Martes, 2 de Septiembre de 2014
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ISSN: 2007–2309
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El horror al pueblo: el trauma de la Alhóndiga de Granaditas y los historiadores conservadores

Este artículo intenta un rescate de la figura de Miguel Hidalgo y Costilla a doscientos años de los acontecimientos ocurridos en los primeros meses de lucha independentista, misma que ha sido constantemente vituperada por los grupos que ostentan el poder, tachándolo de asesino e instigador de masas. Recuerda, con el testimonio de quienes lo vivieron y ojos ajenos a los lapidarios juicios de decenas de historiadores conservadores contemporáneos, el acontecimiento más dramático de la primera etapa de la guerra insurgente iniciada el 15 de septiembre de 1810 con el Grito de Dolores.

Palabras clave: independencia, conservadurismo, libertad, México

 

…las revoluciones, las auténticas —como la francesa de 1789, la mexicana de 1910,
la rusa de 1917— y no las de pacotilla, traen consigo un impetuoso cargamento
de aludes destructores: siembran realidades nuevas y, a la vez, arrasan situaciones viejas;
y todo sin discriminación, es decir, que no necesariamente cuanto innoven será mejor
que lo dejado atrás, ni todo lo que aniquilen era merecedor de semejante final.
Surgida como un bólido que de pronto ilumina con resplandores nunca vistos el hasta
entonces sereno cielo de la Nueva España, la revolución del Padre Hidalgo asume  de
inmediato las proporciones de una conflagración general, que nada ni nadie puede
ya contener. Los acontecimientos superan a los agentes que los hicieron posibles, los envuelven
y los conducen —quieran o no— a los últimos extremos. Ciega y apocalíptica, la revolución
avanza cortando cabezas y segando los campos: troncha al mismo
tiempo al inocente y al malvado, el trigo y la cizaña.[1]

 

A doscientos años de haber iniciado la lucha por la independencia, Don Miguel Hidalgo y Costilla sigue aterrorizando a los conservadores mexicanos. Esa es la razón por la cual los festejos del bicentenario de la independencia fueron tan equívocos como dispendiosos. ¡Tres mil millones de pesos para enmascarar el desprecio y odio a quien todavía hoy siguen acusando de demente, delirante, irresponsable y hasta asesino! Las campañas contra Hidalgo se iniciaron con la excomunión que dictó el obispo Abad y Queipo en octubre de 1810 y el ofrecimiento del virrey Venegas de diez mil pesos por su cabeza.[2] Pero en nuestros días,  hace ya más de diecisiete años que en los libros de texto de las primarias prácticamente ha desaparecido su historia, y desde luego, las explicaciones sobre las causas de su levantamiento son tan equívocas como superficiales.[3] Vacío semejante guarda la memoria de buena parte de nuestra sociedad en relación a los acontecimientos principales ocurridos durante los casi catorce años que transcurrieron entre las primeras expresiones a favor de la emancipación y la firma del acuerdo con el gobierno español.

Quienes combatieron por construir el país que ahora tenemos pueden hoy refrescar nuestra memoria y nos exigen que sigamos luchando para evitar que tiranías y poderes extranjeros se apoderen de lo que ha costado tantas vidas y tantas generaciones construir. Ellos nos convocan a mantener viva la memoria del heroísmo del pueblo de México.

 

Breve obertura

Desde que el Obispo Abad y Queipo envió al Rey su Representación de los labradores y comerciantes de Valladolid de Michoacán en el año de 1804,[4] diversos sucesos debilitaron los vínculos de obediencia y subordinación que se habían tendido a lo largo de trescientos años de ocupación española de nuestra tierra. Hemos de recordar, por ejemplo, que la crisis revolucionaria iniciada en la antigua colonia francesa de Saint Domingue tuvo entre sus episodios una breve alianza del dirigente Toussaint L´Ouverture con España, contra  la dominación colonial francesa. La alianza se rompió porque la monarquía española se negó a decretar la libertad de los esclavos. Pese a ello, Jean Jacques Dessalines decretó en 1804 tanto la Independencia de la que de entonces en adelante se conocería como Haití, como la completa emancipación de la esclavitud. La posterior aprehensión y muerte de los principales dirigentes haitianos a manos de “revolucionarios franceses” ante la indiferencia y eventual complicidad de España -que no estaba dispuesta a poner en juego la estabilidad de su propia colonia en la Isla de la Española-,  llamó la atención de los ilustrados críticos americanos,[5] no sólo por la ferocidad desplegada por los franceses para impedir la independencia, sino por el hecho de que la libertad de los esclavos fuera en Haití, como podría serlo en todos los territorios bajo la dominación española, la única exigencia que podría suscitar un apoyo masivo de la población en la eventualidad de una iniciativa política que buscara la independencia.


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Con todo, el más grave aviso de que la crisis era más profunda y extendida de lo que se supuso inicialmente, fue el derrocamiento del monarca español Fernando VII por Napoleón Bonaparte, en mayo de 1808. Las que habían sido conversaciones entre intelectuales, curas, militares y funcionarios criollos sobre las injusticias que se vivían en la Nueva España; la coincidencia cada vez más generalizada sobre la necesidad y viabilidad de promover un cambio radical de régimen;  y la alarma que provocaban las noticias de la que podría convertirse en una invasión de la Nueva España por Francia, se transformaron repentinamente en ocasión para la radicalización de criollos, mestizos e indígenas y el inicio de verdaderas conspiraciones.

 

Primer acto: el frenesí revolucionario

Preso en Chihuahua, sujeto a un doble proceso eclesiástico y militar, Don Miguel Hidalgo y Costilla recordaría los momentos de inicio del movimiento como de una actividad tan intensa y llena de entusiasmo que no se había detenido a considerar sus consecuencias. Interrogado por sus captores sobre cuáles habían sido sus intenciones y cuál su responsabilidad, respondió que

su inclinación a la independencia fue la que lo obligó de decidirse con tanta ligereza o llámese frenesí; que la precipitación del suceso de Querétaro no les dio lugar a tomar las medidas que pudieran convenir a su intento, y que después ya no los consideraron necesarios, mediante la facilidad con que los pueblos los seguían, y así, no tuvieron más que enviar comisionados por todas partes, los cuales hacían prosélitos a millares, por donde quiera que iban.[6]

“Sujeto de luces y conocimientos”, como lo juzgaron sus captores, Miguel Hidalgo no era un hombre de odios, sino consagrado a la defensa de una causa. La indignación que le provocaban la subyugación y humillaciones de que habían sido víctimas por siglos los indígenas pobres de México no lo condujo a  buscar la venganza, sino a procurar que se hiciera justicia. Movido por el amor a sus semejantes y la defensa de sus principios, se adhirió a los postulados sociales más avanzados de su época; aprendió las lecciones de la experiencia que en pocos años habían dejado la Revolución Francesa y la primera guerra anticolonial de América, y se guió por su propio conocimiento y experiencia en relación a los sufrimientos y aspiraciones de los oprimidos de estas tierras.

En los documentos de época y las proclamas que lanzó desde los primeros días, dos ideas fundamentales explicaron el sentido de sus acciones: la necesidad de romper el vínculo de subordinación con España, y la consecución de la libertad para todos los americanos, en particular, para los sometidos a la esclavitud. En el Plan del Gobierno Americano que entregó a Morelos a fines de octubre de 1810, señalaba Hidalgo:

5º Ninguno se distinguirá en calidad, sino que todos se nombrarán americanos.

6º Por lo mismo, nadie pagará tributos y todos los esclavos se darán por libres.

7º No habrá Cajas de Comunidad en los pueblos, y sólo se entregarán las rentas que haya juntas en la Caja Nacional; y se les entregarán sus tierras a lospueblos, con restitución de las que les hayan usurpado los europeos, paraque las cultiven y mantengan sus familias con descanso.[7]

La prueba de que no albergaba odio contra los españoles se encuentra al calce del mismo documento, en que instruía a los comandantes del ejército libertador:

14°.- Al europeo que encontraren empleado en el gobierno político o militar, le pondrán un oficio pidiéndole entregue aquella plaza o empleo, con finiquito de cuentas, existencia de ventas, armas y pertrechos, etcétera, ya sean las armas del gobierno o propias. y si lo verificare sin resistencia, no se le perjudicará en su persona ni bienes, si no es que haya noticia cierta de que antes haya tomado las armas contra nuestros ejércitos. Pero si resistiere la entrega, se le exigirá por fuerza si la resistencia es por palabras, y si es por armas se procederá contra su persona y bienes, y en este caso, si el europeo fuere casado, se le dejarán a su familia algunos bienes para que se mantengan, y las personas de los europeos se remitirán a la cárcel de la provincia conquistada, hasta el número de veinte en partida, dejándoles llevar su ropa de uso, socorriéndolos con una peseta diaria todo el tiempo de su prisión, si no es que en la resistencia de armas hayan hecho una o muchas muertes con sus propias manos, pues en este caso se les aplicará inmediatamente la pena capital, con todos los auxilios y caridad después de bien probado su delito.[8]

Trato comedido, y hasta deferente, para quienes habían atropellado sin escrúpulo los territorios, la dignidad y la tranquilidad de pueblos indefensos, a lo largo de trescientos años. Y vale la pena insistir: ningún asomo de odio o de incitación a la violencia salvaje.  Poco después, informado de los cargos que le imputaba la Inquisición y del decreto de excomunión emitido por su antiguo amigo y compañero, el obispo Manuel Abad y Queipo, Hidalgo reiteraba enfáticamente:

Estad ciertos, amados conciudadanos míos, que si no hubiese emprendido libertar nuestro reino de los grandes males que le oprimían, y de los muchos mayores que le amenazaban y que por instantes iban a caer sobre él, jamás hubiera sido yo acusado de hereje.

Todos mis delitos traen su origen del deseo de vuestra felicidad; si éste no me hubiese hecho tomar las armas, yo disfrutaría una vida dulce, suave y tranquila, yo pasaría por verdadero católico, como lo soy, y me lisonjeo de serlo; jamás habría habido quien se atreviese a denigrarme con la infame nota de la herejía.[9]

La defensa de la religión católica y las continuas referencias a la Virgen de Guadalupe como patrona de la Independencia no dejaron de estar presentes en todos los documentos significativos de la insurgencia: un argumento más para mostrar que ésta no pretendía la completa destrucción de la obra colonial. Por lo demás, si alguna certeza podía tener don Miguel Hidalgo era la legitimidad de su causa. El recibimiento que le prodigaron los habitantes de todos los pueblos  por donde pasó debieron llevarlo a albergar la esperanza de que la independencia se lograría en poco tiempo, gracias a ese apoyo multitudinario del pueblo de México, y que ello favorecería la reducción al mínimo de los actos de guerra. Luego de haber recogido en Atotonilco el estandarte de la Virgen de Guadalupe, el ejército insurgente creció en proporciones nunca antes imaginadas por los españoles. El alcalde de Querétaro refería así su llegada a Celaya:

En compendio y según la voz general, los traidores son dueños de San Miguel, Chamacuero, Celaya y San Luis de la Paz, en donde han puesto subdelegados y administradores de rentas, y de donde han sacado en efectivo más de quinientos mil pesos y habiendo entregado a los pueblos los efectos de tiendas y haciendas, y cometido la inaudita barbaridad de meter la caballada en las milpas, cuyo daño podrá ser irreparable.

Conducen en el medio de su tumultuoso ejército compuesto de casi 3000 hombres con el Regimiento de San Miguel a la frente, 80 infelices europeos amarrados, que protestan degollar si alguno les hace resistencia.[10]

En todos los lugares a los que llegó el ejército insurgente, superando la insignificante resistencia que se les presentaba, de inmediato se establecieron instituciones revolucionarias. Un nuevo orden parecía tan fácilmente asequible, como la ruptura recién decretada con el imperio español. No había pasado una semana siquiera del grito de Dolores, cuando el intendente de Guanajuato, José Antonio Riaño, antiguo amigo de Don Miguel Hidalgo, informó al virrey Venegas y a Félix María Calleja, entonces comandante del ejército español en San Luis Potosí: “Los pueblos se entregan voluntariamente a los insurgentes: hiciéronlo ya en Dolores, San Miguel, Celaya, Salamanca, Irapuato: Silao está pronto a verificarlo. Aquí cunde la seducción, falta la seguridad, falta la confianza.”[11]


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Hasta ese punto, el ejército insurgente había sido victorioso en su empresa: quienes se adherían a la causa disponían de lo necesario  para continuar en el movimiento; los ingresos monetarios y materiales permitían al ejército hacerse de caballos y pertrechos indispensables; muy pronto, el ejército insurgente restablecía la seguridad e instalaba un nuevo orden institucional, beneficiando a los pueblos y afectando sólo a los más ricos;  y, salvo por la aprehensión de 78 españoles que eran llevados como rehenes, no había habido ninguna pérdida humana que lamentar. Extraordinario y, diría, festivo comienzo, que no necesariamente auguraba un desenlace trágico, a juzgar por la confianza que expresaba quien ya dirigía a multitudes que lo habían designado por aclamación Capitán General del Ejército Libertador. No pensaban lo mismo los hombres de poder del virreinato.

 

Segundo acto: Guanajuato, festín y terror de los ricos

Riaño informaba a Venegas que, a partir del anuncio de que los rebeldes se dirigían a Guanajuato, no había dormido en varios días y se había dedicado, él sí de manera frenética, a prepararse –no obstante, según declaraba, las escasas fuerzas con que contaba. A decir de los habitantes de Guanajuato, cuyo testimonio recogió Carlos María de Bustamante,

Semejante noticia (el anuncio de que Hidalgo se dirigía a Guanajuato) sorprendió al intendente, que al momento mandó tocar generala; reunióse el batallón que estaba sobre las armas, y casi todo el vecindario con un gran número de plebe. Todo era confusión en Guanajuato: cerraban las puertas, y el terror les hacía ver sobre sus cabezas al enemigo: corríase por todas direcciones a pie y a caballo.”[12]

El historiador Lucas Alamán, quien presenció en su juventud estos acontecimientos, recordaría años más tarde que la población de Guanajuato ascendía a setenta mil habitantes, incluyendo a unos veinte mil habitantes de La Valenciana. La ciudad “disfrutaba de grande abundancia”, señalaba:

las gruesas sumas que cada semana se repartían en el pueblo, por pago de los trabajos de las minas y haciendas de beneficio, fomentaban un comercio activo, y los grandes consumos de mantenimientos para la gente y pasturas para el gran número de caballos y mulas empleados en las operaciones de la minería, habían hecho florecer la agricultura en muchas leguas a la redonda. En la ciudad había muchas casas ricas y muchas más que gozaban de una cómoda mediocridad: el comercio estaba casi exclusivamente en manos de los europeos, pero muchas familias criollas se sostenían con desahogo en el giro de la minería, y todas eran respetables por la regularidad de costumbres y decoro que observaban. El pueblo, ocupado en los duros y riesgosos trabajos de las minas, era vivo, alegre, gastador, valiente y atrevido.[13]

Una ciudad tan populosa, afirma Alamán, “no podía ser defendida sino por toda la masa de sus habitantes unidos, para lo que era menester contar con la plebe”.[14] Y la plebe se dispuso, según él y otros testigos de época, a defender la ciudad de acuerdo a las instrucciones de su gobierno. A las dos de la tarde del 18 de septiembre de 1810, Riaño convocó a personalidades y vecinos de Guanajuato, y les  comunicó que

temía con fundamento que dentro de seis horas sería su cabeza escarnio del pueblo. En la tarde se condujeron maderas cerrando las bocas calles principales con trincheras y fosos: pusiéronse los vecinos sobre las armas: salieron patrullas de infantería y caballería, y se mandaron avanzadas de a cuarenta hombres a Santa Rosa, Villalpando y Marfil, puntos inmediatos por donde se temía la invasión…La fortificación hasta entonces hecha se mantuvo por espacio de seis días y se guardó la más severa disciplina militar.[15]

Alamán coincide con esta descripción, y enfatiza que la plebe “se había manifestado bien dispuesta cuando el intendente hizo tocar generala el día 18; (y que)  acudió también en gran número armada de piedras, y ocupó los cerros, las calles, las plazas y las azoteas de las casas, en la madrugada del día 20….”[16] Los relatos de los preparativos de la defensa de Guanajuato son suficientemente claros como para que estemos ciertos de que, a esas alturas, todo el pueblo de Guanajuato estaba enterado y activo ante la presunta amenaza que pendía sobre la ciudad. La agitación era total, mientras que el ánimo del intendente anunciaba una catástrofe semejante al sitio de Constantinopla, el más terrible fantasma que rondó a los gobernantes católicos desde 1453.

No obstante, luego de la fallida incursión de Riaño por la cañada para encontrarse con Hidalgo el 20 de septiembre, la presencia de la masa  armada de pronto le hizo temer que su postura no sólo fuera frágil ante sus enemigos externos, sino que el propio pueblo de Guanajuato podría constituir una amenaza mayúscula ante el poder de seducción  de la insurgencia. En palabras de Alamán, “aquel jefe creyó desde entonces observar que la disposición de los ánimos estaba cambiada, y temió que la plebe de la ciudad se uniría a Hidalgo cuando éste se presentase, con lo que varió su plan, reduciéndose a encerrarse en un punto fuerte que se pudiera sostener, mientras era auxiliado por el virrey o por las tropas de S. Luis Potosí que debía reunir Calleja”.[17] Un integrante del ayuntamiento de Guanajuato da cuenta del giro que repentinamente se produjo en la mente del intendente, y de las decisiones que tomó en consecuencia:

…el lunes 24 a las 12 de la noche, por no hacer ruido, mandó pasar todo el caudal de Real hacienda y de ciudad depósitos, etc., todo el azogue y cuanto había de precioso, a la Alhóndiga nueva de esta ciudad de Granaditas. Este edificio es una verdadera fortaleza y acaso la única que hay en el reino… allí acopiaron de municiones de guerra muchas cargas de pólvora, bombas y frascos de fierro en donde viene el azogue, con metralla y pólvora, armas de todas clases… El martes siguiente, continúa el cronista, el Intendente “convocó a una junta general, en la que nos explicó los motivos que tenía para haberse ido al castillo. Nosotros desaprobamos su conducta, porque había desamparado la ciudad, pues luego que se fue allí mandó quitar los fosos y trincheras de las calles. Le suplicamos que volviera a ampararnos, pero no se pudo conseguir.[18]

Fue así, de pronto, que el pueblo de Guanajuato pasó de activo participante a mero espectador del desastre que presuntamente se cernía sobre todos. Para defender la ciudad y defender los privilegios de los más ricos, desde el punto de vista del Intendente, era preciso que se distinguieran los campos de lucha y se previnieran posibles traiciones. Su decisión de concentrar la defensa en la Alhóndiga no se fundó, por tanto,  en un cálculo de las fuerzas con que contaban los invasores o en el volumen de la fuerza militar de que él mismo disponía para la defensa, sino en el pánico que le produjo a los poderosos de la segunda ciudad del país la presencia multitudinaria de la masa armada y la cercana posibilidad de que parte importante de los defensores podría sumarse, como lo habían hecho todos los pueblos de la región, a la revuelta. Riaño y los ricos de Guanajuato abandonaron con esa decisión, de manera dramática, toda pretensión de defender a la ciudad y se concentraron en defender sus privilegios.  Carlos María de Bustamante lo describe así:

Los días siguientes se emplearon en acabar de abastecer el fuerte de algunas cosas que faltaban, y en recoger los más de los caudales de los europeos, quienes creyéndose allí enteramente seguros metieron cuanto pudieron de dinero, barras de plata, alhajas preciosas, mercaderías las más finas de sus tiendas, baúles de ropa, alhajas de oro, plata, diamantes etc., y aún cuanto tenían de más valor y existencia en sus casas. Más de treinta salas de bóveda que tiene en su interior aquel suntuoso edificio de bastante extensión, quedaron tan llenas, que casi no se podía entrar en ellas por la multitud de cosas que allí se guardaban: no bajaría de cinco millones el valor de cuanto allí se depositó. Lo del rey sería como medio millón en plata y oro acuñado y sin acuñar, y setecientos quintales de azogue en caldo.[19]

Como en otros momentos de la historia, pero de un modo particularmente dramático, los grandes ricos de Guanajuato, seguramente entre los más ricos de México, decidieron el destino de los habitantes de su ciudad, pero sobre todo, descubrieron el abismo profundo que los separaba de la sociedad a la que decidieron desproteger para sentirse “enteramente seguros”. Y sin el menor decoro, pasearon por Guanajuato, a la vista del pueblo desamparado, sus inmensas riquezas y el cinismo de que hacían gala con su poder. Seguramente, no han  sido muchas las ocasiones en que la historia haya mostrado de un modo tan terrible cómo la ambición y el terror a perder  privilegios potencia los riesgos que pretende conjurar.

Las medidas que el Intendente tomó para reparar el daño hecho al pueblo no sólo fueron insuficientes y tardías, sino que contribuyeron a exacerbar los ánimos de los habitantes de Guanajuato. Suprimir el injusto tributo que se impuso en ocasión de la expulsión de los jesuitas sólo avivó la memoria de la injusticia e incrementó el agravio. Cuando don Miguel Hidalgo llegó a Guanajuato, las cartas ya estaban echadas, y el pueblo no tenía razón alguna para sentir que la defensa de la Alhóndiga o de la ciudad fuera su propia causa, y menos, que los miles de indígenas que desbordaban con sus sombreros tocados por la Virgen de Guadalupe fueran, propiamente, sus enemigos.

Los eventos principales de la batalla se produjeron a lo largo de poco más de una hora y media. Mientras los indígenas que encabezaban la marcha insurgente recibían las balas de los defensores de la Alhóndiga, el pueblo de Guanajuato usó las armas que habían preparado para la defensa de la ciudad en contra de los ricos que se apertrecharon en el edificio. De todas partes comenzaron a lanzarse piedras contra el castillo de la ignominia. “Era tal la pedrea que menudeaban, que no se daban punto de reposo; de modo que concluida la acción se notó que el pavimento de la azotea y patio, tenía el alto de una cuarta de dichas peladillas arrojadizas”, dice Bustamante.[20] Casi con las mismas palabras describe estos hechos Lucas Alamán.[21]Los insurgentes liberaron a todos los presos de las cárceles. Por todo Guanajuato se escuchaban los gritos de ¡Viva nuestra Señora de Guadalupe! y ¡Viva la América! Se abrieron las puertas de la confitería de Zenteno y se repartieron los dulces al pueblo.Un incidente que muestra la porfía y el frenesí del Intendente provocó el pronto desenlace de la batalla. Cuando el Intendente asomó la cabeza para sustituir a un vigía que había abandonado su puesto, un cabo de Celaya le hizo blanco con un disparo en la cabeza que le mató al instante. La confusión que reinó después, los conflictos entre los defensores y el valor demostrado por los insurgentes al quemar con ocotes la puerta del edificio y penetrar bajo las ráfagas y las botellas de azogue hirviendo, determinaron el triunfo de los insurgentes y la derrota completa de los españoles.[22]

Poco menos de cuarenta años después de ocurridos estos hechos, Lucas Alamán recapituló su experiencia, y lanzó las más agudas observaciones sobre las condiciones que privaron en la batalla por la Alhóndiga. Aportó, como nadie, elementos de gran valor para llegar a conclusiones sobre las responsabilidades que cabrían en el desarrollo de un evento tan trágico. En sus palabras,

La toma de la alhóndiga de Granaditas fue obra enteramente de la plebe de Guanajuato, unida a las numerosas cuadrillas de indios conducidas por Hidalgo: por parte de éste y de los demás jefes sus compañeros, no hubo ni pudo haber, más disposiciones que las muy generales de conducir a la gente a los cerros y comenzar el ataque: pero empezado éste, ni era posible dar orden alguna ni había nadie que la recibiese y cumpliese, pues no había organización ninguna en aquella confusa muchedumbre, ni jefes subalternos que la dirigiesen. Precipitándose con extraordinario valor a tomar parte en la primera acción de guerra que habían visto, una vez comprometidos en el combate los indios y gente del pueblo no había que volver atrás, pues la muchedumbre pesando sobre los que precedían, les obligaba a ganar terreno y ocupaba en el instante el espacio que dejaban los que morían.[23]

La batalla concluyó a eso de las cinco de la tarde, en que la multitud penetró con furia en la Alhóndiga. Entonces se produjo el saqueo de los bienes que allí se encontraban y el sacrificio de los españoles que, a esas alturas, pedían una clemencia que nadie estuvo dispuesto a concederles. Poco más de doscientos españoles y más de tres mil indígenas muertos fue el saldo de una batalla que pudo haberse evitado, si la soberbia del poder y la insensibilidad del gobernante no hubieran dominado el curso de los acontecimientos.  Como lo plantea Lucas Alamán, fue sobre todo el pueblo de Guanajuato el que, en un estallido de odio infinito hizo valer la fuerza de una masa excluida y abandonada a su propia suerte. Del lado de Hidalgo, al que se adhirió, sólo podía esperarle la muerte o la libertad.

 

Tercer acto: la desaparición de la historia

La venganza de los poderosos se hizo sentir desde esos mismos momentos, y no se detuvo sino pasados diez años, los que transcurrieron con las cabezas de los principales insurgentes clavadas en picas a lo alto de las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Guanajuato. Nadie debería, nunca más, desafiar el orden de los privilegios o vulnerar su derecho a la propiedad y el monopolio de la fuerza.  Dos siglos después, Enrique Krauze se empeña en demostrar que Hidalgo sufrió remordimientos por los ríos de sangre que provocó, y que lamentó “genuinamente la ligereza inconcebible y frenesí con que había acometido su empresa, así como la ruina y destrucción que había sembrado a su paso…” No obstante, señala,  por encima  de su pretendido arrepentimiento –que tan bien ensayaron (bajo su asesoría) los actores de Televisa en la escenificación de Gritos de muerte y libertad-  permanece con él el trauma de la guerra. A Hidalgo, descubre, lo reinventaron los liberales: lo cubrieron de gloria y lo santificaron. Mas él, grave, sentencia: “La santidad de Hidalgo se consolidó para siempre, rodeada de una aureola justiciera y libertaria, pero una aureola de muerte.”[24]

En la misma dirección, una Historia de México prologada por Felipe Calderón y coordinada por Gisela Von Wobeser, de la cual se distribuyeron –con recursos públicos- no menos de 250,000 ejemplares en las escuelas, pasa en pocas páginas por la historia del movimiento revolucionario que dio nacimiento a México. En un apretado texto, Virginia Guedea afirma que hubo al menos dos corrientes en la insurgencia: la de los autonomistas y la de los verdaderos insurgentes. Y señala que ésta fue la causa por la que nunca hubo un “centro común” que coordinara a todos los insurgentes. En su opinión, “Lo anterior llevó a que la realidad de la insurgencia, sobre todo en sus inicios, fuera de violencia, desorden y ruptura en todos los órdenes, lo que le enajenaría el apoyo de muchos de los descontentos del régimen colonial.”[25] E insiste, con vehemencia:

Pero el estado de guerra afectó seriamente la forma de vida de los novohispanos, en particular en las zonas donde se dio la lucha armada. Esta fue sangrienta y destructiva a pesar de las pocas armas de fuego con que se contaba, y provocó una gran mortandad tanto de combatientes como de la población en general, además de que ambos contendientes arrasaron campos y quemaron haciendas y poblaciones.[26]

Miguel Hidalgo, quien aparece nombrado una sola vez, queda por completo desacreditado por “carecer en un principio de planes definidos”. Una página y media bastaron para borrar, por considerarlo ignominioso, el episodio más importante de nuestra vida moderna.

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero no podemos dejar fuera el de los libros de texto gratuitos en que estudian los niños y niñas en la primaria. Los del sexto grado recibieron este año, gracias a las protestas habidas por la exclusión de los episodios más importantes de la historia de México por decisión de los “expertos”, un Material complementario que despacha, todavía con más desprecio, la gesta insurgente. Según este nuevo texto,

Hidalgo logró atraer a peones, campesinos, artesanos y mayordomos, tanto indígenas como mestizos, quienes se armaron con hondas, palos, machetes e instrumentos de labranza y formaron un improvisado ejército insurgente. Este se integraba por voluntarios, personas que fueron obligadas o se unían al movimiento a cambio de una paga, e incluso hubo quienes entraron a la lucha por azar. La mayoría desconocía los fines de la lucha y carecía de instrucción militar.[27]

En este texto, como en el publicado durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, la Alhóndiga de Granaditas y Guanajuato entero fueron saqueados durante dos días por los insurgentes, debido a que el intendente Riaño “desprotegió la ciudad”, y a que los españoles se refugiaron en aquel edificio. Según esta versión y la de hace diecisiete años, Hidalgo y Allende “no pudieron contener” la acción de los rebeldes.[28]

Presentar a Miguel Hidalgo como asesino, o como irresponsable instigador de una masacre, no introduce demasiadas diferencias. Lo importante es librar de toda responsabilidad a quienes ostentaban el poder. También, asociar la lucha por la libertad al delirio, a la locura. Y manejar convenientemente el olvido. Romper para siempre con esa esperanza popular que sembraron los héroes y heroínas de la Independencia: son ya otros cien años. Es nuestro tiempo.

 


Notas:

[1] Ernesto Lemoine,  Prólogo a El asalto y la toma de Guanajuato por Hidalgo. Relato de un testigo presencial

[2] Abad y Queipo; Venegas, [1810] en Hernández, 1878.Tomo 2: 106, 114, 115

[3] Cf. Secretaría de Educación Pública, 2010; 1994

[4] Abad y Queipo [1804],2010

[5] ávidos lectores de los acontecimientos de la Revolución de 1789

[6] Hidalgo [1810] c

[7] Hidalgo, [1810]a en Lemoine 1987: 87-96

[8] Ídem.

[9] Hidalgo, [1810]b en Gobierno Legítimo de México/Comité Ejecutivo Nacional Democrático del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, 2010

[10] Juan Ochoa [1810] en Hernández y Dávalos, 1878: 84

[11] Riaño, [1810] en Hernández y Dávalos, 1878: 110, 111

[12] Bustamante, [1823]1985

[13] Alamán, [1849], 1942: 261

[14] Íbid, p. 263

[15] Bustamante, 1823: 23

[16] Alamán, [1849] 1942: 263

[17] Ídem.

[18] Anónimo integrante del Cabildo de Guanajuato, [1810] en Hernández, 1878:126-128

[19] Bustamente, [1823]1985: 25

[20] Bustamante, 1823: 28

[21] Alamán, [1849], 1942: 276

[22] Bustamante, 1823: 25-28; Alamán, [1849], 1942:277, 278

[23] Alamán, ob.cit.: 278, 279

[24] Krauze, 2010:29

[25] Guedea, 2010: 150, 151

[26] Ídem.

[27] Secretaría de Educación Pública, 2010

[28] SEP, 2010: 28; 1994: 11.

 

Bibliografía:

Abad y Queipo, Manuel, [1804] 2010. “Representación a nombre de los labradores y comerciantes de Valladolid de Michoacán” en Secretaría de Educación, Ciencia y Cultura del Gobierno Legítimo de México/Comité Ejecutivo Nacional Democrático del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Nuestra historia. Manifiestos históricos de la luchadel pueblo de México por su independencia, libertad, justicia, dignidad y soberanía. México. GL/CEND-SNTE.

Abad y Queipo, Manuel, [1810] 1878.  “Oficio emitido en Valladolid el 24 de septiembre de 1810”. Documento 44,en Juan  E. Hernández y Dávalos (1878). Historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821. México, Biblioteca de “El Sistema Postal de la República Mexicana”.Tomo 2.

Alamán, Lucas, [1849] 1962. Historia de México. Tomo 1. México, Editorial Jus, pp. 261, 262.

Anónimo integrante del Cabildo de Guanajuato, [1810] 1878. Carta escrita el 2 de octubre. Documento no. 61, en Juan  E. Hernández y Dávalos (1878). Historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821. México, Biblioteca de “El Sistema Postal de la República Mexicana”. Tomo 2.

Bustamante, Carlos María de, [1823]1985. Cuadro histórico de la Revolución Mexicana. México, Instituto Cultural Helénico/Fondo de Cultura Económica.

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Riaño, José Antonio [1810]1878. Carta al Virrey Venegas, 26 de septiembre,  en Juan  E. Hernández y Dávalos (1878). Historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821. México, Biblioteca de “El Sistema Postal de la República Mexicana”. Tomo 2.

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Bibliografía adicional consultada:

Aguirre, Eugenio, 2009. Hidalgo. Entre la virtud y el vicio. México, Editorial Planeta.

Bustamante, Carlos María [1849], 2000. Diario histórico de México 1822-1848. México, CIESAS/El Colegio de México.

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De la Torre Villar, Ernesto, 1992. La independencia de México. México, Fondo de Cultura Económica.

De Zavala, Lorenzo, [1830] 1985. Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830. México, Fondo de Cultura Económica.

Herrejón Peredo, Carlos, 1987. Hidalgo. Razones de la insurgencia y biografía documental. Ensayo, selección y notas. México, Secretaría de Educación Pública.

Keller T., Rolando, 2010. Hidalgo: vida y juicio. México, Selector.

Riva Palacio, Vicente, [1884-1889] 2007. México a través de los siglos. México, UAM Azcapotzalco/El Colegio de Jalisco.

Samperio, Guillermo, 2010. Hidalgo. Aventurero astuto de corazón grande. México, Ediciones B.

Villoro, Luis, 1953. El proceso ideológico de la revolución de independencia. México, Fondo de Cultura Económica.

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