En el Tahuantinsuyo, mientras los aztecas lanzaban cinco frijoles al piso del Patolli, los andinos arrojaban un dado pentaédrico tallado en hueso: la pichqa («cinco», en quechua), hispanizada como pichca. A diferencia del juego mesoamericano, el andino tenía una peculiaridad que los cronistas españoles no supieron explicar: combinaba juego profano, ritual funerario y adivinación en una sola práctica. Se jugaba por diversión en una fiesta cotidiana y también sobre el cadáver del familiar muerto durante los cinco días de velorio. Los jesuitas intentaron prohibirlo cuatro siglos. La pichca sigue jugándose en el altiplano peruano y boliviano.
El dado de cinco caras
La pichqa era un dado inusual: no era cúbico sino pentaédrico, en forma de prisma rectangular alargado con cinco caras funcionales y dos extremos biselados que no contaban como resultado. Las cinco caras llevaban grabadas de uno a cinco puntos o pequeñas rayas paralelas. Se tallaba en hueso de llama —por lo general el astrágalo o el metacarpo—, en madera de algarrobo o, en las versiones nobles, en plata maciza. La colección del Museo Larco en Lima conserva una veintena de ejemplares arqueológicos de distintas épocas.
Las reglas básicas
Cada jugador tiraba la pichqa por turno. El número de puntos en la cara superior indicaba movimiento sobre un tablero específico —tabla de huayru o tablero de pichqa— que los cronistas describen como una retícula dibujada sobre el suelo con 30 casillas dispuestas en espiral. Se jugaba con piedrecitas de colores como piezas. El circuito completo simbolizaba —como el tablero cruciforme azteca— un ciclo calendárico, en este caso los 30 días del mes lunar andino.
Existían variantes específicas: la huayru —versión ceremonial—, la chuncara —variante guerrera jugada entre clanes con apuestas militares—, el apaycuna —variante adivinatoria—. Cada comunidad conservaba su propia tradición de reglas detalladas.
Apuestas comunales: chicha, tierras, quinua
A diferencia del patolli —donde la apuesta era eminentemente individual— la pichca andina tenía un fuerte componente comunitario y distributivo. Las apuestas se hacían a menudo entre ayllus (clanes familiares) y no entre individuos. Se apostaban jornales agrícolas, porciones de la cosecha de quinua o maíz, varas de tierra para cultivo del año siguiente, jarras de chicha para la próxima celebración.
El componente agrícola transformaba la pichca en mecanismo de redistribución ritual: una comunidad con excedente lo arriesgaba contra una comunidad con déficit durante las fiestas de cosecha. El antropólogo peruano Ossio Acuña, en Parentesco, reciprocidad y jerarquía en los Andes (1992), ha mostrado que el juego funcionaba como «mercado aleatorizado» que permitía redistribuir recursos sin necesidad de comercio formal.
La función funeraria
El aspecto más particular y el que más desconcertó a los jesuitas: la pichca se jugaba durante los cinco días del velorio de un muerto andino. Sobre una manta junto al cadáver —que permanecía expuesto durante los cinco días que los andinos creían tardaba el alma en partir al Ucu Pacha (mundo subterráneo)—, los familiares y vecinos jugaban la pichca. Las reglas eran ligeramente modificadas: cada tirada representaba una consulta al alma del difunto. El resultado indicaba si el muerto estaba en paz, si tenía asuntos pendientes, si se reencarnaría pronto.
Esta ritualización del juego —simultáneamente profana y sagrada— rompía las categorías cristianas: los misioneros jesuitas no entendían cómo podía jugarse a los dados sobre un muerto sin cometer blasfemia. El Tercer Concilio Limense (1583) prohibió específicamente «las pichcas y sus tableros de hueso«.
La condena de los cronistas
El cronista Bernabé Cobo, jesuita, describió en 1653 a la pichca como «vicio antiguo que los indios mezclan con supersticiones idolátricas, y que la Santa Iglesia debe extirpar sin dilación«. El extirpador de idolatrías Francisco de Ávila incluyó el juego en la lista de prácticas a erradicar en su campaña de 1608-1622 por la región de Lima. La persecución fue intensa pero parcial: en las comunidades remotas del altiplano —Azángaro, Carabaya, Sicuani— la pichca sobrevivió clandestinamente.
Supervivencia altiplánica
La pichca se juega todavía en el altiplano peruano y boliviano, aunque con distintos grados de vitalidad. En las comunidades de Capachica (Puno) y Tinta (Cuzco), jugadores ancianos preservan las reglas del huayru en sus variantes ceremonial y recreativa. En Bolivia —departamentos de La Paz, Oruro y Potosí— se juega durante los carnavales y en velorios rurales tradicionales.
En 2018, el Ministerio de Cultura del Perú inscribió la pichca en el Patrimonio Cultural de la Nación. Cada febrero, durante el carnaval de Juliaca, se organiza el Torneo de Pichca con veinte comunidades rurales participantes. Los dados pentaédricos se tallan aún hoy por artesanos de Pucará siguiendo técnicas que datan del periodo preínca.
La pichca pertenece al club de los juegos más antiguos del mundo que se siguen practicando: Backgammon, Go, Mehen egipcio. Pero es, probablemente, el único cuyas tiradas siguen siendo también oración sobre el muerto.


