobre los ganados que pacen en los campos y sobre las indefensas poblaciones.[10]

No obstante, aseveró que esta “horda de salvaje”, que atacaban continuamente las caravanas de carretas que atraviesan las pampas, ha definido cierta “resignación estoica a la muerte” entre los argentinos:

Esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino, cierta estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los percances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquier otra, y puede, quizá, explicar en parte la indiferencia con que dan y reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas y duraderas.[11]

Por su parte, Frederick Jackson Turner (1893), inmerso dentro de los postulados de la doctrina Monroe (1823), representó a la frontera como “el punto de encuentro entre el salvajismo y la civilización”, o el espacio donde se formó la “democracia estadounidense”. En su ensayo, El significado de la frontera en la historia americana (Chicago, 1893),[12] dijo que siempre se encontraba en expansión. Razón por la cual, la define como la línea que divide el progreso de la civilización estadounidense y al desierto como Wilderness, y/o mundo habitado por los bárbaros, quienes después de conocer sus costumbres y adaptarse a ellas, terminarán por imponer la forma de vida americana, dominando y conquistando el territorio. Es decir, ese espacio que no alcanzaba su democracia y civilización, al estar habitado por sociedades producto de la colonización hispana, hacia los albores del siglo XIX. En este sentido, consideró que la historia norteamericana ha sido, sobre todo, la de la colonización del Gran Oeste.

La existencia de una zona de tierras libres, su continua recesión y el avance de la colonización hacia el Oeste, explica el desenvolvimiento de la nación norteamericana.[13] [Por lo tanto,] La frontera es el borde exterior de la ola [expansionista], el punto de partida entre la barbarie y la civilización.[14]

David J. Weber dijo que la frontera representa, “tanto un lugar como un proceso”.[15] En este sentido, un espacio para vivir formado históricamente. También, como el lugar donde se juntan dos, o más culturas, se comparten valores y se dan intercambios culturales, que durante la Colonia española era una “frontera porosa”. Por eso la clasifica como frontier. Esto es, lugar de encuentro de pueblos donde los confines geográficos y culturales no están bien definidos con claridad. Se encuentra lo que llama zona fronteriza (borderland), “límites en disputa entre los dominios coloniales”, o más específicamente, como frontera estratégica (strategic frontier), utilizada para designar “los espacios que se disputaban las potencias coloniales”. Mientras que la frontera “externa”, “parecería ser un sinónimo de la frontera “estratégica”, pero especialistas latinoamericanos no la usan en este sentido”.[16] Además, clasifica los tipos de habitantes que existieron en esta región fronteriza, al menos entre fines del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX. Destacan: colonos (mexicanos y estadounidenses), militares, misioneros, bárbaros y comerciantes.

 

Entre la frontera norte, el desierto y la guerra al bárbaro, sus habitantes

Para identificar a quienes vivieron en la frontera norte de México durante el siglo XIX, necesariamente debemos referirnos a las diversas interpretaciones que se dieron en descripciones monográficas, geográficas y etnográficas de la región,[17] tipificada desértica desde mediados del siglo XVI. Como mencioné antes, debido a una interpretación bíblica, fue descrita como lugar ausente de progreso y  civilización, solo poblada por “bárbaros”, nómadas y sedentarios, reacios a su dominio. Dicho en términos del colonizador, por representar “un lugar habitado por animales ponzoñosos e indios salvajes” descendientes de Caín, condenados a deambular por estas tierras “bajo control del demonio”.[18] En consecuencia, ajenos a la civilización occidental. Esto también define su paisaje cultural. Al ser un territorio predominantemente árido, si se llega al norte partiendo desde la capital de la Nueva España por el Camino Real de Tierra Adentro, o ausente de mar, recalcaron que era habitado por diferentes grupos generalizados como lo opuesto a los portadores de culturas distintas a las mesoamericanas, o los que deambulaban por la Gran Chichimeca.[19]

Al situarlos en nivel evolutivo, quedaban en una escala de civilización inferior a la del colonizador, incluso los indios sedentarios nativos del área cultural definida como Mesoamérica, aunque en un grado más avanzado. Dicho en términos del evolucionismo, vivían en estado de barbarie. Bajo estos criterios, los nómadas que “vagaban” por tierras del septentrión novohispano, como lo refiere José Antonio Fernández de Rota (y otros autores antes referidos), encajaban dentro de “la maldición mítica de Caín, vagar sobre la faz de la tierra”.[20] Aunado a esto, los nómadas, semi-sedentarios y sedentarios de América del Norte, portadores de las llamadas culturas del desierto[21] (o wilderness),[22] dada su capacidad para resistir el dominio colonial enviado desde el centro de la Nueva España, al grado de unirse con sus antiguos rivales para enfrentar al nuevo enemigo común, fue el acicate que sirvió a los colonizadores considerarlos bárbaros y salvajes, poseídos por el demonio.

Desde el siglo XVII, los ingleses y sus descendientes, la percibieron del mismo modo: “tierras bajo el dominio satánico”.[23] Semejante a lo que reportó Andrés Pérez de Rivas a sus superiores, respecto a las condiciones bajo las cuales vivían los yaquis.[24] No era más que un desierto (desertus), o de “naturaleza salvaje”, por no estar bajo su control. Era tan solo, un territorio abandonado, sin edificios, cultivos, ni gente, “mar de arena”, “propio para la vida nómada”. Podemos apreciar esto en diarios de viajeros y colonizadores decimonónicos, tanto del lado mexicano como estadounidense. Un ejemplo, Stephen Austin escribió:

[…] cuando ingresé a Texas en 1821-1822 con los primeros inmigrantes, la idea de formar una colonia en este remoto wilderness entre tribus de indios no civilizados fue ridiculizada por mis mejores amigos y calificada como impracticable” (Carta a J.L. Woodbury, 6 de julio de 1829, The Austin Papers, 1928: 227).[25]

Este tipo de justificaciones, permitió a las autoridades novohispanas considerarse obligados a someterlos, ya fuera por medio de la guerra, o mediante un proceso de evangelización religiosa-colonización seglar, para que asumieran y aceptaran la nueva imposición cultural. Delegaron esta función a colonos, autoridades presidiales y administrativas. Los misioneros franciscanos y jesuitas se encargaron de convertirlos al catolicismo. Dicho en sus términos: para hacer “retroceder el pecado, mediante la conversión de los caídos en garras del demonio”.[26]

Entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, comerciantes, frailes y militares a nombre de la Corona española, continuaron procurando y acelerando su dominio e integración. Añadiendo una problemática más, era necesario poblar estas tierras debido al expansionismo territorial de los estadounidenses, manifiesto en la apropiación de la Florida en 1818.[27] Para ello, tuvieron que ofrecerles cierto tipo de estímulos, como darles tierras para su cultivo, al mismo tiempo que formaban parte de las tropas presidiales.[28] 

Imagen 3. Soldados de cuera. Fines siglo XVIII. Loc. Hardwick, Michael R. <em>Spanish and Mexican California. </em><em>Soldados de cuera</em>. http://www.militarymuseum.org/soldados.html. Fecha: 21-01-2016.
Imagen 3. Soldados de cuera. Fines siglo XVIII. Loc. Hardwick, Michael R. Spanish and Mexican California. Soldados de cuera. http://www.militarymuseum.org/soldados.html. Fecha: 21-01-2016.

Este afán colonizador que inició con la instauración de presidios desde donde resguardaran su dominio en el septentrión, de acuerdo al Reglamento de 1772,[29]hasta su debilitamiento causado debido a la derrota sufrida por México en la guerra contra Estados Unidos y consecuente desaparición, para ser sustituidos por colonias militares bajo control del gobierno central.[30] Por su parte, franciscanos y mendicantes mandaban a sus misiones lo requerido para el rito católico en las caravanas. Iba acompañado de herramientas metálicas y demás herrería, para que los frailes pudieran vivir como europeos. Procuraron asegurar su buen funcionamiento mediante el envío de un sostén económico suficiente que les permitiera vivir junto con funcionarios y soldados comisionados por el Virrey para la administración y control del Septentrión.[31]

Los militares se encargaban de mantener la línea de presidios y negociar la paz con los indios rebeldes.[32] Por su parte, los comerciantes se dedicaron al intercambio de pieles, ganado, cautivos, entre otras cosas más, como armas y licor, productos prohibidos en tierras consideradas hostiles, lo que en ocasiones, provocó el disgusto de las autoridades civiles y militares. Al respecto, cito lo referido en los tratados de paz hechos por Francisco García Conde, publicados en su Manifiesto de 1842, dirigido, tanto a las autoridades centrales militares de la República mexicana, como a los habitantes del estado de Chihuahua. Cabe destacar, fueron tratados realizados veinte años después de consumada la Independencia y establecidos los territorios de los estados fronterizos norteños, realizados conforme a lo establecido en la Instrucción de 1786 por el Conde de Gálvez.[33] Cabe señalar, acción política que no dejó de practicarse hasta bien entrado el siglo XIX, justo cuando deciden dejar de negociar con ellos como lo hicieron durante la Ilustración, para incorporarlos por medio del sometimiento, pacífico o bélico, ya bajo la influencia del evolucionismo.

[…] un mexicano desnaturalisado había en efecto despertado la innata y arraigada desconfianza de los salvages [a pactar la paz con las autoridades chihuahuenses]. empleábase en el reprobado comercio que ha suministrado á nuestros enemigos los medios de cambiar las mulas y caballos robados por lienzos y brujerías, y lo que es peor, por escelentes armas y pólvora de esquisita calidad; y fuese instigado de la codicia ó solamente de una perversidad incomprensible, ese hombre habia aconsejado a los indios se guardasen de concurrir á la entrevista que habian ofrecido, porque el comandante general llevaba muchas tropas, y el plan era seducirlos con la apariencia de la paz, para clavarle el puñal de la venganza en el momento de abrazarlos.[34]

Imagen 4. Línea o cordón de presidios, 1780-1880. Arnal, Luis (2006). “El sistema presidial en el Septentrión novohispano. Evolución y estrategias de poblamiento”. <em>Scripta Nova</em>, Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. España, Universidad de Barcelona, vol. 10, n. 218 (26), http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-26.htm. 1-08-2006.
Imagen 4. Línea o cordón de presidios, 1780-1880. Arnal, Luis (2006). “El sistema presidial en el Septentrión novohispano. Evolución y estrategias de poblamiento”. Scripta Nova, Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. España, Universidad de Barcelona, vol. 10, n. 218 (26), http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-26.htm. 1-08-2006.

Durante la colonización de Nuevo México y Texas por parte de los estadounidenses, además de los indios tipificados como “instrumento de malicia de Satanás”, consideraron que los mexicanos tenían poca capacidad para aceptar su civilización.[35] Dicho en palabras de Philip St. George Cooke, miembro del ejército norteamericano: “¿Cuándo será ese pueblo [mexicano] capaz de autogobernarse -capable of self-government-? ¿Podrá haber gobierno territorial por treinta años y el lenguaje no cambiará más rápido que el color de los ciudadanos?”.[36]

Entrado el siglo XIX, del lado mexicano, las autoridades civiles y militares, coincidieron en señalar que quienes se oponían al desarrollo del moderno Estado-nación, acorde a los postulados del pensamiento liberal, eran los indios reacios al nuevo régimen. Particularmente en el norte de la República, continuaron clasificándolos bajo las categorías coloniales de insurrectos, rebeldes, insumisos, hostiles, bárbaros, vándalos, gandules, entre otras más. Para las tropas presidiales no dejaron de representar a sus peores enemigos, sin importar el tiempo que llevaban conviviendo, ya fuera mediante el intercambio de productos, ganado, cautivos, o elementos culturales, tales como el sobrevivir en zonas áridas, el mestizaje, o tácticas militares para hacer la guerra. De acuerdo a Fernando Operé, “las fronteras existieron en los lugares donde culturas distintas contendieron entre sí y con el medio natural, relenteciendo el proceso de asimilación”.[37]

Desde la primera Memoria de Guerra realizada en el México independiente, presentada por Gabriel Valencia al Ministerio del ramo Guerra en 1839, se indicó lo siguiente:

La guerra de los indios bárbaros en los departamentos internos de oriente y occidente, ha causado a los pueblos de aquellas fronteras las mayores desgracias. La humanidad se estremece al saber los horrendos y enormes asesinatos que cometen tan feroces enemigos. El departamento de Chihuahua es uno de los que más han sufrido las depredaciones y crueldades de los Apaches, cuyas incursiones han llegado a extenderlas hasta las cercanías de las fronteras del Durango. Estos bárbaros sanguinarios nada perdonan, todo lo destruyen, y su mayor complacencia la tienen cifrada en su ferocidad y  vandalismo.[38]

Imagen 5. Ataques apaches y comanches en territorio mexicano. Weber, David J. (1988). <em>La frontera norte de México, 1821-1846</em>.<em> El sudoeste norteamericano en su época mexicana</em>. México: FCE, pp. 130-131.
Imagen 5. Ataques apaches y comanches en territorio mexicano. Weber, David J. (1988). La frontera norte de México, 1821-1846. El sudoeste norteamericano en su época mexicana. México: FCE, pp. 130-131.

A raíz del debilitamiento de las tropas presidiales debido al movimiento insurgente de 1810, al ser comisionados para perseguir insurgentes, se incrementaron las incursiones de bárbaros a poblaciones fronterizas que estaban bajo su protección. Si bien es cierto que muchos de grupos nómadas insurrectos habían reducido su cantidad de población, en consecuencia, su cantidad de guerreros, sus ataques eran más agresivos gracias que consiguieron mediante el trueque de armas de repetición y cartuchos de comerciantes franceses, ingleses, incluso mexicanos, los llamados comancheros, a cambio del producto de sus correrías. De nuevo fueron considerados los causantes de todos los males ocurridos en la frontera, sin importar que continuaran llegando colonos ocupando poco a poco los espacios territoriales que iban perdiendo. En la Memoria de Guerra de 1846, presentada al Congreso de la Unión por Juan Nepomuceno Almonte, apreciamos esta categorización.

Desde los primeros días de la conquista quedo á los Estados internos de Oriente y Occidente de la Republica la funestísima plaga de las tribus bárbaras, que ocupan una parte no pequeña de su territorio. Esa reunión de gente nómada, tan feroz hoy como lo era hace tres siglos, solo ha adelantado en los medios de hacer la guerra á las poblaciones indefensas; y se ve con escándalo que una sociedad civilizada, y en el siglo actual, no haya podido extinguir ese mal tan grave.[39]

Lo expresado por Almonte, también se aprecia en los grabados de esa época.

Imagen 6. Comanches. Fuente: “Indios que habitan en la provincia de Tejas”. <em>Calendario de Cumplido</em>, 1841.
Imagen 6. Comanches. Fuente: “Indios que habitan en la provincia de Tejas”. Calendario de Cumplido, 1841.

El imaginario colectivo lo asimilo como si fuera cierto sin importar que llevaran conviviendo y comerciando con ellos por centurias. Nunca se imaginaron que al hacerles la guerra estaban construyendo las culturas regionales norteñas. Relegaban a segundo término, los frecuentes y más peligrosos ataques de filibusteros, referidos por el ministro de Guerra Juan Soto en 1857,[40] o los cometidos por texanos (o tejanos) a poblaciones norteñas mexicanas, citados por Almonte,[41]de quienes se indicaba, que casi siempre iban acompañados de mexicanos prófugos de la justicia, esclavos negros fugitivos y mestizos (como los genízaros), que en más de una ocasión se hicieron pasar por apaches para robar en poblados fronterizos del lado mexicano.

 

Los habitantes

Cuando hablamos de quienes poblaron el antiguo septentrión novohispano entre finales del periodo colonial y a lo largo del siglo XIX, estamos hablando de gente producto del contacto entre dos grupos centrales, los colonos y los catalogados como bárbaros. Los primeros, no solo eran españoles,[42] venían acompañados de criollos, mestizos, mulatos y miembros de diversos grupos indígenas mesoamericanos aliados, los que después de 1821, oficialmente se convirtieron en mexicanos. Los segundos, eran los grupos nómadas y sedentarios de esta región, quienes se interrelacionaron y se dio el mestizaje. Producto de este mestizaje biológico y cultural durante el cautiverio que le impusieron los llamados indios bárbaros a gente del primer grupo, ya se tratara del hombres, mujeres y niños,[43]surgieron los genízaros. También estaban los grupos de comerciantes de diversos orígenes (franceses, ingleses, etc.), filibusteros, frailes, texanos y esclavistas. Estos dos últimos, que buscando esclavos prófugos, de paso robaban en territorio mexicano. La presencia de estadounidenses se manifiesta con más fuerza entre 1835-36, con la independencia de Texas y después, de 1846 a 1848, debido a la guerra contra Estados Unidos.

Con los “bárbaros, convivieron, realizaron intercambios culturales y comerciales, ya se tratara de nómadas (siendo los apaches y comanches los más representativos), o sedentarios (indios pueblo, yaquis, mayos, etc.). Como ya lo indiqué, dentro de este convivió y unión contra un enemigo común, se dio el mestizaje. Razón por la cual, en más de una ocasión se prestaba a confusión a qué grupo étnico pertenecían. En este sentido, no era raro que janos y julimes fueran confundidos con apaches.[44] Incluso mexicanos, después de convivir mucho tiempo con ellos debido a su cautiverio.

A los colonizadores se les tipificó como la gente ruda del norte,[45] porque se enfrentaron la rudeza del clima y fueron imponiendo poco a poco su forma de vida en este territorio desde el arribo de aventureros y misioneros que llegaron en busca de oro y plata, como a evangelizar a los nativos. Después, durante la instalación de presidios y el consecuente arribo de las tropas presidiales, como puntos del avance colonial venido del centro de la Nueva España, quienes catalogaron a los segundos que resistieron la colonización por más de dos centurias, indios rebeldes, insumisos, bárbaros, o salvajes.

Datos relacionados con quienes habitaban esta región, la obtuve de los informes de los ministros del ramo en sus Memorias de Guerra presentados ante el congreso de la Unión y de diarios de viajeros. Estos documentes, hacen mención de quiénes aquí residían, donde destacan sus diversos grupos, como yaquis, mayos, pápagos, pimas, los generalizados como apaches (mezcaleros, gileños, etc.), los comanches (o jinetes de la praderas), a quienes se les distinguió por su supuesta ferocidad y belicosidad, como ya lo indiqué, con las categorías de bárbaros, incluso salvajes, para distinguirlos de los aliados, o considerados pacíficos, de acuerdo a la relación que mantuvieron con la autoridades españolas, mexicanas y estadounidenses. También se mencionan a los janos, julimes, sumas, navajos, algunos ya desaparecidos a causa de la asimilación y mestizaje con los colonos, o entre los mismos nativos.

[…] eran -dijo Weber-, por lo general mezclas de pueblos que no se consideraban así mismos como su único grupo, pese a que así los imaginaran quienes eran ajenos a ellos. Como ocurre comúnmente, las etiquetas étnicas sugieren un sentido falso de pureza o continuidad étnica. La gente se conocía y se mezclaba, se volvía bilingüe o políglota, y entraba y salía de los grupos étnicos.[46]

En relación a lo anterior, no es descabellado generalizar a sus habitantes en cuatro grandes grupos que nos muestras lo permeable que era la frontera:

  • Colonos norteños, que primero se fueron a colonizar el septentrión novohispano y después de 1821 se convirtieron en mexicanos. En este grupo que formó las actuales ciudades y poblados, se encuentran los aventureros, soldados presidiales, los misioneros y los que propiamente llegaron a trabajar la tierra y a criar ganado.
  • Indios bárbaros. Destacan los apaches y comanches, aunque todo aquel grupo que protestaba contra alguna imposición, o abuso de autoridad, entraba dentro de esta categoría, incluso los clasificados como aliados. Con ellos comparten armas, herramientas y aprenden otras formas de hacer la guerra y a sobrevivir en regiones áridas. Los pacíficos, por lo general.
  • Indios aliados. Por lo general, eran los grupos que se dedicaron a trabajar la tierra convirtiéndose en agricultores, o artesanos con tecnología española. Los referidos con mayor frecuencia, zuñis, yaquis, mayos, pápagos, tarahumaras, entre otros más.
  • Comerciantes. Interlocutores bilingües y biculturales, itinerantes, conocidos también como apacheros y comancheros. Su principal actividad, introducir armas, alcohol y productos prohibidos en territorio de los considerados indios  hostiles.
  • Cautivos. Los capturados por los indios, incluso algunos que se les unieron por disposición propia después de un tiempo de cautiverio, eran los mestizos indios-españoles definidos como genízaros. , al ser aculturados; algunos se convierten en intérpretes.

El vivir en frontera, como bien lo señaló José Luis González Martínez en un seminario que impartió en la UACJ, del 10 al 14 de marzo del 2013, debe verse como una forma de vida. Lo mismo la cultura que se desarrolló en esta región, “es la vida significativamente organizada. Esta se transmite históricamente por tradición. Denota un sistema de significaciones representadas en símbolos. Como señaló Cliford Gertz, la cultura es “un sistema de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas por medios con los cuales los hombres comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento”.

Esto marcó diferencias con las relaciones que se desarrollaron entre colonos que llegaron del centro de la Nueva España durante el trazo y colonización del Camino Real de Tierra Adentro y el tipo de contacto que tuvieron con los grupos de nativos (nómadas y sedentarios), asentados en lo que se le conocería como el Septentrión novohispano, dieron paso a la construcción de una serie de culturas regionales, cuyas características permitieron la construcción de símbolos, tales como el indio bárbaro y la gente ruda del norte.

Imagen 7. 1843, inmigrantes angloamericanos en Texas. Weber, <em>La frontera norte…</em>, pp. 208-209.
Imagen 7. 1843, inmigrantes angloamericanos en Texas. Weber, La frontera norte…, pp. 208-209.

 

Conclusión

La generalización de grupos que poblaron y convivieron en esta gran frontera, por sus 3326 km de longitud, donde culturalmente conviven quienes habitan el territorio que comprende los estados fronterizos del norte de México y Suroeste de los Estados Unidos, es un tanto arrebatado. Con un estudio a detalle, se puede ser más específico definiendo las áreas donde se construyeron las culturas norteñas y los grupos que las formaron. Finalmente, este trabajo lo hice en función de cómo eran referidos en las Memorias de Guerra, al Congreso de la Unión. Si bien distinguen a yaquis, mayos, mascogos, entre otros cuando informan sobre un ataque a una población, o un estado en particular, fueron generalizados con la categoría de bárbaros por su oposición a la civilización que les están imponiendo los colonos, ya se tratara de españoles, mexicanos, o estadounidenses, donde sobresalen los esclavistas, los filibusteros y los texanos.

Para terminar, en un intento por describir la convivencia entre todos estos actores, si fuera un viajero decimonónico, es probable que escribiera esto:

1801, Año de nuestro señor Jesucristo. Siguiendo el llamado Camino Real de Tierra Adentro, hasta donde se habían instalado algunas misiones franciscanas y presidios en La Nueva Vizcaya y la Nueva México, próximo al territorio de la Apachería, a la par de los uniformes y sotanas de los frailes, pude apreciar la vestimenta de sus nativos considerados de paz. Algunos indios vestían pantalón y zapatos de gamuza, otros andaban con un taparrabo de la misma piel, o de manta.

El calor en el desierto por el mes de agosto es agobiador, pero ellos, conocedores de estas tierras, sabían cómo sobrevivir a este infierno. No tenían ningún tipo de temor al demonio cuando la transitaban. Llevaban miles de años siguiendo sus mismos caminos, con la diferencia, que ahora tenían por costumbre dejar a su familia en las misiones franciscanas. Mientras que los guerreros, dirigidos por los indios más experimentados, se dedicaban, tanto a la cacería, como incursionar en poblaciones de colonos con quienes no tenían tratados de paz. A pesar de todos los intentos del Rey de España por controlar las fronteras de las provincias septentrionales mediante la presencia de las tropas presidiales, vastas tierras seguían bajo su control.

Los indios varones, tenían por costumbre en época de calor, traer el dorso desnudo, o ponerse una camisa de manta. Las mujeres, usaban vestido completo, también de piel, pegado al cuerpo. Se podía apreciar toda su humanidad. En ocasiones, traían el pecho desnudo y un taparrabo. No cabe duda, eran bárbaros. No tenían la más mínima idea de la moral cristiana, a pesar de los intentos de los frailes por inculcársela. El cabello lo tenían largo. Les llegaba abajo del cuello. Lo sujetaban con una cinta gruesa de manta atada en la cabeza, a veces, adornada con una pluma. Las mujeres se dejaban dos trenzas. A pesar de su barbarie, era tanta su belleza, que dejaron cautivado al mismo capitán Melchor Gaspar de Villagrá, acompañante de Don Juan de Oñate en la conquista de la Nueva México, cuando escribió: “Vimos todos venir a nuestro puesto, una furiosa bárbara gallarda, frenética de amor, de amores presa, […] ella es la que es más digna de estimarse y a quien mayor respeto se le debe, y aunque alárabe y bárbara en el traje, en su ademán gallardo cortesana, sagas, discreta, noble y avisada”.

 

Notas:

[1] Doctor en Antropología por la UNAM. Profesor-investigador de la UACJ, jubilado desde el 2014.

[2] Mühlenpfordt, Eduard (1993). Ensayo de una fiel descripción de la República de México, referido especialmente a su geografía, etnografía y estadística. Traducción y nota preliminar de José Enrique Covarrubias. Edición a cargo de Teresa Segovia. México, Banco de México., t. II, p. 387.

[3] Al respecto, Jiménez, Alfredo (2006).  El Gran Norte de México. Una frontera imperial de la Nueva España (1540-1820). Madrid, España. Ed. Tebar, p. 25, comentó: “Ese Gran Norte fue la frontera de un imperio, no meramente un territorio marginal con las connotaciones negativas de las tierras periféricas mal conocidas, habitadas por poblaciones poco o mal desarrolladas, colonizadas con escasa o ningún control de un Estado expansionista”.

[4] Sobre los conceptos de frontera política, cultural, geográfica, de guerra y colonial, ver mi artículo, Chávez Chávez, Jorge (2004), “Las imaginarias fronteras septentrionales. Su papel en la construcción de una cultura regional”, en  Pérez-Taylor, R. y Salas Q., H., eds., Desierto y Fronteras. El norte de México y otros contextos culturales. México. UNAM-IIA-Plaza y Valdés, pp. 387-420.

[5] Powell, Philip W (1984). La Guerra Chichimeca (1550-1600). México. FCE-CULTURASEP (Lecturas Mexicanas, 52), p. 12.

[6] En relación a la frontera norte de México vista como tierra habitada por bárbaros, desértica, o gran frontera de guerra, ver, Chávez, J. (2011), “la barbarie retratada. Fines siglo XIX-Principios del XX”, en Pérez-Taylor, R., ed., Antropología simbólica: VI Coloquio Paul Kirchhoff. México, UNAM-IIA, pp. 165-168.

[7]  Aristóteles decía que los bárbaros no tenían acceso al logos. Es decir, a la razón, debido a que el hombre aprende sus capacidades morales sólo en la ciudad, o mundo civilizado. Cf. Bartra, Roger (1998). El salvaje en el espejo. México. UNAM-Ed. Era, p.15. Esta categorización fue utilizada por los españoles como categoría colonial; en particular, para referirse a los nómadas asentados en el septentrión del virreinato de la Nueva España, debido a su capacidad para resistir la colonización, la que culminó hasta finales del siglo XIX. Es por esta razón, que tanto las autoridades como la población civil en México, continuaron refiriéndose a ellos de esta forma, ahora para justificar el control del territorio y colonización de los actuales estados fronterizos norteños.

[8] Sobre la construcción de una de estas culturas regionales, ver mi libro, Chávez., J., (2011). Entre rudos y bárbaros. Construcción de una cultura regional en la frontera norte de México. México, El Colegio de Chihuahua.

[9] Sobre cautivos de apaches y comanches, ver, Fernando Operé, (2001). Historias de frontera. El cautiverio en la América hispánica. México, FCE, pp.173-201.

[10] Sarmiento, Domingo F.  (2006). Facundo. Argentina. Ed. Longseller, p. 30.

[11] Sarmiento, op. cit., pp. 30-31.

[12] Turner, Frederick J. (1987), “El significado de frontera en la historia americana”, en Secuencia, núm. 7, enero-abril, p. 188. Fue presentada por la American Historical Association y World,s Columbian Exposition, en Chicago, Illinois, 1893. Publicada un año después por, Proceedings of the State Historical Society of Wisconsin, dentro del Annual Report of the American Historical Association, e incorporada en 1921 como el primer capítulo de su libro, The Frontier in American History.

[13]  Turner, “El significado…”, op. cit., p. 187.

[14]  Turner, op. cit., p. 188.

[15] Cf. Weber, Bárbaros…, p. 27.

[16] Cf. Weber, op. cit., p. 411.

[17] Como el realizado por Manuel Payno, “Razas indígenas. Rancherías de la Sierra Madre”, en Chávez Ch., J., Entre rudos…, anexo 1, pp. 197-222.

[18] Rozat Dupeyron, Guy  (2004), “Desiertos de rocas y del alma. Un acercamiento antropológico a la crónica de Pérez de Ribas”, en Desierto y fronteras…, pp. 315-322.

[19] Sobre esta clasificación, ver Rozat, G. (1992). Indios Reales e imaginarios en los relatos de la conquista de México. México, Ed. Tava.

[20] Cf. Fernández de Rota, José Antonio (2004). “Los paisajes del desierto”, en Desierto…, pp. 21-36.

[21] Respecto a la clasificación de culturas del desierto, ver, de Braniff Cornejo, Beatriz (1994), “El norte de México: la Gran Chichimeca”, en Arqueología Mexicana. México, febrero-marzo, vol. I, núm. 6, pp. 16 -17. Gutiérrez, Ramón A. (1991). Cuando Jesús llegó, las madres del maíz se fueron. México, FCE, pp. 18-19, menciona, que debido a la existencia de regiones en extremo áridas donde prácticamente es imposible su cultivo, se desarrolló la cultura del desierto, “la mayoría de sus habitantes, desde tiempo inmemorial, fueron nómadas, excelentes conocedores de la naturaleza, de su flora y fauna”. También hace mención de ellas, López Austin, Alfredo y López Luján, L. (1997). El pasado indígena. México, Colmex-FCE, Fideicomiso Historia de las Américas, pp. 15-75.

[22] Ver, Turner, “El significado…”, op. cit., pp. 187-206.

[23] Rajchenberg, E. y Héau-Lambert, C. (2009). “¿Wilderness vs. desierto? Representaciones del septentrión mexicano en el siglo XIX”, en Norteamérica. Año 4, número 2, julio-diciembre, p. 18.

[24]  Considera el desierto como el anti-edén al cual fue lanzado del hombre después del pecado original, es decir, como un espacio moral y simbólico, y no un espacio real, geográfico, ver, Rozat, Guy (2004). “Desiertos de rocas y del alma. Un acercamiento antropológico a la crónica de Pérez de Ribas”, pp. 315-322 y Zene, Cosimo (2004). “Travesía en el desierto. Las experiencias de la humanidad en el diálogo con Dios”, en Desierto…, pp. 45-68.

[25] Loc., Rajchenberg y Héau-Lambert, “¿Wilderness…?, op. cit p. 17.

[26] Rajchenberg…, op. cit., p. 19.

[27] Ver el “Tratado Adams-Onís, del 22 de febrero de 1818”, en Portal INEP, http//www.inep.org. Loc. el 4 de mayo del 2006.

[28] Cf. Rajchenberg…, op. cit., p. 24.

[29] Reglamento, e Instrucción para los Presidios que se han de formar en la Línea de Frontera de la Nueva España. Resuelto por el Rey N. S. En Cedula de 1º. De Septiembre de 1772. De orden de su MAGESTAD. Madrid: Por Juan de San Martin, Impresor de la Secretaria del Despacho Universal de Indias, Año de 1772.

[30] CF. Weber, David J. (1988). La frontera norte de México, 1821-1846. El sudoeste norteamericano en su época mexicana. México: FCE, pp. 17-19. En relación al debilitamiento de las tropas presidiales que dieron paso a la creación de las coloniales militares durante la segunda mitad del siglo XIX, dijo: “Irónicamente, la desintegración de los presidios en la frontera ocurría al mismo tiempo que los militares ocupaban una posición dominante en la política mexicana después de la Guerra de Independencia. Por ser la institución más mimada y más poderosa de la nación, a la rama militar se le dio mucho personal y se le colmó de oficiales de alta graduación. Pidió y recibió la tajada del león del presupuesto de la nación.”

[31]  Cf. Worcester, Donald E. (2013). Los apaches. Águilas del sudoeste. Barcelona, Ed. Península, p. 164.

[32] Sobre la formación, función y evolución de la línea o cordón de presidios, ver, Arnal, Luis (2006), “El sistema presidial en el septentrión novohispano, evolución y estrategias de poblamiento”, en Scripta Nova. Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. Barcelona, Universidad de Barcelona, vol. X, núm. 218 (26), 1 de agosto. Como fuentes de consulta documental, ver: INSTRUCCIÓN para formar una Linea ó Cordon de quince presidios sobre las Fronteras de las Provincias Internas de este Reino de Nueva-España, y NUEVO REGLAMENTO Del número y calidad de Oficiales y Soldados que estos y los demas han de tener, Sueldos que gozarán desde el dia primero de Enero, del año próxîmo de mil setecientos setenta y dos, y servicio que deben hacer sus Guarniciones. DE ORDEN DE SU EXCELENCIA, En México en la Imprenta del Br. D. Joƒeph Antonio de Hogal, Calle  de Tiburcio Año de 1771, y el Reglamento, e Instrucción para los Presidios que se han de formaren la Linea de Frontera de la Nueva España... Especifican dónde se encontraba cada uno de los presidios, su presupuesto y funciones asignadas; este último reglamento estuvo vigente hasta la época de Benito Juárez, quien lo modificó para sacar su Reglamento de colonias militares de 1869.

[33] Loc. Orozco, V. (1992). Las Guerras Indias en la Historia de Chihuahua. México. UACJ-ICHICULT. México, pp. 95-125.

[34] García Conde, Francisco (1842), “Manifiesto al Gobierno General. Ministerio de Guerra”, en Diario del Gobierno de la República Mexicana. 23 de septiembre de 1842, n.2649, t. XXIV, p. 214. Menciona los tratados de Paz que realizó con apaches y comanches en Chihuahua. Nota: este documento lo publiqué completo en mi libro, Entre rudos…, anexo II, pp.223-248.

[35]  Cf. Rajchenberg…, op. cit., p. 20.

[36]  Cf. op. cit., p. 21.

[37] Operé, op. cit., p. 16. El subrayado en negritas es mío.

[38] Valencia, Gabriel, (1839). Memoria presentada al Supremo Gobierno por el Exmo. Sr. Gefe de la Plana Mayor del Ejército, General D. Gabriel Valencia, en cumplimiento de la superior órden de 20 de Octubre de 1838, y de los prevenido en el Art. 73, del estatuto de este cuerpo. México, Imprenta del Águila, p. 6. El subrayado en negritas es mío.

[39] Almonte, Juan Nepomuceno, (1846). Memoria del Ministerio de Estado y del Despacho de Guerra y Marina del Gobierno Supremo de la República Mexicana, leída al augusto Congreso Nacional el Día 9 de Diciembre de 1846 por el General Almonte. México, Imprenta de Torres, p. 33. El subrayado en negritas es mío.

[40] En Soto, Juan (1857). Memoria del Ministro de Guerra y Marina, presentada al primer Congreso Constitucional de 1857, por el Ministro del Ramo. México. Imprenta de J. R. Navarro, pp. 30-31. A pesar de mencionar los continuos ataques de los filibusteros, culpa de deterioro de la frontera a los “bárbaros”: “periódicamente invaden y asolan, ejerciendo sus depredaciones con maldita ferocidad”.

[41] En la Memoria presentada por Almonte en 1846, sobre los texanos comentó lo siguiente: “En la actualidad  están constituidos los chihuahuenses a defender palmo a palmo su suelo natal, para impedir que primeramente sea destruido por los bárbaros, y después ocupado por los ingratos colonos de Texas, cuyos enemigos de la Patria, continuamente anhelan por hacerse dueños de nuevos terrenos por medio de la usurpación; y para lograr sus ambiciosas miras procuran lanzar a los bárbaros del territorio que ocupan sobre los departamentos de la república que colindan con el de Texas”. Almonte, op. cit., pp. 45-46. El subrayado en negritas es mío.

[42] Al respecto, Weber dijo, “En el sentido más restringido, en la sociedad hispanoamericana del siglo XVIII, un español era un “peninsular”, esto es, una persona nacida en España, o un “criollo”, una persona nacida en América de padres españoles. Otras palabras, como “mestizo”, “lobo” y “coyote”, se aplicaban a los americanos de sangre mezclada. A pesar de ello, todos los pueblos hispanizados, cualquiera que fuera su lugar de nacimiento o composición racial, se convertían en españoles cuando buscaban distinguirse de los indios domésticos o los indios salvajes. Como escribió un misionero desde el país indio de Texas, “cuando digo español, se entiende no indio, que así es lo corriente en este país”.” Weber, David J., (2007). Bárbaros. Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración. Barcelona: Crítica, p. 36. El subrayado en negritas es mío.

[43] F. Operé hace la siguiente mención: “la experiencia de los genízaros en Nuevo México representa una alegoría válida del complicado proceso de transculturación ocurrido en las fronteras hispanas como consecuencia de cautiverio.” Cf. Operé, op. cit., p. 18.

[44]Cf. Boccara, Guillaume (CNRS-CERMA), (2001), “Mundos Nuevos en las Fronteras del Nuevo Mundo. Relectura de los procesos coloniales de etnogénesis, etnificación y mestizaje en tiempos de globalización”, en Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, http://nuevomundo.revues.org/index426.html. Fecha: enero 2013.

[45] Sobre este concepto, ver, Chávez, Jorge (2007), “De gente ruda a gente sencilla. Símbolo del hombre norteño”, en Pérez-Taylor, R, Olmos A., M. Salas Q., H., ed., Antropología del desierto. Paisaje, naturaleza y sociedad. México, UNAM-IIA-Colef Tijuana, pp. 163-178.

[46] Weber, Bárbaros…, p. 35.

 

Cómo citar este artículo:

CHÁVEZ CHÁVEZ, Jorge, (2016) “Entre la civilización y la barbarie. La vida en la frontera norte de México. Siglo XIX”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 27, abril-junio, 2016. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 24 de Mayo de 2024.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1297&catid=5