Francisco «Pancho» Villa —de nacimiento Doroteo Arango Arámbula— es la figura militar más brillante de la Revolución Mexicana y la única que los Estados Unidos invadieron persiguiendo como fuerza expedicionaria en suelo extranjero (1916-1917, sin éxito). Durante tres años (1913-1915) comandó la División del Norte, el ejército más grande y mejor equipado que jamás movilizó el norte mexicano: 50.000 hombres, artillería pesada, trenes blindados, servicios sanitarios propios. Fue asesinado en Parral el 20 de julio de 1923 en una emboscada no aclarada. A su velorio fueron 50.000 personas; diez años después su tumba fue profanada y su cráneo robado. Nunca se recuperó.
La Cueva de Durango
Nació el 5 de junio de 1878 en San Juan del Río, Durango, en una familia campesina mestiza extremadamente pobre. Su padre Agustín Arango murió siendo él un niño. Doroteo trabajó como mediero en la hacienda del Gogojito. Según su propia versión —imposible de verificar—, a los 16 años mató de un tiro al hijo del hacendado que había violado a su hermana. Desde entonces vivió fuera de la ley como bandolero en la sierra de Durango, cambió su nombre a Francisco Villa —apellido paterno no reconocido legalmente— y construyó una pequeña red de protección rural.
Durante quince años operó como ladrón de ganado y asaltante de trenes mineros. El tipo de pequeño bandolero social del que estaba llena la sierra duranguense: proteger a un pueblo, vender el ganado robado, repartir parte de las ganancias. Cuando estalló la Revolución en 1910, encontró una vocación mayor.
El estratega
En 1910 se unió a Madero. En los siguientes dos años se reveló como un estratega militar de primer orden, completamente autodidacta. Inventó el tren de caballería: subir los caballos a vagones y transportarlos cientos de kilómetros de noche para atacar por sorpresa al amanecer. Organizó el primer cuerpo sanitario militar del país —»las enfermeras»— con Leonor Villegas de Magnón. Puso en marcha el Servicio Sanitario Móvil, hospital rodante que trataba por igual a soldados y civiles.
Cuando Huerta derrocó a Madero en 1913, Villa se unió a la revuelta constitucionalista. De una columna de 9 hombres que cruzó el río Bravo desde El Paso en marzo de 1913 —él mismo ha contado esa cifra— construyó en seis meses la División del Norte. Ganó Torreón, Gómez Palacio, Zacatecas (junio de 1914, 25.000 soldados contra 12.000 federales), Celaya, Aguascalientes. El 23 de junio de 1914 su ejército había aplastado a las mejores tropas federales. El huertismo estaba liquidado.
La Convención de Aguascalientes
Con Huerta derrotado, los caudillos revolucionarios se reunieron en octubre de 1914 en la Convención de Aguascalientes. Allí, Villa y Zapata se encontraron personalmente por primera vez y firmaron el Pacto de Xochimilco contra Carranza. En noviembre entraron juntos a la Ciudad de México y se fotografiaron en el Palacio Nacional: la imagen más famosa de la Revolución.
Lo que siguió fue la guerra más cara de la Revolución: la batalla de Celaya (abril-junio de 1915), donde el general carrancista Álvaro Obregón —aplicando tácticas estudiadas de la Primera Guerra Mundial: trincheras, alambre de púas, ametralladoras— infligió a la División del Norte una derrota de 14.000 bajas en cinco días. Fue el fin del villismo como poder militar central.
La expedición punitiva
Arrinconado en Chihuahua, Villa atacó Columbus (Nuevo México) el 9 de marzo de 1916 —hasta hoy el único ataque militar extranjero en suelo continental estadounidense desde 1812—. Washington envió al general John Pershing con 4.800 soldados a capturarlo. Durante once meses, el ejército estadounidense recorrió Chihuahua sin éxito. Pershing volvió derrotado en febrero de 1917. La Expedición Punitiva se enseña todavía en West Point como caso de fracaso de una campaña antiguerrillera.
El Canutillo y la emboscada de Parral
En 1920, con la muerte de Carranza, Villa firmó con el gobierno de De la Huerta un acuerdo de paz: se retiró a la hacienda de Canutillo (Durango) con sus tropas licenciadas, se hizo agricultor y abrió una escuela primaria para los hijos de sus soldados. Parecía definitivamente pacificado.
El 20 de julio de 1923 fue emboscado en Parral cuando salía del banco en su Dodge: siete pistoleros abrieron fuego desde una casa. Murió instantáneamente con sus cuatro compañeros. Los asesinos nunca revelaron quién les pagó; los investigadores modernos apuntan al general Plutarco Elías Calles y al próximo presidente Álvaro Obregón, que lo veían como amenaza política potencial.
La leyenda
El 20 de julio es día cívico nacional mexicano. Sus restos fueron trasladados en 1976 al Monumento a la Revolución en la Ciudad de México. Un detalle perturbador: faltaba el cráneo. En 1926, saboteadores habían violado su tumba y lo habían robado. La leyenda más difundida dice que terminó en alguna colección macabra de una sociedad secreta yankee —los Skull and Bones de Yale, aunque ese extremo es improbable—. Nunca se recuperó.
Villa es, junto con Zapata, el rostro universal de la Revolución Mexicana. El cine, las corridas populares, los murales de Diego Rivera, los billetes, los nombres de escuelas: la iconografía no cesa. El presidente López Obrador lo incluye en sus discursos con regularidad. Como dijo Rodolfo Fierro, su lugarteniente: «lo único seguro que Villa tenía era que nadie sabía dónde estaba ni qué pensaba al día siguiente». Esa imprevisibilidad fue su estrategia militar y su legado político.



