Pacarina del Sur
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La visita de Fidel y sus efectos políticos. ¿polarización, disputa o solidaridad en el Socialismo Latinoamericano?

Fidel's visit and its political effects. Polarization, dispute or solidarity in Latin American Socialism?

A visita de Fidel e seus efeitos políticos. Polarização, disputa ou solidariedade no socialismo latino-americano?

Marcelo Sánchez Abarca

Universidad de Valparaíso, Chile

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Recibido: 23-07-2020
Aceptado: 28-08-2020

 

 

Introducción

La segunda mitad del siglo XX observó y vivenció, en Latinoamérica, la irrupción de dos procesos icónicos y paradigmáticos de la izquierda en el camino hacia el socialismo, hacemos referencia a la “vía armada” y la “vía electoral”. Su debate hará eco en la izquierda continental, profundizando la discusión en torno a la factibilidad de la democracia liberal para construir y alcanzar el socialismo.

Dicha controversia adquirió, en Latinoamérica, ciertas particularidades. Los análisis, debates, estrategias y proyectos de las organizaciones y partidos de izquierda quedaron sujetos a las condiciones propias de un continente, atravesado por los problemas: indígena, campesino, incipiente proletarización, Estados fallidos o frágiles, dictaduras militares y el accionar del imperialismo estadounidense, dotándolos de un sello distintivo y particular. En ese devenir del socialismo latinoamericano las figuras de Castro y Allende ocuparon un sitial de referencia obligado.

Hace ya 49 años de la visita de Fidel Castro a Chile, una visita catalogada, desde un principio, como controversial y sindicada además como responsable de la polarización y crisis institucional del gobierno de Salvador Allende

Tomando distancia de los estereotipos anteriores, a través del presente artículo, buscaremos reflexionar en torno a los efectos políticos que generó la presencia de Fidel Castro durante el proceso de la “vía chilena al socialismo”.

La visita debe situarse y contextualizarse bajo la dinámica de la Guerra Fría, la que, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, enfrentó a dos superpotencias en un conflicto ideológico, que se expandió a todas las actividades y escenarios del globo. En ella, tanto EE.UU. como la URSS, buscaron extender su hegemonía e influencia, disputando la primacía mundial, utilizando para dicho fin su potencial bélico nuclear, que actuó como amenaza y mediación, evitando así un enfrentamiento directo. Sin embargo, lo anterior no evitó la disputa entre ambas superpotencias a través de terceros países.

La Guerra Fría es un elemento decidor a la hora de reflexionar en torno a ciertas experiencias políticas continentales, como es el caso de la revolución cubana o el gobierno de la “Unidad Popular”. Este conflicto global estableció áreas de influencia, respetadas tácitamente por la potencia contraria. Bajo ese prisma, América se ha entendido históricamente como un área de influencia de EE. UU.

En concordancia con lo anterior, debemos precisar que el proceso cubano se levantó inicialmente sin ayuda soviética. Su acercamiento posterior se dio a consecuencia del intento de invasión y estrangulación económica decretada por EE. UU. Dichas acciones provocaron un giro pragmático, desde una revolución de tipo “liberación nacional” hacia una de corte socialista, al amparo de la Unión Soviética. El régimen cubano aprovechó, así, su posición estratégica como medio de sobrevivencia, transformando su experiencia en un paradigma revolucionario, que tensionó todo el continente (Arboleya Cervera, 2008, pág. 168), pero supeditando su existencia a la ayuda económica de la URSS.

Hay consenso historiográfico en entender el caso chileno, como un escenario atípico de la Guerra Fría. Esta lectura se basa en el principio de unilateralidad de las influencias e intervencionismos estadounidenses en los escenarios locales, sostenido a partir de la información derivada del “Informe Church”[1] en 1975 y la desclasificación de otra serie de documentos bajo la administración Clinton en 1999 (Hurtado T., 2016, págs. 2-3). En esa línea podemos mencionar los trabajos de Kornbluh (2004), Verdugo (2003); Corvalán (2012); Uribe y Opazo (2001). Por otro lado, con una mirada de corte sistémico, encontramos el trabajo de Harmer (2013), que explora la historia de Chile dentro de la historia global e interamericana de la Guerra Fría, enfatizando, a diferencia de los autores anteriores, no solo en las influencias de EE. UU., sino también en la de otros actores en el proceso allendista.

Siguiendo con esa propuesta, encontramos los trabajos de Hurtado (2016) y Fermandois (1991; 1985) que centran su atención en EE. UU. y su relación con las fuerzas locales y los medios levantados por estas fuerzas para la satisfacción de sus intereses. De acuerdo con Fermandois a pesar de la ayuda dada por EE. UU para el colapso interno del Gobierno de la UP, se ha exagerado las consecuencias de aquella política[2] (1985, pág. 440).

El viaje de Fidel se ha abordado como un acápite dentro del proceso de polarización política experimentado por el gobierno de la Unidad Popular. A partir de su estudio se pueden identificar dos grandes líneas de investigación. Una ubica el viaje dentro del marco de una disputa por el liderazgo y hegemonía de la izquierda latinoamericana, como lo proponen Santoni (2011) y Rodríguez Elizondo (1995). La segunda, planteada por Fermandois (1991; 1985), Aggio (2003) y Elizalde (2009), posiciona el viaje como un acto de polarización de la política local, asignándole una responsabilidad importante en el quiebre institucional y la paramilitarización de la vida política



Imagen 1. Fuente: theclinic.cl

La figura de Castro recorriendo Chile durante más de 20 días, quedó circunscrita como una expresión de la polarización experimentada por el país, y sus palabras sujetas a la construcción del provocador contumaz que vino a socavar la “vía chilena” al socialismo y a la figura del presidente Allende.

El diario El Mercurio de Valparaíso, en ocasión de la muerte de Fidel Castro en 2016, hace aun eco de dicha lectura, afirmando que “la visita de Castro enardeció y unió a los enemigos de Allende” (Barahona, 2016).

El objetivo del presente trabajo es analizar los efectos de la visita del líder de la revolución cubana para el proceso revolucionario chileno. ¿Es históricamente sostenible la eternización de la apreciación, según la cual, la visita de Castro implicó dinamitar el proceso chileno, aumentando la polarización y disputando con esto el liderazgo allendista del proceso chileno?

A diferencia de los enfoques historiográficos y los estereotipos mencionados anteriormente, proponemos como hipótesis que la visita de Fidel Castro, lejos de intentar socavar el proceso chileno, busco identificar y socializar los puntos complejos del gobierno de la U. P., estableciendo una mirada crítica, sostenida en la preocupación, solidaridad y compromiso internacionalista. Una preocupación objetiva de la importancia, que la consolidación socialista chilena, poseía para la proyección y sobrevivencia continental del régimen cubano. Castro desde esa posición, desarrolló un análisis, desde el cual, se permitió identificar la conflictividad de las propuestas de la izquierda que convivían al interior de la U. P., el compromiso democrático de la oposición y el rol complejo de las FF. AA. en la perspectiva y factibilidad del proyecto allendista. Sin embargo, esto no implicó socavar el liderazgo de Allende ni aumentar la polarización política, pues ambos fenómenos eran una construcción de largo aliento en la historia nacional.

Para el desarrollo de nuestro trabajo emplearemos, fundamentalmente, los discursos realizados por Fidel Castro en su estadía en Chile, entre noviembre y diciembre de 1971. El uso de estas fuentes está dado porque, la utilización de ellas ha sido la razón fundamental de la controversia y construcción antagónica del rol de la figura cubana con el proceso de la “vía chilena” al socialismo.

De esa manera, a diferencia de lo que ha sido su tratamiento interpretativo, pretendemos distinguir los componentes del internacionalismo, solidaridad y cooperación del socialismo latinoamericano a partir de las intervenciones de Castro. Desde el análisis de sus discursos en torno al gobierno de Allende, la articulación de las fuerzas políticas de izquierda y oposición, el rol de las FF. AA. y las proyecciones futuras del proyecto chileno, intentaremos indagar en las razones de la construcción antagónica de Fidel Castro en su visita, buscando desde una visión menos dogmática y estereotipada de su figura, una comprensión del comportamiento y el reacomodo de las fuerzas políticas chilenas y militares del país, junto con el rol del intervencionismo internacional.

A lo largo del trabajo, en una primera parte, revisaremos brevemente el trayecto hacia la “vía chilena”, su triunfo y las tensiones que convivieron dentro de la coalición política. En la segunda parte, a la luz de los discursos de Fidel y su análisis del proceso chileno, veremos el peligro que este identifica y el rol potencial de los sectores medios y las FF. AA. para la sobrevivencia del proyecto de la U. P.

En ese sentido, analizaremos por qué el discurso de Fidel Castro en Chile no fue contradictorio con la discusión socialista continental, ni con el proceso chileno y mucho menos con la figura del presidente Salvador Allende, sino que, por el contrario, deben ser entendidos como una expresión propia de la solidaridad del socialismo internacionalista latinoamericano.

 

Hacia la “vía chilena”

El siglo XX como escenario de guerra y catástrofe, significó, de entrada, el epílogo de ciertas experiencias de dominación y explotación colonial propios de las potencias coloniales europeas, permitiendo la irrupción de proyectos ideológicos que pujaban por su momento de realidad.

En ese camino, la experiencia bolchevique de 1917, aprovechando los estertores de la “gran guerra” (Anievas, 2014), logró dar forma, mediante el uso de la fuerza revolucionaria, a un proyecto de carácter marxista que no reunía las condiciones objetivas para dicha proeza.

El triunfo de Lenin y compañía supondrá para el marxismo, un gran triunfo político - militar, pero no zanjará la disputas ideológicas de larga data, abiertas desde la I Internacional, con los anarquistas de Bakunin por el liderazgo del mundo obrero (Hobsbawm, 2011, págs. 225-226); ni los conflictos con la corriente revisionista representada por Bernstein en la II Internacional; o la misma conflictividad, en plena primera guerra, entre las posturas de Lennin y Kaustky (Lih, 2014).

El impacto global de aquella gesta fortaleció proyectos de carácter revolucionario, pero también profundizo diferencias y disputas ya existentes, en cuanto al rol y adhesión de los sectores revolucionarios en torno al PCUS,[3] las que terminaron por extenderse al resto del mundo.

Para el caso chileno, desde la década del 1930 en adelante, se puede observar el posicionamiento de tendencias que asumieron una mirada crítica del modelo democrático burgués, aspirando a la construcción de un modelo socialista para Chile. Sin embargo, la izquierda en su conjunto, como reflejo de la tensión global, irá configurando proyectos y estrategias que provocaron una serie de tensiones en su interior, desde una disputa inicial de la representación del mundo del trabajo, a un posterior acercamiento y estructuración de proyectos afines y alianzas electorales, como medio para lograr una legitimación de sus apuestas y transformarse en una apuesta política realista, capaz de alcanzar el poder en Chile.

La izquierda chilena responderá a un proceso histórico de legitimación de una apuesta electoral, abierto a partir de las directrices de la Unión Soviética en el Congreso Internacional de 1935, bajo un contexto de lucha contra el fascismo, promoviendo la búsqueda de alianzas electorales con partidos, tanto de izquierda como demo-burgueses, que se declarasen antifascistas (Schelchkov, 2018, pág. 2). Aquel imperativo asumido por el PCCh llevó a la formación del Frente Popular, del FRAP y por extensión a la UP.

Lo relevante, de aquellas experiencias, es que permiten establecer cierta tradición democrática de los partidos de la izquierda chilena, destacando el PCCh. La práctica política, de este partido, puede observarse en su Conferencia Nacional de julio de 1933, en la cual se levantó, como línea estratégica, la necesidad de una etapa previa de carácter demo-burgués, pero sin que incidiera en una modificación de su tradicional política de alianzas. Aquella línea se mostró, según Moulian, en concordancia con las directrices soviéticas (2009, págs. 36-38) asumiendo el principio que, para Latinoamérica la “vía armada” no era una alternativa, por lo que debía asumirse la disputa gradual del poder, una “vía pacífica al socialismo”.

En esa línea, Álvarez (2017) profundiza y manifiesta que los comunistas implementaron la política del Frente Popular con bastante autonomía de la Comintern (tercera Internacional), “entidad que dudaba de las decisiones y actitudes del partido” chileno. El PCCh se caracterizó, de acuerdo con Álvarez, como un partido poseedor de una base militante dispuesta a obedecer, “pero con grados de autonomía expresado en el quehacer cotidiano” (ídem.). Esa autonomía fue la vía por donde se prolongaron las tradiciones nacionales que llevaron al levantamiento de un discurso nacional de izquierda por parte del Partido Comunista, con una ortodoxia teórica atravesada “con una persistente tendencia a mezclarlas con temáticas nacionales y otras derechamente nacionalistas” (Álvarez Vallejos, 2003, pág. 44), lo que explicaría el proceso de estalinización tardío del PCCh. El estalinismo, entre 1930 y 1950, se transformará en un referente fundamental, pero no único al interior del partido. En él se combinarán una serie de tradiciones provenientes, tanto de la experiencia bolchevique de 1917, el recabarrenismo y la lucha por la justicia social y la democracia proveniente del periodo del POS (Álvarez Vallejos, 2020, pág. 99).

La apuesta de la “vía pacífica al socialismo” destinó su atención a la conquista electoral del poder. Dicha línea estratégica fue teorizada en el XX congreso del PCUS (1956) bajo la dirección de Jruschov. En aquel encuentro se sentaron las bases para la legitimidad comunista de la “vía no armada”, que, de facto, ya seguían los PC en occidente (Rodríguez Elizondo, 1995, págs. 68-172). Ello permite sostener, en concordancia con Álvarez, que el PCCh estuvo lejos de ser un mero reproductor de las decisiones soviéticas en la lógica de la ortodoxia Internacionalista, sino que también se acercó, a lo que podría denominarse, un partido nacional con lecturas sujetas a su realidad y posibilidades.

Por otro lado, el PSCh, fundado en 1933, entre clases medias intelectuales, se comprendió desde un inicio como un espacio ideológicamente heterodoxo, crítico del estalinismo, del proceso soviético y las Internacionales. A pesar de dichas diferencias, serán parte del Frente Popular, junto al PCCh en alianza con el radicalismo. Esto significó, en la práctica, una diferencia con sus postulados teóricos que entendían al socialismo como un objetivo inmediato, y no como un objetivo indefinido (Corvalán, 2018, pág. 52). Corvalán Márquez plantea que ello será la puerta de entrada para una profunda crisis de identidad en los años 40, con ingresos y salidas de los gobiernos radicales a la par de sus crisis internas, atravesadas con fraccionamientos, quiebres, escisiones, acusaciones de colaboracionismo burgués, y con sectores levantando la apuesta de un “Frente de Trabajadores”, alianza concebida con exclusión de los sectores burgueses (pág. 52).

Se observará en los sectores del socialismo un proceso de radicalización, que denotaba el fin del colaboracionista abierto desde el ´38, dando paso a un proyecto propio, centrado en la construcción del socialismo. En el Congreso XVI del Partido Socialista Popular (PSP), en 1955,[4] se asume explícitamente la tesis del Frente de Trabajadores, centrado en la necesidad de alianzas con los otros partidos de izquierda, el PS y el PC, proyectando lo que más adelante se conocerá como FRAP. En el ´56, una vez alcanzada la unificación socialista en el XVII Congreso Ordinario del 1957, estos se reconocerán como un movimiento revolucionario, reiterando la tesis del Frente de Trabajadores, junto con levantar una tesis rupturista, un indicador de la radicalización que experimentaba el Partido Socialista.

En los años posteriores, las posiciones adoptadas por el PCCh y el PS, como partidos más representativos del mundo de los trabajadores, configuraron y proyectaron en el plano local, las diferencias existentes en el Socialismo Internacional, tanto desde la conflictividad en torno a los lineamientos soviéticos, como también en los efectos generados por la irrupción de la apuesta revolucionaria cubana en el ´59, expresadas en un más radicalizado PS y un moderado PCCh (Corvalán, 2018, pág. 61).

La irrupción del “MR 6 -7”, liderado por Castro, puso en cuestionamiento el liderazgo de los partidos comunistas en América, reflotando la tensión ideológica política entre reformismo y revolución, como medio para acceder al poder en la izquierda latinoamericana. Junto con abrir una fisura a la hegemonía norteamericana propia de la Guerra Fría.

El proyecto castrista en sus inicios no se construyó como un proyecto socialista, sino como un proyecto de liberación nacional. Su accionar tomó distancia de la tesis de la “vía no armada” del Partido Comunista Cubano, de lineamiento soviético. Castro levantó, en oposición al PCC, la tesis de la insurrección armada contra el dictador Fulgencio Batista, pese a que las condiciones para ella no fueran favorables, asumiendo que, si las condiciones no existían, debían ser generadas.  Ante la posibilidad del triunfo revolucionario, otras fuerzas políticas se sumaron desde el 58´ a las acciones del “MR 26-7”, incluyendo al PC cubano, en lo que se conoció como “Política de Insurrección General” (García-Pérez, 2006).

Con relación al giro socialista de Fidel y la revolución, está se vincula con el intento fallido de invasión en playa Girón y bahía Cochinos y la necesidad de poder defender la Revolución. Su cercanía a la URSS se volvió algo necesario y pragmático, su movimiento emancipatorio (más cercano a lo que posteriormente el Partido Comunista Chino denominó tesis de las dos piernas) reconocido inicialmente como antiimperialista, paso a configurarse como un régimen socialista, con el PCC como partido único.

A pesar de que Fidel representaba la vereda opuesta del comunismo institucional en América Latina, el prestigio de su figura y el heroísmo de la revolución, lo transformaron en un referente, muy difícil de eludir y confrontar.



Imagen 2. Fuente: https://agendacomunistavalencia.blogspot.com/

 

La “Vía Chilena”

La llegada de Salvador Allende a la presidencia en 1970 permitió dar forma política institucional a lo que se conoció como “Vía Chilena al Socialismo”. Este proceso se concibió bajo el principio que “las libertades burguesas y las reivindicaciones del liberalismo (garantías individuales) eran conquistas de la humanidad (Corvalán, 2018, pág. 157), por lo que debían ser integradas al socialismo. La apuesta de esta vía era un gradualismo, pero sin una ruptura institucional, sostenida en las bases jurídicas “derivadas de mayorías políticas y sociales” (pág. 158).

 Se configuró como un segundo modelo histórico, democrático y pluralista libertario de transición al socialismo (Santoni, 2011, pág. 21), que hacía innecesaria la “Dictadura del Proletariado”. Este último punto lo diferenció con el etapismo o gradualismo representado por el PCCh, a pesar de la innegable influencia legalista, democrática y pragmática representada por aquel partido desde la década del 30’.

El trayecto desde la “vía pacífica al socialismo” a la “vía no armada” asumida por el PCCh en 1965, se sostuvo bajo el supuesto de la inevitabilidad de ciertos grados de violencia en el proceso de extinción del capitalismo. Aquella decisión estuvo condicionada, no solo por la crítica de ciertos sectores de la izquierda, sino también producto de la política represiva del gobierno de Frei Montalva entre los años 1964 y 1970.

Las premisas básicas de la “vía chilena” también entraron en contradicción con posturas esbozadas y asumidas, por lo menos desde la retórica discursiva, por el Partido Socialista, influenciado, aun mas, por el atractivo revolucionario del proceso cubano y la figura del “Che”. Como ha sido desarrollado por Corvalán (2018) y de forma mucho más explícita por Ortega (2008), aquel fenómeno de radicalización antecedería en su origen a la revolución cubana, sus raíces deben encontrarse en la crisis partidaria de la década del ´40, resultado del fracaso de las coaliciones con partidos de centro, y que fue definiéndose en los congresos del ´57 y ´67 (ídem.). Estos análisis estuvieron presentes antes del triunfo del “MR 26-7”, pero como lo manifiesta Ortega, es innegable que la revolución cubana y su desarrollo jugaron un rol importante, mas no determinante, en la radicalización del Partido Socialista, lo que limita la responsabilidad histórica asignada al proceso cubano en la inestabilidad del sistema político chileno (ídem.).

 Haciendo eco de su cultura faccionaria, durante el gobierno de Salvador Allende, el PS no mostró cohesión en torno a la ruta para alcanzar el socialismo, se observó una ausencia de compromiso con los lineamientos institucionales, no siendo extraño que ciertos sectores  del partido sintieran cercanía  por la tesis que proponía fortalecer el “poder popular”, en una muestra evidente que la propuesta institucional liderada por Salvador Allende  era minoritaria al interior de su propio partido.

 Aquellas controversias se extendieron también al MIR, un representante indiscutido de la izquierda anti sistémica, llevándolos a concluir que el Estado burgués no servía para la construcción del socialismo y no podía entenderse al Estado como plataforma de transformación, por lo que sólo podía oponérsele la fuerza para así lograr su destrucción.[5] Proclamaban la inevitabilidad de una resolución violenta del problema del poder en el marco de una lectura más radical de la realidad chilena, influenciada por el modelo cubano, el leninismo y las experiencias de la revolución rusa y del Komitern (Riquelme Segovia, 2007).

El MIR estableció, en relación con la UP, una alianza informal de apoyo crítico, reconociéndose ambos un objetivo común, construir un Chile socialista y una democracia revolucionaria, pero discrepaban en cómo lograrlo. Sin ser parte de la coalición política, se estableció una relación de lealtad hacia el gobierno. La cercanía a pesar de las diferencias entre Allende y Miguel Henríquez, incidieron en la decisión del MIR de dejar en libertad de acción a sus militantes, pese a su política anti electoral. A lo anterior se sumaron otras medidas como la suspensión de las acciones armadas para no perjudicar la campaña presidencial, o evitar discrepar públicamente, sin antes informar y conversar con el presidente.[6] Massón Sena precisa que, tras el ascenso a la presidencia de Allende, se mantuvo el abandono de las acciones armadas, de la clandestinidad, y se puso énfasis en la vida política a través de los Frentes intermedios de masas, junto con poner la estructura militar a disposición de la seguridad del presidente (2017).

El proyecto del MIR era totalmente contrapuesto a la “vía chilena” (Massón Sena, 2017), pero dejar las acciones armadas, no significó una renuncia a la disputa, ni a su idea de vanguardia. Entre 1970 y 1973 se puso énfasis en crear poder popular, para dar visibilidad a su política, apostando a la unidad revolucionaria por dentro y fuera de la UP. De acuerdo con Puelma (2019), el MIR antes del triunfo de la Unidad Popular, se ubicaba como un grupo “militarista”, en la lógica de la lucha armada., pero tras el triunfo de la UP, observó un viraje, centrando su acción tanto en el terreno político como en la lucha de clases. Aquello no implicó un quiebre con su concepción estratégica anterior, pero siguiendo con la mirada de Puelma, terminó derivando en un partido centrista que planteaba la tarea de hacer la revolución, pero que no logró desplegar una política que le disputase a la UP y a los partidos denominados por ellos como reformistas, las mayorías de la clase trabajadora, ni tampoco levantar una estrategia efectiva de contragolpe para evitar  la acción contra revolucionaria, siendo más un partido con una retórica insurreccional muy lejos de su real capacidad de movilización, una “táctica militar traducida en denuncia” (Puelma, 2019).

Estas disímiles posturas provocaron en varios actores de la izquierda chilena, legalistas y rupturistas, una convivencia incómoda con la “vía socialista” chilena. El llamado “foquismo” urbano del MIR, la influencia de la legitimidad de la violencia revolucionaria presente en el PS, el “etapismo” del Partido Comunista y “la vía chilena al socialismo” representada por Salvador Allende serán referentes de aquella tensión presente en el proceso chileno de la Unidad Popular.

Por tanto, esta última, lejos de tener concordancia en torno a un proyecto, se caracterizó desde su fuero interno por pugnas ideológicas y estratégicas, en torno a cómo alcanzar o no el socialismo y las posibilidades que aquella experiencia proyectaba, imbuidos por la necesidad de una alianza práctica, que no fue capaz de esconder las profundas diferencias en torno a los medios concebidos para alcanzar el socialismo.

Para EE.UU. la experiencia chilena era un reto a su hegemonía, debía ser detenida, ya que podía transformarse en un proceso que podría, desde su posición “pacífica”, replicarse en lo que consideraba históricamente como su patio trasero. Por otro lado, la URSS, lo miró con desconfianza, tanto por su heterodoxia como por las pocas posibilidades de éxito que internamente le proyectaban (Corvalán, 2018, pág. 157). Además, la apuesta de “libertad en socialismo”, representaba una crítica al modelo autoritario y burocrático de los socialismos reales.

A pesar de todo lo anterior, esto no afectó que fuese visto con simpatía y solidaridad, pero sin llevar a articular algún programa especial de cooperación económica (Ulianova & Fediakova, 1998). Un reconocimiento tácito de que el interés soviético no estaba enfocado en aquel espacio, como si había ocurrido geopolíticamente con Cuba, bajo la administración de Jruschov. Para el caso chileno, Brezhnev, decidió no tomar el camino de su antecesor.

La URSS no entendía la factibilidad de la alternancia en el poder y las posibilidades de reversibilidad electoral del proyecto socialista chileno. Esto se expresó en la solicitud de cautela planteada al gobierno de Chile, en cuanto a su relación con EE. UU y la oposición local (Santoni, 2011, pág. 105).

Siguiendo la tesis de Corvalán (2012), Chile no fue estrictamente un espacio de enfrentamiento bajo las características generales de la Guerra Fría, lo que permite entender la “solidaridad sin intervención” de parte de la Unión Soviética.



Imagen 3. Fuente: www.telesurtv.net

 

Allende y Fidel, entre el proceso y la revolución

Dentro de aquella coyuntura histórica, de ajustes ideológicos y programáticos al interior de la coalición de gobierno (UP), se produce, entre la segunda mitad de noviembre y los primeros días de diciembre de 1971 la visita del comandante Fidel Castro. El que, en su calidad de invitado, y en un acto de “solidaridad” con el proceso socialista chileno, desarrolló una serie de visitas y discursos, en los que analizó la contingencia, dando a conocer su apreciación del proceso revolucionario cubano y, en especial, del proceso chileno. 

Desde sus discursos algunos han querido advertir una suerte de boicot político, en torno a las posibilidades y caminos que esta “Vía Chilena” representaba para el mundo occidental, y en especial para Latinoamérica. Una alternativa entre el foquismo y el etapismo, en una suerte de desafío del liderazgo y prestigio que el proceso cubano y el comandante Fidel representaban.

 Santoni manifiesta que Castro era partidario de un tercermundismo militante “que ambicionaba exportar la revolución armada y reivindicaba su diversidad de fondo con respecto al comunismo internacional” (2011, pág. 24), por lo que la apuesta chilena irrumpía como una especie de contrapeso “para la seducción del castrismo” (ibíd., pág. 38). Mas a la luz de las palabras de Castro, su visita dista bastante de lo que uno pudiese entender por disputa de la hegemonía socialista en la región, por el contrario, están marcadas por la diplomacia y el sentido común.

De acuerdo con nuestra mirada, Castro hace una reafirmación de sus postulados, sin duda levantó un análisis crítico de las dificultades de lo que él llamaba “aventura” (en relación con el proceso chileno), pero no en un sentido peyorativo. Castro concebía el proceso chileno como “[...] algo extraordinario [...] un proceso único […] ¡insólito! [...] donde los revolucionarios tratan de llevar adelante los cambios pacíficamente” (1971e). Lejos de desear la tragedia para dicha “aventura”, sus palabras deben ser entendidas como críticas constructivas que permitiesen alcanzar un buen final, a pesar de las propias limitaciones que a sus ojos este proyecto presentaba, reconociendo que el epíteto de aventura también lo había recibido en su propio proceso.

La importancia de este viaje no se limitaba solo al gobierno de Allende, bajo el supuesto de entender la visita como un gesto institucional a la izquierda chilena más beligerante. Entenderlo así, es asumir una posición reduccionista, que relativiza la posición aislacionista y los efectos que experimentaba Cuba producto del bloqueo económico. La relevancia que este viaje adquiría para el régimen cubano es un factor que se debe considerar a la hora de hablar de la beligerancia o no del líder cubano durante su estadía.

Las relaciones bilaterales con países de carácter socialista, por parte de Chile, no quedaron exclusivas al caso cubano, se sumaron a ella el reconocimiento y establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China,[7] con la República Democrática Alemana, relaciones comerciales con la República Democrática de Vietnam y la República Popular Democrática de Corea. Lo anterior pudo ser posible sin grandes consecuencias de parte de EE. UU., debido al momento político que experimentaba el país del norte tras el fracaso de sus incursiones en Vietnam (Punto Final, 1971, pág. 2).

 Aquel contexto, de acuerdo con Fermandois, favoreció la nueva política de La Moneda, morigerando “el potencial intervencionista de Washington” (1991, pág. 438). Para el autor, aquella laxitud no significó una renuncia a minar el proceso chileno, Estados Unidos nunca dejo de ver la “Unidad Popular” como un peligro para la seguridad continental, adoptando desde “un primerísimo momento una actitud hostil y […] un cambio extrainstitucional en 1970” (pág. 438) cortando “progresivamente sus relaciones financieras con Chile, apoyando a la cada vez más radicalizada oposición política en Chile” (ídem.).

 El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, en línea gruesa, rompía con 12 años de bloqueo continental, y establecía de facto un fracaso del bloqueo económico promovido por EE. UU.[8] Filipi y Millas en una mirada opuesta, han planteado que la visita tenía por objetivo político mejorar la popularidad del presidente “que se estaba deteriorando por la crisis económica y el desabastecimiento que asomaba” (1999, pág. 117), postulando que Allende necesitaba la “venia de Castro para apaciguar a “los ultras” (ídem.).

Con relación al desabastecimiento, Corvalán Lépez profundiza que a fines del año 71’ se “notaba cierta escasez o síntomas de escasez de productos de procedencia industrial” (Álvarez Vallejos, 2003, pág. 163) debido a la capacidad de compra de los trabajadores, especuladores e insuficiencias en algunas empresas estatales. Es interesante considerar que una encuesta realizada por Eduardo Hamuy en abril de 1972 otorgo un 64,1% de aprobación al presidente (Navia & Osorio, 2015, pág. 129) y para 1972, “los que pensaban que la situación era buena mostraron un alza […] alcanzando casi un 20 por ciento” (ibíd., pág. 130), el más alto porcentaje presente en el periodo estudiado por las encuestas de Hamuy, la cual abarcó desde los años 1958 a 1973.

Los datos anteriores desestiman la tesis de Filipi y Millas, en el supuesto que la baja popularidad del presidente estaba condicionada por la crisis económica en ciernes presente para 1971. Los datos establecen que tal percepción de crisis no era tal, si consideramos lo planteado por Corvalán (2018) en cuanto al aumento de la capacidad de compra de los trabajadores, esto habría incidido en una mejora de la popularidad y no en una baja, por lo menos para 1971 y comienzos del 72.

La figura de Fidel, catalogada como hostil, “irrespetuosa, subversiva y tensa” (Haslam, 2005) enfrentó desde el inicio la provocación por parte de la oposición chilena. En la primera ceremonia oficial de recepción del primer ministro cubano Fidel Castro se ausentaron los representantes del Poder Judicial y Legislativo, la que se hizo más evidente ante la presencia de otras autoridades civiles, militares y eclesiásticas que si decidieron participar (Punto Final, 1971, pág. 2).

Es desde esa posición conflictiva en la cual se desenvuelve la visita de Fidel Castro. La de un icono revolucionario, representación exitosa de la “vía armada”, en un encuentro con un proyecto en ciernes, que causaba expectación internacional por los cauces democráticos que podía abrir al socialismo internacional, evitando la fractura violenta del enfrentamiento de “clase contra clase”.

Desde un inicio, aquella visita ilustre, planteó la existencia de cierta ingenuidad en el proceso chileno, que provenía de la excesiva confianza en su institucionalidad, en el carácter democrático y legalista de sus instituciones, manifestando que: “No basta la buena fe, no basta la pasión revolucionaria. ¡Pero las revoluciones no son fáciles!”  (Castro, 1971a). Castro demostraba así, un sentido de realidad que gran parte de la izquierda chilena careció.

A pesar de la manifestación de la fragilidad de la institucionalidad chilena, enmascarada en la algarabía del acceso a la gobernabilidad por una “vía no armada”, Castro siempre tuvo cuidado de no aparecer públicamente socavando la “vía chilena”, manifestando que no pretendía que a partir de sus experiencias se asumiese el camino entendido por revolucionario (Castro, 1971a). Bajo su punto de vista, las altas expectativas provocadas por el triunfo de Allende desbordaban el hecho que el socialismo todavía no se instauraba, y dificultaba entender lo complejo que implicaría su profundización. Planteaba que:

cuando el pueblo conquista el poder, cuando el pueblo tiene el control de su destino, cuando el pueblo tiene el porvenir de su país en sus manos, no quiere decir que ha conquistado el cielo, no quiere decir que ha conquistado un mundo, sino que ha conquistado la oportunidad de empezar a crear el bienestar, la oportunidad de empezar a trabajar para el porvenir (Castro, 1971a).

 

La disyuntiva discursiva, oscilaba entre las propias posturas disonantes de la izquierda chilena, que se movían entre la atracción y rechazo al modelo cubano, tanto dentro como fuera de la UP. Un elemento relevante de esta controversia giró en torno al carácter de revolución o reforma de la alternativa chilena. Aquella pugna, puso a prueba la diplomacia y habilidad política de Fidel Castro, que, comprendiendo su situación de huésped del Gobierno Chileno, optó por respuestas políticamente correctas frente a preguntas en torno al carácter revolucionario de la “Vía Chilena”: “Bueno, y si yo digo que no, ¿cómo me puedo quedar aquí?” (1971b)  o “En realidad yo no soy quien debe juzgar al gobierno chileno” (ídem.).

Castro, con libertad y tranquilidad reconoció la existencia de un proceso revolucionario en Chile, aclarando que un proceso no debía ser entendido como una revolución, sino como un camino inicial, en que cada coyuntura debía ser utilizada con tal de avanzar en aquel ideal socialista (1971b). Sus palabras permiten entender que no concibió un camino único, ni pretendió que su camino fuese el dogma revolucionario para América Latina.  Aquella mirada, tomando a Marchesi, ya había sido parte de la discusión en la I Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) realizada en la Habana en 1967. En el informe inicial de esta conferencia, se había reconocido excepciones a la lucha armada en América latina, mencionando que pretenderlo en Chile o Uruguay era un absurdo (2019, págs. 27-28). Aquel matiz estaba presente, al momento de la visita de Castro, también en el partido Socialista de Chile, el que en su XXIII Congreso General en la Serena (enero de 1971), no insistieron en enfatizar la primacía de la “vía insurreccional” por sobre la “electoral”, como sí había ocurrido en el congreso de Chillan de 1967 (Jobet, 1971, pág. 169).

Retomando las respuestas dadas por Castro, estas se distancian de la figura provocadora que se ha construido historiográficamente de Fidel Castro en su visita a Chile. Dichas lecturas que sostienen la tesis del actor polarizante, (Fermandois); o la disputa hegemónica de la izquierda continental, respaldando a los sectores rupturistas (Santoni, Rodríguez Elizondo), o de aquel que buscó socavar la “Vía Chilena” (Aggio), pierden sentido a la luz de sus palabras.

Debemos precisar que las respuestas de Castro no se diferenciaron de palabras previamente expresadas por el presidente Allende, el cual, en una entrevista realizada en marzo de 1971 por Regis Debray, respondía que cada pueblo tenía su propia realidad y frente a esa realidad es que se debía actuar. Allende tenía conciencia que, por haber llegado por cauces electorales, se les podía catalogar de reformistas, pero reafirmaba que: “hemos tomado medidas que implican que queremos hacer la revolución […] transformar nuestra sociedad […] construir, el socialismo” (Allende, 1971, pág. 61). El camino tomado por Chile, para el presidente Allende, al igual que el análisis de Castro, abría perspectivas en el horizonte de la revolución socialista.

Lo que observamos por parte de Castro, es una toma de distancia de las prioridades políticas estratégicas chilenas, no a través de una crítica frontal, manteniendo el carácter diplomático de su visita, pero también su posición, en cuanto a que su lucha y sus preocupaciones iban más allá del viejo Estado-Burgués sobre el cual se sustentaba la apuesta chilena. Apuntó así a la necesidad del fortalecimiento de la Revolución en el campo político y de las organizaciones de masas (1971b), como quedó refrendado en las siguientes palabras: “¡Díganme que elegir a unos representantes […] sin que nadie después los controle, es más democrático, a las circunstancias en que un pueblo todo es legislador!” (Castro, 1971d).

Castro reconocía la importancia del proceso chileno como un acontecimiento singular “Un hecho realmente único en la historia”, en la línea de la Comuna de Paris, pero que aquel intento, a la luz de sus debilidades, fue simplemente aplastada (1971c). Para él:

los chilenos, que han constituido el primer caso de ascenso al gobierno por las vías electorales, tendrán que continuar desarrollando su inteligencia, sus virtudes cívicas y patrióticas, sus capacidades políticas, para defender este experimento, para llevar adelante este ejemplo (ídem.).

 

La ejemplificación del modelo cubano y la irreversibilidad de sus logros contrastaban con el posible traspié electoral del proceso chileno. Una reversibilidad o profundización que estaba sujeto al voto y a las elecciones presidenciales en 1976. Aquel análisis no podía tomar por sorpresa a nadie, es el fundamento básico de la democracia liberal, por eso Castro hizo hincapié en que, si este era el camino tomado, se debía constituir una voluntad cívica patriótica capaz de proyectar aquel “experimento”.

Por lo mismo, tanto Castro como Allende hablaban de proceso y no de revolución para el caso chileno.

 

Las FF. AA. y la “Vía chilena”

A los ojos de Fidel Castro, el proceso chileno era verdaderamente singular, abriendo el camino del cambio social por la vía de las elecciones, por la vía pacífica.

De igual manera, esperaba que los chilenos pudiesen encontrar las soluciones a los problemas que ello conllevaba, a pesar de la mirada compleja y amenazante que para esos años ya preveía. Desde su óptica, en esta disyuntiva la lucha venía desatada y en ella tenía la seguridad que se darían las leyes de los procesos revolucionarios:

[...] Y no hay duda de que el imperialismo inventará todo. Desde luego, un imperialismo más débil, pero también más diestro […] con aliados diestros, duchos y sutiles, que acudirán a todos los procedimientos, que acudirán a todas las armas. Y por eso nosotros, como revolucionarios y hablando en términos amplios, hemos expuesto un concepto revolucionario, un concepto de estrategia revolucionaria válido para nuestro pueblo y válido para cualquier pueblo (Castro, 1971c).  

 

Para el momento de su visita, el propio Castro reconocía que la potencia del norte mostraba ciertas debilidades, permitiendo el desarrollo de proyectos democrático-burgueses, que favorecía movimientos de liberación de los pueblos. Pero a pesar de esa debilidad, Castro planteaba que de igual forma EE.UU. junto a sus aliados, se encontraba acechando para poder dar el golpe, utilizando “[…] todos los medios, en todos los terrenos, para hacer fracasar el camino chileno” (1971c). En esos instantes, desde su punto de vista, el fascismo trataba de avanzar y ganar terreno en las capas medias para finalmente tomar la calle (1971e) y poner fin al proceso revolucionario. Castro identificaba así las limitaciones de la estructura burguesa y los antagonismos de clase, que se agudizarían en la medida que se profundizaran las acciones para la configuración y transición al Socialismo chileno

Aggio percibe, en esta crítica de Castro, el reconocimiento del fracaso de su viaje, que, de acuerdo con el autor, se había concebido como una herramienta movilizadora, destinada a formar una conciencia moral en el pueblo chileno (2003, pág. 156).[9] Ante esa imposibilidad, Castro habría levantado la “invención de una contrarrevolución” (pág. 159), al no poder sostener la apuesta de la revolución en su viaje por Chile.

Para Castro el camino revolucionario era un proceso complejo, lo que hacía imprescindible, a ejemplo de Cuba, que se desarrollarán unas fuerzas armadas que fueran entendidas como partes del pueblo, preparadas y capacitadas técnicamente. Estas FF.AA. debían ser complementarias con una “población […] organizada y preparada para defenderse en caso de cualquier agresión” (Castro, 1971b).

Castro hacía referencia a la necesidad de construcción de un poder popular alternativo que pudiese sostener el proceso chileno. Esta lectura adquirió importancia, cuando a fines de 1972 la viabilidad del gobierno de Salvador Allende y el proceso de la UP se terminó sosteniendo en la incorporación de militares al gabinete como garantía de estabilidad.  La dicotomía, ya anunciada por Castro, fue la necesidad de recurrir a una institución que históricamente había estado al servicio de las fuerzas reaccionarias, pero que, bajo las circunstancias, apareció como la única capaz, si bien no de encauzar, si de dar oxígeno al proceso revolucionario.

El análisis de Castro no fue ajeno ni nuevo dentro de la izquierda nacional. Algunos sectores de la época no eran tan ingenuos con respecto al rol de las FF.AA. Desde sus miradas habían asumido el rol de clase que estas detentaban, partiendo de la premisa que no existían sectores neutros en el aparato estatal. Pensarlo de otra manera sería, según esos sectores, “una aberración teórica y práctica” (Castillo, Echeverría, & Larraín, 1973, págs. 32-35).  Así también lo entendió EE. UU. y la administración Nixon, traducida en una cancelación paulatina de créditos vía organizaciones internacionales al gobierno de Allende, pero siempre manteniendo la ayuda económica abierta con el mundo militar, asumiendo la importancia futura que tendría dicho actor (Fermandois, 1991, pág. 438), a la par que aumentaba la ayuda financiera a la cada vez más radicalizada oposición política en Chile.

Si las FF. AA no eran neutras, estas no podían ser neutralizadas en su carácter de clase “sino en cuanto amenaza de golpe militar, en la medida en que no se llegue a su límite de tolerancia” (Castillo, Echeverría, & Larraín, 1973, pág. 35). El límite de la tolerancia de las FF.AA. estaba en aceptar las reformas estructurales dentro del marco legal, pero nunca para permitir una revolución socialista (Arriagada Herrera, 1974, pág. 241).

 Para estos grupos, la neutralización de las FFAA no debía entenderse como una sola táctica, sino una parte de ella, en la medida que estratégicamente se tuviese la capacidad de desarrollar un aparato armado con el que se fuese capaz de tomar el poder, pero no como cuerpo armado paralelo que disputase el control a las FF. AA. (Castillo, Echeverría, & Larraín, 1973, pág. 35).

 Una lectura con ciertos matices a la anterior, la planteó Sweezy (1971) reflexionando ante la eventualidad de un golpe de derecha, apuntando que podrían existir en Chile, al interior de las FF. AA. grupos constitucionalistas que abriesen los arsenales a las fuerzas populares, siguiendo el ejemplo de lo ocurrido en República Dominicana. A la luz de los sucesos posteriores, esta posibilidad se mostró tan lejana, como la capacidad de levantar un cuerpo armado popular.

La apuesta constitucionalista terminó con “marineros detenidos y torturados por denunciar los aprestos golpistas” de la alta oficialidad de la Armada de Chile (Punto Final, 1973) junto con la estigmatización y utilización política, por parte de la oposición y el almirantazgo, de la figura del senador Carlos Altamirano, secretario del Partido Socialista, el que, de acuerdo a Salazar, terminó presentado como un político radicalizado, conspirador y sedicioso (2010, págs. 356-357).

Aquella construcción no se condice con lo realmente sucedido, como se puede apreciar en las investigaciones de Magasich sobre la Armada de Chile, el que presenta una serie de entrevistas a marineros “antigolpistas” que manifestaron la poca credibilidad que Altamirano mostró en su capacidad operativa destinada a evitar la acción golpista de la Armada, lo que derivó en una ausencia de compromiso por parte del político (2008, págs. 102-104).

 A juicio de Arriagada, la política desarrollada por el presidente Salvador Allende en relación con las FF.AA., se sostuvo en demasía en el artículo 23 de la constitución de 1925, que le entregaba a él la condición de generalísimo de las Fuerzas Armadas, siendo estas profesionales, jerarquizadas, disciplinadas, obedientes y no deliberantes (1974, pág. 242). Esta tesis se fortaleció en el gobierno por las posturas constitucionales de los generales Schneider y Prats (Corvalán Lépez, 2003, pág. 212), y refrendado en el conflicto de los marineros “antigolpistas” en el que el presidente asumió y dio credibilidad a las explicaciones del Comandante en Jefe de la Armada, almirante Montero (Salazar, 2010, pág. 356). La duda que se cernía era sobre que se entendía por obedientes y a quien debían dicha obediencia, aquella interrogante determinó el futuro del presidente Allende.

La Armada, ante los discursos efectuados por Fidel Castro, asumió que las FF.AA. eran las únicas capaces de imponer el orden, por lo que las palabras de Castro habrían tenido un doble objetivo:

  • Interno: Convencerlas de que su intervención acarrearía una gran intervención popular en favor “del régimen marxista”, que llevaría a un enfrentamiento de grandes proporciones.
  • Externo: Esconder que “la nueva forma de socialismo en el mundo en realidad había fracasado” (Armada de Chile, 1991, pág. 13).

 

Aylwin en noviembre de 1971 precisaba que todo revolucionario debía tener claro donde estaban las FF. AA., que por su carácter e historia estas se identificaban con la “legitimación rousseauniana de los gobernantes (voluntad general de los ciudadanos) y no con los revolucionarios (interés del proletariado) y sectores populares (1971, págs. 11-12).

Las palabras de Patricio Aylwin implicaban que para la oposición era una necesidad poner en contradicción al gobierno con la constitución o algunas de sus instituciones, como única manera de presentar la acción de las FF.AA. como un acto legítimo. Si los cambios eran constitucionales, las FF.AA. quedaban atadas al discurso que históricamente habían levantado, amarrados a la prescindencia política y el respeto a la carta fundamental. Allende y el gobierno popular lo comprendían, y es en función de esa lectura gubernamental que debe entenderse el reconocimiento del monopolio de la fuerza, el pacto de garantías democráticas, la satisfacción de reivindicaciones de tipo económico e institucional, que llevó finalmente a las FF. AA. a transformarse en árbitro de la existencia del proyecto popular (Arriagada Herrera, 1974, pág. 130).

La ingenuidad de la lectura del gobierno llevó incluso a Joan Garcés a plantear que: “las FF.AA. chilenas han demostrado hasta la saciedad, excepto para quienes no quieren ver, que no se sienten ya comprometidas en la defensa de los intereses económicos de los latifundistas y de la alta burguesía industrial-financiera” (Arriagada Herrera, 1974, pág. 240). Para Garcés no existía en ese momento antagonismo social entre el gobierno de Allende y las fuerzas coercitivas del Estado.

Si consideramos a Arriagada, en 1974, este reconoce que, si las FF. AA. se percibían como representación de los sectores mesocráticos, la presencia de sus intereses (clase media) en la apuesta inicial de la UP, lograba la condición adecuada para sostener la prescindencia política de las mismas, pero la desaparición política de los sectores medios en cargos representativos de la UP habría significado la escisión de la constitucionalidad de las FF. AA. La disputa de los sectores mesocráticos, entendida como clave para la captura política de la FF. AA., estaba en la misma dirección que el análisis que Castro había levantado en su viaje en 1971.

Clodomiro Almeyda años después del golpe militar profundizó en que uno de los grandes errores de la UP fue la incapacidad de levantar una política militar destinada a “sustraer a las Fuerzas Armadas de un rol represivo”, de su capacidad política militar (1981, págs. 29-31) junto con no lograr establecer puentes y sacar del aislamiento al mundo militar en su relación con la sociedad civil.



Imagen 4. Fuente: www.telesurtv.net

 

La despedida

El proceso chileno a los ojos de Fidel Castro era verdaderamente singular. Abría el camino del cambio social por la vía eleccionaria, por la vía pacífica: “Un hecho realmente único en la historia, el primer episodio de este tipo en la historia” (1971c). Para Castro “los chilenos, que han constituido el primer caso de ascenso al gobierno por las vías electorales, tendrán que continuar desarrollando su inteligencia, sus virtudes cívicas y patrióticas, sus capacidades políticas, para defender este experimento, para llevar adelante este ejemplo.” (ídem.).

Fidel Castro esperaba que los chilenos pudiesen encontrar las soluciones a esos problemas, a pesar de la mirada compleja y amenazante que para esos años se preveía, ya que, de acuerdo con sus palabras, en esta disyuntiva la lucha venia desatada y en esta tenía la seguridad que se darían las leyes de los procesos revolucionarios:

[...] Y no hay duda de que el imperialismo inventará todo. Desde luego, un imperialismo más débil, pero también más diestro […] con aliados diestros, duchos y sutiles, que acudirán a todos los procedimientos, que acudirán a todas las armas. Y por eso nosotros, como revolucionarios y hablando en términos amplios, hemos expuesto un concepto revolucionario, un concepto de estrategia revolucionaria válido para nuestro pueblo y válido para cualquier pueblo (ídem.).

 

En su discurso de despedida en el Estadio Nacional el 2 de diciembre de 1971, terminó de manifestar lo especial del proceso chileno, pero dejando en claro que en cuanto a los procesos de lucha de clases (1971e) este no tenía nada de original, ya que se enfrentarían a las mismas adversidades que los procesos revolucionarios anteriores. Indicando que cuando la historia entraba en acción, en estas luchas, los reaccionarios tratarían de desarmar moralmente al pueblo: “¡y es que regresaré a Cuba más revolucionario de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más radical de lo que vine!  ¡Regresaré a Cuba más extremista de lo que vine!” (ídem.).

Estas últimas palabras, fragmentadas y totalmente descontextualizadas de sus discursos generales, han sido considerados como un golpe y desprecio final a la apuesta chilena. Pero, muy por el contrario, es debido al peligro y la amenaza que el visualizaba del proceso chileno, que ese día, a manera de epílogo, se despide diciendo:

cómo se valen de tantos y tantos medios, desde el fondo de mi corazón sale una conclusión, ¡y es que regresaré a Cuba más revolucionario de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más radical de lo que vine!¡Regresaré a Cuba más extremista de lo que vine! (1971e).



Imagen 5. Fuente: https://twitter.com/BibliotecaSAG

 

Reflexiones finales

La visita de Fidel Castro estuvo lejos de pasar desapercibida. Aggio postula que las intervenciones realizadas durante su estadía terminaron obligando al gobierno chileno a asumir posiciones que respondiesen a sus interpelaciones (2003, pág. 153). Según el autor, en su visita, Castro le habría venido a hablar a la izquierda, definiendo quienes eran los amigos y enemigos de la revolución. Para esto habría utilizado un discurso que define como “intencionalmente pedagógico” (pág. 156). De esta forma, Castro no habría “dejado Chile antes de estar convencido que había socavado las bases de la estrategia política que había otorgado la victoria a Salvador Allende” (pág. 159). Esto lo habría llevado a considerar su visita como un “punto de inflexión en los sucesos que definirían la experiencia chilena” (pág. 154). Elizondo por otro lado afirma que la figura de Castro se volvió provocativa y exasperante, y que un factor común de su visita sería el “repudio unificador” (1995, pág. 299), intensificando gradualmente la “[…] paramilitarización de la vida política” (Fermandois, 1991, pág. 438).

Para Aggio la visita de Fidel introduce un cuestionamiento al sistema político chileno que no existía antes de su visita (2003, pág. 153). Así, el país habría cambiado posteriormente a esta, acentuando la tendencia de confrontación (págs. 153-154).

La lectura anterior no considera o desconoce sucesos previos relevantes para la construcción de un ambiente de confrontación. Ya en diciembre de 1967, en un encuentro entre Jorge Alessandri y el embajador estadounidense Edward Korry, el expresidente planteó al embajador que “prefería un triunfo de la izquierda en 1970 […] pues ello gatillaría una intervención militar y la instauración de un gobierno que tendría la capacidad de poner orden en una situación que él [ya] percibía como caótica y desastrosa (Hurtado T., 2016, pág. 5).  Una demostración que el clima enraizado estaba presente mucho antes de la visita de Fidel. Recordemos el asesinato del general Schneider o las acciones encubiertas de Estados Unidos en Chile entre 1963-1973, dadas a conocer por senado norteamericano en 1975, conocido como “Informe Church”.

 La descripción beligerante terminó calando en sectores de la izquierda chilena, planteando que este debió auto limitar sus palabras y así aminorar los efectos que su visita pudo tener en Chile, debido a la constante vigilancia y acusaciones de intervencionismo que hacía la derecha sobre él.

En un Estadio Nacional a medio llenar en su despedida, Castro habría realizado supuestas críticas al Gobierno chileno sobre su verdadera capacidad de movilización. Esto fue tomado por la derecha y replicado posteriormente como el argumento central para la creación de los comités de vigilancia, bajo el símil del modelo cubano (Filippi & Millas, 1999, págs. 122-123). Esta aseveración también está presente en una Cartilla de la Armada, sosteniendo que la visita de Castro era la prueba evidente de las relaciones armónicas entre “el Gobierno Marxista de la época y la “revolución castrista”.

Aquel análisis difícilmente puede proceder de una operación de inteligencia, no era para nada secreto el carácter del encuentro. La visita era exactamente eso, pero hacen hincapié en que, para Fidel Castro, el proceso revolucionario no caminaba con la rapidez requerida, dejando a su partido instrucciones claras para apurar el futuro de la revolución”, siendo los comités de vigilancia la prueba de cómo el gobierno de Allende tomo esas recomendaciones (Armada de Chile, 1991, pág. 13).

Tan solo un mes después del golpe militar, el almirante Ismael Huerta, Ministro de Relaciones Exteriores de la Junta Militar, ante la Asamblea General de la ONU el 9 octubre de 1973, afirmaba que armamento de origen checo y soviético había ingresado a Chile con ayuda de un avión regular de la línea cubana de aviación. Este no había pasado por la Aduana y poseía suficiente cantidad de armas para 20.000 hombres (Castillo, Echeverría, & Larraín, 1973, págs. 14-15). De esa manera, sectores castrenses levantaron la existencia de una verdadera Brigada Internacional, que habría estado formada por 13 mil exiliados provenientes de Brasil, Uruguay, Bolivia, México, Santo Domingo, Honduras y Perú, entrenados por cubanos, vietnamitas y coreanos.

 Aggio, en una lógica similar a la Armada de Chile, plantea la tesis que ante el peligro que significaba el posible éxito de la experiencia chilena para la hegemonía continental de Cuba, Castro habría actuado buscando radicalizar el proceso chileno “posiblemente para hacer de Chile una base de operaciones de guerrilla latinoamericana” (2003, pág. 159) siendo estratégicamente, de acuerdo con el autor, el objetivo máximo de esta visita.

Arriagada, a un año del golpe, manifestaba que el triunfo de la táctica allendista era la expresión del agotamiento de la “herejía cubana” en cuanto a revolucionar la revolución. Prosigue que aquello iba de la mano de un sorpresivo alineamiento de Castro con Moscú, que debilitaba el apoyo probable, de Cuba, a los partidarios de la “vía armada” (1974, pág. 73). Lo que habría implicado una apertura del proceso cubano y una limitación a la marxistización de la experiencia. 

El análisis desarrollado por el político democratacristiano, a diferencia de Aggio, posee coincidencias con la lectura que hizo la CIA para el año 71´, cuando en su boletín del 28 de agosto aseveraba que Cuba “había reducido drásticamente su ayuda a los movimientos revolucionarios de orientación guerrillera en Latinoamérica” (Harmer, 2013, pág. 48) desde la muerte del “Che Guevara” en el año 1967, asumiendo una política más realista.

Carlos Altamirano profundiza este punto, manifestando que uno de los consejos dados por Fidel Castro a Salvador Allende era que no agudizara la disputa con EE. UU., que eso no terminaría bien.  Además, el líder cubano habría planteado la importancia del partido Demócrata Cristiano para la sobrevivencia del proceso chileno, planteando que no sería mal visto, como un acto de fe, el proponer como ministro de Relaciones Exteriores de Chile al miembro de ese partido, Gabriel Valdés (Salazar, 2010, pág. 236).

Una prueba de pragmatismo y realidad, bastante alejada de aquel que tenía por objetivo incendiar Chile. Esta actitud de respeto, cautela y solidaridad también se tradujo en la influencia de Castro en el MIR, y la decisión de este movimiento de no llevar a cabo acciones que pudiesen comprometer la apuesta Allendista (ídem.).

La mirada presentada es coincidente con el planteamiento de Harmer, que manifiesta que se terminó construyendo una caricatura de los cubanos en Chile como saboteadores, con el fin de respaldar la insurrección regional, “propagada por Nixon, Kissinger y la junta (2013, pág. 28). Con ello, asumimos que su presencia no vino a alterar la correlación de fuerzas de la izquierda nacional, o que su visita fue desarrollada utilizando el fusil como micrófono. A la luz del análisis la posición de Fidel se aleja de aquella visita ingrata moviendo cielo y tierra para hacer fracasar el proceso chileno. Su presencia no hace sino ir reafirmando posiciones ya existentes en la izquierda, por lo menos desde el plano discursivo.

Con respecto a la derecha chilena, la visita de Fidel no genera ni provoca una estrategia nueva en relación con la “Vía Chilena”, esta estaba trazada mucho antes del triunfo de Salvador Allende, y en todas sus alternativas, el fin proyectado era el mismo, el convencimiento y movilización de las FF.AA. para lograr el quiebre democrático institucional.

Las reflexiones de Fidel durante esta visita a Chile se movieron desde un pragmatismo político, comprendiendo, al igual que otros actores, la fragilidad de un proceso revolucionario sostenido en estructuras tradicionales oligárquicas propias de las clases hegemónicas Latinoamericanas. Pero también desde una actitud cautelosa, para no dar pretextos que se pudiesen transformar en ataques al gobierno de la Unidad Popular, reconociendo el enorme impulso que su presencia significaba para las fuerzas sociales y políticas de la izquierda chilena (Punto Final, 1971, pág. 3).

Aquello hace desaparecer el intento de disputa frente a la alternativa allendista. Bastaba no venir, o incluso viniendo, no alertar del peligro que se cernía sobre el gobierno de Allende y apostar a socavar el gobierno. En cualquiera de esas alternativas el proyecto de Fidel y su “vía armada” se elevaban como posición triunfante, pero esa profundización de los antagonismos hasta el punto de la ruptura era tener una victoria a “lo Pirro”, ya que debilitaba el proyecto del socialismo internacionalista latinoamericano, acentuaba la orfandad de Cuba y profundizaba la hegemonización continental de parte de EE. UU.

Allende manifestó que cada pueblo tiene su propia realidad, es en función de ellas como se define el actuar, “no hay recetas”, y que el proceso chileno lo que hacía era abrir perspectivas desde el camino electoral. Sabía que eran acusados de reformistas, pero nadie podía poner en duda que lo que querían hacer era la revolución, “transformar nuestra sociedad, vale decir, construir, el socialismo” (Allende, 1971, pág. 61).

Ante la pregunta de Debray en torno al uso internacional de su figura como contraposición de la Fidel Castro y su tesis de la guerra del pueblo, Allende respondió:

la lucha revolucionaria puede ser el foco guerrillero, puede ser la lucha insurreccional urbana, puede ser la guerra del pueblo, la insurgencia como el cauce electoral, depende del contenido que se le dé. Entonces, frente a algunos países no hay otra posibilidad que la lucha armada: donde no hay partidos, donde no hay sindicatos (…) ¿quién va a creer en la posibilidad electoral? No hay ahí ninguna perspectiva electoral (Allende, 1971, pág. 61).

 

Efectivamente, Castro y Allende representaron caminos distintos hacia el socialismo, pero ambos compartían una mirada común de Latinoamérica, sostenida en el marxismo y la teoría de la dependencia (Harmer, 2013, pág. 55). La misma autora puntualiza que el triunfo de Allende dejó en evidencia la fragilidad y la mutabilidad de Latinoamérica. Cuba ante este triunfo y consciente de su propia fragilidad comprendió la apuesta chilena dentro del marco propio de la tradición de la izquierda nacional. Un proceso que, de acuerdo con la lectura cubana, era aplicable a Chile y Uruguay.

La apuesta chilena fue entendida, por tanto, no como un debilitamiento a nivel continental, sino que, al contrario, como un elemento más del fortalecimiento en mira de la solidaridad latinoamericana, un camino a la “cooperación madura” que mejoraba su propia posición hemisférica (Harmer, 2013, pág. 103).

Lo anterior no aparece contradictorio con la “maniobra diversionista” cubana y su generación de focos periféricos de conflicto con el objetivo de desviar la atención de EE. UU. (Rodríguez Elizondo, 1995, págs. 323-324). La existencia de la apuesta socialista chilena no aparecía, ni se entendía como antagónica a los intereses de sobrevivencia cubana.

El proyecto chileno se insertó y quedó sujeto a los embates de aquellas fuerzas reaccionarias, devenidas posteriormente en fuerzas golpistas. Una experiencia revolucionaria sujeta a los marcos legales de su constitución, pensando ingenuamente que estos eran los mismos marcos en los cuales la oposición disputaría el poder.

Pero la inocencia no debe entenderse como sinónimo de un sometimiento perpetuo. En la medida que se pueda reparar en aquellas experiencias, encontraremos las herramientas para desarrollar nuevos proyectos sociopolíticos, y ahí, la historia reciente no ha dado razón exclusiva ni a Castro ni a Allende, sino que a ambos.

Proyectos demo-socialistas, como el Socialismo Bolivariano o el Socialismo Andino, efectivamente han podido acceder vía electoral, democrática y pacífica al poder, logrando copar o “redimir” momentáneamente de su pasado a ciertas instituciones y configurar una nueva correlación de fuerzas, iniciando una transformación de la estructura burguesa. Pero ello habría sido imposible sin el abandono, de sus respectivas FF. AA, del carácter y rol reaccionario que habían jugado en las respectivas historias de sus países.

Sus proyecciones se sostienen en el rol revolucionario que permite las transformaciones estructurales y las potencialidades de subvertir el escenario de explotación tradicional latinoamericano. Por ello, el avance de cualquier proyecto de izquierda no debiese subestimar ni a Fidel ni Allende, la única manera de que las ruedas de la historia no puedan retroceder, es avanzar, de acuerdo con nuestra realidad histórica, con las experiencias de sus proyectos colectivos, recordando una premisa fundamental, que “para poder discrepar y luchar por convencer a los demás de la justeza de nuestras posiciones ideológicas, hay primero que vivir” para ello (Punto Final, 1971, pág. 1).

 

Notas:

[1] El “Informe Church” data del 18 de diciembre de 1975, en el cual el senador norteamericano Frank Church dio a conocer los resultados de las investigaciones que llevara a cabo una comisión del Senado de los EE. UU sobre las actividades clandestinas que durante diez años el gobierno de ese país realizara en Chile. El documento recibió el título de “Acciones encubiertas en Chile, 1963-1973”. Sin embargo, es más conocido por el nombre de “Informe Church”. 

[2] Aquel análisis toma distancia de las conclusiones del “Informe Church” y de la posterior desclasificación de archivos de la CIA en el año 1999, en el que se da cuenta del intervencionismo de EE. UU. en Chile. Para confrontar la lectura de Fermandois véase Corvalán (2012) e Informe Church “Acción encubierta en Chile 1963-1973”, disponible en https://imagenesparamemoriar.com/2015/06/03/informe-church-usa-accion-encubierta-en-chile-1963-1973.

[3] Para el caso chileno ejemplos de lo anterior podemos hallarlo en la transformación del POS en PCCH, o la irrupción de las corrientes trokistas, marxistas críticos, comunistas disidentes etc., que encontraran en el PSCH un espacio para su desarrollo revolucionario, levantando un proyecto antiimperialista ajeno a las lecturas dogmáticas representadas por los PC satélites de la apuesta soviética. Para más información véase El marxismo en América Latina. Antología, desde 1909 hasta nuestros días, de Michael Lowy (2007).

[4] Para los ´50 el Partido Socialista se encontraba dividido en el Partido Socialista de Chile (PSCh) y el Partido Socialista Popular (PSP). Este último decidió apoyar la candidatura presidencial de Carlos Ibáñez del Campo en 1952, lo que provocó un quiebre en el PSP. Un sector liderado por Salvador Allende decide retirarse y dar forma al “Movimiento de Recuperación Socialista”, que facilita su ingreso nuevamente a las filas del PSCh, que pasó a llamarse Partido Socialista (PS). Se inició un acercamiento al PCCh, en esos  momento en la clandestinidad, recolocando la alternativa para una izquierda no colaboracionista (Corvalán, 2018, pág. 58) debido al agotamiento del centro radical, del patrón de desarrollo mesocrático y  la irrupción de nuevas  luchas y actores sociales.

[5] Para comprender la evolución de los partidos de la izquierda chilena se recomienda la lectura de Galo González y la construcción del partido de Luis Enrique Délano (1968); De lo vivido y lo peleado de Luis Corvalán (1999) y Conversaciones con Carlos Altamirano: Memorias Criticas de Gabriel Salazar (2010).

[6] Revista Punto Final, núm. 665, jueves 26 de junio de 2008.

[7] Los primeros acercamientos, de tipo comercial, con la República Popular China se dieron bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva en el año 1968. Tuvieron un rol primordial en dicho acercamiento el, en ese entonces, canciller Gabriel Valdés y Belisario Velasco gerente Comercial y de Operaciones de la ECA (Empresa de Comercio Agrícola). Para más información véase: Gabriel Valdés, Sueños y Memorias (2009) y Belisario Velasco, Esta Historia es mi Historia (2018).

[8] Véase la revista Punto Final, año V, núm. 126, 16 de marzo de 1971. Edición especial: “Allende habla con Debray”.

[9] Traducción realizada del artículo original en portugués para todas las citas a lo largo del artículo.

 

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Cómo citar este artículo:

SÁNCHEZ ABARCA, Marcelo, (2021) “La visita de Fidel y sus efectos políticos. ¿polarización, disputa o solidaridad en el Socialismo Latinoamericano?”, Pacarina del Sur [En línea], año 12, núm. 45, octubre-diciembre, 2020. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 10 de Mayo de 2021.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1919&catid=14

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