Atahualpa, hijo de Huayna Cápac y de una princesa quiteña, fue el último Sapa Inca que gobernó el Tahuantinsuyo como imperio independiente. Su captura en Cajamarca el 16 de noviembre de 1532 y su ejecución ocho meses después marcan el punto exacto en que el mundo andino precolombino deja de existir como unidad política.
La herencia partida
Cuando Huayna Cápac murió en Quito hacia 1527 —probablemente de viruela introducida por los europeos antes incluso de que pisaran el Perú—, dejó el imperio dividido en dos: el norte para Atahualpa, gobernado desde Quito; el sur con capital en Cuzco para su medio hermano Huáscar. La decisión fue políticamente explosiva.
La guerra civil entre los dos hermanos duró cinco años y desangró al Tahuantinsuyo precisamente en el momento en que las huestes de Francisco Pizarro desembarcaban en Tumbes. Atahualpa venció militarmente en la batalla de Quipaipán (1532), apresó a Huáscar y se proclamó Sapa Inca único. Estaba viajando al Cuzco para consagrar su victoria cuando recibió noticias de unos extraños hombres barbados y montados que se acercaban por el norte.
Cajamarca, 16 de noviembre de 1532
Pizarro y sus 168 hombres llegaron a Cajamarca y solicitaron audiencia al Inca. Atahualpa, acampado en las termas cercanas con un ejército de entre 30.000 y 80.000 soldados según las fuentes, aceptó visitar la plaza. Llegó en litera, desarmado, con un séquito de cortesanos también desarmados: era un gesto deliberado de grandeza, no una imprudencia.
El dominico Vicente de Valverde le presentó un breviario y le exigió reconocer la fe católica y al emperador Carlos V. Atahualpa, que no leía, lo examinó curioso, lo acercó al oído y —según las crónicas— lo arrojó al suelo al no oír ninguna voz. Valverde corrió hacia Pizarro gritando que se había profanado el libro sagrado. Entonces sonaron los arcabuces y cargaron los caballos. En menos de dos horas murieron entre 2.000 y 7.000 indígenas en la plaza, sin que los españoles sufrieran una sola baja mortal. Atahualpa fue capturado vivo.
El rescate de oro y plata
Desde su cautiverio, Atahualpa ofreció a Pizarro un rescate histórico: llenaría una vez de oro y dos veces de plata la habitación en la que estaba preso (unos 52 m³). Cumplió su parte. Durante seis meses caravanas llegaron desde todo el imperio trayendo objetos ceremoniales, ornamentos del Coricancha y vajilla real, que fueron fundidos en lingotes: los primeros cargamentos del oro americano que alimentaría la economía europea durante dos siglos.
Durante ese cautiverio Atahualpa aprendió castellano con notable rapidez, jugó ajedrez con los oficiales españoles —se conservan testimonios de su destreza— y ordenó ejecutar a su hermano Huáscar para evitar que los conquistadores lo usaran como pieza de negociación. Ese acto le costaría la vida.
El juicio y el garrote
Una vez recaudado el rescate, Pizarro se encontró con un prisionero incómodo: si lo liberaba, podía rearmar el imperio; si lo llevaba a España, Carlos V podía exigir parte del botín. Un sector de los oficiales, encabezado por Diego de Almagro, presionaba además para marchar de inmediato al sur y apoderarse del Cuzco.
Se improvisó un juicio por los cargos de fratricidio, idolatría, poligamia y traición al emperador. La defensa fue simbólica. El 26 de julio de 1533, Atahualpa fue condenado a muerte. Aceptó bautizarse al pie del patíbulo —con el nombre de Francisco, como Pizarro— a cambio de ser ejecutado al garrote en lugar de en la hoguera, pues la cultura inca exigía la integridad del cuerpo para la vida en el más allá. Murió estrangulado en la plaza de Cajamarca.
El eco
La muerte de Atahualpa no fue el final de la resistencia —Manco Inca sitió el Cuzco en 1536 y los últimos incas de Vilcabamba resistieron hasta 1572—, pero sí el final simbólico del imperio. Durante siglos los pueblos andinos reelaboraron su figura en el taki unquy (la «danza de la enfermedad»), en las representaciones teatrales de la Muerte de Atahualpa todavía vivas en comunidades de Ecuador y Bolivia, y en el mito mesiánico del Inkarrí —la cabeza del Inca, enterrada, que un día volverá a unir su cuerpo y a restaurar el tiempo antiguo.
Si Manco Cápac funda un mundo, Atahualpa lo cierra. Entre ambos caben los cuatro siglos en los que el Tahuantinsuyo fue —y dejó de ser— la civilización más extensa de América.



