Rebeliones indígenas en Mendoza: 1750-1880[1]

Martha Eugenia Delfín Guillaumin

Escuela Nacional de Antropología e Historia, México

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

 

El Proceso de Araucanización en Mendoza

Los Araucanos chilenos o Mapuches

Antes de pasar a analizar el proceso de araucanización, creemos necesario determinar aspectos importantes de los indígenas araucanos (mapuches) provenientes de Chile.

Al ocurrir la avanzada incaica hasta el río Maule (entre 1480 y 1540), es decir, la conquista incaica del centro de Chile, parte de la población proto araucana migró de esta región hacia el sur; en consecuencia, se produjeron también desplazamientos en la zona austral, como el de los grupos indígenas enterradores de urnas (Kovkeche), que contribuyeron a la formación del grupo huilliche al sur del río Tolten. Entre este río y el Itata se gestó por su parte, la belicosa etnia o nación mapuche (Schobinger, 1963, pág. 230).[2]

La cultura inca influenció a la araucana, ejemplo de ello serían la introducción de la metalurgia con el trabajo del cobre, las mejoras en las técnicas de cultivo, etc.

Como consecuencia de los movimientos migratorios anteriormente mencionados, por esa época comenzó la infiltración araucana o mapuche en la zona cordillerana de Neuquén (al sur de Mendoza) produciéndose las oposiciones guerreras entre puelches y pehuenches, y entre estos dos grupos y los araucanos de Chile. Los grupos puelches, que constituyeron la población pre araucana de la zona cordillerana del Neuquén, tendieron a incursionar o a invadir el lado occidental de la cordillera (Ibíd., pág. 230).

El gentilicio araucano les fue dado por los españoles. Según supone Benigar, el término apareció por primera vez en la literatura con el poema épico La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga en los inicios de la época colonial en Chile. La voz araucana era un simple término regional al parecer derivado del nombre del paraje de Rag ko o Raw co (de co, agua, y rag, greda), en la región de Concepción de Chile y extendido en el principio a la pequeña y angosta región marítima al sur de la mencionada ciudad que hoy constituye la provincia administrativa de Arauco.

En el siglo XIX, la voz araucana sirvió para designar a las comunidades indígenas chilenas al sur del río Bío-Bío, sometidas recién en la década del ochenta del siglo pasado al gobierno chileno. El término fue adquiriendo paulatinamente un carácter lingüístico y posteriormente, fue utilizado en forma definitiva en los trabajos de Lenz y Augusta. Inclusive, advierte Benigar, el uso del vocablo araucano debe ser lingüístico y no racial porque actualmente entre los araucanos se pueden distinguir “varias razas, desde una enana de 1.50 metros de altura media, hasta la alta [sic] de 1.80 metros con distintos tipos de cabeza y diferentes proporciones en la constitución ósea” (Op. Cit., pág. 120).

Los araucanos se autonombraron che durante la época colonial e independiente, y a los españoles y criollos les llamaron wigka o winka (huinca). Que, según Muñiz, proviene de la voz araucana huincun que significa asesinar (Muñiz, 1931, pág. 295), y que para otros autores podría derivar, quizás, del vocablo wigk que quiere decir robar animales (Benigar, Op. Cit., pág. 119).[3]

Casamiquela considera que “lo araucano” estaba en franca expansión hacia el sur en el territorio chileno durante la época de la conquista española. Por el norte estaba vigente, según lo demuestra la toponimia, en la región de Coquimbo, hacia los 30-31° de latitud. La expansión de la lengua araucana hacia el sur enmascaró la individualidad de los pueblos radicados en los valles transversales de Chile, seguramente de distinta extracción racial y cultural. Al sur de Santiago dio un barniz común a: andidos, fuéguidos y, marginalmente, pámpidos y huárpidos, desde el punto de vista racial. Cultivadores, pescadores, recolectores y cazadores, desde el cultural (1979, pág. 7).

Es sabido que los araucanos de Chile eran más bajos y rollizos que los indígenas de extracción huárpida o pámpido-patagónica. Su color de piel era más claro que el de los indios huarpes, según informa el jesuita Alonso de Ovalle en su obra Histórica relación del reyno de Chile, en el Libro III, capítulo VII, escrita a mediados del siglo XVII (Canals Frau, 1946, págs. 27-28). Sabían labrar la tierra por lo que tenían “abundancia de comida”; tenían fama de ser “jente nacida para la guerra”, según relata Miguel de Olivares, religioso de la Compañía de Jesús en su obra Historia militar, civil y sagrada de Chile, que escribió a mediados del siglo XVIII (De Olivares, 1864, pág. 57), no sólo por ser robustos y fornidos, sino por su espíritu indómito y belicoso. Como armas usaban el arco que se distinguía por ser corto y reforzado a diferencia del huarpe que era más sencillo y más largo. También utilizaban “anchas picas y porras” y se cubrían el cuerpo con “coseletes de cuero de toro crudo”. La presencia de este animal indica la apropiación de este recurso traído por los españoles; quizás el coselete antes se fabricaba con la piel de otro animal autóctono (guanacos, por ejemplo), o la idea fue tomada al observar las armaduras y cotas de malla de los conquistadores europeos (Ibíd., pág. 59).

También refiere este cronista que entre las creencias de tipo mágico religioso destacaba el huecub, al que los araucanos atribuían los acontecimientos adversos o dañosos:

 

Al anublarse sus mieses, el secarse por falta de agua, y el entrarles gusano, u otra semejante plaga… el faltar el pez en algún lago o río que antes lo criaba… el temblar la tierra, es que se sacudió [el huecub] debajo de ella; el cansarse el caballo, es que se les cargó en las ancas; el enfermar o morir naturalmente ganados u hombres, es que se les metió en el cuerpo (Ibíd.,  pág. 51).

 

También creían en el epunamun, especie de “duende” que se les aparecía con alguna deformidad física (su nombre significa dos piernas) y de quien escuchaban consejos que los araucanos seguían, opina Olivares, posiblemente por temor a ofenderlo si lo desobedecían. Respetaban a la anchumallacin, la luna que era la mujer del sol, a la que creían una señora joven tan bella y ataviada como benigna, y a la que rendían mayor culto que al sol; quizás debido a lo anterior era que la cuenta de los días era llevada por el cómputo del ciclo lunar. Durante los matichunes o curas invocaban al meulen, ente superior y benéfico, para que fuese a librar al enfermo del hechizo (Ibíd., págs. 51-52).

En los entierros, informa este cronista, los parientes colocaban comida y bebida junto al muerto. Si la que moría era mujer, entonces, enterraban junto con ella los instrumentos propios de las labores femeninas, a saber, husos, lana, ollas y cántaros; si el muerto era hombre, se colocaba junto a su cadáver a uno de sus caballos y sus armas. Como se puede apreciar, los indios araucanos ya habían incorporado al caballo a su vida socioeconómica. El funeral se realizaba en medio de llantos inconsolables y los deudos se mesaban los cabellos en señal de dolor.

Refiere Olivares que los fenómenos atmosféricos eran observados con atención por los araucanos ya que les atribuían distintos significados: en las tempestades creían que las almas de los españoles e indios muertos en batalla realizaban otro combate en el cielo, y así, los relámpagos eran el choque de unos contra otros. En estos encuentros celestes, si el viento corría de sur a norte, creían que los suyos iban venciendo y los animaban con las siguientes palabras: inabimn puen, lagm bomn, urquibilmn, que significa “seguidlos, seguidlos varones, matadlos, no les tengáis lástima”. Si, por el contrario, la borrasca iba de norte a sur, pensaban que sus guerreros iban perdiendo terreno y enviaban rogativas para alentarlos. La dirección de los vientos y su interpretación se debía a que los españoles estaban ubicados al norte de los araucanos (Ibíd., pág. 51); seguramente, este tipo de creencias vinculadas con los fenómenos atmosféricos fueron reelaboradas por los araucanos cuando el grupo invasor hispano trató de dominarlos.

En este orden de cosas, los araucanos también creían que cuando sonaba el fuego, como cuando se quema leña verde, esa era la señal de que iban a llegar huéspedes; si se les acercaba un remolino de viento a la casa significaba que los enemigos iban a ir a asaltarlos; si les zumbaban los  oídos era que alguien estaba murmurando algo de ellos; si se les caía el bocado al llevarlo a la boca, pensaban que alguna persona que los quería bien se acordaba de ellos; si soñaban que se les caía algún diente tomaban por hecho seguro que se habría de morir alguno de su parentela; si un pájaro grande pasaba por encima de sus casas era que algún brujo vendría a flecharlos, a esta señal en particular le tenían especial precaución seguramente debido al temor que sentían por la muerte causada por veneno o hechicería (Ibíd., págs. 52-53).

Cuando los araucanos tenían algún enfermo o moribundo entre ellos acostumbraban a consultar a sus curanderos o machis, quienes, a través de ciertos ritos, a saber, sacrificio de animales acompañado de música de tamboriles y cantos, sahumerios, actos de posesión y contorsiones del shamán, lograban adivinar el origen del mal o al causante del envenenamiento. Realmente se asombraba Olivares con esta situación:

 

Pero en esto de temer la muerte por veneno o hechicería, no hai jente mas delirante y mas tímida, y es cosa bastante rara y difícil de componer con el discurso como a hombres que desprecian tanto la muerte en los combates y que aun la reciben con ánimo tan tranquilo, cuando les viene por enfermedad les cause tanto pavor imajinado (Ibíd., pág. 53).

 

Los araucanos eran gobernados por caciques llamados ulmen, que, según Olivares, significa “hombre rico y de gran parentela”. Cuando algún cacique convocaba a la guerra de le llamaba toqui, que proviene del verbo toquin, que significa “mandar”:

 

Y aunque esta convocatorias suelen hacerse comúnmente por los toquis, que son los que tienen el mando privativo en la guerra, eso no quita que las haga también otro cacique principal;  porque dado caso que el mando de los caciques, es solo en tiempo de paz, eso no estorba que se haga atender si convoca para la rebelión, como es natural en jente que por altiva sufre de mala gana el yugo de la sujeción, por pobre aspira a enriquecerse en los pillajes, y por belicosa vive entre los afanes de la guerra (Ibíd., pág. 58).

 

Cuando un toqui convocaba a un parlamento, es decir, a una junta guerrera, se elegía a uno de ellos como líder o cacique principal para que comandara la acción. Todos los demás caciques, gente principal y común acordaban someterse a su mando:

 

Esto se hace si hai alguno capaz de llenar el cargo o de entre los caciques o indios particulares, prefiriendo en esta ocasión (por cierto sabiamente) los intereses del común a la prerrogativa de la sangre o del puesto (Ibíd., pág. 58).

 

Los araucanos se distinguían por su belicosidad en la batalla y por las estrategias empleadas contra el enemigo, sobre todo después de la incorporación del caballo que fue utilizado diestramente como medio de transporte.

Con lo que respecta a sus costumbres sociales, los araucanos castigaban el homicidio, el hurto y la hechicería practicada en daño de un tercero. El castigo aplicado consistía en la muerte y confiscación de los bienes del culpable. Durante el período colonial, cuando el acusado poseía demasiada riqueza, se le castigaba matando y comiendo lo mejor y más bien parado de sus rebaños, es decir, los penaban más en la hacienda (ganado) que en sus personas.

Este grupo étnico practicaba la maloca, que eran los robos que se hacían unos partidos (parcialidades) a otros. Comenta Olivares que, si el grupo asaltante tenía mayor número de guerreros que el asaltado, este último no oponía resistencia, ya que de hacerlo daba con ello pretexto al otro grupo atacante de proseguir en sus latrocinios. Se supone que estas malocas se realizaban sin derramamiento de sangre porque los ofendidos buscarían mejor ocasión para la revancha y para robarles a los otros, mayor número de cabezas de ganado.[4] Según Olivares, por esta razón los indios vivían sumidos en gran pobreza, pero quizás se trataba de un ritual de guerra o algo parecido que se realizaba para mantener el equilibrio de la riqueza (en este caso representada por el número de cabezas de ganado) entre las distintas parcialidades.

Paisaje araucano
Imagen 1. “Paisaje araucano”.
Fuente: Pechmann, G. A orillas del río Bío Bío. Mendoza, 1975.

Por último, tenemos que, según los usos y costumbres araucanas, la educación de los menores (niños y mocetoncillos) era muy mal vista por los sacerdotes españoles. El mismo Olivares escribe lo siguiente: “Con los hijos usan la misma bárbara condescendencia, dejándolos vivir de asiento en su pereza y ociosidad, y consintiéndoles todos los vicios que nacen de ellos” (Ibíd., pág. 61).

Según este cronista, los niños y los mocetoncillos pasaban los días tendidos “brutalmente” al rayo del sol o retozando entre sí. También corrían a caballo “desapoderadamente” o se bañaban en los ríos. Se queja este religioso de que a veces los niños acompañaban a sus padres a juntas “en que se dedica el tiempo a Baco y Venus”, en las que sus progenitores se alegraban de verlos jugar “menos honestamente” con las muchachas porque cuando lo hacían siendo de corta edad consideraban a los niños “avisados y entendidos”. También los padres se alegraban de que sus hijos pequeños comenzaran a dar muestras de “valientes bebedores”. Estos niños no usaban términos de cortesía cuando se referían a sus padres y madres, ni tampoco cuando se dirigían a ellos les hablaban en tercera persona, sino en segunda y pronunciando el nombre raso sin “algún adjetivo comedido o respetuoso”; así, por ejemplo, para dirigirse a su padre le decían aellangui antun a cariguen, que entre ellos esta partícula adjunta con nombres era “artículo devocativo” (Ibíd., pág. 61).[5]

Con respecto a las mujeres araucanas, los indios cuidaban y celaban a la mujer casada, lo que no ocurría con la soltera que gozaba de bastante libertad. También existía el robo de mujeres entre los distintos grupos, por ejemplo, los pehuenches primitivos asaltaban a las poblaciones de ambos lados de la cordillera con ese fin; posteriormente, las mujeres serían robadas de las villas y ciudades españolas y criollas. Posiblemente el rapto de mujeres se debiera a una antigua costumbre de tomar por esposa a una mujer de distinta familia consanguínea, no tanto por un desequilibrio numérico entre los sexos, sino por la prohibición de que los miembros de un mismo grupo sanguíneo se cruzaran.[6]

Además de realizar la maloca como práctica guerrera y economía de apropiación, los indios araucanos intercambiaron mantas, tejidos y productos agrícolas con los demás grupos indígenas comarcanos.


Imagen 2. Fuente: Canals Frau, S. Poblaciones indígenas de la Argentina, 1953.

 

Notas:

[1] El presente texto deriva de la tesis doctoral de la autora, ¿Salvajes o marginados? La justificación ideológica de la Campaña del desierto del general Julio A. Roca de 1879 en la obra de Estanislao S. Zeballo.

[2] El sufijo che significa gente de. Según el sitio o característica especial de cada grupo étnico se formará el nombre de cada uno de ellos, por ejemplo: huilliche es “gente del sur”, mapuche es “gente de la tierra”.

[3] Este autor apunta que “derivar el vocablo wigk -robar animales-, como alguien ensayó, es una tentativa que por único fundamento tiene el parecido fonético de ambos vocablos y cierta justificación moral en la insaciable sed de riquezas de los primeros conquistadores que, en su afán de amontonarlas, no retrocedían ante medios condenados por su religión… Los vocablos che y wigka [winka] con los significados mencionados… aparecen en la obra del Padre Valdivia, esto es, a pocos decenios después de la primera entrada de los españoles a Chile”.

[4] Antes de la llegada de los españoles a Chile, los indios araucanos ya practicaban las malocas contra los demás grupos étnicos vecinos. Generalmente les robaban mujeres y productos agrícolas, lo mismo que plumas y pieles. La introducción e incorporación del ganado caballar, ovino, caprino y bovino modificó las costumbres indígenas no sólo en lo social (dieta, léxico, modalidad de las malocas), sino en lo económico (riqueza representada por el número de cabezas de ganado que poseía cada persona). Un siglo más tarde, Mansilla escribía: “toda su estrategia estriba en huir, esquivando el combate. Son ladrones, no guerreros [los ranqueles]. Pelear es para ellos el recurso extremo. Su gloria consiste en que el malón sea pingüe y en volver de él con el menor número de indios sacrificados en aras del trabajo” (1940, pág. 184).

[5] Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el jesuita Sánchez Labrador, al referirse a los indios puelches de la provincia de Buenos Aires, señalaba que entre estos indios estaba prohibido pronunciar las palabras ma gleter, ma meme (mi padre, mi madre) (1936, pág. 109).

[6] A mediados del siglo XIX, Mansilla comenta que la mujer ranquel de las tolderías situadas en El Cuero, al sur de Córdoba, si estaba casada era celosamente cuidada, mientras que la soltera gozaba de gran libertad; y señala la costumbre de festejar o alabar al niño que actuaba precozmente, diciéndole: “Este es muy gaucho”. La escala de prestigio partía de robar maneas y bozales, más tarde ovejas y después vacas. Inclusive comenta el caso de un chico de trece años cuyo mayor mérito consistía en tener mujer como esposa (1940, pág. 157).

 

Referencias bibliográficas:

  • Benigar, J. (1963). El nombre de los araucanos. En Actas del Primer Congreso del Área Araucana Argentina, vol. II (págs. 119-120). San Martín de los Andes.
  • Canals Frau, S. (1946). Etnología de los huarpes: una síntesis. Anales del Instituto de Etnología Americana, VII, 9-147.
  • Casamiquela, R. (1979). Los araucanos argentinos. Revista del Museo Provincial, II(2), 7-11.
  • De Olivares, M. (1864). Colección de historiadores y de documentos relativos a la historia nacional, vol. IV. Historia militar, civil y sagrada de Chile. Imprenta del Ferrocarril.
  • Mansilla, L. V. (1940). Una excursión a los indios ranqueles. Espasa Calpe Argentina.
  • Muñiz, R. (1931). Los indios pampas. Editorial Buenos Aires.
  • Sánchez Labrador, J. (1936). Los indios pampas, puelches, patagones. Viau y Zona Ed.
  • Schobinger, J. (1963). Movimientos étnicos y culturales de Chile, Mendoza y Neuquén. Sus reflejos arqueológicos. En Actas del Primer Congreso del Área Araucana Argentina, vol. II (págs. 225-232). San Martín de los Andes.

 

Cómo citar este artículo:

DELFÍN GUILLAUMIN, Martha, (2022) “Rebeliones indígenas en Mendoza: 1750-1880”, Pacarina del Sur [En línea], año 13, núm. 48, enero-junio, 2022. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 30 de Noviembre de 2022.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2055&catid=15