Manuela Sáenz Aizpuru es la figura más desconcertante de la independencia bolivariana: aristócrata quiteña hija ilegítima, esposa de un comerciante inglés, compañera pública de Bolívar durante ocho años, condecorada por San Martín con la Orden del Sol, salvadora de Bolívar la noche del atentado del 25 de septiembre de 1828, exiliada a Paita tras la muerte del Libertador. Tres gobiernos la desterraron. Murió a los 59 años en un pueblo de pescadores vendiendo dulces y redactando traducciones del inglés.
Quito
Nació el 27 de diciembre de 1797 en Quito, hija natural del español Simón Sáenz Vergara y de la criolla Joaquina Aizpuru. Fue educada en el convento de Santa Catalina y a los quince años se fugó con un oficial español —episodio que la apartó del convento y la marcó socialmente—. En 1817, su padre la casó con el médico inglés James Thorne, comerciante en Lima. El matrimonio, por conveniencia familiar, nunca funcionó.
Lima y la Orden del Sol
En Lima, Manuela frecuentó los círculos patriotas desde que San Martín desembarcó en 1820. Organizó redes de espionaje y recaudación de fondos para el ejército libertador. Tras la Independencia del Perú (1821), San Martín la condecoró con la Orden del Sol, título de «Caballeresa del Sol» —uno de los primeros honores militares concedidos a una mujer en el continente.
La entrada a Quito, 1822
Cuando Sucre y Bolívar entraron en Quito tras la victoria de Pichincha, Manuela los recibió desde un balcón. El relato popular dice que, al pasar Bolívar, ella le arrojó una corona de laurel que golpeó accidentalmente su casaca. Bolívar pidió conocer a la autora del impacto. Esa noche, en el Palacio de la Exposición, se conocieron.
Los siguientes ocho años los pasaron entre la separación geográfica y los reencuentros intensos. Manuela abandonó al marido inglés —a quien escribió una carta que aún se cita: «Usted monótono, yo digo muchas cosas. No le he de dejar a usted por ningún motivo; le querré pues sin mediar ninguno»— y siguió a Bolívar en sus campañas del Perú y el Alto Perú. Fue ascendida a coronela del ejército libertador.
La noche del 25 de septiembre de 1828
En la madrugada del 25 de septiembre de 1828, un grupo de conspiradores —vinculados al vicepresidente Santander— irrumpió en el Palacio de San Carlos de Bogotá para asesinar a Bolívar. Manuela estaba con él. Lo despertó, lo obligó a saltar por la ventana del primer piso a la calle —Bolívar huyó por las calles oscuras hasta el puente del Carmen— y ella enfrentó personalmente a los asesinos armados de sable en la puerta del cuarto.
Fue herida de un sablazo en el antebrazo. Interrogada al amanecer, no reveló el paradero. Cuando la historia se conoció, Bolívar la bautizó públicamente «Libertadora del Libertador». Es el título con que entró en la historia.
El exilio de Paita
Tras la muerte de Bolívar (17 de diciembre de 1830), Manuela fue desterrada sucesivamente por el gobierno granadino y por el ecuatoriano. Se instaló en 1835 en Paita, un pequeño puerto del norte del Perú. Allí pasó 21 años, paralítica parcial por una caída y por una antigua herida, traduciendo textos del inglés para sustento —entre ellos documentos médicos y comerciales— y vendiendo dulces, bordados y postres caseros a los marineros.
A Paita la visitaron Garibaldi (1851), Herman Melville (1843, cuando aún era ballenero) y el gran pedagogo simón Rodríguez en sus últimos años. Todos la describieron con el mismo asombro: una mujer lúcida que sobrevivía con dignidad una ruina que no había pedido.
Murió el 23 de noviembre de 1856 durante una epidemia de difteria. Su casa, con todos los documentos y las 200 cartas de Bolívar que ella conservaba, fue quemada como medida sanitaria. La pérdida es una de las más dolorosas para la historia bolivariana.
El panteón reciente
Durante 150 años Manuela Sáenz fue mantenida en los márgenes de la historia oficial. La amante o la querida de Bolívar, según las sensibilidades. En 2010, en el bicentenario de la independencia, el presidente venezolano Hugo Chávez promovió la panteonización simbólica: un ataúd con tierra de Paita fue depositado en el Panteón Nacional de Caracas junto a los otros libertadores. Tres años después, se le otorgó el grado póstumo de General de División del Ejército Venezolano.
La carta que ella escribió al marido James Thorne, conservada en Quito, sigue siendo la declaración feminista más citada del siglo XIX sudamericano: «No me venga con más majaderías: casada yo del alma y el cuerpo, separada yo con mi marido: libre soy para amar a quien yo quiera. ¿Cómo aguantar la virtud sin la libertad? Y sin libertad no se puede ser virtuosa.»


