Pacarina del Sur
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Yolanda Colom: la revolución y la vida desde la otra mirada

Concepción Álvarez Casas[1]

 

Artículo recibido: 3-12-2012; aceptado: 14-12-2012

En este trabajo buscamos, a través del análisis de la escritura femenina en la obra de Yolanda Colom, aquellos rasgos propios que, desde la mirada de una mujer, nos ofrece un testimonio en torno a un fenómeno de la historia reciente de nuestros pueblos: la lucha de liberación nacional, cuyos alcances y consecuencias aún no hemos logrado aprehender cabalmente. Esto, a través de la creación literaria, con la plena conciencia del lugar en el mundo en el que está ubicada como mujer Yolanda Colom.

Palabras clave: género, mujeres, identidad, feminismo

 

La historia de las mujeres es, en cierto modo, la del acceso a la palabra. Pero la audición directa de su voz depende del acceso de las mujeres a los medios
de expresión: el gesto, la palabra, la escritura

Duby y Perrot, 1993

Eran muy pocos los que provenientes de las ciudades, se incorporaban y persistían en la montaña. Pero había múltiples tareas y actividades que eran necesarias (…)  de ahí que estuviera determinada a pasar las pruebas que fueran necesarias como militante y como mujer.

Yolanda Colom, 2000: 80

           

En el campo de los estudios de género, particularmente en el espacio de la literatura, la noción de heterodoxia es recurrente, remite de modo directo a la escritura de las mujeres. Tal noción vinculada a la otredad, constituyen temas de atención para el análisis de la producción de las escritoras. Simone de Beauvoir (1992: 186) señala que la mujer ha sido convertida en el Otro, desde que el sujeto busca afirmarse. El Otro que lo limita y lo niega le es necesario,  pues no se alcanza sino a través de esa realidad, que no es él. Es decir, no hay presencia del otro sino cuando el otro está presente ante sí mismo, por eso, la verdadera alteridad es la conciencia separada de la propia e idéntica a sí misma. La noción de la mujer como el Otro se reproduce en múltiples mitos y  tiene presencia en todas las culturas. El hombre busca en la mujer al Otro como naturaleza y como su semejante, pero la naturaleza provoca sentimientos ambivalentes.

            Éste la explota, pero ella le aplasta; nace de ella y en ella muere; ella es la fuente de su ser y el reinado que él somete a su voluntad; es una ganga material, dentro de la cual el alma está prisionera y es la realidad suprema; es la contingencia y la Idea, la finitud y la totalidad; ella es lo que se opone al Espíritu y lo es (Ob. cit. 189).

            La clara conciencia que se expresa en la escritura de las mujeres es la del segundo sexo, como un problema de perspectiva, es decir, la percepción y el modo narrativo de la escritora, ya que desde esta posición sólo será posible reinterpretar la experiencia femenina, mediante la lectura de las obras de las mujeres, si se toma en cuenta el rodeo a través de la concepción masculina. El contenido y modo narrativo de las mujeres son intentos por encontrar algún margen dentro de la cultura masculina y buscar alternativas para liberarse de ésta. La perspectiva feminista implica una búsqueda propia frente al canon establecido, imperante, de raigambre masculina es, en este sentido, una permanencia dentro de la heterodoxia, el  deseo de alcanzar una voz propia, diferente, otra.

            En este trabajo buscamos, a través del análisis de la escritura femenina, en la obra de Yolanda Colom, aquellos rasgos propios que, desde la mirada de una mujer, nos ofrece un testimonio en torno a un fenómeno de la historia reciente de nuestros pueblos: la lucha de liberación nacional, cuyos alcance y consecuencias aún no hemos logrado aprehender cabalmente, esto a través de la creación literaria con la plena conciencia del lugar en el mundo en el que está ubicada como mujer. Esta autora, coloca en un lugar central de la creación la experiencia, desde la crítica feminista ésta representa las vivencias múltiples, entre las que se encuentran las del cuerpo vivido, vinculadas a las de la vida social y, en este caso, al proyecto de transformación revolucionaria. Dice Yolanda Colom: La experiencia no es solo producto de lo logrado, de lo aprendido y vivido; sino también es el camino, el proceso y los esfuerzos que conllevó llegar a donde se está. (Ibíd.16)


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            Alcira Elizade (1998) nos dice en su libro La mujer sola que ocho siglos después de que el caballero andante echara a andar los caminos del mundo, a la conquista de espacios, iniciando así sus gestas heroicas y reivindicando ante el mundo su derecho al secreto, la intimidad y la decisión propia, ocho siglos más tarde la dama andante echa a andar, viviendo inéditas experiencias como conquistadora intrépida. Los tiempos y los pensamientos en Nuestra América son diversos. Por ejemplo, Rosario Castellanos ubica a las mujeres mexicanas en el umbral. Mujeres en el umbral, ese límite en que algo comienza o se inicia. Castellanos ve a sus contemporáneas dar ese paso inicial, atravesar el quicio del hogar cuando los hombres han realizado hazañas portentosas, han pisado la luna. La guatemalteca Yolanda Colom en su obra principal nos ubica en la alborada. Mujeres en el albor, en el amanecer. El vocablo posee diversas y sugerentes acepciones, es acción de guerra al amanecer, en masculino albor es luz del alba, brillo del amanecer. Principio de algo que está sujeto a desarrollo, que no ha alcanzado plenitud. El albor que  describe la autora, en un ejercicio de memoria, es la hazaña de las primeras mujeres, mestizas e indígenas, que se integran a la lucha armada en Guatemala. En todos los casos, las mujeres hemos llegado tarde a la Historia, tal vez por eso tenemos prisa en alcanzarla. Mujeres en la alborada, rastrea la presencia de las primeras mujeres guatemaltecas que se integran al  movimiento revolucionario. Tardíamente, pero de acuerdo a sus circunstancias, se inicia la reflexión sobre la participación de las militantes en este proceso.

            En América Latina, a partir del triunfo de la revolución cubana en 1959, se generan no solo cambios positivos en las expectativas de la izquierda latinoamericana, sino acciones concretas de grupos guerrilleros y proyectos revolucionarios con brazos armados, cuya meta será la liberación nacional de sus pueblos. La presencia internacional del socialismo, como aliado de estos movimientos abrió la perspectiva de una tendencia ascendente, en esta etapa se percibe que los pueblos colonizados se liberarían rompiendo eslabones débiles de la cadena imperialista. Así, después de Cuba, el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, en Nicaragua en 1979, contempló esta perspectiva y fue considerado, cual dogma, en un proceso revolucionario irreversible. Dice Fanon: un elemento que une la historia de estos pueblos, entre otros, es la búsqueda de autoconciencia y la necesidad de encontrar elementos de reflexión sobre si mismos. Se trata, para el llamado Tercer Mundo, de reiniciar su historia, buscar vías distintas a las que transitó el mundo desarrollado dominante. Hay que inventar, hay que descubrir, cambiar de piel, desarrollar pensamiento nuevo (Gendzier, 1997: 303).

            Estas luchas populares por las transformaciones democráticas y por la liberación nacional, tienen un carácter revolucionario, debido al grado de contradicción y conflicto entre los intereses nacionales y populares, por un lado, y los intereses excluyentes y hegemónicos de la oligarquía y el imperialismo, según señala Núñez (1988: 72).

            El esquema seguido en los setentas por algunos pueblos latinoamericanos que comparten el subdesarrollo ha sido el de la guerra revolucionaria apoyada en las guerrillas rurales que buscan la unión con sectores urbanos y en general con la sociedad. En 1961 el Che Guevara desarrolla una teoría de la guerra revolucionaria en el contexto de los países que tenían predominio urbano. En este ambiente ideológico se construyen, en varios países de América Latina, desde fines de la década de los sesenta y sobre todo durante los setenta y ochenta, movimientos guerrilleros que buscan por la vía armada, la transformación de sus pueblos (Guevara, 1985).

            En este ensayo abordaremos algunos aspectos de la obra  de Yolanda Colom, desde la mirada de una mujer. Compartimos la opinión de Virginia Woolf, quien dice: pese a que vemos un mismo mundo –hombre y mujeres- lo vemos con ojos diferentes. En Yolanda Colom existe una conciencia manifiesta de ser mujer y desde ahí transmite sus vivencias que son asimismo memoria del cuerpo vivido. Me enfoco sobre todo en el testimonio Mujeres en la alborada. Guerrilla y participación femenina en Guatemala 1973-1978, donde Colom cuestiona, en la práctica escritural, la exigencia de objetividad, y, por el contrario, valora la perspectiva subjetiva, el relato de su vida y de sus compañeros(as) de guerrilla, con sus emociones, miedos y esperanzas. En su testimonio, aplica un estilo desenfadado y coloquial e incorpora temáticas de lo marginal, lo anecdótico y lo  aparentemente frívolo. Por ejemplo, cuando menciona el caso de un pequeño simio   adoptado y equipado por un compañero con  “su propia mochilita, toldito y hamaquita”, a imagen y semejanza de un guerrillero(a). O la intensa polémica, durante varios días, ante la propuesta de hacer un baile en plena selva.

 

Lo político se entrelaza con lo personal o lo personal es político

En nuestra época es muy común la visión de considerar la vida privada como un espacio vedado o prohibido hacia los demás. El asunto se complica cuando el personaje es un funcionario o mantiene relaciones públicas y exige privacidad en sus relaciones personales. El pensamiento feminista ha puesto énfasis en la relación estrecha e indisoluble entre lo personal y lo político, dos esferas que de manera artificial se intentan frecuentemente separar.

El relato inicia con las vicisitudes de los primeros años de construcción del Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP, 1973-1974; fluye como la vida, con las tonalidades afectivas, reflexiones y retos enormes que conlleva sumarse a esta tarea. De esa fase, el testimonio escrito abarcará más de ocho años, de una militancia de once años en el EGP y nueve años en Octubre revolucionario.Toda una vida, veinte años, en una clandestinidad absoluta: “En 1973 inicié el abandono de mi identidad para sumergirme en el anonimato y la clandestinidad. Sólo comencé a retomarla en enero de 1995, a raíz de la muerte sorpresiva de mi compañero. Ese hecho nos sacó abrupta e inesperadamente de un anonimato de lustros: a él muerto, a mí cuando vivía esa tragedia personal” (Colom, 2007: 9)2 Entre los infinitos sucesos que su portentosa memoria rescata, con todos los detalles sobresalen la flora y la fauna, diversas geografías, olores y colores múltiples de la montaña y la selva guatemaltecas. Su condición de mestiza e intelectual urbana serán detonadores que le permitan observar con extrañeza y admiración un universo que le ha sido ajeno y, por lo tanto, digno de recrearlo. Vivimos y sentimos la temperatura, la textura, los humores, tal es el poder de su prosa directa, dinámica. Al lado de todo esto, la personal queda expuesta.

Yolanda Colom nos relata que la decisión de tener un hijo fue meditada, varios años la sopesó “Me decía a mi misma que debía tener hijos porque la participación revolucionaria no se puede condicionar a que seamos o no madres y la mayoría de las mujeres tenemos hijos en algún periodo de nuestra vida (…) di a luz un varón. Me alegré de que fuera hombre, pues consideraba que para él sería menos dura la vida en caso de que me viera forzada a dejarlo” Que esfuerzos enormes, materiales y espirituales, requieren de la mujer la asunción de la maternidad, Convocar a vivir a un nuevo ser. “Antes de un mes se derrumbó mi imagen idealizada de la maternidad. Me parecía agotador, amamantar, cuidar en todo sentido a un niño” (Ob.cit., 24).

Inicia su participación en actividades de formación política y cultural. Se le encomienda la elaboración de un método de alfabetización que pudiera ser implementado en la montaña. Más adelante lo prueba en la práctica; esta participación la separa del niño. Motivada por la necesidad de continuar sus tareas como militante deja a su hijo con una familia. “Era la prueba más dura a la que me sometía hasta ese momento de mi vida (…) todavía me estremezco cuando me acuerdo de esos momentos. Me dolió y costó mucho esa decisión, pero no dudé en tomarla. No lo lamento, ni me arrepiento (…) para mi era cuestión de consecuencia (…) A mi niño también le costó adaptarse (…) Ha sido cariñoso y respetuoso conmigo, aunque con las condiciones y altibajos de nuestras circunstancias. Es recurrente la memoria de su hijo, la convicción de que está en el mejor lugar y la necesidad de cambio social la reconforta frente a la nostalgia. La maternidad entendida como práctica social y subjetiva femenina, aparece de manera recurrente como fuente de vida, de renovación de fuerzas para seguir adelante, “marca la diferencia entre la vida y la muerte”  de tal manera que serán los hijos los que otorgan a las mujeres una situación ventajosa, al menos ante ellas mismas (Ibid.).


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Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga (2006) señalan la caracterización que hacían las organizaciones político militares del escenario nacional argentino como de “guerra revolucionaria” y la consecuente exigencia de que los y las militantes se involucraran totalmente en esa lucha armada. El modelo extremo del compromiso era la subordinación de las relaciones personales a la actividad político-militar, compromiso que se guiaba por una “moral revolucionaria” que indicaba las conductas esperables y aceptables.  Esta idea, en palabras de Yolanda Colom, se expresa así: debíamos subordinar los intereses familiares o laborales a la organización. Aceptar la militancia significaba ser corresponsable de aciertos y errores de los peligros y las renuncias. (Ob. cit 6)  La decisión explícita de negar la vida personal se lleva a las últimas consecuencias al aceptar arriesgar la propia vida. “Bajo todo ello (…) subyace la decisión personal de arriesgar los afectos, la vida y la estabilidad material para luchar al lado de los explotados y los oprimidos, pues el amor a la libertad, la justicia y la dignidad para mi país era superior a aquellos”. (Ibíd. 12) Un símbolo que refleja tal actitud ante la vida lo representa Ernesto Guevara, el Che, quien llevó hasta las últimas consecuencias tales principios.

            A lo largo del testimonio, la descripción precisa de la vida cotidiana ocupa espacio importante al lado de las tareas políticas y estrategias militares. Oberti y Pittaluga, en el análisis de testimonios de mujeres guerrilleras en Argentina, han encontrado un rasgo que se aplica plenamente a la escritura de Colom. “Desarrolla la capacidad de intercalar temas que hacen a la participación en el espacio público con cuestiones cotidianas, habitualmente asociadas a la vida privada. Inesperadas declaraciones afectivas se imponen por sobre el cerrado discurso de las razones de la política. Pero esto no significa que el mundo de lo privado y el mundo de lo público se encuentren indiferenciados, sino que se les ha puesto en relación de otro modo: despojados de los privilegios jerárquicos con los que habitualmente son presentados” (Ibíd. 84). Estamos frente a otra moral, otros valores, una concepción del mundo diametralmente opuesta a la del proyecto neoliberal y la del llamado libre mercado.

 

Condiciones de las mujeres en Guatemala. El machismo en las organizaciones clandestinas.

En su obra principal, Mujeres en la alborada, Yolanda Colom denuncia y abre el debate sobre la presencia femenina en las organizaciones revolucionarias.  Apenas en el zapatismo vemos mujeres indias que son cuadros militares, dirigentes de comunidades, integran el 33% de las tropas del EZLN, tienen presencia en la formación de cooperativas de producción y venta de artesanías, también participan en Foros y Encuentros, el elemento trascendente es la aparición de la Ley Revolucionaria de Mujeres un año antes del levantamiento zapatista en 1994.

Dice Yolanda Colom “Mi conocimiento sobre la situación de la mujer en el altiplano se fue dando por oleadas” Se develan a su experiencia de vida múltiples casos que reflejan nítidamente aspectos de la vida de las mujeres. Así, nos relata que en la etnia Mam, los hombres eran polígamos; recoge el caso de Domingo Pu quien tenía cuatro esposas de entre 15 y 35 años y una enorme prole. La etnia Ixil, que pudo observar en Quetzaltenango y Totonacapán tenía como ideal de mujer aquella que fuera galana, hermosa, robusta (ni gorda ni delgada) que su cuerpo mostrara capacidad para tener hijos y trabajar arduamente, dos tareas fundamentales que cumpliría. Que usara el cabello largo, virgen, honrada, recatada, laboriosa, buena cocinera, que no platicara con nadie, solo con el marido. Por si fuera poco, debía ser también obediente, paciente, sumisa, humilde, toda mujer debe obediencia y servicio al hombre, sea el padre, el marido, el hermano. Debe asumir la tutela de estas autoridades. Nunca debe salir sola y concentrarse en los oficios domésticos y su familia. Salto mortal el de mujeres indias y mestizas que se integraban a la guerrilla y adquirían un estatus superior y diferente, no el ideal de plena equidad.

Mujeres integrantes de guerrilla
Mujeres integrantes de guerrilla. Fuente: http://epri-periodismo.webs.com

En un mercado conoció a un anciano que por su enorme miseria vendía a su nieta a cambio de un poco de maíz. Platicó con  mujeres que en condiciones de hambre lavaban ropa para mantener a sus hijos, como Tina. La venta de niñas y mujeres para esposas es práctica común entre los diferentes grupos étnicos, con algunas variantes. El nacimiento de una niña no es bienvenido, ya que se le considera una carga para la economía familiar. El de un varón era motivo de alegría, ceremonias y atenciones a la madre.

El matrimonio concertado por los padres es costumbre indígena, heredada por generaciones y tolerada por el conjunto de la sociedad. Un hombre de respeto o los padres visitan a los padres de la muchacha para pedirla, establecer los plazos de entrega y determinar lo que pagarán por ella. El pago puede ser simbólico o real, en forma de aguardiente, chocolate, animales, trabajo o dinero. Yolanda Colom nos da el siguiente dato comparativo: entre 1974 y 1977, una muchacha casadera podía obtenerse en la zona Ixil o en el Ixcán por Q60.00. En el mismo periodo una vaca costaba Q 90.00 en esa región.

Relata casos de este drama vivido por niñas y jovencitas que no pueden escapar de esta suerte. Si la mujer resulta estéril se le puede devolver y recuperar lo que por ella se pagó. No se conocen los criterios con los que determinaba si la esterilidad era femenina y no masculina. “Conocí numerosas mujeres que llevaron una vida marcada por el maltrato del hombre, y el miedo y la angustia y las penalidades derivadas de ello” (Colom, 49) La mayoría sufrió esta situación toda la vida, otras optaron por separarse después de años de soportarla. Así relata la vida de Candelaria, cualquier situación de rebeldía de las mujeres se ve mal, no se comprende, se le aconseja paciencia y ver por los hijos, mantenerse fiel a cualquier precio. Solo cuando media mucha confianza las mujeres hablan de sus problemas: no les gusta llenarse de hijos, quisieran recurrir a algún método anticonceptivo, desaprobado por los hombres, viven con el temor de quedar embarazadas, les son desagradables las relaciones sexuales con quien las maltrata. Otro grave problema es el alcoholismo de los hombres, causa de mayores agresiones y de ver mermada la economía familiar.

            Hacia finales de los años 50 se conocieron los primeros resultados de pequeñas luchas que dieron las mujeres, contra el maltrato, consiguieron llevar nixtamal al molino eléctrico, liberarse de su molienda manual, poder peinarse, usar espejos para arreglarse. La participación más significativa de las mujeres se dio alrededor de trabajadores migratorios, participaron con opiniones y acciones, destacaban por no mostrar miedo frente a las autoridades, pero por no hablar español, no se les permitía intervenir. A comienzos de la década de los setenta la Acción Católica convocó a las mujeres a participar en sus actividades, esto les permitía salir del hogar, conocer otras personas, visitar otras localidades. Se organizó una radio: Voz de la mujer en el hogar, que se convirtió, dice Yolanda Colom, en una ventana al mundo. También hubo críticas, sobre todo de las mismas mujeres, las mayores, que consideraban se transmitían ideas malas que iban contra la costumbre. Que no era honesto hablar por la radio que era actividad de hombres (Ibíd.57)

            La violación de las mujeres indias y ladinas era frecuente, con la presencia militar se incrementó. Como fenómeno social hasta el primer lustro de los 70 no existía prostitución en la región. Igualmente la situación cambió con los militares. Al respecto, dice Yolanda Colom: “… con la presencia militar y la acción contrainsurgente del ejército la vida de la región se trastocó; su acción punitiva conllevó violaciones masivas durante años; numerosas mujeres, viudas o huérfanas a causa de la represión, fueron objeto de abusos sexuales por parte de la tropa y de hombres de la zona organizados en Patrullas de Autodefensa Civil; de esas relaciones resultaron cientos de embarazos e hijos no deseados” (Ibíd.69). Las mujeres, sobre todo las indígenas, eran un botín de guerra para la soldadesca. Con la tierra arrasada por la milicia surgió la prostitución callejera de mujeres y niñas indígenas en Guatemala.

            Esta condición de las mujeres indígenas no resulta desconocida en México, la cercanía cultural con los grupos mayenses, nos hermana también en la discriminación y cosificación de las mujeres que de igual forma son vendidas, cambiadas regaladas. Es con la aparición del EZLN que afloran estas condiciones, las mujeres empiezan a hablar entre ellas, a romper el silencio. Laura Carlsen analiza los elementos estructurantes de la identidad de las mujeres indígenas en el contexto del zapatismo, encuentra tres factores importantes que contribuyen a la construcción de género de éstas: la familia indígena campesina, la identidad étnica y la primacía que para ellas tiene la lucha por la sobrevivencia. La aparición de la Ley Revolucionaria de Mujeres del EZLN (Cit. Lovera y Palomo, 1997: 345-348), que condensa en diez puntos las demandas más sentidas por ellas, representa un paso importante hacia cambios posibles en sus condiciones de vida, éstas se vinculan con exigencias de salud y participación política. Se oponen a las costumbres nocivas y exigen libertad para elegir con quien casarse, no ser vendidas, decidir cuántos hijos tener. Estas demandas van desde las que se relacionan con la sobrevivencia, hasta las propiamente de género. Esta Ley considerada por el zapatismo como la primera revolución, es producto de la discusión colectiva entre las mujeres de diversas comunidades. La existencia de esta ley pone de manifiesto el reconocimiento de la subordinación de las mujeres, de la desigualdad imperante entre los géneros. Ofrece propuestas concretas para la transformación tanto en la participación política como en la vida cotidiana, en aspectos que consideramos fundamentales para una vida digna entre hombres y mujeres. En posteriores evaluaciones sobre el avance del proyecto zapatista en las Juntas de Buen Gobierno, se ha reconocido entre las deficiencias el lento avance en la incorporación de las mujeres. No obstante la problemática se reconoce, y son ellas las que pueden impulsar estos cambios (Marcos, 2008: 179-234; 17-44; 345-389 )3

            Queremos referirnos en este apartado a un problema por demás trascendente en la participación política de las mujeres: su lugar en los puestos de dirección. Sabemos de propia voz de la autora que los niveles de participación los marcaba cada participante, se podía ser colaboradora, papel que la mayoría de las mujeres asumía, base de apoyo en diversos aspectos, esto implicaba vivir en comunidad, no separarse de los hijos. La autora tuvo siempre plena conciencia de que su entrega a la organización debía ser absoluta, sin objeción alguna, participó así por años hasta llegar a ser parte del mando, después de varios años de simpatizante, colaboradora y miembro. Su actuación fue cuestionada por compañeros que de manera muy directa la atacaron, sin argumentos sólidos. La dirección decide retirarla a ella y a otra compañera como miembros del mando, argumentaron que era una medida injusta hacia ellas pero políticamente necesaria. Sin duda en las críticas que en la base impulsaron esta decisión estuvo presente el hecho de que eran mujeres. Difícil era aceptar a una mujer en la dirección de estas organizaciones. Al respecto señala Colom: “Por primera vez una vivencia adversa desestabilizaba mi equilibrio interno. Una especie de huracán interior había dejado mi fortaleza en harapos… Una de las ironías de la vida” me había sometido a tal prueba en manos de mis compañeros; y no del adversario como podía imaginarse. Quizás por eso mismo el golpe había sido tan fuerte” (Colom, 267). Este es un aspecto digno de analizarse con más detenimiento. La militancia implicó el desafío de asumir a la vez los valores femeninos y aquellos que hasta entonces estaban reservados a los hombres, buscando el lugar que ocuparían en el mundo. No se trató de conciliar las tareas que cada espacio impone, sino de asumir una identidad dividida.

 

Prejuicios milenarios en la visión y trato hacia las mujeres

No es este el lugar para historiar el cúmulo de prejuicios. Baste señalar que en pleno siglo XXI el maltrato, la violación y el asesinato femeninos es un leit motiv en diarios, documentales, films y demás medios en las sociedades capitalistas. Sin embargo, cuando una mujer pertenece a una organización de izquierda y revolucionaria dichos prejuicios estarían resueltos o rebasados al participar, junto con el hombre, en la equidad…

Nos relata Yolanda Colom: en la organización existía el planteamiento de que las mujeres debíamos participar en la sociedad y en la lucha revolucionaria en términos de equidad con los hombres. Sin embargo, en aquellos años de trabajo inicial era difícil persuadir a las primeras bases populares sobre ello. Cuando se preguntaba por qué no participaban más mujeres, los hombres respondían que no podían que estaban criando a sus hijos, cuidando la casa y a los animales, que eran débiles y no aguantaban caminar en la montaña, que como las mujeres eran chismosas no sabían guardar secretos, y que en fin, la guerra era cosa de hombres (Ibíd.109) Nos cuenta que fue encargada de dar una plática sobre la opresión y emancipación de la mujer, argumentó que en la lucha debíamos participar por igual hombres y mujeres, que la costumbre del menosprecio y maltrato estaba mal, que a las mujeres no se les debía vender o cambiar como cosas, etc,. Al finalizar solicitó opiniones; se hizo un silencio total. Un dirigente tomó la palabra y dio la razón en todo a la compañera, la cual se sintió reconfortada, uno de aquellos, hombre y además dirigente, estaba de acuerdo, poco le duró la complacencia. El compañero concluyó: “De ahora en adelante ya no les vamos a pegar con el machete, porque a veces borrachos las herimos. De ahora en adelante solo les vamos a pegar con vara de guayabo” Tal fue la notable conclusión, expresa Colom, me quedó grabada como marca de hierro candente. “nos dábamos cuenta cuán difícil era para los compañeros, incluso con años de militancia, cobrar conciencia sobre su papel de opresores y cambiar su mentalidad. Y aún más, cambiar sus prácticas al respecto. De una u otra manera, en uno u otro momento afloraba la subestimación hacia nosotras”. Para la organización revolucionaria eran principios básicos, la explotación social, las injusticias de clase, la discriminación racial, sin embargo, la subordinación de las mujeres era “natural”.

Madre guerrillera
Madre guerrillera.  Fuente: http://www.abpnoticias.com

            Argumentos marcados a fuego en mentes y corazones, grabados paso a paso en el imaginario social, han construido la noción de naturaleza femenina. Desde este pensamiento convencional, esta naturaleza, lo mismo que el destino biológico signa  sus cuerpos para desempeñar roles siempre subordinados. Intentando explicar las desigualdades entre los sexos desde diversas disciplinas, se ha mostrado que las diferencias físicas entre los géneros no tienen porqué implicar, ni la desigualdad social, ni la asignación de roles, y, por otra parte, nos conducen a buscar explicar porqué tal subordinación ha sido construida socialmente. Las apariencias biológicas y los efectos indudablemente reales que ha producido en los cuerpos y en las mentes un prolongado trabajo colectivo de socialización de lo biológico y de biologización de lo social, se conjugan para invertir la relación entre las causas y los efectos y hacer aparecer una construcción social naturalizada (los géneros en cuanto que hábito sexuados) como el fundamento natural de la división arbitraria que está en el principio tanto de la realidad como de la representación de la realidad (Bourdieu, 2000: 14-ss).

            Se trata de una construcción arbitraria de lo biológico y en especial del cuerpo masculino y femenino, de sus costumbres y sus funciones, en particular de la reproducción biológica que proporciona un fundamento aparentemente natural a la visión androcéntrica de la división de la actividad sexual y de la división sexual del trabajo, a partir de ahí, de todo el cosmos. La fuerza especial de la sociodicea masculina procede de que acumula dos operaciones: legitima una relación de dominación inscribiéndola en la naturaleza biológica que es, en sí misma, una construcción social naturalizada (Ibíd. 37).

            La simiente de la desigualdad implica la existencia de relaciones de poder, esta transhistórica y transculturalmente se ha ejercido, en la forma peculiar como opera la organización simbólica del mundo en géneros. En esas relaciones de poder, según Colom, se ejercía desde la condición masculina, por muy revolucionaria que fuese su organización. Tendrían que ser, por supuesto, las propias mujeres quienes emprendieran la lucha, en el proceso de toma de conciencia de clase, de etnia, y avanzaran paulatinamente hacia su condición de mujeres. En el texto, son tres las principales demandas que como tales asumen: ser alfabetizadas, que finalice la violencia de los hombres hacia ellas y que se termine el alcoholismo. En su estancia en la guerrilla, Yolanda Colom, conoce mujeres extraordinarias, así nos habla de Malín, una kanjobal de cincuenta años, que le relata su azarosa vida, conoce también a la abuela Xib, una mujer de más de setenta años; la guerrilla les ofrece alfabetización y les abre el mundo que lamentan descubrir demasiado tarde. Sin embargo, saben que existe otro modo de vida, otra visión del universo.    

 

Las emociones, el amor, las relaciones sexuales y entre los géneros.

El problema de las relaciones entre los sexos, las formas de expresión de los sentimientos, el amor,  las emociones infinitas que los seres humanos somos capaces de vivir, son objeto de interés para Colom. Tras relatarnos diversas situaciones que dejan ver lo complejo y aún contradictorio de esta dimensión se pregunta: “¿Correspondía darle a la transformación de esta dimensión –donde más que la razón, entran en juego los instintos, los sentimientos y las costumbres generacionales- el mismo énfasis que a lo referente a la conciencia de clase, al espíritu combativo frente al adversario, a la actitud de servicio hacia el pueblo, a la entrega ilimitada que la pertenencia al destacamento exigía? Sencillamente, responde, era imposible. Humana, cultural y políticamente estaba fuera de nuestro alcance. Los ritmos de la conciencia no dan para tanto. Lo que se lograba al pretenderlo era abrumar y confundir” (Ibíd.132).

Comprendemos la enorme dificultad no solo de equiparar la dimensión subjetiva con las necesidades objetivas, aún de nombrar, reconocer, tal dimensión. En el caso de Guatemala media el multiculturalismo y por ende la diversidad de códigos culturales, si bien, no obstante esta diversidad compartían prejuicios y obscurantismo similares. Las vanguardias revolucionarias de los años setenta y ochentas consideraron en su concepción del mundo y en los principios que regían la práctica, la prioridad de las condiciones materiales, de la economía; de manera un tanto mecánica derivaban de ésta, la conciencia social. Siempre se relegó la dimensión humano-subjetiva: los sentimientos, la relación entre los sexos, la moral privada. Esta dimensión quedó supeditada al proyecto social. Al transformarse la base material, se darían los cambios en los otros ámbitos de la vida social.

            Se reafirmó la falsa dicotomía público-privado, objetivo-subjetivo, esto ocasionó graves consecuencias que años después en una perspectiva crítica que también cierta distancia histórica permitió, se encontraron equivocadas, se sopesaron sus errores en las consecuencias prácticas de procesos sociales de cambio que generó esta errónea división, especialmente grave fue la subvaloración de la dimensión subjetiva.

            Hacia 1921 y en un contexto muy diferente, Alejandra Kolontay (1972), hace las siguientes e impertinentes preguntas ¿Qué lugar corresponde al amor en la ideología de la clase trabajadora? ¿Qué importancia tienen las relaciones entre los sexos en el contexto de la problemática social? Mujer igualmente revolucionaria, compañera de Lenin con quien sostiene acaloradas polémicas, amiga de Rosa Luxemburgo, vive con intensidad estos asuntos. Considera que el triunfo del pensamiento socialista debe manifestarse en todos los campos, los principios e ideales comunistas debían imponerse por su justeza en la política, la economía, ser la causa de una revolución en las ideas, la concepción del mundo, los sentimientos y en toda la vida espiritual de la humanidad trabajadora. Énfasis especial pone en transformar las reglas de nuestra conducta, es decir la vida moral. Las relaciones sexuales constituyen una parte importante de estas reglas de conducta. El problema del amor subsiste a través de la historia humana sólo varían sus intentos de solución, que diferían según el periodo, la clase y la cultura. Afirma esta revolucionaria: “Sólo después de haberse asimilado las leyes que presiden la creación de la riqueza material y las que dirigen los sentimientos del alma podrá el proletariado estar bien armado en la lucha contra el mundo burgués” (Ibíd. 111)

            Kolontay está convencida de que armonizar la moral sexual con las necesidades vitales y prácticas con las exigencias de la vanguardia de la humanidad es tarea de gran importancia que requiere reflexión en todos los programas socialistas. Consigna esencial de la clase trabajadora debe ser, establecer relaciones sexuales sanas que hagan más feliz a la humanidad. Es imperdonable que el vital problema sexual se relegue hipócritamente a cuestiones puramente privadas.

            Analiza la crisis sexual que vive el capitalismo y encuentra que ésta atraviesa todas las clases, se pregunta ¿por qué se niega atención a este problema de la colectividad? Las relaciones entre los sexos aparecen como factor esencial de la lucha social. Tres factores son los que fundamentalmente deforman nuestra psicología y están en la base de la crisis sexual: 1) Un egocentrismo extremo 2)  La idea del derecho de propiedad 3) El concepto de desigualdad entre los sexos. Solo una reconstrucción total de nuestra psicología permitirá superar esta crisis.

A. G. Vigo: <em>Madre guerrillera </em>(2007). Grabado xilográfico
A. G. Vigo: Madre guerrillera (2007). Grabado xilográfico. Fuente: http://www.unl.edu.ar/mac/obra.php?id_obra=548

            El concepto de posesión de una personalidad por otra, la idea de subordinación y de desigualdad entre los miembros de una clase, son conceptos contrarios al principio esencial de camaradería. Ha llegado el momento, dice Kolontay, de reconocer abiertamente que el amor no es solamente un poderoso factor de la naturaleza, una fuerza biológica, sino también un factor social. En su misma esencia el amor es un sentimiento de carácter profundamente social. En sus diferentes formas, ha constituido una parte inseparable de la cultura intelectual de cada época. El amor no es solo un sentimiento privado, sino supone un principio de unión de gran valor para la colectividad. Pero este amor-camaradería solo se da entre iguales, se funda en el reconocimiento de derechos recíprocos, en el respeto a la personalidad del otro, en el firme apoyo mutuo y en la comunidad de aspiraciones colectivas.

            En Mujeres en la alborada descubrimos diversas formas de amor, el de madre, el de camarada, amor al compañero. “Nos conocimos en la montaña de la región Ixil, nos encontramos en breves y esporádicas tareas. Desde el primer día nos comunicamos como si nos hubiéramos conocido siempre. “De él me atrajeron su modo de ser modesto, franco, tranquilo, la suavidad de su trato, su sentido del humor… su rectitud y generosidad…Me gustaron su cuello grueso, sus manos fuertes, callosas que indistintamente escribían versos, se abrían paso a filo de machete o hacían una caricia tímida… Me conmovieron el niño observador, navegante, explorador que llevaba dentro, su inmensa necesidad de amor… Me sorprendió la importancia que dio a mi presencia en su vida, los poemas que me escribió... su delicada forma de expresar ternura, amor, respeto. Por eso lo fue queriendo. Opuso razonamientos lógicos, pero dice: Los sentimientos y la atracción tuvieron su propia dinámica y atendieron a las leyes de la razón, ni los esfuerzos de la voluntad. Para mi felicidad, aquellos se impusieron a éstas y el amor inundó mi vida. (215, ss)

            De esta manera sintetizo el retrato físico, emocional e intelectual que Yolanda Colom pinta de quien llevara el seudónimo de Benedicto. En un ejercicio de intertextualidad, sospechamos que es a la autora a quien describe de esta manera el autor de Los Días de la selva: Aquel fue también el tiempo en que a cierto guerrillero viejo se le habría de llenar el pecho de canarios, al conocer a una de las compañeras que llegaron de la ciudad, cargando el pizarrón y los modelos de las letras con que enseñaban a leer y escribir a los jóvenes analfabetos que tomaban las armas. (82)

            Mucho podríamos agregar en un análisis más amplio que la obra completa de Colom amerita. Aquí dimos relevancia a su testimonio Mujeres en la alborada. Quisimos destacar particularmente, la mirada de una mujer quien arriesgando su predestinado  camino de familia acomodada opta por integrarse a la lucha armada en cumplimiento de un compromiso que fue determinado por el drama social de su pueblo, el guatemalteco. Igualmente su mirada busca a otras mujeres, inmersas en la dolorosa situación de subordinación, pero en pie de lucha por la vida y por un mundo diferente. La presencia de las mujeres en los procesos revolucionarios se empieza a hacer visible, es una tarea pendiente que enriquecerá la historia conocida. El valor de estos textos que plasman la memoria desde las mujeres, radica, como señala Oberti, en que constituyen “antimonumentos”. No porque reivindiquen el lado de las sombras, sino porque habilitan a pensar nuevos vínculos entre lo público y lo privado, lo personal y lo político, por medio de un movimiento que inscribe lo general  en lo singular, lo político en lo privado. No se busca arrancar del olvido a las mujeres que participaron en estas experiencias para colocarlas en un panteón junto a los héroes, sino que se busca recuperar los gestos más sutiles, aquellos más difícilmente representables.

            El francés Charle Fourier uno de los grandes precursores de los ideales socialistas escribió: En toda sociedad el grado de emancipación femenina constituye la medida natural de la emancipación general. Este pensamiento se aplica plenamente a la sociedad actual en el proyecto en el que la liberación del ser humano es la meta. No se liberarán aisladas las mujeres, es al lado de los compañeros que compartan la urgencia de transformar este mundo hundido en un caos y que ha perdido el rostro de habitáculo humano. Un ejemplo de lo inédito posible, es la construcción de los caracoles zapatistas y de sus mujeres indias que pueden multiplicarse.

            El cambio de las mujeres a nivel global es uno de los fenómenos que signan nuestro tiempo, el desarrollo de su conciencia y participación social creciente, abona el cambio, que requiere constancia y decisión. Terminamos con las palabras de Mario Payeras, cuando se refiere a una pequeña planta de tabaco de la que esperaba ya encontrar hojas para disfrutarlas. “Estamos seguros de que con los soles de marzo aquella planta creció espléndida y más temprano que tarde dio sus hojas a aquel labriego habituado a medir el tiempo en estaciones. Con mayor razón debíamos aprender a esperar nosotros, sembradores del lento árbol de la felicidad, de la utopía” (1980: 35).

 

Bibliografía

Alizade, Alcira. (1998). La mujer sola. Buenos Aires: Lumen.

Bourdieu, Pierre, (2000). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.

Colom, Yolanda. (2007) Mujeres en la alborada. Guerrilla y participación femenina en Guatemala 1973-1978. 3ª ed. Guatemala: Ediciones del Pensamiento.

De Beauvoir, Simone. (1992). El Segundo sexo, México: Alianza Editorial, Vol.1.

Gendoizer, Irene. (1977). Franz Fanon, México: Serie Popular Era.

Guevara, Ernesto Che. (1985). La guerra de guerrillas. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.

Javier, Gurriarán. (1989) La resistencia en Guatemala. México: Nuestro Tiempo.

Kolontay, Alejandra (1972). La mujer nueva y la moral sexual, México: Juan Pablos Editor.

Lovera, Sara y Nellys Palomo (Coord.) (1997). Las Alzadas. México: Comunicación e Información de la Mujer-Convergencia socialista.

Marcos, Sylvia y Marguerite Waller (Editoras) (2008). Diálogo y diferencia. Restos feministas a la globalización. México: UNAM-CEIICH.

Núñez, Orlando y Roger Burbach. (1988). Democracia y revolución en las Américas. México: Nuestro Tiempo.

Oberti, Alejandra y Roberto Pittaluga. (2004/2005) “Temas para una agenda de debate en torno al pasado reciente” en Políticas de la memoria. Buenos Aires, Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina, Cedinci, Verano 2004/2005. No. 5.

_____, 2006). Memorias en montaje. Escrituras de la militancia y pensamientos sobre la historia. Buenos Aires: Ediciones El cielo por asalto.

Payeras, Mario. (1980) Los días de la selva. Relatos sobre la implantación de las guerrillas populares en el norte del Quiché, 1972-1976. La Habana, Casa de las Américas.

 



Notas:

1 Licenciada en Letras Clásicas por la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Especialista en Estudios de Género. En el Programa Interdisciplinario de Estudios de Género PIEM del Colegio de México. Doctora en Ciencias Sociales. Área Mujer y relaciones de género.  UAM Xochimilco. Autora de diversos artículos especialmente sobre mujeres escritoras, publicados en revistas universitarias.

2 Manejamos la siguiente edición de la obra. A ésta corresponden los números de página señalados a lo largo del trabajo. Colom, Yolanda (2007). Mujeres en la alborada, Guatemala: Ediciones del pensamiento.

3 Vid  Sylvia Marcos. “Las fronteras interiores: El movimiento de mujeres indígenas y el feminismo en México” en Diálogo y diferencia. Retos feministas de la globalización. México, UNAM-CEIICH, 2008. Pp. 179-234. Vid “Las zapatistas” y “Nace una nueva estrella. Las indígenas se organizan” en Las Alzadas, Ob. cit. pp. 17-44 y 345-389.

 

Cómo citar este artículo:

ÁLVAREZ CASAS, Concepción , (2013) “Yolanda Colom: la revolución y la vida desde la otra mirada”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 14, enero-marzo, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Viernes, 7 de Octubre de 2022.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=619&catid=13

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