La conquista del norte de la Nueva España: nuevos nombres para los nativos norteamericanos

The conquest of the north of the New Spain: new names for the native North Americans

A conquista do norte da Nova Espanha: novos nomes para os nativos americanos

Jorge Chávez Chávez[1]

Recibido: 18-08-2014 Aceptado: 28-09-2014

 

Amin Malouf dijo en Identidades asesinas (2009).

Barcelona: Editorial Alianza, p. 83:

 «La sociedad occidental inventó la Iglesia y la religión que necesitaba […]

Toda la sociedad participó en ello […].» En este sentido, la sociedad colonial

también inventó a los bárbaros del Septentrión  novohispano para justificar

 su presencia en la región, e imponer su civilización. Siguiendo esta tradición,

 la sociedad norteña del México decimonónico los consideró sus enemigos.

 

Introducción

A quienes nos tocó durante nuestra infancia y adolescencia ver películas del llamado género western, pudimos apreciar que George Custer era capaz de matar en una sola película, a más de 20 apaches sin que le quedara ningún remordimiento y que al final del filme quedara como héroe de la colonización del actual suroeste de los Estados Unidos. El matar indos «salvajes», de acuerdo a la trama, lo hacía para salvar vidas de los colonos civilizados que llegaron a poblar tierras del legendario Oeste de ataques de estos indios, que podían ser «apaches, comanches, o sioux». Esto es, eran los «malos de la película». Lo mismo pasaba con las que protagonizó John Wayne, quien destacó por sus actuaciones representando, tanto al típico cowboy americano como al soldado yankee. Como ejemplo tenemos Fort Apache, de 1948. En su sinopsis dice: «un oficial que ocupa uno de los más importantes cargos y altos rangos del pueblo, debe trasladarse rápidamente al fuerte [apache] que está ubicado en la frontera más peligrosa del país […]».[2] Como se puede apreciar, estas primeras películas del género western, sólo mostraban las aventuras por las que pasaban vaqueros, soldados y colonos del American far west, que se enfrentaban contra indios «insumisos», «rebeldes», «salvajes», etc.; en particular, contra apaches y comanches, como los más representativos por su capacidad de resistencia frente a la colonización.

Cabe mencionar, que con el tiempo, dentro de este género de cine, fue cambiando la noción de imaginar a los indios como «enemigo» y «salvaje», al empezar a darle su reconocimiento como un ser humano igual que todos. Esto permitió verlos de otro modo. Se aprecia en la película, Un hombre llamado caballo (A man called horse, de 1970, teniendo primer actor a Richard Harris y como director, a Elliot Silverstein), donde un aristócrata inglés es atrapado en 1825 por los dakota, hasta ganarse el respeto de los indios adoptando sus costumbres al participar de sus ritos para convertirse en  «hombre»; según la tradición dakota.

Lo mismo podemos ver en otra película de este género que aborda el tema, relación del indio (los indios) con miembros del ejército estadounidense. Me refiero a Danza con lobos (Dance with wolves, 1990, con Kevin Costner), en la cual, un soldado es enviado durante la Guerra de Secesión (o guerra civil estadounidense, entre 1861 y 1865), a la «frontera india», donde se vincula con un grupo de sioux, hasta convertirse en uno de ellos. Si bien en ellas se reconoce su calidad de ser humano, continuamos  distinguiendo a los nativos norteamericanos (nómadas y sedentarios), por los nombres que les dieron los colonizadores como sinónimo de «bárbaro» y «enemigo». Esto es, los nombres que les impusieron para distinguirlos e identificarlos. Eran pues, historias del avance de las fronteras coloniales sobre las indias para imponer su civilización y control del territorio.

En este artículo, analizaré el origen de los nombres impuestos a los nativos de América del Norte que habitaron en el territorio comprendido por el actual norte de México y Suroeste de los Estados Unidos. Es decir, las identidades que en la actualidad los identifican. Tan común es para nosotros distinguir quiénes fueron los «indios bárbaros del norte», los «apaches», los «comanches», incluso los «sioux», más conocidos en México por las películas sobre los enfrentamientos entre «indios y vaqueros» en el llamado «lejano oeste americano». Son nombres que nos resultan comunes a pesar de que no sea con el que ellos originalmente se identificaron; el que si desconocemos, debido al proceso de conquista y colonización que se dio en el antiguo Septentrión novohispano. También, es probable que actualmente de ese modo se identifiquen sus descendientes. Esto es, fue un proceso que terminó por dejar en el olvido los nombres con los cuales se auto-identificaron, tras la imposición de nuevos nombres para identificarlos, producto de la colonización a nombre de las autoridades españolas.

 

La frontera norte mexicana

Desde que España emprendió la tarea de proteger sus fronteras septentrionales al estar descuidadas frente al avance colonial francés e inglés, posteriormente, del estadounidense, al lograr su independencia en 1772 del imperio británico. Fernando Operé comenta que después de 1821, era un territorio de difícil acceso. Poblado por pioneros y arriesgados colonos, recorrido por bandas de apaches y comanches.[3] La guerra de independencia obligó a las tropas presidiales, encargadas de proteger las fronteras del avance colonial en el Septentrión novohispano, de negociar los tratados de paz con los nativos de esa región, o hacerles la guerra para someterlos. Al destinarlos a perseguir insurgentes, permitió a los llamados bárbaros intensificar sus ataques en las provincias situadas al norte de la capital de la Nueva España (después, a los estados situados en la frontera norte de México), los cuales no cesaron hasta fines del siglo XIX. En la Memoria de Guerra que presentó al Congreso Nacional el 9 de diciembre de 1846, siendo ministro del despacho de Guerra y Marina Juan Nepomuceno Almonte (hijo natural del generalísimo José María Morelos y Pavón que apoyó a Maximiliano de Habsburgo a convertirse en emperador de México), comentó lo siguiente:

      [...] en los primeros días del año de 1811 las cosas variaron en la frontera] [...], porque separando los mismos jefes a las compañías presidiales del fin único y exclusivo de su instituto, las dedicaron a contener el espíritu de insurrección contra la metrópoli, que cual un rayo de luz llegó a penetrar en aquellos estados. Nada de provecho volvió a hacerse para contener a los salvajes, que insolentados con la debilidad de sus combatientes y adiestrados por aventureros indignos de pertenecer a la especie humana, llegaron a conocer muy bien el manejo de todas las armas para hacer la guerra con mejor éxito para ellos y más estragos para nuestros estados internos (Almonte, 1846: 33-34).[4]

Texas, que se convirtiera en república independiente en 1836, se encontraba mayormente poblada por anglos. Los comanches relativamente fueron manejables, durante la década de 1840 incrementan sus ataques a territorio mexicano. Búfalo Hump comandó incursiones a los estados de San Luis Potosí, Zacatecas, Chihuahua, Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León.[5] Después de la guerra que perdió México contra Estados Unidos, iniciada en 1846, donde los estadounidenses tuvieron todas las ventajas para ganarla,[6] en 1848 se registra la llegada masiva de colonos, lo que va a cambiar considerablemente las formas de vida en la frontera.[7] Fue inevitable para las autoridades mexicanas perder el territorio que Estados Unidos llamó el Sudoeste norteamericano[8] después de vencer en esta guerra, dado que hacia 1846,

[…] la frontera estaba protegida por apenas unos 1200 o 1300 mexicanos, casi sin armas. Los propios informes norteamericanos indicaban que el ejército mexicano apenas si merecía tal nombre, pues era más bien un fantasma con muchos altos oficiales dedicados a la política y soldados de leva y sin instrucción que desertaban a la primera oportunidad. La caballería y la artillería, que habían tenido cierta fama, habían decaído por falta de presupuesto y renovación de cuadros. Las armas eran tan anticuadas que difícilmente podrían competir con el moderno material de los norteamericanos.[9]

El cordón de presidios formado hacia 1760,[10] separó a California, Alto Sonora, Arizona, Nuevo México y Texas, quedando muy al norte de esta frontera colonial. De este modo, la Alta California, Nuevo México y Texas se convirtieron en puntos aislados de avanzada del Imperio español. En la Constitución de Apatzingán, expedida 1814, durante el movimiento insurgente comandado por José María Morelos y Pavón, vieron esta franja muy al norte. Se aprecia en el llamado que hicieron a la insurrección para formar la República Mexicana. Incluyó todo el centro de la Nueva España. Al norte, no pasaron de Durango, Sonora, Coahuila y Nuevo León. La Alta California, Nuevo México y Texas, fungieron como frontera (frontier) durante decenios, aun antes de que pasaran a formar parte de los Estados Unidos. Para 1844, el gobierno mexicano reconocía como sus fronteras (líneas divisorias internacionales): al sur, Chiapas y al norte, los estados antes referidos sin reconocer la independencia de Texas en 1836.[11]

            Desde las antiguas fronteras míticas, definidas por la búsqueda de «El Dorado», «Cíbola», etc., que animó muchos a aventurase a viajar al septentrión durante el siglo XVI, se fueron construyendo y concretando otras: las del avance colonial, las indias, las misioneras, las presidiales, las mineras, las agrícolas y las políticas.[12] Como bien lo señaló Operé: «en la historia del continente [americano], la frontera está asociada a una vaga idea de aventura y peligro, salvajismo y viaje a los infiernos».[13]

Dentro de este mundo dividido por fronteras, en el norte se establecieron dos desde mediados del siglo XVI, definidas por el choque de culturas: las del avance colonial hispano realizado por españoles, descendientes e indios aliados, vinculada a la búsqueda de minas y lugares míticos de origen europeo (Cíbola, las siete ciudades de oro, etc.), terminando por definirse a fines del siglo XIX y las establecidas por los grupos indígenas de esta región de América en función de la resistencia ofrecida a esta colonización.

 

Los «enemigos de la civilización». Justificación de la barbarie de los indios norteamericanos

Resulta interesante recorrer la historia del norte de México a través de la prensa escrita, las Memorias de Guerra presentadas por los ministros de Guerra y Marina al Congreso de la Unión, entre 1839-1890, los grabados de «bárbaros», informes presentados por los gobernadores a sus congresos locales,[14] diarios de viajeros,[15] así como los partes de las autoridades civiles y militares sobre el estado de la guerra contra los «indios sublevados», publicados durante el siglo XIX, ya que nos permite comprender lo que durante el siglo XIX consideraron en México quienes eran los «indios bárbaros».

Los informes y partes militares presentados durante las décadas de 1880 y 1890, referentes a la captura de los últimos dirigentes apaches, despectivamente llamados «capitancillos», después de ser sometidos y conferidos a reservaciones en el sur de los Estados Unidos, nos permiten apreciar la forma como demostraron las autoridades militares y civiles, la barbarie de los nativos insurrectos. Definición que se hizo común entre miembros de la elite (nacional y regional), los habitantes no indios de esta vasta región, resultado de la colonización tanto española como mexicana, al reconocer su supuesta «barbarie», o «salvajismo», para legitimar acciones bélicas tendientes a someterlos hasta lograr el dominio y poblamiento de los territorios que estuvieron bajo su control, justo después de haberse dado la independencia de México de la Metrópoli española en 1821 y después que se perdiera el actual suroeste de los Estados Unidos, entre 1836 y 1848, como ya se indicó, primero, por la independencia de Texas y después, a consecuencia de la guerra que perdió México frente a los Estados Unidos y que sirvió para establecer la actual línea divisoria internacional (frontera política) entre los dos países. Época en la cual, el razonamiento propio del periodo de la Ilustración,[16] que procuró incorporarlos por medios pacíficos a la sociedad a fines de la colonización española, las autoridades mexicanas fundamentaron sus acciones políticas dentro del evolucionismo spenceriano,[17] para justificar una guerra de pacificación, o exterminio, contra los grupos nómadas y sedentarios que permanecían insurrectos.[18] Es decir, dejan de negociar con ellos para someterlos por la vía de las armas.

Cambio, sin duda alguna, vinculado a la construcción del Estado-nación mexicano, donde otra vez se afirmó que vivían en estado de barbarie por continuar resistiendo la autoridad del gobierno mexicano, lo que llevaba implícito su propuesta civilizatoria que incluía la construcción de la identidad nacional mexicana, de la cual fueron excluidos. Afirmo esto, debido a que los nómadas tipificados como los más insumisos (apaches y comanches), sin descartar a todos los que se opusieran a las disposiciones de las nuevas autoridades, asentados ahora entre el norte de México y sur de los Estados Unidos, no pasaron a formar parte de los antecedentes del «glorioso pasado prehispánico», que define los orígenes de lo «mexicano», como se hizo con las civilizaciones mesoamericanos que alcanzaron a desarrollar sociedades con Estado, importantes estudios sobre Astrología, edificado observatorios para esta actividad y por haber construido edificios monumentales, actualmente conocidos como «pirámides del México prehispánico», porque, salvo Paquimé, al noroeste del estado de Chihuahua, no se encontraron este tipo de vestigios por ser sus primeros habitantes, nómadas, semi-nómadas y pocos sedentarios, ya que habitaban en una región desértica que no permitía desarrollar civilizaciones como las de área cultural definida por Paul Kircchoff como Mesoamérica.[19]

A los nativos del antiguo Septentrión novohispano los negaron, primero, por ser nómadas que resistieron la colonización (española, después mexicana y estadounidense) hasta finales del siglo XIX, lo que implicaba no contar con obras monumentales como las mesoamericanas. Particularmente, cuando a finales del siglo XVIII, los criollos se estaban apropiando del pasado prehispánico como parte de su identidad, para enfrentarla a la peninsular; la que se retoma después de la Independencia, como los orígenes de la identidad mexicana. Es por ello que rescatan el mundo mesoamericano que consideraron más civilizado. Como ejemplo baste citar el trabajo de Francisco Javier Clavijero sobre los mexicas.[20]

También fueron desconocidos, después que pasaron a formar parte de los Estados Unidos cuando terminó por definirse la actual frontera norte de México en 1848,[21] al pasar sus territorios por los cuales transitaban del lado estadounidense, formalmente dejaron de ser «mexicanos», sin importar que formaran parte en la construcción de culturas norteñas.[22] Por consecuencia, se convirtieron en los enemigos, por atacar con frecuencia a los mexicanos fronterizos. De este modo, a los nómadas insurrectos se les consideró una constante amenaza procedente de Estados Unidos.

A pesar de negar sus aportes culturales dentro de la construcción del Estado-nación mexicano, es preciso señalar, que el continuo enfrentamiento por cerca de trescientos años entre colonos (primero españoles, sus descendientes e indios aliados, después, mexicanos y estadounidenses), contra nativos (nómadas y sedentarios) del antiguo Septentrión novohispano, permitió la formación de culturas regionales, las que al quedar vinculadas y dependientes de la colonización que provino desde el centro de la Nueva España, también forman parte de la nacionalidad mexicana. El aporte cultural más representativo, reconocido oficialmente, ha sido el movimiento armado iniciado en 1910, más conocido como la Revolución mexicana, como parte de la construcción del México moderno; es decir, como parte un movimiento propio del México mestizo.

Las culturas norteñas (o fronterizas), aportaron los símbolos femeninos que construyeron representados en las soldaderas de la Revolución de 1910, cuya máxima personificación fue «la Adelita». Mientras que entre los símbolos masculinos, sobresalen los de la «gente ruda» y «sencilla» del norte, que primero luchó contra los bárbaros y después contra las autoridades porfiristas, donde destaca el encabezado por Pancho Villa.[23]

            Debido a la formación de regiones dentro del amplio y vasto territorio, antes de 1821 llamado Nueva España, durante el México independiente surge una apremiante necesidad, unificar al país recién independizado. Era necesario convertirlo en un Estado-nación moderno, similar a los que comenzaron a formarse en Europa y América, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Para lograrlo, se requería homogeneizar a sus habitantes, tanto en lo económico como en lo racial. En las Memorias de la Dirección de Colonización e Industria, Fomento y Colonización, se habló de repartir y privatizar las propiedades que estaban bajo régimen comunal y en posesión de los «antiguamente llamados indios», para incorporarlos al resto de la sociedad sin ningún tipo de ataduras que los diferenciara del resto de los mexicanos. Propuesta que podemos encontrar en los trabajos realizados por Simón Tadeo Ortiz de Ayala (1822),[24] Lorenzo de Zavala (1831),[25] José María Luis Mora (1836-1837)[26] y Lucas Alamán (1849-1852),[27] por citar algunos de los intelectuales y políticos más representativos de la primera mitad del siglo XIX.

            Por su parte, la prensa escrita se encargó de difundir la necesidad de construir un nuevo Estado nacional, donde la población indígena que se oponía a este proyecto representaba el atraso del país. Para ello, se encargó de publicar noticias donde hacían patente, tanto su atraso como su estado de barbarie, por oponerse al «progreso de México»; visto este a partir del pensamiento liberal del siglo XIX.[28] Consideraron que vivían en el atraso, por continuar manteniendo su tipo de organización comunal y tradiciones propias de cada grupo (lengua, educación, organización social, manifestaciones religiosas bajo control del clero católico, etc.), tanto las de origen prehispánico como colonial, donde destaca la propiedad comunal de la tierra), hasta por rebelarse contra disposiciones de gobierno tendientes a incorporarlos al resto de la sociedad, las que en determinado momento, los podían hacer caer de nuevo en la «barbarie». Como ejemplo, tenemos la noticia publicada por el Monitor Republicano (diario de la capital de México), donde hacia manifiesto el riesgo de que los indígenas regresaran a controlar la República. Particularmente, cuando se registraban incesantes sublevaciones, o levantamientos indígenas.

[Los indios] volverán a sus divisiones y guerras que los destruían antes del año de 1523; dividido el país en diversos reinos, imperios y señoríos e incendiando una conflagración general, las potencias estrañas no verán impasibles las escenas de sangre y destrucción caerán sobre México que los incultos habitantes de él no podrán defender. La patria se acabará para siempre.[29]

El proyecto nacional requería  eliminar, biológica y culturalmente al indio de su tiempo, con el objetivo de convertirlo en mano de obra libre de cualquier tipo de lazos comunitarios. Para ello, propusieron eliminar su régimen de propiedad comunal por la privada, hacerlos que se dedicaran a la agricultura comercial, cambiarles su tipo de educación y costumbres, para incorporarse al desarrollo conjunto de la nación, al tiempo que someterlos por la vía de las armas cuando se oponían a esta política. Como ejemplo de este cambio, encontramos a dos personajes que habían incursionado en los más altos niveles de la sociedad mexicana al dejar de identificarse como indios: Benito Juárez (zapoteco), que como presidente de México, impuso las Leyes de Reforma dentro de la Constitución de 1857, que establecían la separación Iglesia-Estado y el régimen de gobierno basado en el pensamiento liberal, e Ignacio Manuel Altamirano (chontal),[30] formador de grupos de intelectuales dentro del ámbito de la literatura durante la segunda mitad del silo XIX, conocida después como «Literatura nacional mexicana».

Es por señalado anteriormente, que los grupos (nómadas y sedentarios) considerados como los «bárbaros del norte», por la resistencia que dieron a su colonización e incorporación a la sociedad mexicana, tanto autoridades mexicanas como las elites (regionales y nacionales), utilizaron todos los medios a su alcance para reprimirlos y someterlos, donde destaca la represión armada. Es por ello que continuaron siendo los «indios enemigos, bravos, o salvajes» cada que rebelaban, o atacaban a los habitantes de la frontera norte de México.

Como ya lo indiqué, después de 1848, fecha que sus territorios quedaron del lado estadounidense, se les consideró «indios invasores y agresores», ahora, tanto del territorio mexicano como de sus habitantes. Incluso llegaron a mencionar los ministros del Ministerio de Guerra y Marina, que se hacían acompañar de filibusteros texanos para cometer tropelías contra poblaciones asentadas en los estados de la frontera norte. Al respecto, Mariano Arista en su carácter de Ministro de la Guerra, reportó en su Memoria de 1851, continúas incursiones de «indios bárbaros» a poblaciones del lado mexicano, incitados por los texanos. Como en la época colonial, propuso al Congreso de la Unión: hacerles la guerra en sus propios «aduares» (nombre que le daban a las rancherías de los indios en las cuales se encontraban niños, mujeres y ancianos), al tiempo que establecer convenios con los Estados Unidos, para perseguirlos de manera conjunta por ambos lados de la frontera y no celebrar «tratados de paz» con los indios que provengan de ese país.[31] Hecho que mostraba, que para mediados del siglo XIX no habían podido tenerlos bajo control las autoridades de ambos países.

El someterlos mediante la represión armada, suscitó una polémica entre las oligarquías norteñas con las del centro (publicada en 1850 por el Monitor Republicano). La discusión fue en relación a la forma cómo debían someter a los «bárbaros». Mientras que los norteños, cuyos enfrentamientos eran constantes con estos grupos, propusieron crear compañías de milicianos para atacarlos. En la capital de la república criticaron esta propuesta, al considerar era una medida contraria a la vida civilizada. Sin embargo, esta última propuesta resultó para la época, ser tan sólo una posición dentro de la política destinada a lograr la incorporación de la población indígena al desarrollo conjunto de la nación, ya que para el 5 de abril de 1868, se publicó en Puebla un Bando, donde Benito Juárez, en su calidad de presidente de la República, dispuso que del $1,139,534.85 pesos, correspondiente al presupuesto de egresos mensual de la federación, se autorizara el gasto de 20 mil pesos a los estados de Coahuila, Chihuahua, Durango y Nuevo León, para destinarlo a «la reducción de los bárbaros».[32]

Esta disposición del ejecutivo, marcó el nuevo tipo de política oficial destinada a todo indio insurrecto contra las autoridades establecidas durante la segunda mitad del siglo XIX; por cierto, inserta dentro del pensamiento liberal. Cualquier tipo de oposición al nuevo régimen, los convertía en el «bárbaro enemigo de la civilización proveniente de Europa y del Estado mexicano». Era una política que abandonaba los principios de la Ilustración, para enfocarse de lleno a los planteamientos del darwinismo social, referente a la sobrevivencia del más fuerte.[33] Al respecto, en el Monitor Republicano, del 23 de febrero de 1873, explican quiénes son los «bárbaros».

Bárbaros en todas partes hay. En México hemos tenido irrupción de ellos con [Manuel] Lozada y sus hordas de salvajes [en Tepic, Nayarit] que querían reformar la República a su modo, es decir, por medio del pillaje y el incendio. En España los ejércitos carlistas trataron de matar la naciente república por medio de la inquisición del bonete y de la sotana.

Semejante a esta noticia, se encuentra la publicada en El Periódico Oficial del Estado de Chihuahua, del 3 de octubre de 1885, donde narraron el triunfo de Joaquín Terrazas sobre un grupo de apaches en la sierra de Tres Castillos, donde perdiera la vida el célebre Victorio, a quien consideraron «feroz enemigo de la civilización y la humanidad», a manos del cacique tarahumara Mauricio Corredor, quien por haber aceptado la «civilización» que le ofrecieron los nuevos colonizadores, se convertía en héroe regional, al igual que Terrazas, «incansable enemigo de los apaches».[34]

Otra noticia donde se aludía a la supuesta barbarie de los apaches y que rayaba más en la sátira, fue la publicada por el Universal, del 19 de enero de 1894. Titulada, «Indios antropófagos», se ubica en la época cuando los apaches se habían rendido ante las autoridades estadounidenses, encargadas de recluidos en reservaciones al sur de su frontera. Hace referencia a parte del espectáculo que se daba en un circo de San Antonio, Texas, donde presentaban un grupo de apaches dentro de una jaula, «bebiendo sangre y comiendo la carne», «aún palpitante», de una liebre que era lanzada viva dentro de la jaula y que los «apaches» desgarraban para comérsela. El diálogo que se narra al final de esta noticia, si bien no deja de considerarlos bárbaros, recurren a la ironía, para mostrar que ya no eran de temer después de ser derrotados a finales del siglo XIX.

- ‘Patroncito, patroncito’ [dice un apache al mexicano que visitaba el circo.]

- ¿ya no se acuerda de mí, patroncito?

- ¿de ti?

- Sí Mateo López, su jardinero

- ¿cómo? ¿Y tú aquí?

- Si, patroncito, estaba limpio, y para ganarme honradamente la vida, me he hecho apache.

 

Las «identidades bárbaras» (o impuestas por la colonización española)

Donald E. Worcester en su libro, The Apaches. Eagles of the Southwest,[35] dijo que Nednhi (o Nedni), era como se llamaban los apaches y en lengua zuñi quiere decir, «gente enemiga».[36] La palabra apache, con la cual identificamos a estos nómadas de origen atapascano,[37] cuyo arribo a tierras en los actuales estados Nuevo México, norte de Chihuahua y Sonora, (estados situados en la actual frontera entre México y Estados Unidos), desde donde realizaron frecuentes incursiones (o ataques) contra colonos de origen hispano, los que se incrementaron a fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, data de mediados del siglo XV, cuando se asentaron en lo que actualmente es el noroeste de Chihuahua, noreste de Sonora,  sureste de Nuevo México y suroeste de Arizona, también quiere decir, «enemigo». Proviene de la hispanización de la palabra en lengua zuñi, apachú.[38] Sin importar que en atapascano se autodefinieran como diné,[39] «la gente», «el pueblo», o que el legendario Gerónimo dijera en sus Memorias, que ellos se identificaran como bedonkohe, chokonen, chihenne y nedni,[40] en la actualidad los seguimos clasificando de ese modo.

Imagen 1. <strong>Gerónimo </strong>(<em>Goyaałé</em>). Apache Chiricahua (1887). Fotógrafo, Ben Wittick (1845-1903).  Foto realizada en estudio cuando ya había sido capturado y enviado a una reservación en la Florida. Usa ropa de gamuza y rifle. Atrás, se simula maleza típica del desierto del norte de México.
Imagen 1. Gerónimo (Goyaałé). Apache Chiricahua (1887). Fotógrafo, Ben Wittick (1845-1903).  Foto realizada en estudio cuando ya había sido capturado y enviado a una reservación en la Florida. Usa ropa de gamuza y rifle. Atrás, se simula maleza típica del desierto del norte de México.

Muchos de los grupos nómadas y sedentarios que poblaron Norteamérica antes del arribo de españoles, sus descendientes (criollos, mestizos, mulatos y castas), e indios mesoamericanos aliados (mediados del siglo XVI), a tierras que bautizaron como el Septentrión novohispano, como ya lo hemos referido, debido al enfrentamiento que tuvieron con los nativos, a quienes consideraron sus «enemigos», e indistintamente los tipificaron bajo las categorías coloniales de «bárbaros»[41], o «salvajes»;[42] como lo hicieron con los apaches cuando se rindieron hacia 1886, al teniente estadounidense, Charles B. Gatewood, en la hacienda de Cuchuta, Sonora, México.[43] Cabe decirlo, son categorías utilizadas contra cualquier grupo nativo americano (mesoamericanos o de otras regiones de América), que por un tiempo resistieron la colonización europea, referidas en los relatos de viajeros europeos en el Nuevo Mundo (entre los siglos XVI y XVIII), al describir a los nativos, quienes supuestamente convivían con «seres fantásticos»; monstruos sacados del bestiario medieval. Destacan los diarios y escritos de Cristóbal Colón (Diario, 1492), Américo Vespucio (Mundus Novus, 1503) y Teodoro de Bry (América, 1592); muchos de estos relatos basados en El libro de la Maravillas de Marco Polo. Como ejemplo, tenemos lo escrito por Cristóbal Colón en su primer viaje a las Antillas, cuando el domingo 4 de noviembre de 1492, describe en su Diario a los «caribes» y «cíclopes» que las habitaban.

Entendió también que lejos de allí había unos hombres con un ojo y otros con hocicos de perros que comían a los hombres y que en tomando uno lo degollaban y le bebían su sangre y le cortaban su natura.[44]

En América durante la colonización europea, para distinguir a un «bárbaro de otro», utilizaron vocablos, o palabras del léxico de los colonizadores, con los cuales se referían a sus enemigos. Así como hispanizaron la palabra apachú, sucedió lo mismo con los lakota («la gente»), asentados al norte del río Missouri (Estados Unidos), junto con los nakotay dakota, quienes se autodefinen como dakota y que en su lengua quiere decir «amigo».[45] Mientras que los migrantes europeos que colonizaron los actuales estados de Minnesota, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Nebraska y Wyoming, los identificaron bajo el nombre de sioux. Vocablo que proviene de la palabra en desuso de origen francocanadiense, nadowessioux, cuya traducción al español sería, «culebra», o «enemigo».[46] Esto es, los nombres bajo los cuales son conocidos actualmente estos grupos de nativos norteamericanos, también resultan de la relación que establecieron frente a los colonizadores, ya se tratara de indios aliados, o enemigos.

Imagen 2<strong>:</strong><em>Red Coud</em> y varios jefes sioux (c. 1880). <em>Brady-Handy Collection. Library Collection</em>.
Imagen 2:Red Coud y varios jefes sioux (c. 1880). Brady-Handy Collection. Library Collection.

Otro ejemplo. La palabra comanche, proviene de los utes, quienes utilizaron el término Komantcia para referirse a sus enemigos, tal como lo señaló David J. Weber en su libro Bárbaros.[47] Mientras que  Ernest Wallace y E. Adamson Hoebel, refieren que antes de 1726, en ute, el término Komántcia, se lo aplicaban a los comanches por ser sus enemigos, aunque también lo utilizaron para referirse a los arapahos, cheyenes y kiowas. Retomado después durante la época de la hispanidad, para referirse a «alguien que lucha todo el tiempo».[48] En uno de los diccionarios de internet más recurridos actualmente, Wikipedia, menciona lo siguiente:

Hay varias teorías sobre el origen del nombre comanche. La más aceptada es que deriva de Komantcia, una corrupción del español de «Kohmahts», el nombre dado por los Ute a la gente. «Kohmahts» es traducido varias veces como «enemigo», «el que quiere luchar», «contra el que se va a luchar», o «extranjero». [También], […] puede venir del español camino ancho. Los primeros exploradores franceses y estadounidenses […] [los conocieron como] Padouca (o Paducah), su nombre en la lengua Siouan (usada por los Sioux). [Ellos] […] preferían llamarse los Numunuu, que quiere decir «el Pueblo» o «las personas».[49]

En resumen, a la serie de distinciones que les atribuyeron como «bárbaros, salvajes, indios enemigos, vándalos, genízaros, o gandules», entre otros; algunos asignados a grupos no europeos que continuamente atacaron a Europa durante la Edad Media.[50] La colonización del Septentrión novohispano definió un espacio donde describieron y dieron nombres a los nativos que lo habitaban, producto del tipo del contacto que tuvieron con ellos (pacifico o violento) y por su resistencia a la colonización. Bajo esta relación de dominio colonial, los nativos americanos sólo podían ser, «amigos», «aliados» o «enemigos». Esta colonización también los definió, agrupó y clasificó de acuerdo al estado evolutivo designado por ellos, así como por su grado de cristianismo, en: tribus, bandas y naciones.[51]

Imagen 3<strong>:</strong><em>Quanah Parker</em> (1892)<em>. </em>Del grupo  perteneciente a los comanches<em>, Kwahadis. </em>Importante jefe guerrero de los años 1870. Destaca su ataque  de 1874 en coalición<em> comanche- kiowas-cheyenes y arapahos </em>contra el campamento de cazadores de Búfalos<em> Adobe Walls</em>. Se rindió el 2 de junio de 1875. Mestizo, culturalmente educado como comanche.
Imagen 3:Quanah Parker (1892). Del grupo  perteneciente a los comanches, Kwahadis. Importante jefe guerrero de los años 1870. Destaca su ataque  de 1874 en coalición comanche- kiowas-cheyenes y arapahos contra el campamento de cazadores de Búfalos Adobe Walls. Se rindió el 2 de junio de 1875. Mestizo, culturalmente educado como comanche.

 

Los «apaches» de la frontera norte de México

Entre los grupos de nativos nómadas asentados en la actual frontera política entre México y Estados Unidos, destacan los apaches, una de las naciones indias consideradas por los colonizadores de fines de los siglos XVIII y XIX, como de las más «bárbaras» por  su capacidad para hacer la guerra a sus contrarios. Para tener un mejor reconocimiento de esta llamada «nación india», los subdividieron en diversas parcialidades. Los etiquetaron (o pusieron apellido), en función del lugar donde los vieron, por una actividad que realizaban, o por cierta característica que les identificaba.[52] De este modo, reconocemos a los apaches mezcaleros, por verlos consumiendo y procesando el mezcal (actualmente viven en una reservación al sur de Nuevo México), a los vaqueros porque cazaban búfalos, o como faraones por su peinado. También los distinguieron como jicarillas, porque fabricaban pequeñas canastas. Mimbreños por ser vistos en las montañas de Mimbres (al suroeste de Nuevo México). Gileños, por rondar en los nacimientos de agua del río Gila (Nuevo México) y los mogollones, por ser vistos transitar en las montañas Mogollón (entre Arizona y Nuevo México).[53] Cabe destacar, que en más de una ocasión fueron confundidos estos grupos con otros, cuyos circuitos de nomadeo[54] coincidieron. No era raro que los janos y jocomes fueran identificados como apaches. Es probable que esta confusión se deba al mestizaje que se dio entre estos grupos, ya fuera por su aspecto físico, vestimenta, forma de cazar, o por el idioma que utilizaban.[55]

De acuerdo a Weber, se deben ser tomar en cuenta las circunstancias bajo las cuales se dio la colonización y dominio del Septentrión por parte de los nuevos colonos, para tener una mejor compresión de a qué grupo, o grupos, se referían. Provocó que se dieran alianzas entre diferentes grupos (nómadas, semi-nómadas y sedentarios), sin importar que antes fueran rivales, para luchar contra otro, ahora era su enemigo común, el colono de origen (o con linaje) europeo.[56] El enfrentamiento más representativo de este tipo de unión, fue el encabezado por los indios pueblo contra frailes y militares que fundaron Santa Fe (Nuevo México) en 1680.[57] Bajo esta perspectiva, debido a este mestizaje, se dificulta establecer un posible origen étnico para cada grupo de nativos norteños con el cual los podamos identificar plenamente; aunque si podemos hacerlo en función de las identidades que actualmente están asumiendo.

Se debe tomar en cuenta también, que la descripción de la «gente del norte dependía», indica Weber, «que tan al sur estaba el observador». Por ejemplo, grupos hablantes de atapascano absorbieron a otros: «los navajos, atapascanos de origen apache, parecen haber absorbido algunos paiutes e indios pueblo que se convirtieron en navajos». Mientras que para el siglo XVIII, «muchas comunidades de indios habían asimilado a africanos y europeos individuales, así como algunos aspectos de sus culturas y parte de genes: racialmente, pero no culturalmente, muchos de los indios eran, como los españoles, mestizos».[58]

Debido a lo anterior, resulta significativo que los grupos de cazadores-recolectores asentados en el antiguo Septentrión español, fueran perdiendo sus nombres originales en la medida que avanzaba la colonización. Ser identificado como el enemigo, sólo define el tipo de enfrentamiento que se dio entre nativos y colonizadores. En particular, contra quienes duraron resistiéndola por más tiempo, a quienes no dejaron de considerar «bárbaros», «salvajes», «indios enemigos», «gandules», «vándalos», etc. Cabe destacar, que al menos uno de estos nombres, trascendió las fronteras americanas para ser utilizarlo en Europa como sinónimo de delincuente. En el Diccionario de la Lengua Española, de 1925, «apache» era sinónimo de salvajismo, barbarie y bandido.

Apache. 1. adj. Dícese de ciertos indios salvajes y sanguinarios que habitaron en los confines del antiguo noroeste de la Provincia de Nueva España. Ú. t. c. e. s. // fig. Bandido o salteador de Paris, y, por ext., de las grandes poblaciones”.[59]

Tan fuerte ha sido el peso colonial, que en la actualidad tenemos poco, o nulo conocimiento de cómo se autoidentificaban. Los actuales apaches se dividían en cinco grupos, de acuerdo a las Memorias del Indio Jerónimo: be-don-ko-he, chi-hen-he, chi-e-ahen, cho-ko-en y nedni. Según su mitología, fueron creados por Usen, quien les asignó a cada uno su territorio con todo lo necesario para vivir. Goyahkla, era el nombre de este célebre apache en be-don-ko-he. Gerónimo mencionó estos datos cuando fue entrevistado entre 1905 y 1906, por S. M. Barret, inspector general de educación en Lawton, Oklahoma;[60] justo después de haber permanecido confinado por más de veinte años en una reservación india, en Fort Still, Oklahoma, alejada de las praderas en Arizona y Nuevo México, por donde transitó con sus guerreros y con frecuencia, atacó poblaciones del lado mexicano.

 

Conclusión

A lo largo del siglo XIX, se publicaron noticias referentes a las acciones políticas tendientes a someter a los indígenas, muchas de ellas represoras, como el utilizar las armas para someter a los «indios sublevados», o «bárbaros». También incorporativas: impartirles educación cívica e histórica de México, así como de tipo tecnológico, propiciar el mestizaje biológico y cultural, privatización de sus bienes comunales, para poder agregarlos en calidad de individuos, sin ningún tipo de lazos comunitarios, a la sociedad mexicana. Se buscó consumar un proceso de aculturación, donde aceptaran y reconocieran como propios, los valores que definían la nueva «Patria mexicana». Esto es, incorporarlos a una cultura homogénea, única para toda la sociedad, aceptar el individualismo y reconocimiento de la propiedad privada, la economía de corte capitalista y de un Estado-nación moderno. Proceso, cabe mencionar, semejante al que tuvieron a través de su evangelización, realizado por las órdenes regulares (franciscanos, jesuitas, etc.), durante la colonia española.

En la medida que aceptaron los valores impuestos por el grupo dominante y aceptaron su conversión, los periódicos se encargaron de exaltar estas acciones. Ejemplos, la noticia titulada, «Monumento a un indígena patriota», porque siendo alcalde de Jaltipan de Morelos, atacó a los franceses, enemigos del partido liberal encabezado por Benito Juárez.[61] O las relativas a la «Pacificación de indios rebeldes en Yucatán».[62] Esto es, contra los «mayas salvajes», o «bárbaros del sur». Noticias, cabe destacar, publicadas cuando el Estado mexicano contaba ya con un amplio control de la población indígena; en particular, la mesoamericana.

Figura 4: <strong>Apache Kid </strong>(c. 1890). Su nombre era <em>Hashkee Binaa Nteel</em>. Quiere decir, «<em>hombre alto de destino misterioso</em>»: También lo traducen como, «<em>hombre de ojos feroces</em>». Loc. William Macleod Raine (1905). «Taming the Frontier, The apache «Kid». <em>The Outing Magazine</em>. New York: The Outing publishing Co.: Vol. XLVI. Ap.-sep., p. 579.
Figura 4: Apache Kid (c. 1890). Su nombre era Hashkee Binaa Nteel. Quiere decir, «hombre alto de destino misterioso»: También lo traducen como, «hombre de ojos feroces». Loc. William Macleod Raine (1905). «Taming the Frontier, The apache «Kid». The Outing Magazine. New York: The Outing publishing Co.: Vol. XLVI. Ap.-sep., p. 579.

Para algunos historiadores regionales en el norte de México,[63] con la captura de Gerónimo dieron por terminada la «guerra contra los bárbaros». Sin embargo, en 1894 se volvieron a mencionar incursiones de apaches dentro de territorio chihuahuense, en menor escala y consideradas por muchos, ataques de bandoleros, los que no dejaron de provocar el temor de que se desatara nuevamente la guerra; seguía presente el miedo al «bárbaro». Estos nuevos ataques (o incursiones), de acuerdo a la prensa, fueron dirigidas por el apache llamado Kid y duraron hasta mediados de 1896.[64]

A pesar de esto, al ser rendidos, la gente en el norte comenzó a tener más confianza para colonizar terrenos anteriormente bajo control de los nativos considerados insurrectos.

Imagen 5: <strong>Apaches derrotados</strong> (1886). Sobre el traslado de apaches rumbo a Fuerte Marion en la Florida, el reportero Charles Lummis dijo: «hay muchos sujetos que saltarían ante la oportunidad de demostrar su valor disparando a una nativa cautiva a través de la ventana de un vagón si fueran animados a espetar palabrotas y a beber whisky».[1]
Imagen 5: Apaches derrotados (1886). Sobre el traslado de apaches rumbo a Fuerte Marion en la Florida, el reportero Charles Lummis dijo: «hay muchos sujetos que saltarían ante la oportunidad de demostrar su valor disparando a una nativa cautiva a través de la ventana de un vagón si fueran animados a espetar palabrotas y a beber whisky».[1]

Si bien es cierto que los apaches ya habían perdido la guerra, por lo menos, durante los primeros cincuenta años del siglo XX, su imagen de «bárbaro» no cambió.[65] Un importante político e ideólogo, entre el Porfiriato y el movimiento revolucionario iniciado en México en 1910, Andrés Molina Enríquez, en su libro escrito en 1909, Los grandes problemas nacionales,[66] describe nuevamente a los apaches como si se mantuvieran igual que a finales del siglo XVIII, cuando las autoridades coloniales comenzaron a reprimir sus incursiones armadas contra los colonos del Septentrión novohispano. Justo cuando para la primera década de 1900, ya estaban bajo control de autoridades estadounidenses y conferidos a reservaciones, ahora les criticaban la «forma tan bárbara» y ponían casi al mismo nivel de los animales salvajes,  por como cazaban para alimentarse.

            [...] las caballerías capturadas caen muertas ante el cubil de esos lobos y lobesnos con figura humana, que saludan su muerte con aullidos de alegría [...] Ávidos, ansiosos, con los dientes afilados, no siempre esperan a que sus presas mueran. Arrojándose sobre ella, las devoran vivas aún; unos cortan y pinchan, otros arrancan los miembros y los hacen pedazos a fuerza de tirones, sin preocuparse más de los sufrimientos de la víctima [...] [y] las entrañas [de estos animales] pasan por bocado exquisito [para estos indios].[67]

Descripción todavía enmarcada dentro de lo postulado por Comte y Spencer (ver cita 17), inmerso dentro del pensamiento positivista en boga durante el Porfiriato, entre un grupo de intelectuales a quienes popularmente les llamaron los «científicos», donde participaba Molina Enríquez, quien, para afirmar «científicamente»  las causas por las cuales continuaban viviendo en ese estado de barbarie, afirmó lo siguiente:

Como carecen de agricultura propiamente dicha y de animales domésticos, la despensa de estos desgraciados está vacía frecuentemente [...] el clima y el suelo transforman en nómadas, cazadores, bandidos y ladrones a los apaches en el continente americano, y a los beduinos de Kourdes en el continente asiático, poco más o menos bajo las mismas latitudes.[68]

Los apaches, «el enemigo», con el tiempo pasaron a convertirse en una leyenda, la del «feroz indio bárbaro del norte». Al ser sometidos y conferidos a reservaciones en el sur de los Estados Unidos, el gobierno chihuahuense se enfocó en querer «civilizar» a otro grupo, para destinarlo a la explotación de los recursos forestales de la Sierra Tarahumara (Chihuahua, México),[69] llamados por Carl Lumholtz, «trogloditas americanos»,[70] más conocidos como tarahumaras (o como actualmente se autodefinen, rarámuris, «la gente»). El bosque que representaba una sustanciosa ganancia para el inversionista, sobre todo después de construida la línea del ferrocarril que unía a Chihuahua con el Océano Pacífico. A principios del siglo XX, se habló nuevamente de «civilizar», los «fieros» apaches que estaban derrotados; se aprecia en las fotografías que les tomaron, mostrando en sus rostros el signo de la derrota. Eran tan sólo una leyenda, atractiva para ser representada en el famoso circo de Búfalo Bill, otro contrincante que los convirtió en espectáculo circense. Después de someter a los antiguos «enemigos», ahora eran «amigos». Co esto también se daba por terminados más de ocho siglos de vida nómada en América del norte.

Finalmente. Este trabajo se centró primordialmente en dos tipos de fuentes: las producidas por los colonos norteños que se convirtieron en mexicanos durante el siglo XIX y las expedidas por autoridades, civiles y religiosas, ya fuera como informes, crónicas, legislación, etc. Esto es, las producidas por los descendientes de estos primeros colonos que vivieron en esta región formada por el actual norte de México y Suroeste de los Estados Unidos, entre los albores de independencia de México y los inicios del movimiento armando de principios del siglo XX.



[1] Doctor en Antropología por la UNAM. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Cf. Sinopsis película Fort Apache,  disponible en: http://www.peliculas21.com/john-wayne/.

[3] Cf. Operé, Fernando (2001). Historias de la frontera: el cautiverio en la América hispánica. FCE, México, pp. 185-186.

[4] Almonte, Juan Nepomuceno (1846). Memoria del Ministerio de Estado y del Despacho de Guerra y Marina del Gobierno Supremo de la República Mexicana, leída al Augusto Congreso Nacional el día 9 de diciembre de 1846 por el general Almonte. México: Imprenta de Torres, pp. 33-34.

[5] CF. Operé, op. cit., p. 186.

[6] Cf., Vázquez, Josefina Z. (1996). «La guerra inevitable». En El México olvidado I. La historia del pueblo chicano. UACJ–UTEP (Col. Sin Fronteras), México, pp. 67-78.

[7] Sobre lo que implicó la imposición de la frontera estadounidense, ver el libro, González Herrera, Carlos (2008). La frontera que vino del norte. Taurus (Pensamiento), México.

[8] Territorio que en la actualidad comprende los estados de California, Arizona, Nuevo México y Texas.

[9] Vázquez, J. y L. Meyer. «El expansionismo y la guerra». En 1847-1997. A 150 años de la guerra México-Estados Unidos. La Gaceta del FCE. Septiembre. Nueva Época, n. 321, 1997, p. 3.

[10] En relación a las «líneas» o «cordones» de presidios, que representaban el avance colonial español en el septentrión, ver, Luis Arnal. «El sistema presidial en el septentrión novohispano, evolución y estrategias de poblamiento». En Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. Universidad de Barcelona, España.  Vol. X, núm. 218 (26), 1 de agosto del 2006.

[11] Cf. Weber, David J. (1988). La frontera norte de México, 1821-1846. El sudoeste norteamericano en su época mexicana. FCE, México, pp. 15-25.

[12] Sobre el uso que le doy al concepto de frontera, ver, Chávez Chávez, Jorge (2004). «Las imaginarias fronteras septentrionales. Su papel en la génesis de una cultura regional». En: Salas Quintanal, H. y R. Pérz-Taylor (Eds.), Desierto y fronteras. El norte de México y otros contextos culturales.: UNAM-Instituto de Investigaciones Antropológicas-Plaza y Valdés, México, pp. 387-420.

[13] Operé, op. cit., p.13.

[14] Respecto a los informes presentados por gobernadores de Chihuahua sobre la guerra contra el «bárbaro», ver, Gobierno del Estado (1910). Informes de los gobernadores del estado de Chihuahua. Imp. del Gobierno, Chihuahua.

[15] En relación a lo escrito sobre los «indios bárbaros» del norte de México en los diarios de viajeros durante el siglo XIX, ver mi artículo, Chávez Ch., Jorge (2012), «Los bárbaros de Chihuahua en los relatos de viajeros. Siglo XIX», Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 12, julio-septiembre, 2012. ISSN: 2007-2309. 23 de julio de 2012. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/home/indoamerica/488--los-barbaros-de-chihuahua-en-los-relatos-de-viajeros-siglo-xix.

[16] Sobre las acciones políticas destinadas a la incorporación de los indios propuestas bajo el pensamiento de la Ilustración, ver, Weber,  David J. (2007). Bárbaros. Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración. Ed. Crítica, Barcelona, pp. 39-138.

[17]Los principales elementos de la teoría positivista que repercutieron durante el Porfiriato provienen de Augusto Comte y Herbert Spencer. Otros conceptos se encuentran en la biología evolutiva de Charles Darwin, en específico, la doctrina del darwinismo social y la escuela histórica de derecho, elaborada en un principio por el jurista alemán Friedrich Carl von Savigny, e interpretada para México, por el constitucionalista francés Edouard Laboulaye. Entre los principales presupuestos del positivismo está la idea de que «la sociedad era un organismo social, sujeto como todo en la naturaleza a la evolución o el cambio con el tiempo. El hombre como individuo era una parte integral de este organismo cambiante, y sus ideas, creencias y comportamiento no podían entenderse en lo abstracto sino exclusivamente en relación con la sociedad en su conjunto». Por lo tanto, «el progreso era la máxima ley social, el nivel equivalente de la evolución o el desarrollo; y su mensaje era un mensaje de optimismo, de avance y hasta (en el caso de Comte) de regeneración de la especie humana». Cf. Hale, Charles A. (1991). La transformación del liberalismo en México a fines del siglo XIX, Vuelta, México, pp. 336-337.

[18] Respecto a las acciones emprendidas por las autoridades mexicanas para incorporar a los indios al desarrollo capitalista de la sociedad mexicana durante el siglo XIX, publiqué un libro, Chávez Ch., J.   (2003). Los indios en la formación de la identidad nacional mexicana. México: Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, passim.

[19] Sobre el concepto de Mesoamérica, ver, Kircchoff, Paul (1960). Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales. ENAH (Sociedad de alumnos): Suplemento de la Revista Tlatoani, México, 20 p.

[20] Francisco Xavier Clavijero, S. J., nació en el Puerto de Veracruz (México), el 9 de septiembre de 1731. Muere en Bolonia, Italia, el 2 de abril de 1787. Historiador y religioso novohispano. Salió de la Nueva España al ser expulsados los jesuitas en 1767 de todo el Reino de España. Destaca su obra escrita durante su exilio en Italia, Historia antigua de México, de 1780 (publicada después en México, Clavijero, Francisco Xavier (1916). Historia antigua de México. Porrúa (Col. Sepan Cuántos 29), México, donde rescata el mundo mexica y condena la obra, Investigaciones filosóficas sobre los americanos, escrita por Cornelius de Paw, a quien considera ignorante de la situación que se vive en América. Escritos, que junto a los de otros realizados por criollos ilustrados, sirvieron durante el México independiente, para definir el perfil de lo que sería la nacionalidad mexicana, fundamentada en los principios del pensamiento liberal: el individuo y la propiedad privada.

[21] Terminada la guerra entre México y Estados Unidos, el Artículo XI del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848, dice: «En atención de que en una gran parte de los territorios que por el presente Tratado van a quedar para lo futuro dentro de los límites de los Estados Unidos, se haya actualmente ocupada por tribus salvajes que han de estar en adelante bajo la exclusiva autoridad de los Estados Unidos, y cuyas incursiones sobre los distritos mexicanos serían en extremos perjudiciales; está solemnemente convenido que el mismo Gobierno contendrá las indicadas incursiones por medio de la fuerza, siempre que así sea necesario; y cuando no pudiere prevenirlas castigará y escarmentará a los invasores, exigiéndoles además la debida reparación: todo del mismo modo y con la misma diligencia y energía con que obraría, si las incursiones se hubiesen meditado o ejecutado sobre territorios suyos o contra sus propios ciudadanos». Cf Tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848), disponible en: http://es.wikisource.org/wiki/Tratado_de_Guadalupe_Hidalgo: fojas 14-15. Artículo que las autoridades estadounidenses nunca tomaron en cuenta. En específico, después que los grupos indígenas insurrectos aprovecharon la creación de la nueva frontera, para incrementar sus incursiones del lado mexicano. El subrayado es mío.

[22] En relación a la construcción de culturas norteñas, ver mi libro, Chávez Ch., J. (2011). Culturas de contacto. Aproximación al estudio de una cultura regional asentada en territorio de las antiguas Nueva México y Nueva Vizcaya. Editorial Académica Española, LAP LAMMBERT Academic Publishing GmbH & Co, Alemania.

[23] Respecto a la construcción de culturas regionales en el norte de México, ver, Chávez Ch. J. (2011). Entre rudos y bárbaros. Construcción de una cultura regional en el norte de México. El Colegio de Chihuahua, México, pp. 142-186. Sobre este tema, Weber dijo que la cultura en la región no fue homogénea. Que esta se conformó de acuerdo a las costumbres de la región de donde provenían, así como de sus reacciones a los medios y culturas locales de los pueblos indígenas, «todo ello se combinó y produjo variaciones en la cultura hispánica». Cf. Weber, La frontera norte…, p. 22.

[24] Ortiz de Ayala, Simón Tadeo (1968). Resumen de la estadística del imperio mexicano (1822). UNAM (Nueva Biblioteca mexicana, 10), México.

[25] De Zavala, Lorenzo (1981). Ensayo histórico de las revoluciones en México desde 1808 hasta 1830. SRA-CEHAM, México, 2 tomos.

[26] Mora, José María Luis (1978). México y sus revoluciones. Porrúa, México: 3 tomos. Del mismo autor, (1963). Obras sueltas. Biblioteca Porrúa, 26, México.

[27] Alamán, Lucas (1849-1852). Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808, hasta la época presente. Imp. de J. M. Lara, Méjico.

[28] De acuerdo con Hale, Charles A (1991). La transformación del liberalismo en México a fines del siglo XIX. Vuelta, México, pp. 16-17, «En el meollo de la idea liberal estaba el individuo libre, no coartado por ningún gobierno o corporación, e igual a sus semejantes bajo la ley». Para los liberales mexicanos, «la libertad individual sólo podía materializarse en una sociedad reemplazando las entidades corporativas tradicionales   -Iglesia, ejército, gremios y comunidades indígenas- por un régimen de uniformidad ante la ley». Los liberales también manejaron un ideal de progreso social y desarrollo económico. Para ellos, «el interés individual se basaba en la propiedad y el derecho a ésta no era sino la extensión del individuo a la vida misma». Al liberarla de las restricciones impuestas por las corporaciones, monopolios o el gobierno, «florecerían la iniciativa individual, la división natural del trabajo y el intercambio libre entre personas y países, todo lo cual llevaría en última instancia al aumento general de la riqueza».

[29] Monitor Republicano. México, 23 de junio de 1849.

[30] Entre sus obras sobre el rescate de la llamada literatura mexicana, junto con Gonzalo A. Esteva, fundó en la Escuela Nacional de Maestros, la revista literaria El Renacimiento (1869), cuyo objetivo era resurgir las letras mexicanas durante periodo histórico conocido en México como la República Restaurada. También, escribió novelas como Clemencia (1869), Navidad en las montañas (1871) y Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México (1886), entre otras.

[31] Mariano Arista (1851). Memoria del secretario de estado y del despacho de Guerra y Marina, leída en la Cámara de Diputados el 3, y en la de Senadores el 4 de enero de 1851. Imprenta del Gobierno, México, pp. 10-14.

[32] Bando publicado en Puebla de Zaragoza el 5 de abril de 1868 por el gobernador constitucional Rafael J. García, insertando el decreto expedido en México el 28 de marzo anterior por el Congreso de la Unión y publicado el día 30 por el presidente Benito Juárez, determinando que el presupuesto de egresos mensual de la federación es de $1.139,534.85, Puebla, 1868, una hoja.

[33] «A medida que los líderes hispanoamericanos del siglo XIX fueron pintando a los indios como salvajes imposibles de corregir -dijo Weber-, encontraron que era más conveniente olvidar los exitosos convenios forjados por España con las sociedades de indios independientes del siglo XVIII y optaron, en cambio, por buscar un modelo más útil en las conquistas del siglo XVI.[…] el «optimismo entusiasta» de la Ilustración, con su idea de que todo el género humano puede crecer en racionalidad y progreso hasta asemejarse a los europeos, cedió el paso al «severo y opresivo darwinismo social» que concebía el progreso en términos de ganadores y perdedores». Weber, D. J.  (2009). «Escribiendo a través de fronteras. Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración». En De la barbarie al orgullo nacional. Indígenas, diversidad cultural y exclusión. Siglos XVI al XIX. UNAM, México, pp. 104-105.

[34] «La batalla de Tres Castillos». En Periódico Oficial. Chihuahua, año IV, núm. 45, 3 de octubre de 1880, pp. 201-223.

[35] Worcester, Donald E. (1992). The Apaches. Eagles of the Southwest. University of Oklahoma Press, USA.

[36] Worcester, The apaches…, p. 5, dice que Nednhi era una banda de los chiricahuas del sur y quiere decir, el «enemigo del pueblo». Mientras que en Wikipedia, señalan que los apaches se autodenominaban Ndee, es decir, la «gente». CF. Wikipedia (2012). «Apache (etnia)», disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/Apache.

[37] Cabe destacar que la condición de nómada también ha sido considerada como parte de la barbarie y vista como condena dentro del cristianismo. Fernández de Rota, José Antonio (2004). «Los paisajes del desierto». En Salas H. y R. Pérez-Taylor (Eds.), Desierto y fronteras. El norte de México y otros contextos culturales. UNAM-Instituto de Investigaciones Antropológicas-Plaza y Valdés, México, p. 29, dice: «El nomadismo -la maldición mítica de Caín de vagar sobre la faz de la tierra- ha sido visto en la mayoría de las culturas como una de las más tristes inclemencias de la existencia humana. Todo lo anterior confluye en una visión hiperbólica del desierto». Gran parte del norte de México y suroeste de los Estados Unidos, donde estos nativos han vivido, se caracteriza por sus grandes desiertos».

[38] Worcester dice que los indios que «deambularon» entre Nuevo México, Arizona y noroeste de México, eran los apaches jicarillas, mezcaleros, mimbreños, mogollones, chiricahuas, tontos, coyoteros y pinaleños. Mientras que apache, nombre aplicado a la gente de origen atapascano, proviene del vocablo zuñi apachú, y quiere decir «enemigo». Cf. Worcester, op. cit., pp. 3-5.

[39] Cf. Worcester, op. cit., pp. 5 y 7.

[40] Cf. Barrett, S. M. (Ed.) (1975). Gerónimo. Historia de su vida, Introducción de Frederick W. Turner III. Hipótesis/Grijalbo, España, pp. 33-35.

[41]  La categoría colonial de bárbaro tiene su origen en la antigua Grecia. Bartra, Roger (1998). El salvaje en el espejo. UNAM (Coordinaciones de Difusión Cultural y Humanidades)-Ed. Era, México, p. 15, comenta que Aristóteles dijo que para los griegos, «los bárbaros [eran quienes] no tenían acceso al logos, a la razón, debido a que el hombre aprende sus capacidades morales sólo en la ciudad». Fue utilizada durante la Edad Media en Europa para referirse a los no católicos, también a los extranjeros, que después de atacarlos, se convirtió en sinónimo de «enemigo». Duby, Georges  (1995). Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos. Ed. Andrés Bello, Chile, pp. 49-76, menciona que los colonos de origen europeo (españoles y descendientes nacidos en América) que llegaron a colonizar el Septentrión novohispano a mediados del siglo XVI, la utilizaron para referirse a los nativos (particularmente los nómadas) que resistieron la colonización, a quienes también tipificaron como «salvajes». Referencias sobre la barbarie o salvajismo de los indios insurrectos, vienen en, El Universal. México, del 19 de enero de 1894, p. 3 y del 15 de enero de 1896, p. 2.

[42]  De acuerdo con Bartra, para los griegos, los salvajes(Agrioi), eran seres que no han sido domesticados: «así agrios es la antítesis de hemeros» («domesticado» o «dócil», vinculado a civilización): «[…] los antiguos griegos también definieron, en el interior de su mundo, una gran variedad de seres salvajes -humanos y semihumanos- que contribuyeron tanto como sus ideas fantásticas sobre los bárbaros a trazar el contorno de la razón griega». Cf. Bartra, op. cit., pp. 15-17.

[43] Ver Gatewood, Charles B., Teniente (1993), «La rendición de Gerónimo», En Gerónimo. El final de las guerras apaches. Hesperus, España, pp. 71-90.

[44] Colón, Cristóbal (1991). Los cuatro viajes del Almirante y su testamento. Espasa-Calpe (Col. Austral), edición y prólogo de Ignacio B. Anzoátegui, 10ª. Ed. Madrid, 1991, p. 54.

[45] Cf. Textos Branda (2007). «Las Américas. Historias y leyendas de sus nativos pobladores», «La gente Lakota». Culturas de nuestro mundo, disponible en: www.miljardines.es.

[46] Cf. Johansen, B. y R. Maestas (1982). Wasi’chu. El genocidio de los primeros norteamericanos. FCE, México, 2 vols. Basado en una leyenda de los dakota, narra la historia cultural de este grupo. También, ver, Beebe Hill, Ruth (1980). Hanta yo. Las raíces de los indios. Ed. Grijalbo, España, 2 vols.

[47] Cf. Weber, Bárbaros…, p. 35.

[48] Cf. Wallace E. y A. Hoebel (1986). The Comanches. Lords of the South Plains. University of Oklahoma Press, USA, pp. 4-5.

[49]  «Comanche (etnia)» (2012). Wikipedia, disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/Comanche_(etnia).

[50] Cf. Duby, op. cit., pp. 49-76.

[51] Para las autoridades coloniales españolas, una nación india, «abarcaba muchos pequeños grupos de tribus y rancherías, que también recibieron nombres más específicos que el de «chichimecas» [...] La extensión territorial aproximada de cada nación y las características que principalmente distinguían fueron conocidas y comentadas por [ellos], y estas agrupaciones «nacionales» llegaron a ser bases de la política y la acción de los españoles [en su guerra de conquista y colonización de la llamada Gran Chichimeca]». Cf. Powell, Philip W.  (1984). La guerra chichimeca (1550-1600). FCE-CULTURASEP (Lecturas mexicanas, 52), México, pp. 48. También lo usaron para referirse a los grupos nómadas septentrionales: «denota la subordinación al imperio español de un conjunto de comunidades [vistas a partir de la reconstrucción histórica de sus relaciones económicas de reciprocidad y competencia, en sus redes de parentesco y en su liderazgo, aspectos que la definen como una unidad étnica] que compartían el mismo idioma y ocupaban un territorio definido». Al respecto, tenemos lo escrito por el jesuita Andrés Pérez de Ribas en 1645: «las que llamo naciones no se ha de entender que son tan populosas como los que se diferencian en nuestra Europa, porque éstas bárbaras son mucho menores de gente, pero muchas en número y las más en lengua, y todas en no tener comercio, sino continuas guerras unas con otras y división de tierras que cada una reconoce». Cf. Radding, Cyntia (1995). Entre el desierto y la sierra. Las naciones o’odham y tegüima de Sonora, 1530-1840. CIESAS-INI, México, pp. 15-16. Weber Bárbaros…, pp. 34-35, dijo que esta clasificación se encuentra vinculada a su estado de barbarie, o salvajismo (que a nivel coloquial los utilizaron como sinónimos), en función de su cristiandad.

[52] Cf. Sheridan Prieto, Cecilia (2002). «Reflexiones en torno a las identidades nativas en el noreste colonial». Relaciones 92. México: Otoño, Vol. XXIII, pp. 77-106. Weber, op. cit., nota 61. Francisco R. Almada (1968). Diccionario de Historia, Geografía y Biografía Chihuahuenses. Universidad de Chihuahua-Depto. Investigaciones Sociales-Sección Historia, México,  pp. 35-40.

[53] CF. Almada, op. cit., pp. 36.

[54] «El nomadeo se refiere a movimientos habitualmente estacionales, es decir, con periodicidad anual, que realizan grupos humanos a distancias relativamente cortas que nunca superan algunos cientos de kilómetros. Están asociados a sistemas económicos primitivos en los que el ganado tiene una importancia clave. Se cree que en el período paleolítico, en el sistema económico de las bandas de cazadores-recolectores, era muy habitual». «Nomadeo» (2012). Eumed.net. Enciclopedia virtual, disponible en:  http://www.eumed.net/cursecon/2/migraciones.htm.

[55] Weber, op. cit., 35.

[56] Cf. Weber, op. cit., pp. 30-35 y Guillaume Boccara (CNRS-CERMA) (2001). «Mundos Nuevos en las Fronteras del Nuevo Mundo. Relectura de los procesos coloniales de etnogénesis, etnificación y mestizaje en tiempos de globalización». En Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, disponible en: http://nuevomundo.revues.org/index426.html.

[57] Desde principios del 1600, iniciaron las hostilidades entre españoles y apaches. Doce años después de la gran revuelta de los indios pueblo de 1680, en la cual participaron, comenzaron a incursionar en la Nueva Vizcaya, Sonora, Nuevo México y Texas. Cf. Griffen, William B. (1988). Apaches at War and Peace: the Janos Presidio.1750-1858. University of New Mexico, Alburquerque, USA, p. 4.

[58] Cf. Weber, op. cit., pp. 35-36.

[59] Real Academia Española (1925), Diccionario de la Lengua Española. Madrid: 15a. Ed., Calp, p. 92, col.1. Mientras que en el Diccionario de la Lengua Española (2001). Madrid, disponible en: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=apache, la definición de apache como «salvaje», cambia por nómada: «1, adj. Se dice del indio nómada de las llanuras de Nuevo México, caracterizado por su gran belicosidad. U. t. c. s.» Aunque en lo figurativo, continúan considerándolo, «2. m. Bandido o salteador de París y, por ext., de las grandes poblaciones.

[60] Cf. Goyahkla (1982). El Indio Jerónimo, Memorias. Recopiladas por S.M. Barrer. Introducción de Frederick W. Turner. Presencia Latinoamericana, S.A., México, pp. 53-55.

[61] Monitor Republicano, 6 de septiembre de 1891.

[62] Monitor Republicano, 27 de junio de 1895.

[63]  Cf. Almada, op. cit., p. 40.

[64] El Universal, del 19 de enero de 1894, p. 3 y del 15 de enero de 1896, p. 2.

[65] Sobre el tema, Chávez Ch., J. (2007). «Orígenes del indigenismo chihuahuense durante el Porfiriato», En Septentrión. Revista de Historia y Ciencias Sociales. Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, núm. 2, julio-diciembre, México, pp. 110-132.

[66] Andrés Molina Enríquez (1978). Los grandes problemas nacionales (1909). Ed. Era, México, p. 75.

[67] Molina: Ibídem.

[68] Ibídem.

[69] Cf. Chávez, Entre rudos…, pp. 110-132.

[70] Ver, Lumholtz, Carl (1986). El México desconocido. Edición facsimilar de la publicada en Nueva York por Charles Scribner's Sons en 1904. INI (Col. Clásicos de la antropología, 11), México, tomo II.

 

Cómo citar este artículo:

CHÁVEZ CHÁVEZ, Jorge, (2014) “La conquista del norte de la Nueva España: nuevos nombres para los nativos norteamericanos”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 21, octubre-diciembre, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 20 de Mayo de 2024.

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