Miguel Hidalgo y Costilla es el personaje fundacional del México independiente: el cura ilustrado que la madrugada del 16 de septiembre de 1810, desde el atrio de su parroquia en Dolores, llamó a la rebelión contra la Corona española. Ese gesto —el llamado Grito de Dolores— inició once años de guerra que terminaron con el Imperio de Iturbide, y fundó la memoria cívica de una nación entera.
De Corralejo a Pénjamo
Nació en la hacienda de Corralejo, cerca de Pénjamo (Guanajuato), el 8 de mayo de 1753. Su padre, Cristóbal Hidalgo, administraba la hacienda; su madre, Ana María Gallaga, pertenecía a la pequeña élite criolla de la región. Hidalgo fue el segundo de cuatro hermanos varones: tres de ellos llegaron al sacerdocio.
Estudió en el Colegio de San Nicolás de Valladolid (hoy Morelia), donde destacó por su dominio del latín, el francés y la teología. A los 29 años ya era rector del mismo colegio. Leía a Rousseau y a Voltaire —libros prohibidos por la Inquisición— y enseñaba francés a un pequeño grupo de criollos que, entre ellos, empezarían a debatir las ideas de la Ilustración y de la Revolución de 1789.
Dolores: el párroco ilustrado
Tras una trayectoria eclesiástica disputada —fue expulsado dos veces del colegio por heterodoxia y por una hija fuera del matrimonio—, aceptó en 1803 el curato de Dolores, un pueblo semiabandonado de Guanajuato. Ahí, Hidalgo no se limitó a predicar: plantó olivares prohibidos por la Corona, fundó talleres de alfarería y curtiduría, y organizó una pequeña orquesta con músicos indígenas. El curato funcionaba como laboratorio de desarrollo económico para los pueblos de la comarca.
Fue allí, entre 1808 y 1810, donde mantuvo las reuniones secretas con Ignacio Allende, Juan Aldama y la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, que desembocaron en la conspiración de Querétaro.
El Grito del 16 de septiembre
Descubiertos por las autoridades de Querétaro a mediados de septiembre, Allende y Hidalgo decidieron anticipar el levantamiento. La madrugada del 16 de septiembre de 1810, Hidalgo hizo tañer las campanas de la parroquia, reunió al pueblo en el atrio y pronunció —según la tradición— el llamamiento conocido como «Grito de Dolores»: «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡Muera el mal gobierno!».
El contenido exacto del grito se ha reconstruido a posteriori; las fuentes inmediatas sólo hablan de «un sermón incendiario». Lo que es seguro es que Hidalgo salió de Dolores esa misma mañana con unos 600 hombres armados de machetes, hondas y lanzas, y en el camino hacia Atotonilco tomó como estandarte una imagen de la Virgen de Guadalupe —convirtiendo el símbolo criollo por excelencia en bandera de guerra.
De la Alhóndiga a Guadalajara
El movimiento creció con velocidad impresionante: en dos semanas, el ejército insurgente —ya unos 25.000 hombres— tomó Celaya, Salamanca y Guanajuato, donde se produjo el sangriento asalto a la Alhóndiga de Granaditas. En octubre venció en el Monte de las Cruces y estuvo a las puertas de la Ciudad de México. Allí, inexplicablemente, Hidalgo decidió retirarse. La decisión —que los historiadores siguen debatiendo; probablemente una mezcla de agotamiento logístico y de miedo a una matanza masiva— le costaría la guerra.
En Guadalajara decretó la abolición de la esclavitud (6 de diciembre de 1810), la devolución de las tierras comunales a los pueblos indígenas y la supresión de los tributos coloniales. Fue, en ese decreto, el primer legislador antiesclavista del continente americano —más de medio siglo antes de Lincoln.
La traición y el fusilamiento
Derrotado en Puente de Calderón (enero de 1811) por el ejército realista de Félix María Calleja, Hidalgo huyó hacia el norte con Allende, Aldama y Jiménez. En Acatita de Baján (Coahuila) fueron emboscados por Ignacio Elizondo, antiguo aliado convertido en delator. Juzgados en Chihuahua, los cuatro fueron fusilados.
A Hidalgo, como sacerdote, la Inquisición lo degradó canónicamente antes de entregarlo al pelotón. Fue fusilado el 30 de julio de 1811. Sus cuatro cabezas —la suya y la de sus tres compañeros— fueron colgadas en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, donde permanecieron diez años como escarmiento.
La Patria que funda
Tras la consumación de la independencia en 1821, las cabezas fueron descolgadas y enterradas con honores. En 1925 sus restos fueron trasladados a la Columna de la Independencia, sobre el Paseo de la Reforma, donde reposan hoy junto con los de Allende, Morelos y Juárez.
Cada 15 de septiembre, en el Zócalo de la Ciudad de México, el presidente sale al balcón del Palacio Nacional y recrea el Grito. La liturgia, improvisada por Porfirio Díaz en 1896, se ha convertido en el ritual cívico central de la nación. Hidalgo, el cura ilustrado que plantaba olivares prohibidos, es hoy el Padre de la Patria: el nombre que convoca una nación cada vez que ésta necesita recordarse a sí misma.



