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Pacarina del Sur
Bartolina Sisa: la guerrera aymara
Figura Histórica

Bartolina Sisa: la guerrera aymara

24 de agosto de 1750, Caracato — 5 de septiembre de 1782, La Paz

Bolivia Colonial Virreina aymara del Alto Perú, líder del sitio de La Paz

“La ambulante coquera aymara que sitió La Paz durante siete meses”

Bartolina Sisa es la líder indígena más importante del Alto Perú colonial después del estallido de la gran rebelión de 1780-1782. Aymara, coquera ambulante, esposa y compañera de armas del toqui Túpac Katari, sitió dos veces la ciudad de La Paz con ejércitos de más de 40.000 indígenas y mantuvo, junto a otras mujeres líderes, una estructura paralela de mando que los cronistas coloniales documentaron con espanto. Fue ajusticiada el 5 de septiembre de 1782 en la plaza del Desaguadero paceña; su cuerpo, descuartizado, se repartió entre cinco provincias.

Caracato, comercio y coca

Nació el 24 de agosto de 1750 en la comunidad de Caracato, cerca de Sica Sica (actual La Paz, Bolivia). Su familia —padre aymara labrador, madre descendiente de curacas locales— pertenecía al tráfico comercial de la coca: los ambulantes coqueros, comerciantes indígenas que recorrían los Yungas bolivianos, el altiplano y la costa peruana vendiendo la hoja sagrada.

En 1770 se casó con Julián Apasa, futuro Túpac Katari, también ambulante coquero. Durante una década trabajaron juntos por las rutas comerciales. Esa experiencia —geografía, quechua, aymara, castellano rudimentario, códigos de precios y pesos— la convirtió en una líder eminentemente pragmática: conocía tolderías, caciques, pueblos, caminos.

La Gran Rebelión

Cuando el 4 de noviembre de 1780, al sur del Cuzco, Túpac Amaru II ejecutó al corregidor Arriaga y dio inicio a la gran rebelión, la noticia llegó al Alto Perú en pocas semanas. En marzo de 1781, Julián Apasa —ya autoproclamado Túpac Katari, sucesor espiritual del Inca ejecutado dos siglos antes— y Bartolina Sisa organizaron el primer sitio de La Paz.

Durante 109 días, un ejército indígena de aproximadamente 40.000 hombres —el mayor concentrado en el siglo XVIII andino— rodeó la ciudad. Bartolina dirigía personalmente las posiciones del este, con cuartel en Qalacoto. Organizó la logística del sitio: abastecimiento de quinua y chuño, control de aguas, recaudación tributaria en las comunidades de retaguardia, comunicación con el otro gran foco rebelde de Tomás Katari en Chayanta.

El segundo sitio

El primer sitio fue levantado en julio de 1781 por la llegada de refuerzos realistas desde Lima. Pero Katari y Bartolina reorganizaron sus fuerzas en el altiplano y a fines de agosto reiniciaron el segundo sitio de La Paz, que duraría 64 días más.

En octubre, Bartolina fue capturada por tropas realistas en el Alto. Conducida a la cárcel de La Paz, fue sometida a tortura para que revelara los planes militares y los nombres de los curacas aliados. No habló.

El suplicio del 5 de septiembre de 1782

El 5 de septiembre de 1782 —un año después de su captura y nueve meses después del ajusticiamiento de Katari— Bartolina Sisa fue sacada de la cárcel, atada a la cola de un caballo y arrastrada por las calles de La Paz hasta la plaza del Desaguadero. Allí fue ahorcada. Después, su cuerpo fue descuartizado en cinco partes que se enviaron a las provincias rebeldes —Ayoayo, Sicasica, Caracato, Achacachi y Sapahaqui— para ser expuestas como escarmiento.

El redescubrimiento

Durante dos siglos, la figura de Bartolina Sisa vivió sólo en la memoria oral de las comunidades aymaras. La historiografía oficial boliviana, de matriz criolla, la ignoró casi por completo. El redescubrimiento vino de los movimientos indianistas de los años setenta y, sobre todo, del trabajo de la historiadora aymara María Eugenia Choque Quispe.

En 1983, la Federación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia —organización de mujeres rurales que hoy reúne a 800.000 afiliadas— adoptó como nombre oficial «Bartolina Sisa». El 5 de septiembre fue declarado Día Internacional de la Mujer Indígena. En 2010 se inauguró en La Paz un monumento junto a la plaza donde fue ejecutada.

Su última carta —dictada en prisión a un capellán— es uno de los documentos testamentarios más estremecedores del período colonial. Termina así: «que mi sangre sea sembrada, pues de ella han de brotar hijas que continúen la lucha».

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