Pacarina del Sur
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El viaje de Benedicto XVI a México: sentido y propósito

La modernidad le imprimió nuevos significados a los viajes y por ende, al pensamiento y al quehacer de los viajeros. El viaje de un papa a América Latina, desde la primera visita de Pablo VI a Bogotá en 1968, se comenzaron a hacer más frecuentes bajo el liderazgo de Juan Pablo II, privilegiando a México como principal lugar de destino. La reciente visita de Benedicto XVI a Guanajuato, ratifica que para el Vaticano, México es un lugar estratégico, pues representa la frontera católica en el continente, así como por contar con el más importante santuario que contribuye de manera generosa con las arcas del Vaticano. El dilema de Benedicto es que arrastra su gestión las cargas pesadas de las revelaciones que han agravado la imagen pública de la iglesia católica. Sin embargo, debemos remitir el papel del pontificado vaticano en un arco histórico mayor que abarca al occidente cristiano y su periferia con la finalidad de mostrar una línea de continuidad, sin olvidarnos de los particularismos del presente.

Palabras clave: modernidad, catolicismo, Vaticano, viaje, México

 

En el Occidente Cristiano, los cambios más profundos en las relaciones modernas de religión y sociedad, iglesias y estados,  se comenzaron a configurar  con la aparición de los primeros esbozos de la teoría y práctica de la laicidad. Algunos de los hitos que marcaron este proceso, vienen de lejos aunque, con frecuencia, no han sido tenidos suficientemente en cuenta por la laicidad moderna. Por sociedad laica entendemos, lisa y llanamente, aquella convivencia humana en la que todos los individuos, grupos y poderes  están incluidos e igualmente considerados sin que interfieran las diferencias religiosas ni para definir derechos ni para condicionar o limitar su ejercicio.

El camino de este proceso viene de lejos. Dado que nuestra hipótesis  central en este punto, sostiene que la mayor parte de la dificultades e inadecuaciones que la Iglesia Católica padece en sus relaciones con la cultura moderna, se derivan de su resistencia (y para muchos eclesiásticos incapacidad de comprensión) ante el fenómeno de la laicidad, es indispensable que tengamos en cuenta la ruta y los principales hitos por los que se llegó a la laicidad como atmósfera cultural y modelo político en los que, a su pesar, la iglesias se vieron envueltas. Sin tener esto en cuenta, no es posible llegar al meollo del sentido y propósito de la nueva práctica  de viajes pastorales fuera de Europa de los tres últimos papas en su afán de cristianizar el mundo y, de paso, consolidar su poder e influencia.

 

Un largo camino

Desde los primeros siglos  de la historia del cristianismo, las relaciones Iglesia-Estado y sus correspondientes tensiones, tomaron dos rumbos diferentes.  El cesaropapismo, practicado por los primeros emperadores romanos convertidos al cristianismo, se manifestó en la intromisión de las autoridades políticas cristianas en el gobierno y decisiones que correspondían al aparato eclesiástico (incluso en la proclamación de algunos de los primeros dogmas y declaraciones de herejías).  Por ejemplo los emperadores Constantino y Teodosio (s. IV), aunque su práctica fue seguida por muchos monarcas cristianos durante la edad media.  Siglos más tarde, en plena edad media, así resumía Carlomagno (742-814) su responsabilidad y poder eclesiásticos:

Lo nuestro es: según el auxilio de la divina piedad, defender por fuerza con las armas y en todas partes la Santa Iglesia de Cristo de los ataques de los paganos y de la devastación de los infieles, y fortificarla dentro con el conocimiento de la fe católica. Lo vuestro es, santísimo padre: elevados los brazos a Dios como Moisés, ayudar a nuestro ejército, hasta que gracias a vuestra intercesión el pueblo cristiano alcance la victoria sobre los enemigos del santo nombre de Dios, y el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en todo el mundo.[1]

Otra modalidad de cesaropapismo fue el Patronato concedido a las potencias coloniales de España y Portugal, entre otras, hasta el siglo XIX. No solo intervenían en el nombramiento de obispos sino que ni siquiera éstos podían dirigirse epistolarmente al papa sin antes pasar por los funcionarios reales.

De otro lado, como contraparte, también se dieron periodos de lo que podría llamarse teocracia pontificia, durante los cuales los monarcas no solo estaban sometidos a los criterios teológicos y canónicos, sino que podían perder su corona en caso de ser excomulgados.  El juramento de fidelidad feudal quedaba suspendido si el rey era excomulgado y, por tanto, el monarca se quedaba sin súbditos y sin corona. Casos notorios de  reyes excomulgados fueron Enrique IV de la dinastía de los otones en Alemania, Felipe IV (el Hermoso) de Francia, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (aunque el papa Alejandro VI de la familia de los  Borgia españoles, oportunamente les levantó la excomunión que les había impuesto el papa Paulo II). Y para que no quedase ningún género de duda de su nueva condición recuperada, el mismo Alejandro VI otorgó a los dos monarcas el título de “católicos” con que los Reyes Católicos no solo conquistaron Granada sino que pasaron a la historia.[2]

 

El desafío  de la laicidad

Comúnmente se acepta, entre los especialistas, que los tres niveles de significación y aplicación de la laicidad en los tiempos modernos son: A) Autonomía recíproca de los estados y los poderes eclesiásticos al definirse la separación entre los campos civil y religioso; B) La autonomía de la persona respecto al poder público del Estado, delimitando el ámbito privado y público;  C) El reconocimiento y salvaguarda de la libertad de  conciencia de todos los ciudadanos.[3]

Para entender las dificultades reales que la Iglesia Católica tuvo que enfrentar en sus relaciones con las sociedades y estados modernos, baste señalar  que ninguno de esos tres niveles del nuevo pacto social que empieza a configurarse con la Ilustración y la revolución francesa, podía ser aceptado de buen grado por los jerarcas, teólogos y juristas eclesiásticos desde los criterios que se desprendían de su teología. Dejando de lado algunas mentes particularmente lúcidas y audaces, se puede decir que la Iglesia Católica llega a la modernidad y a la convivencia con los estados laicos, a regañadientes y en tanto cuanto no tiene otra salida.  El asunto no es cosa del pasado. Sostenemos que la mayoría de las dificultades que todavía tiene la Iglesia Católica frente a la laicidad en sus diversas manifestaciones, se debe a que una buena parte de sus jerarcas (particularmente los promovidos desde el papa Juan Pablo II) siguen profundamente convencidos de  que, también en lo secular, hasta donde se pueda, la Iglesia debe predominar sobre el Estado y Dios debe ser servido antes que los hombres.

Imposible olvidar lo anterior a la hora de reflexionar sobre el sentido y propósito de las visitas pastorales de los dos últimos papas por el amplio mundo.

Partimos de la hipótesis   de que la cultura laica no se tejió únicamente desde la instauración de los estados modernos no confesionales, sino desde que las diversas prácticas de convivencia social que, a lo largo de la historia,  pudieron poner de manifiesto la posibilidad de la inclusión de lo humano y lo ciudadano, independientemente y por encima de las diferencias religiosas. Si se acepta lo anterior, es evidente que, en la ruta hacia la laicidad occidental, los sabios y los mercaderes (y, en cierto modo, la sociedad) se adelantaron a los políticos modernos por unos cuanto siglos. Comprendemos que esta perspectiva, cercana a la historia social, rebaja la importancia de los protagonistas de siempre (papas, reyes y caudillos) y revaloriza los colectivos sociales;  ese pequeño giro puede resultar saludable en la manera de ver las cosas.[4]

 

Monoteísmos medievales  y laicidad temprana

Por paradójico que parezca, la convivencia de los tres monoteísmos en la Europa medieval  (y muy especialmente en España) dejó indicios de incipiente convivencia laica y espacios en que las relaciones y los intercambios sociales de adeptos de las tres religiones se situaban por encima de su confesionalidad específica. Obviamente no nos referimos ni a sociedades ni a gobiernos laicos, sino a segmentos de la población que, no obstante su diferenciación religiosa y étnica, supieron construir relaciones sobre principios independientes de sus respectivos credos.  Los mercaderes, banqueros y sabios fueron los principales de estos segmentos.

Fue en la España visigoda del siglo VII en donde por primera vez los judíos  fueron perseguidos por gobiernos  confesionalmente cristianos.

No se puede olvidar que la  Gran Rebelión contra Roma  protagonizada por los judíos en el año 70 d. C. y aplastada brutalmente por los generales Vespasiano y Tito[5] marcó la  historia judía de los dos últimos milenios. El levantamiento tuvo motivaciones religiosas y sociales. La ayuda esperada de las comunidades judías helenizadas y bien asentadas en las rutas comerciales de las principales ciudades del Mediterráneo, nunca llegó.  Incluso un dirigente de los primeros días del movimiento subversivo se pasó al lado romano: Flavio Josefo.[6] Entonces, después de las matanzas, la destrucción de Jerusalén con sus murallas y la demolición del Templo, se produjo la gran diáspora de los judíos en el mundo conocido. El mesianismo monoteísta  judío fue aplastado por el pragmatismo férreo del politeísmo romano. Desde la diáspora que se produjo como consecuencia de estos hechos, fue en el Sepharad (tal como llamaron a Hispania los judíos) donde se asentó la comunidad judía mayor y más pujante.[7] Con la invasión del Imperio por parte de los pueblos bárbaros, fueron los visigodos los que establecieron en aquella rica provincia romana un reino cristiano.

En la España visigoda, fue el estado cristiano el factor desencadenante de la persecución mediante una práctica  cesaropapista[8] radicalmente confesional y excluyente. De esa manera los gobernantes indujeron los decretos antijudíos de varios concilios de Toledo en los que se forzaba a los judíos a elegir entre renegar de su fe y hacerse cristianos o  abandonar el reino. Los hechos se desencadenaron sobre todo a partir del III Concilio (primero de todo el reino visigodo) marcado por la conversión al cristianismo romano del rey Recaredo, en 589). Pero fue en el VII concilio de la iglesia visigoda (694), convocado por el rey Égica, cesaropapista radical, cuando, bajo el efecto de su alarma paranoica de que “los judíos conspiraban contra los reyes de todo el orbe” se recrudecieron las prácticas segregacionistas y persecutorias. Como castigo por tal supuesta perfidia el rey ordenó que no se permitiera a los judíos practicar su religión; pero, además, que fueran desposeídos de sus bienes, entregados como esclavos a los  cristianos[9] que habían sido sus propios esclavos y privados de sus hijos que serían entregados a familias cristianas para su religiosa educación. Estas convenientes medidas a favor de las arcas reales, aunque también escondían prejuicios e intereses eclesiásticos, fueron, naturalmente, ratificadas, por los obispos.

Y llegaron los musulmanes inspirados por su mística de la conquista del mundo para Alá, el Único. En su expansión en Europa, los musulmanes siguieron los caminos de sus conquistas y los judíos las rutas del comercio. De los dos pueblos, fueron sin duda los judíos quienes en la historia de la Europa cristiana llevaron la peor parte de discriminación, persecución, maltratos  y frecuentes masacres por parte de las poblaciones cristianas. Por eso nada tiene de extraño que cuando, en 711, se inicia la conquista de España por parte del ejército islámico al mando de Tarip ibn Nusair, se convirtieran en sus aliados y auxiliares, en contra de los visigodos cristianos cuyos  maltratos ya habían experimentado.  Por eso, en ese encuentro de culturas monoteístas, fueron los árabes y judíos los que experimentaron el más profundo proceso de  inculturación recíproca.

A pesar del odio y la persecución que frecuentemente  recaía sobre ellos, los judíos siempre supieron hacerse indispensables en cuestiones de administración, finanzas y préstamos, tanto bajo dominación islámica como cristiana.

Pocas conquistas han significado un impulso civilizatorio tan importante como el que provocó la invasión islámica de Hispania. Sin embargo, en este contexto de conquista y colonización tuvo lugar lo que podría llamarse la primera experiencia de laicidad pragmática practicada entre cosmovisiones diversas y profundamente sacralizadas. El fenómeno  tuvo una especial expresión durante el Califato de Córdoba, heredero del esplendor de Bagdad.

Teniendo en cuenta el trato discriminatorio que el reino cristiano visigodo dispensó a los judíos, nada tiene de extraño que éstos se aliasen con los invasores islámicos, colaborando activamente con ellos tanto en tareas de gobierno y policía  como  militares.[10]

Con el impulso de gobernantes ocasionales, sabios y comerciantes fueron los impulsores de ese nuevo pacto de convivencia social, no obstante sus frecuentes resquebrajamientos a lo largo del tiempo. El califa Abderrahmán III tuvo en la figura del judío Hasday Ibn Shaprut a su mejor ministro y médico;  otros judíos se convirtieran en los visires más poderosos de Granada.

Los ejemplos de la convivencia entre judíos y musulmanes en Al-Andalus/Sefarad abruman por su número y hablan a las claras de que judíos y musulmanes eran parte activa e integrada de una sociedad pluralista, mestiza y próspera. A su vez, ambos grupos proporcionaban a la sociedad cristiana médicos y sabios de los cuales se servía la España de la Reconquista.

En aquella época, sabios, eruditos, poetas y literatos judíos escribieron en árabe la mayoría de sus obras. También adaptaron al hebreo los modelos literarios árabes, muy especialmente en Al-Ándalus, dando origen a  una espléndida cultura judeomusulmana.

En 863, el emir cordobés Muhammad I  convocó un congreso para la unión y fraternidad de judíos, cristianos y musulmanes. Felipe Torroba Bernaldo de Quirós nos confirma este dato poco  conocido pero digno de crédito:

“... tras la ruina del estado visigodo, los israelitas irrumpen nuevamente en España de la mano de los musulmanes. Comenzó entonces la época dorada de los judíos españoles... Se instalaron por doquier y prosperaron por todas partes. Encontraron un ambiente de tolerancia -característica de los árabes en sus conquistas-... A la sombra de la Media Luna, los israelitas lograron el poderío, el saber, y las riquezas, que convergían en sus manos... Los hebreos, aparentemente identificados con los vencedores árabes, ven llegado el momento del renacer de su raza, en adoptar sus costumbres y su lenguaje. Los omnipotentes califas de Córdoba presenciaron el apogeo de una cultura -complementaria de la suya- que irradiará un resplandor cegador frente a las incipientes civilizaciones europeas'.[11]

Lo siglos VII-XI fueron, sin duda la época de mayor auge social, económico y cultural de las comunidades judías en Sepharad[12] y también la de más fecunda integración entre las más destacadas inteligencias del Islam y el Judaísmo, por encima de sus respectivas confesiones religiosas.

El siglo XII, a la vez que conoce la más compacta organización de lo que se ha llamado la universitas judeorum y su máximo poder económico (llegando a ser  frecuentemente los reyes cristianos y los papas sus principales deudores),  se incrementan la hostilidad de la cristiandad y las persecuciones sangrientas.  Hasta los concilios universales tienen que ver con el asunto: El III Concilio de Letrán (1179) prohibió a los judíos tener siervos cristianos y a éstos vivir entre judíos; el IV Concilio (1215) prohibió que los judíos (desde muchos puntos de vista socialmente indispensables) desempeñaran cargos públicos.[13] Fueron famosas las primeras dos grandes expulsiones de comunidades judías en Europa: la de Inglaterra (1290) y la de Francia (1306) realizada por Felipe el Hermoso, durante el gobierno más laico de toda la Edad Media. Sin embargo, cada golpe a las comunidades judías, a corto plazo, era un golpe a la economía y al comercio del reino cristiano por la escasez de circulante y mercancías que provocaban tales medidas; lo experimentó Inglaterra y también Francia en la misma  coyuntura en que Felipe el Hermoso sea por codicia o por   el agobio de sus deudas, con la complicidad del Papa francés Clemente V, suprimió a los Templarios mediando un proceso vergonzoso, la tortura sistemática y un concilio.  La supresión de los templarios y la expropiación de sus cuantiosos bienes a favor de la monarquía, ocurrieron entre 1305-1312, es decir sospechosamente cerca de la expulsión de los judíos franceses (1306) y las consiguientes consecuencias económicas que hemos mencionado.

Pero, a pesar de las paradojas y las contradicciones, cuando la paz incluyente se imponía, aunque fuese por cortos periodos, por encima del pluralismo religioso, el dinero de los banqueros judíos revitalizaba los burgos, las rutas comerciales y el bienestar general. En esos mismos tiempos de paz que sucedían a las persecuciones y hostilidades, las alianzas, cooperaciones y aseguramientos entre comerciantes y banqueros judíos  con  sus congéneres islámicos y cristianos  de Lombardía, Provenza, las grandes rutas fluviales de Europa central, Florencia y Génova se establecían sobre principios económicos y muy por encima de las divergencias de credos (laicidad pragmática). Si algo no puede ponerse en duda es que, de mil maneras y por muchos conceptos,  las juderías eran los contribuyentes colectivos más importantes de los monarcas cristianos razón por la cual en la mayoría de los casos eran propiedad directa del rey  quien, salvo en las peores crisis, los tenía bajo su directa protección e inmediato interés.[14]

En España, Alfonso X el Sabio constituye el eje de una coyuntura  de especial convivencia de fecundidad laica entre los tres monoteísmos, teniendo en cuenta que entendemos por laicidad el ejercicio de un gobierno y establecimiento de un pacto social por encima y en respeto e independencia de la diversidad confesional. En este caso, los protagonistas de esta incipiente plataforma de laicidad pragmática fueron los sabios de los tres credos.

Cristianos, judíos y musulmanes convivieron en Toledo en los siglos XIII y XIV, llegando a configurar un espacio cultural sin parangón. La Toledo medieval era una ciudad pujante y muy poblada -unos treinta mil habitantes-, donde convivían tres formas de organización social, religiosa y económica muy dispares: la hebrea, la musulmana y la cristiana... Alfonso VII, primero, y Fernando III, después, intuyeron la capital importancia de una convivencia pacífica y, salvo ocasiones -como el enfrentamiento, en 1226, entre musulmanes y cristianos a causa de la construcción de la gran catedral gótica sobre la antigua mezquita-, las tres culturas fueron desarrollándose paralelamente en un régimen de armonía e igualdad de privilegios no exento de altibajos. Muy significativo resulta, en este sentido, el hecho de que Fernando III ordenara escribir su epitafio en lengua árabe, hebrea y castellana. Alfonso X siguió , a la muerte de su padre, la misma política, impulsando  la Escuela de Traductores de Toledo que, si bien existía desde 1124, conoció precisamente durante su reinado sus años de máximo esplendor.

Por la escuela de Traductores de Toledo llegarían a pasar los más ilustres intelectuales árabes, judíos y cristianos del momento. Nombres como Gundisalvo, Juan de Sevilla, Álvaro de Oviedo, Marcos de Toledo o Pedro Gallego, trabajaron con el italiano Gerardo de Cremona, el escocés Scott, o el inglés Alejandro de Bath. Allí sería traducido el corpus aristotélico entero, así como tratados de Euclides, Tolomeo, Arquímedes, Hipócrates o Galeno, además de obras de autores como Isaac Israelí, Alfarabí, Algacel, Averroes y Avicena. Así mismo, se contribuiría a establecer las normas del habla castellana como lengua literaria.[15]

Diversos factores, desde extravíos y accidentes hasta la destrucción sistemática de los inquisidores, hicieron desaparecer para siempre numerosas joyas de la ciencia, la literatura y la filosofía de la España árabe. Pero gracias a las traducciones al hebreo y al latín, algunas obras de científicos y pensadores musulmanes andalusíes como Abulcasis (936-1013), Azarquiel (1029-1087) y Averroes (1126-1198) pudieron llegar hasta nosotros.

333     Por consiguiente, queda asentado algo que no siempre  se ha profundizado. Mucho antes que la política, fueron los mercaderes y los sabios quienes   pusieron las bases de la práctica de una convivencia laica de las diferentes creencias y filosofías. Los banqueros y los mercaderes medievales comprendieron pronto que no era negocio detenerse ante las barreras religiosas. Para la mayoría de ellos parece que lo importante no eran los principios explicativos e ideológicos en los que descansaba el ser de la sociedad sino los principios prácticos en los que  se basaba su operar y su funcionamiento. Ninguna sociedad como la española de los siglos VIII-XV constituye un ejemplo tan claro y generalizado de esta práctica  económica de la laicidad supra-religiosa ejercida entre creyentes de los tres grandes monoteísmos (judaísmo, cristianismo e Islam). Con sus limitaciones de tiempo, espacio y forma, sin duda es éste el primer ejemplo de una cultura de laicidad incluyente que permitía la articulación  de la sociedad plural en uno de sus campos vitales.

Los sabios por un lado y los mercaderes y banqueros por otro; pero también los agiotistas de los tres credos vivían una interacción similar en la vida cotidiana. En ambos campos, ejes articuladores de la sociedad de entonces, las relaciones económicas y culturales podían fluir, en tiempos de paz y cuando no eran necesarios los chivos expiatorios, sin interferencias mayores de los credos, en un statu quo de laicidad pragmática. A pesar de las grandes discusiones teológicas y morales que sobre la usura[16] y el crédito se sostenían en las universidades de la cristiandad, el dinero proveniente de préstamos con interés de judíos y musulmanes, era bueno para salir de apuros los cristianos desde los palacios y catedrales hasta las villas. Los judíos supieron arreglárselas para ser los principales contribuyentes y los más fuertes acreedores junto con los cristianos de Florencia, Génova y Lombardía, sin que ninguno de los tres  únicos dioses levantase la voz. Mientras los universitarios cristianos discutían sobre la licitud moral del préstamo a interés,  resistiéndose a aceptar  que el dinero por sí mismo generase dinero lícito, los comerciantes cristianos depositaban productivamente su dinero en las casas de los judíos y los musulmanes para que, en el peor de los casos, fuesen ellos los que se manchasen las manos.[17]

Simplemente como uno de tantos ejemplos de esta dinámica  en la vida cotidiana,  constatamos que  a los prestamistas judíos del Reino de Navarra, en el siglo XV, les debían dinero el rey (siempre endeudado a causa de las guerras), la reina, las infantas  y los sirvientes de la corte.  Por cierto, también los principales clérigos del reino, independientemente de suposición teológica sobre la usura y los intereses,  tenían deudas contraídas con prominentes judíos de Tafalla y Tudela, como, por ejemplo,  el canónigo  y Vicario Mayor de la iglesia de Santa María de Tudela tenía una deuda con una judía llamada Oro y también se menciona un préstamo a  musulmanes del mismo pueblo.[18]

Esta era la cotidianidad de la convivencia  laica que –con ocasionales altibajos y sobresaltos– fieles de los tres credos practicaron desde la conquista islámica hasta la víspera del reinado de los Reyes Católicos. Es difícil lograr un balance medianamente preciso de todo el aporte de aquella fértil interacción (en la que poco interferían las divergencias religiosas) a lo que fue la Europa posterior.  Para lo que se nos hace difícil expresar en el lenguaje plano de la historia o las ciencias sociales, es útil atreverse a saltar a  la metáfora y la poética. Jacques Pirenne, comparando como expresaron el ethos coyuntural el románico y el gótico, constata que el primero refleja más bien una cultura conformista convencida de haber logrado ya su forma definitiva.

El arte gótico, por el contrario, se lanza a la conquista de un porvenir cuyos horizontes se abren a posibilidades infinitas. La ojiva, tomada del Islam, permite los altos vuelos hacia el ideal, y las grandes vidrieras decoradas, deslumbrantes en la gloria de la plena luz, son como una visión paradisíaca en un mundo que se siente caminar hacia el progreso material y moral.[19]

Ese carácter emblemático que Pirenne reconoce en la contribución arquitectónica de la ojiva islámica, incorporada a la majestuosidad de todas las catedrales góticas, podría  tomarse también como marca de esos espacios de laicidad pragmática supraconfesional que los protagonistas supieron encontrar en los intersticios de sus credos.

Sin lugar a dudas, el conflicto   más patente y rudo en torno a la laicidad en la Edad Media, fue el sostenido entre el papa Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey  Felipe El Hermoso de Francia. Este monarca (1268-1314), un  anticipo fidedigno (y quizás inspirador) de El Príncipe de Maquiavelo (1469-1527), obra que, si bien pretendía ser paradigma de la separación de política y moral  (según su modelo César Borgia), dentro de esa misma lógica,  bien puede ser considerada  como el primer diseño de estado laico articulado por políticos profesionales que, por principio, solo se regían por razones de estado como criterio absoluto.[20] La fría racionalidad política de Felipe el Hermoso, estrechamente ligada a su codicia, sin constitución y sin poderes que le pudieran hacer de contrapeso, fue parte primordial en todos sus conflictos con la iglesia, encaminados a someterla a los intereses del Estado. En ese campo se enfrentó con el papa Bonifacio VIII), celoso defensor de los tradicionales derechos y cuantiosos bienes de la iglesia. Como no podía ser de otro modo, el rey ganó todos los litigios planteados en torno a los conflictos entre los señores eclesiásticos y funcionarios reales sobre el dominio de bienes y personas. En el fragor de la contienda, el papa quiso hacer valer la tradicional plena potestad del pontífice sobre los reyes bajo la cual muchos monarcas habían aceptado gobernar en los siglos anteriores. Pasó a la acción con su bula o decreto Clericis Laicos (24-II-1296) en la que prohibió a los soberanos cualquier imposición fiscal sobre el clero sin autorización pontificia, bajo pena de excomunión. Fue demasiado lejos y sus angustias económicas le obligaron a ceder en sus pretensiones frente al monarca laico. Después de  perder la primera batalla en el campo tributario, tuvo que enfrentar otra de carácter político. Un obispo fue acusado de traición por los oficiales reales.[21] El hecho atentaba contra  los privilegios eclesiásticos vigentes,  según los cuales  únicamente el Papa podía juzgar a un obispo. El fondo de la cuestión no era, únicamente,  el pulso entre la autoridad del obispo y la del señor del lugar, el Conde de Foix, sino la determinación de Felipe El Hermoso de dejar en claro que la jurisdicción real alcanzaba a todos los súbditos en cuanto tales, independientemente de su condición de clérigos. En el estilo más puro de la inquisición, el célebre legista real Guillermo de Nogaret se encargó de que lo que en principio era  una acusación de traición al Estado, se convirtiera también, por decisión real, en herejía contra la doctrina eclesiástica.

"Este texto es de una gran importancia histórica. Es en efecto el primero donde se manifiesta la transformación religiosa del poder real. (...) Nogaret declaraba en nombre de Felipe el Hermoso y dirigiéndose a Bonifacio VIII un principio inédito y lleno de consecuencias: Lo que es cometido contra Dios, contra la fe o contra la Iglesia romana, el rey lo considera cometido contra él (...) El reino se convierte en un cuerpo místico cuya cabeza, es decir el rey, esta investida de todos los poderes para preservar la unidad de la fe".[22]


Es aquí que, en el avance hacia una primera laicidad política, el gobierno de Felipe el Hermoso, en un golpe de paso de tuerca y de absolutismo radical, se convierte en sacralización del poder político y el rey en pontífice.

El conflicto entre cesaropapismo y teocracia se agudiza. Y Bonifiacio VIII emite la bula Unam Sanctam (18-XI-1302) en la que, no solo se excomulga al rey francés, sino  que  contiene la máxima expresión de las pretensiones de poder y dominio pontificio absoluto sobre el poder político, proclamando, ni más ni menos, que el gobierno supremo del mundo debía ser confiado a un solo poder  y afirmaba las pretensiones del papado de ser el único principio de la autoridad dimanante de Dios: el rey tenía que consultarla y obedecerla y solo tenía un poder ejecutivo. La bula acababa con una rigurosa definición, según la cual la sumisión al soberano pontífice ¡era necesaria para la salvación de todas las criaturas![23] Textualmente, proclamaba el papa:

«...existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la Iglesia. El uno está en la mano del Papa y el otro en la mano de los reyes; pero los reyes no pueden hacer uso de él más que por la Iglesia, según la orden y con el permiso del Papa. Si el poder temporal se tuerce, debe ser enderezado por el poder espiritual (...) Así pues, declaramos, decimos, decidimos y pronunciamos que es de absoluta necesidad para salvarse, que toda criatura humana esté sometida al pontífice romano».[24]

En el límite, de lo que podría llamarse demencia política, Felipe IV,  en 1302, acusa de herejía al papa ante la reunión de los representantes del clero y la nobleza, lo que constituye el nacimiento de los Estados Generales de Francia, y además convoca un concilio general para juzgarlo.

El final de este camino se convierte una caída en vertical. Con todo el poder político y religioso en sus manos, el proceso contra los Templarios (1307), independientemente de sus abusos y desmanes comprobables, se convierte en una mascarada de crueldad y farsa jurídica.

El estado se había  apropiado de la Iglesia. Los ministros reales buscan a Bolifacio VIII en Anagni, donde se había refugiado, y Sciarra Colonna, ante la resistencia del papa a renunciar a sus principios, le descarga una bofetada con su manopla de hierro derribándolo de su trono. Del conocido como atentado de Anagni  (1302), ya no se repuso. Murió ese mismo año.

Muerto Bonifacio VIII, el dominio de Felipe el Hermoso sobre la Iglesia fue total. Tal como se ha señalado, ya no se puede hablar de laicidad sino de teocracia a la inversa, encarnada en un monarca que ejerce de suprema autoridad, por encima de los papas que el mismo hace elegir. Clemente V fue instalado por Felipe el Hermoso en Avignon al sur de Francia, con lo que el dominio francés sobre la Iglesia quedó plasmado en el traslado de la sede pontificia de Roma a Avignon (Francia) en 1309.

Después de este periodo trágico para la institución eclesiástica, durante el cual el rey fue más pontífice que el mismo papa, la secuencia de la ruta de la laicidad hay que retomarla con otro gran monarca francés: Luis XIV, el Rey Sol. Después de la fragmentación religiosa de Europa que siguió a la Reforma Protestante iniciada por Martín Lutero (1483-1546), la unidad sociociocultural y política que había venido funcionando por siglos basada en la unidad religiosa, se hizo imposible. Las guerras religiosas que en Francia enfrentaron a católicos y protestantes, mostraron que era indispensable otra plataforma de integración. En aquella coyuntura:

“.... se rompe la alianza institucional entre el lenguaje cristiano que expresa la tradición de una verdad revelada y las prácticas propias de cierto orden del mundo. La vida social y la investigación científica se alejan poco a poco de los feudos religiosos. Las afiliaciones a distintas iglesias, al oponerse, se relativizan y se convierten en determinaciones contingentes, locales, parciales. Se vuelve necesario y posible encontrar una legalidad de otro tipo. Una nueva axiomática del pensamiento y de la acción se instala en un principio como una tercera posición entre las dos iglesias contrarias (católica y protestante). Progresivamente, esta nueva posición va definiendo el terreno que se descubre debajo de la fragmentación de las creencias”.[25]

En esa Francia fragmentada de Luis XIV, el rey y su gobierno tenían que situarse por encima de los diversos credos y gobernar, incluyentemente a todos los ciudadanos, desde los principios políticos y la razón de estado. Dadas las circunstancias, el pacto de laicidad es, según esto, la plataforma mínima indispensable para una sociedad democrática e incluyente. Sin embargo, no basta una constitución laica para que todos los grupos y personas sean social, económica y jurídicamente incluidos en la práctica. Quien lo dude, puede preguntárselo hoy  a los desempleados y a los que los bancos, en estos mismos días del 2012,  les arrebatan sus viviendas en la  laica Europa del euro. Y, por cierto, también podemos preguntárselo a los más de 50 millones de pobres del  México Laico de los últimos 200 años. Algo falló en aquel embrión supuestamente integrador e incluyente del que nació la laicidad!

El Rey Sol alcanzó, en su ocaso,  hasta el siglo XVIII, el siglo de la Enciclopedia y la Revolución Francesa. La revolución cultural que se derivó de tales acontecimientos, marcó el tránsito a los estados modernos y a los nuevos pactos sociales. Nada volvería a ser igual después que, otro gran contemporáneo,  Enmanuel Kant (1724-1804), dirigiéndose al hombre moderno, lo impulsó a tener la audacia de saber y pensar por sí mismo (sapere aude”).

 

Sentido y propósito de una visita papal

La visita reciente de Benedicto XVI a México debe ser enmarcada dentro del modelo de Iglesia Católica que diseñó Juan Pablo II y pretendió reimplantar durante su pontificado: una Iglesia centralista, autoritaria, vaticana, monocultural, dogmática y tan  enclaustrada en su tradición como desconectada de la vida real de la humanidad e, incluso, de su propia feligresía.

El tema hay que tomarlo desde el Concilio Vaticano II (1963-1965) y sus antecedentes. Juan XXIII (1958-1963) aquel papa bonachón que,  habiendo sido elegido como transición hacia una figura más definitiva, cumplió lo que se esperaba (solo 5 años de papa) pero sorprendió a todos en su corto pontificado: convocó a la celebración del Concilio Vaticano II. Hacía casi cien años que la Iglesia Católica no celebraba un concilio! Tuvo tiempo y audacia suficientes como para volver de cabeza a una  Iglesia Católica que olía a viejo porque, según su propia expresión, había permanecido demasiado tiempo con las ventanas cerradas. Otra audacia singular del Papa del concilio  fue la creación, en 1963,  poco antes de su muerte, de  una Comisión Pontificia de teólogos y médicos para que estudiasen el dilema biológico y ético del control de natalidad. Cuando Juan XXIII murió, el nuevo Papa Pablo VI (1963-1978)  continuó el concilio e invitó a nuevas personas a incorporarse a la Comisión, quizás para equilibrar las tendencias. A pesar de eso, el reporte que la comisión entregó al papa   en 1966, expresaba la opinión de  que el control natal artificial no tenía por qué ser visto como un mal y que las parejas católicas deberían  poder escoger entre los distintos métodos de planificación familiar. Aparte del reporte firmado por la mayoría de los integrantes de la comisión, dos de los miembros crearon sus propios  reportes en minoría  argumentando a favor de que la iglesia debía mantener su posición tradicional sobre el tema. En 1967 dichos reportes fueron filtrados a la prensa aun cuando se suponía que solo estaban destinados a ser vistos por el papa.  El asunto no tendría mayor relevancia sino fuera porque uno de los reportes disidentes que resultó determinante era del arzobispo de Cracovia que, al poco tiempo, llegaría a ser Juan Pablo II.   El dictamen minoritario fue elevado a la categoría de doctrina oficial en la materia, por parte de Pablo VI. Hasta hoy la recalcitrante posición eclesiástica sobre el control de la natalidad propuesta al mundo, sigue siendo la del dictamen de  aquel hombre que se sintió profeta antes de ser papa. Así se hizo y, aunque es mínimo el efecto que el hecho tiene en las prácticas de la mayoría de los católicos, sigue siendo parte de la normatividad de esta iglesia centralista que el papa Juan Pablo II (1978-2005) quería para el Tercer Milenio del cristianismo.

¿Su cercanía privilegiada a Pablo VI le persuadió de que era depositario de una misión especialísima de rescate de la iglesia de las desviaciones y libertades excesivas en que había incurrido? Imposible saberlo, pero se comportó como si tal fuera.

Congruente con su vocación, desde el inicio de su pontificado, su equipo  aplicó una verdadera purga en los cuadros eclesiásticos. Los mejores teólogos fueron marginados o privados de sus cátedras siendo víctimas de procesos inquisitoriales, a la nueva usanza, en que se escudriñaban sus escritos en búsqueda de posibles desviaciones teológicas de lo que el Vaticano consideraba doctrina oficial. El peruano Gustavo Gutiérrez, el brasileño Leonardo Boff, el alemán Hans Kung y, recientemente,  el jesuita vasco José Antonio Pagola, entre muchos, son algunos de estos ejemplos más insignes de persecución interna y despilfarro de talentos. [26] Las facultades de los episcopados e iglesias nacionales que el Concilio había fortalecido en un afán de descentralización realista, fueron recentralizadas. Desde los pasillos del Vaticano se volvieron  a decidir el sentido y la orientación de los márgenes de acción de las iglesias locales mayas, otomíes, congoleñas, francesas, quechuas, libanesas, de Sicilia y del Bronx. Los centros de formación teológica en que se formaban los futuros ministros,  fueron puestos bajo la dirección de las mentalidades más conservadoras y en línea con la autoridad vaticana. Los incómodos eran removidos y los alineados promovidos. También se inició una recomposición de los cuadros de alto mando. Se fueron marginando  las mentes más lúcidas y los pastores más comprometidos con la creación de comunidades pensantes y activas. En pocos años, Juan Pablo II podía estar seguro de que, a su muerte,  el papa que le sucedería sería uno de los fieles al sistema y al proyecto meticulosamente diseñado para salvar a la Iglesia de los excesos de aquel concilio lejano. Convencido, más allá de los discursos formales y de su simpatía ante las multitudes, de que muchos de los cambios derivados del Concilio Vaticano II habían sido perjudiciales para la Iglesia,  cuando el papa Juan Pablo II inició su novedosa metodología pastoral  de las visitas por el mundo, dio comienzo una verdadera misión evangelizadora que se proponía recristianizar a los pueblos: la llamaron nueva evangelización.

Para muchos, entre los cuales me incluyo,  el proyecto administrativo y pastoral de Juan Pablo II, así como sus viajes apoteósicos para emoción de multitudes y festival de los media, llegando, en su momento, hasta su misma   beatificación por iniciativa de su sucesor, hay que valorarlos, no como acontecimientos aislados sino como partes de un proceso y un proyecto. El proyecto, a no dudarlo, es una iglesia fortalecida ante el mundo; hacia su interior, predomina la pretensión de una  institución autoritaria, disciplinada  y obediente. Es en este terreno en el que, si la autoridad eclesiástica pudiera, impediría las legislaciones en favor del aborto y el expendio de anticonceptivos; también introduciría el adoctrinamiento religioso en las escuelas. Los estados laicos le incomodan. Pareciera que su propia convicción de que es depositaria de la verdad y dispensadora de la salvación la bloquea.  ¿Cómo es posible que a la vista de las iglesias semivacías en países como España, Francia e Italia, no caigan en la cuenta sus teólogos de la inutilidad del adoctrinamiento escolar que se practicó en ellos durante décadas?

Llegado el momento, a la muerte de Juan Pablo II, la composición del episcopado mundial y, especialmente, del colegio cardenalicio que debería elegir al futuro papa, no dejaban lugar a dudas. En un rápido proceso de cónclave, salió elegido Benedicto XVI, con la obligación moral de continuar una misión heredada.

El problema, a nuestro juicio, aparece cuando se coteja la persona, (quizás venerable) con la misión de administrar una institución como la Iglesia Católica en los momentos en que le tocó. Fue un papa comprometido en reproducir y conservar el pasado (tradición) pero muy poco en entender dinámicamente el presente y diseñar el futuro del mundo y de su iglesia. Se fue de este mundo sin entender el derecho de sus católicos a rehacer canónicamente sus vidas mediante una nueva oportunidad matrimonial (divorcio y nuevo matrimonio); tampoco supo percibir que el tema del celibato de sus sacerdotes (independientemente de lo que tiene de imposición trasnochada y violenta), aunque serio,  es uno de los menores problemas por los que atraviesa la Iglesia Católica. Los hay mucho más graves. Esta iglesia pretendidamente universal, en lo más profundo de sus estructuras de decisión y en sus esquemas mentales, sigue siendo una organización de machos, viejos, célibes y blancos.

En momentos en que desde muchos lados y muchas voces se reclamaba a la Iglesia Católica la audacia de reinventarse a sí misma para servir mejor desde el interior de los grandes retos que acosan a nuestra humanidad y cuando a todas luces sería indispensable saber echar mano de lo mejor de su capital intelectual y moral, el papa que nos llegó de visita, como su antecesor y mentor  que le llevó de la mano hasta el cónclave la Capilla Sixtina  (a sus casi 80 años!), se caracteriza por amordazar a sus mejores teólogos y pensadores, y por nombrar sistemáticamente para los cargos relevantes (cardenales y obispos) a los incondicionales del modelo centralista  y asfixiante. Se trata de una iglesia atrapada en sí misma.

 

¿De qué proporción es la crisis de la Iglesia Católica?

Son dignas de mención, tratando de esta confrontación de modelos que tiene lugar en el interior de la Iglesia Católica actual,  las cartas que, recientemente,  dirigieron al papa  el jesuita egipcio Henri Boulard  (3/I/2010) y el teólogo alemán Hans Kung (15/04/2010) condiscípulo de Benedicto XVI en la universidad. Ambas cartas nos permiten entender bien la problemática profunda  de la iglesia que el papa actual carga sobre sus espaldas y sobre su responsabilidad. Pero también nos permite apreciar su cerrazón.  Con esa carga nos visitó y en nada dejó ver voluntad de enfrentar sus verdaderos problemas.

Debe notarse que  Benedicto XVI, entonces sacerdote Ratzinger, junto con Hans Kung, fueron los dos  teólogos más jóvenes que asesoraron el concilio Vaticano II. Así comienza su carta del:

“preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma”, os dirijo esta carta abierta porque “en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas”.

Acto seguido, Kung realiza un listado puntual de los desafíos y cambios urgentes que la Iglesia Católica debería estar ya realizando porque en ellos se juega su sentido y su significación en el futuro:

  • Entendimiento y acercamiento con los judíos y musulmanes;
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que estos "anhelaban" la religión de sus conquistadores europeos.
  • Se está perdiendo la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el sida, admitiendo el uso de preservativos.
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.
  • Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.
  • El Papa  parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.
  • Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un "representante de Cristo" absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual.
  • Escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación para la Fe romana ( a cargo)  del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto.

Nuestro jesuita egipcio, persona honorable por su espiritualidad y su nivel intelectual, de 78 años de edad, coincidiendo en casi todas las apreciaciones  con la carta anterior,  expresa en el inicio de su carta al papa: “Sabrá disculpar mi franqueza filial… pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia…”.

“Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que "son menos cinco" y que la situación no puede esperar más”.

He aquí sus señalamientos centrales:

  1. La práctica religiosa está en constante declive.
  2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado.
  3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio.
  4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época.
  5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética.
  6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa; tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan.
  7. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en este momento.
  8. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos hasta la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia.
  9. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad.
  10. La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis.

Es precisamente por este carácter irreversible que tienen la modernidad y la laicidad, por lo que la trinchera de resistencia a la apertura en que se ha convertido el Vaticano y la jerarquía católica, no solo son obsoletos sino institucionalmente, suicidas.  A esta cerrazón hay que atribuir las graves aberraciones en que la Iglesia Católica ha venido incurriendo.

A pesar de toda la crítica interna recogida en las páginas anteriores, probablemente  la piedra más incómoda en el zapato de Benedicto XVI en su paso por México, fue la que le heredó el buen papa Juan Pablo II: el caso  Marcial Masiel y sus secuelas.  Dejo de lado el tema de si, como lo señalaron algunos medios, la visible marginación del Cardenal de México del protagonismo de la visita, tuvo que ver con los señalamientos de complicidad con algunos casos de pederastia en su diócesis. Lo cierto es que Benedicto XVI tiene todavía cuentas pendientes (como lo señala uno de los párrafos de Hans Kung) sobre el escándalo de la pederastia en la Iglesia. Si Juan Pablo II, no obstante las muchas denuncias que se le presentaron  contra el criminal Masiel, nunca ordenó una investigación a fondo (por demás innecesaria pues los documentos probatorios ya estaban en el archivo del Vaticano) que habría permitido desenmascarar al fundador de los Legionarios y a sus cómplices, tal comportamiento no le exime de responsabilidad a su colaborador de entonces y sucesor de ahora. La hipótesis que algunos manejaban, a favor de que Juan Pablo II nunca supo de esos delitos, siempre fue inaceptable, pero hoy es insostenible después de la reciente publicación de la obra La voluntad del no saber,[27] presentada, oportunamente, en los días de la visita del papa y en el mismo escenario. La documentación que se exhibe, obtenida del archivo del Vaticano, compromete a dos papas. Los dos la conocían y no hicieron nada oportunamente.  A eso se añade que uno de ellos, al ser beatificado por el otro, ha sido propuesto,  como modelo a seguir  por los cristianos, según el sentido de la tradición cristiana desde siglos remotos. ¿Qué fuerzas del Vaticano impidieron que, en su momento, se desenmascarase al hipócrita criminal que ultrajó niños, profanó el oficio sacerdotal y desprestigió a su propia orden religiosa, supuestamente educadora? Y, todavía más: Si como reza una enseñanza  de los primeros días del  cristianismo  “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.[28] ¿Quién impidió a Benedicto XVI  que, ante la negativa o incapacidad de Juan Pablo II para condenar y sancionar a Masiel con evidencias contundentes en la mano,  renunciase a la complicidad que implicaba seguir siendo su cardenal? Definitivamente, no fue suficiente el que, al poco tiempo de ser elegido papa, le diera de baja en el ejercicio del sacerdocio. Claro que, dicha renuncia,  habría sido un escándalo sin precedentes; pero definitivamente, ¡el derecho de los niños ultrajados tenía que prevalecer sobre la imagen de un papa!

Es claro que, a estas alturas,  para los sectores más conservadores y poderosos  de la Iglesia Católica, más importante que la persona de Juan Pablo II, es su proyecto de Iglesia Centralista y Autoritaria que él impulsó y, hasta donde pudo, implementó. Al fin y al cabo, en ella están instalados. La sucesión de Benedicto XVI,  no obstante que su edad lo desaconsejaba, se pensó como una fórmula de continuidad y consolidación del proyecto. Sin duda tenía el encargo (y quizás también la convicción) de promover la beatificación inmediata  y, si se puede, la posterior canonización  de Juan Pablo II. Frente a los descalabros recientes de la institución y su creciente inadecuación en relación con su feligresía y la sociedad en general, se pretendía convertir aquel carisma del papa en una   devoción popular masiva que, desde abajo, reforzase al modelo centralista y autoritario. En esa dirección, cada visita será un paso más.

Pero persiste una seria dificultad. Este proyecto tan meticulosamente armado desde el “centro”, no concuerda con la cultura de la “periferia”. No obstante el largo pontificado del Beato Juan Pablo, como lo menciona Hans Kung en su carta, los templos  católicos han seguido viendo reducirse su feligresía. Y nadie se la quita; la propia iglesia la pierde. También los frecuentes casos, antiguos y recientes, de pederastia han desprestigiado seriamente a su clero. Las multitudes – incluidas las más recientes de los días de la visita pero también aquella que se concentró en la basílica del Tepeyac cuando la beatificación  -  pueden comprar un souvenir del evento para recordar la gran emoción sentida, pero no un compromiso con el desfase de la Iglesia respecto a las condiciones reales de la vida y la cultura. Ese es el gran problema de disociación y desvarío que la pastoral masiva y espectacular de las visitas papales pretenden compensar. Para eso, la cultura y la historia de Guanajuato y la región tapatía se consideraron pertinentes, especialmente con la comparsa de diversa índole y rango que se les añadió.

 

Conclusiones nada peregrinas

Las apoteosis de las visitas papales de los dos últimos pontífices, muestran a una iglesia  que flota en su propia nube, muy lejos del suelo que pisan sus feligreses. A la hora de gobernar y de señalar criterios de acción, las condiciones reales de la feligresía cuentan poco. Se trata de una iglesia que cree más en su poder y en su imagen que en su misión original y profunda. Por eso, a cualquier precio, se trató de esconder un escándalo y unas transgresiones que tenían décadas: los niños y jóvenes ultrajados. Para bien de todos había que salvaguardar la imagen de la Iglesia. Este es el modelo centralista, autoritario e hipócrita que se ha hecho fuerte en el Vaticano y del que salió elegido Benedicto XVI. No son poco los indicios que  apuntan hacia la perpetuación consolidada de  cierta dinastía eclesiástica – clerical y seglar – que siente haber heredado la sagrada misión de prolongar  y fortalecer el proyecto eclesiástico de Juan Pablo II, no solo como devoción a un pontífice de alguna forma excepcional, sino como elegido – según ellos -para la histórica misión de rescatar a la Iglesia de las desviaciones que se generaron a partir del espíritu del Concilio Vaticano II. Ellos saben lo que quieren porque fueron cuidadosamente seleccionados para ello. Junto a ellos están los cristianos de a pie (que no son los que, en tiempo de crisis,  se pudieron pagar el viaje a Roma para la beatificación de su profeta) que siguen añorando a aquel papa bueno y carismático que les robó el corazón y que en México cantaba el cielito lindo. Aunque nunca entendieron ni sus preceptos éticos  sobre el control de la natalidad ni por qué no aprobaba canónicamente  un nuevo matrimonio y, mucho menos, por qué les privaba, sin consultarles, de un sacerdote, teólogo u obispo bien integrado a su comunidad y les imponía un desconocido bien disciplinado, alineado y sometido.

Con lo dicho, no negamos los méritos reconocidos que el obispo polaco Karol Wojtyla tuvo en la conducción de su diócesis de Cracovia y su liderazgo liberador en la Polonia comunista.  Simplemente rechazamos la sobrevaloración de que fue objeto en su pontificado, principalmente por el empobrecimiento institucional a que sometió a la Iglesia Católica y por su (al menos) pusilanimidad con que dejó de enfrentar el escándalo  y los delitos de Marcial Masiel. Alguien, algún día,  tendrá que rendir cuentas de por qué, más allá de la comprensión que se pueda tener con la fragilidad humana de los ancianos,  su sucesor tuvo tanta prisa en declararlo beato con la consiguiente aberración de proponerlo como modelo de virtudes a imitar.

 


Notas:

[1] Carlo Magno, Epístola VII (a. 796). Recoge: M. ARTOLA, Textos fundamentales para la Historia, Madrid, 1968, pp. 49-50.

[2] Y no se piense que el tema pertenece a leyendas medievales. El 27 de febrero del 2010, el diario español El Mundo,  daba cuenta de que el portavoz de la Conferencia Episcopal española, Juan Antonio Martínez Camino, “precisó anteayer que el Rey no será privado del sacramento de la comunión cuando sancione con su firma la Ley del Aborto. Camino señaló que los principios generales no son aplicables a «una situación única», que es la del monarca. Por tanto, siguiendo la doctrina reiteradamente expresada por la jerarquía católica española, los diputados y senadores que han votado a favor de la norma,  ya no pueden comulgar ( pasando a condición de excomulgados), lo que supone que quedan apartados  de la Iglesia Católica. El Rey, en cambio, carece de responsabilidad alguna por estampar su firma con que promulga  la ley, ya que la Iglesia considera que se trata de un imperativo jurídico. La pregunta es sencilla: si la aprobación de la norma (que legitima el aborto) es un pecado que conlleva la excomunión de los legisladores, ¿cómo es posible que el monarca vaya a rubricarla sin consecuencia alguna para él? ¡Alquimia y política del Derecho Canónico!

[3] Bobio, N. y otros: (1991) “Separatismo”. En: Diccionario de Política. Siglo XXI, México.

[4] Fontana,  Josep  (2002): La historia de los hombres. Siglo XX. Ed. Crítica, Barcelona, 2002. Pp. 11.

[5] Suárez 2003:215

[6] Suárez Suárez 2003:216

[7] Es precisamente en esa época en que se consolida la gran revolución interna en las estructuras del judaísmo que había iniciado en el periodo helenístico,  alcanzando su hegemonía la sinagoga (en lugar del templo), los rabinos (en remplazo de los sacerdotes) y la observancia voluntarista (en vez de los sacrificios rituales). En nuestra obra  “De rabinos y pastores: dos revoluciones religiosas laicas”,

que se encuentra en proceso de producción, abordamos estos temas.

[8] Se entiende por cesaropapismo la práctica, frecuente desde la conversión del emperador Constantino al cristianismo (312 d. C), de inmiscuirse los gobernantes en los asuntos internos de la Iglesia asumiendo, de alguna manera, el doble rol de César y Papa.

[9] Este traspaso de esclavos judíos  a los cristianos, naturalmente, iba acompañado de la exigencia de pago de un doble impuesto: uno por poseer esclavos; otro por la condición judía de sus esclavos.

[10] Knowles 1983:380.

[11] Torroba 2009.

[12] Los momentos de prosperidad y tranquilidad de las juderías no estaban exentos de serias y frecuentes tensiones internas entre judíos que tenían que ser dirimidas y sancionadas por los tribunales civiles.

[13] Knowles 1983:381

[14] López-Izquierdo 2003:150ss. Excelente obra que recoge una rica casuística de la vida cotidiana de las juderías españolas, de su dinamismo económico y de  su peculiar integración y tensiones sociales.

[15] Elía 2002:4

[16] Los judíos cultural e históricamente obtuvieron una gran ventaja competitiva (independientemente de cualquier consideración moral) sobre los cristianos en materia de su relación moral con  el dinero y los bienes materiales tal como lo expresan sus propios historiadores y Rabinos: “Nuestros bienes nos pertenecen en la medida en que nosotros reconocemos que pertenecemos a Dios” (Safran 1980:171).

[17] La excelente novela La catedral del mar (Falcones 2006) ha reflejado en forma brillante esta práctica en la sociedad catalana del siglo XIV. En ella se puede apreciar como  el comerciante y el banquero, verdaderos magos de la pragmática, se hacen ricos mientras los teólogos y filósofos se hacen viejos en discusiones teóricas lejanas a las urgencias cotidianas.

[18] López-Izquierdo 2003:360. “Sepan todos que yo Johan de Forniellos  canónigo y vicario... otorgo que deuo  a vos, Oro, judía, viuda muger de Ezquerra... la suma de cient dizasiete libras febles...”.

Del pueblo de Cascante, en el mismo reino, provine esta anotación:  Maoma Calo, moro de Aragón debe dinero a Huda Haleui “judío zapatero  de Cascant”. También Zai Beza “moro del logar de Montagut” debe dinero a Ezmel Dorta, judío de Cascante.

[19] Pirenne 1982: t.II, 170

[20] Théry, Julien: « Philippe le Bel, Pape en son royaume ». Dieu et la politique. Le défit laïque. L’histoire, 289, 2004, p. 14-17.

[21] Se trataba del obispo de PamiersBernard Saisset.

[22]

[23] Knowles 1983:343

[24]

[25]) De Certeau, Michel: La escritura de la Historia. UIA, México 1993. Pp. 151.

[26] Pocos días antes de comenzar a escribir este artículo (17-III-2012) me llegó el comentario de un amigo de la ciudad de Palencia (España): “Palencia ha sido noticia nacional ayer porque el conocido teólogo Juan José Tamayo dio una conferencia en la biblioteca pública con el título “OTRA TEOLOGÍA ES POSIBLE”. El salón estaba a reventar, con gente hasta por fuera de la puerta. ¿Es que en Palencia estamos ansiosos de saberes teológicos?  Pues no;  es que al obispo no se le ocurrió cosa mejor para torpedear el acto que publicar, dos días antes, que el conferenciante estaba fuera del magisterio eclesial y no sé si también excluido de la Iglesia como persona. Con lo cual, lo que pretendía ser un acto académico organizado por una asociación llamada Universidad Popular, resultó con asistencia masiva, gracias a la magnífica publicidad obispal.

[27] Barba, José, Athié,  Alberto y González,  Fernando M.: La voluntad de no saber: lo que sí se conocía sobre Maciel en los archivos secretos del Vaticano desde 1944.  Editorial Ramdom House Mondatori. México 2012.

[28] Hechos 5,29.

 

[div2 class="highlight1"]Cómo citar este artículo:

GONZÁLEZ MARTÍNEZ, José Luis, (2012) “El viaje de Benedicto XVI a México: sentido y propósito”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 12, julio-septiembre, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Domingo, 24 de Octubre de 2021.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=471&catid=14[/div2]

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