La baraja española llegó al Nuevo Mundo en el segundo viaje documentado de Nicolás de Ovando, alrededor de 1508. Apenas dieciséis años después de Colón, los naipes ya formaban parte de la vida diaria de los conquistadores, soldados, marineros y, enseguida, de la población indígena alfabetizada. Tres siglos después, la fabricación colonial de naipes era un monopolio real que generaba al virrey del Perú más de 150.000 pesos anuales. La historia del naipe en América es la historia oculta de la economía del ocio colonial.
El linaje de la baraja española
La baraja española de 40 o 48 cartas —cuatro palos: oros, copas, espadas, bastos— tiene origen árabe: los mamelucos de Egipto la introdujeron en al-Ándalus hacia el siglo XIV. La primera mención documentada en España aparece en 1371 en el registro del rey Juan I de Castilla. Los palos originales árabes —copas, monedas, espadas, bastos de polo— fueron hispanizados: las monedas se convirtieron en «oros», los bastos de polo en «bastos» de pastor. La figura del caballo es peculiar de la baraja española: las otras tradiciones europeas (italiana, francesa, alemana) usan reina donde los hispanos usan caballo.
Cuando Colón zarpó en 1492, la baraja ya era difusión masiva en España. Fue cargamento habitual de los galeones: pequeña, barata, indestructible durante meses en la bodega, consuelo infalible para noches de tormenta.
Llegada al Nuevo Mundo (1508)
El acta de cargamento del galeón La Galera de 1508 —conservada en el Archivo General de Indias de Sevilla— incluye «doce mazos de naipes» destinados a La Española. El término mazo corresponde a lo que hoy llamaríamos baraja. Durante las siguientes tres décadas, los naipes viajaron en cada flota. Cortés tenía naipes en su cuartel general de Tlaxcala; Pizarro, en Cajamarca. Los prisioneros incas —entre ellos el propio Atahualpa— aprendieron a jugar con los soldados españoles durante el cautiverio de 1532-1533.
El estanco colonial del naipe
En 1579, Felipe II estableció la Renta del Naipe: monopolio real sobre la fabricación y venta de barajas en todos los territorios de la Corona. La legislación era detallada: sólo talleres reales autorizados podían fabricar naipes, cada baraja llevaba un sello de agua con el escudo real, y su venta estaba gravada con un impuesto. La baraja de contrabando era delito grave penado con galeras.
La lógica fiscal era simple: el juego era inevitable, los impuestos sobre el vicio eran aceptables políticamente, y el monopolio garantizaba recaudación estable. En 1675, el virrey del Perú recaudaba unos 150.000 pesos anuales por la Renta del Naipe; en Nueva España, aproximadamente el doble.
Fabricación en México y Lima
Los talleres reales de naipes más importantes de América se establecieron en la Ciudad de México (1574) y en Lima (1599). En ambos, indios y mestizos eran los artesanos efectivos: cortadores, impresores, iluminadores, empacadores. La calidad era razonablemente buena —los naipes coloniales conservados en museos muestran impresión nítida con taco de madera, iluminación a mano, papel resistente.
La Renta del Naipe de Lima se adjudicaba por subasta pública cada cinco años. El subastero —habitualmente comerciante de Lima o de Arequipa— pagaba por adelantado la suma calculada y después recuperaba el capital con ganancia mediante la venta. En 1725, el subastero Juan Jiménez Lobatón pagó 780.000 pesos por cinco años de Renta del Naipe: cifra astronómica que ilustra el volumen del mercado.
Juegos populares: tresillo, monte, albures
Los juegos más populares del período colonial eran tres:
- Tresillo: juego de bazas entre tres jugadores con 40 cartas. Considerado «juego de señores», se jugaba en salones y tertulias. Dio origen a la palabra moderna tresillo.
- Monte: juego de azar puro, con apuestas simples sobre cartas sucesivas. Dominante en las pulperías y casas de juego populares. De este juego deriva el moderno montecarlo y tiene ecos en el blackjack.
- Albures: juego con apuestas sobre qué carta saldrá primero de dos «puestas» del mazo. Extremadamente rápido, popular entre soldados y estibadores.
Primeras casas de juego: Lima y La Habana
La primera casa de juego pública legal documentada en América fue la Casa del Juego de Naipes abierta en Lima en 1618 por licencia del virrey Francisco de Borja y Aragón. Operaba en el barrio de los Mercaderes, cerca de la Plaza de Armas. Estaba abierta desde las 10 am hasta las 10 pm, gravaba cada partida con un «tributo» al virreinato y mantenía guardia armada. El establecimiento funcionó durante más de doscientos años.
La Habana la siguió en 1630; la Ciudad de México en 1643 —aunque con intermitencias, por las prohibiciones periódicas del Santo Oficio—; Cartagena de Indias en 1650. Ninguna ciudad virreinal de cierta importancia estuvo sin casa de juego después de 1700.
La Independencia y la liberalización
Con la Independencia, los nuevos Estados heredaron el monopolio del naipe. En México, la Renta del Naipe fue mantenida hasta 1874; en Perú, hasta 1895. Fue sólo a fines del siglo XIX que los Estados renunciaron al monopolio y abrieron el mercado a la fabricación privada. En la primera mitad del siglo XX aparecieron las marcas modernas de naipe: Barcilón en México, Heraclio Fournier en España-Argentina, Sarabia en Perú.
Del galeón que llegó a La Española en 1508 al casino de Lima que sigue abierto hoy en la calle Junín, el naipe español tiene en América una historia ininterrumpida de cinco siglos y dieciocho años. Ningún otro objeto material introducido por la conquista conserva vigencia cotidiana tan sostenida en manos indígenas, mestizas y criollas del continente.

