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Pacarina del Sur
El Pípila: el minero que abrió la Alhóndiga
Figura Histórica

El Pípila: el minero que abrió la Alhóndiga

c. 1782, San Miguel el Grande — 26 de julio de 1863, San Miguel de Allende

México Independencia Minero insurgente, héroe del asalto a la Alhóndiga

“El minero con una losa a la espalda que quemó la puerta que hizo posible el primer triunfo independentista”

El Pípila —Juan José de los Reyes Martínez Amaro— es el personaje más popular y a la vez el menos documentado de la guerra de independencia mexicana. Su gesto, prender fuego a la puerta de la Alhóndiga de Granaditas el 28 de septiembre de 1810 con una losa de piedra atada a la espalda, se convirtió en la imagen fundacional del asalto que abrió la insurgencia. Si los documentos de archivo son escasos, la leyenda no lo es.

El nombre y el apodo

El nombre real —Juan José de los Reyes Martínez Amaro— aparece en el archivo parroquial de San Miguel el Grande (hoy San Miguel de Allende, Guanajuato) con fecha de bautismo en 1782. El apodo «Pípila» significa, en el castellano rural de Guanajuato, «pava» o «guajolota». La tradición local sostiene que se lo puso su madre por su forma de caminar lento y orgulloso, balanceándose de un lado a otro.

Su oficio era minero. Guanajuato, en 1810, era la región minera más productiva del imperio español: sus minas de plata —la Valenciana, Rayas, Mellado— sostenían al quinto real y alimentaban la economía atlántica. Los mineros eran mayoritariamente indígenas y mestizos pobres, sometidos al agotador sistema de la partida: turnos de doce horas bajo tierra con un sueldo mínimo. Cuando Hidalgo llegó a las puertas de Guanajuato el 28 de septiembre, los mineros fueron los primeros en unirse.

La puerta de la Alhóndiga

La Alhóndiga de Granaditas era una fortaleza de piedra con paredes de dos metros y ventanas altas. Durante cinco horas, los insurgentes —entre ellos centenares de mineros llegados de Rayas y la Valenciana— atacaron el edificio sin resultados. Los defensores disparaban desde las ventanas a las que nadie podía llegar, y la puerta maciza de madera y hierro resistía los embates.

Entonces, según la tradición recogida por el cronista Lucas Alamán en 1849, El Pípila tomó una decisión desesperada. Se ató a la espalda una losa de piedra plana —de las que usaban los mineros para protegerse de los derrumbes— y, a cuatro patas, avanzó lentamente hacia la puerta llevando una tea encendida y un frasco de brea. Los disparos de los defensores rebotaron en la losa. Al llegar a la puerta, untó la brea, prendió fuego a la madera y se retiró. La puerta ardió. Los insurgentes irrumpieron.

La disputa historiográfica

¿Ocurrió exactamente así? La historiografía moderna lo duda. El parte oficial del asalto, escrito por los propios insurgentes al día siguiente, no menciona al Pípila. Tampoco aparece en las memorias inmediatamente posteriores. Su figura se consolida a partir de las memorias de Pedro García (1874) —un veterano insurgente que tenía unos 8 años en 1810— y se canoniza durante el porfiriato, cuando el gobierno necesitaba un héroe popular no criollo para la narrativa oficial.

Isauro Rionda Arreguín, cronista de Guanajuato durante cuatro décadas, sostuvo que la hazaña es probablemente una compresión narrativa: varios mineros prendieron fuego a la puerta, y la memoria oral concentró ese acto colectivo en una sola figura. El Pípila histórico probablemente existió —el archivo parroquial lo confirma— pero su acción específica debe entenderse como símbolo, no como crónica exacta.

La estatua sobre Guanajuato

Sea leyenda o crónica comprimida, El Pípila se convirtió en el rostro de la insurgencia popular frente a la figura letrada de Hidalgo. En 1939 el gobierno de Guanajuato erigió el Monumento al Pípila, una colosal estatua de 28 metros de piedra rosa esculpida por Juan Fernando Olaguíbel, sobre el cerro de San Miguel que domina la ciudad de Guanajuato. El gigante de piedra sostiene una antorcha sobre su cabeza y la losa a la espalda. Desde su base se ven los techos de teja roja de la ciudad minera, la Alhóndiga, la Universidad y los callejones coloniales que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 1988.

La inscripción al pie del monumento reza: «Aún hay otras Alhóndigas por incendiar». Es una de las frases cívicas más citadas del país.

El retorno al anonimato

El Pípila sobrevivió al asalto y a la guerra. Volvió a ser minero. Murió oscuro en San Miguel de Allende el 26 de julio de 1863, cuando ya el Segundo Imperio de Maximiliano ocupaba México. Sus restos nunca fueron trasladados al Ángel de la Independencia: siguen en un cementerio perdido de San Miguel. El contraste con el destino monumental de su estatua resume bien la ambigüedad del personaje: un minero oscuro del que sabemos casi nada pero al que una nación entera decidió elevar a la altura de un cerro.

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