Moctezuma II —Motecuhzoma Xocoyotzin, «el joven Moctezuma» para distinguirlo de su antecesor del mismo nombre— fue el noveno y último Huey Tlatoani del Imperio Mexica antes de la conquista española. Su reinado, que empezó con el esplendor absoluto del imperio en 1502, terminó con su propia muerte en circunstancias confusas el 29 de junio de 1520, apenas dos años después del desembarco de Cortés. Su nombre es sinónimo de la pregunta más difícil de la conquista americana: ¿por qué un imperio de cinco millones de habitantes se dejó dominar por 500 soldados extranjeros?
El sacerdote-gobernante
Nació hacia 1466, hijo del Tlatoani Axayácatl, sobrino nieto de Moctezuma I y bisnieto de Itzcóatl. Fue educado en el calmécac —la escuela de la nobleza mexica— como sacerdote-guerrero, combinación especializada que ningún emperador anterior había tenido: sumo sacerdote de la Guerra Florida, general veterano de las campañas de Oaxaca y Soconusco. Antes de asumir el poder, había ejecutado cuatro campañas militares completas y dirigido personalmente la construcción de templos.
Cuando en 1502 los cuatro Grandes Electores lo eligieron Tlatoani, el imperio mexica había alcanzado su máxima extensión: controlaba desde el actual Veracruz hasta Guatemala, de Jalisco a Oaxaca, con una población tributaria estimada entre 5 y 6 millones. La capital Tenochtitlán, con 200.000 habitantes, era más grande que cualquier ciudad europea del momento.
El reformador del protocolo
Durante sus primeros 17 años de reinado, Moctezuma impulsó una reforma profunda del protocolo imperial. Multiplicó la distancia jerárquica entre el Tlatoani y la nobleza: nadie podía mirarlo a los ojos, los súbditos se postraban, nadie podía tocar su comida ni sus ropas. La etiqueta —que los cronistas españoles describirían con asombro— fue una invención suya deliberada, inspirada quizás en los protocolos mayas que había conocido en sus campañas. Simultáneamente, centralizó la burocracia fiscal y construyó el segundo Templo Mayor cuya estructura los arqueólogos mexicanos redescubrieron en 1978 en pleno centro histórico.
Los augurios y la llegada
Entre 1517 y 1519, según los informantes nahuas que recogería Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino, se acumularon una serie de augurios inquietantes: un cometa en forma de espiga, el incendio espontáneo del templo de Huitzilopochtli, agua hirviendo en el lago, la aparición de un ave con un espejo en la cabeza. Simultáneamente llegaban informes desde la costa del Golfo sobre «casas flotantes con hombres barbados».
Cuando Cortés desembarcó en 1519, Moctezuma envió embajadas con regalos magníficos —vajilla de oro, mantas de pluma, el escudo de turquesa conservado hoy en el Museo del Quai Branly de París— con un propósito estratégico aún discutido por la historiografía: probablemente disuadirlo, mostrando la riqueza disponible sin exponer el acceso a ella.
La entrevista del 8 de noviembre
El encuentro en la calzada de Iztapalapa, al sur de Tenochtitlán, el 8 de noviembre de 1519, fue uno de los episodios más narrados y más reinterpretados de la historia moderna. Las versiones difieren: Cortés dice que Moctezuma le reconoció como el dios Quetzalcóatl retornado; Sahagún, a través de testigos nahuas, sugiere que la ambigüedad del Tlatoani era estratégica, no mística.
Durante los siete meses siguientes Moctezuma fue técnicamente anfitrión de Cortés en el palacio de Axayácatl, pero también su rehén. Se mantuvo como Tlatoani nominal, pero las decisiones pasaban por el español. La historiografía moderna —Camilla Townsend, Matthew Restall en Siete mitos de la conquista española (2003)— ha cuestionado la versión tradicional de un Moctezuma paralizado por la superstición: es más probable que intentara ganar tiempo mientras las tropas leales se organizaban.
La muerte ambigua
Las contradicciones culminaron durante la ausencia de Cortés, cuando Pedro de Alvarado desencadenó la matanza del Templo Mayor (22 de mayo de 1520) en pleno festival de Tóxcatl. La respuesta popular expulsó a los españoles. Moctezuma fue sacado al balcón para apaciguar a la multitud; murió tras ser golpeado. Las versiones difieren:
- Los cronistas españoles (Bernal Díaz, López de Gómara) sostienen que murió por una pedrada lanzada por el pueblo mexica, enfurecido por la colaboración.
- Los informantes nahuas del Códice Florentino insisten en que los españoles lo asesinaron a puñaladas en su celda antes de huir.
Nunca habrá certeza. Tenía 54 años. Sus restos, según Cortés, fueron entregados a los mexicas para el rito funerario tradicional; nunca se encontraron.
El veredicto histórico
Durante cinco siglos la figura de Moctezuma ha servido de espejo a las angustias mexicanas. Los conservadores coloniales lo presentaron como el monarca idólatra que el cristianismo venía a corregir; los liberales del siglo XIX, como el tirano cuyo despotismo justificó la conquista; el nacionalismo post-revolucionario lo ha alternado entre víctima trágica y colaboracionista. La historiografía académica contemporánea lo considera un estadista extraordinario en situación imposible: ningún manual imperial prevía el desembarco de un ejército con pólvora, caballería, virosis epidémica y red de aliados indígenas.
Su nombre permanece en la avenida más céntrica de la Ciudad de México —Pino Suárez – República de Argentina cruza justo la calzada de Iztapalapa— y en el Penacho de Moctezuma, el ornamento imperial de quetzal conservado en el Museo de Etnología de Viena, cuya devolución reclama México desde 1991. La negociación sigue abierta.



