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Amos y victimas de la violencia. Las dinámicas internas y externas de acumulación de respeto en las Maras Salvadoreñas

Amos y victimas de la violencia

Las dinámicas internas y externas de acumulación de respeto en las Maras Salvadoreñas

Juan José Martínez D´aubuisson[1]

En el presente artículo se pretende describir el papel de la violencia en las dinámicas de organización de las pandillas transnacionales o maras. Mostraremos cómo el ejercicio de la violencia es necesario, tanto para cristalizar las relaciones de poder internas, como para hacer rotar las jerarquías y dinamizar los engranajes de ascenso de nuevos miembros. De hecho, la apropiación de la violencia representa un recurso clave para los pretendientes a la inserción pandilleril. En ese sentido describiremos el significado que adquiere la violencia para estos pandilleros advenedizos, poniendo atención en las formas en que la violencia es constitutiva de sus ascensos en la organización pandillera. Mostraremos que sin duda las practicas de violencia prosaica permiten delimitar y cohesionar la pandilla en torno a un combate amigo/enemigo. Pero si bien las organizaciones pandilleras se cohesionan a través del enfrentamiento con un enemigo común, mostraremos que el ejercicio de esas violencias exteriorizadas se acompaña de efectos internos fundamentales sobre la renovación y redefinición constante de los cargos y las jerarquías de la pandilla. Sin embargo cabe aclarar que las jerarquías no solo se moldean a través de la violencia ejercida. Por tanto concluiremos describiendo los mecanismos de acumulación de poder en base a la capacidad de control de esa violencia cotidiana, enmarcándola en alianzas con las pandillas rivales, pactos de “cese el fuego” o capacidades de administración de las actividades criminales.

Palabras clave: violencia, maras, pandilla, jerarquización

 

Violencia y ascenso: la acumulación de “respeto”

A través de los años la forma de ingresar a una pandilla trasnacional o mara ha ido mutando. En los años noventa cada clica[2] tenía cierta autonomía en cuanto a los rituales de ingreso. El brinco fue la forma más común por muchos años, el cual consistía en que el advenedizo soportara cierto tiempo de golpiza de parte de otros pandilleros[3]. Sin embargo, a medida que estos grupos fueron volviéndose más organizados y el antagonismo entre las pandillas fue creciendo, los ritos para convertirse en pandillero se fueron haciendo cada vez más rigurosos y comenzaron a exigir más compromiso de parte de los nuevos integrantes. Actualmente, la inserción en una pandilla se precede de un periodo de prueba que puede durar incluso hasta un año para convertirse en un pandillero. Estando en los escalafones más bajos, el “pretendiente” aun no cuenta con el estatus de un pandillero iniciado. Sus actividades suelen ser las consideradas como despectivas: traer cigarros, comprar recargas de teléfono, hacer de vigía ante las llegadas de la policía... Estos advenedizos son excluidos de las reuniones de clicas o mitin. Su participación se limita a custodiar el perímetro para alertar en caso de una incursión de la pandilla contraria o de las fuerzas policiacas. Durante este lapso el joven aprende también a observar las reglas de su pandilla. No solo integra las normas de comportamiento del grupo, sino interioriza la manera en que debe de relacionarse con la estructura de la pandilla, el sistema de cargos, las funciones de cada uno de estos y en general, familiarizarse con la jerarquía del grupo. Ese aprendizaje se da por situaciones en las cuales los pandilleros con experiencia corrigen y estimulan las acciones de los advenedizos. Cuando un aspirante comete una falta, como mencionar el nombre de la otra pandilla, golpear a otro pandillero en el lugar donde lleva tatuado un símbolo importante para el grupo o mostrar cualquier tipo de debilidad en su vida personal, los pandilleros experimentados lo castigan con un descontón[4]. Las reprimendas suelen parecer excesivas. Un pandillero que conocí fue así castigado por oler pegamento. Su palabrero le golpeo tanto que le hizo sangrar los oídos. El castigo cayó por usar una droga considerada como “denigrante”. “Es que acordate que con las dos letras no se juega compadre… se respeta”,[5] me dijo el pandillero como conclusión de su anécdota.[6] Estas prácticas tienen como vocación no solo el corregir las acciones “desviadas” de los advenedizos, si no también la de alejarlos de los otros grupos juveniles o de pandillas menores. Esa manera violenta de “llamada al orden” es aún más una manera de reenfocar el advenedizo sobre las apuestas internas a la pandilla. No es para nada que los pandilleros enfatizan sus acciones y sus castigos hacia “ganarse el respeto”. Por aquí dejan entender que participan de una competencia interna, en la cual, el respeto, no es sino el recurso que permitirá apostar y jugar el juego. 

 “Chuky” y “Ogro”. Fotografía tomada en la Colonia Las Margaritas del municipio de Soyapango. <strong>Fuente: </strong>el autor.
“Chuky” y “Ogro”. Fotografía tomada en la Colonia Las Margaritas del municipio de Soyapango. Fuente: el autor.
Muchas veces “incorporado” mediante castigos y palizas violentas, el respeto se gana sobre todo mediante “estrategias de puesta a prueba”. Desde su acercamiento a la pandilla, los pretendientes son solicitados para demostrar sus capacidades de ejercicio de la violencia: organizar redadas en contra de otras pandillas, asesinar o participar de escenas colectivas de violencia. Tras los actos de bravura demostrados a esas ocasiones, el advenedizo obtiene grados de “respeto” y forja las bases de una futura retribución. Para esto, las pandillas han creado lo que llaman “clicas piloto”. Estos grupos están conformados en su totalidad por jóvenes no iniciados y reproducen, a pequeña escala, las actividades de la “clica madre”. Estas clicas piloto controlan un espació pequeño en relación a la principal, y ya entran, como grupo, en confrontación con las clicas de la pandilla rival. Manejan además una pequeña red de extorsiones, sobre todo a negocios circundantes. Sin embargo siguen subordinados al control de la clica principal y tienen que pagarle a esta un tributo semanal en efectivo. Posteriormente, cuando alguno de los miembros de las clicas piloto ha llegado al punto en que se ha ganado ya el suficiente respeto, es iniciado por los líderes de la principal y pasa a formar parte de esta, abandonando el grupo inicial.

En este periodo los advenedizos se encuentran en una etapa “liminar”.[7] Aun no son miembros reconocidos de la pandilla y deben ganarse su membrecía a través de acciones violentas contra los chavalas.[8] Es precisamente en este periodo en que los jóvenes deben demostrar su valor a través del uso de la violencia. Aquí, la integración al colectivo no pasa por la adhesión pasiva, sino por actos de demostración constantemente reafirmados. Se le comienzan entonces a asignar tareas de más relevancia y de confrontación directa con la otra pandilla. Puestos a prueba, solicitados por su pandilla, son estos advenedizos quienes ejercen niveles de violencia más elevados y de apariencia más caóticos. Dentro de los territorios de maras, los habitantes tienden a temerles más a estos jóvenes que a los miembros reconocidos de la pandilla. Pues estos estrenan su poder con extorsiones o agresiones consideradas “tiránicas” por la población. Sin embargo esta violencia se ejerce principalmente a través de las misiones.[9] Estas pueden consistir ya sea en “espionaje” o en “acciones directas”. El espionaje consiste en perseguir y conseguir información de algunos presuntos miembros de otra pandilla. Este tipo de acciones son posibles para estos jóvenes ya que aun no tienen mucho bray,[10]es decir que por tener relativamente poco tiempo en la pandilla, no son conocidos por otras maras y les será fácil entrar en su terreno. Las acciones directas son más bien, en su mayoría, asesinatos contra miembros de otra pandilla. Sin embargo, estas misiones no son acciones que busquen únicamente el aniquilamiento del enemigo, sino también el incremento del “respeto” del advenedizo. Suceden a menudo en respuesta a la muerte de un pandillero del grupo o de una acción de agresión por parte de la pandilla antagónica. De esta forma la misión es en realidad el último eslabón de un proceso cíclico que inicia con la agresión del grupo antagónico. Luego de “identificar” al grupo agresor se convoca a un mitin[11] para establecer las modalidades de la represalia. Se designan las metas de esta y los líderes de la pandilla delegan responsabilidades a los miembros más jóvenes, muchas veces guiados por algún pandillero de trayectoria. Estos son enviados para proceder a una excursión en el territorio de la pandilla. Una vez dentro del barrio designado, los pandilleros asesinan supuestos rivales o proceden a un tiroteo, antes de retirarse hacia su territorio. El regreso da lugar a comentarios de la acción y puestas en escenas de bravura.

La represalia representa entonces un momento idóneo para el incremento del estatus de los competidores para substituir el pandillero depuesto. Por lo tanto, más que una estrategia de terror, ese trata de una puesta en escena de las capacidades del iniciado para contribuir a la “derrota simbólica” de la otra pandilla. De allí la importancia del quién y del cómo se mata. Si un pandillero logra asesinar a un enemigo reconocido de la pandilla enemiga, este adquiere un reconocimiento mayor que si hubiese asesinado a un advenedizo como él. El nivel de reconocimiento que alcanzará será equivalente con el estatus que el asesinado tenía en su pandilla. Además un asesinato con un arma de fuego obtendrá mayores meritos si el cadáver ha sido decapitado o vejado en el curso de la expedición. De la misma manera, cuando se dan motines o mollejas[12] dentro de los centros penales, los pandilleros que han ejercido más brutalidad y temeridad contra los enemigos son precisamente aquellos que posteriormente logran un reconocimiento mayor. “Éramos como diez los que matamos a ese chavala, y todos lo seguíamos traboneando[13] aunque ya ratos se había muerto, pero todos querían como poner su granito de arena…”.[14] Con estas palabras un pandillero cuenta cómo, en un motín, varios pandilleros competían por descuartizar el cadáver de un enemigo. Si bien los descuartizamientos, las violaciones pos mortem, las decapitaciones y otras formas de barbarie tienden a simbolizar la degradación del adversario, también sellan un “pacto de sangre” entre los autores del crimen. Pero el grado de brutalidad ejercido tiene aun más efectos concretos sobre la posición en la que se escala en la pandilla. En ese sentido propasarse en la crueldad o la voluntad de “poner su granito de arena” puede ser leída como un momento particular de constitución de jerarquías.  

En las pandillas, la tortura suele tener ese carácter “participativo”. En un municipio en las afueras de San Salvador una de las clicas de la mara salvatrucha se caracteriza por atar al cuello de la victima una soga, dejando cada extremo de la soga a cada lado de la cabeza. En cada uno de los cabos se ubican varios pandilleros y tiran con fuerza, mientras otro golpea el tórax de la victima a fin de sacarle el aire de los pulmones. Al implicarse todos en la tortura se está dejando claro que el destino de uno es en realidad el destino de todos. Un mismo sentido de “complicidad” surge de las violaciones colectivas cometidas por las pandillas. En este tipo de practicas ya no importa tanto, la posición que tenga la victima, o si pertenece o no a la alianza antagónica. En muchos casos estas victimas pueden ser parejas de algunos de los pandilleros o personas allegadas que hallan cometido alguna falta grave, como delatar a algún pandillero de la clica o robar algo de patrimonio de la misma. Por tanto en estos casos ya no es una dinámica de “hurto del estatus” de la victima puesto que muchas veces estas carecen de posiciones de poder. Es más una demostración de fuerza que tiene por vocación dejar claro el compromiso de uno a los ojos de los demás. Si bien se dan casos de “tortura”, la mayoría tienen que ver más con una puesta en escena de bravura, que con fines pedestres. El efecto simbólico del asesinato se ve así reforzado por las modalidades mismas del acto. Es decir si el homicidio va mucho más allá del simple asesinato para jugar en la acomodación de las jerarquías internas.



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El homicidio como tal cobra sentido en la medida en que es la culminación de un proceso de iniciación en donde la clica le da al advenedizo la oportunidad de probar su valor en el terreno. El procesocomo ya se comentaba, comienza en un miting o reunión, en donde el o los líderes determinan quien, dentro de los aspirantes, llevara a cabo la siguiente misión. Esta puede consistir en entrar a la cancha[15]rival y asesinar al primer pandillero que se identifique, o bien se lleva un blanco claro, estipulado con anterioridad. En este caso el advenedizo cuenta con una fotografía o una descripción detallada de la persona que debe asesinar. Se monta un “operativo” para dejar al joven lo más cerca posible del lugar sin levantar sospechas. Se le facilitan insumos materiales limitados con los cuales tiene que arreglárselas para cumplir la misión y para salir con vida del lugar. En algunas ocasiones se les entrega una pistola con dos o tres tiros o incluso un arma hechiza o arma blanca. Lo demás depende del ingenio del joven. Unos se disfrazan de pastor evangélico, el arma escondida entre las pastas de la biblia; otros se disfrazan de payaso, con el propósito de ocultar con facilidad los tatuajes visibles o desplazarse con facilidad a bordo de las unidades del transporte público.[16] En ocasiones una mujer es colocada como cebo para llevar a la víctima al lugar deseado. Aunque las formas de pasar desapercibido sean bastante variadas, el objetivo es el mismo: acercarse lo más posible a la victima para no correr el riesgo de fallar. Una vez ejecutada la acción, debe dejarse visible quiénes fueron los perpetradores del crimen. Esta huella se deja la mayoría de veces a través de vítores o consignas alusivas a la pandilla del hechor: “¡aquí pará y controla la Mara Salvatrucha!” o “¡la Dieciocho en grande… bichonas[17] putas!.”[18] Se trata sin duda de dejar claro que no fue un crimen común, y posicionar a su pandilla por sobre la otra. En la medida en que la relación vencedor/vencido quede más en evidencia, el reconocimiento al advenedizo será mayor. “La primera vez que vas a matar, decía un pandillero, se siente como cuando sos primerizo y vas a coger a una mujer por primera vez. Todo te tiembla, pero ya después cuando vez el respeto que los homeboy le dan a uno se siente distinto…”.[19]Por lo tanto las apuestas de la violencia pandilleril se ubican más bien en la formación de jerarquías internas que en una guerra entre pandillas para el control de un territorio.

 

Violencia y rotación de las jerarquías internas

De hecho, la crueldad del asesinato no tiene por única vocación la acumulación de “respeto”. Tiende a la vez a simbolizar la barbarie de su autor y la imposible reconciliación de los bandos en pugna. Esta puesta en escena de una alteridad radical sustenta el surgimiento de un combate de aniquilación. Por lo tanto invitan a represalias reciprocas y una competencia en escala que se aparenta a una suerte de potlatch violento[20]. Sin embargo, el advenimiento de ese esquema de representación del adversario se vuelve también crucial para la organización interna de cada pandilla. Porque invita al adversario a la venganza, se perfila como una estrategia de dinamización cuyo propósito parece ser tanto la recomposición perpetua de las jerarquías internas como la eliminación sistemática de la pandilla contraria. Los miembros más reconocidos de las pandillas son las presas más codiciadas por la pandilla contraria. Por tanto suelen ser las primeras víctimas de ese juego de represalias. Cuando una clica de la MS13 o el Barrio 18 asesina a un líder de la pandilla contraria, se genera un movimiento de reemplazo inmediato. Si el líder máximo de la clica se encuentra en prisión y el líder de facto ha sido asesinado, los aspirantes al cargo vacante compiten por un tiempo para demostrar que son merecedores de dicha responsabilidad. La decisión en estos casos se toma desde la cárcel y se comunica a la clica a través de una carta, de puño y letra del líder máximo, en donde él decreta quien dirigirá la clica. En estos casos a los demás aspirantes no les queda más que esperar a que este nuevo líder sea asesinado o caiga en desgracia. Es decir  el mantenimiento de un clima de violencia se vuelve el corolario de las tomas de protagonismo. Lo mismo ocurre con las misiones. Aquí la conquista del respeto individual se acompaña inevitablemente de una puesta en juego del individuo a través de su astucia, de su genio, de sus habilidades. Si bien se mide así el valor del pretendiente, el hecho de limitar sus recursos o imponerle una “desventaja” durante una expedición representa también una manera de reducir sus probabilidades de éxito y apostar a la vez a su eliminación del juego de competencia interna. Es también el sentido de la violencia  de los jóvenes pandilleros en contra de las pandillas rivales. No solo se trata de ganar respeto sino también de mantener un clima de represalias, de las cuales los lideres son blancos privilegiados, participando indirectamente de la rotación de las jerarquías internas. Es decir, por cada acción se espera y se estimula una acción en contra, generando un sistema de violencia reciproca.

Fuente: Muñoz, Isabel, et al, <em>Maras: la cultura de la violencia</em>, Salamanca: Obra Social Caja Duero, 2007.
Fuente: Muñoz, Isabel, et al, Maras: la cultura de la violencia, Salamanca: Obra Social Caja Duero, 2007.

La muerte se vuelve entonces una forma de selección “natural” mantenida por los propios pandilleros, y las guerras pandilleriles constituyen así un motor que pone en movimiento los engranajes internos de la pandilla. Mantiene una forma de organización  extremadamente dinámica,  facilitando cambios de mando y de posiciones jerárquicas. Si los pandilleros no abonan su “currículum” con nuevas acciones, son desplazados rápidamente por otros pandilleros en ascenso. Realidad expresada por ellos mismos cuando nos recuerdan que “así de rápido como se sube, así de rápido se baja…”[21]. Si bien como lo afirmo Wim Savenije, las pandillas son grupos altamente dinámicos, con grandes capacidades de mutar y adaptarse a entornos agresivos,[22] es ante todo internamente que se dan las mayores mutaciones. Este dinamismo vinculado a la proporción convierte a las pandillas en un grupo extremadamente atractivo para muchos jóvenes. Ya que las probabilidades de que ellos logren cuotas importantes de poder son elevadas. A través del mantenimiento de una selección “desde afuera”, los pandilleros dinamizan la rotación de los puestos más retribuidos. Posiciones que implican el goce de “licencias” y les permite llevar una vida más laxa en relación a los novatos. En muchas ocasiones estos pandilleros están exentos de participar en las misiones más arriesgadas. Son además quienes pueden pedir más beneficios a la pandilla (ropa, zapatos, electrodomésticos). Gozan también de una “calidad de vida” por encima del resto, tanto en términos de seguridad como de acceso a dinero, bienes o parejas. Por tanto la sucesión de cargos se vuelve una apuesta central para los pandilleros.

La crueldad de los asesinatos y la consecuente simbolización de una barbarie tienden también a generar un sentimiento difuso de rechazo de los mareros llevándolos hacia una categoría de “inhumanidad”. Este sentimiento atraviesa los discursos comunes sobre la necesidad de “exiliarlos en islas lejanas” o simplemente recurrir a métodos de “limpieza social”.[23] Esa misma “inhumanidad” alimenta en gran medida las políticas de represión de los gobiernos salvadoreños. Así, un plan de seguridad presentado por ARENA en junio de 2010,  incluía la creación de una cárcel en la isla Martín Pérez en donde se internaría a los pandilleros “más peligrosos”, así como la creación de un Comando Militar Antipandilla con facultades de búsqueda y captura de cabecillas y miembros de pandillas[24]. La propuesta legislativa apoyada por el FMLN a principios de 2010 y que consistía en aumentar las sentencias en contra de los criminales menores de 16 y 17 años hacia también eco a esa concepción. Estas medidas de represión – justificadas por un discurso sobre el carácter incontrolable de la violencia pandilleril – también juegan un papel importante en la dinámica general de las pandillas. 

Las nuevas medidas carcelarias impulsadas desde 2009, como la entrada de las fuerzas armadas en los centros penales o el refuerzo de la lucha contra la introducción de teléfonos celulares en las prisiones, tienden también a minimizar el protagonismo de los reos sobre sus clicas. Si bien estas medidas representan un obstáculo para seguir las actividades criminales u ordenar asesinatos desde las cárceles, también representa un momento de fuertes tensiones internas, ya que al quedar virtualmente incomunicados, se relativiza el poder de los líderes en prisión por parte de los líderes de la calle.

Sin embargo, hoy por hoy, y probablemente mermado, el poder de los líderes continúa ejerciéndose desde los centros penales.[25] Más aun las medidas estatales como la mano dura y la súper mano dura acrecentaron la cohesión de las pandillas.[26] En prisión, los líderes de clicas generaron vínculos fuertes entre sí. Es decir  la puesta en condena de un pandillero no representa un obstáculo mayor al funcionamiento de la pandilla. Al contrario representa, para los jóvenes advenedizos, oportunidades reales y a corto plazo de llegar a ser jefe de clica. El poder al interior de las clicas debe en efecto ser delegado. La administración cotidiana del grupo no puede llevarse desde la distancia de un centro penal.Las decisiones cotidianas corren por cuenta de los jefes de clica o palabreros quienes tienen que organizar a sus pandilleros y mantener viva la guerra contra la pandilla contraria. Por lo tanto, cuando un líder es apresado por la policía, éste le otorga la palabra[27] a uno de sus pandilleros. Le da una serie de lineamientos que debe observar así como una lista de contactos que le serán útiles. El pandillero elegido pasa así a ser palabrero, alejándose de la preocupación de ganarse respeto para dedicarse a tareas de organización y control de las actividades de su clica.

 

Alejarse de la violencia: la ambigua marginalización de los líderes

Las dinámicas de jerarquización de las pandillas no siempre se dan tras el ejercicio de la violencia. Al interior de una pandilla no basta tener “respeto” para llegar a posición de líder. Tampoco es suficiente haber demostrado sus capacidades para ejercer violencia hacia la pandilla contraria. Como lo confirman los mismos pandilleros, ser un connotado soldado[28] no implica sistemáticamente el acceso a puestos de poder: “Hay homeboys que pueden matar y matar y matar y nunca llegan a ser palabreros. Lo que pasa es que hay que llevar mente también, no solo andar tumbando chavalas”.[29]

Al contrario, la adquisición de posiciones de poder se acompaña recurrentemente del alejamiento de las actividades más riesgosas y del ejercicio directo de la violencia. El acceso a puestos de control sobre las actividades económicas de la pandilla explica en gran medida ese alejamiento. Sin duda los palabreros deben organizar pegadas[30] para mantener vigente el sistema de represalias con la pandilla antagónica. Sin embargo están también a cargo de la redistribución de recursos económicos a los pandilleros bajo su cargo y hacia las familias de los que están en prisión o muertos.

Los palabreros retirados o encarcelados delegan entonces su “confianza” en pandilleros que han demostrado sus capacidades de “gestión”. Se aseguran así tanto la permanencia de entradas económicas, como la redistribución de rentas necesarias al mantenimiento de sus allegados. La mayoría de clicas subsisten así a base de extorsiones, narcotráfico, secuestros y robos. Estas actividades generan un flujo económico que se redistribuye en dirección de los líderes, las cárceles, las familias de los reos y los propios pandilleros. La redistribución de recursos representa una responsabilidad que implica una “protección” de hecho. El tiempo invertido en las actividades económicas se sustituye también a la búsqueda de respeto. Más aun, los “administradores” acceden a una nueva fuente de autoridad que permite su alejamiento de las misiones u otras acciones más peligrosas. La redistribución de recursos se vuelve un medio privilegiado de control sobre las ambiciones de pretendientes o el cuestionamiento de autoridades. Ese control se ejerce principalmente mediante amonestaciones económicascomo privar a un pandillero de ropa nueva o de dinero por un tiempo.Así pues, es común, en las comunidades dominadas por pandillas, ver a las mujeres de los pandilleros presos llegar a donde el palabrero a solicitar una especie de “mesada”. La cual no siempre es otorgada en buenos términos. “puta y dicen que a los pandilleros nadie nos extorsiona”,[31]decía un líder de la Mara Salvatrucha luego de entregarle dinero a una mujer.

Sin embargo, es todo el actuar del palabrero que se orienta hacia un ejercicio limitado de la violencia.Esas tomas de distancias son aun perceptibles en relación a los castigos internos. Al lado de las amonestaciones económicas, los líderes de una clica pueden infligir castigos para inhibir las ambiciones de pandilleros o conductas juzgadas desviantes. Estos son sometidos a juicio de proporcionalidad con la falta cometida. De lo contrario se generan tensiones importantes en el seno de la pandilla y se corre el riesgo de que se generen conjuras en contra del líder para derrocarlo. Por tanto, no se trata aquí de un simple control colectivo sobre la violencia intestina de las pandillas, si no de  la asignación colectiva de límites al ejercicio del poder. Limites que se estrechan con el ascenso en las posiciones de poder. Si los nuevos integrantes son muchas veces reconocidos – y a veces temidos – como los más violentos y descontrolados, los líderes son ante todo llamados a un ejercicio controlado de la violencia. En una ocasión un hombre, en su borrachera, decide orinar  en una pared donde hay  un enorme mural de la Mara Salvatrucha. Los jóvenes de la pandilla saltan sobre el borracho y comienzan a lincharlo. Lo hubiesen matado si no llega uno de los palabreros de la clica. Les dice que no lo maten pero que lo dejen tirado en el suelo, frente al mural.[32]

Ese pasaje de una “violencia descontrolada” hacia una “violencia controlada” da todo su sentido al termino de “palabreros” en contraposición al termino de “soldados”. Puesto que los primeros están llamados a dirigir, administrar, controlar y en general a domesticar la violencia de los segundos. Esta trayectoria suele culminar, en caso de que no sean asesinados o encarcelados, en dos situaciones: o los palabreros pasan a especializarse en algún tipo de actividad ilícita como el tráfico de drogas, de armas o las extorsiones a mayor nivel, o bien culminan su trayectoria “calmándose[33]



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El “derecho” de calmarse también es una posición que se gana. La mayoría de pandilleros calmados suelen haber sido palabreros o haber ostentado algún grado de jefatura. Además, el “retiro” no siempre representa un desligue total de la persona con su pandilla. Pasan, al contrario, a ser una especie de “consejeros” de la clica y particularmente de los nuevos líderes. Se dedican principalmente en mantener los pactos y acuerdos con las pandillas adversarias para la distribución de las zonas de extorsión o los “cese el fuego”. Se encargan también de vigilar la observación de las normas y los valores de su pandilla, principalmente en cuanto a las prohibiciones o moderaciones de venta y consumo de drogas o alcohol. Además son quienes reproducen los “mitos” que une a las clicas de una pandilla.  Estos mitos no tienen por única función cimentar una identidad colectiva. Se trata aquí de poner en escena la posesión de una red de contactos nacionales o transnacionales que les permite estar vinculados con toda su pandilla. Conservar las memorias de la “SUR13”[34] o de los “pactos originarios” entre la MS13 y el Barrio 18, son  otras maneras de cumplir el rol que le ha sido otorgado: él de moderador de la violencia. Posición limitante y limitada que supone ya su propia sucesión mediante el ablandamiento.

Esa exteriorización de un capital social constituye sin duda un nuevo recurso que compensa la  toma de distancias del peligro de la violencia cotidiana.[35] Así, se da a reconocer la existencia de una fuente de autoridad que no se reduce al ejercicio de la violencia mediante las armas. Sin embargo este nuevo estatus constituye  una posición de doble filo. Si bien el “calmado” se aleja de las actividades más letales, el otorgamiento de un simple “ejercicio controlado de la violencia” se acompaña de formas de cuestionamiento de la autoridad. De hecho ese cambio de estatus significa a la vez una pérdida de capacidades de mando al interior de la pandilla.  Los pandilleros “calmados” se ven despojados de cualquier poder de decisión y se confrontan con una nueva vulnerabilidad. “Al Suerte (nombre ficticio) ya no es que le tengamos un respeto. Le tenemos cariño de gangero. Porque ha levantado en alto a la Mara”[36], decía un palabrero en alusión a un pandillero “calmado”, mostrando así la relación que implica el desplazamiento honroso de este último. Ese cambio de rol y su consecuente alejamiento de la violencia “desfrenada” es a menudo percibido como un ablandamiento.

Es también por eso que se encargan de mantener redes sociales a través de las cuales se acomodan espacios de “salida” o de “protección”. Las organizaciones no-gubernamentales como OPERA (en el caso de la MS13) y Homis Unidos (para el Barrio 18) se volvieron así burbujas de asilo de los pandilleros “calmados”. Estos organismos formados por pandilleros calmados con apoyo de instituciones internacionales representan oportunidades para ampliar sus márgenes de maniobra. Aunque se presenten como espacios de rehabilitación o reinserción, estas ONG forman parte activa de la red de las pandillas. De hecho, representan una nueva manera de incrementar contactos con el exterior y de suplir ciertas necesidades: salud, actividades remuneradas, contactos con el Estado o simplemente salir del territorio bajo la “protección” de la ONG. Sin embargo, y a la imagen de las iglesias evangélicas, la constitución de estas ONG representa también una estrategia de salida del grupo. Allí, los pandilleros acceden a nuevos discursos de solidaridad o de dignidad – el dinero dignamente ganado, el valor del trabajo – introducidos por los cooperantes y los educadores. Mantener estas ambigüedades entre la inserción en la economía pandilleril y un discurso de la rehabilitación se ha vuelto la apuesta de las ONGs creadas por los pandilleros calmados. En ese sentido ¿podemos preguntarnos si estos nuevos espacios no funcionarían como una especie de “casa de jubilados” –  camino entre la salida tímida y la pertenencia distanciada – en la cual los pandilleros encuentran una salida honorable y segura que los aleja de las recriminaciones y los juegos de poder de su propia pandilla?

 

Conclusiones

Muchos analistas han enfatizado sobre la relación al otro, haciendo de la violencia de las maras la expresión de una identidad en busca de afirmación. Por tanto la violencia ejercida entre pandillas suele verse como producto de  riñas por territorio o del control del tráfico de drogas. Si, estos elementos son sin duda cruciales, sin embargo, debemos alejarnos de los paradigmas que plantean a estos grupos como meras organizaciones criminales o como satélites del crimen organizado. Lejos de ser un fenómeno de violencia sin sentido, las prácticas prosaicas de las pandillas se imbrican estrechamente con las dinámicas internas de estos grupos. Su ejercicio no se reduce a una sed de “dinero fácil”, ni tampoco a una simple ritualidad de inserción pandilleril. Más bien, la violencia constituye un recurso fundamental de los juegos de poder internos. Si bien el hecho de matar constituye un acto fundador que simboliza la entrada del joven a la mara, el mantenimiento de un clima de violencia reciproca entre bandas rivales permite también la rotación de jerarquías y el dinamismo de grupos en los cuales las ambiciones individuales y las pretensiones de acceso a recursos importantes se desatan. Vimos cómo el control de la violencia se vuelve así el eje central del dinamismo de estos grupos. Los cambios de estatus siguen mecanismos de transformación en relación al ejercicio de la violencia,  de una violencia descontrolada hacia una violencia controlada,  que permiten la fluidez y el reacomodo de las jerarquías internas. Por eso no se descarta que este tipo de violencia “formativa” dé paso a dinámicas de corte “político”. Desde sus ONGs, algunos pandilleros retirados hablan de “mesas de negociaciones” o “acuerdos de paz” entre pandillas.

Por otra parte, algunas entidades de la sociedad civil organizada suele entender a las pandillas como una especie de “nueva guerrilla”, como un reducto legítimo de los jóvenes para escapar de un sistema  excluyente y estigmatizador. De ahí que los vínculos con organizaciones no gubernamentales contribuyen a politizar la violencia prosaica de las pandillas. También se pueden observar esta mutación de la violencia cuando por primera vez las pandillas intentan frenar la aprobación de una ley a través de amenazas al transporte colectivo. Es probable que la etapa formativa de las pandillas este dando paso a una etapa de posicionamiento en las dinámicas de poder nacionales, y que  la violencia este adquiriendo nuevos significados de carácter político como en caso de los carteles mexicanos o guatemaltecos. Sin embargo por el momento  la violencia formativa sigue siendo un modus vivendi, y una dinámica trasversal en el sistema cultural de las pandillas. De ahí que las propuestas de algunas instituciones de que abandonen las prácticas violentas tienen muchas veces como respuesta “que nos dejen matarnos con los chavalas en paz. Que dejen de jodernos de una puta vez”.[37]



Notas:

[1] Juan Martínez d´Aubuisson es un joven académico de 26 años. Estudió la Licenciatura en Antropología Sociocultural en la Universidad de El Salvador. Ha trabajado temas relacionados a Pandillas y conflictos sociales.  Fue consultor en diversas instituciones tales como Action on Armed Violence de Inglaterra, Soleterre, de Italia, La Universidad Salvadoreña Francisco Gavidia, entre otras.  Es autor del Libro de perfiles "las mujeres que nadie amó"  (CINDE, 2011), coautor del libro  de historias de vida de jóvenes en riesgo Juventudes, realidades y utopías (Soleterre, 2010), Los sistemas de poder y control al interior de la Mara Salvatrucha 13: un acercamiento antropológico. (Universidad Francisco Gavidia, en prensa), y es autor de la etnografía digital sobre el día a día de una clica de la Mara Salvatrucha 13,  La Última Comunidad de la Colina, (Publicado en el periódico digital Elfaro.net, 2011). Actualmente se encuentra realizando investigación sobre pandillas Californianas instauradas en El Salvador.

[2] Las pandillas están conformadas por células relativamente autónomas que se denominan clicas. Estas tienen por lo general un arraigo territorial y el nombre es usado por ambas pandillas en igual sentido.

[3] 13 segundos en la Mara Salvatrucha y 18 segundos en el caso del Barrio 18.

[4] Nombre que se le da al castigo físico producto de un falta. La brutalidad del castigo suele ser correspondiente con la falta cometida.

[5] Con las “dos letras” el pandillero se refiere a la MS, abreviatura de la Mara Salvatrucha 13

[6] Platica con pandillero de la MS13. Junio de 2010.

[7] En el sentido que Víctor Turner dio al término de Van Gennep. Véase Víctor Turner (1988). El proceso ritual. Madrid: Taurus.

[8] Chavala es el genérico a través del cual el pandillero designa a su enemigo. Esto es común en ambas pandillas

[9] Así le llaman los pandilleros a las acciones contra el grupo antagónico.

[10] En el lenguaje de pandillas esto quiere decir que son reconocidos.

[11] Reunión de los miembros de una, o varias clicas para tomar decisiones, fomentar la unidad de las pandillas y establecer sanciones.

[12] Así se le llama, en un lenguaje emic,  a las masacres carcelarias en alusión a la extracción de órganos internos en los combates.

[13] apuñalando

[14] Entrevista con ex líder de la MS 13. Mejicanos. 2010

[15] Así le llaman los pandilleros al territorio dominado por la otra pandilla. Esta palabra es común en ambas pandillas.

[16] En el salvador los payasos se suben al bus para presentar pequeños actos y pedir colaboraciones a los pasajeros de las unidades.

[17] Forma en que los pandilleros del Barrio 18 llaman a sus enemigos de la MS13.

[18] Entrevista con pandillero de la MS 13. Mejicanos. 2010. Y entrevista con pandillero del Barrio 18. Bartolinas de la PNC, Zacamil.  septiembre 2008.

[19] Entrevista con pandillero de la MS13.  Mayo de 2010

[20] En el sentido de “guerra de dones y contra-dones” que Marcel Mauss atribuyo al ritual norte-americano. Véase Marcel Mauss (2009). Ensayo sobre el don: forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas. Buenos Aires: Katz Editores. 

[21] Entrevista con pandillero de la MS13.  Penal de Ciudad Barrios. Enero 2011.

[22] Wim Savenije (2009). Maras y Barras. Pandillas y violencia juvenil en los barrios marginales de Centroamérica. San Salvador: FLACSO.

[23] Ese discurso común sobre la inhumanidad de las maras es ampliamente generalizado en la sociedad salvadoreña. Ha dado lugar a un contra-discurso, minoritario - que inspiró la película La vida Loca de Christian Poveda - que intenta justamente devolverles un rostro humano a los pandilleros.

[24] Véase Carlos Martínez, (1 de julio de 2010). “ARENA propone enviar pandilleros a isla Martin Pérez”. El Faro. Consultable en línea: http://www.elfaro.net/es/201006/noticias/2029/  

[25] Véase Marco Lara Clark (2006). Hoy te toca la muerte: el imperio visto desde dentro. México: Planeta. También Savenije, 2009.

[26] Véase Lara Clark, 2006.

[27] El término “dar la palabra” significa otorgar el poder. Se realiza desde el internamiento, a través de una carta del líder.

[28] Así le llaman en las pandillas a los pandilleros activos en la lucha contra la pandilla contraria.

[29] Entrevista con pandillero de la MS. bartolina de la PNC, Zacamil. 2008.

[30] Así le llaman a las acciones planificadas en donde se asesina a un miembro de la pandilla contraria.

[31] Diario de campo.  febrero de 2010.

[32] Diario de campo abril de 2010.

[33] Termino que se usa para los pandilleros retirados de las dinámicas de violencia.

[34] Así se le llamó al pacto entre pandillas hispanas en el sur de Los Ángeles, en California, en alusión a la pandilla madre: la Mexican Mafia. Este pacto se representa con el numero 13.

[35] Tomando en cuenta la reducida esperanza de vida de los pandilleros y el tiempo requerido para el mantenimiento de una red social, podemos pensar que la constitución de un capital social implica necesariamente un alejamiento de las actividades más letales de la pandilla.

[36] Discusión con pandillero. marzo de 2010.

[37] Conversación con Little Down. Palabrero de una clica de la Mara Salvatrucha.

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