Caupolicán es, junto con Lautaro, el segundo gran nombre de la resistencia mapuche del siglo XVI. Elegido toqui en la ceremonia que Alonso de Ercilla recrea en La Araucana, sucedió a Lautaro en la jefatura militar y prolongó la guerra durante cinco años más. Capturado y empalado en 1558 por las tropas de García Hurtado de Mendoza, murió —según la leyenda— sin pronunciar un solo gemido: su imagen se convirtió en el arquetipo del estoicismo americano frente a la barbarie colonial.
La prueba del madero
Las crónicas españolas registran una escena memorable que Ercilla inmortaliza en el canto II de La Araucana. Tras la muerte del toqui Ainavillo, los jefes mapuches se reunieron para elegir sucesor. Decidieron someter a los candidatos a una prueba extrema de resistencia: cada uno debía cargar sobre los hombros un tronco pesado tanto tiempo como pudiera. El que más aguantara sería el nuevo toqui.
El gigantesco Lincoyán aguantó doce horas. Tucapel, catorce. Paicaví, Elicura, Ongolmo, todos cedieron antes del segundo amanecer. Entonces tomó el madero Caupolicán —cuyo nombre significa literalmente «piedra pulida» en mapudungun— y, según el cálculo épico de Ercilla, lo cargó 72 horas sin detenerse. Tres días sobre los hombros. Nadie había resistido nunca ese tiempo.
La escena, literaria tanto como fundacional, es el origen simbólico de su autoridad. Caupolicán fue proclamado toqui y asumió el mando de la resistencia tras la muerte de Lautaro en Mataquito (1557).
La guerra de Arauco
Durante los años siguientes, Caupolicán dirigió las operaciones mapuches en el sur chileno. Atacó Cañete, Concepción y Tucapel. Su estrategia mantuvo la doctrina lautarina: terreno pantanoso, escuadrones relevados, emboscadas en bosque cerrado. Las tropas españolas, dirigidas ahora por el joven gobernador García Hurtado de Mendoza —hijo del virrey del Perú—, respondieron con expediciones sistemáticas de represalia y con una técnica que pronto se haría rutina: el indio colaboracionista.
Cañete: la traición y la captura
En 1558, un indio llamado Andresillo —que fingía ser mensajero del lado mapuche pero trabajaba para los españoles— facilitó la emboscada. Caupolicán cayó capturado en las proximidades de Cañete, junto con su hijo pequeño y parte de su estado mayor.
Fue conducido a Cañete, donde el capitán Alonso de Reinoso dictó una sentencia de muerte espectacular: empalamiento público y posterior asaetamiento.
La muerte sin grito
Según el relato de Ercilla —que combatió en esa campaña y presenció otros episodios similares— Caupolicán caminó al suplicio sin demostrar temor. Cuando el verdugo, un indio sirviente de los españoles, se acercaba con la estaca, el toqui lo rechazó con desprecio, le arrebató el madero, lo clavó él mismo en la tierra y se sentó encima para ser empalado. Durante el suplicio no emitió un sonido. Después los arcabuceros lo remataron con una descarga.
Su mujer Fresia, presente en el sitio del ajusticiamiento, al ver la rendición sin combate del toqui, habría lanzado al hijo pequeño a los pies del padre y se retiró sin hablar. Ercilla le dedica uno de los pasajes más duros de la epopeya.
La continuidad
La muerte de Caupolicán no terminó la resistencia. Los mapuches eligieron nuevos toquis —Millarapue, Antiguenú, Paillamachu, Lientur, Pelantaro— y sostuvieron la guerra hasta el Pacto de Quillín (1641), que reconoció durante casi dos siglos la frontera del río Biobío como línea política. La Araucanía fue el único territorio americano que España nunca dominó plenamente.
La figura de Caupolicán pasó al imaginario romántico chileno del siglo XIX a través de Ercilla. Es nombre de avenida en Santiago, de estadio en Concepción, de regimiento del ejército chileno. Pero probablemente su impronta más contemporánea es política: cuando los dirigentes del Movimiento Mapuche invocan el linaje de los toquis, están convocando la memoria que empezó con Lautaro y que Caupolicán, en los 72 horas del tronco, demostró que podía resistir más que nadie.



