José María Morelos y Pavón es el estratega que salvó la independencia después de Hidalgo, el legislador que redactó el primer documento constitucional del México libre, y el hombre que introdujo una frase que cambió la historia política del país: «que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas». Cuando fue fusilado en 1815, su proyecto de nación ya estaba escrito.
El arriero de Valladolid
Morelos nació en Valladolid (hoy Morelia) el 30 de septiembre de 1765, en una familia de origen afromestizo pobre. Su padre, Manuel Morelos, era carpintero; su madre, Juana Pavón, hija de un maestro de escuela. Al morir el padre cuando José María tenía 14 años, el joven se convirtió en arriero: durante una década recorrió los caminos entre Valladolid, Acapulco y la costa michoacana con recuas de mulas cargadas de azúcar, algodón y plata. Esa experiencia le dio algo raro en los líderes de la época: un conocimiento directo de la geografía económica del sur.
A los 25 años entró al Colegio de San Nicolás de Valladolid, donde tuvo como maestro al entonces rector Miguel Hidalgo. Se ordenó sacerdote en 1795 y fue enviado a curatos pobres del sur michoacano.
La comisión del sur
Al estallar la guerra en 1810, Morelos buscó a Hidalgo en Charo y recibió de él una comisión vital: levantar el sur del país. Partió con 25 hombres hacia la costa de Michoacán. En pocos meses ese puñado se había convertido en el ejército más disciplinado de la insurgencia.
La diferencia con Hidalgo fue inmediata. Donde el movimiento del 1810 era una muchedumbre con machetes, el ejército morelense estaba organizado en divisiones regulares, con uniformes, artillería propia y sistema de partes escritos. Morelos rechazaba los saqueos, imponía disciplina y pagaba a sus tropas. En sus cuatro campañas (1810-1814) tomó Acapulco, sitió Cuautla durante 72 días sin caer y dominó todo el sur hasta Oaxaca.
Los Sentimientos de la Nación
En septiembre de 1813, Morelos convocó en Chilpancingo el Primer Congreso del Anáhuac, primera asamblea legislativa de la insurgencia. El 14 de septiembre leyó ante los diputados los Sentimientos de la Nación, un documento de 23 puntos que sigue siendo, dos siglos después, el texto político más depurado de toda la guerra:
«Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto.»
Los Sentimientos establecen la soberanía del pueblo, la separación de poderes, la abolición de la esclavitud y las castas, la libertad de comercio, la tolerancia religiosa con un catolicismo como culto exclusivo de Estado. Son la matriz de la Constitución de Apatzingán (22 de octubre de 1814), la primera constitución hispanoamericana que el nuevo estado mexicano jamás logró aplicar plenamente pero que siguió citando durante dos siglos.
La derrota y el fusilamiento
A partir de 1814, el ejército realista al mando de Félix Calleja y de Agustín de Iturbide —el futuro emperador— tomó la iniciativa. Morelos se convirtió, progresivamente, en el escudo móvil del Congreso: su misión era proteger la asamblea civil mientras ésta se movía por los caminos del sur huyendo de las tropas realistas.
El 5 de noviembre de 1815, cubriendo la retirada del Congreso hacia Tehuacán, Morelos fue capturado en la batalla de Temalaca. Juzgado por la Inquisición en la Ciudad de México (por hereje) y por el tribunal militar (por traición), fue degradado canónicamente —como Hidalgo— y fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre de 1815.
Su última carta a su hijo Juan Nepomuceno dice: «No sigas mis pasos pero, si los sigues, que Dios te dé fortaleza.»
El Siervo de la Nación
Morelos firmaba sus decretos con la fórmula «Siervo de la Nación», rechazando el título de Generalísimo que le ofreció el Congreso. Esa elección —la autoridad al servicio del Estado, no a su dominio— se ha convertido, junto con los Sentimientos de la Nación, en su legado más citado.
Sus restos reposan hoy, junto a los de Hidalgo, Allende y Aldama, en la Columna de la Independencia. Valladolid —su ciudad natal— lleva desde 1828 su nombre: Morelia. El Estado de Guerrero y la moneda de 50 centavos circulante también lo honran. Pero probablemente ningún homenaje es más persistente que el que se repite cada tarde en miles de aulas mexicanas cuando los niños estudian los 23 puntos de los Sentimientos de la Nación: «Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y así se sancione, dando al mundo las razones.»



