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Pacarina del Sur
Cuauhtémoc: el águila que desciende
Figura Histórica

Cuauhtémoc: el águila que desciende

c. 1496, Tenochtitlán — 28 de febrero de 1525, Izancanac

México Conquista Undécimo y último Huey Tlatoani de Tenochtitlán

“El último emperador que resistió 75 días el sitio de Tenochtitlán y se negó a gritar cuando le quemaron los pies”

Cuauhtémoc —»águila que desciende» en náhuatl— es el último Huey Tlatoani de Tenochtitlán. Asumió el trono imperial en febrero de 1521, a los 25 años, en plena guerra por la defensa de la capital. Durante los 75 días que duró el sitio final de Tenochtitlán (abril-agosto de 1521), dirigió personalmente la resistencia hasta el hambre y la peste. Capturado, torturado por Cortés para que revelara el tesoro imperial —episodio en que dio la frase «¿acaso estoy yo en un lecho de rosas?» —fue ejecutado en 1525 durante la expedición a Honduras. Tenía 29 años.

Tlatelolco, príncipe de la nobleza guerrera

Nació hacia 1496. Hijo del Tlatoani Ahuízotl y de Tiyacapantzin, princesa tlatelolca. Fue educado en el calmécac como guerrero y sacerdote, como correspondía a la nobleza imperial. A los 23 años era Cuauhtlatoani (gobernador) de Tlatelolco, la ciudad-gemela de Tenochtitlán.

Cuando Cortés entró en Tenochtitlán en noviembre de 1519, Cuauhtémoc ya ocupaba posiciones clave en el consejo militar mexica. Lideraba junto con su primo Cuitláhuac la facción que exigía la expulsión inmediata de los españoles.

La Noche Triste y los meses siguientes

Tras la matanza del Templo Mayor de mayo de 1520, Cuauhtémoc participó activamente en el sitio del palacio donde se refugiaban los españoles. En la noche del 30 de junio de 1520 —la Noche Triste—, Cortés huyó con sus hombres de la ciudad perdiendo dos terceras partes de su ejército. Moctezuma había muerto días antes.

Le sucedió su hermano Cuitláhuac, quien murió de viruela apenas dos meses después: la primera epidemia del continente, introducida por un esclavo africano del expedicionario Narváez, había comenzado a barrer la ciudad. En febrero de 1521, los Grandes Electores proclamaron Tlatoani al joven Cuauhtémoc. Tenía 25 años.

El sitio de Tenochtitlán

Cortés, reforzado con 600 soldados frescos llegados a Veracruz y con un ejército tlaxcalteca de decenas de miles, regresó a sitiar la capital. Lo hizo con una estrategia nueva: construyó 13 bergantines en los bosques de Tlaxcala, los transportó en piezas y los ensambló en el lago de Texcoco. Con ellos bloqueó las calzadas que conectaban Tenochtitlán con tierra firme.

Durante 75 días (mayo-agosto de 1521) Cuauhtémoc dirigió la defensa. La ciudad fue destruida barrio por barrio. Los canales se llenaron de cadáveres. El hambre fue atroz: los cronistas nahuas describen a los habitantes comiendo raíces, lagartijas y —en los últimos días— cuero hervido. La peste de viruela seguía. Las mujeres combatían desde los techos arrojando piedras y proyectiles.

El 13 de agosto de 1521 la plaza del Mercado de Tlatelolco —último reducto— cayó. Cuauhtémoc intentó escapar en canoa; fue capturado por el capitán García Holguín. Según las crónicas, se presentó ante Cortés con la frase: «Malinche: yo he hecho lo que estaba obligado a hacer para defender mi ciudad y mis vasallos; y pues vengo por fuerza a tus manos, toma ese puñal y mátame con él».

La tortura

Los españoles no encontraron los tesoros imperiales esperados: la mayor parte había sido arrojada al lago durante la Noche Triste un año antes. Cortés, bajo presión de sus hombres que exigían botín, autorizó que Cuauhtémoc y el tlatoani tlacopa Tetlepanquetzal fueran torturados para que revelaran el paradero del oro: les untaron los pies con aceite y los pusieron al fuego.

Frente al dolor, Tetlepanquetzal gimió. Cuauhtémoc se volvió hacia él y pronunció la frase que entró en la memoria americana: «¿Acaso estoy yo en un lecho de rosas?». Ningún grito salió de su boca. Los pies quemados lo dejaron cojo para el resto de sus cuatro años de vida.

Izancanac, 1525

Cortés lo mantuvo como cautivo-símbolo durante cuatro años. En 1524, cuando emprendió la expedición a Las Hibueras (Honduras) contra su lugarteniente rebelde Cristóbal de Olid, llevó consigo a Cuauhtémoc y a otros señores nahuas para evitar que se fugaran y reorganizaran la resistencia.

Durante la travesía, Cortés acusó a Cuauhtémoc de conspirar y lo mandó ejecutar. El 28 de febrero de 1525, en el pueblo maya de Izancanac (actual Tabasco), Cuauhtémoc fue ahorcado de un árbol. Tenía 29 años. Según la tradición recogida por los cronistas nahuas, sus últimas palabras fueron: «Oh Malinche, desde tiempos que acaté tus palabras y servicios y engaños, yo sabía que algún día darías la orden de matarme; tú me engañaste y me has hecho traidor. Ojalá te maten al regreso como tú me matas a mí».

El Fin del Tlatoani y la Iconografía del Siglo XX

En 1949, durante unas excavaciones en Ixcateopan de Cuauhtémoc (Guerrero), se encontraron huesos que el historiador Eulalia Guzmán —discípula de Manuel Gamio— identificó como los restos del último emperador. La autenticación fue disputada; el gobierno federal, sin embargo, declaró oficialmente su autenticidad y los mantuvo como reliquias nacionales. Hoy siguen depositados en la iglesia de Ixcateopan, bajo custodia del INAH.

En la iconografía nacional mexicana, Cuauhtémoc ocupa el lugar del joven héroe eterno. Su estatua preside el Paseo de la Reforma desde 1887. El 21 de agosto se conmemora su captura. El 28 de febrero, su ejecución. Su frase sobre el «lecho de rosas» es la referencia moral del orgullo indígena mexicano. Desde Cárdenas hasta AMLO, todos los presidentes nacionalistas han invocado su nombre para definir la conciencia nacional. Ninguna otra figura precolombina rivaliza con su vigencia: si Hidalgo es el padre de la patria moderna, Cuauhtémoc es el guardián de la patria antigua —la que no se dejó conquistar, aunque la conquistaron.

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