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Pacarina del Sur
Mitos y Leyendas

El Alicanto: el ave dorada del Norte Chico

En el Norte Chico chileno —las regiones de Atacama y Coquimbo, donde el desierto más seco del planeta limita con los cordones cordilleranos ricos en cobre y oro—, los mineros del siglo XIX contaban historias sobre una ave gigantesca de plumaje dorado: el Alicanto. Come metales preciosos. Vive en los socavones abandonados. Los que consiguen seguirla sin perderla de vista encuentran vetas de plata u oro; los que la pierden, mueren deshidratados en el desierto.

El contexto minero

La leyenda nació en plena fiebre de la plata chilena del siglo XIX. Entre 1832 —descubrimiento del mineral de Chañarcillo por Juan Godoy— y 1870, el Norte Chico exportó más plata que ninguna otra región del mundo. Miles de mineros, llegados desde todo Chile y desde otros países, recorrían el desierto buscando afloramientos de mineral. La leyenda del Alicanto ofrecía esperanza narrativa a esa búsqueda: el mineral existe, un ave mítica lo indica, basta con tener los ojos abiertos.

El historiador Oreste Plath, en su monumental Geografía del mito y la leyenda chilenos (1973), recoge treinta y cinco variantes de la leyenda del Alicanto entre 1830 y 1950. La figura combina elementos indígenas (el mallku o espíritu cóndor de los diaguitas locales) con elementos europeos (el ave dorada de las leyendas de El Dorado).

Descripción canónica

El Alicanto es un ave del tamaño de un cóndor —envergadura de más de tres metros— con plumaje completamente dorado. Sus alas brillan durante el día como metal pulido, aunque el ave misma es invisible al sol; sólo se la puede ver al amanecer o al anochecer. Se alimenta de oro y plata: camina por el desierto con el pico bajo, picoteando los afloramientos de mineral. Cuanto más oro ha comido, más brilla su plumaje.

La caza del Alicanto

Los mineros sabían que el Alicanto, después de una noche de comer mineral, al amanecer dormita pesadamente cerca de la veta que acaba de descubrir. La técnica de caza —descrita por el cronista Baldomero Lillo en su cuento «El grisú» (1904)— consiste en ubicar la posición del ave adormilada, marcarla con una vara de ocote y retirarse sin despertarla. Volviendo al día siguiente con pico y pala, se excavaba en el sitio exacto.

El peligro: si el Alicanto sospecha que lo siguen, emprende vuelo erráticamente y conduce al minero al despoblado —las zonas más áridas del desierto sin agua ni referencia— donde el hombre muere de sed antes de encontrar el camino de vuelta. El desierto de Atacama conserva cientos de esqueletos de mineros perdidos siguiendo «al pájaro dorado».

El Alicanto en la literatura

Baldomero Lillo lo narra en Sub terra (1904). El folklorista Manuel Peña Muñoz le dedica un capítulo en Para un niño Chileno (1996). En 2015, el escritor chileno Hernán Rivera Letelier —cuya obra se desarrolla casi toda en el Norte Chico— publicó El Alicanto, novela donde un minero cesante de Chuquicamata persigue la leyenda durante tres décadas.

El Alicanto hoy

La figura del Alicanto es hoy el emblema no oficial del patrimonio minero chileno. El Consejo de Monumentos Nacionales la adoptó como mascota de su campaña «Patrimonio Minero» en 2018. La cerveza artesanal copiapina Alicanto (fundada en 2012) es distribución local. El parque nacional del Valle del Elqui, cerca del observatorio Mamalluca, organiza cada septiembre el Festival del Alicanto, con observación astronómica, cata de vinos pisqueños y narración oral de leyendas mineras.

Los mineros contemporáneos del Norte Chico —pequeños pirquineros que aún trabajan los socavones abandonados de Chañarcillo, Tamaya o Caracoles— a veces cuentan que «vieron algo dorado en el cielo al amanecer». Nadie los cree. Pero nadie los desmiente.

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