Cuando Hernán Cortés llegó al palacio de Moctezuma en 1519, una de las escenas que describió con mayor detalle en sus cartas a Carlos V no fue una ceremonia religiosa: fue una partida de Patolli. Dos nobles sentados frente a un tablero pintado en el suelo del patio, arrojando por turnos cinco frijoles manchados de negro contra una piedra, moviendo piezas por un circuito cruciforme, apostando mantas tejidas, granos de cacao, piezas de oro y —con frecuencia escandalosa para los españoles— su propia libertad personal. Era el juego nacional del Imperio Azteca. Treinta años después, la Corona española lo había prohibido bajo pena de destierro.
Origen mesoamericano
El Patolli precede en mucho a los mexicas. Los arqueólogos lo documentan en la cultura Teotihuacana (siglo III a.C. al VII d.C.): tableros cruciformes tallados en piedra se han encontrado en los muros de Teotihuacán, Monte Albán, Cholula, incluso en la zona maya (Chichén Itzá, Uxmal). El Códice Mendocino —elaborado en 1541 por informantes nahuas bajo supervisión del virrey Mendoza— muestra una partida en plena actividad: dos jugadores, el tablero en cruz, los frijoles-dado, las piezas, y al fondo el dios protector del juego, Macuilxóchitl.
El tablero en cruz y los 52 cuadros
El tablero consistía en una cruz de cuatro brazos iguales. Cada brazo tenía 13 casillas dispuestas en dos filas. El total eran 52 casillas, cifra no casual: 52 es el número de años del Xiuhmolpilli, el siglo calendárico azteca. El tablero era, literalmente, un calendario en miniatura. Cada partida representaba simbólicamente una vuelta del tiempo sagrado.
Las reglas: cinco frijoles como dados
Los dados eran cinco ayacachtli —frijoles secos grandes, marcados por una cara con un punto blanco. Al arrojarlos contra una piedra, caían mostrando entre cero y cinco caras blancas. Ese número indicaba las casillas a mover. El objetivo era recorrer el circuito completo con las seis piedrecillas propias —cada jugador tenía seis piezas, tres azules y tres rojas— antes que el rival.
Existían reglas sofisticadas de captura: si una pieza caía sobre casilla ocupada por rival, se la devolvía al inicio. Ciertas casillas marcadas con tlahmāchtli (glifos) permitían premios o penalizaciones dobles. Un jugador que obtenía cinco caras blancas seguidas —un «macuilli«— podía duplicar la apuesta o robar una pieza rival.
Las apuestas: mantas, cacao, oro, esclavos
Lo que más impresionó a los cronistas españoles fue el volumen de las apuestas. Moctezuma II jugaba frecuentemente con nobles y embajadores extranjeros. Las apuestas podían incluir: mantas tejidas de alta calidad (500, 1000, 2000 mantas de una vez), granos de cacao (el «dinero» común mesoamericano), figurillas de oro, plumas de quetzal, esclavos, y en casos extremos —bien documentados por Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino— la propia libertad del jugador. Un noble vencido a patolli podía convertirse en esclavo del vencedor por un plazo acordado.
Macuilxóchitl, dios del juego
El patrón sobrenatural del Patolli era Macuilxóchitl —»Cinco Flor»— dios de la música, el baile, los juegos y los placeres peligrosos. Los jugadores invocaban su nombre antes de cada tirada con una fórmula ritual preservada por el mismo Sahagún. Macuilxóchitl era también, incómodamente, el dios del castigo al jugador compulsivo: a quienes se entregaban al patolli al punto de perder patrimonio y familia, el dios les enviaba enfermedades en la piel, «llenándolos de llagas y pústulas» según el cronista.
La prohibición colonial
Hernán Cortés mismo describió a Carlos V cómo los mexicas apostaban hasta su libertad al Patolli, y recomendó «suprimir ese juego por ser ocasión de pobreza y desorden«. El primer virrey Antonio de Mendoza proclamó la prohibición formal en 1553 bajo pena de destierro. La Corona enviaba periódicamente visitadores que destruían los tableros tallados en piedra y decomisaban los frijoles-dado.
La prohibición no fue total ni inmediata. El patolli sobrevivió durante los siglos XVII y XVIII en las comunidades indígenas remotas —Oaxaca, Chiapas, Michoacán— bajo variantes locales y protegido por las cofradías rurales. Los jesuitas, al describirlo en sus informes anuales, pedían al Santo Oficio permiso para tolerarlo como «entretenimiento honesto de los indios«. El Santo Oficio raramente lo otorgó.
El patolli hoy
El juego sobrevive actualmente en dos formas. Como patrimonio cultural vivo, las comunidades nahuas del estado de Puebla y Oaxaca aún juegan el patolli en fiestas comunales. En 2003, el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) lo registró en su inventario de Patrimonio Cultural Inmaterial. Como reconstrucción arqueológica, el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México exhibe una réplica funcional del tablero original con las reglas reconstruidas por el historiador Luis Reyes García.
El patolli es, junto al Mehen egipcio y al Sénet, uno de los primeros juegos de tablero con componente aleatorio registrados en la historia humana. Cuatro siglos después de su prohibición, sus cinco frijoles siguen cayendo en los patios de las comunidades que los preservaron.


