Domingo Faustino Sarmiento es el intelectual más influyente del siglo XIX argentino, autor de Facundo. Civilización y barbarie (1845) —el libro que definió durante cien años el modo en que la Argentina se pensó a sí misma— y presidente reformador que multiplicó por cinco la matrícula escolar del país. En 1888, al morir en Asunción, un continente entero lo lloraba como «el padre del aula».
El niño autodidacta
Nació en San Juan el 15 de febrero de 1811, en una familia pobre y letrada. Su madre Paula Albarracín tejía al pie de la higuera para sostener la casa; su padre don José Clemente Sarmiento, combatiente en las milicias de San Martín, nunca logró estabilidad económica. El niño aprendió a leer a los cuatro años con su tío el sacerdote José de Oro.
Nunca fue a la universidad. Aprendió francés leyendo Racine con un diccionario, inglés estudiando la Biblia, geografía en atlas prestados. A los quince años, maestro rural en San Francisco del Monte de Oro (San Luis), fundó su primera escuela. El autodidactismo sería su seña de identidad toda la vida.
El exilio en Chile
Unitario militante, enfrentado a los caudillos federales de San Juan, huyó al exilio en Chile en 1831 y 1840. Allí se convirtió en uno de los periodistas más leídos del Pacífico. Escribió en El Mercurio de Valparaíso, fundó El Progreso y dirigió la Escuela Normal de Preceptores, primera de América Latina.
En 1845 publicó en folletín la obra que lo hizo inmortal: Facundo. Civilización y barbarie. La biografía política del caudillo riojano Juan Facundo Quiroga funcionaba como pretexto para la tesis central: América Latina oscilaba entre la civilización urbana europeizada —las ciudades litorales— y la barbarie pampeana —el caudillo, el gaucho, el desierto—. La dicotomía, simplificadora y atractiva, se convirtió en marco interpretativo del siglo. Martí la criticaría ferozmente desde Nueva York; Borges diría que todo argentino letrado «es un inventado por Sarmiento».
El viaje pedagógico
Entre 1845 y 1847, el gobierno chileno lo envió a Europa y Estados Unidos a estudiar sistemas educativos. Volvió con el plan: convertir la Argentina en una red de escuelas. Visitó a Horace Mann en Massachusetts, a Victor Hugo en París, a los hermanos Grimm en Berlín. De todos tomó notas que publicó en De la educación popular (1849), libro que se convirtió en manual pedagógico en toda América.
Presidencia: 1868-1874
Elegido presidente en plena guerra del Paraguay, Sarmiento impulsó en seis años una transformación institucional sin precedentes: creó la Escuela Normal de Paraná (la primera del país), trajo 65 maestras estadounidenses contratadas por él mismo, multiplicó las escuelas primarias de 800 a 1.800, fundó el Observatorio de Córdoba, el Colegio Militar y la Escuela Naval, inauguró el primer censo nacional (1869) y la primera línea telegráfica transandina. Terminó la guerra del Paraguay y modernizó el correo.
Paralelamente, fue responsable de la represión del caudillo Ángel Vicente Peñaloza «El Chacho» y de Felipe Varela en el interior, episodios oscuros que la historiografía revisionista usa para atacarlo. Sus escritos sobre la inmigración y sobre los pueblos indígenas contienen expresiones racistas que resultan hoy inaceptables y que ya en su tiempo eran discutidas.
El último exilio y la muerte
Tras su presidencia, Sarmiento fue senador por San Juan, director general de Escuelas y ministro del Interior. En 1888, enfermo, viajó a Asunción del Paraguay buscando un clima mejor. Murió allí el 11 de septiembre, rodeado de su familia. Su última voluntad fue que le leyeran en voz alta su propia carta testamento: «Quiero morir como he vivido, maestro».
El 11 de septiembre es en Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay el Día del Maestro. Ningún otro escritor latinoamericano del siglo XIX recibe homenaje tan universal. La palabra que mejor resume su proyecto —«alfabetizar»— es todavía, en 2026, el programa político más exigente que se conozca.



