Pacarina del Sur
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Mujeres y trabajo en la prensa anarquista limeña: La Protesta, 1911-1916

Women and Work in the anarchist press of Lima: La Protesta 1911-1916

As mulheres eo trabalho na imprensa anarquista Lima: La Protesta, 1911-1916

Perla Jaimes Navarro

Artículo recibido: 25-03-2013; Aprobado: 01-04-2013

El debate respecto al papel de las mujeres en el entorno laboral es viejo, y ha suscitado multiplicidad de conflictos. La división sexual del trabajo, la cual cobró mayor visibilidad a partir de la revolución tecnológica iniciada en el siglo XIX, ha dado paso a un cada vez más amplio papel de las mujeres en los ámbitos fabriles y obreros.

En este contexto, el anarquismo latinoamericano jugó un papel muy importante respecto al trabajo y el debate respecto a la participación de las mujeres en este espacio, así como las vías de su emancipación fue intenso. El anarquismo tuvo la virtud de dar visibilidad al debate de la llamada cuestión femenina. El feminismo anarquista se manifestó con la creación de círculos literarios, de propaganda y la apertura de espacios periodísticos hechos específicamente por mujeres, los cuales contaban además con la participación de figuras intelectuales masculinas del anarquismo internacional, como Errico Malatesta. En este contexto, destaca la creación de revistas como La voz de la mujer (1896-1897), editada en Argentina por Virginia Bolten,[1] de periódicos como el mexicano Vésper (1901-1911), que dirigía Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, el cual se convirtió en el primero de orientación anarquista publicado en este país, o el peruano La Crítica, dirigido por Dora Mayer y Miguelina Acosta Cárdenas. Estos, que representan sólo una pequeña muestra del gran cúmulo de publicaciones emanadas de sectores ajenos a la burguesía, dirigidas por mujeres, nos permiten vislumbrar la importancia que la cuestión femenina estaba desarrollando en estos primeros años de actividad libertaria y el debate que no sólo respecto a las cuestiones laborales, se abría paso en ellos.

El anarquismo había formulado sus presupuestos ideológicos tomando en cuenta el papel de la mujer en el proceso de redención de la sociedad, y la integración de ambos sexos en este proceso. La mujer, con el mismo derecho a la libertad que el hombre, debía ser liberada de su esclavitud. El filósofo anarquista Mijail Bakunin declaraba: “…en casi todos los países las mujeres son esclavas; mientras que no sean completamente emancipadas, nuestra propia libertad será imposible”.[2]

En el caso específico que nos ocupa, el anarquismo peruano destaca por la importante labor de sus activistas femeninas, las cuales abrieron paso a la discusión respecto a importantes temáticas. La cuestión laboral fue un tema de debate prioritario,  considerando el cada vez más importante papel de las mujeres en los medios obreros y fabriles, y más aún en el invisible trabajo no formal o ‘doméstico’. La prensa anarquista fungió como portavoz de estos debates y sus páginas representan importantes testimonios de ello, destacando periódicos como Los Parias, que se publicó en Lima entre 1904 y 1910, años que representaron momentos coyunturales para la historia peruana; La Protesta (1911-1930), así como El Obrero Textil (1920-1925) y su sección “Tribuna femenina”. En esta oportunidad, dedicaremos nuestra atención al debate respecto al trabajo femenino desde las páginas del diario limeño La Protesta.

 

Una radiografía de La Protesta

Editado entre 1911 y 1926 por los miembros del grupo Luchadores por la Verdad,[3] La Protesta es, por mucho, el máximo representante del pensamiento ácrata peruano. En sus páginas se dieron cita incontables intelectuales y obreros de todas las condiciones socioeconómicas. Sus más de 140 números, publicados entre persecuciones, decomisos, clausuras y aprehensiones, son prueba fehaciente del poder de convocatoria de sus páginas.

Además de tratar temas fundamentales de la realidad peruana, como el movimiento obrero y las huelgas, dedicaron espacio a la reproducción de textos clásicos, escritos por los precursores del anarquismo europeo y nacional entre ellos Mijail Bakunin, Piotr Kropotkin, y Joseph Proudhon, sin faltar los de Manuel González Prada, además de mantener ligas con sus símiles de otros países, como Argentina, España, Chile, México, Estados Unidos, entre otros. Estas relaciones les permitían asimismo, recuperar las acciones de activistas femeninas, como Emma Goldman, fundadora de la célebre revista neoyorkina Mother Earth (1907-1917).

En este trabajo  intentamos poner en un mismo plano el análisis de los datos duros que los registros censales o las fuentes bibliohemerográficas nos brindan respecto a las condiciones laborales de las mujeres y el contexto social, moral y político en que dicho trabajo se desarrollaba, con el de las concepciones anarquistas respecto al trabajo femenino plasmadas en sus órganos de propaganda. Al contrastar dichas fuentes, esperamos vislumbrar una visión general del panorama laboral femenino y su asimilación en el imaginario ácrata de la época.

Una importante referencia acerca de las condiciones socioeconómicas de la época nos la brinda el estudio de Steve Stein en la década de 1980, en el que, a través del análisis de datos censales, registros municipales y la reconstrucción oral de sus protagonistas, nos nuestra un panorama de los escenarios en que se desarrollaba la vida de los sectores obreros. Estas informaciones, que nos brindan luz respecto a las condiciones laborales, de vivienda, de alimentación y de salud de los sectores populares, nos permiten vislumbrar las motivaciones de las notas que eran plasmadas en sus medios de expresión.

 

La “cuestión femenina” en el Perú

La visión tradicional decimonónica indicaba que la mujer debía ser un ser sumiso, dedicada casi de manera exclusiva al cuidado de la familia y el hogar. La familia, como unidad básica de la sociedad, era el único medio en el que estaba permitido que la mujer participara activamente como “productora”, en contraste con el varón quien tenía como campo de producción los medios públicos (Nash, 1983:41). Las publicaciones burguesas de la época destacaban dicha concepción, en la que la mujer se convertía en un ser poco beneficiado intelectualmente y por tanto siempre debería estar sujeta a la autoridad masculina, ya fuera el padre, un hermano o el esposo (Miller, 1987: 52).

En este contexto, la existencia de una inmensa mayoría de mujeres que no se sujetaban a estas concepciones, porque debían salir del hogar e integrarse al mundo laboral, suscitó una serie de encuentros y desencuentros, que trataban de conjugar dicha visión tradicional y la realidad de las masas femeninas, que no encajaban con los cánones preestablecidos.

En este debate respecto al papel de las mujeres en la sociedad y su contribución económica para el sustento de la familia, la doble moral de la sociedad peruana, permitía por un lado que las mujeres en situación de pobreza salieran a las calles y se integraran a los mercados laborales, rompiendo con el esquema tradicional que indicaba que la mujer debía ser la ‘reina del hogar’ y quedar a cargo del cuidado y educación de los hijos. De acuerdo con la concepción tradicional, la mujer debía ser ejemplo de virtud, fuente de “alegría, serenidad y gracia” (Miller, Ob. Cit.: 45). Dicha visión no contemplaba la realidad de la mayoría de las mujeres, para quienes era imposible hacer realidad el modelo de sumisión y delicadeza que prevalecía, porque debían ser el sostén de su familia.

Estas nociones eran introducidas en el pensamiento de las masas obreras como ideales de conducta que buscaban normar las relaciones entre los sexos y además ejercer control en las masas obreras. El papel que la mujer debía interpretar, no sólo como madre, sino como educadora y pilar de la familia, debía compensar su prohibida participación en los aspectos económicos. Se consideraba posible así la separación de los roles y la anulación de la conciencia de clase dentro de las filas del movimiento obrero. La noción de ‘superioridad’ del varón obrero respecto a la mujer podía hacer que en cierta forma olvidara su sentimiento de opresión respecto a la burguesía.

Frente al surgimiento de los movimientos de emancipación femenil, la prensa burguesa limeña respondía presentando en sus publicaciones artículos que resaltaban aún más el ideal de comportamiento femenino, en el que el único trabajo meritorio era el de las obras de caridad “…porque su reino es el reino de la bondad, de la belleza” (Stein, Ob. Cit.: 46). Asimismo, la asimilación de los roles femeninos en el ámbito doméstico, dificultaban su participación en la lucha social y como ventaja adicional, la aceptación de las mujeres de estas ‘esferas’ producidas por la clase dominante, garantizaba la transmisión de esta ideología a las futuras generaciones, precisamente en el ámbito doméstico, el lugar ‘ideal’ de la mujer.

 Pero no sólo la burguesía se expresaba a este respecto. El debate respecto a la participación de las mujeres en el trabajo asalariado y en el doméstico en forma indistinta, fue también presentado en las páginas de la prensa de oposición, y no sólo por mujeres. En las páginas de La Protesta, es de destacarse la participación de figuras masculinas en las notas que referían a las diversas formas de opresión femenina. Ya en su primer número, La Protesta ponía en evidencia la situación de explotación a la que se veían expuestas las obreras que debían integrarse al sector productivo: “En la fábrica se la explota y apenas se le paga. Se aprovecha su miseria para deshonrarla y se le menosprecia después”.[4] 

En este artículo, el autor critica la construcción social que condenaba a la mujer a ser simple objeto de decoración, cuyo único destino era el de esperar “…resignada al varón que ha de asegurar su porvenir, librándola de la indigencia”, convertida en esclava de la religión.[5]

Así, la mujer se convertía doblemente en víctima. Por un lado, se la explotaba laboralmente, con extenuantes jornadas de trabajo y pésima paga; y por el otro se veía sometida a una fuerte opresión en el seno familiar, donde estaba subordinada a la autoridad de su compañero y los quehaceres domésticos:

La mujer en la sociedad presente no es la compañera del hombre, sino su esclava en el hogar. El hombre está pues, en el error al sostener esta injusticia, mas la mujer debe considerarse su compañera y no su esclava.[6]

 

De acuerdo con datos censales, en el periodo que estudiamos, las mujeres constituían el 30% de la población económicamente activa en la ciudad de Lima. Cifra que se queda corta, considerando la gran cantidad de mujeres que laboraban en el comercio informal o que trabajaban en casa y que además debían cumplir sus ‘obligaciones’ de mujeres. En cualquier caso, la jornada laboral podía extenderse hasta 18 horas y los salarios eran muy inferiores respecto a los del varón (Miller, Ob. Cit.: 19-20).

La evidente ruptura del orden jerárquico preestablecido, que indicaba que el hombre debía sostener el hogar, que la independencia económica de la mujer trabajadora podía provocar, resultaba inaceptable. Sin embargo, estos preceptos no aplicaban indiscriminadamente a todas las esferas de la sociedad. Mientras que en la sociedad burguesa, resultaba inconcebible el trabajo femenino bajo ninguna circunstancia, en las esferas populares se aceptaba en casos de extrema necesidad económica, y aun así, la norma era que se dedicase a labores propias de “su sexo”. Así, vemos una marcada división sexual del trabajo en el que oficios como la costura, la lavandería, el  doméstico, entre otros son realizados casi exclusivamente por mujeres, labores que está por demás decir, les fueron enseñadas durante la niñez (Miller, Ob. Cit. ).

Asimismo, La Protesta dirigió sus críticas hacia la doble moral burguesa que negaba a las mujeres cualquier posibilidad de mejorar sus condiciones, pero repudiaba a aquellas, que, obligadas por tales circunstancias, se veían impulsadas en muchas ocasiones a recurrir a la prostitución como alternativa laboral, resultado de los bajos salarios y los pocos empleos formales para mujeres, al tiempo que los mismos varones que exigían la pureza y sumisión femeninas, eran los que solicitaban sus servicios. La concepción de la mujer como ser asexuado, justificaba la existencia de la prostitución al caracterizarla como válvula reguladora, que protegía la integridad de las mujeres casadas y la virtud de las jóvenes solteras y vírgenes (Sau, 1990: 252).

En las páginas de La Protesta podemos vislumbrar esos estereotipos, que en ocasiones eran usados para criticar a la oligárquica sociedad limeña, pero también para resaltar las virtudes que el revolucionario ‘maduro’ y ‘sensato’ ácrata debía buscar en una compañera. Así se mostraban dichos contrastes: 

“A los veinte años se me presentó una niña hermosa, con resplandeciente diadema de oro y piedras preciosas, y en cuya voz habían las variantes modulaciones con que las musas cantan sus canciones de arte, guerra y victoria, y me invitó a seguirla.

- Di, mancebo, ¿me quieres seguir? Te coronaré, con una palma inmortal […]

- No,  tú no me cuidarás, ni sabrás defenderme. Tus encantos son espejismos, que adorna la vanidad; los que por ti fueron coronados, nada hicieron de útil y verdadero para la humanidad.

[…] de pronto, un grito ahogado resonó, volví la vista y entonces, grande, hermosa y deslumbradora vi una mujer que trataba de arrancarse la mordaza que ahogaba el grito que había escuchado; corrí a ella, desaté las ligaduras y extasiado la contemplé […] Mucho he gozado y mucho he sufrido; pero si alguien me pregunta ¿quién es mi compañera…? al instante, orgulloso respondo: La Libertad”[7]

En las páginas de La Protesta se hizo patente el conflicto generado por la evidente ruptura del estereotipo femenino de la mujer cuidadora de los hijos y del hogar, porque debía salir a las calles a ganarse el sustento. El llamado libertario a la emancipación de la mujer, se hacía imperioso:

“Mujeres del pueblo: esclavas del hogar; carne horrida que os consumís en proporcionar lúbricos placeres a cambio de lagunas míseras monedas que representan vuestra vida; vosotras que arrastráis una vida tenebrosa de miserias y dolores; vosotras que lleváis sobre vuestra frente alabastrina el inri de la infamia social… tenéis que romper las cadenas de vuestra esclavitud, tenéis que ocupar vuestro puesto en la lucha social, tenéis que coadyuvar a libertad la humana especie, libertándonos a vosotras”[8]

El movimiento anarquista buscaba como fin la liberación de la mujer de todas sus ataduras, físicas, morales y hasta religiosas. Su liberación era una necesidad aún más apremiante, dado su papel de criadora y educadora. El conformismo ante la opresión y la explotación eran muchas veces resultado de la educación recibida en casa, misma que Manuel González Prada, denominó mentalidad del “come y calla” (1933: 115). Por tanto, para suprimir la dominación y el conformismo de las masas obreras, era necesario que las mujeres se libraran de sus ataduras.



Notas:

[1] Véase: La Voz de la Mujer. Periódico Comunista-Anárquico (1896-1897), Nota editorial de María del Carmen Feijóo, Presentación de Maxine Molyneux, 1ª reimpr., Universidad Nacional de Quilmes, 2002.

[3] El Grupo “Luchadores por la Verdad”, encabezado por las más importantes figuras del anarquismo peruano, entre ellos Delfín y Manuel Caracciolo Lévano, M. Elías Mendiola y Emilio Castilla Larrea, llegaría a convertirse en el principal núcleo del anarquismo peruano. Había sido fundado en 1910, a partir de la escisión con el ala socialista del Centro Estudios Sociales 1º de Mayo. Véase: Alexander y Parker, 2007, p. 4.

[4] C., A., “La mujer”. La Protesta, año I, no. 1, febrero de 1911, p. 2.

[5] Ídem.

[6] Aura Roja, “Reflexiones”, La Protesta (Lima), año 5, no. 43, 1 de enero de 1916, p. 2

[7] El Loco Darío. “La compañera”, La Protesta (Lima), año 4, no. 30, mayo de 1914, p. 2.

[8] Barea, Isabel.  “A las mujeres”, La Protesta (Lima), año 3, no. 21, mayo de 1913, p. 4.

 

 

Bibliografía:

ALEXANDER, R. J., & PARKER, E. M. (2007). A history of organized labor in Peru and Ecuador. Westport, Conn, Praeger Publishers.

GONZÁLEZ PRADA, M. (1933). Bajo el oprobio. Paris, Tip. de L. Bellenand et fils.

MILLER, L. (1987). “La mujer obrera en Lima (1900-1930), en STEIN, S. (coord.). Lima obrera: 1900-1930, tomo II. Lima: Ed. El Virrey.

SAU, V. (1990). Diccionario ideológico feminista. Barcelona, Icaria.

 

Cómo citar este artículo:

JAIMES NAVARRO, Perla, (2013) “Mujeres y trabajo en la prensa anarquista limeña: La Protesta, 1911-1916”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 15, abril-junio, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Sábado, 27 de Noviembre de 2021.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=689&catid=5

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