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Pacarina del Sur
Mitos y Leyendas

El Tío de la mina: el diablo protector de Potosí

En las minas de Potosí —el Cerro Rico boliviano, del que se extrajo durante cuatro siglos más plata que de cualquier otro sitio del planeta— los mineros saludan antes de cada jornada a una figura que no aparece en ninguna otra tradición católica latinoamericana: el Tío. Una estatua roja de barro cocido, con cuernos, lengua afuera, ojos encendidos, pene erecto. No es Dios. No es el diablo cristiano. Es el señor de lo profundo: mezcla de Supay andino y del demonio europeo, protector ambiguo al que hay que ofrecer regularmente cigarrillos, alcohol y hojas de coca para que la mina no se derrumbe ese día.

El fondo precolombino

Antes de la llegada española, los pueblos andinos veneraban al Supay, divinidad dual del inframundo. No era maléfico: era poderoso. Habitaba el interior de la tierra, poseía los minerales, regulaba las riquezas bajo la superficie. La llegada del cristianismo en 1545 —con el descubrimiento del Cerro Rico y la apertura de los socavones para la explotación imperial de la plata— puso en contacto al Supay con el diablo cristiano. Los misioneros intentaron identificar los dos con la intención de demonizar al primero; los mineros indígenas, al contrario, convirtieron al diablo en una variante subterránea del Supay que ya conocían. El resultado: el Tío.

La lingüística confirma el sincretismo: la palabra Tío es la malpronunciación indígena de «Dios». Los sacerdotes jesuitas, en castellano, decían «Dios«. Los indígenas quechua-aymaras, sin la consonante inicial D en su fonética, oían y repetían «Tío«. El deslizamiento fonético se convirtió en deslizamiento teológico: el Dios de la superficie se convirtió en el Tío de lo profundo.

Descripción canónica

La estatua del Tío se ubica en el interior mismo de la mina, habitualmente en una cámara específica cerca de los socavones de extracción. Es de barro rojo o de yeso pintado, tamaño real o ligeramente más pequeña. Tiene cuernos largos, lengua fuera, mirada fija, colmillos visibles. Desnudo. El pene está siempre en erección como símbolo de fertilidad mineral. Sobre los hombros, capas de papel plateado o rojo. Ante él, ofrendas permanentes: hojas de coca, cigarrillos, alcohol de 96º, serpentinas de carnaval.

Las ofrendas rituales

Cada minero entrante a la jornada saluda al Tío con el nombre del lugar («Hola, Tío de la Pailaviri«) y deposita una hoja de coca fresca. Al iniciar trabajos de alto riesgo —apertura de un nuevo socavón, dinamitaje complicado—, la cuadrilla ejecuta la ceremonia de la ch’alla: se rocía alcohol sobre la estatua, se le enciende un cigarrillo en la boca, se le ofrece una pequeña ofrenda de comida. Los martes y viernes son los días en que el Tío «más habla»: si la mina tiembla o el polvo cae, significa que acepta las ofrendas. Si no, significa que está insatisfecho y hay que reforzar la ofrenda.

Mita, carnaval y Tío

Durante la colonia, millones de indígenas andinos fueron forzados a trabajar en Potosí mediante el sistema de la mita: turnos obligatorios de varios meses. Las condiciones eran apocalípticas: la mortalidad rondaba el 80%. El Tío emergió como la figura que los mineros respetaban sin el miedo teológico que el Dios católico les imponía: «con el Tío se puede hablar», reza el dicho potosino. Incluso quejarse.

En el carnaval boliviano —especialmente en la Diablada de Oruro, carnaval patrimonial desde 2001—, la figura del Tío es el referente central: los danzantes que representan diablos son formalmente el ejército del Tío que emerge a la superficie durante el carnaval para negociar su paz con la Virgen del Socavón, patrona católica de los mineros. La danza dramatiza esa negociación.

El Tío hoy

El Cerro Rico sigue en explotación —con reservas casi agotadas, pero más de 15.000 mineros activos todavía— y el culto al Tío sigue absolutamente vigente. Cada estatua de la mina recibe ofrendas diarias. La antropóloga June Nash, en el libro clásico We Eat the Mines and the Mines Eat Us (1979), documentó el ritual como pieza central de la economía moral minera boliviana.

El Cerro Rico entero fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987. El Tío es uno de los pocos casos documentados en el mundo donde la divinidad pagana sobrevivió no ocultamente, sino visiblemente al lado del catolicismo oficial. En el carnaval de 2023, el presidente boliviano Luis Arce participó formalmente en la ch’alla del Tío de la mina Pailaviri. Quinientos años después de que los misioneros jesuitas llegaran a convertir al Supay en diablo, el Supay sigue siendo quien recibe el cigarrillo al inicio del turno de la madrugada.

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