La revista como artificio. “Casa de las Américas” y “Punto de Vista” en los años ochenta

Magazine as artifice. "Casa de las Americas" and "Point of View" in the eighties

Magazine como artifício. "Casa de las Américas" e "Point of View" na década de oitenta

Alejandra González Bazúa

Recibido: 15-06-2016 Aprobado: 30-06-2016

 

En una entrevista publicada en 2014 bajo el título “¿Qué fue de los intelectuales?”, el historiador italiano Enzo Traverso incita a la reflexión sobre el quehacer intelectual a partir de una serie de interrogantes y análisis. Una de las ideas vertidas por Traverso apunta a la necesidad de entender los cambios en las prácticas intelectuales entre los años ochenta y noventa y su relación con el abandono, eclipse o derrota de una forma de trabajo intelectual vinculado a la transformación social y al pensamiento crítico.[1]

Uno de los cambios más evidentes en el trabajo intelectual es que han ido cambiando no sólo en sus maneras de insertarse en el espacio público sino en la materialidad a partir de la cual despliega su pensar. Este artículo busca en el pasado de dos revistas latinoamericanas huellas de una forma de trabajo intelectual realizado con primor, habilidad, empeño, es decir con artificio: la revista cultural y/o literaria.[2]

La revista cubana Casa de las Américas y la argentina Punto de Vista tuvieron poco o nada que ver directamente durante la década de los ochenta. No fueron revistas que mantuvieran sólidos lazos intelectuales o políticos. Desde su nacimiento, la primera ha formado parte del entramado de las instituciones culturales surgidas desde la Revolución cubana, es decir es una revista que funciona como un aparto cultural del Estado. La segunda nació en medio de la dictadura y mantuvo, durante toda su existencia, pocos o nulos vínculos con instituciones del Estado. Una buscaba llegar a un público continental y ser un medio de encuentro entre las rebeldías continentales.[3] Otra buscó a un público metropolitano, especializado. En la revista cubana participó un número copioso de personalidades de América Latina, principalmente, pero también de otras latitudes; la revista argentina fue hecha por un número muy acotado de intelectuales.

Las diferencias entre una y otra forman una ancha zanja. Sin embargo lo que las une es que en  ambas fueron materializaciones en las que se desplegaron formas de quehacer intelectual que contienen una gran potencia para el presente y el futuro, en particular interesa, para fines de este texto, dar cuenta de cómo Casa de las Américas y Punto de Vista fueron dos artificios culturales que durante la década de los ochenta dieron cuenta de un cambio de época que hoy en día es necesario revisitar reflexivamente.

 

Hacer revista

La historia de la producción y lectura de las revistas literarias y culturales en América Latina durante el siglo xx conforma uno de los nichos de estudio con un potencial que exige contar con nuevas miradas y acercamientos teóricos, metodológicos y epistemológicos. Las revistas nacieron en la modernidad y forman parte de varias expresiones culturales dedicadas a llevar a la esfera de lo público, “las últimas novedades”, las reflexiones más “frescas”. Esa condición será también la que las condenará a ser un material de consumo efímero. Paradójicamente esa será la condición que les otorgue la posibilidad de constituirse como una de las fuentes esenciales para comprender a las formaciones intelectuales y artísticas en el largo proceso de modernización y autonomización de la escritura y el pensamiento intelectual que se vivió durante todo el siglo xx.

El intelectual, en el imaginario moderno, es una figura que construye representaciones articuladas de una sociedad y una cultura con la idea de poder interpretar épocas o procesos para poder intervenir en la historia futura, es decir, en la política. A lo largo del siglo xx las revistas fueron el espacio privilegiado en el que se expresaron los campos de batalla de esa historia futura. Es por ello que una historia cultural o literaria sobre la América Latina de la última centuria no puede prescindir de ellas.

Habrá otro elemento fundamental en la elaboración de las revistas impresas del siglo xx, especialmente a las que nos referiremos. Ellas involucraron al intelectual en su hechura. El ejercicio del pensar se juntó con el hacer. Dirá José Aricó, en el texto fundacional de la revista Pasado y presente, que una revista de cultura es muestra de la necesidad urgente de objetivar una especie de fuerza inmanente que roe el interior de quien la hace. Es voluntad compartida, concreción de un proceso de maduración semejante y de una posición crítica frente a la realidad. En otras palabras una revista de cultura sería “el vehemente deseo de elaborar en forma crítica lo que se es, lo que se ha llegado a ser, a través del largo y difícil proceso histórico que caracteriza la formación de todo intelectual”.[4]

Las revistas, esos cuadernillos individuales, numerados y que por lo regular llevan consigo la promesa de que después vendrán más cuadernillos, no se trata de una “vista” en singular, sino de muchas en donde participan varios sujetos. Es por ello que las revistas son fuentes invaluables para el estudio de redes intelectuales, de agrupaciones políticas o colectivos artísticos, es decir, de identidades políticas, culturales, intelectuales y/o artísticas.

Si la identidad reside no en una sustancia sino en "una coherencia interna puramente formal y siempre transitoria de un sujeto histórico de consistencia evanescente", la cual se afirma en el juego dialéctico de la consolidación y el cuestionamiento "de la cristalización y disolución de la misma",[5] entonces, la revista literaria, cultural y política, hecha por intelectuales que buscaron identificarse y distinguirse con y de otros, es una fuente invaluable para ver el juego dialéctico entre consolidación y cuestionamiento de ideas, proyectos políticos, imaginarios culturales. Ellas nos acercan a los procesos de metamorfosis intelectual y social, nos muestran también la oscilación incesante de la cultura que va y viene de la cristalización a la disolución.

[fcl edicion="028" foto="134401" alt="Portada de la revista Casa de las Américas, noviembre-diciembre 1981, número 129"]Imagen 1. Portada de la revista Casa de las Américas, noviembre-diciembre 1981, número 129.[/fcl]

Todo el siglo xx fue particularmente dinámico en la publicación de revistas. Pero fue a partir de la década de 1970, en una etapa más consolidada de la llamada masificación cultural, que las revistas literarias y culturales comenzaron a ser un producto que llegó a sectores más amplios de la sociedad.

Entre los años setenta y ochenta las revistas se fueron especializando; muchas de ellas se vincularon explícitamente con proyectos políticos específicos convirtiéndose, en algunas ocasiones, en el escenario de importantes polémicas políticas y culturales que sintetizaron conflictos históricos. Si a partir de la historia intelectual podemos vislumbrar los cruces entre la política y la cultura, en las páginas de las revistas podemos mirar la concreción de esa relación. Detrás de una revista cultural, política y/o literaria, siempre estuvo presente la relación de un grupo con el poder en turno, ya fuese para legitimarlo, criticarlo o confrontarlo.

No es que la construcción de las representaciones y simbolizaciones del mundo social sean monopolio de los intelectuales, pero es verdad que muchos de ellos desearían que esta dimensión de la vida política les perteneciera. El empeño por significar y dar orden a la realidad está presente en la mayoría de las revistas que se publicaron en América Latina en la época que concierne a este artículo. Sus páginas son un cúmulo diverso de representaciones sobre el poder, lo político, la rebeldía, el Estado, la utopía, la revolución, etc. Todos o alguno de estos conceptos están como telón de fondo visible o invisible.

Es importante mencionar que un análisis de las revistas latinoamericanas quedaría incompleto si no se tomara en cuenta el gran dinamismo cultural y político de la época, el cual explica que existiera un gran intercambio de ideas y proyectos entre los intelectuales revisteros traspasando las fronteras nacionales. Basta con revisar el índice de las revistas latinoamericanas más prestigiosas de los años ochenta para darse cuenta de que existían redes intelectuales amplias que respondían en muchos de los casos a los ánimos de integración latinoamericana, y en otros a la afinidad ideológica o estética aunque no se compartiera un empeño político concreto.

Ejemplo de las redes intelectuales tejidas a partir de lazos políticos se encuentran en la revista Casa de las Américas. En el primer número de la década de los ochenta sus páginas publicitaban a las siguientes revistas: la longeva Cuadernos Americanos, que había nacido en 1941 como un proyecto intelectual encabezado hasta 1985 por Jesús Silva Herzog;[6]Sin nombre, revista dirigida por la escritora puertorriqueña Nilita Vientos Gastón; la Revista de crítica literaria latinoamericana, creada en Lima en 1973 por Antonio Cornejo Polar y cuya larga y fructífera vida todavía no se apaga (esta revista también será anunciada en la páginas finales de Punto de Vista); Historia y sociedad, que bajo la dirección de Roger Bartra y Enrique Semo se anunciaba como una revista latinoamericana de pensamiento marxista. Cambio se presentaba como una publicación trimestral de Editorial Extemporánea dirigida colectivamente por Julio Cortázar, Miguel Donoso Pareja, Pedro Orgambide, Juan Rulfo y Eraclio Zepeda. También se anunciaba la revista Caribbean Quarterly, dirigida por el intelectual y artista jamaiquino Nex Netteford. Acoma, revista de literatura y ciencias humanas y políticas, dirigida por Edouart Glissant, se anunciaba como una publicación de Martinica.

Pero las redes intelectuales y políticas iban más allá de América Latina; la última página de la revista cubana anunciaba cuatro publicaciones cuya hechura y concepción provenía de intelectuales e instituciones pertenecientes al campo socialista: América Latina, revista trimestral del Instituto de América Latina de la Academia Latina de la Academia de Ciencias de la URSS; Ciencias Sociales, publicación trimestral de la Sección de Ciencias Sociales de la Presidencia de la Academia de Ciencias de la URSS; Iberoamericana Pragensia, que era un anuario del Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad Carolina de Praga y, finalmente, la revista Lateinamerika, publicada en la República Democrática Alemana.[7]

Además de Casa de las Américas, en Cuba se publicaron otras revistas importantes de diverso tipo como El Caimán Barbudo, Santiago, de la Universidad de Oriente, Signos, que hacía Samuel Feijoo, Letras cubanas, Opciones, La Gaceta de Cuba y Unión, renovadas en 1987, Revolución y cultura, Bohemia.

En Argentina la llamada transición a la democracia trajo consigo el nacimiento o la reconfiguración de un gran número de revistas: Nova Arte, Brecha, El Ornitorrinco, El Porteño, La ciudad futura, por ejemplo. Sobre ellas la investigadora Roxana Patiño ha indagado acerca de la revista como lugar desde el que se recolocó a los intelectuales y escritores respecto a la nueva cultura política propuesta desde la democracia.[8]

Rastreando los vínculos entre el poder, la cultura y la política y saliendo de Argentina y Cuba como coordenadas, podríamos ir, por ejemplo, a México y a las páginas de la revista Vuelta (1976-1998), las cuales son un material indiscutible para mirar la relación de un grupo intelectual con el poder político y con el Estado y también las fracturas, las contradicciones, la diversidad estética, la metamorfosis de la que se hablaba anteriormente. La polémica que existió entre revisteros de la revista Nexos, fundada en 1978, y Vuelta todavía sigue sacudiendo memorias. En Brasil, al sur del continente, la revista Novos Estudos. CEBRAP (1981) puso como centro de sus reflexiones el debate sobre la democracia y las formas de articularla en sociedades plurales.

[fcl edicion="028" foto="134402" alt="Portada de la revista Casa de las Américas, noviembre-diciembre 1986, número 159"]Imagen 2. Portada de la revista Casa de las Américas, noviembre-diciembre 1986, número 159.[/fcl]

Además de estas y otras revistas consignadas a formar parte de la memoria histórica de la humanidad, existieron muchas otras que siguen esperando ojos que las visibilicen. Detrás de las revistas consagradas como referentes ineludibles, de las páginas de revistas críticas que hoy son el resguardo de la memoria de unas izquierdas, existieron también publicaciones disidentes de éstas dentro del mismo espectro de la izquierda, publicaciones pequeñas que esperan ese cepillo a contrapelo que las desencubra, desempolve.

A propósito de esta metáfora benjamiana que sintetiza una de las acciones que acompañan el ejercicio de la historia crítica, vale la pena releer un texto escrito entre 1921 y 1922 por Walter Benjamin que, de no haber sido por las dificultades económicas que se interpusieron para su realización editorial, hubiera conformado la presentación de la revista Ángelus Novus. Decía Benjamin que con la publicación de la revista tendría la esperanza de que al justificar su forma se lograra también inspirar confianza en su contenido. La revista, al ser la manifestación vital de cierto espíritu, sería impredecible e inconsciente, y al mismo tiempo estaría llena de futuro, “se desconocería a sí misma si ella quisiera reconocerse en unos ciertos principios, sean los que sean”.[9]

La revista, a diferencia de los periódicos, salvaría aquello que es problemático en principio porque aceptaría la existencia de lo problemático; la revista debería ser “implacable en su pensamiento e imperturbable es sus declaraciones”, aunque ello implicara un desafío a los códigos de “actualidad” valorados por el público. “Para toda revista que se entienda así, la crítica es sin duda el guardián obligado de su umbral”.[10]

Las formas y límites de la crítica ejercida por Casa de las Américas y Punto de Vista serán diferentes porque distinto también era el contexto que le daba razón de ser a las publicaciones, sin embargo, sus hacedores compartieron la idea de que la revista sería una de las formas de concretar algunas de sus ideas; hacer una revista fue un reflejo, casi natural, del quehacer intelectual.

Roberto Fernández Retamar y Beatriz Sarlo han sido dos de los revisteros más importantes de América Latina. La trayectoria intelectual de ambos está cruzada por los caminos andados por las revistas en las que volcaron su ser. Para Retamar Casa de las Américas ha sido una especie de hija; los compañeros de Sarlo que se involucraron con la hechura de la revista Punto de vista comparten la idea de que ella era el motor que hacía posible la existencia de la publicación.

Ambos han escrito ensayos en los que abordan el tema de la revista como ejercicio y apuesta intelectual. Más allá de los diversos textos que desde la academia se suman a las reflexiones sobre las posibilidades que ofrece la revista como fuente para el estudio del siglo xx, es interesante retomar algunos puntos de contacto y desencuentro en las ideas vertidas por Retamar y Sarlo en torno a la producción de las revistas.

En el siglo xx una de las frases más pronunciadas por intelectuales que hablaban con otros intelectuales era “publiquemos una revista”, frase que, dirá Sarlo, se envolvía en una mezcla de necesidad y vacío. Los colectivos que se unen en torno a una revista buscan hacer política cultural, incidir en el espacio de lo público en un tiempo presente. La revista no se plantea alcanzar el reconocimiento futuro sino encontrar escuchas contemporáneos. Los textos particulares incluidos en una revista pueden o no alcanzar a futuro, pero no “la forma revista como práctica de producción y circulación“.[11]

“Nada es más viejo que una revista vieja“, afirma en aquel texto pionero sobre las reflexiones en torno a las revistas culturales. Inspirada en el concepto benjamiano de aura, Sarlo dirá que la revista pierde el aura al aspirar a tener presencia inmediata en la actualidad. Las revistas viejas, más que al lector interpelarían al especialista. Son objetos que han perdido su aura porque su autenticidad se encuentra en el presente en el que siguen ilustradas. Pero que se convierten drásticamente en pasado.

Siguiendo con esta argumentación, para Sarlo, las revistas viejas interesarían infinitamente más al historiador de la cultura que al crítico literario, que prefiere trabajar con lo que de las revistas ha pasado a los libros, integrándose así a la sintaxis (la del libro) que se juzga más definitiva.[12]

Las combinaciones con las que se juega al hacer una revista, responden a la voluntad de intervenir en el presente para modificarlo. Por tanto, una evaluación de los aciertos y errores cometidos en relación con esa apuesta inicial son líneas a las que puede apuntar el historiador que, por otro lado, debe cuidarse de no caer en anacronismos. Si se tratara de encontrar pistas sobre la problemática de una época, las revistas serían un buen indicio sobre ellas, de la misma forma que si se quisieran rastrear las transformaciones institucionales en relación con el lugar que ocupa la cultura en de ellas. En ellas también se puede indagar sobre el concepto de cultura en épocas y grupos determinados. Son también fuentes para el estudio de la lectura y recepción de las ideas.

Las revistas perderían pronto el aura por la inmediatez con la que el presente se convierte en pasado, porque son medios con una cualidad instrumental. Una revista, proseguirá Sarlo, busca mostrar los textos, no solamente publicarlos; es decir, que los hacedores de revistas eligen no solamente una política textual sino una gráfica. Todas las revistas tendrían sus geografías culturales, buscarían un espacio concreto para circular y otro imaginado, deseado. La superposición entre ambas geografías sería variable. “La geografía de una revista, como el deseo del viaje, una vía regia hacia su imaginario cultural“.[13]     

Aquellos que rastreen los itinerarios de la historia intelectual, encontrarán en la revista un lugar en el que se organizaron discursos diferentes. Serán un mapa de las relaciones intelectuales atravesadas, entre otros factores, por la edad e ideología. Formarán un vínculo de comunicación entre la dimensión cultural y la política. Al buscar ser modernizadoras, propositivas y programáticas, estarán siempre jugando con un arma de doble filo. La actualidad deseada será la que las convierta en “ensayos liquidados, ejemplos muertos de innovación […] Espacios, por lo tanto, más de reconstrucción histórica que de placer se ordenan con la mansa inevitabilidad de la que carecieron por completo cuando su presente era presente“.[14]

Roberto Fernández Retamar mencionó este texto de Sarlo en la inauguración del ciclo de conferencias “Un siglo de revistas culturales españolas e hispanoamericanas (1898-1992)”, el 20 de octubre de 1994.[15]

A Retamar le parecieron agudas las reflexiones de Sarlo en torno a la sintaxis de la revista y su diferencia con la del libro. No así la frase dicha en aquella ponencia acerca de que, “nada es más viejo que una revista vieja. No se trata tanto de que se vuelva vieja, hecho inevitable, como de que se vuelve otra”;[16] lo cual para Retamar es una característica propia de cualquier producto cultural.

Las revistas, pasado el tiempo, tendrían que abrirse a una pluralidad de interpretaciones. Retamar profundiza en la idea de que la revista es una opereta aperta, un taller o laboratorio. “El carácter colectivo de la revista no se refiere sólo, ni primordialmente, al hecho de que en ella aparezcan materiales de varios autores. Se refiere sobre todo a que es la obra de un equipo, o de varios. Lo que no está reñido con el papel, por lo general importante, que en ella desempeña una persona”. Tal es el caso de la relación del propio Retamar con Casa de las Américas y de Beatriz Sarlo con Punto de vista.

Habrá personalidades cuyos nombres propios serán inseparables de una revista. Difícil es imaginar una orquesta sin director, aunque las ha habido, lo que es imposible imaginar es una orquesta sin orquesta, dijo Retamar. Cómo se configuran estas orquestas, qué es lo que las lleva a unirse, es lo distintivo de cada revista. En algunas se notan rasgos generacionales, en otras, serán las apuestas políticas lo que cruce la participación de cada integrante del colectivo revistero. Durante la década de los años ochenta, se publicaron en el continente muchas revistas desde las cuales se puede ver esta época no muy trabajada desde la perspectiva histórica, al formar parte de los complejos entramados del pasado reciente.

[fcl edicion="028" foto="134403" alt="Portada de la revista Punto de Vista, agosto, 1984, número 21"]Imagen 3. Portada de la revista Punto de Vista, agosto, 1984, número 21.[/fcl]

 

Una casa para las américas

Un año después del triunfo de la Revolución, en julio de 1960, saldría a la luz el primer número de Casa de las Américas; sus páginas guardan memorias sobre la cultura y la política latinoamericanas de la segunda mitad del siglo xx y lo que va del xxi. Sin perder de vista sus orígenes, la revista cubana sigue publicándose bajo el cobijo de la misma institución que la vio nacer aquel verano de 1960.

Casa de las Américas rebasó ya el cincuentenario, su historia constituye un importante acervo documental para aquellos que busquen mirar y mirarse en el entramado político y cultural latinoamericano de la segunda mitad del siglo xx y la fracción breve del xxi que ya ha trascurrido.

La revista cubana surgió como una extensión en tinta y papel de la Casa de las Américas y al poco tiempo de su creación logró posicionarse como el espacio que facilitaba el diálogo entre la intelectualidad mundial, principalmente de América Latina, y el gobierno revolucionario.

La institución, Casa de las Américas, se creó a los cuatro meses del triunfo de la revolución y fue dirigida por Haydée Santamaría, fundadora del Movimiento 26 de julio, participante del asalto al cuartel Moncada en 1953 y una de las mujeres emblemáticas de la Revolución cubana. Su forma de pensar la política y lo político será indispensable para entender el carácter que fue tomando la revista.

Sin tener un proyecto cultural nítido, el equipo que le dio vitalidad a la revista Casa de las Américas materializó con exposiciones, premios, conferencias y con la propia revista, la idea general de crear un espacio de encuentro entre lo latinoamericano, lo cubano y la Revolución, así como un lugar de enunciación desde América Latina. El nombre de Casa aducía justamente a la idea de construir articulaciones artísticas e intelectuales desde la Cuba revolucionaria, en la que se reivindicara una forma particular de imaginar, construir y ejercer la identidad latinoamericana. Una Casa como punto de partida común, como lugar en el que habitan personas con un origen compartido o como espacio que acoge ideales diversos; una Casa de las Américas, enunciando así la multiplicidad contenida en el continente americano.

Casa de las Américas se creó a iniciativa de Antón Arrufat y Fausto Masó. En el texto de presentación de la revista, titulado ¿Cómo haremos?, se colocaron palabras que fungieron como los ejes rectores de la publicación: revolución, utopía, esperanza, transformación, América y pueblo. Todos estos conceptos estarían presentes explícita o implícitamente en la gran mayoría de los textos publicados por la revista cubana. Casa de las Américas concebiría a la literatura como una “aventura” para transformar la realidad haciendo confluir la política y la cultura.

El éxito de Casa de las Américas fue casi inmediato: si en un inicio se tiraron 2,000 ejemplares, para 1962 esta cifra se duplicó; en 1965 subió a 9,000; durante la década de 1970 se incrementó a 12,000 ejemplares, y a 15,000 en los años ochenta.[17]

Para fines de este texto se ha indagado en un periodo de la revista cubana en el cual hay un vacío bibliográfico que se extraña, dados los importantes virajes ideológicos, políticos y culturales en la década de los ochenta, de los cuales Casa de las Américas dio cuenta. Desde el triunfo sandinista, hasta la caída del Muro de Berlín, es perceptible  un cambio paulatino de la red de colaboradores y una significativa disminución de su presencia en el espacio público latinoamericano.

En los primeros años de la década del setenta, la isla caribeña tuvo un acercamiento mayor con la Unión Soviética y con otros países socialistas. Dicho acercamiento, que se tradujo en la implantación de modelos económicos y sociales distintos, no gustó a muchos de los antiguos colaboradores de la revista, por lo que se generaría un reordenamiento en la antigua red intelectual cercana a Casa de las Américas.

El llamado “Caso Padilla” es el paradigma del quiebre intelectual de esta época.  Las obras Fuera de Juego, de Heberto Padilla, y Los siete contra Tebas ganaron, en 1968, dos de los premios literarios anuales que ofrecía la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el primero en poesía y el segundo en teatro. Ambos libros fueron impresos e incluso distribuidos en algunas librerías, de las que no tardaron mucho en ser retirados. En la misma impresión de las obras se publicó una declaración de la propia UNEAC en la que se le advertía al lector que la dirección de la institución rechazaba el contenido ideológico de estas dos obras premiadas por considerarlas ideológicamente contrarias a la Revolución.[18] Este hecho, junto a otros similares sucedidos a otros autores,  el posterior juicio en contra de  Heberto Padilla y el inicio del llamado “Quinquenio Gris marcaron un momento de quiebre en el que es distinguible un timonazo en la política cultural al interior de Cuba. Algunos de los rasgos de aquel momento de inflexión son la parametrización, censura y acallamiento de la pluralidad buscando la unanimidad en la creación y el pensamiento.

Un acontecimiento histórico en la producción de la revista cubana fue el triunfo de la revolución sandinista, en julio de 1979, que replanteó el lugar de la utopía revolucionaria y le dio un giro al pensamiento intelectual latinoamericano. En este momento se percibe con mucha mayor claridad una nueva etapa de la revista Casa de las Américas. En 1981 se convoca al Primer Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos, celebrado en la ciudad de La Habana y cuyas memorias serán publicadas en el número 129 de la revista cubana.

Este número constituye un punto de partida a partir del cual se percibe un viraje en las reflexiones sobre la cultura y la política, en un momento en que parecía renacer la utopía revolucionaria. De la misma manera es notorio un cambio radical en la revista entre el último año de la década de los ochenta y los primero de los años noventa; al desmantelarse el bloque soviético, al ser derrotados los sandinistas en las urnas, al iniciarse el Periodo especial y el recrudecimiento del bloqueo económico de Estados Unidos sobre Cuba, obligadamente la revista cambió no sólo en términos de contenido, [19]sino incluso a modificar de forma importante la materialidad y el tiraje. El número 184, concerniente a julio-septiembre de 1991, es tangible el Periodo Especial que en 1991 y 1992 pasó por su etapa más dura; la falta de color y el ahorro de papel son signos de ello.

 

Tener un punto de vista

Con un diseño sobrio y una portada con una sugerente ilustración del artista belga Jean-Michel Folon, en marzo de 1978 apareció el primer número de Punto de Vista. Ese número materializó ideas sueltas de personalidades intelectuales a las que les urgía hacer algo en y a pesar de la dictadura. Entonces Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano y Ricardo Piglia, que ya se conocían de haber compartido la experiencia de publicar en la revista Los Libros y de militar en un partido maoísta (organización que abandonarán justo al tiempo que publican Punto de Vista), armaron una nueva revista que, en su primer etapa, coincidente con un momento muy duro de la dictadura argentina, construirá una base sólida para conformar una de las publicaciones emblemáticas de la Argentina de las últimas dos décadas del siglo xx y principios del xxi.

Entre los números publicados a inicios de los ochenta, resulta interesante el número 12, de julio de 1981, en el que se anuncia formalmente la constitución del Consejo de Dirección de la revista, y el número 15, publicado en agosto de 1982, con un artículo de Carlos Altamirano titulado “Lecciones de una guerra”, que fue abrazado por el Consejo de Dirección como postura compartida. En él se hablaba de los absurdos y contradicciones de la Guerra de Malvinas en un momento en que era consenso nacional apoyar la guerra contra los ingleses. Sin poner en duda que las Malvinas pertenecían legítimamente al pueblo argentino, Altamirano denunció que un sentimiento y la reivindicación legítima habían sido “jugados en una aventura militar cuyo precio era la mutilación de otra generación de jóvenes y el agravamiento de una situación económico- social ya insoportable”.[20]

El texto de Altamirano fue un parteaguas por varias razones. Primero porque Punto de Vista se posicionó como grupo intelectual ante una política del régimen militar, segundo porque desde entonces se visualizó una crítica mucho más explícita a la dictadura y tercero porque fue en la década de los ochenta que Punto de Vista se constituyó como un referente cultural que marcó pautas y cánones intelectuales que dibujaron trayectorias de pensamiento, cuyos trazos pueden distinguirse actualmente.

El cierre temporal de una época de esta revista lo marca el número 42, de abril de 1992, época en la cual es distinguible un cambio en la esfera de lo político y lo social vinculados a la inserción del neoliberalismo como tema más allá del plano económico. Materialmente ese número reflejará un nuevo rostro gráfico, más pulido, ordenado, fino, que será muestra de que la publicación argentina gozaba de buena salud.

Los números publicados entre los mencionados, son aquellos en los que hubo mayor discusión colectiva en Punto de Vista, son también en los que se incluyeron polémicas y algunas cartas de los lectores, y en los que se publicaron artículos de autoría compartida o firmados por agrupaciones políticas o intelectuales. Durante esos números se testificó el surgimiento del Club de Cultura Socialista, el cual construyó importantes vasos comunicantes con los miembros de la revista. En esos años, durante la llamada “transición a la democracia”, algunos de los miembros del grupo intelectual de Punto de Vista mantuvieron una relación activa con el gobierno de Raúl Alfonsín.  Mientras se publicaban estos números, muchos de los exiliados volvían a Argentina con una multiplicidad de experiencias e interrogantes.

Aunque el corte temporal se alarga hasta 1992, es importante señalar que la muerte de José Aricó en 1991 es uno de los hechos que habría que considerar en el viraje de la revista. En esta época fue  la llamada “transición a la democracia”, la cual paradójicamente forma parte de los hechos comprendidos en la llamada “década perdida”.

Todos los intelectuales artífices de Punto de Vista propusieron debates e instauraron ideas acerca de lo que debía ser el ejercicio intelectual en una época de quiebre, en la que se ponía fin a una dolorosa dictadura militar al tiempo que se fincaban todas las esperanzas en la democracia.

Tanto en Punto de Vista, como en Casa de las Américas, se cargó de realidad el concepto de intelectual, los autores se propusieron más que definir formalmente el concepto de intelectual, cuestionarse, desde prácticas específicas, sobre el papel que sería legítimo que éste desempeñara dentro de la sociedad. En Punto de Vista, con la transición a la democracia será notoria la aparición del término “intelectual ciudadano” o “intelectual de izquierda”, el cual será concebido como un individuo que es capaz de cuestionarse a sí mismo y a su tradición, que defiende los valores democráticos y se confronta con la imagen del intelectual redentor que, según el grupo intelectual de esta revista, se construía desde la izquierda tradicional.

Existió en la revista Punto de Vista una gran tensión entre personalidades intelectuales diversas. Fue una publicación que encerraba la paradoja de ser colectiva y al mismo tiempo una obra detrás de la cual había una fuerte personalidad intelectual. Beatriz Sarlo funcionó siempre como el “motor” de la publicación, en ella recaía la mayor parte del trabajo material de la revista. Sin embargo, Punto de Vista es también un material colectivo que reflejó el sentir de un grupo de pensadores que coincidieron en la visión de lo que tendría que ser la Argentina posdictatorial.

Punto de Vista fue una publicación que se sumó al debate sobre el exilio, argumentando que tal debate, si se daba en términos morales y versaba sobre quiénes eran más heroicos, si los que se habían ido o los que se habían quedado, era absurdo y poco fértil. En cambio, la revista impulsó la idea de que lo que había que debatir era el futuro inmediato, para lo cual era necesaria la crítica al populismo que precedió a la dictadura; un acercamiento nuevo a Borges y al grupo intelectual de la revista Sur; un debate sobre la violencia política; una discusión sobre la democracia y el socialismo; la inclusión de nuevos autores (Williams, Hogart, Bourdieu, Foucault, Benjamin y después Rama, Cándido y Cornejo Polar), un posicionamiento ante la institución universitaria, por sólo mencionar algunos de los temas puestos por Punto de Vista en la esfera pública.

Una de las frases pronunciadas por Sarlo en una entrevista, fue que habría que reconceptualizar la revista Punto de Vista y las tradiciones intelectuales que heredó: “en realidad, nosotros, éramos gramscianos”. Esta frase sugiere la necesaria profundización en el estudio de las relaciones estrechas que se mantuvieron entre los llamados “gramscianos argentinos”, principalmente José Aricó y el grupo de Punto de Vista o bien poner atención a los virajes sobre las auto concepciones intelectuales que cambian con el tiempo.[21]

 

Cruce de coordenadas        

¿Cómo es que dos revistas tan disímiles logran encontrarse en un presente? En su contemporaneidad, ambas fueron creaciones intelectuales que objetivaron esa fuente inmanente de la que habló José Aricó: el hacer de una revista de cultura la materialización de una fuerza que roe el interior de quien la hace y que encuentra en ella el medio para colocarse críticamente frente a la realidad.

Dar cita en un presente a dos experiencias históricas del pasado reciente nos sitúa frente a la posibilidad de rescatar un cúmulo de experiencias de la generación y transmisión del conocimiento, y de una práctica intelectual en la que se relacionaban dialécticamente las ideas con el hacer.

Los intelectuales que participaron en la hechura tanto de Casa de las Américas como de Punto de Vista dedicaron tiempo, atención, pasión a una empresa colectiva que se materializó en la forma específica de revista. A pesar de ser proyectos colectivos, compartían también el ser publicaciones vinculadas con figuras intelectuales emblemáticas específicas, Roberto Fernández Retamar, en Casa de las Américas, y Beatriz Sarlo, en Punto de Vista.

Ambas publicaciones fueron consideradas núcleos de pensamiento de “izquierda”, con la vaguedad que ello pudiese implicar tanto en aquellos años como en el presente. Hoy son consideradas fuentes ineludibles de la memoria reciente de la producción cultural latinoamericana, particularmente de los países de los que son originarias. Se planteaban la crítica como uno de sus ejes metodológicos, aunque su ejercicio fuese completamente diferente, dada la naturaleza propia de las publicaciones. Casa de las Américas es una de las revistas canónicas del latinoamericanismo, en cambio, Punto de Vista es un refrete importante para los estudios latinoamericanos, pero no por tributar a la tradición latinoamericanista, como sí lo hizo Casa de las Américas.

Si se trata de rastrear las concepciones sobre el trabajo intelectual, ambas revistas son fundamentales para acercarse a los itinerarios reflexivos de los intelectuales sobre su quehacer. Han sido retomadas como una fuente importante para la reflexión, desde una diversidad de estudios sobre lo político y lo cultural. Sin embargo, son pocos trabajos los que han estudiado las publicaciones con una visión más relacional, entendiendo el entramado de redes sociales y productivas que envuelven la hechura de una revista. Se extraña particularmente la realización de trabajos que estudien Casa de las Américas durante una década fundamental para la comprensión de la historia reciente cubana, así como trabajos que coloquen a ambas revistas en coordenadas comunes con otras.

[fcl edicion="028" foto="134404" alt="Portada de la revista Punto de Vista, agosto-octubre, 1982, número 15"]Imagen 4. Portada de la revista Punto de Vista, agosto-octubre, 1982, número 15.[/fcl]

En ese sentido, Cuba ha funcionado en los estudios sobre América Latina como la excepción puesta a pie de página. Toda experiencia histórica debe estudiarse en sus particularidades, detalles, dobleces y rugosidades propias. El caso de Cuba merece especial atención dada la excepcionalidad histórica que ha representado en el proceso de construcción del socialismo. Sin embargo, y sobre todo en el momento actual, es indispensable avanzar en metodologías de estudio que permitan el entrecruzamiento de aquello que parecería completamente inconexo.

Casa de las Américas era una publicación cultural que dependía del Estado cubano. Aunque de ninguna manera puede compararse el papel que desempeña el Estado en sociedades capitalistas con el que cumplió en Cuba en un contexto en el que el mundo hegemónicamente se dividía entre los bloques socialista y capitalista, no puede obviarse esta relación para el estudio de la publicación cubana. El origen de la revista argentina se enmarcó en la multiplicidad de actos de resistencia en contra de la dictadura y después se reconfiguró como un espacio de reflexión en tiempos de democracia.

Sin embargo, esta enunciación no está exenta de paradojas. Mientras Casa de las Américas, efectivamente, formaba parte del Estado como la publicación de la institución cultural homónima, su reproducción en un espacio continental amplio contribuyó a la crítica radical o reformista del Estado, fue inspiradora de rebeldías continentales diversas, incluyendo aquellas que pugnaban por la desaparición del Estado como resultado de la construcción del comunismo.

Punto de Vista puede ser entendida, a la luz de los años, como una publicación que en algún sentido contribuyó a la reformulación del Estado ampliado en el contexto neoliberal. Si, como lo entiende Gramsci, el Estado ampliado es aquel que se concibe no sólo como aparato institucional de control del orden social sino como aquel en el que confluyen de manera orgánica las "fuerzas intelectuales y morales" con las que se organiza la sociedad completa, y aquellas que Gramsci llama sociedad política y sociedad civil, y en las que la coerción y la dominación se combinan de manera compleja Punto de Vista fue pieza fundamental para comprender un nuevo engranaje entre la cultura y la política, la coerción y margen de acción, justamente porque cumplió la función de ser un producto cultural no estatal, no universitario, no partidista, no militante; es decir que se quiso ubicar como una entidad cultural independiente y autónoma de otras. Los deslindes intelectuales que originaron el quiebre en el Consejo de Dirección de la revista tienen una relación directa con una confrontación profunda en la concepción de la política, la cultura y el quehacer intelectual.

El directorio de autores que publicó en Casa de las Américas durante la década de los ochenta es exponencialmente mayor al de colaboradores de la revista argentina. La primera publicación se nutrió de los ríos internacionalistas que emanaron de Cuba después del triunfo revolucionario y que para los años ochenta mostraban gran vitalidad a pesar de los deslindes intelectuales y artísticos de finales de los sesenta y principios de los setenta. La segunda mantuvo una red de colaboraciones mucho más pequeña y nunca tuvo entre sus pretensiones la construcción de un internacionalismo de la naturaleza del de la revista cubana. Sin embargo, a pesar de esta gran diferencia, ambas revistas eran armadas por un núcleo muy pequeño de personas que decidían qué artículo debía ir, en qué lugar, en qué sección. A Casa de las Américas llegaba la mayoría de las colaboraciones, por las diferentes vías de comunicación política, cultural y académica, con el resto de América Latina y el mundo. Por el contrario, la dinámica de Punto de vista fue casi siempre la de pedir colaboraciones específicas y la de elaborar materiales propios.

Poniendo énfasis en las formas de materializar el trabajo intelectual, es importante remarcar que para el caso argentino, el entramado afectivo y político era más concreto y delimitado, y para el caso cubano, más simbólico y amplio. Los hacedores de Punto de Vista venían de militancias diferentes cuyas aguas se encontraron en un cauce común en la transición a la democracia. Desde Punto de Vista construyeron amistades y redes intelectuales cuya fortaleza se relacionaba con la visión política del futuro. Sin negar que en la práctica se constituyeron relaciones fraternas reales, en Casa de las Américas existió una identidad simbólica muy fuerte, fincada en el deseo por que América Latina caminara hacia el socialismo. La mayoría de los intelectuales, artistas y escritores que confluían en sus páginas formaba parte de ese “nosotros” amplio que conformó una red menos tangible que la que existía en torno a Punto de Vista, pero no por ello menos potente.

En aquella época, el Consejo de dirección de la revista argentina permanentemente se reunía para discutir los temas y enfoques de los números. Su práctica como consejo era más constante y permitía la discusión frontal. El Consejo de redacción de Casa de las Américas llegó a reunirse, pero no con la frecuencia y minuciosidad que el de la publicación argentina. Los códigos de legitimación de los textos e imágenes eran diferentes.

Casa de las Américas tuvo mecanismos de inclusión del trabajo colectivo y de validación de sus publicaciones entre la intelectualidad latinoamericana, que son distinguibles de las de Punto de Vista. Si en un momento la revista fue planeada principalmente por Roberto Fernández Retamar, más tarde con Fernando Butazzoni, después con Arturo Arango y a la salida de éste con Esther Pérez, no se puede obviar que la revista era un espacio de participación muy amplio, tanto dentro como fuera de Cuba.

En los momentos en los que hubo cambios en la configuración de Punto de Vista se debió justamente al quiebre en la concepción política y cultural de los miembros del Consejo de dirección. Los cambios en la revista cubana obedecían más a las transformaciones en la política cultural del Estado cubano que a diferencias políticas profundas entre quienes hacían la revista. 

Más parecida a las revistas convencionales es Punto de Vista. Con un formato rectangular vertical, pasta blanda, hojas impresas en blanco y negro, con una tipografía más pequeña y poco juego en el diseño de los encabezados, con imágenes subordinadas al texto, esta revista demostraba con su materialidad que sus hacedores pusieron más empeño en el qué decir que en la formalidad. Sin embargo, poco a poco, los números de Punto de Vista fueron complejizando su hechura al modificarse su propia concepción de la cultura, en el contexto de la apertura democrática, la posibilidad de escribir más abiertamente, y el aumento de recursos financieros.

En Casa de las Américas juego tipográfico, la hechura de las portadas, la combinación de colores contrastantes, la repetición de fragmentos de imágenes a lo largo del ejemplar, el juego con las viñetas y con el aire como un elemento del diseño, estuvieron siempre asociados a la relación entre las posibilidades técnicas y la creatividad del diseñador. Podría entenderse que la materialidad misma de Casa de las Américas fue uno de los ejemplos más claros de la resistencia ante la parametrización de la cultura en un momento en el que la dependencia económica con el bloque socialista implicó la adecuación de la cultura institucional a los modelos que se imponían desde la hegemonía socialista.

Con todas estas diferencias es el presente lo que une poderosamente a ambas publicaciones. Una y otra son espacios que salvaguardan la memoria de las formaciones intelectuales críticas, ambas mantuvieron un férreo compromiso de transformación futura. Son espacios para mirar la contradicción y la potencia que se origina en el trabajo colectivo, al tiempo que son fuente para entender trayectorias individuales.

Jugando con una idea de Beatriz Sarlo que hablaba sobre la ausencia de fuentes para encontrar el deseo de transformación política, se puede pensar a las fuentes del historiador tanto como indicios del pasado, como fuentes de deseo de transformación futura que inciten la crítica a la naturalización del presente, y al mismo tiempo imaginen, creen y trabajen por la construcción de futuros más justos, libres y democráticos, en los que una de las tareas del conocimiento y el pensamiento sea la de recuperar la potente historia del trabajo intelectual y sus formas de despliegue y concreción material.

 

 

Notas:

[1] Ver Enzo Traverso, ¿Qué fue de los intelectuales?, Buenos Aires, Argentina, Editorial Siglo XXI, 2014.

[2] El presente artículo forma parte del trabajo de investigación doctoral “Pensarse intelectual.  Reflexiones de intelectuales latinoamericanos sobre su quehacer desde dos revistas, Casa de las Américas y Punto de Vista (1981-1990)”.

[3] La revista Casa de las Américas comenzó a publicarse en 1960 y sigue editándose hasta la actualidad. Punto de Vista, revista argentina, se publicó de 1978 a 2008.

[4] José Aricó, Pasado y Presente, Córdoba, Argentina, abril-junio de 1963, año I, núm. 1, p. 1.

[5] Bolívar Echeverría, Definición del a cultura, Itaca-FCE, México, 2010, p. 149.

[6] Con la muerte de Jesús Silva Herzog en 1985, “Cuadernos Americanos” pasó por un periodo de transición quedando, en 1987, bajo el respaldo de la UNAM y la dirección de Leopoldo Zea. Véase: Adalberto Santana, “Cuadernos Americanos, 60 años: recuentos y retos”, en Cuadernos Americanos, núm. 90, 2001, p. 233.

[7] Cabe mencionar que al iniciar el año 1982 ya no se publicitaron más revistas en las páginas finales de Casa de las Américas. Las redes intelectuales pueden rastrearse a partir de la sección “Al pie de la letra”.

[8] Roxana Patiño, Intelectuales en transición: las revistas culturales argentinas (1981-1987). Curso de Pós-Graduação em Literaturas Espanhola e Hispano-Americana, Cuadernos de recenvenido, Universidade de São Paulo, 1997.

[9] Walter, Benjamin “Presentación de la revista Ángelus Novus”, en Contrahistorias, núm. 13, septiembre 2009, p. 69.

[10]Ibidem, p. 70.

[11]Beatriz Sarlo, “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”, en Le discourscultureldans les revues latino-américaines de 1940 á 1970. Université de la Sorbonne Nouvelle- Paris III, Paris, 1999, p. 9.

[12]Op. cit., p. 10.

[13]Op. cit. p. 12.

[14]Op. cit., p. 15

[15] Roberto Fernández Retamar, “Casi un siglo de revistas culturales españolas e hispanoamericanas”, en  En la España de la eñe, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007, pp. 11-124.

[16]Op. cit., p. 117.

[17] Nadia Lie, Transición y transacción. La revista cubana Casa de las Américas (1960–1976), Bélgica, Ediciones Hispamérica, 1996, p. 24.

[18] Antón Arrufat, Los siete contra Tebas, Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 1968.

[19] En 1991 inició una profunda crisis económica en Cuba a raíz del colapso de la Unión Soviética y del COMECOM (Consejo de Ayuda Mutua Económica), el cual era una organización de cooperación económica formada por países del bloque socialista y que buscaba oponerse a los planes geo-económicos de las organizaciones capitalistas. En 1992 Estados Unidos legalizó el embargo comercial, económico y financiero en contra de Cuba, lo cual recrudeció la crisis económica en la isla caribeña.

[20] Carlos Altamirano, “Lecciones de una guerra“, Punto de Vista, núm. 15, agosto-octubre de 1982, p. 3.

[21]Beatriz Sarlo, entrevista realizada por Alejandra González Bazúa en Buenos Aires, 22 de julio de 2009.

 

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  • Sarlo, Beatriz, “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”, en Le discourscultureldans les revues latino-américaines de 1940 á 1970. Université de la Sorbonne Nouvelle- Paris III, Paris, 1999.
  • Traverso, Enzo, ¿Qué fue de los intelectuales?, Buenos Aires, Argentina, Editorial Siglo XXI, 2014.

 

Cómo citar este artículo:

GONZÁLEZ BAZÚA, Alejandra, (2016) “La revista como artificio. “Casa de las Américas” y “Punto de Vista” en los años ochenta”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 28, julio-septiembre, 2016. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 24 de Mayo de 2024.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1344&catid=5