José Gabriel Condorcanqui Noguera —conocido en la historia como Túpac Amaru II— fue un cacique cuzqueño que, en noviembre de 1780, encabezó la mayor insurrección indígena del continente americano durante los tres siglos coloniales. La rebelión que llevó su nombre puso en jaque al Virreinato del Perú, se extendió por el Alto Perú y el Río de la Plata, y sólo pudo ser reprimida con una matanza que marcó para siempre la relación entre la Corona española y los pueblos andinos.
El curaca educado
Condorcanqui nació en el pueblo de Surimana, en la provincia de Tinta, al sur del Cuzco. Era descendiente directo del último Inca independiente, Túpac Amaru I, ejecutado por el virrey Toledo en 1572. Estudió con los jesuitas en el Colegio de San Francisco de Borja del Cuzco, donde aprendió latín, castellano y quechua escrito, y leyó los Comentarios reales del Inca Garcilaso —libro prohibido en el Perú por reivindicar la memoria del Tahuantinsuyo.
Tras heredar el cacicazgo de Tungasuca, Pampamarca y Surimana, se convirtió en un próspero arriero que transportaba mercancías entre el Cuzco y Potosí. Esa experiencia le dio algo raro en la élite indígena colonial: una visión panandina de los abusos del sistema. Veía, en cada legua del camino, el peso de la mita minera, las corruptelas de los corregidores y el empobrecimiento de los pueblos.
La chispa: Arriaga y el 4 de noviembre
El 4 de noviembre de 1780, Túpac Amaru II arrestó en Tungasuca al corregidor Antonio de Arriaga —símbolo del reparto forzoso de mercancías que arruinaba a los comuneros— y lo hizo ejecutar públicamente el 10 de noviembre. No fue un acto impulsivo: había recaudado previamente bandos del propio Arriaga autorizándole a convocar tropas, que usó como cobertura legal.
Desde ese instante, el levantamiento se extendió como un incendio. En menos de tres semanas, Túpac Amaru reunía un ejército de más de 40.000 hombres —indios, mestizos e incluso algunos criollos simpatizantes— que tomaron el control de la sierra sur del Perú.
Micaela Bastidas y la estrategia compartida
Micaela Bastidas Puyucahua, su esposa, no fue una figura decorativa. Las cartas que se conservan la muestran como una estratega militar de primer nivel: le reprocha a Túpac Amaru haberse detenido en Tinta en lugar de avanzar directamente sobre el Cuzco («ya te lo dije tantas veces que no te detuvieses en ningún pueblo y que no perdieses tiempo»), coordina el abastecimiento de las tropas y gestiona la inteligencia sobre los movimientos realistas. Muchos historiadores coinciden hoy en que la vacilación del marido ante el Cuzco —que permitió al virrey reorganizar la defensa— fue el punto de inflexión que costó la derrota.
La derrota y el suplicio
El cerco sobre el Cuzco fracasó. Los refuerzos virreinales desde Lima, sumados a traiciones locales, acabaron con la rebelión. Túpac Amaru, Micaela y sus hijos fueron capturados en abril de 1781 y conducidos al Cuzco para ser juzgados.
El 18 de mayo de 1781, en la plaza de Armas del Cuzco, se consumó el suplicio. Ante los ojos del cacique le cortaron la lengua a Micaela, la ahorcaron junto a su hijo mayor y a varios lugartenientes. Después ataron a Túpac Amaru a cuatro caballos para descuartizarlo; como los animales no lograron vencer la fuerza de su cuerpo, el visitador Areche ordenó cortarle los brazos y las piernas a hachazos. Sus miembros fueron exhibidos en las provincias rebeldes como escarmiento.
Legado y continuidad
La rebelión no murió en aquella plaza. Se extendió hacia el sur con los hermanos Túpac Katari y Bartolina Sisa, que sitiaron La Paz durante meses. Más profundamente, la derrota obligó a la Corona a reformar el régimen de corregidores y preparó el terreno ideológico para las independencias criollas de 1810.
En el Perú moderno, Túpac Amaru II es el santo laico de la emancipación: su rostro aparece en billetes, calles y plazas, y su nombre lo adoptaron desde guerrillas marxistas del siglo XX hasta movimientos sociales contemporáneos. Su figura, sin embargo, sigue incómoda para cierta historiografía conservadora, que prefiere ver en él un rebelde disperso más que el primer líder articulado de la emancipación americana. La evidencia —y Micaela— dicen lo contrario.



